Siento el retraso, pero aquí traigo la nueva actualización ^^ Espero que lo esteis disfrutando tanto como yo. (Los personajes no me pertenecen).
Capítulo 15
Los rayos del sol entraban por la ventana iluminando la habitación. Algunos rebotaban sobre la superficie pulida de un espejo en la pared, incidiendo sobre el rostro de la joven tendida en la cama. Ésta gruñó en señal de protesta y se colocó uno de los brazos sobre los ojos para protegerlos de los molestos rayos.
No sería capaz de volver a dormir, pero deseaba disfrutar de esos instantes posteriores al despertar. Poco a poco el recuerdo del sueño que había tenido vino a ella. El chico de las fotografías que había visto en las cajas de recuerdos del armario venía corriendo hacia ella, sonriente y saludando con la mano en alto, como si se alegrase de verla. Ella le devolvió el saludo y sonrió. ¿Qué quería decir todo eso? Nunca se había parado a tratar de interpretar los sueños. Pensó que sería el cargo de conciencia por fisgar en las cajas de Kakashi.
De pronto, otro pensamiento le vino a la mente, ¿cómo había llegado a la cama? Lo último que recordaba era haberse quedado dormida en el butacón. Tendría que buscar explicaciones fuera del confort de su cama, cosa que no se le antojaba nada apetecible.
Separó el brazo de la cara y miró hacia la ventana para estimar la hora que podría ser. Por la intensidad del sol debía haber entrado bien la mañana. En comparación con Kakashi, a Yamato parecía no importarle demasiado no tener que madrugar. Empezaba a caerle bien.
Tras mucho pensarlo, decidió levantarse. Después de asearse, se dirigió hacia la sala principal, supuso que los dos ANBU se encontrarían allí. Empezó a escuchar voces que no correspondían con las de Sai o Yamato, y mucho menos con la de Kakashi. Decidió acercarse al origen de las voces despacio.
Se pegó todo lo posible a la pared y se movió en sigilo y sin hacer ningún ruido con sus pisadas. Vio que eran dos shinobis. Se encontraban en la cocina, rebuscando en cajones y armarios. La idea de que estuviesen envenenando la comida cruzó su mente como si de un relámpago se tratara, pero la desechó, era más plausible el intento de asalto o el robo, ya que era posible que supieran que Kakashi no se encontraba en ella.
Se escondió junto al quicio de la puerta de la cocina, al parecer, ninguno de ellos se había percatado se su presencia. Esperaría el momento de atacar.
Se agachó en cuclillas cuando escuchó que uno de los hombres iba a abandonar la habitación. Justo cuando éste pasaba junto a ella y antes de que pudiera reaccionar, Mara había podido meter una mano rápidamente en la bolsa de munición mientras que con la otra le golpeaba detrás de la rodilla para hacerle caer de bruces.
De la bolsa de munición logró extraer dos kunais uno lo lanzó con precisión al levantarse contra el hombro del otro hombre que no había podido reaccionar al grito de su compañero. Mientras se trataban de reponer y comprendían lo que estaba ocurriendo, Mara logró agarrar del cuello al shinobi que aún estaba de rodillas, hacerle girar quedando sentado sobre el suelo y ella detrás, agazapada, usándolo de escudo mientras le apuntaba con el segundo kunai al cuello.
-¡¿Quiénes sois?! ¿Qué tratáis de hacer? Canta o lo último que dirá tu amigo serán unos preciosos gorgoritos con su propia sangre, -gritó Mara acercando aún más el kunai al cuello.
-¡Cálmate! ¡Cálmate! –Dijo el que estaba sintiendo la punta del kunai sobre su cuello. –No vamos a hacerte daño.
-Eso ya lo sé, soy yo la que tiene el cuchillo y vosotros los que estáis heridos, -replicó mordaz.
-Necesito un médico, -dijo con los dientes apretados por el dolor que laceraba su hombro el segundo shinobi. –Me ha dado.
Y tanto que le había dado. El kunai estaba enterrado hasta la mitad de la hoja junto al hombro bajo la clavícula.
