Cuando Antonio se miró en el espejo, vio el reflejo de la noche que había pasado sin dormir. La mente se hundió en un remolino de dudas, preguntas sin respuesta, escenarios trágicos. Y es que, esta vez, a diferencia de las otras, había mucho más en juego. Después de que su anterior novio lo dejara por teléfono, Francis se había convertido en su sombra. Si no lo sacaba de paseo o se presentaba en casa para prepararle la cena, le llamaba o mandaba mensajes. No acabó de hundirse en el lodo porque Francis estuvo allí para tenderle la mano y guiarle. Pero parecía haber algo más en aquellos ojos que lo miraban incluso cuando no se daba cuenta.
Hacía un par de días, Antonio se había encontrado a su ex en el supermercado, con otro hombre. Aunque embotelló en su pecho la ira, el despecho que incluso a él le sorprendía, cuando estuvo con Francis lo dejó ir todo. El pesimismo le agarró de la mano y se lo llevó a la sombra más oscura de su corazón. Francis le dirigía aquella mirada que durante unos días había pretendido no haber visto.
—A lo mejor las cosas no te salen bien porque estás mirando donde no debes. Buscas fuera lo que, quizás, está más cerca de lo que crees.
—¿A qué te refieres? —preguntó Antonio, desorientado.
Francis esbozó una sonrisa apagada, frágil, como el cristal que está a punto de reventar. No dijo nada, sólo señaló con las dos manos su propio cuerpo. El impacto de un mundo que se abría lo dejó sin habla y Francis aprovechó para presentar sus argumentos. Al chico que había sido su amigo desde hacía muchos años, con el que había compartido travesuras y momentos de tristeza, de repente lo veía como un hombre con el que poder entablar una relación. Francis le dijo que podían tener una cita, probar, sin compromiso. Así que para eso se estaba preparando y por el mismo motivo no había dormido la noche anterior.
Cuando se encontró con Francis se dio cuenta de que no sabía cómo saludarle. Al final se decantó por un abrazo y se asustó al pensar en que pudiera notar sus latidos acelerados. La cena no fue mucho mejor y Francis, hacia el final, dejó escapar un suspiro mientras se masajeaba una sien. Antonio miró al mantel blanco cargando el peso de la culpa. A lo mejor para ellos no hacía falta que pasasen meses: a lo mejor Antonio lo podía fastidiar antes de tiempo.
—¿Y si nos hemos equivocado? —preguntó Antonio mientras sus manos frotaban la servilleta.
—¿En qué? —dijo Francis, extrañado, devolviendo la mirada hacia su amigo.
—En esto, en tener una cita. Míranos: no diría que estemos fluyendo. Nunca había estado así contigo.
Francis abrió la boca pero la cerró de inmediato. Se irguió en el asiento, se acercó hacia la mesa y puso las manos en ella. En sus ojos brillaba la certeza, una valentía que en él no era muy usual.
—No pretendo que me veas como a alguien de quien te puedes enamorar de la noche a la mañana, Antonio. Es normal. ¿Que me hubiera gustado que fuese perfecto? Por supuesto. ¿Que voy a rendirme porque creo que nos hemos equivocado? Ya te lo puedes sacar de la cabeza. Por ti, Antonio Fernández, estoy dispuesto a subir al mismísimo Everest. Así que perdona por esta mala cita y por las que seguramente todavía tendremos. Te pido paciencia: porque voy a demostrarte lo que una relación conmigo puede ser y, querido, te va a explotar el cerebro.
