Disclaimer: Bleach no me pertenece.
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La concubina
La vida en el castillo de Karakura era, por lo menos, sencilla para un capitán general que encasillaba sus días en la rutina y el trabajo. Pocas veces lo aquejaban preocupaciones que no tenían que ver con él, que no requerían su voz ni su juicio, y cuando tocaba obedecer, usaba su mejor expresión de perro domesticado y acataba. En cualquier otra circunstancia, no lo habría hecho, pero Grimmjow tenía claro lo que le convenía.
El tema era que, incluso si le convenía, habían ocasiones que podían acabar con su paciencia.
Se preguntó a qué dios se le había ocurrido hacerle llegar la idea a las deslumbrantes señoritas, que era una actividad perfectamente aceptable y bien recibida, el que anduvieran dando paseos por su territorio como si se tratara de una laguna de patos. Esa mierda estaba muy lejos de ser una laguna con patos. Las tres figuras suaves y preciosas a comparación de las habituales —toscas, apestosas, sin gracia alguna—, no iban a pasar desapercibidas. Ni sus soldados, ni él podían dejarlo estar. Por motivos completamente diferentes.
Habían pasado semanas en las que nada nuevo había ocurrido, adicionalmente a la esperada llegada de la señorita Orihime, por supuesto...
Grimmjow había tenido la oportunidad de hacer su trabajo sin mayores percances, el rey no lo había importunado con sus temas, como si fuera algún tipo de consejero amoroso o algo por el estilo —porque distaba mucho de eso, en todo caso; y solo incrementaba su desprecio—, y el padre del susodicho tampoco lo había metido en aprietos nuevamente.
Notó que uno de sus subordinados estaba a nada de hacer un ruido poco respetuoso, en un vano y desagradable intento de llamar la atención de las señoritas y de hacer notar la poca educación que sus padres pudieron inculcarle. Antes de que hiciera esa estupidez, Grimmjow le dio un golpe justo en el punto donde se diferenciaba la nuca del resto de la cabeza. El golpe seco hizo que los demás se enderezaran como poco más que gallos maltratados y temerosos, conscientes de que podrían ser los siguientes.
—Emitan un solo sonido y no volverán a ver un día libre en toda su vida —Gruñó—. ¿Quedó claro?
—¡Sí, capitán!
Ante el grito colectivo, las jóvenes pusieron toda su atención en ellos. Grimmjow las miró hacia arriba en el balcón, donde estaban lejos del sol que quemaba las neuronas de sus soldados y tan campantes que conseguían crisparle los nervios.
Él no tenía motivos para no desear a una mujer, apreciaba a alguna que fuera elocuente y atractiva. Pero ese no era el caso, ni el mejor momento para ponerse a observar en la forma que lo hacían todos los idiotas, ahora a su espalda.
Con grandes zancadas y una mano descansando en la empuñadura de su espada —más como un método de regulación para su frustración y enojo—, fue en busca de las escaleras que conectaban con el balcón por el que las tres mujeres transitaban. Recién cuando estuvo frente a ellas, notó que no eran tres sino cuatro. Karin se fundía tras las otras tres, consciente de los efectos que la intrusión estaba provocando en él.
—Capitán Grimmjow —Lo saludó Yuzu, a la cabeza de la cuadrilla. Su sonrisa, tan forzada pero lograda de una forma espectacular, no hizo más que confirmar sus sospechas. Otra vez un Kurosaki se interponía para hacerlo enfurecer—. ¿Cómo ha ido su mañana? Espero no le importe esta pequeña distracción. Las señoritas estaban ansiosas por conocer este lado del castillo, y llevábamos un tiempo postergándolo.
—Habría sugerido un horario con menos ojos curiosos, su alteza, si tan solo me hubiera compartido sus intenciones —Masticó las palabras, tal como habría masticado una masa cruda y desabrida.
Yuzu hizo un gesto con la mano, tan despreocupado. Aprovechó el momento para verificar las expresiones de las demás. Karin casi parecía querer saltar sobre su hermana para acallarla y tironear de ella de regreso por donde vinieron. Rukia parecía querer disimular lo interesada que estaba en algo ahí abajo, donde estaban sus soldados; y Orihime, bendita fuera, se había puesto a saludar a sus soldados, claro que sí.
