Capítulo 207. Madre de héroes

Tetis nunca había sido herida de muerte. Detuvo la rebelión contra Zeus acudiendo a fuerzas tan superiores a las de ella que cualquier comparación sería un insulto. Durante el diluvio universal, la invasión atlante de Eurasia y la posterior reconquista de los santos de Atenea, desobedeció a Poseidón. También en las campañas personales de Damon, llamada Guerra de la Magia, y Eolo, conocida sin mucho acierto como cuarta guerra atlante por la participación de Céneo de Forcis, general del océano Austral, ni siquiera se molestó en dar excusas. En cuanto a la quinta, se decidió a luchar cuando ya era tarde, de modo que solo a sus padres confesó haber sido testigo de cómo el Sustento Principal, protegido por el cosmos divino, caía frente a hombres mortales.

Talasa no era una diosa que luchara. Por ella, un millón de millones de mundos albergaron vida, incluida la Tierra. No obstante, eran otros los que la defendían. Incluso durante la Guerra de los Demonios, fue Poseidón quien venció al Rey Demonio, delegando en Talasa el trabajo de restaurar el mundo destruido por el Gran Impacto.

Así que cuando un dios le arrancó el corazón, de verdad pensó que iba a morirse.

—Ah, vaya, no funciona. —El corazón de la nereida latía, rechazando la presión de los metálicos dedos de Hefesto—. Por supuesto, siempre hay que pedir permiso.

La miró como si esperase que ella lo entendiera todo, pero la hija de Nereo solo pudo gritar, dominada por un dolor inenarrable, mientras icor, hueso, carne y piel se restauraban en un proceso de regeneración lento e inmisericorde. Hefesto se quedó mirando, expectante, acaso esperando que la nereida cayese de rodillas. No le dio el gusto: clavó los dedos en la piedra para mantenerse firme, endureció el semblante para que ni una sola lágrima le cayera por los ojos, rojos de furia y resentimiento.

—No imaginé… que el hijo de Zeus… fuese una criatura… tan enferma… —Tetis solo se atrevió a hablar cuando el hueco en su pecho se hubo cerrado, con un segundo corazón latiendo al mismo son que el primero. Le costaba mucho, como si llevase corriendo toda la eternidad sin descansar ni un solo segundo—. ¿Es que no es suficiente yacer conmigo, herrero de los dioses? ¿Humillar y mutilar a una diosa te entusiasma?

—Me parece que la palabra es excitar —replicó Hefesto—. Y no, nada me resulta más desagradable que una hermosa mujer afeada por la guerra y la muerte.

—Estupendo —gruñó Tetis, odiándose por el vulgar exabrupto y por la satisfacción que le supuso ser considerada hermosa. Estaba a punto de sobrepasar la línea que separaba el orgullo personal de la servil relación entre un perro y su amo. ¿Sería a causa de que le hubiesen arrebatado el corazón?—. Lo demuestras muy bien. —El dolor se volvió tolerable, siéndole posible erguirse y ser todo lo digna que podía, habida cuenta de que carecía de prenda alguna y seguía estando cubierta de sangre—. ¿Y ahora?

Antes de responder, Hefesto soltó el corazón de la nereida sobre el centro de la mesa. Allí, a un metro de distancia, siguió levitando y llenando la caverna con latidos propios de un gigante. El suelo empezó a temblar, arrojando columnas de fuego que lamían el techo y engrandecían la de por sí abundante neblina, que como un remolino empezó a concentrarse alrededor de la mesa en que dos dioses tendrían que estar finalizando un acuerdo. Pronto fue imposible, aún para Tetis, ver más allá de la niebla, tal vez por poseer esta una naturaleza divina, tal vez por lo debilitaba que estaba.

—Los cuerpos inmortales de los gigantes descansan aquí —advirtió Hefesto—, así que los aprovecho para mantener lejos a los incautos. Yo lo aprovecho todo.

—Di lo que tengas que decir, herrero de los dioses —pidió Tetis, cortante.

—Solo si me respondes una pregunta —dijo Hefesto—: ¿De verdad creíste que te obligaría a yacer conmigo a cambio de mi trabajo?

—¿Vas a decirme que una sola noche con una diosa menor no se compara a poseer las armas más poderosas del universo? —cuestionó Tetis.

