El herrero examinó unos segundos al marqués con furia contenida. Su enajenación era peligrosa: si seguía gritando como un becerro, atraería la atención de sus vecinos y no quería ni imaginar lo que eso supondría. Agarró un brazo de Francis y tiró de él hacia el cálido interior de la tienda. En un hogar brillaban las ascuas que durante el día se habían encargado de moldear el metal. El resto de la tienda se hallaba en perfecto orden, como si hiciera tiempo que no se trabajara en aquel recinto. Francis se dio prisa y siguió al artesano hacia la trastienda. Allí, las pertenencias de Eduardo se amontonaban en pilas en el poco espacio del que disponía. Había una cocina pequeña a la izquierda, un hogar redondo en el centro y un lecho sobre el cual esperaba una figura conocida.

Antonio les observó entre tenso y asustadizo. Se agarraba los brazos para protegerse de fantasmas que ninguno más podía ver. Incluso en aquella penumbra, Francis se dio cuenta de la mancha que oscurecía la piel de su ojo. Se le revolvió el estómago y tuvo que reprimir las ardientes ganas de ir a su casa a pedir un responsable al cual castigar por tal afrenta.

—No lo mires así. Conociendo a tu familia, ya tendrías que haber sabido lo que iba a pasar —le reprochó Eduardo, bajo el quicio de la puerta.

—¿Te parece que lo sabía? ¿Crees que dejaría que le hirieran? Me dijeron que iban al barrio del gremio de artesanos a dar una vuelta.

—Creo que tenían conocimiento de lo nuestro.

La voz de Antonio sonaba inusualmente rasposa y eso le hizo preocuparse aún más por su bienestar. ¿Cuántas heridas tendría bajo la ropa, fuera del alcance de su mirada? Francis se arrodilló en el suelo, grácil como una pluma que cae, y tomó las manos de Antonio.

—Tú me crees, ¿verdad? Jamás dejaría que te pusieran la mano encima.

Antonio permaneció con los ojos anclados a las manos unidas. Cada segundo que el silencio duraba, Francis tenía la sensación de que se le clavaba una aguja más en su maltrecho corazón.

—Te creo, pero no quita que si tu familia quiere impedirlo, estemos todos en peligro. A lo mejor nos equivocamos, Francis. Puede que esto no tuviera que pasar.

Francis apartó las manos, como si las palabras le hubieran quemado. En su rostro se leía la traición, el dolor.

—No lo puedes estar diciendo en serio.

Los labios de Antonio se movieron en busca de unas palabras que no llegaron a encontrar. La necesidad que Francis sentía de tocar ese moretón con cuidado, como si pudiera sanarlo, se ahogaba en un dolor que bailaba con la ira. Quería que le mirara. Quería gritarle. Quería besarle. Quería tomarle de la mano y llevarle lejos de eso. ¿Pero por qué no decía nada? Francis se acabó de levantar y se fue hacia la puerta. Se detuvo al lado de Eduardo y habló con la voz tomada.

—Te equivocas, Antonio.

Y se marchó sin esperar respuesta.


25. Peligroso / ¿Te parece que lo sabía?