-Si te sacas ese cuchillo morirás desangrado en unos minutos, yo que tú no lo tocaría ni me movería demasiado, -amenazó Mara mirándole con el único ojo negro visible y fijo en el shinobi que tenía enfrente. –Ahora vais a decirme qué estabais haciendo aquí.
Antes de que ninguno pudiera mover un músculo, del suelo brotaron gruesas ramas de madera que envolvieron por completo a la chica y la alejaron de su rehén, haciendo que el kunai le causara una ligera herida en el cuello del ninja.
-Sai, ve con ellos al hospital, ni se te ocurra mover el cuchillo de Iruka, -dijo Yamato. –No digas nada de lo que ha ocurrido. Yo hablaré con Tsunade.
Sin más preámbulos, los tres ninjas salieron rápidos de la casa en dirección al hospital.
-¡Suéltame! –Gritó Mara tratando de zafarse del férreo abrazo del mokuton.
-¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¡Esto puede significar tu expulsión de la aldea! –Gritó Yamato en el mismo tono que ella. –Les envía Tsunade, reponían víveres para Kakashi y para ti. Durante este período de prueba, la aldea corre con los gastos. ¿En qué pensabas?
Mara le miraba con el único ojo visible fijo, muy abierto e inyectado en sangre. La respiración era rápida y superficial ya que las ramas la comprimían dificultando la entrada de aire. Yamato veía cómo sus fosas nasales se abrían y cerraban con rapidez.
-Tengo que informar de esto a Tsunade, Mara, no tengo elección, -dijo mostrando decepción en su voz. –Y a partir de ahora, llevarás esto.
Le mostró los grilletes que había llevado cuando salió del hospital. Las ramas que la mantenían prisionera se movieron para dejarle espacio para colocárselos. Mara se mantuvo seria y apenada, había tirado por la borda la buena acción del día anterior, pero no opuso resistencia. Veía la decepción en la cara del miembro de ANBU pero ya era demasiado tarde para lamentarse. Lo hecho, hecho estaba. Cada acción conlleva una consecuencia. Y éstas consecuencias se adivinaban terribles.
-Voy a liberarte, -empezó Yamato. –Si no quieres empeorar la situación será mejor que me acompañes por las buenas a ver a la Hokage. Espero que hoy se encuentre de buen humor y sea benevolente contigo. Esto que has hecho, está penado con la expulsión de la aldea si fueses parte de ella.
-No soy parte de esta aldea, no lo he sido nunca y nunca lo seré, tus amenazas no me impresionan, -escupió cada palabra. Quería morir matando. Se esforzaba por hacer las cosas bien, había ayudado a proteger la aldea con Inoichi de ese ataque a los archivos, había devuelto el dinero sustraído, había intentado proteger el hogar de su supervisor de, lo que ella creía que eran, dos asaltantes, había confiado en Kakashi. Por último, añadió con un tono de desafío: –Y esa Senju no me da miedo.
Salieron de la casa, Mara caminaba delante de Yamato quien la vigilaba de cerca y a sólo un sello de usar de nuevo su mokuton en caso de que tratase de escapar. No había vuelto la mirada atrás en ningún momento ni le había pedido que trataran de ignorar lo ocurrido. La joven lo daba todo por perdido y no mejoraría nada arrastrándose para pedir clemencia. Eso no iba con ella.
Por su parte Yamato, intentaba ordenar los pensamientos en su cabeza y cómo iba a abordar el tema cuando llegaran a ver a Tsunade. Si no elegía bien las palabras, podría suponer la expulsión inmediata de la aldea o algo peor, la ejecución por el ataque al Jōnin sin motivo. De corazón esperaba que esa segunda posibilidad no se diera. Lo demostrado en el combate contra Aburame prometía. Tenía buenas habilidades para ser una buena kunoichi para la aldea, tan sólo tenía un carácter mal enfocado y desconfianza, algo que, por otra parte, comprendía.
Antes de que se quisieran dar cuenta se encontraban de nuevo frente al edificio de la Hokage. Entraron y subieron las ya conocidas escaleras hasta el último piso. Rodearon el pasillo y se pararon frente a la puerta con el letrero blanco.
Yamato llamó con los nudillos y una voz del interior les concedió el permiso para entrar. Le hizo un gesto con la cabeza para que entrara delante de él. Mara pasó por delante sin mirarle.
