Muy buenas, lamento el retraso en la actualización, espero que me perdonéis, también me gustaría decir que hasta dentro de al menos 3 semanas no habrá actualización por motivos personales. Pero prometo que continuaré con la historia que se empieza a poner más interesante en este capítulo. Espero que la esteis disfrutando tanto como yo. Los personajes no me pertenecen.
Capítulo 17
El girar pesado de los goznes de una puerta sobre sí mismos y el chirrido que emitieron sacaron de su trance al anciano. Era la señal que había estado esperando. Ya estaba todo dispuesto. En el umbral de la puerta estaba Kabuto, sin moverse, esperando a que se pusiera en pie y le siguiera.
Con trabajo y esfuerzo, el anciano logró levantarse, su cuerpo ya no era el que fue. Se sentía débil y vulnerable. En ese estado poco podría hacer para proteger nada ni a nadie, por eso estaba ahí. Su orgullo era lo que le mantenía firme y lo que le impulsaba a resistir.
Se encaminó hacia la puerta donde esperaba aquel ayudante dispuesto a conducirle hacia lo que buscaba. Caminó detrás de él, forzándose a seguir el paso que el joven le marcaba. Recorrieron largos pasillos hasta estar frente a una puerta de metal de hojas dobles. En cada hoja había, grabadas en bajorrelieve, una serpiente.
Una de las hojas cedió al contacto con la palma de la mano del ayudante y dejó una abertura por la que pasaron ambos.
En el interior había multitud de recipientes, con especímenes de diferentes tipos de serpientes, conservados en una suspensión líquida y repartidos sobre mesas y repisas aledañas. En el centro de la sala había un lecho con un extraño dispositivo en el cabecero y, a su alrededor, colgaban bolsas llenas de líquido preparadas para ser inyectadas.
De otra de las puertas al fondo de la sala pudo ver acercándose a Orochimaru. Mostraba una sonrisa algo siniestra en su cara. En una de sus manos portaba lo necesario para hacer la administración de esas bolsas que colgaban de palos junto a la cama.
-¿Está todo preparado? Has tardado más de lo que imaginé, -dijo el anciano cuando se acercó.
-He estado muy ocupado, pero la espera habrá merecido la pena, -respondió el otro. –Descúbrete y túmbate, empezaremos pronto.
El viejo se dirigió al lecho con cierta desconfianza. Se sentó en el borde y retiró la parte superior de su kimono negro y la apartó a un lado, quedando con el torso, antes musculoso y bien definido, al aire ahora con un aspecto ajado y más bien huesudo. Haciendo un sobresfuerzo, levantó las piernas hasta estar completamente recostado. Cuando se acomodó, Kabuto se acercó a él y comenzó a colocar unos parches sobre su frente y sobre el pecho.
-Sólo son para monitorizar tus constantes, -explicó Kabuto conectando un sensor en cada uno de los parches. Luego se dirigió a uno de los monitores que estaban sobre una mesa junto a la cama, en éste, empezaron a registrarse ondas que formaban valles y montañas, unos picudos como las de su ritmo cardiaco y otras con leves y suaves ondulaciones como las de su respiración. –Son constantes, mi señor Orochimaru, podemos comenzar.
El otro que había estado esperando su turno se acercó junto al viejo y comenzó a colocar las sujeciones en cada una de sus extremidades para evitar que se moviera. Con esa acción las ondas en el monitor comenzaron a alterarse, haciendo que emitiera un pitido de aviso.
-Tranquilo, sólo es por tu propia seguridad, -dijo riéndose del momentáneo nerviosismo. –No quiero que te de un ataque al corazón antes de comenzar.
Cuando estuvo inmovilizado por completo, cogió uno de sus brazos y lo giró. Rodeó con una cuerda elástica su brazo e, instantáneamente, las venas aparecieron marcadas bajo la piel casi translúcida en el brazo del anciano. Orochimaru se relamió ante esa visión. Palpó varios trayectos y se decidió por uno. Cogió una de las cánulas que había traído preparadas y la introdujo en la vena. La fijó y soltó el elástico, inmediatamente, las venas desaparecieron. Se levantó y seleccionó la primera de las bolsas que conectó a la vía sanguínea. De inmediato, el líquido comenzó a caer gota a gota y a recorrer el torrente sanguíneo del anciano.
-Esta es una solución analgésica, te ayudará con el dolor posterior, -dijo con una sonrisa anticipando lo que vendría a continuación. Se retiró y se sentó junto a Kabuto que observaba el monitor de las constantes.
Al poco tiempo de comenzar a circular por su cuerpo esa sustancia, el anciano sintió un sopor que le invadía. Trataba de mantener sus ojos abiertos, fijos y enfocados en el goteo continuo, pero le era imposible. Casi sin darse cuenta, cayó en un estado profundo de sueño inducido.
