Capítulo 13

Cuando Erin era una pequeña de cinco años, se despertaba al amanecer y corría a la habitación de sus padres y se acurrucaba entre los dos. Le gustaba sentir el calor de sus cuerpos contra el suyo, y eso hacía que volviera a arrullarla el sueño.

Pero ya no era una niña de cinco años, y ahora odiaba el contacto físico de sus dos progenitores. Después de lo que su padre había comenzado a hacerle, cualquier pequeño toque por su parte la tensaba.

Y su madre, ajena a todo, en ocasiones seguía tratándola como a una niña pequeña y eso la molestaba todavía más. ¿De verdad no se enteraba de nada?

Era cierto lo que semanas atrás le había dicho a Aaron, en alguna ocasión había pensado en acabar con la vida de su padre. Cuando él estaba totalmente ido encima de ella, alguna vez pensaba en qué ocurriría si se negaba a obedecerlo. O se imaginaba empujándolo con todas sus fuerzas, y que se golpeaba la cabeza y dejaba de hacerle daño para siempre.

Sin embargo, no tenía valor para hacerlo. ¿Qué le ocurriría a ella si lo hiciese? Tal vez su padre se enfadara tanto por su negativa que le haría todavía más daño, y entonces, ya no estaba segura de poder soportarlo.

Al menos, ya no había vuelto a cortarse. Habían pasado un par de meses desde la última vez, y había logrado aguantar. Sin embargo, era su cumpleaños, y ese era otro de "los días especiales" que le gustaban a su padre. El muy idiota creía que era como un regalo, pero Erin lo odiaba cada segundo un poquito más.

Se levantó sin ninguna motivación ese Domingo. Sabía que sus padres estarían en la cocina, y la verdad, no tenía ganas de verlos. Aunque se moría de hambre y quería desayunar. Se puso unos pantalones cómodos y una sudadera, se recogió el pelo y descalza, bajó las escaleras.

-¡Feliz cumpleaños, mi niña! -su madre la abrazó fuertemente en cuanto entró en la cocina. Se obligó a devolverle el abrazo.

-Quince años…eres mi mujercita -su padre acarició su mejilla, despacio, bajando su mano hasta su cuello.

A Erin se le revolvió el estómago por la mirada de su padre, y estuvo a punto de gritarle a su madre que se diera la vuelta y viera la clase de marido que tenía.

-He preparado gofres. Puedes tomar todo el sirope que quieras -Amelia se giró con un plato repleto de dulces-. ¡Vamos, sentaos!

Erin comió en silencio, sin apenas saborear la comida. Estaba deseando terminar y quedarse a solas.

-¿Qué plan tienes para hoy? -preguntó su padre.

-Humm, he quedado con Amy más tarde -mintió.

-¿Después de la iglesia?

Mierda. Había olvidado que era Domingo y que debía ir con sus padres a la iglesia. En ocasiones lograba escaquearse, pero sabía que ese no iba a ser el día.

-Sí, después de la iglesia.

En realidad, era con Aaron con el que había quedado. El día anterior sí había visto a Amy, y la había invitado a un chocolate caliente, pero esa tarde iba a ver a su mejor amigo.

-He terminado. Voy a subir a arreglarme -dejó su plato y su vaso en el fregadero y se marchó.

En cuanto entró en su cuarto, se tiró sobre la cama boca abajo y se tapó la cabeza con la almohada. No podía quitarse de la cabeza el toque y la mirada de su padre, tan lasciva y llena de lujuria. Ojalá pasara algo durante ese día que terminara con su calvario.

Pero sabía que no tendría tanta suerte. Se levantó y se preparó para ir a la iglesia. Cuanto menos llamara la atención de sus padres ese día, mucho mejor.


-Voy a cambiarme. No quiero llegar tarde -en cuanto entraron de nuevo en casa, Erin se dirigió a las escaleras. La voz de su madre la detuvo.

-Espera un momento. ¿No quieres tu regalo? -Amelia sonrió cuando se dio la vuelta y la miró.

-Si, claro -dijo en voz baja, siguiendo a sus padres al salón.

La verdad es que le daba completamente igual si le regalaban algo o no. Ya no tenía emoción ni por eso, y quería perderlos de vista cuanto antes.

Primero le dieron un sobre con cien dólares, que guardaría con todo el dinero que tenía ahorrado de los últimos años. Y luego una cajita, de terciopelo azul. Un colgante de plata con una pequeña lágrima azul descansaba sobre una cama negra también de terciopelo.

-¿Te gusta? -preguntó su madre ante su silencio.

-Sí, es muy bonito -respondió en voz baja, tocando suavemente la piedra.

-Deja, yo te lo pongo.

-No hace falta, papá. Me lo pondré la semana que viene para ir a la iglesia, y en Navidad.

