Bueno ¿qué tal va pintando la historia? Espero que os esté gustando, aunque siga sin recibir una review U.U las visitas no están mal ^^. Los personajes no me pertenecen.

Capítulo 13

En la zona de entrenamiento, los shinobis y aspirantes se dividían en parejas. Los que por nivel inferior no podían ser emparejados se habían reunido con Sai para realizar prácticas de lanzamiento de kunai y shuriken. Los que poseían un nivel superior se encontraban con Yamato practicando la canalización y control diferentes tipos de chakra elementales.

Mara se acercó al grupo de Sai, tratando de no llamar su atención, y se sentó de nuevo bajo la sombra de un árbol cercano con la espalda recostada en el tronco. Desde ahí podía ver cada uno de los lanzamientos que realizaban los genins. Tenía que admitir que, en algunos, la puntería dejaba mucho que desear. Un reflejo brillante en el suelo llamó su atención, era la hoja de un shuriken extraviado que desviaba la luz del sol. Se levantó y lo cogió. Lo sopesó en su mano, miró alrededor, no había nadie mirando, fijó sus ojos en el blanco sobre el que se disponía a disparar uno de los genins y luego en la posible trayectoria que éste usaría. El niño levantó el brazo para darle impulso a su lanzamiento y, ahí iba, tan sólo un instante antes Mara había lanzado el suyo describiendo una trayectoria curva. El movimiento del aire de su shuriken desvió y corrigió la del shuriken del niño y ambos fueron a clavarse en el centro de blancos distintos para sorpresa de todos los que miraban el ejercicio.

Sai se volvió hacia el lugar de donde había venido el segundo shuriken, vio a Mara con esa media sonrisa de satisfacción en los labios. Al parecer, la supervisada de Kakashi tenía una muy buena puntería. Sai dio indicaciones a los niños para que recogieran las armas y volvieran a distribuírselas igualitariamente entre ellos, mientras, él se dirigía hacia el árbol bajo el que estaba esperando de pie.

-¿Cómo te has liberado? –Preguntó de manera seca. –Has podido darle a alguien.

-Me he liberado de esas ramas porque resulta ofensivo, Kakashi no lo habría aprobado, habría confiado en mí y en que me hubiese quedado tumbada a la sombra, -respondió tajante. –En cuanto al lanzamiento, sólo lo he hecho para demostrarte que ese blanco hubiese sido tú si hubiese querido, pero he preferido ayudar a ese crío a darle al blanco, ahora será el centro de atención por un tiempo o puede que se motive para seguir practicando.

Sin decir nada más, Mara se encaminó hacia la zona donde estaba Yamato, ahora iría a darle una lección a él. Sai la contempló caminar hacia el otro extremo, cavilaba si de verdad hubiese sido capaz de lanzar el shuriken hacia él o sólo era un farol, aún no comprendía muy bien la diferencia entre un comentario irónico y uno serio, ¿cuál de los dos habría hecho? Una de las genin se había acercado a él y lo informó de que ya estaban listos para una nueva ronda de tiro al blanco.

Los chūnin, al igual que los genin, se habían dividido por parejas para enfrentarse en un uno contra uno. Entre ellos había caras ya conocidas. La mayoría los había conocido en el restaurante de ramen. Tras una orden de Yamato, todos dejaron de pelear y se acercaron a él. Propuso que hicieran enfrentamientos de uno contra uno, mientras el resto observaba, pasado un tiempo, analizarían las técnicas empleadas y pondrían en común ideas sobre cómo neutralizar al contrario en base a lo que habían visto.

Todo el grupo se sentó a la sombra sobre la hierba esperando a que Yamato nombrara a los dos primeros contendientes. Mara ocupó un sitio detrás de todos, miraba directamente a Yamato, mostrando un solo ojo, el otro estaba cubierto por el pelo, confiriéndole un aspecto siniestro. El miembro de ANBU la vio quieta como una estatua camuflada entre los demás, a la espera, contemplando y disfrutando de la confusión que se reflejaba en la cara de Yamato. Éste se preguntaba, al igual que había hecho Sai, cómo había podido liberarse de su Mokuton. Quizá debería ponerla a prueba, pensó. ¿Se molestaría Kakashi si lo hacía?