Apretó la mandíbula, dedicándoles una sonrisa ácida al mismo tiempo que se esforzaba por no gritar hacia abajo una nueva advertencia. Podía percibir los murmullos emocionados como si estuvieran siendo emitidos a milímetros de sus oídos.
—Claro que sí, agradezco su interés. Aunque perdería un poco el sentido visitar el lado de los soldados sin soldados a la vista. Su escuadrón protege nuestras vidas, y pronto estará dispuesto para proteger a la nueva reina y concubina del rey. Creí que sería estupendo.
No habría estado tan convencida si hubiera escuchado a esos morbosos engendros parlotear hace unas semanas atrás.
—En efecto, su alteza. Por lo mismo, porque sirvo a la corona y su familia, le pido que considere esto la próxima vez. No hay más que barbaridad y sudor para apreciar aquí.
—Supongo que tiene razón —Meditó, un poco menos sonriente—. Pueden seguir su entrenamiento, no se darán cuenta de que estamos por aquí.
¡Dios fuera piadoso para que funcionara así!
Se tragó una maldición.
—No las detengo más entonces —Se hizo a un lado—. Solicito permiso para cruzar palabra con la señorita Karin.
Yuzu miró atrás, girando su cuerpo por completo, tal como una señorita bien educada lo haría. Le dio un vistazo a su hermana y luego regresó a él.
—Adelante. Que no sea mucho tiempo, por favor.
Grimmjow hizo una breve reverencia, y luego las vio pasar frente a su nariz. Karin se quedó y se volteó a mirarlo hacia arriba, tanto como sus diferencias de altura requerían.
—Sáquela de aquí.
—Si tuviera el poder para hacer eso, le aseguro que ni siquiera habría visto un cabello de Yuzu aquí. Mi hermana no entiende a razones —dijo, casi terminando la frase con un quejido lastimero poco grácil.
—Entonces encuentre algo más interesante con qué distraerla. Si una sola persona llega a oír a esos imbéciles, me quedaré sin un ejército porque todos quedarán despegados de su cabeza por sus enormes y sucias bocas —siseó, mirando de reojo a Yuzu que les conversaba animadamente a las señoritas e indicaba los implementos y a los soldados con su ridículo abanico de encaje.
Karin torció la boca, disgustada.
—¿Ha sido muy malo?
—"Malo" se queda corto.
—Puedo imaginarlo... Los mozos de cuadra tampoco son tan sutiles.
—Por eso le pido que mantenga a esas tres lejos de aquí. Sobre todo a la hija del conde.
Karin suspiró, incómoda en sus propias ropas. Se tiró levemente el cuello de la camisa distintiva de sus soldados, tal vez demasiado azorada por la misma presión que su hermana provocaba.
—Haré lo que esté a mi alcance, le doy mi palabra, capitán.
Era más de lo que Grimmjow podía exigir en ese punto, ya se le había acabado el tiempo y estaba al límite de que se siguiera considerando una conversación aceptable. Karin podía ser lo menos femenina en el mundo, y él podía ser mucho el capitán del ejército —y probablemente alguien más que aceptable—, pero no los salvaba de cualquier etiqueta existente en esa sociedad.
De pronto, los días habían comenzado a transcurrir lentos. Le daba la impresión de que aquel último incidente había ocurrido hace años, pero solo habían sido tres miserables meses.
Durante ese tiempo, los preparativos para la boda del rey con la señorita Rukia, habían sido la preocupación de cada amanecer para el personal del castillo. Consiguieron sus flores favoritas —una especie que crecía en las montañas nevadas, un poco rara de encontrar pero nada que se escapara del poder del rey—, la mejor variedad de platillos de los mejores cocineros del reino, la papelería más fina para las invitaciones y cada pequeño detalle que haría que ese día fuera perfecto. Tan perfecto como la mujer que sería coronada como la reina de Karakura.
Las sirvientas iban de allá para acá, siempre con algo en las manos. Incluso Grimmjow se había despedido de su criada, aunque no había hecho mayores estragos a su vida. Lo único que le pedía era que preparara un baño para él, a veces dos veces al día; nada que él no pudiera manejar por su cuenta.
