Cuando planeé ONyPH, creí que me apegaría demasiado a Orgullo y prejuicio hasta el más mínimo detalle. Creía que mi OTP Ch (AusMex) daba para algo así y yo llevaba un tiempo siendo espectadora del fandom de P&P. Con el tiempo me di cuenta que mi planteamiento se iría por otro rumbo y aquí tienen al híbrido que muy poco tiene que ver con el clásico de Jane Austen. Les dejo este final alternativo (descartado) de ONyPH. Conste que para entonces todavía no escribía ni el primer capítulo. Por eso es corto, ambiguo y diferente pese a que lo he retocado un poco. No me explico porqué no quise borrarlo. Ojalá lo encuentren interesante.
Muchas gracias por su apoyo y compañía en este recorrido.
DESPUÉS DE LA TORMENTA
La carta descansa sobre su escritorio como si le desafiara a ignorarla. De tan solo ver el sello, Austria preferiría lanzarla al fuego, pero es eso o tener que salir a encarar a Hungría y su padre. Asunto que no le atrae en absoluto, así que mejor abrir la carta que ha llegado como correo urgente. ¿A estas alturas qué puede incumbirle que esté relacionado con su tía? Nada, absolutamente nada. Y, no obstante, le envía esta carta como si todavía él fuera parte de sus planes. Así que toma el abrecartas. Si alguien viene a buscarlo, dirá que tiene asuntos urgentes y señalará la carta. El mal rato que pasará leyéndola se le antoja agradable comparado con lo que le espera fuera. En cuanto extrae el contenido del sobre y lo desdobla, encuentra que su excusa se torna una realidad que le importa demasiado. Una simple línea lo hace palidecer. La siguiente línea le exige una explicación. La última lo deja un poco aterrado. En definitiva, termina lanzando la hoja al fuego. Mas no por las razones que creyó lo llevarían a hacer eso.
— Carintia —llama, ni muerto va a recurrir a su Capital—. Haz preparativos para un viaje a Hispanoamérica. Es urgente. No informes a los visitantes, ni a Viena, ni a nuestro administrador.
Hay un asunto urgente que debe resolver sí, pero no con su tía.
— Como guste, Herr. Aun así, Viena insiste en que salga a atender a Herr De los Cárpatos y Frau Ungarn. Lleva horas esperando —replica su Estado.
— Tendrá que esperar, Carintia. Dile a Viena, si es que se entera de esto antes de que me vaya, que no insinúe mi disposición para negociar con la familia De los Cárpatos —indica Austria.
Necesita tranquilizarse para que su siguiente movimiento no le resulte contraproducente. Mas de uno de sus servidores va a rabiar cuando esto salga a la luz.
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No tuvo que esperar demasiado, el barco y sus valijas quedaron listos en tiempo récord. Ni siquiera sintió el peso de un largo viaje a través del océano. Tampoco el recorrido tortuoso en carruaje del puerto hasta su destino. En cuanto llega, Hidalgo ya le está aguardando a la puerta. Le permite pasar al interior de la hacienda sin mediar palabra con él. Austria no se detiene a preguntar si lo estaban esperando en verdad o cómo supieron de su llegada. No le otorga mucha importancia a la tranquilidad con que es recibido. Después de los últimos acontecimientos vividos en este lugar, lo peor que podía hacer es volver aquí. Y, sin embargo, aquí está. Arriesgándolo todo… ¿por qué exactamente? Nunca le pasó por la mente que fuera una trampa. Y parece que no lo es. Pronto Ciudad de México le sale al encuentro indicándole donde debe dirigirse, otra vez sin abrir la boca. El silencio debería ser desconcertante, pero también lo ignora. Nadie se ofrece a acompañarlo. Conoce tan bien la casa que no necesita que alguien lo guíe. Se imagina a dónde debe dirigirse al reconocer algunos cuadros colgados de la pared. Cuando llega por fin a su destino, Jalisco le deja pasar al interior de una habitación específica de igual manera, sin dirigirle la palabra.
— Jali, te dije que no quería... Austria... Discúlpeme, señor Germania. ¿Qué hace aquí? —la incredulidad en la voz de quien ocupa la habitación le da una idea de la situación.
Pero lo que deja a Austria inmóvil, mudo, es observar con detenimiento a esa persona que se alza en medio de la habitación.
— Tante, tu madrastra, me mandó una carta muy conmovedora —atina a explicar.
— Pinche Francia metiche —murmura por lo bajo su esposa.
Sí, ella es su esposa. Siempre lo ha sido y nunca dejó de serlo, no importa qué tanto las circunstancias los hayan separado. La pausa que le sigue le ayuda a recuperarse de la sorpresa.