-Veo que tienes mucha habilidad para liberarte de mis raíces, -comenzó diciendo. Todos se volvieron hacia donde el sensei, por ese día, miraba. –Quizá quieras hacernos una demostración del uso de tu chakra.

-¿Quieres que te deje en ridículo delante de tus alumnos? –Respondió mordaz.

-No creo que estés a este nivel, -dijo Yamato tratando de hacer que picara el anzuelo. –Sería mejor que practicases con algún genin.

Mara frunció el ceño, aún más desde que había comenzado esa conversación, al oír las risas mal disimuladas de algunos de los que allí se encontraban sentados que ahora la miraban expectantes. La extraña compañera de Kakashi estaba allí. Se puso en pie y se acercó a Yamato sin apartar los ojos de él. Resultaba, sin duda, una mirada intimidante cuando quería.

-¿Aceptas? –Preguntó Yamato sin más. Ella asintió lentamente expresando su conformidad. –Shino.

El mencionado se levantó de entre el grupo y se situó al otro lado de Yamato. Shino, del clan Aburame, usuario de insectos parásitos. La idea de los bichos causaba asco y repulsa en Mara que trataba de no pensar en ello. Nunca le habían gustado los bichos y mucho menos los insectos. Tendría que acabar pronto con ellos.

-¿En qué pensabas? –Reprendió en ente en su cabeza. –Tan sólo hemos usado nuestro chakra conjunto una vez.

-No quiero tu chakra en este momento, -respondió seria. –Me basto y me sobro para vencerle sin tu ayuda.

-Empiezas a hablar tan engreída como el vejestorio, -dijo con sorna. –Trata de no perder el control y no te confíes.

-Y tú trata de no entrometerte.

Sin más la presencia del ente se retiró de su mente. Durante este tiempo Yamato había explicado las reglas del combate, éste se detendría por rendición de uno de ellos, por primera sangre al enemigo o por agotamiento del tiempo. Shino se dirigió ya hacia un extremo de la zona delimitada como la arena de combate. Yamato se quitó la bolsa que llevaba atada a su pierna, donde guardaba los kunais y shurikens, y se la tendió a ella.

Mara la cogió y se dirigió al otro extremo frente a Shino, quien ya tenía en una de sus manos un kunai preparado. Se la ató con fuerza para que no se moviera a la pierna. La abrió y vio que tan sólo contaba con tres kunais y tres shurikens. Menudo arsenal, pensó irónica. Volvió a cerrarla sin coger nada y se dirigió hacia Shino:

-Bailemos.

Juntó las palmas de sus manos a la altura del pecho como si fuese a acumular chakra para realizar sellos. Cerró los ojos y se concentró. Trató de separar todo lo posible su chakra de el del ente. Cuanto más lo hiciera, más chakra tendría a su disposición sin miedo a que se descontrolara. El ente, por su parte, redujo el contacto con el de ella. Iba a ser divertido verla probar sus habilidades de nuevo.

Cuando estuvo lista abrió los ojos enfocándolos en el contrincante, separó las manos, llevando una extendida hacia delante y otra recogiéndola hasta ponerla a la altura de su hombro. La mano adelantada con la palma vertical giró mostrándola ahora hacia arriba. Shino no perdía detalle, no quería confiarse. Mara encogió los dedos en gesto de provocación, indicándole que podían comenzar.

Shino permaneció quieto hasta que mostró la provocación, estaba retándole. Le demostraría cómo combatían en la Aldea de la Hoja los del clan Aburame. En un movimiento rápido, lanzó sus brazos hacia delante, dejando que de sus mangas salieran miles de insectos que se dirigieron volando hacia ella. Esquivó desplazándose hacia la derecha. La nube de insectos de estrelló contra el suelo justo donde antes había estado.