Debía ser una pregunta muy graciosa, porque Hefesto empezó a reír, mientras llevaba a la cabeza las mismas manos que había usado para examinarla. La nereida no estaba segura de qué esperaba encontrar tras el yelmo del hijo de Zeus y Hera: ¿un monstruo deforme, tan depravado como imaginaban los humanos? ¿La apostura de Apolo? ¿La eterna juventud de Hermes? ¿La madura robustez de Ares? No era nada de eso. Lo que había ocultado el yelmo de Hefesto, ahora colocado en la mesa de trabajo, sobre la perla de Tetis, no era un rostro humano, sino fuego. Llamas de diversos tonos marcando los rasgos del dios; si la luz pudiera volverse llamarada, sería el cabello que le caía a través del cráneo, semejante al hierro fundido. Igual de blanca era la barba, corta y cuidada, pasando a través de las mejillas y el mentón, que recordaban al magma del Etna.

—Voy a decirte que has pasado demasiado tiempo con los humanos —rio Hefesto, un sonido semejante al crepitar de las llamas—. Sí, en cuanto los aqueos vean a tu hijo armado como todo un ángel, empezarán a parlotear como dicen que solo hacen sus esposas. Dirán que te abriste de piernas ante mí para que tu hijo tuviera juguetes nuevos. Con suerte, jurarán que huiste en el último momento transformándote en alguna cosa creativa, sin ella, volveré a embarazar al suelo. —Como el tono no era modulado por ninguna cuerda vocal, todo sonaba igual, de modo que no hubo forma de prever el arranque de ira que impulsó a Hefesto a golpear la mesa, desintegrando una buena porción; medio escudo y la punta de la lanza quedaron sobre el vacío—. Me lo tomo con humor, son humanos, claro que nos atribuirán sus defectos para sentir que no están tan mal. Mas, ¿intentar violar a Atenea? Yo no hago esas cosas, nosotros no hacemos esas cosas. Jamás hemos raptado a una mujer mortal, ellas vienen a nosotros porque somos mejores que los pusilánimes de sus padres, esposos e hijos. Además —añadió, vehemente—, yo jamás causaría ningún daño a Atenea, por nada en el mundo.

—Te creo —dijo Tetis, sabedora del gran afecto que el dios del fuego sentía por la hija favorita de Zeus. Si no la quería como amante, al menos era indiscutible que la amaba en la misma medida que amaba a sus padres—. Si los humanos piensan eso, estarían en lo cierto, en parte —aclaró, retomando el hilo de la conversación—, porque yo, desde un principio, estaba dispuesta a entregarme a ti por el bien de mi hijo.

—Lo que yo decía: demasiado tiempo con humanos. Reinamos sobre toda la Creación. No solo este planeta, no solo este universo. ¿Por qué iban a girar nuestras voluntades en torno a acostarnos, o no, con una mujer?

—Los dioses somos caprichosos.

—Eso es lo que dice Atenea —asintió Hefesto—. Yo no lo soy. Trabajar es mi razón de ser y mi deseo. Lo hago con gusto.

—Eso no es lo mismo que gratis —dijo Tetis, cruzándose de brazos.

El dios del fuego cabeceó.

—Demasiado tiempo con los humanos. Tu cuerpo no es lo mejor que puedes darme, ni de cerca. Lo que quiero es tu dunamis.

De pronto, la presencia de la neblina tenía todo sentido del mundo. Si el Olimpo no había hecho nada mientras Tetis bañaba a un bebé mortal en el Estigio y trataba de apartarlo de sus deberes para con el rey Agammenón, mucho menos lo haría porque le pidiese al dios de la forja que forjase algo. Era ridículo, no había nada de malo en eso. Sí que lo había, en cambio, en una propuesta tan ortodoxa.

—Mi dunamis no te serviría de nada —advirtió Tetis—. En tus manos, se volvería nimbo, tal y como ocurriría si se lo cediese a un mortal.

Si los dioses pudieran acrecentar su fuerza a punta de tomar la de otros, hacía tiempo que se habrían exterminado los unos a los otros, porque solo así dejaría ser un hecho irrefutable que sin Zeus toda la Creación se vendría abajo. Los dioses no guerreaban, por mucho que ello le disgustase a Ares, de modo que esa opción no debía existir. Además, la sola idea iba en contra de aquello que volvía el dunamis un poder superior a todos los demás: no era mera energía, sino una fuerza que trascendía todos los planos de la existencia, sometiéndolos a una autoridad que era distinta según de qué dios se tratase. Tetis podía crear vida orgánica, Hefesto podía transmutar cualquier clase de materia en cualquier cosa. La perfección de una resultaba en la maravilla que era la Tierra, tan querida para Poseidón; la excelencia del otro tenía como consecuencia un trabajo que jamás podría darse de forma natural, con armas capaces de superar lo más destructivos fenómenos cósmicos y armaduras capaces de soportar el calor de las estrellas y la presión de los agujeros negros. Un sabio pensaría que eso carecía de importancia, que creación y cambio eran parte de lo mismo. Tetis, incluso si no conocía las palabras adecuadas para explicarlo, sentía que la diferencia lo era todo.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó Hefesto, siendo la cabeza ladeada el único signo de su desconcierto—. Te estoy pidiendo tu dunamis. No se trata de una bendición, sino del sacrificio irreversible de tu condición de diosa.