Orochimaru detuvo la infusión analgésica y comenzó con la primera bolsa de esa sustancia prohibida. El líquido fue entrando en el torrente sanguíneo del anciano plácidamente dormido. Al principio, no hubo cambios en el monitor, pero poco a poco el ritmo cardíaco fue aumentando y la respiración se hizo más rápida. Ahora era el momento de demostrar si era cierta o no esa determinación que había mostrado cuando aceptó el trato.
Sobre una de las azoteas más altas de la Aldea de la Lluvia, una figura enmascarada estaba de pie, oteando el horizonte entre los altos edificios de esa aldea, mientras las gotas de la perenne lluvia de esa región empapaban su atuendo. El kimono azulón está pegado a su cuerpo producto del peso del agua que había absorbido el tejido tras todo el tiempo que llevaba allí parado. No le importaba. La sensación que el frío le provoca le gusta, incluso el dolor del entumecimiento de sus pies helados lo recibe con gusto. El dolor había sido la única constante en su vida, estaba acostumbrado.
No era el dolor físico lo que le había llevado a esa azotea, sino el intento por limpiar los pensamientos que le atormentan dentro de su cabeza. Incluso sus sueños le hacían sentirse mal. Imágenes que pudieron ser y no serían nunca más, ahora cambiaban de protagonista.
Esa noche había despertado agitado y completamente lleno de ira. Si pudiera se arrancaría el sharingan que le quedaba para no seguir viendo aquello, pero sabía que ver aquello no dependía de su ojo rojo sino de su mente. Esa ensoñación le había vuelto a recordar el primer infierno del que creía que jamás saldría.
Su mente le mostraba a Rin con su sonrisa infantil y despreocupada. Cuando la visión empezaba a mostrarle más detalles podía comprobar que su cuerpo ya no era infantil sino desarrollado y de qué manera. Curvas y redondeces le daban la bienvenida. Su mirada le observaba con deseo y mordía su labio inferior con picardía. Se relamía y volvía a sonreírle. Antes de que pudiera acercarse a ella unos brazos la rodeaban desde atrás por la cintura y alguien susurraba algo en su oído que hacía que ella sonriera aún más, se volviera y le diera la espalda.
La visión de su espalda no le desagradó y continuó bajando por ella hasta llegar a los glúteos redondeados y a esas piernas blancas que parecían no acabar nunca. Tragó saliva, de pronto se le había secado la garganta. Ella se había colocado de puntillas para poder besar al propietario de esos brazos que seguían tocándola, uno se había quedado en la cintura y descendía poco a poco hasta sus nalgas, apretándolas, y el otro se había desplazado hacia la parte de atrás de su cabeza manteniendo la unión de ese beso.
-Rin, -susurró llamando su atención. La joven rompió el contacto al escuchar su nombre y giró su cuello para mirarle. Entonces pudo ver quién era el causante de esa muestra de pasión. El pelo plateado y en punta era inconfundible. Y ese sharingan al descubierto en su ojo izquierdo, no dejaba lugar a dudas, aunque se mostrase tras varios años sin verle.
Kakashi Hatake.
Ninguno de ellos parecía verle, aunque miraban hacia donde él se encontraba. Kakashi tomó de nuevo el rostro de Rin con una mano para hacer que volviera a mirarle y seguir besándola ante los ojos del espectador oculto. En su interior sabía, desde que era un crío, que esta escena se habría producido tarde o temprano.
Producto de su sueño, la imagen cambió de un momento a otro. Ahora podía ver a Kakashi tumbado sobre su espalda sosteniendo a la chica, a horcajadas sobre él, de sus glúteos, ayudándola a subir y bajar, con un ritmo lento y pausado. Esta vez, como espectador podía moverse alrededor pero, por más que trataba de acercarse, no conseguía reducir la distancia que lo separaba de ellos. Les rodeó y se dirigió a uno de los lados, necesitaba verle la cara a ese maldito ninja que estaba profanando el recuerdo y el cuerpo, aunque fuese onírico, de Rin.
Giró y la imagen no fue mejor, ella estaba inclinada sobre Kakashi, con su pecho pegado al de él y creando una cortina con su cabello que les ocultaba a ambos de su mirada escrutadora. Mientras continuaban su beso entre jadeos, algún gemido y respiraciones agitadas. La furia le consumía y no podía hacer más que quedarse ahí mirando, sólo se le ocurrió llamarla de nuevo, esta vez con más ímpetu.
-¡Rin!
Los amantes oyeron por segunda vez aquel nombre, en un intento por descubrir de dónde venía aquel sonido, la chica trató de erguirse, pero una mano detrás de su cuello se lo impidió y unos labios demandantes capturaron los suyos. Evitando que se separase de él.
