Siento mucho el retraso en la actualización, pero por fin aquí está ^^ espero que disfrutéis el nuevo capítulo. Por último siento deciros que volveré a tardar en actualizar al menos una semana T.T espero que no dejéis de leer por ello.
Capítulo 32
Kakashi abandonó la casa con las manos en los bolsillos de su pantalón y algo cabizbajo. No pensaba hacia donde le llevaban sus pasos pero no iban en la dirección en la que se encontraba la casa de Yamato. Cuando paró frente a las grandes puertas, siempre abiertas, observó el panorama que se abría ante sus ojos.
Filas y filas de pequeñas lápidas se extendían a sus pies, iluminadas con pequeños faroles, contrastaban con el verde de la hierba que crecía alrededor y en el centro de todas ellas la Piedra de los Héroes. Un monumento en homenaje a los shinobis que cayeron en batalla o durante alguna arriesgada misión. Se acercó a la efigie con forma de llama. Alguien había dejado a sus pies dos rosas blancas en recuerdo de alguien que ya no estaba.
Pensó en Obito, en cómo murió y en lo presente que le tenía desde entonces y más aún desde que Mara había entrado en su vida. Sus preguntas sobre su sharingan, los sueños en los que aparecían en situaciones poco habituales y nada convencionales.
-¿Qué tal estás viejo amigo? –Preguntó al aire como si fuese a contestarle alguien.
Ahora entendía cómo se había sentido respecto a Rin, cuya tumba no estaba muy lejos. La necesidad de proteger a alguien, la necesidad de la cercanía, el simple hecho de verla cada día. Durante muchos años había pensado que eso los hacía débiles y vulnerables, pero había comprendido, tras todos esos años, que era lo que realmente les motivaba. Por otra parte, siempre pensó que Rin tenía a Obito como a un buen amigo y que sus ojos estaban posados en él, aunque él, en aquel entonces sólo tenía ojos y corazón para cumplir con las misiones que le encomendaba el Hokage. Cuánto tiempo desperdiciado.
Como movidos por el recuerdo, sus pies le llevaron ante la tumba de Rin, estaba algo olvidada y no tenía flores que la adornaran, tan sólo la fría piedra bajo la que descansaban sus restos. Se arrodilló y comenzó a retirar algunas malas hierbas que crecían junto a la lápida. Trató de limpiar la tierra que se pegaba a cada pequeño resquicio. Al menos ahora se leía claramente: Rin Nohara.
Sonrió a la vez que la imaginaba devolviéndole la sonrisa, de nuevo el sueño que había tenido se hizo presente opacando el inocente recuerdo de cuando tan sólo eran unos niños. De no haber sucedido la tragedia quizá el sueño no sería un sueño sino la realidad de su día a día, tarde o temprano se habría dado cuenta de sus sentimientos. Pero él mejor que nadie comprendía que no se podía vivir anclado al pasado. Un pasado que no iba a cambiar, pero que no puede impedir que se avance hacia el futuro. ¿Podía tener un futuro con Mara? ¿En qué pensaba otra vez? Desvariaba.
-Deséame suerte, -susurró. –Espero que me perdones por lo necio que fui y por no verte más allá de la misión que nos encomendaban.
Se levantó sintiéndose más en paz consigo mismo. Tan sólo le quedaba una lápida por visitar. Ésta se encontraba en un lugar más apartado del cementerio. Hacía demasiado que no iba a visitarla y éste momento le pareció el mejor. Quería deshacerse del lastre de su pasado, mirar con nuevos ojos hacia delante. Durante mucho tiempo se negó vivir más allá de la Aldea, el Hokage y las misiones que le encomendasen, pero en apenas dos semanas todo eso se había ido al traste.
Se sentó junto a una pequeña lápida maltratada por el tiempo y el clima donde a duras penas podía leerse Sakumo Hatake.
-Hola, viejo Colmillo, espero que no pienses que me he olvidado de ti, -dijo Kakashi dando unas suaves palmadas a la lápida de su padre. -¿Por dónde empezar?
Paró de hablar, realmente no sabía qué quería decir, ni si realmente alguien le estaba escuchando. Decidió cambiar su hilo de pensamientos. Tenía que mantener la mente despejada para el examen de mañana. Estar atento a los detalles, detectar si alguno de los aspirantes trataba de hacer trampas. Debía tener los ojos bien abiertos para ver los detalles de los jutsus y su ejecución, pero sobre todo, quería estar bien despierto en caso de que alguno de ellos tratara de hacerle algo a su alumna, aunque ello supusiese quedar apartado de los exámenes por trato de favor hacia una de las postulantes.
Se levantó de la hierba y se quedó en pie unos minutos más en silencio frente a la lápida rindiéndole homenaje.
-Espero que estés orgulloso de mí, -dijo en voz baja.
Se giró y deshizo el camino hacia la entrada. Las luces artificiales iluminaban el tétrico ambiente. Decidió que ya estaba bien de reencuentros con el pasado por ese día. Inspiró profundamente cuando volvió a pisar el pavimento de la calle y soltó el aire rápidamente para limpiar de alguna manera sus pulmones.