—Así lo he entendido —dijo Tetis—. E insisto en que sería inútil.

—Eso es mi problema. ¿Me lo das, entonces?

—Si es por el bien de mi hijo, sí, te lo doy.

Mientras hablaba, la hija de Nereo recordó una parte de la conversación previa al momento en que el olímpico le arrancó el corazón. Este había hablado del orgullo desmedido del hombre al que no le interesa ser un dios, hasta que moría y como una sombra en el inframundo lamentaba su mortalidad. Tetis había supuesto que era un funesto vaticinio, pero en realidad era una prueba para ella.

—¿Qué prefieres? —preguntó Hefesto, presionando una vez más el corazón que latía sobre la mesa—. ¿El arma definitiva? ¿La armadura definitiva? ¿El escudo definitivo?

—Ya he respondido a esa pregunta —dijo Tetis, aún más extrañada.

Creía que había aprendido a mantener la compostura frente al dios de la forja. Incluso se había negado a crearse prenda alguna, no fuera que aquel creyese que se sentía avergonzada por la desnudez. Era una nereida, solía festejar con sus hermanas sin ningún vestido que le impidiera sentir el dulce tacto del aire y la calidez de las aguas, allá donde los hombres mortales no llegaban. Sin embargo, cuando Hefesto empezó a apretar el azulado corazón, lleno de icor, se arqueó sobre sí misma, gimiendo de dolor.

—¡Renuncia! —ordenó Hefesto.

Así lo hizo Tetis. Alzándose con gran dificultad, mientras el icor hervía con un calor que le derretía los huesos y quemaba la carne desde dentro, la hija de Nereo dijo:

—¡Renuncio a tu regalo, oh, Zeus, rey de los dioses! ¡Por el bien de mi hijo, Aquiles, abandono mi sitio entre los inmortales, para errar como una más entre los espíritus del mar que habitan este mundo! ¡Que sean las manos de Tetis, hija de Nereo y Doris, las que entierren a Talasa, lugarteniente de Poseidón en la Tierra! ¡Renuncio…!

Las palabras fueron acalladas por el sonido de un trueno, acaso de conformidad por parte del omnipresente Zeus. Acto seguido, una singularidad surgió sobre la palma de Hefesto, la misma clase de fenómeno que dio origen al universo. Un Big Bang genuino, del que la Exclamación de Atenea era una mera imitación, extinguió el corazón de Tetis bajo el fuego de la creación, capaz de reducir toda materia a la sopa primordial que precedía a las partículas subatómicas. La mano del dios del fuego se cerró con fuerza, negando el nacimiento de un nuevo universo al aplastar tiempo, espacio y materia. Destellos de luz azul se escurrieron entre los dedos de Hefesto, residuos del icor.

Tetis, alumbrada por tan hermosa luz, perdió el conocimiento.

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Seguía desnuda al despertar, pero la neblina que los rodeaba se había compadecido de su repentina debilidad, cubriéndola como un fantasmal vestido que enmascaraba sus formas femeninas. Un poco tarde, porque el dios de la forja ya no le prestaba atención.

Allá donde había estado el divino corazón de Tetis, latía ahora un nuevo universo. El dunamis de Talasa, lleno del poder de la vida, era algo hermoso de ver.

—Hace trece mil millones de años que no veo algo así —admiró Hefesto, en absoluto molesto porque su voluntad de impedir el origen de interrumpir el Big Bang hubiese sido contradicha por el dunamis de una deidad menor—. Es muy difícil que un dios renuncie a serlo. Muy, muy difícil. Y yo era solo un niño, admirando el trabajo de Brontes, Arges, Esteropes y Cerauno. ¡He esperado tanto poder hacer lo mismo! Maldigo a Apolo por haberlos cegado antes de este día feliz.