La situación comenzaba a llegar a su desenlace. Los cuerpos desnudos aumentaron la velocidad de sus movimientos, deseosos de alcanzar el culmen. Ese espectador tenía los ojos desorbitados no podía permitir aquello, no quería verlo. En su desesperación una sombra negra con una sonrisa como mueca se apareció junto a él para ver aquel espectáculo también. Eso no estaba bien, nadie debía ver aquello, eran sus recuerdos, pensamientos, deseos y anhelos más íntimos. ¿Deseaba que Rin estuviese con Kakashi? Se preguntó. Estaba confundido, eso no estaba bien, ése debía ser él, ¿por qué no era él? ¿Por qué no se veía a sí mismo con ella?
En un intento desesperado para evitar que esa visión la conociera aquella sombra negra, gritó tan fuerte como su garganta y sus pulmones se lo permitieron, tratando de que desaparecieran ambos cuerpos o de ahuyentar a la sombra.
-¡RIN!
Esta vez sí tuvo efecto, o eso creyó, la joven que se balanceaba sobre Kakashi se irguió por completo lanzando un gemido de placer y echando su cabeza hacia atrás y apoyando sus manos sobre las piernas del ninja para sostenerse. Cuando se fijó en sus rasgos se pudo dar cuenta de que no era Rin, su pelo no era color chocolate ni sus ojos eran castaños ni, siquiera, tenía esas marcas moradas a cada lado de sus mejillas. Ante él se mostraba otra chica en todo el esplendor de su cuerpo, después de disfrutar del orgasmo sobre el cuerpo del que una vez fuera su amigo, quien todavía continuaba acariciándola desde sus costados hasta sus muslos y pasando por sus caderas.
En el último momento le pareció que todo se ralentizaba, los movimientos se volvieron lentos disfrutando ambos de los últimos coletazos de placer, fue entonces cuando ella dirigió una mirada perezosa hacia los espectadores invisibles, como si por un momento pudiera verlos, mostrando una media sonrisa de satisfacción en la boca.
A continuación, fue Kakashi el que elevó su cuerpo para darle el encuentro y comenzó a besarla en el cuello mientras ella aún miraba hacia el lugar en el que él y esa sombra negra con sonrisa burlona contemplaban la escena extasiados. Los besos del ninja subieron de su cuello hasta sus labios para tratar de captar de nuevo su atención, a lo que ella respondió depositando una mano sobre el rostro de Kakashi y le acariciaba la mandíbula, se mordían con suavidad los labios el uno al otro para luego tratar de atrapar sus lenguas juguetonas, pero sin dejar de mirar hacia el espacio vacío que ocupaba con la sombra que ahora se relamía disfrutando con la escena. Él, en cambio, estaba asqueado, la ira le corría por las venas y su sharingan brillaba en todo su esplendor.
-¡No! ¡Basta, basta, basta! –Gritó y avanzó hacia ellos con la mirada clavada en la de la chica, conforme avanzaba iban desapareciendo ante sus ojos, hasta que, cuando estaban a su alcance, ya no quedaba nada de ellos.
-¿No te gustaba más esta última visión? Es curioso que ambas acaben en los brazos de ese ninja y ése no seas tú, pobrecito, -dijo la sombra son malicia.
Tras esa última imagen despertó en su cama, cubierto en sudor, con la respiración agitada y una dureza en su entrepierna reclamando atención. Se levantó, sabía que no iba a volver a dormirse. Se dirigió hasta una de las azoteas y allí se quedó, bajo la lluvia, esperando que el frío del agua le ayudara a calmarse y contemplando el horizonte hasta que el sol comenzó a salir entre las nubes.
-¿Disfrutando de las vistas? –dijo esa sombra que se unía a él desde el suelo y ocupando la mitad izquierda de su cuerpo. Sabía perfectamente que se refería a las imágenes del sueño y no a lo que veía ahora con sus propios ojos sobre aquella azotea. –Tengo que reconocer que tienes buen gusto, lástima que lo disfrute otro.
-¡Silencio! ¡No vuelvas a entrar en mi cabeza! –Amenazó el enmascarado.
-¿Y perdérmelo? No, creo que seguiré haciéndolo, -respondió socarrona la sombra.
-Deberías concentrarte en algo más importante, como cuándo estarán listas esas cosas blancas, -preguntó el de la máscara.
-Tranquilo, cuando el plan se complete podrás disfrutar de ambas, si ese es tu sueño, -dijo con malicia. –Incluso podrías hacerlo con ambas a la vez. Piénsalo, -dijo riéndose de manera estruendosa mientras iba diluyéndose entre los charcos que se habían formado en el suelo.
Por una vez, se alegró de llevar esa máscara, ya que ésta ahogó el grito furioso que salió de su boca en respuesta a la multitud de sensaciones y sentimientos que experimentaba en ese momento.