— ¿Por qué no me lo dijiste? —demanda con renovadas fuerzas.
— Después de lo que hice no creí que fueras a creerme o querer saberlo —confiesa ella, mirándolo a los ojos. No hay una pizca de vergüenza, pero sí un poco de tristeza—. Dudaba que quisieras siquiera oír de mí. Después de lo de Maximiliano, no te culparía si me odiaras. Así que ni siquiera me esforcé por pedir la absolución. De cualquier manera, no me la hubieran dado por lo que ya ves —hace con la mano un ademán bastante significativo—. Y no tuve el valor de hacer algo en contra de eso.
Austria se estremece, pero agradece en silencio sin considerar las posibles razones que ella pudiera tener para no hacerlo. Constata que su mujer no desea reconocerlo en voz alta, no desea que él entienda, teme algo y no sabe qué le preocupa tanto.
— ¿Cómo odiarte si diste todo para protegerme, para proteger a Carlota? No estuvo en tus manos hacer más que eso —protesta, está dispuesto a obtener algunas respuestas.
— No detuve a Querétaro. Sonora y el resto... Luego está la idea de Tabasco… —empieza ella en un hilo de voz—. La señora De Hispania no tiene medio de saber. ¿Es más, cómo sabes que es...? Puede ser… cualquiera —intenta rebatir su convicción.
Austria la mira severo.
— Hiciste lo que estuvo en tus manos hacer. Además, Ale me entrenó para aguantar más que eso —contraataca Austria—. Sé lo que pasó esa noche.
Ella lo mira horrorizada. Su esposa ha perdido toda la fuerza que tanto admiraba de ella. Dicen que algunas mujeres se sensibilizan bastante durante este periodo. Pero a ella la está matando en vida.
— ¿Tanto te repugno que estás dispuesta a arruinarte y arruinarle la existencia de esa manera? ¿Eres así? Dudo que haya alguien que, conociéndote, se lo crea.
— Austria, yo... Digo, señor Germania, no le convengo y dudo que pueda volver a confiar en mí —declara convencida.
Agacha la cabeza, dándose por vencida. Se le acabaron las razones. Y es entonces que Austria comprende, ella carga con una culpa inmensa. Debe probar con otra cosa.
— Preußen va a enloquecer cuando se entere —México lo mira aterrada, como si la estuviera amenazando de muerte o algo peor que eso—. Su único heredero viable tiene un solo descendiente y es mujer. Te condenaría si le haces daño. Te lo arrebatará en cuanto nazca. Y ni siquiera me dará su custodia.
— No sé qué vaya a ser —objeta ella desesperada.
— Eso no va a importarle. Será descendencia legítima y directa de Germania. Eso basta y sobra —Austria intenta hacerle entender lo serio de la situación, luego se relaja—. No me gustaría que crezca sin mí. ¿Puedo?
México sólo alcanza a asentir. Le sorprende el súbito cambio de actitud. Ha llegado a la etapa en las patadas del bebé que espera no la dejan dormir. Austria coloca su mano sobre la tela que cubre su vientre abultado. Como si el pequeño en su interior lo reconociera, de inmediato le proporciona una patada a su mano. Austria sonríe entusiasmado.
— Hallo, mein lieber Sohn.
A México se le cristalizan los ojos.
— No sé de dónde sacas que será varón —se queja su mujer—. ¿No te preocupa tener problemas con la familia De los Cárpatos, Austria?
A Austria le complace que lo llame sin reservas por su nombre, pero le incomoda que mencione a Hungría y su padre. Es más, ¿qué es lo que sabe de eso?
— Todavía no firmo nada —aclara—. De cualquier manera, a ninguna mujer le gusta un heredero de su marido que no sea su hijo.
— Podemos de...
— Ni se te ocurra pensarlo —advierte con agresiva suavidad. ¿Cómo se le ocurre? —. Consumamos el matrimonio contra todo intento de tus servidores. Tenemos la prueba junto aquí. Ahora entiendo su actitud. Supongo que la tormenta ha pasado, Mexiko.
— No sé qué haré contigo, Austria —su resignación tiene tintes de esperanza—. No es como si pudiera deshacerme de ti.
— Podemos intentar tener otro hijo. Necesitamos dos para que esto de las propiedades separadas por el océano no sea un inconveniente para nuestro heredero.
— ¡Dios, eres terrible!
— Así me aceptaste.
— No me lo recuerdes. No sé en qué estaba pensando cuando acepté esto.
Ambos están sonriendo.
— Tus servidores no me dijeron nada al llegar. ¿Debo interpretarlo como hostilidad o tregua?
— No tienen más que decir en este asunto. Los vientos han amainado, Austria — responde sin más —. Ellos lo saben.
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EXTRA II
