Muy buenas, aquí traigo una actualización nueva. Espero que me perdonéis por el tema del formato. No sé cómo solucionarlo T.T Espero que os esté gustando, aunque no tenga reviews de feedback. Los personajes no me pertenecen. Y ya sin más os dejo con el capítulo nuevo.

Capítulo 6

El infierno que sentía por los leves golpes continuos por todo su cuerpo, como si fuese saltando, parecía que había cesado y el agarre fuerte y férreo sobre sus muslos también, así como el calor contra su mejilla y ese olor que no lograba identificar. Se sentía cómoda, a pesar de que se sabía tumbada en una cama dura y fría de metal. El frío la aliviaba a la par que adormecía su cuerpo que sólo enviaba mensajes de dolor a su cabeza.

Una luz muy intensa sobre ella la cegaba a la vez que la invitaba a dormir. Sentía su cuerpo pesado como si hubiese estado entrenando arduamente durante horas sin descanso. Sus músculos eran incapaces de hacer un solo movimiento. La idea de dormir profundamente se le antojaba de lo más apetecible.

Podía oler ese aroma característico de las salas de hospital. A desinfectante, productos de limpieza. Esterilidad. Muerte y enfermedad. Todo mezclado en un cóctel en sus receptivas fosas nasales. ¿Cuánto tiempo tendrían que estar ahí? Ese olor estaba enloqueciéndolo. Y esos malditos chakras tratando de penetrar en ella. No se lo permitiría. Nadie tocaría su chakra, era suyo, suyo y de nadie más. Siempre habían sido ellos dos, unidos por ese hilo invisible de chakras trenzados entre ellos. Desde el principio de su vida. Y así seguiría siendo hasta su muerte. De no ser por ese maldito sello ya podría haberla repuesto, habrían salido de ahí y alejado de ese asqueroso olor. Pero no, ese maldito e inútil sello seguía ahí.

Sin que pudiera prepararse para lo que estaba por venir, un potente pulso de chakra la recorrió de arriba abajo despertando todos sus sentidos y agitando cada uno de sus músculos. La sacó de esa semiinconsciencia en la que estaba sumida, haciendo que todos sus sentidos fuesen conscientes del dolor en toda su plenitud. El grito que profirió le hirió la garganta y retumbó entre las paredes del pequeño quirófano. Necesitaba que eso parase o enloquecería. Sólo pedía que terminara esa tortura. No podía seguir luchando. No le quedaban fuerzas para hacerlo. Las fuerzas hacía tiempo que se habían escurrido entre sus dedos incluso antes de aparecer en aquel bosque. Había fallado, le había fallado. Se había dado por vencida. No podía ir más allá. Tan sólo pedía que acabara esa agonía.

El chakra que provocaba ese tremendo dolor fue expulsado sin saber de dónde había sacado fuerzas para hacerlo, supuso que ese ente había sido el causante. Con cada pequeña porción de chakra que era expulsado de su cuerpo, poco a poco, el dolor se iba atenuando. Sentía manos que la tocaban aquí y allá, en sus brazos, tórax y abdomen. Sintió que apretaban algo contra su boca y nariz y que, un aire enrarecido comenzaba a insuflarse en sus pulmones, iba haciendo que la poca consciencia que había adquirido se le escapara otra vez. Después de eso, volvía a caer de nuevo en ese pozo negro e insondable.

Como si de una alucinación se tratase, se veía a sí misma de pie, sobre un suelo acuoso en el que provocaba leves ondas. Las ondas se expandían desde sus pies hasta más allá de donde le alcanzaba la vista. A su alrededor, oscuridad. No podía vislumbrar nada más allá de unos pocos metros. Presentía que no estaba sola. Nunca lo estaba en esa estancia. A veces, cuando se iba a dormir, en ese duermevela anterior a la venida del sueño, podía atisbar siquiera a verlo. Una figura oscura y agazapada en su cabeza que la miraba constantemente, atenta y pendiente de cada uno de sus movimientos. A veces, tenía la duda de si sus movimientos los hacía ella por sí misma, o era ese ente el que los orquestaba.