Mara corría tratando de alcanzarle ahora que estaban aún lejos. No contaba con la velocidad de desplazamiento del enjambre. Sintió varias picaduras antes de que pudiera recorrer la mitad de la distancia que la separaba de Shino. Se llevó una mano al cuello, donde había sentido el mordisco del insecto, y aplastando en el proceso al mismo.

El Aburame aún no se había movido de su posición inicial. Observaba el trabajo de drenado de chakra que llevarían a cabo sus insectos. Mara se afanaba en fintar de un lado a otro, pero con cada intento de esquivar notaba varias picaduras en brazos y piernas. No eran dolorosas, pero sí molestas. Tenía que deshacerse de los insectos de un modo u otro o no podría acercarse a Shino.

Mientras pensaba en la mejor manera de hacerlo, tropezó con una raíz que sobresalía del suelo haciéndola caer. En ese instante Shino vio su oportunidad. Lanzó todos sus insectos hacia el lugar en el que caería y ahí acabaría todo. Mara adivinó las intenciones de su oponente, en medio de la caída, colocó una de sus manos firmemente sobre el suelo, giró sobre ella y se impulsó hacia atrás cayendo sobre sus pies de nuevo aprovechando la inercia de la caída. Con la otra mano libre, mientras giraba en el aire, realizó los sellos para liberar un katon. La bola de fuego salió de su boca cuando ésta insufló el chakra y se volvió más grande con cada insecto que alcanzaba. Era su oportunidad. Metió la mano sobre la que había girado en su caída en la bolsa de las armas. Cogió los tres kunais. Lanzó el primero que rozó la pantorrilla izquierda de Shino que hizo que cayera sobre una rodilla al sentir el dolor. Aprovechó el movimiento del brazo para realizar otro lanzamiento con el segundo kunai, esta vez dirigido al hombro contrario para desestabilizarlo y hacerlo caer sobre su espalda al tratar de esquivarlo. Finalmente, Mara corrió hacia él antes de que se pudiera levantar y apuntó a la garganta con el tercer kunai que agarraba con fuerza.

-¡Suficiente! –Gritó Yamato. -¡Separaos!

Con renuencia, Mara se apartó, obligada a dejar una presa débil y se dirigió junto a Yamato respirando algo agitada por la carrera. De entre los alumnos que habían presenciado el encuentro, salió Ino. Se acercó a Shino y comenzó a sanar con su jutsu curativo al Aburame.

-Bien hecho y dentro del tiempo, -dijo Yamato dirigiéndose al resto de chūnin. -Como veis, ha derrotado a su oponente de las tres maneras que eran válidas, por rendición, antes de que se agotara el tiempo y por primera sangre. Los sellos ejecutados con una sola mano requieren un buen control del chakra, una leve equivocación en la posición de los dedos puede dejaros expuestos ante el enemigo, lo que puede ser vuestro final en el examen de promoción. Terminamos por hoy. Buen trabajo a todos.

El resto de alumnos se levantaron se comenzaron a marcharse. Sai se unió a Mara y Yamato. También había visto el combate. Se fijó en la joven, lucía con la respiración todavía agitada y en la frente se podían ver ligeras gotas de sudor. Le tendió una pequeña cantimplora de bambú. Bebió de ésta hasta agotarla.

-Gracias, -musitó.

-De nada, -respondió Sai. –Buen combate. Shino se presenta para ascenso a Jōnin, como la mayoría de los que estaban. Deberías hacer la prueba de nivel.

-Sí, hablaré con Kakashi cuando vuelva, -continuó Yamato, y con Tsunade, pensó, debía reportar lo sucedido y las habilidades demostradas. –Serías una buena ninja para la Aldea.

-No quiero hablar de eso, ya tengo bastante con Kakashi repitiendo eso a todas horas, -respondió de manera seca y cambió de tema rápidamente. –Tengo hambre, ¿comemos algo?