Tetis no podía culpar a Hefesto por su embelesamiento. Ella misma estaba hechizada, comprendiendo que lo que flotaba sobre el guantelete era el infinito que alguna vez albergó en su corazón. Trascendiendo el tiempo y el espacio, la mente, el alma y la materia, como una realidad que era solo suya; el universo no era la única consecuencia del Big Bang, solo el más improbable de los resultados, si no mediaba la voluntad divina para darle estabilidad a semejante milagro. Por primera vez lloró sin pena, ni vergüenza, ya que era la alegría de tan divina visión lo que derribaba todas sus barreras. La divinidad era algo hermoso de contemplar, los humanos jamás podrían hacerse a la idea. En realidad, dudaba que los propios dioses lo comprendieran, acostumbrados a convivir con ella como se acostumbraban al éter en el encumbrado Olimpo.

Ver su dunamis liberado le dio otra clase de información más práctica, como un recuerdo. Las primeras armas sagradas no habían sido creadas de cero, sino que surgieron a partir de otra demasiado poderosa como para que un ser humano, así perteneciera a la Raza de Oro, la esgrimiese. La Vara del Génesis de Palas, la Lanza de Lugh de Egeón, el Inagotable de Galia, la Danza Eterna de Titán y el Sable Ragna de Helios, el dios que hacía las veces de líder de aquellos cuatro Espíritus Divinos, fueron en origen un arma conocida como la Eternidad, capaz de doblegar tiempo, espacio, energía, mente y alma. Era el arma más cercana al poder de los dioses que se había creado desde el inicio del reinado de los olímpicos, siendo los cíclopes mayores, hijos de Urano, los responsables de crearla a partir del más insólito de los regalos.

Al término de la Titanomaquia, Crono dispuso el fin del viejo universo, para que Zeus no tuviera nada sobre lo que reinar. Un acto fútil, pues los olímpicos dieron inicio a uno nuevo, enterrando al rey de los titanes bajo el peso de un universo en verdad infinito, donde cada posibilidad existía a la vez que las demás. Del fin del viejo orden ordenado por el rey de los titanes, en cualquier caso, surgió como su encarnación el hijo de Crono y Filira, Eón, el Séptimo, dios del tiempo humano. Lo que pudo ser el inicio de otra guerra, fue resuelto por la primogénita de Zeus, Atenea, quien se ganó el epíteto de diosa de la sabiduría al lograr la paz entre aquel nuevo hermano y los hijos de Rea. Eón pudo ser uno de los olímpicos en una época anterior a la guerra con Tifón y la posterior instauración del Consejo de los Doce, tal había sido el acuerdo que Atenea logró como mediadora. Sin embargo, el dios del tiempo humano cedió tal honor a la primogénita de Zeus, prefiriendo entregar su dunamis como gesto de paz que calmara los recelos de Hera y Poseidón. Y vaya que se calmaron el dios de los océanos y la reina de los cielos: ningún dios renunciaba a serlo, ni en el nuevo universo, ni en el viejo, ni en los incognoscibles tiempos de Urano, donde la idea de mortalidad ni siquiera existía. Eón realizó el máximo de los sacrificios, renunciando por igual al poder sobre la Creación y su naturaleza divina. Ninguno de los olímpicos olvidaría jamás ese gesto, otorgándole los entonces siete líderes de la Creación el honor de guardar el Portal del Tiempo, empleando un arma que los cíclopes crearían manipulando su dunamis.

Eón fue la primera víctima de Tifón, cuya amenaza se extendía a través de todas las eras y mundos. La Eternidad, de hecho, estuvo en manos del dios de la destrucción hasta que Hermes, temeroso de la batalla que su padre libraría con aquel, se la robó. Después, Hefesto crearía con esa materia base las cinco primeras armas sagradas, mientras que Ares propondría a Zeus la creación de un ejército que hiciera frente a Tifón. Desde entonces, la Eternidad no había vuelto a existir, al menos no en este universo.

«Sin duda hay otros en los que Eón nunca dejó de ser un dios —reflexionó Tetis, asumiendo que Hefesto conocía la historia por observar alguna realidad alternativa—. ¿Y lo vio hace trece mil millones de años? Imposible.»

Hizo memoria. Como la hija de unos dioses mediadores, estuvo presente en diversos acontecimientos de importancia hasta adquirir el rol de diosa del mar. Entre ellos, estaba la renuncia de Eón, por supuesto, a la que asistieron los hijos de Crono y Rea junto a Atenea y Ares, el belicoso dios al que más adelante Hades entregó su trono en los cielos para centrarse en los asuntos de la vida y la muerte. Ni rastro de Hefesto. Ella no fue testigo de la creación de la Eternidad, no había necesidad de una mediadora allí, ni Zeus estaba interesado en que la creación de esa clase de armas trascendiera más allá de lo necesario. Por mucho que pensara, no podía recordar haber sabido nada de Hefesto hasta que participó en la rebelión de Hera y Poseidón contra Zeus, siendo los actos del dios de la forja el origen del mito humano en que dejaba a su madre atada a un trono.

