Muy buenas ^^ espero que tengáis ganas de un nuevo capítulo. Los personajes no me pertenecen.
Capítulo 8
Antes de llegar a más conjeturas apresuradas, el grupo fue alcanzado por un joven rubio, escandaloso y alborotador. Venía corriendo y gritando desde el otro extremode la calle.
-¡Eh! ¡Kakashi sensei! –Gritaba mientras se aproximaba al grupo agitando la mano en el aires.
-Naruto, ¿qué quieres? Estoy ocupado, -el joven rubio se fijó en la joven con grilletes. La mirada azul intensa del chico se cruzó con la negra de ella. En una fracción de segundo, el ente que parecía que se había retirado volvió a su mente agitado y nervioso. Había olido ese chakra. Jamás olvidaría un chakra como aquel.
Naruto, por su parte, no se movía, ni ella tampoco. Un mínimo movimiento por parte de cualquiera y se podría desatar la tragedia. Nadie hablaba, el silencio incluso en la calle era palpable. Kakashi sentía que algo estaba pasando entre esos dos. Mara desvió la vista y cerró los ojos rápidamente, aunque podía ver cómo sus orbes se movían a izquierda y derecha debajo de sus párpados.
-Naruto, no puedo entretenerme, -dijo el shinobi apretando un poco más el agarre en el brazo de ella.
-De acuerdo, Kakashi sensei, te veré luego en Ichiraku, -dijo algo menos entusiasta y desapareciendo tan rápido como había venido. En la calle quedaron los tres ANBU y la chica aún con los ojos cerrados.
-¿Estás bien? –Preguntó preocupado. Estaba seguro que Naruto había despertado algo en ella y estaba dispuesto a saber el qué.
-Sí, ha sido la herida, me ha dado una punzada de dolor, -mintió con una falsa sonrisa. –Ya casi se me está pasando. No tienes de qué preocuparte.
Cuando abrió los ojos el shinobi creyó intuir un atisbo rojo en sus ojos, supuso que se lo estaría imaginando o que había sido momentáneo al tenerlos tan fuertemente cerrados.
En el interior de su mente, toda la jocosidad y jovialidad que había demostrado hasta ahora ese ente se había transformado en ira y gruñidos. De nuevo, estaba sobre ese suelo acuoso. A su espalda estaba el ente como un animal enjaulado, caminaba de un lado a otro con pasos pesados como si observara una presa y calibrara desde dónde atacar.
-¿Lo has sentido? ¿Lo has percibido? ¿El muchacho? –Preguntaba con voz ronca y un tono de emoción. Se relamía en cada palabra, sus músculos se contraían por la anticipación.
-Sí, he notado algo y que te has puesto como un loco al oler el chakra que desprendía, -respondió ella. –Tienes que calmarte o nos descubrirán. Sé un buen chico, -dijo en un intento de sonar dulce.
-¿Dónde nos ha traído ese vejestorio? ¿Acaso me está poniendo a prueba? ¿Quién se ha creído que es?
-Cálmate, por favor, -dijo tratando de que su voz sonara serena. Se atrevió a extender un brazo hacia el lado de donde oía que provenía su voz. Por primera vez, en toda su vida, tuvo el valor de tratar de tocarlo y él le permitió sentir el tacto de su piel. Fue apenas un roce en las puntas de sus dedos. Puede que ese contacto sólo fuese porque tenía su atención en ese olor que no abandonaba su nariz, o puede que ya fuese siendo hora de compartir algo más que chakra aprovechando que el sello estaba roto. La sensación para ambos fue como si una corriente eléctrica les recorriera. Los dos, por voluntad propia, libremente, se habían acercado el uno al otro. El instante apenas había durado un par de segundos, pero fueron suficientes para que sus mentes guardaran cada una de las sensaciones percibidas.
–Cálmate, -repitió moviendo la mano adelante y atrás para prolongar el contacto. Aún no se atrevía a mirar lo que quiera que fuese, pero las yemas de sus dedos notaron la suavidad de la piel del ente. Se le antojaban pelos gruesos y ordenados creciendo en una misma dirección, orgánicos y cálidos. Las corrientes de ambos chakras giraron y se entremezclaron más deprisa tras ese contacto.
Tras esas breves palabras, abrió de nuevo los ojos, el ninja de pelo blanco la miraba con preocupación.
-Sí, ha sido la herida, me ha dado una punzada de dolor. Ya casi se me está pasando.
-Continuemos, ya casi hemos llegado, -dijo Kakashi señalando el alto edificio que tenían delante.