Se dirigieron a un pequeño restaurante de ramen que sólo poseía una barra frente a la cual sentarse. Pidieron cada uno un plato y se sentaron a comer en silencio. Tras varios minutos tan sólo se escuchaba en entrechocar de los palillos contra la loza. Los tres apreciaban en silencio, cada cual a su manera, pero había preguntas que se agolpaban en sus mentes. Kakashi había compartido con Yamato algo de la información que había obtenido de Mara, así que no estaba ajeno a todo lo que concernía a la chica.

-¿Sabes qué, Mara? –Empezó ganándose rápidamente su interés. –Sai y yo, junto con Kakashi, te encontramos en el bosque. Fue una suerte, casi creímos que no lo contabas. Los médicos han hecho un buen trabajo. Durante el combate no te ha molestado la herida. Sanas muy rápido.

-Eso me han dicho, es una suerte, -respondió escueta. –Mañana podríamos ir al hospital, Sakura me dijo que podría retirar ya la sutura.

-Claro, -concluyó Yamato. Después de mucho pensarlo en su cabeza, volvió a preguntar: –¿Te gusta esto? ¿La Aldea? ¿Vivir aquí?

Ahí iban de nuevo las preguntas, ¿tan desesperados estaban en esa aldea por ganar una ninja más a sus filas? Tenía que reconocer que el lugar estaba más que bien. Sobre todo, desde que había descubierto que allí, hasta no hacía mucho, habían vivido miembros del clan Uchiha. Si ellos, un clan poderoso donde lo hubiera, consideraban que merecía la pena instalarse allí sería por algo. Luego estaba el misterio de ese chico rubio, tenía que intentar acercarse a él para tratar de averiguar algo más. La decisión era fácil: blanco o negro, se quedaba o se iba.

-Es una buena aldea. La gente es amable. Tiene buen clima. Podría acostumbrarme a esto, -respondió mirando su bol de ramen. Una buena respuesta para Yamato, se la transmitiría a la Hokage, quizá con unos informes favorables de él y de Kakashi, junto con un buen comportamiento, ablandarían el corazón de Tsunade.

Pagaron la comida y salieron del establecimiento. Dirigieron una mirada al cielo, cada vez estaba más oscuro y la amenaza de lluvia era cada vez más inminente. Decidieron volver a la residencia de Kakashi y pasar allí el resto del día guarecidos. Allí no había peligro de meterse en líos, o eso esperaban.

Se encaminaron hacia la casa, a mitad de camino comenzó a lloviznar, lo que les impulsó a apretar el paso. Lo que comenzó siendo una suave lluvia se había convertido en un aguacero. Llegaron empapados. Mara se fue al baño a por toallas. Se las entregó y fue a su habitación a por ropa limpia y seca. Volvió hacia donde se encontraban los dos del ANBU y les dio algunas ropas de Kakashi que había encontrado en su armario.

Primero se fue Sai a cambiarse y luego fue Yamato, para no dejarla sola en ningún momento. Los dos hombres se sentaron en el amplio sofá que dominaba la estancia y ella se dirigió a una butaca de lectura apartada junto a la ventana. Se sentó con las piernas recogidas sobre el asiento, y se dispuso a contemplar la lluvia. De nuevo, los tres disfrutaban del silencio instalado entre ellos. Sai se levantó a la estantería llena de libros, tomó uno que le llamó la atención y volvió a sentarse en el mismo lugar. Por su parte, Yamato la miraba, había algo en ella que le resultaba familiar, esa forma de mirar, el pelo húmedo cubriendo parte de su rostro y la melena negra que caía a lo largo de su espalda. ¿Dónde había visto a alguien parecido? No lo recordaba.