-¿Dónde estoy? –Preguntó a la vez a la nada, al ente y a sí misma. -¿Qué ha ocurrido?

Preguntas sin respuestas. Nadie parecía querer responderlas, ni siquiera el eco de la estancia le devolvía su pregunta. Detrás de ella, la presencia, que parecía enorme, se irguió. No necesitaba verla para sentirla. El aire que desplazó en su movimiento era suficiente para saber que era enorme. La respiración se le agitó. Conocía esa opresión en su pecho. Ira. No estaba contento con lo que estaba ocurriendo. Ya había sentido esa sensación de desasosiego con anterioridad y el resultado había sido catastrófico. No quería recordarlo. Tenía que calmarse o podría perder el control.

-Aquí estás segura, -respondió una voz grave y ronca. –Ahí fuera tratan de salvar tu cuerpo, lo que no saben es que no podrán salvar el sello, -de nuevo esa risa escalofriante.

Al oír esas palabras dirigió su vista hacia su abdomen. La imagen que vio de su propio cuerpo le revolvió el estómago. Pudo apreciar, con todo lujo de detalles, la herida abierta a la izquierda de su ombligo. No sangraba, pero permanecía ahí recordándole el dolor y lo sucedido.

En un abrir y cerrar de ojos, una pequeñísima corriente del chakra de ese ente la golpeó como si de un latido casi imperceptible se tratase, y apareció su propio sello de contención, roto e incompleto. La parte que estaba dañada por la herida hacía que no fuese efectivo. Debía ser reparado.

-Tranquila, niña, -dijo al oler su miedo. –Por ahora, no pienso hacer nada, tu vida y la mía están ligadas. Les necesitamos para sobrevivir.

-No quiero que suceda lo de aquella vez, -susurró sabiendo que la oiría. –Esa vez el sello estaba intacto. Tienes que ser bueno. Portarte bien.

-Esa vez, tú quisiste que el sello no me retuviese, tú me liberaste, -contestó la presencia con una carcajada sonora. ¿Debía ser bueno? ¿Portarse bien? Adoraba esa chica, sin rencor, de buenas palabras, toda una novedad en su longeva vida. Qué distinto era todo esta vez. Quería saber dónde iba todo aquello.

Se movió de nuevo. Ahora podía sentir dos ojos enormes y fijos clavándose en su nuca, no necesitaba verlos, todos, alguna vez, hemos sentido unos ojos curiosos o retadores, deseosos de hacer contacto con los nuestros y que éstos rehúyen la mirada a sabiendas de que lo que podemos ver no nos va a gustar. Estaba inspeccionándola. Una corriente de aire la atravesó. Ese ente estaba oliéndola.

-Tu chakra se está reponiendo, -dijo demasiado cerca. Nunca había tenido el valor de verlo con todo detalle. Quizá él no se mostraba por voluntad propia en todo su esplendor ante ella. –Noto como vuelve a fluir contra la corriente del mío. Pronto despertarás, niña. No les digas nada de mí, ni de él, ni de quién eres. Debes esperar a que él vuelva.

-Pero… -comenzó, pero la frase quedó inconclusa.

Como si una fuerza tirara de ella, la oscuridad se alejaba rápidamente, casi provocándole vértigo. Cada vez había más luz. Notaba la boca seca y pastosa como si llevara días sin beber. Sus ojos comenzaron a abrirse al mundo. Primero con tímidos parpadeos, pues la luz era intensa, debía ser bien entrado el mediodía. Y, tras unos instantes, pudo enfocar la vista.

Todo lo que pudo abarcar con la mirada era una habitación de un blanco impoluto. Techo, paredes, cortinas, sábanas, incluso, el suelo. Casi se sentía la nota discordante entre tanto blanco, por su pelo y sus ojos negros. Un detalle destacaba de entre toda esa blancura impuesta. Un borrón azul oscuro y verde se encontraba en el otro extremo de la habitación sentado sobre un sillón y con la mirada perdida dentro de un libro con una portada de una chica ligera de ropa y un título sugerente.

-¿Dónde estoy? ¿Quién eres? –Preguntó con la voz débil y ronca que salía de su garganta reseca.