Se aproximaron a las puertas, antes tenían que cruzar un patio donde un grupo de niños entrenaban bajo la supervisión de unos cuantos ninjas. Practicaban el lanzamiento de shuriken contra unos troncos verticales.
Mara se los quedó mirando, recordaba su primer entrenamiento con shurikens. Primero lanzó su padre para hacerle una demostración, todos fueron con una precisión milimétrica al centro de cada blanco. Después vino su turno, ninguno, de los seis que lanzó, llegó siquiera a acercarse al blanco colgado sobre tronco del árbol que usaban como blanco. Suspiró y miró al suelo con decepción. Su padre se acercó y le colocó una mano sobre la cabeza para tratar de darle ánimos.
-Ya te saldrá, -le dijo poniendo un shuriken más en su mano. –Sopesa el arma. Antes de lanzar, piensa en el arco que describirá tu brazo, -se puso detrás de ella y movió el brazo en distintas direcciones que podían ser válidas para lanzar. –Cuando lo tengas decidido, usa los ojos, calcula la distancia y la fuerza necesaria para alcanzar el blanco.
La niña Mara se volvió hacia la cara de su padre y protestó.
-Para ti es fácil con tus ojos, -una carcajada espontánea salió de la boca de él.
-Estos ojos ya no son lo que eran, -dijo agachándose a su altura y haciendo que le mirara directamente. –Prueba de nuevo.
Asintió con fastidio. Se volvió hacia el blanco. Respiró hondo y trató de recordar las pautas que le había dado. Cogió entre sus dedos el shuriken, era de una aleación de metal ligera y resistente en los extremos y un núcleo más pesado para proporcionar un giro más estable. Echó su brazo atrás, tensando los músculos, ahora venía lo más difícil, calcular la trayectoria. Eran demasiados factores: distancia, viento, fuerza, peso, y eso, teniendo en cuenta que era un blanco fijo. Se fio de sus ojos, los fijó en un punto situado arriba y a la izquierda del blanco. Algo le decía que ahí debía lanzar, ahí era donde todos esos factores se unían en comunión y su tiro acertaría en el centro de la diana improvisada.
El shuriken salió volando de sus dedos, girando sobre sí mismo a una velocidad vertiginosa. En apenas dos segundos se había clavado en el centro del tronco junto al que había lanzado su padre.
-¡Mira! ¡Le di! –Dijo exaltada, sonriendo y dando brincos alrededor.
-No podía esperar menos de mi hija, -dijo el anciano con los brazos cruzados sobre el pecho y con una sonrisa de medio lado.
Kakashi la sacó de su ensoñación, ella también sonreía al recordar aquello. Sin duda eran buenos recuerdos los que atesoraba junto a él.
-Has tenido entrenamiento como ninja, –afirmó sin apartar la vista de los niños. Poco a poco la información iba tomando forma. Aunque aún faltaba mucho por saber.
-Bueno, lo básico para tratar de defenderme, -respondió. Ahí estaban, de nuevo, las respuestas evasivas.
-Entremos, Tsunade nos está esperando, -dijo Kakashi traspasando las puertas del edificio.
El interior estaba lleno de funcionarios civiles y shinobis llevando y trayendo pergaminos, rollos y pliegos de papel. El olor del lugar era el de la tinta. Estaba impregnado en todas partes. Incluso en los que allí trabajaban. Había un mostrador que daba la bienvenida en el centro de la sala. En él dos mujeres se afanaban en contestar al teléfono y en distribuir las llamadas a los diferentes departamentos.
-Buenos días, Kakashi, -dijo la más joven de ellas con coquetería. –Me alegro de verte de nuevo por aquí. ¿Puedo ayudarte hoy en algo?
El mensaje con doble sentido iba implícito en cada una de las palabras que salieron de su boca. De todos era bien conocido el interés que despertaba el capitán del ANBU en el género femenino. Y entre ellas era bien conocido el gusto de él por la literatura erótica, todas imaginaban la gran cantidad de ideas y conocimientos que habría adquirido entre esas páginas.
-Hoy no, tengo prisa, la Hokage nos espera, -respondió mientras se dirigía hacia las escaleras que conducían a los pisos superiores.
La torre era alta, podrían ser cinco o seis pisos fácilmente, ¿de verdad iban a subir por las escaleras?
-Oye, ¿qué hay de los ascensores? ¿No pretenderás que suba todos los pisos a pie? –Protestó. –Te recuerdo que aún estoy herida.
