Antes que nada dar las gracias por el nuevo review, me hace mucha ilusión y me anima a seguir publicando ^^. Os dejo un nuevo capítulo, espero que os siga gustando. Gracias por leer.
Capítulo 29
En las profundidades de la guarida, desde hacía horas, reinaba el silencio más absoluto. La calma y la quietud volvían a reinar entre los anchos muros y los largos pasillos de donde se encontraban y donde, por fin, el descanso había llegado al adolorido y maltratado cuerpo del hombre en el lecho.
Por primera vez en mucho tiempo, daba las gracias por poder dormir, dormir en el más absoluto sentido literal de la palabra, ya que, durante las horas de sufrimiento, sólo conseguía desconectar su mente de su cuerpo por rendición y agotamiento. Se felicitó a sí mismo en cada momento que tenía de lucidez por poder seguir adelante, el motivo que le impulsaba a soportar el dolor y el sufrimiento seguía presente en su mente. Tenía que mantenerse firme y resistir, esto lo hacía por su deseo de venganza, por su deseo de acabar con la vida del que osó dañar a lo que más quería en este mundo frío, cruel y sin sentido. Pero para ello debía ser fuerte de nuevo, volver a sus mejores años, volver a tener todas sus capacidades al mayor nivel, de otra manera, no podría cumplir con su promesa de volver y proteger su bien más preciado, aunque para ello tuviese que hacer los mayores sacrificios.
El suave golpe al cerrar de una puerta le desveló de su sueño reconfortante pero muy liviano, pero mantuvo sus ojos cerrados con todos los demás sentidos alertas. Alguien se acercaba a la cama donde yacía desde lo que le parecía muchos días atrás. El intruso comenzó retirando las sujeciones de sus tobillos donde habían dejado unas marcas rojas y ampollas por el roce. Continuó rodeando la cama y retiró la fina sábana que lo cubría hasta dejar al descubierto su torso.
Sus músculos estaban ahora definidos donde antes sólo había huesos y piel arrugada. Su abdomen daba la impresión de estar firme y duro como una tabla pero oscilaba arriba y abajo con cada respiración relajada. Sintió que unas manos comenzaban a retirar con cuidado los sensores que seguían adheridos a su piel.
Se dejó hacer, pues no creía que representara ningún peligro hasta ahora.
Cuando se deshizo de todos, quitó la correa que mantenía uno de sus brazos atados. En la muñeca se apreciaban las mismas marcas que en los tobillos, con la única diferencia de que la sangre seca estaba presente en ella. Agradeció en su fuero interno la liberación al dejar de sentir el dolor lacerante. El intruso rodeó de nuevo el lecho y se limitó a hacer lo mismo con su otra muñeca.
-Eien, -dijo con voz rasposa, comprendió que era el tipo con rasgos de serpiente. –El proceso se ha completado satisfactoriamente.
Cuando terminó de oír esas palabras el júbilo estalló en su pecho. Había esperado muchos días de tormento infernal para poder oírlas, incluso sospechaba que alguno de más sólo por el placer de ese ser de experimentar con él algo más de tiempo.
Se sentía vivo como no lo hacía desde hacía mucho tiempo en su vida. La vejez le había mermado sus fuerzas, castigado su cuerpo y drenado su chakra hasta límites insospechados. En cambio, ahora se sentía de nuevo fuerte y capaz de estar durante horas en un campo de batalla haciendo frente a su mejor enemigo, su cuerpo estaba en su plenitud en todos los sentidos y sus niveles de chakra estaban tan altos que podría realizar cualquier técnica sin siquiera notarlo.
-Acompáñame, quiero que te veas por primera vez, -dijo Orochimaru con una sonrisa de satisfacción. Al fin su fórmula había sido perfeccionada por completo gracias a ese sujeto y, no sólo eso, estaba a muy poco de conseguir el elixir que llevaba buscando toda su vida. Alargó su mano para tocarle en el hombro, pues creía que no le había oído la primera vez.
Antes de que sus dedos llegasen a rozar su hombro, una mano ya le sujetaba por la muñeca evitando el contacto. En ese momento la mirada ambarina de Orochimaru se percató de la mirada negra, insondable e indescifrable de Eien. Dio un tirón para liberarse de su agarre y le hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera.
Eien echó una pierna al suelo y contrajo sin esfuerzo sus músculos abdominales para incorporarse. Al principio sintió un leve mareo que cedió inmediatamente. Bajó la otra pierna y se paró sobre ambas. Tanto tiempo tumbado y el dolor le habían dejado el cuerpo por completo entumecido. Giró varias veces el cuello y movió sus hombros arriba y abajo y en círculos. Frotó las palmas de sus manos y realizó sellos sin emplear chakra, su habilidad y rapidez para ello se había visto incrementada con ese nuevo estado de su cuerpo.