Intentó apartarse, pero el hombre la agarró con suavidad del brazo. Le apartó el pelo a un lado, ella lo sujetó mientras su padre le colocaba el colgante. Rozó con delicadeza el cuello y la nuca, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

-Ya está. Mi niña, estás preciosa -murmuró cerca de su oído. El escalofrío volvió.

Su madre miraba con una sonrisa en la cara la escena de padre e hija sin saber lo que su marido se traía entre manos.

-Tengo que irme.

Corrió escaleras arriba, y aunque no tenía apenas tiempo, se desnudó rápidamente y se metió en la ducha. Se sentó con las piernas apretadas contra el pecho y aguantando las ganas de cortarse. Lloraba, con sollozos entrecortados, mientras sentía las ganas de arrancarse el colgante y tirarlo contra la pared.

Más tranquila, se volvió vestir, se secó un poco el pelo y se hizo una trenza. Cogió el abrigo y salió rápidamente de casa, sin avisar a sus padres.

El cielo estaba gris, encapotado, y amenazando nieve. Se abotonó bien el abrigo y metió las manos en los bolsillos. Había olvidado los guantes, pero era lo último que le preocupaba.

Estaba llegando a su destino cuando escuchó que alguien la llamaba. Cuando se dio la vuelta, sonrió de verdad por primera vez en todo el día.

-¿Tú también llegas tarde? -Aaron llegó corriendo a su lado-. Estaba viendo una película con Sean y se me ha hecho tarde.

-No importa. A mí también se me ha hecho tarde.

Aaron se fijó en los ojos hinchados de su amiga y en lo apagada que parecía.

-¿Estás bien?

Erin asintió y reanudaron el paso. Diez minutos después, estaban instalados en la cabaña.

-Feliz cumpleaños -Aaron sacó un paquete de su mochila y se lo entregó.

-No tenías que regalarme nada…¡me encanta, Aaron! Gracias -lo abrazó fuertemente, sin querer soltarlo.

-Así tienes tu propio libro.

Aaron le había comprado una edición ilustrada de "La historia interminable", el libro que él le leía por las noches después de la visita de su padre.

-Pero seguirás leyéndome tú también ¿verdad? -preguntó con tristeza y con la cabeza baja, mirando el libro.

-Claro, si eso es lo que quieres.

Ante la falta de respuesta de la chica, Aaron le levantó con suavidad la barbilla, y vio cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas. Se las limpió con los pulgares, y apoyándose en la pared, la atrajo hacia él. Erin apoyó la cabeza en su hombro y se relajó cuando Aaron acarició despacio su espalda.

Estuvieron un rato en silencio, hasta que la chica le contó lo que había pasado. Cómo su padre la había tocado y lo que le había susurrando y la idiota de su madre ni siquiera se había dado cuenta de nada.

-El colgante es bonito -dijo Aaron después de mirarlo un minuto.

-¿Lo quieres? Te lo regalo…-respondió con un hilo de voz.

Aaron soltó una risita, sabiendo lo difícil que era para ella. Aunque no quisiera, debía llevar ese colgante puesto aunque lo repudiara.

Unos minutos después, la nieve comenzó a caer sobre ellos, poniendo una sonrisa en sus caras.

-Vamos a tener que tapar este agujero. ¡Nos vamos a congelar!

Aaron se dio cuenta que Erin no lo estaba escuchando, así que le dio un pequeño empujón con el brazo.

-Aaron, ¿puedo pedirte una cosa? Puedes decirme que no, y no lo hacemos. Y nada cambiará entre nosotros después, lo prometo.

-Vaaale, dime lo que quieres hacer y te digo.

-Yo, quiero…¿te importaría darme un beso? -vio la confusión en la cara de su amigo-. Es que quiero saber lo que se siente cuando lo haces porque quieres y no porque te obligan…¡pero no pasa nada si no quieres! Lo entiendo. Es una petición extraña.

El chico vio la tristeza en la cara de su amiga, y supo cómo se sentía. Y aunque sabía que sería raro besar a su mejor amiga, lo haría por ella.

-Está bien. Lo voy a hacer por ti -contestó con una sonrisa.

-¿De verdad? -él asintió y ella esbozó una ligera sonrisa.

Y aunque al principio fue un poco extraño, después de pasar un mechón de pelo que se había escapado de la trenza detrás de su oreja, acercó su cara a la suya y posó sus labios sobre los suyos. Fueron apenas unos segundos, pero para Erin significó la más maravillosa demostración de amistad.

-Muchas gracias -murmuró en su cuello.

Aaron no dijo nada, pero parpadeó rápidamente cuando sintió cómo las lágrimas de Erin mojaban la piel de su cuello.

Continuará…