-A esta hora están abarrotados por los trabajadores y civiles que vienen a solucionar sus asuntos y ya vamos tarde, así que deja de quejarte y sube, he oído cómo le decías muy segura a Sakura que estabas perfectamente. Además, he visto la sutura, está prácticamente cerrada. Vamos, -respondió tirando del brazo con suavidad y dirigiéndola hacia las escaleras. El otro ANBU situado a la izquierda rio por lo bajo, el capitán era muy bromista, sin duda.
Comenzaron la subida. Sobre las escaleras colgaba un cartel con los departamentos que se encontraban en esa planta.
Primera planta: registro civil, nacimientos, defunciones.
Segunda planta: registro shinobi, acceso a exámenes, recogida de misiones, archivos temporales.
Tercera planta: archivo general.
Cuarta planta: comunicaciones.
Quinta planta: departamento de ANBU.
Sexta planta: despacho de la Hokage.
La herida le había molestado un poco en cada escalón que debía subir, pero nada con lo que no pudiera lidiar. Cuando llegaron arriba, Mara estaba con la respiración agitada y trataba de disimular su ritmo cardíaco. No sabía realmente si ese aumento de las pulsaciones estaba producido únicamente por la subida o por el miedo y la incertidumbre de encontrarse cara a cara con un Senju.
Recorrieron el pasillo circular hacia la izquierda hasta quedar justo en el extremo opuesto del diámetro de la circunferencia que poseía el edificio. Ahí estaban, frente a la enorme puerta de madera oscura sobre la que colgaba un enorme cartel blanco con una sola palabra escrita en negro en el centro:
Hokage
Kakashi llamó un par de veces y esperó. Del interior surgió una voz que les informaba de que la entrada estaba permitida. Mara cogió aire y lo soltó con fuerza llamando la atención de los dos ANBU y del propio Kakashi.
-Gracias, muchachos, -dijo refiriéndose a los otros dos. –A partir de aquí, la Hokage y yo nos encargamos.
-¿Estás seguro, Kakashi? –Dijo el que había estado a su izquierda durante todo el camino.
-Tranquilo, Yamato, tiene los grilletes. Además, no creo que tenga intención de escapar, ¿verdad?
Ella sacudió las manos mostrando los grilletes y negó con la cabeza. No tenía tiempo de esto, quería entrar y que todo pasara. Por un lado, estaba aterrorizada por lo que fuese a suceder con ella, y por otro, estaba nerviosa, quería saber qué aspecto tenía un Senju. La ranura que Kakashi había dejado abierta de la puerta no le daba acceso a ver la totalidad de la sala que guardaba.
De dentro llegó la voz de un joven despidiéndose y de una mujer agradeciéndole la visita. Los pasos del joven se encaminaron hacia ellos. Éste abrió la puerta por completo, encontrándose con la escena de la chica engrilletada y Kakashi a su lado.
-Me alegro de verte, Kazekage, -dijo el shinobi con cortesía. –Naruto dijo esta mañana que quería verte, probablemente esté con los demás en el Ichiraku.
El llamado Kazekage no respondió, tenía los ojos color aguamarina y enmarcados de negro fijos en la prisionera. ¿De qué la conocía? Ella por su parte también le miraba, con la boca algo entreabierta en señal de sorpresa. ¿Dónde le había visto? Recordaba ese pelo rojo.
-Disculpa, -dijo al pasar por su lado. Al caminar junto a ella, percibió el olor que su chakra dejaba en el aire, era débil y residual, nada que ver con el que desprendía Naruto, pero era un olor que tampoco podría olvidar. Definitivamente, esta aldea era una caja de sorpresas. Se volvió para tratar de detenerlo y preguntarle de qué le conocía, pero antes de que pudiera articular palabra Kakashi ya tiraba de la barra que unía los grilletes para hacerla pasar al interior.
La estancia estaba dominada por un estilo de madera, suelos de madera, muebles de madera, un reloj de madera. Incluso una lámpara de pie simulaba ser un árbol. Eso la puso más nerviosa si podía ser posible. No le gustaba la madera. Sus ojos se posaron sobre frontal del enorme escritorio de madera oscura. En dicho frontal había un símbolo labrado. Una línea larga horizontal atravesada en su parte central por una más corta y vertical. A cada lado de la horizontal, ramificaciones salían arriba y abajo hasta formar cinco puntas igualadas en los extremos. El símbolo del clan Senju, de nuevo mandatario de la aldea.
