Muy buenas, gracias a to que le habéis dado una oportunidad. Espero que os esté gustando. Sin más espero que haya algún review en este segundo capítulo. Y, por último, decir que los personajes no me pertenecen.

Capítulo 2

Sentía su estómago arder. Algo no estaba bien. Dolor. Definitivamente, no estaba bien. Un quejido se le escapó de entre sus labios. Sentía el sabor metálico de la sangre en su lengua. La imagen de la punta de un kunai manchada de ese líquido rojo brillante estaba grabada en su retina. Su sangre.

Su sangre.

La cabeza empezaba a darle vueltas. Su visión se nublaba, la imagen que le habían mostrado sus ojos era la de la roja sangre manchando sus dedos en un inútil intento por contener la hemorragia. Éstos, cada vez, sujetaban con mayor debilidad la herida de su abdomen. Los ruidos de donde se encontraba le llegaban lejanos y amortiguados. Voces, antaño conocidas, se colaban en su mente, frases inconexas. ¿Coherentes? En ese momento, para su cerebro, no.

Golpes. Maldiciones. Amenazas.

Unos brazos alzaron su cuerpo. Sus ojos, antes siempre atentos, no querían observar lo que ocurría. Podía olerle y sentirle. Al fin algo seguro y conocido entre tanta confusión. Podría distinguir ese olor de entre un millón, aunque pasaran un millón de años. El calor que desprendía su cuerpo. Sus brazos todavía fuertes sosteniendo su cuerpo a pesar de la edad. Siempre fue una persona fuerte. Con un porte excepcional. Una leyenda viva. ¿Por cuánto tiempo? Divagaba en su inútil intento por seguir consciente.

De pronto, tras lo que le pareció un simple parpadeo, todos los gritos cesaron. Una brisa fresca acariciaba su rostro. Podía oír el trino de los pájaros en los árboles. El murmullo de las hojas. Y el gratificante calor de los rayos del sol que bañaban su rostro haciendo que permaneciese con sus ojos cerrados.

¿Así era el Paraíso? Se preguntó. Estaba casi segura de que había muerto entre sus brazos. La suya había sido una vida corta a su lado. Y se maldecía por no poder llevarse una última imagen de él, sus ojos no querían abrirse. Había sido una buena vida a su modo, habría cambiado algunas cosas, ¿o no? Y sería una buena muerte si era entre sus brazos.

-Volveré por ti, te lo prometo. Debes resistir, te ayudarán, -decía su voz. Su voz le arrancó una apenas imperceptible sonrisa de sus labios que no pasó desapercibida, por breve que fuera, para él, si podía oírle es que aún su cuerpo no había abandonado este mundo pero, ¿quién vendría a ayudar? ¿Iba a dejarla sola?

El propietario de la voz depositó su cuerpo en el suelo con delicadeza a la vez que con urgencia. Lo sujetaba de ambos brazos y lo zarandeó con suavidad para asegurarse de que su consciencia no se perdiera aún en la negrura en la que se estaba convirtiendo su mente. Él sabía lo que eran esos instantes. Lo había sentido en varias ocasiones en su vida. Se había sentido morir en muchos momentos. Pero, en otros pocos, nunca se había sentido tan vivo.

-No debe descubrirles quién es hasta mi vuelta y, en cuanto a ti, no debes mostrarte, pase lo que pase, ¿entendido? Cuídala, -dijo con urgencia y dureza en la voz.

Ahora no hablaba con ella sino con esa entidad, esa cosa que estaba siempre con ella. Esa voz en su cabeza. Esa ira. Ese amor. Ese temor. Todo había ocurrido por ella. Una vez más, la desdicha se ceñía como una apretada corona sobre su cabeza, por ese ente que estaba ahí desde que recordaba.

-No eres nadie para ordenarme y, en este momento, ni siquiera tú puedes obligarme, -dijo una voz gutural seguida de, lo que parecía ser, una risa contenida. –Pero yo sabré qué hacer. Será bueno estar sin tus ojos pegados a nosotros, veremos qué tal se maneja en el mundo real la cachorra, -le siguió una carcajada de ultratumba, esta vez sin disimulo.

Tras ese breve intercambio, sintió un estremecimiento que le recorrió el cuerpo de arriba abajo. Su herida seguía sangrando, pero el frío que sintió no fue de muerte sino de abandono. Sintió cómo sus brazos la abandonaban. Sintió cómo sus dedos enguantados soltaban el agarre sobre sus brazos. Sintió cómo su calor la abandonaba. Sintió que su olor se diluía en el aire. Y sintió cómo su presencia se desvanecía tan rápido como una vez lo hicieron las voces. Sólo quedaron esa presencia y ella tumbada sobre la hojarasca del bosque. Débil.

La vida era caprichosa a veces, pensó, y la muerte aún más, pues no le sobrevenía y seguía sufriendo ese dolor. El ente en su interior observaba y se agitaba inquieto, de no ser por él, probablemente, ya hubiese muerto mucho antes. Notaba pequeñas presencias que se movían en los alrededores. Podía olerlos y sentirlos. Chakra de una invocación. Sonrió y liberó una ínfima parte de su propio chakra para atraerles.

-Acabo de salvarte la vida, niña, -dijo con voz ronca y dura. Volvió a sonreír. Podía aguardar allí al desarrollo de los acontecimientos. Quería ver qué salía de todo eso. Los humanos eran seres de lo más extraños. Sus mentes y los sentimientos albergados entre ellos pueden cambiar con el más mínimo gesto o el mayor acto, aunque ellos no lo advirtieran.

El sonido de un ladrido llegó a sus oídos causándole un dolor agudo y malestar en su cabeza. Sintió que un animal la olfateaba de pies a cabeza. Su cuerpo se había abandonado en aquel bosque a merced de las bestias. Pero su mente seguía allí anclada, reacia a abandonar la forma física de su cuerpo.

Oía voces. Varias. Hablaban entre ellas. Demasiado bajo como para saber qué decían. Se esforzó en intentar abrir al menos uno de sus párpados, pero eran tan pesados que se le antojó que era una tarea muy ardua y casi desistió al instante de intentarlo de nuevo. Pero no se dio por vencida, poco a poco y tratando de vencer el dolor`, que los ahora crueles rayos del sol le provocaban, consiguió entreabrir uno de ellos. La imagen que se mostró ante su único ojo entreabierto no fue la de la salvación sino la del recuerdo del miedo, la traición y el dolor. Allí estaba, sobre ella, esa máscara blanca de nuevo mirándola desde una altura imponente. Impasible.

-No… -Susurró de manera apenas audible, aunque en su interior era un grito a todo pulmón. –Por favor… No…

Las lágrimas comenzaron a fluir libres, cayendo a cada lado de su rostro creando surcos húmedos. No había servido de nada. Su esfuerzo. Su sacrificio. Para nada. Su cuerpo no estaba por la labor de moverse. Ni siquiera podía tratar de huir, ni mucho menos defenderse.

El portador de la máscara se puso en cuclillas a su lado observándola con detenimiento con su sharingan activado, un ojo rojo con aspas negras, herencia de sangre del clan Uchiha. Las palabras que salían desde detrás de la máscara eran ininteligibles para ella. Estaba acabada. Antes de que sus ojos se cerraran y su consciencia cayera al vacío, la imagen que vio fue a ese sujeto con su mano estirada hacia su rostro.

Después, nada.