Una vez dentro, tomó asiento frente a la Hokage. Otra vez estaban frente a frente, lo único que cambiaba de la ecuación era la presencia de Yamato en vez de la de Kakashi. Rápidamente el ANBU comenzó a explicar la situación, conforme las palabras salían de su boca el ceño de Tsunade iba frunciéndose cada vez más. Cuando terminó la explicación de lo sucedido se volvió hacia ella.
-He confiado en ti, Kakashi ha confiado en ti, esta aldea ha confiado en ti, -comenzó. –Te salvamos, te sanamos y te abrimos nuestras puertas ¿y así nos lo pagas? ¿Qué tienes que decir?
El silencio se hizo incómodo, ¿qué quería que dijera? ¿Qué rogara? ¿Qué suplicara perdón? ¿Qué se arrastrase ante ella, una Senju? Ni hablar. Lo único que salió de su boca fueron cuatro palabras que la sentenciaron en cuanto las soltó al aire.
-Eres una molestia, Senju.
-Llévala al nivel tres, -dijo dirigiéndose a Yamato y volviéndose hacia ella continuó: -Te advertí que si no te comportabas pasarías una temporada encerrada hasta que todo esto se resuelva. Estarás confinada en una celda, tantos días como tarden en sanar mis Jōnin. Después volveremos a hablar.
Yamato se levantó y la cogió del brazo para que le siguiera. Descendieron de nuevo a la planta baja y de ahí se desviaron por uno de los pasillos aledaños. Al parecer dicho pasillo conectaba con la zona de la prisión bajo la montaña de los Hokages. Conforme avanzaban se iban encontrando con miembros del ANBU, Jōnins y algún que otro agente de la policía militar de Konoha.
Enfilaron otras escaleras metálicas que descendían varios niveles más en el más absoluto de los silencios. La única iluminación era la de lámparas eléctricas situadas en el techo a cada pocos metros de distancia. Pasaron una puerta con barrotes que un guarda se encargaba de abrir, tras pedir la identificación reglamentaria a Yamato, y volver a cerrar inmediatamente. No hizo preguntas.
Siguieron caminando por el largo pasillo hasta llegar a la celda asignada. Yamato levantó el brazo a modo de señal y tras un pitido agudo la puerta de barrotes se abrió con un sonido metálico. Yamato la hizo entrar. Nada más estuvo dentro, la puerta volvió a cerrarse tras ella emitiendo un fuerte sonido al chocar en el otro extremo.
-Esta es tu celda, no quise llegar a esto, Mara, pero no me has dejado elección, -trató de sonar comprensivo. Ella se volvió y le miró con esa media sonrisa cínica en la boca.
-¿Sigues queriendo que me quede en la aldea, Yamato? –Preguntó casi escupiendo su nombre. -¿Crees que querré quedarme después de esto?
-Mara, esto sólo es algo temporal, -comenzó.
-Ve a aburrir a otra, Yamato, no intentes justificarte, -cortó sin miramientos. –Ahora lárgate, vuelve con la Hokage, o mejor aún, deberías lamerle la herida al shinobi que he enviado al hospital. Así saldré antes de aquí.
-Espero que aquí tengas tiempo de meditar, Mara, yo aún quiero que pertenezcas a esta aldea y Kakashi también, incluso Tsunade…
-No sigas hablando, -dijo apretando los dientes. –Ahora, lárgate.
Le dio la espalda al shinobi y se tumbó bocarriba en el camastro que había en la pequeña celda con las piernas cruzadas a lo largo de la superficie y los brazos detrás de la cabeza. Cerró los ojos y decidió ignorarlo. Cuando volvió a abrirlos tras unos minutos comprobó que se había marchado. Estaba sola. O no.
Se levantó y se sentó en el suelo en el centro de la pequeña estancia. Cruzó las piernas, mantuvo la espalda erguida y la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, Sus brazos reposaban sobre sus muslos. Su padre le había enseñado a meditar desde que era una cría. No podía retraerse al mismo nivel que él. Pero sí podía recluirse en sí misma. En su interior no estaba sola, nunca lo había estado y nunca lo estaría. Ésta podía ser una buena ocasión para conocer más a ese ente que albergaba en su interior.