«¿Por qué se puso en contra de su padre, si fue su madre la que le expulsó del Olimpo nada más nacer? —se preguntó Tetis, sabiendo que era esa la mejor forma de granjearse el aprecio de Leteo: hacerse preguntas, cuestionarse a sí misma, y recordar.»

Así vio a un chiquillo pelirrojo que siempre andaba con los cíclopes y que no dejaba de repetir lo increíble que fue ver el dunamis liberado. A Tetis le había parecido un mentiroso, pues el niño no tenía pinta de dios y un simple espíritu jamás sería invitado a un evento de tanta importancia. Ahora, en cambio, podía caer en la cuenta de unos cuantos detalles. La apariencia del muchacho era la del crío de un gigante, demasiado alto y musculoso para la edad que tenía, a despecho de una cara redondeada y de eterna felicidad. Era un incordio, de la cabeza a los pies, hablaba y hablaba sin parar, a pesar de lo cual Atenea lo escuchaba con atención, incluso si veía el resto del Olimpo con un bien disimulado aburrimiento; carecía del respeto por la jerarquía, tratando con cotidianidad a dioses de la talla de Poseidón y Hades mientras Zeus le sonreía, cómplice; destrozaba todo lo que tocaba con sus grandes manos, ganándose un simple alzamiento de cejas por parte de Hera, quien a cualquier otro patearía montaña abajo.

—Tu madre nunca te expulsó del Olimpo —dijo Tetis, con asombro—. Creciste con tus padres, al igual que Ares, Eris, Ilitia y Hebe.

Y desde entonces, en la feliz temprana infancia de un dios, había querido ser un herrero tan bueno como los cíclopes mayores. Entonces sus héroes, después sus compañeros de trabajo, cegados por Apolo como represalia por la muerte de Asclepio.

—Tampoco me parió sola —se atrevió a bromear Hefesto—. Desde los tiempos de Urano y Gea, los dioses nos hemos acogido a una naturaleza dual. Sé que cuesta, mas deja de verlo, mujer. Ahora que has entregado tu dunamis, ya no puedes recuperarlo. Aparta la mirada, porque de lo contrario te consumirás.

—Veré hasta el final —dijo Tetis, consciente ahora de que aquellos recuerdos no le habían sobrevenido por sí misma, sino que estaban enfrente. El universo sobre la palma de Hefesto era también su dunamis, latente de recuerdos.

«No solo los de Talasa —pensó Tetis—. También los de antes de la rebelión, cuando solo era una nereida más. —Ambos eran lo mismo. Talasa y Tetis eran el mismo ser.»

O al menos, lo habían sido hasta ahora.

—Con esto, podría convertir a tu hijo en un Espíritu Divino.

—No me interesa, ni a él tampoco.

Hefesto asintió, satisfecho.

Aquella realidad, dunamis manifiesto, avanzó a ritmo vertiginoso. La sopa primordial dio paso a las partículas subatómicas, que unidas formaron los átomos que componen toda materia. Después vinieron las estrellas, las galaxias, los grupos, cúmulos y súper cúmulos… Tal vez un Sistema Solar, con una Tierra y una raza humana que vivía como le era posible, al amparo de una única divinidad que era más bien una fuerza auto-consciente, entregada por completo a la tarea de crear vida. Por ella, incontables seres pudieron vivir y morir en la eterna rueda de la vida, por ella el universo no acabó con el Gran Desgarro del que hablaba Hefesto, ni la Muerte Térmica, en que todas las estrellas se apagaban, dejando un universo de oscuridad, sin lugar para la esperanza. Por ella, por Talasa, la existencia de esa realidad se extendió a lo largo de cien mil millones de años, hasta que todas las almas hubieron completado el ciclo de reencarnación. Unidos, los espíritus de todos los seres se sumaron a Talasa para ordenar la Gran Compresión.

El universo, infinito, pasó a ser un solo punto de energía ultra-condensada. Energía divina, dunamis en estado puro que Hefesto hizo descender con lentitud hacia el escudo de Aquiles. Las gemas del guantelete brillaban con más intensidad que nunca.

Ni todo el auto-control del dios de la forja evitó que el monte Etna entrara en erupción, arrojando a los cielos el fuego y la lava que era la cólera de los caídos gigantes.