Ajena al escrutinio, Mara miraba cómo las gotas de lluvia se fundían en los charcos que comenzaban a formarse en el pequeño jardín de Kakashi. Se perdía otra vez en sus pensamientos. Recuerdos le venían a la mente de su estancia en la Aldea de la Lluvia. Se recordaba con unos trece años discutiendo con algunos de los habitantes de la guarida donde vivía. Pugnaba por salir a jugar fuera, a pesar del mal tiempo, a esa edad, le encantaba jugar y saltar dentro de los charcos. Varios de los adultos que allí se encontraban se negaban a salir con ella, y tenía prohibido salir sola por orden expresa de su padre. Pataleaba tratando de convencer a alguien pero todos eran inflexibles, o inmunes, a sus súplicas hasta que llegaba él. Su sola presencia era suficiente para iluminar su mirada y mostrar una sonrisa. Sabía que él estaría dispuesto a ir con ella a jugar, incluso, disfrutaría más que ella si cabía. Mara veía a su yo infantil correr hacia él, lo tomaba de la mano y salían juntos de la guarida.

Fuera podían estar hasta que el frío y la humedad les calaba y los dejaba entumecidos. En ese momento, él decidía que era hora de volver, el cansancio se hacía notorio en su joven cuerpo. Entonces se acercaba a él y la cargaba en sus brazos de vuelta a la guarida. Era uno de los mejores momentos, se sentía protegida con él, además de en los brazos de su padre.

Volvió en sí, abriendo y cerrando la mano, recordando cómo era el tacto de su mano enguantada sobre su piel. Cuando se quiso dar cuenta, la noche había caído y, fuera, la oscuridad lo engullía todo. Durante su trance, Yamato había preparado algo de cena. Se sentaron los tres de nuevo alrededor de la mesa.

-Has estado pensativa toda la tarde, -dijo Sai. Recordó que en un libro había leído que una persona que se mostraba ausente podía padecer algún tipo de depresión. -¿Te encuentras bien?

-Sí, estos días me recuerdan a los de la Aldea de la Lluvia, sólo recordaba.

-¿Te suena la organización Akatsuki? –Preguntó Sai a destajo para sorpresa de Yamato. En contra de lo que esperaba, la joven respondió.

-Sí, allí todos saben quiénes son, -respondió. –Pero a pesar de todo lo que se dice de ellos, eran bastante permisivos con la población en general, y mantenían un relativo orden dentro de las fronteras de la Aldea.

-¿Les has visto alguna vez? –Ahí estaba de nuevo la pregunta directa. ¿Qué debía contestar? Se preguntó Mara, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, o sólo cierta parte de la verdad. Debía ser fiel a la petición de su padre, no decir nada. Claro que no responder nada podría resultar sospechoso. Se decidió por una solución a medias.

-A veces, se dejaban ver esporádicamente por la ciudad, -respondió. Ya era más de lo que Yamato habría apostado por escuchar. –En la última época, han ido desapareciendo algunos de ellos.

-Algunos fueron derrotados por nuestros shinobis, -dijo Sai con orgullo.

-Supongo, algunos no se ganaban el cariño de muchos, precisamente.

-Explícate, -dijo Yamato intrigado.

-¿Conocéis a Hidan o a Kakuzu? Eran horribles, les llamaban los zombis, creían que no podían morir, -comenzó. -¿Y Kisame? Ese, literalmente, era una especie de tiburón en sí. El primer año que estuve en la Aldea de la Lluvia no me acercaba a los canales porque pensaba que saldría del agua en cualquier momento y me comería. Si han desaparecido, me alegro, -dijo con cierto desprecio.

Justo en ese momento, finalizó su cena. Se levantó y dejó a los dos de ANBU aun comiendo. Se volvió a sentar en la butaca. Esta vez una suave luz eléctrica iluminaba el exterior. Las farolas al otro lado de la muralla permitían ver las gotas caer a contraluz. Sin apenas viento, la cortina de agua caía vertical hasta estrellarse contra el suelo. Mara estaba concentrada en el ruido de las gotas caer contra el suelo. En cierto momento, fue ensordecedor. Dejó caer la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos. Quizá fuera por el sonido continuo. La somnolencia después de comer. O el cansancio por el combate matutino. En esos instantes previos al sueño, pudo atisbar, lo que le pareció ser, el brillo de un ojo rojo en la negrura de esa estancia en su interior. Después nada más.