Comenzó con un par de pasos vacilantes hacia la puerta donde esperaba Orochimaru. Ambos salieron de esa sala y se encaminaron por los interminables pasillos de la guarida, poco a poco pudo ir incrementando el ritmo y la firmeza de sus pisadas. Los músculos comenzaban a desentumecérsele, respondían mejor a sus órdenes y ejecutaban con mayor precisión los movimientos.
Para cuando llegaron a la otra sala, con su interior totalmente desprovisto de mobiliario alguno, estaba esperándoles Kabuto y como único compañero un objeto cubierto por una tela blanca. El ayudante se colocó bien las gafas sobre el puente de su nariz y saludó de manera cordial a su maestro y al invitado.
-¿Qué hacemos aquí? –Preguntó Eien con la voz grave y la garganta aún doliéndole por los días de gritos de padecimiento y agonía.
-Ya te lo he dicho, quiero mostrarte el resultado, -respondió Orochimaru colocándose junto al objeto oculto. –Esta va a ser la primera vez que te veas después de dejar atrás tu vieja piel. Como si de una serpiente se tratara, dejas atrás el viejo envoltorio y sales al mundo renovado, o más bien, podrías decir casi renacido.
De un tirón seco retiró la tela dejando al descubierto un enorme espejo de pie, sencillo, sobrio y sin marco, en él se reflejaba la imagen de cuerpo completo de Eien. Éste se acercó un poco más al espejo, alargó la mano para tocar, incrédulo, su reflejo sobre la superficie, el frío contacto en sus ahora sensibles yemas hizo que la retirara. Dio un vistazo rápido a su hechura, piernas firmes y potentes, aptas para llevarle a la cima del mundo de ser necesario. Sus brazos, tal y como había sentido al despertar, los notaba preparados para blandir su mejor arma, el recuerdo de antiguas batallas le hizo rememorar el olor a sangre del campo de batalla y la adrenalina corriendo por sus venas. Se tocó con la mano el pectoral izquierdo, podía notar su corazón latiendo con el brío de su recién adquirida juventud. Sabía que bajo su piel se escondía el secreto de su longevidad y que, llegado el momento, debería compartirlo con esa serpiente. Su pelo volvía a ser negro y voluminoso, el blanco níveo había dado paso al negro más absoluto.
Por último, su rostro mostraba la madurez que la vida le había enseñado pero seguía siendo joven y atractivo, giró varias veces el cuello para cambiar el ángulo, vanagloriándose, tras muchos años de decrepitud, de su aspecto. Con la mano que había llevado al pecho retiró el pelo que le cubría parte del rostro y acercó la cara más al espejo. Como si de una ilusión se tratase, ahí estaban sus ojos, todo lo que era, lo que había sido y sería, era gracias a esos ojos.
Con la otra mano delineó el párpado inferior de su ojo izquierdo, al llegar al final, éste se tornó de un rojo sangre y a su alrededor aparecieron tres tomoes. Ante esa imagen, una sonrisa de medio lado apareció en su boca. Los ojos de Eien volvieron a cambiar, ahora mostrando círculos perfectos unidos entre ellos, parecidos a diminutos cometas, en el lugar de los tomoes. La sonrisa se le ensanchó más.
Se tocó con ambas manos las mejillas y, una vez más, sus ojos volvieron a cambiar, unas gruesas líneas unían ahora los pequeños cometas al borde exterior de su iris. Lo que parecía el comienzo de una risa empezó a hacer despertar a sus cuerdas vocales doloridas por los innumerables gritos que había proferido su garganta durante su rejuvenecimiento.
Finalmente, a voluntad de Eien, los ojos rojos cambiaron su tonalidad por una violeta, los cometas desaparecieron, dando lugar a círculos concéntricos perfectos que ocupaban no solo el iris, sino todo el ojo. Una risa gutural y grave comenzó a vibrar dentro de su garganta llegando al exterior de manera tímida y poco a poco fue siendo más clara.
Orochimaru y Kabuto temblaban ante la imagen reflejada de esos ojos. Poseía, no sólo el temible sharingan en todas sus posibles variantes, sino el poderoso rinnegan. Ambos se miraron entre sí expectantes de la siguiente reacción del hombre.
En un abrir y cerrar de ojos, el rinnegan había desaparecido, dejando paso de nuevo a los iris negros en un rostro ahora serio. Eien hinchó su pecho de aire tanto como pudo y lo soltó en una única bocanada. Trató de calmarse la emoción que le embargaba sólo era comparable a sus niveles de chakra. Se dio un último vistazo en el espejo y se dijo a sí mismo para tratar de convencerse de una vez por todas:
-Yo soy Madara Uchiha.