Resultaba insignificante, en comparación. Tetis acababa de ver, en un mísero instante que se habría perdido si solo hubiese parpadeado, la existencia entera de un universo. ¿Qué era la ira de los gigantes, meros cadáveres sellados en la montaña, mientras sus almas permanecían por siempre selladas en el frío Cocito? Nada, nada en absoluto. No permitió que sus pies resbalaran sobre el suelo, que temblaba en un intenso terremoto. No se movió para esquivar las llamaradas surgidas de las grietas que se abrían y aquí y allá, porque de pie como estaba, podía ver el momento en que su dunamis se volvía el nimbo que protegería a su hijo de todo mal. Llena de orgullo, mantuvo los ojos abiertos incluso cuando una explosión de purísima luz azul lo inundó todo, cegándola.

Apenas estaba recuperando la vista cuando oyó un fuerte impacto. Y otro. Y otro más. Para cuando pudo ver, la lanza y el tótem de la gloria estaban en el suelo, porque no había ninguna mesa que los sostuviese más allá del pilar que había bajo el escudo.

—Perfecto —dijo Hefesto, quien de nuevo llevaba puesto el yelmo antes de dar un último e inútil manotazo en el escudo. La nereida no podía creerlo: no le causaba ningún daño, ni al escudo, ni a lo que había debajo—. ¡Perfecto!

—Es increíble —dijo Tetis, acercándose al escudo. Era el mismo que había visto, maravillada, antes, y a la vez no lo era, porque su dunamis habitaba aquellos magníficos relieves, perfecta representación del mundo como lo concebían los hombres.

—Un arma capaz de matar a cualquier enemigo siempre que la probabilidad no sea cero, eso habría sido increíble. Tu hijo podría matar a un falso dios con la lanza si hubieses escogido el arma definitiva. —Ya habiendo acabado con el escudo, Hefesto arrojaba y tomaba la perla de la nereida—. La física cuántica es muy divertida, más te vale vivir hasta que los mortales la descubran, porque lo harán. Déjame darte un adelanto: si existe un universo en que este escudo no es sobrepasado, jamás será sobrepasado, no importa cuánta fuerza imprimas en tus golpes. El dunamis del mar, la tierra y el cielo lo protegen. —Sin dejar de hablar, le arrojó la perla, que la hija de Nereo tomó al vuelo—. Ya puedes vestirte, si así lo quieres.

La neblina que los había rodeado todo ese tiempo empezaba a difuminarse. También el vestido. La nereida, fingiendo el pudor que no sentía, formó uno nuevo a partir de la espuma, tras lo cual guardó entre los senos la perla. No iba a combatir allí.

—Así que ese era tu precio —dijo Tetis—. Crear algo a la altura de la Eternidad.

—Este es solo el primer paso hacia algo mejor. Viendo lo que un arma bendecida por el nimbo puede lograr, ¿qué crees que ocurriría si creáramos a un ser de nimbo puro?

—Ya nada impide a tus regios padres escucharnos, herrero.

—Antes, tampoco, mi padre está en todos lados y mi madre ve todo lo que quiere ver —aseguró Hefesto, encogiéndose de hombros—. El truco del humo era para que nuestros enemigos no vieran mi trabajo. ¿Quién sabe? Un dios podría enamorarse de esa libertina de Pirra de Virgo hasta el punto de sacrificar su divinidad por ella. Los dioses, como bien has dicho, tendemos a ser caprichosos.

A los oídos de Tetis, la sola idea de que la autoproclamada Atenea imitara el magnífico trabajo de Hefesto sonaba ridícula. El dios de la forja había moldeado la materia en su más pura esencia, más allá de las partículas subatómicas, de modo que el escudo en sí interactuaba con todos los escudos, de todos los universos, de todas las versiones paralelas de su hijo Aquiles. Ningún mortal podría imitarle, sería absurdo siquiera intentarlo, como era absurdo desafiar al monte Olimpo siendo una simple humana.

—Has hecho un trabajo maravilloso —aprobó Tetis. Al tiempo, la mesa era restaurada, átomo a átomo, y la lanza y el tótem volvían a estar sobre la piedra—, mas recomiendo que no vayas más allá, herrero. Un ser de puro nimbo no sería humano, sería un dios.

Si el nimbo era dunamis en estado latente, un ser que era puro nimbo también era un ser de dunamis, cuya sola existencia implicaría que estaría haciendo uso de él.

—Serían armas vivientes —replicó Hefesto—. Las mejores armas que el Olimpo ha visto; en comparación, los autómatas clase Deus son solo un prototipo. La idea no es solo mía —hubo de admitir—. Atenea quiere paz, Apolo quiere orden y mi padre… —Con un carraspeo, acabó con la indiscreción, cambiando pronto de tema—. Esto fue una prueba. El momento de la verdad será cuando nazca Astreo.