Él debía asistir, por supuesto. Era el rostro del ejército, el rostro de la seguridad del reino y en la coronación también debía estar presente, jurando lealtad a la reina.
No era de su simpatía, claro. Asimismo, a nadie le parecía raro.
Acomodó el paño en el cuello de su chaqueta por tercera vez. La cuarta, desistió por completo y la quitó de un tirón. Con más violencia de la necesaria, enterró la tela en el bolsillo superior, haciendo de ella un adorno burdo que solo hacía presencia para resaltar algo. Lo que fuera, no le interesaba.
Ajustó su espada de punta roma para eventos importantes como uno más de sus accesorios. Ese, además de su sola presencia, era un distintivo de su posición. Siempre lo destacaba entre los invitados, y por lo mismo, siempre acudían a él solo mujeres viudas muy atrevidas, jóvenes estúpidamente desesperadas o hombres ansiosos por una conversación política que poco y nada lo entusiasmaba.
Para él, todo sucedió sin pena ni gloria.
Eso no lo hacía ni ciego ni sordo, claro estaba. Había tenido que escuchar demasiados cotilleos, de diferentes nobles, con el nombre de la hija del conde en sus labios. Carecía de la gracia que la reina sí tenía, de la elocuencia y la asertividad. A cambio, sus movimientos eran notoriamente torpes y quienes le habían intentado hacer conversación, a su espalda reían intentando entender cómo una chiquilla tan fútil pudo calificar como la posible reina.
Sus palabras estaban llenas de ignorancia, claro. Él bien sabía que la señorita Inoue jamás iba a ser la reina.
Ella solo estaba ahí porque Isshin, haciendo uso de sus facultades y lo que la ley permitía, decidió tener un plan B. Él comprendía lo difícil que podía llegar a ser llegar a engendrar un hijo, le había tomado tantos intentos que funcionara con Ichigo, que no iba a dejar que se repitiera la historia. La corona de su cabeza había peligrado por ese motivo y había sido amenazado varias veces con ser desplazado. El siguiente en la línea sanguínea o el duque tomaría la responsabilidad, y seguramente haría un niño con más facilidad.
O eso decía el parlamento.
—Mi hija habría sido mucho mejor opción, y estoy segura que no le habría tomado tanto tiempo al rey decidirse. ¡Esto habría ocurrido a penas a la semana, con mucho más glamour!
—Bueno, si hay algo que adoro de ti Henrietta, es tu actitud. Nunca permites que me aburra...
—¿Disculpa? —Grimmjow hizo un gesto ante su electrizante voz. En el peor sentido.
—Tómalo como un cumplido, querida.
La risa burlona de la mujer lo descolocó, una vez más. Las mujeres nobles encontraban una forma bastante creativa de insultarse entre ellas, como ratas esperando a la mínima oportunidad para hurtar algo de protagonismo.
—General Grimmjow —Sin sentir una pizca de ánimo, Grimmjow dio media vuelta.
Frente a él encontró al conde Inoue y su esposa, perfectamente ataviados para la situación y con más de una inquietud y resentimiento, seguramente deseando que fuera tan torpe como para atravesarse con su propia espada.
—Conde Inoue. Condesa —Los saludó.
—Me preguntaba cuándo estaría listo el acuerdo sobre la remodelación del puente de Valador. Me pareció comprender de usted que el asunto se trataría con suma urgencia, sin embargo, han pasado meses desde entonces.
Él era solo el maldito mensajero, pero para su desgracia, el conde no pensaba lo mismo.
—La solicitud ya fue aceptada, por lo que comprendo —respondió, de la forma más discreta que pudo—. El rey se tomó un tiempo dentro de su atareada agenda para finalizar el proceso junto al parlamento. En cuando la luna de miel finalice, se movilizarían los escuadrones especializados. ¿Le comenté que es un viaje de una semana, si es que no ocurren contratiempos? Bueno, usted ha hecho el mismo recorrido, supongo que sería irrespetuoso de mi parte insinuar que no conoce el camino que lleva a su propio condado.
No parecía en absoluto feliz con su respuesta. Pero de cualquier manera, el conde Inoue nunca parecía feliz, no desde que lo había chantajeado para llevarse a su hija, quien pudo estar en el lugar de la señorita Rukia en ese instante.
—Sea cuidadoso, capitán general. Usted es tan prescindible como cualquier otro soldadito, solo un traspié y un comunicado al parlamento, y estará en la calle, en desventaja y tan salvaje como una bestia.
Grimmjow sonrió, dándose un segundo para observar a la esposa. Se veía tan furiosa como aquel pequeño hombre, aunque sin dudas más agraciada que él.
—Espero sepa manejar una espada de doble filo, conde.
Era lo mejor que podía decir. En realidad habían otras mucho mejores, pero que harían que perdiera rápidamente el favor de la gente a su alrededor. Maldecir y comparar al conde Inoue con un castor con rabia, entre otros insultos; iba a hacerlo un blanco de la nobleza —si es que no lo era ya— y de nada le serviría que el rey estuviera de su lado.
Cuando se dio cuenta de que no iba a hacer más que rechinar los dientes, Grimmjow se tomó la molestia de despedirse con un breve gesto y alejarse de la espuma que salía por su boca —figurativamente.
Y con eso, el conde Inoue había agotado el último punto en que podría haber obtenido algo de tranquilidad. Así se sin dudar, dirigió sus pasos al jardín, específicamente al laberinto verde. Su mente, cansada, creyó que si él se hallaba perdido, nada ni nadie lo encontraría. Una vuelta a la izquierda, izquierda, derecha, izquierda...
Chocó de lleno con un cuerpo más pequeño. Sus reflejos fueron más efectivos que su propia vista, encontrando el brazo de su obstáculo antes de que sus ojos pudieran percibir el destello pelirrojo.
—Perdóneme, por favor —Se alejó de él dos pasos, aún siendo sostenida por él.
Todo su cuerpo se puso en alerta.
A esas alturas de la vida, debía ser consciente de que todo lo que iba mal, podía ponerse mucho peor.
—¿Qué demonios está haciendo aquí?
La grosería debió tomarla por sorpresa, porque tardó unos segundos en reaccionar. Al menos hasta que él decidió soltar su brazo.
—Me pareció lindo, así que intenté probar si podía llegar al centro. Aparentemente no, pero al menos lo intenté. Aunque debo haber entrado solo hace un par de minutos.
No podía decidir qué le molestaba más de esa mujer, si su sonrisa tonta o el aire conformista que sentía desprendía por los poros. Incluso en esa situación, intentando llegar al final de un laberinto, le había tomado solo un momento decidir que no lo había conseguido. O, podía agregar, el hecho de que anduviera por ahí sin supervisión cuando aún era carne fresca —y muy vulnerable a las habladurías de las nobles.
—¿Su madre nunca le enseñó reglas básicas, alteza?
La nueva forma de referirse a ella debió sorprenderla. Considerando que Rukia era la esposa de Ichigo, ya reina hasta cierto punto para la sociedad; entonces Orihime podía ser denominada fácilmente la concubina. Ella jamás tendría una ceremonia como esa, jamás habrían tantos invitados que presenciarían su unión con el rey, y eso le daba una que otra ventaja. Si el rey ya poseía a otra pretendiente al momento de su unión con la reina y estaba presente en sociedad junto a la familia real, podía ser considerada concubina a penas los novios se unieran en matrimonio. Eso posicionaba a la señorita Orihime como la más poderosa después de la reina, e incluso si Ichigo aumentaba el número de concubinas, ninguna alcanzaría el nivel que ella tenía ahora.
Ahora el mundo sabía que ella era la concubina del rey, pero no porque estuviera dándose a conocer para marcar su lugar. No, el mundo la reconocía como tal porque estuvo junto a la familia durante la ceremonia y un poco la celebración, después de eso, había decidido ir al jardín a perderse en el laberinto. ¡Cualquier otra mujer habría sido inteligente para mantenerse en su lugar, incluso haciendo vida social con intención estratégica!
¿Pero qué tenía?
A la concubina perdiéndose en el laberinto como una chiquilla, absurdamente distraída y desconectada del mundo real.
—¿Qué es lo que intenta decir? —Ningún rastro de sentirse ofendida en su voz, tan dócil y débil como un cachorro.