—¿Astreo? —repitió Tetis—. ¿El Espíritu Divino, Astreo?

—Usaremos nombres de los viejos campeones para nombrar a los nuevos —explicó Hefesto con paciencia—. El primer candidato será Demogorgo, un miembro de la Raza de Oro que lleva errando por el universo, sin familia, ni amigos, ni hogar, desde la caída de Tifón, o al menos eso es lo que dice él y creen sus valedores, Apolo y Artemisa. No hay registros de su paso por la Primera Orden, mas considerando que fue mi hermano el que encontró los recursos… —De nuevo carraspeó, dándose cuenta de que la emoción le hacía divagar—. Demogorgo renacerá como un ser de nimbo, el eslabón perdido entre hombres y dioses. Astreo de Saturno, el primero de los Astra Planeta.

Tal fue el pecado de Tetis, hija de Nereo y Doris, ser la responsable de la creación de aquella orden sin parangón entre los ejércitos de los dioses. Hefesto jamás se habría animado a proponer la creación de esas armas vivientes sin haber podido probar el método en un contexto sin riesgo. Después de todo, el siguiente paso del que hablaba era usar el dunamis de los titanes de un lejano universo, robados por Hermes para Apolo según eran vencidos por los santos de Atenea. Artemisa se juntó con su hermano, el dios del sol, para elevar la propuesta a Zeus, quien delegó en Ares y Atenea como dioses de la guerra que eran. Ambos coincidieron en que lo mejor era ofrendar a un grupo de excesos mortales el nimbo a modo de bendición, que funcionaría en momentos de mayor necesidad, de modo que no tuvieran que convivir con el poder absoluto, natural envilecedor de los mortales. Cuanto de esto influyó en la creación de la Tercera Orden de Ángeles tras la Guerra de Troya, Tetis lo desconocía; de lo que sí estaba enterada, porque Hefesto se lo explicó mientras abogaban por el destino de los aqueos, que tan bien habían servido al Olimpo, era que fueron el dios de la forja y la diosa del amor los que garantizaron la creación de los Astra Planeta como tal. También eran ellos los que diseñaron el proceso general de elección y transformación del candidato a semejanza del divino renacimiento de Eón: se daba en un Huevo Cósmico, con el dunamis del olímpico benefactor como cáscara, siendo Hefesto y Afrodita los valedores de los regentes de Venus, y el dunamis del titán como yema, que era donde se formaba al astral. Todo ello, pues, se debía a la irracional acción de una madre desesperada.

—¿Esto salvará a Aquiles? —dijo Tetis, incapaz de procesar el caos que sobrevendría a ese acontecimiento. Los Astra Planeta lucharían a través del tiempo y el espacio, logrando grandes proezas e iniciando también terribles guerras, como la misma que les dio origen. Astreo de Saturno impulsó a los falsos dioses para poder nacer—. ¿Qué pasa si no lleva el escudo puesto? ¿Qué pasa si Pirra de Virgo decide que un mortal demasiado problemático debe morir? Dices que puede deshacer la protección del Estigio, así que, ¿qué le costaría deshacer lo que has hecho aquí?

—Este escudo es un dios —explicó Hefesto—. No puede vencer la protección que aporta, haga lo que haga, quiera lo que quiera. A menos que ella misma se convirtiera en un ser de nimbo que trasciende el cosmos. Y eso es imposible. —Señaló la neblina con gesto vago—. Además, el escudo protegerá a Aquiles siempre, porque le otorga una protección a nivel cuántico, en tres capas. —Siempre satisfecho de hablar de su trabajo, el dios elevó tres dedos, bajándolos según enumeraba las ventajas del escudo definitivo—: Primero, se necesita recrear las condiciones del Big Bang, enfocadas a escala subatómica, para causarle algún daño; ni el fin del universo, ni la habilidad de los santos de Atenea para destruir átomos servirán de nada contra él. Segundo, no será destruido mientras exista una probabilidad superior a cero, así sea una septillonésima fracción de uno, por darte un ejemplo. Tercero, el propio destino de Aquiles se ve afectado por el escudo, de modo que solo es posible matarlo de una forma muy específica. ¡No me has preguntado por el dunamis de la tierra que he empleado! —exclamó, con tal intensidad que la nereida quedó muda y boquiabierta—. El del cielo es de mi cosecha, soy hijo de mis padres y mi mejor creación iba a tener mi sello sí o sí. El del mar es tuyo, es el principal, por él no se desbordará el nimbo. —Con sumo cuidado, acarició los bordes del escudo, representación del océano infinito que según los hombres rodeaba el mundo entero—. El de la tierra es de Gea. Ya nos ayudó antes, cuando los Reyes Durmientes no estaban dormidos y les decíamos los Antiguos. Por ella, el nimbo de la Raza de Oro formó las glorias especiales de la Segunda Orden de Ángeles. Apolo prefiere mantenerla al margen del próximo proyecto, así que se me ocurrió pedirle un aporte en este. Si esto no pone en jaque a las Moiras, nada lo hará.