—No debería estar aquí, su lugar está dentro.
—Pero en serio me apetecía visitar el laberinto.
¿Cómo tendría que explicárselo? En realidad, ¿por qué debía ser él quién respondiera eso? Tomó aire, armándose de la poca paciencia que había en su cuerpo.
—Tiene años para visitar este viejo laberinto. ¿Sabe cuántas ocasiones tiene para hacerse aliados y demostrar su valía este año? —Alzó su mano— Puedo contarlas con esta mano y me sobran dedos —Algo debió hacer clic en su cabeza, porque observó el laberinto con angustia y supo al instante que había también algo de vergüenza cuando volvió a mirarlo—. No ha cambiado en nada en estos tres meses. Aún no es consciente de en dónde está parada.
Y eso no era su responsabilidad, pero tal como un cachorro, ella se veía criminalmente abandonada y fuera de lugar.
No lo habría admitido en voz alta, ni siquiera se le habría pasado por la cabeza de manera explícita. Sin embargo, su pecho se removía con una desoladora lástima de solo observarla.
—E-en realidad, tiene razón. Mis padres-.
—No quiero saberlo —La interrumpió.
Su frívola respuesta la afectó más de lo que esperaba. Pero era verdad, Grimmjow no quería saber más de ella, no quería darle un trasfondo a su forma de ser, conocer los problemas que la afligían ni dar pie a que esa lástima que sentía se transformara en compasión. Entre menos conociera de ella, menos se iba a ver involucrado. Y con solo mirarla sabía que el involucrarse de cualquier forma con ella, iba a estar condenado al fracaso.
Cuando no dijo nada más, ni tampoco dio señales de moverse, le indicó cómo debía llegar a la salida.
—Vuelva a intentarlo cuando no tenga preocupaciones.
El día siguiente a una celebración era el peor de todos. Los soldados tomaban las victorias del rey como propias, así que si el rey ahora tenía esposa, ellos iban a beber como si fuera un logro propio. Eso era todo lo que podían ostentar, porque mientras ellos cogían una resaca, el rey se estaría cogiendo a su esposa.
Así que sus soldados no habían logrado nada.
—¡Arriba, holgazanes! —Derramó el cubo de agua que habían sacado de los establos esa mañana sobre el desgraciado par que había caído, uno apoyado sobre el otro, en la banca justo fuera del comedor. El agua de los establos era una maravillosa mezcla de agua caliente a causa de la temperatura ambiente, con babas de caballo, mosquitos y paja podrida.
Ambos se pusieron de pie tambaleantes, con los ojos tan abiertos y al mismo tiempo desorientados, que con suerte pudieron mantener el pobre intento de mantener su propia basura humana. Uno de ellos volvió a caer en la banca mientras arrastraba al otro y lo hacía caer al suelo.
Grimmjow tomó otro de los cubos, fijando la vista en uno que no había conseguido una banca. Toda su miseria se encontraba repartida entre la pared del comedor y el suelo, con la baba seca y paja adherida a ella, haciéndolo lucir menos agraciado que un cerdo. Frunció el ceño, por un segundo pensando en lo mal que iba a repercutir el entrenamiento en ellos.
Sin más remordimientos, le lanzó el contenido del cubo. Dejando caer también el recipiente en su estómago.
El soldado no alcanzó a enderezarse como pudo, cuando ya estaba doblándose en el suelo, sosteniendo su ombligo con la misma gracia que un cuchillo sin filo. Pero no pudo ser testigo de la reacción que había causado con gusto, porque su segundo al mando se acercó desde atrás, pisando los mismos ladrillos que él.
—Capitán.
—Buenos días, Shūhei.
—El rey solicita su presencia.
Grimmjow enarcó una ceja. Era temprano, lo suficiente como para que un rey en plena luna de miel no quisiera apartarse de su esposa, o que por último la usara como excusa para quedarse descansando.
No tendría sentido preguntarle a Shūhei tampoco, considerando que no se solían compartir detalles cuando se mandaba a buscar a alguien. ¿Qué sentido tendría dejar la información en bandeja de plata? A la mayoría no le incumbían esos asuntos.
—Me marcharé entonces. Encárgate de despertar a los de dentro de la forma más desagradable posible —Ordenó, esperando el asentimiento satisfecho de Shūhei para recién dirigir sus pasos hacia la oficina del rey.
Ese día iba a ser de lo más ordinario, Grimmjow lo habría jurado al cielo. Y tanto se habría equivocado.
Que el rey lo mandara a llamar en plena luna de miel en lugar de encamarse con su esposa, debía ser una señal bastante clara de que algo estaba funcionando mal. Que no aprovechara dos horas, que había usado en reunión con él, Isshin y su padre —bastante sorprendido por verlo por segunda vez consecutiva; para encamarse con su ahora reina, tenía que haber sido signo de catástrofe. Y equivalía a eso, en cierto modo.
—No tenemos más opciones, el mensajero fue claro. Si no enviamos una parte del ejército en este momento, arriesgamos perder los negocios con el rey Barragan.
—Si me disculpa, mi señor —dijo Grimmjow bruscamente—. Es usted el rey. Podemos simplemente prescindir de ese viejo traicionero, el territorio seguirá siendo el mismo. ¿Qué le asegura que no sería más sostenible mantener negocios con los enemigos de Barragan?
—Mejor alguien conocido que por conocer —respondió tajantemente.
—Lo comprendemos, alteza —Siguió su padre, el mismísimo consejero de guerra. Y por supuesto, el maldito Kurosaki no estaba escuchando absolutamente nada—. Pero ceder ante estas exigencias, sin preparación de provisiones ni la evaluación de la situación... No solo estaremos poniendo en riesgo a nuestros mejores soldados —Puso una mano en el hombro de Grimmjow, intentando recalcar su punto—. Si algo sucediera, estaríamos debilitando las fuerzas que protegen este castillo, a los ciudadanos y a su familia. No estamos preparados para partir de inmediato con la poca información que tenemos.
Ichigo titubeó un segundo, pero aún no estaba convencido.
¿Por qué no podía ir a cogerse a su maldita esposa de una vez?
—¿Qué opinas, padre? No has dicho nada —Isshin actuó sorprendido, probablemente intentando disimular que había sido a propósito.
—No soy un experto en guerra, rey Ichigo. En cualquier caso, la experiencia me dice que actuar de forma precipitada, sin un informe detallado de la situación, termina siendo más un problema que una ayuda para nuestros aliados. Comprendo que es complicado determinar aspectos más profundos con el tiempo que requiere viajar de un reino a otro, lo que nos deja en mayor desventaja, pero hay una solución que no requiere un gasto exacerbado de recursos ni la posible pérdida de un considerable número de soldados. Estoy seguro que su consejero de guerra está de acuerdo conmigo.
No era algo que al mundo le sorprendiera, y tampoco iba a impresionar al rey ni a Grimmjow. Pero probaba su punto lo suficiente, mientras le decía que ponía toda la confianza en el juicio de su padre. Ambos habían conseguido que Karakura prosperara, a pesar de todos los riesgos y batallas a las que sus enemigos los habían sometido durante la monarquía del rey Isshin.
—¿Cuál es esa solución?
—Enviar a alguien confiable, por supuesto, con un reducido número de soldados.
—¿Un equipo de reconocimiento? No es eso lo que el rey Barragan está exigiendo.
Isshin suspiró, esta vez con una expresión menos flexible.
—Y no hay nada que el rey Barragan pueda exigir en esto. Los acuerdos son claros, la ayuda se prestará en la medida que no perjudique a Karakura.
—Además, la reputación de el rey Barragan lo precede —Continuó el consejero de guerra—. Se ha informado más veces de las que son prudentes sus intentos por actuar a traición, con vacíos legales o a espaldas de Karakura. Que el enemigo del rey Barragan vaya a negociar con nosotros y ceder no es seguro, pero tampoco lo es nuestra alianza actual.
—De cualquier forma estamos a ciegas... —Murmuró, comprendiendo la postura de los tres hombres frente a él.
Ichigo volvió a sentarse, demasiado abrumado todavía. Sus opciones eran confiar en un aliado intermitente, que eventualmente se alzaría en su contra, o intentar conocer al potencial nuevo dueño de la costa. Ninguna de las dos entusiasmaba a nadie, mucho menos a Grimmjow.