Cuanto más hablaba Hefesto, más convencida estaba de que era ella quien ayudaba a Hefesto y los olímpicos, no al revés. Una oportunidad para poner a prueba un arma que lo cambiaría todo en el ámbito de la guerra, siendo ella y Aquiles meros sujetos de experimentación. No obstante, Hefesto era sincero en su deseo de ayudarla.

Era el pago convenido, al fin y al cabo.

—¿Qué hay de la armadura y la lanza? —preguntó Tetis.

—La armadura es una gloria sin nimbo, así que tu hijo será un ángel sin alas —Como prueba de la solidez de la coraza, Hefesto tamborileó el metal platinado. Sonaba poco en comparación a los puñetazos sobre el escudo, pero dada la fuerza del olímpico, era suficiente para saber que resistiría más que el manto de Hércules portado por el más grande de los héroes troyanos—. La lanza tiene mi marca, como todas mis armas, así que es solo la típica arma afilada e indestructible que sale de mi forja cada semana. Nada de poderes espectaculares.

—¿El nimbo de…?

—Los hijos que tenían los dioses con la humanidad original poseían nimbo, no ocurre igual cuando la parte humana desciende de otra raza, ni siquiera si es la notable Raza de Héroes. Tu hijo no tiene nimbo que dar, salvo que quieras sacrificar su alma.

Ella asintió. Tenía sentido. Observó las armas de su hijo, en parte admirándolas, en parte orando a la diosa que fue que todo ello fuera suficiente.

Cuando alzó la mirada, el olímpico ya le estaba dando la espalda, despidiéndola con la mano. Era el dios de la forja, no de los festejos, ni de los buenos modales. Él respiraba trabajo y llevaba demasiado tiempo hablando.

—¡Aún no he terminado, Hefesto! —exclamó Tetis, con toda la autoridad que alguna vez tuvo como diosa del mar—. Me queda algo que decir.

—Aun si Pirra de Virgo jugara con el campo cuántico del universo, solo lograría dar la oportunidad a los héroes troyanos de medirse contra un guerrero capaz con un arma y escudo indestructibles a efectos prácticos —aseguró Hefesto, girándose.

Pero la nereida no le escuchaba. Agradecida en grado sumo por la ayuda, abrazó a aquella mole fría de rugosos bordes; el rostro brillaba con una gran sonrisa.

—Se dice que el dunamis en estado de letargo solo actúa por un milagro, acorde al dunamis omnipresente de Zeus —susurró Tetis—. Esto es un milagro. Funcionará.

En aquel momento, estaba segura de ello.

—Fuiste una gran diosa —aseguró Hefesto, rato después. Podía ser un dios que trascendía los vanos deseos de un ser humano, pero como todos los seres en el universo, disfrutaba sentirse amado, cualquiera que fuese la forma—. La mejor de las diosas.

Al menos del mar, se guardó de añadir, para no ofenderla.

Soy una gran diosa —enfatizó Tetis, separándose de él—. Como mis hermanas.

Perdido el dunamis de Talasa, seguía siendo la hija de los dioses Nereo y Doris, y por tanto, una diosa, con más ascendencia que Cratos, el más fuerte de los ángeles, y Bía, madre de demonios. En honor a ese orgullo, mantuvo la compostura mientras elevaba, mediante telequinesis, el magnífico equipo del más magnífico de los hombres. Si había grandeza en la gloria y poder en la lanza, lo que contenía el escudo era indescriptible. ¡Todavía podía ver, si se fijaba mucho, un universo entero allí!

—Te deseo suerte, pues, diosa —se despidió Hefesto.

—¿Qué tienen los olímpicos en contra mía, que siempre rechazan yacer conmigo? —La profecía de que daría a luz a un hijo más fuerte que su padre era una mentira descarada, que Poseidón ideó para que Tetis fuera aún más deseable para Peleo.

—Si algo he aprendido de mis padres, es que todo matrimonio divino necesita que una de las partes sea fiel —explicó Hefesto, con un gesto de asentimiento.

—Aburrido —lamentó Tetis, encogiéndose de hombro—, mas justo.

Y desapareció, dedicándole una última y encantadora sonrisa.