Volvió a meter las manos en los bolsillos haciendo tintinear las llaves que le había entregado Yamato. Había pensado dormir en uno de los barracones libres de ANBU, pero la idea de estar sobre una cama en condiciones le pudo. Cambió de dirección y se dirigió hacia el barrio Senju. Desde que entró en ANBU los ingresos económicos de Yamato habían crecido exponencialmente, pudiendo permitirse cambiar de alojamiento. Cuando le conoció vivía en un pequeño departamento de una sola habitación reservada para el excusado en la zona más barata y apartada de la aldea, la más cercana al Monumento de los Hokages. Pasados unos años se mudó a una zona más céntrica, mejor comunicada con la torre del Hokage. Pero ahora se podía permitir una casa en la zona alta de la margen derecha del río, cerca del barrio Senju, una de las mejores zonas para vivir.
Llegó a la dirección, abrió con cuidado la puerta y observó la estancia. No poseía demasiados detalles y los pocos que pudo atisbar eran de un estilo madera muy propio de la zona y del mismo Yamato.
Se dirigió a la habitación de invitados, donde ya había estado en otras ocasiones en las que volvían de alguna misión y debían estar presentables para aparecer ante el Hokage. Ya que por la cercanía con la residencia del mismo era mucho más factible asearse allí que desplazarse hasta su propio departamento o a las dependencias de ANBU.
Cogió algo de ropa límpia de un cajón y se dirigió al cuarto de baño. Se daría una ducha rápida y se metería pronto en la cama, mañana sería un día importante. En su interior pedía al Sabio de los Seis Caminos que hiciera que Mara llegara a tiempo para el examen sin problemas ni contratiempos.
Entró en el amplio baño, decorado en tonos beige y madera blanca para no desentonar demasiado con el resto de la casa. Había una amplia bañera, la inspecionó con más detenimiento y observó que era una de esas con hidromasaje. La idea se formó rápidamente. Comenzó a llenarla de agua mientras se desahacía de la ropa. Dejó la acreditación de examinador sobre el lavamanos y esperó a que se llenara pacientemente.
El potente caudal de agua hizo subir pronto el nivel, permitiéndole entrar pronto en el agua caliente. Estaba algo más caliente de lo habitual, supuso que los hábitos de Mara de tomarlo todo a temperaturas infernales se le estaba pegando. Sonrió. Otra vez se colaba sus recuerdos y en su memoria y no hacía ni un par de horas que la había dejado en su cama dormida.
El shinobi vertió algo de gel en el agua y conectó el hidromasaje. Al instante miles de burbujas comenzaron a bullir bajo él rozándole por todo el cuerpo. Y poco a poco el gel fue generando una densa espuma en la superficie que inundaba su nariz de un olor fresco y relajante. Se dejó ir dentro de esa sensación de caricias.
En otro lugar, un enmascarado se quejaba por las molestias que le ocasionaba el cuerpo de su huésped. Debía alimentarlo, hidratarlo y lo peor de todo, asearlo. En esos momentos deseaba poder devolverle por completo la consciencia para evitarse esa tarea pero temía que no pudiera volver a controlarle, así que sólo le permitía un nivel mínimo.
Desvistió por completo a su huésped, incluyendo la nueva máscara blanca que portaba, y esperó desnudo a que su mitad blanca lo tuviese todo listo. Mientras esperaba, era capaz de percibir la leve agitación que la conciencia reprimida hacía por liberarse. Decidió ver a qué se debía tal agitación. Se concentró y antes de tomar contacto con la mente de su huésped la voz de Zetsu blanco le avisó de que ya estaba todo preparado.
Zetsu blanco se hizo a un lado y le dejó paso al baño. Cuando estuvo en el interior cerró la puerta y se marchó, dejando al otro lado de la puerta a su mitad negra.
Tenía que reconocer que el lugar olía bastante bien, era un olor cítrico que, contra todo pronóstico, no le resultaba desagradable. El vaho que desprendía el agua caliente se pegaba al espejo de la estancia haciendo que se empañara y difuminara su reflejo.
Introdujo primero una pierna y luego la otra, había visto a los miembros de Akatsuki hacer eso en su empeño por aprender comportamientos humanos. Ahora debía agacharse hasta quedar sumergido en el agua espumosa. Lo hizo, la sensación no le desagradó demasiado, aunque sólo lo percibiera en la mitad dominante en la que se encontraba adherido. Podía darse un respiro, controlar continuamente un cuerpo era algo que ponía tenso a cualquiera.
Reposó la cabeza en el borde a la espera de que el calor relajara los músculos de su huésped y eso le facilitara su control. Muy al contrario, la conciencia de ese infeliz volvía a retorcerse. Conectó con él, de nuevo esas extrañas visiones a las que llamaba sueños, que no eran más que reminiscencias mezcladas con anhelos y vivencias que se entrelazaban para dar imágenes de lo más asombrosas. Al parecer su huésped volvía a soñar con la chica y lo cierto era, que esos sueños prometían ser dignos de contemplar.
Pensó en pasar inadvertido, quería dejarle creer que no era observado para que actuara con libertad y naturalidad. Pues cuando él era consciente de que el sueño era visto por Zetsu negro comenzaba a tornarse en pesadilla, haciendo que su estado de ánimo cambiase y se mostrase hostil a su presencia lo que dificultaba su control.
Oculto en las sombras que rodeaban el lugar empezó a ver cómo se desarrollaba. Se veía a su huésped de pie, con el cuerpo desnudo y esperando a que la bañera de gran tamaño, más parecida a una piscina, se llenara por completo.
La imagen cambiaba, ahora le veía recostado en la misma posición en la que se encontraba su cuerpo fuera de ese sueño, con la cabeza echada hacia atrás y cada brazo extendido y reposando sobre el borde, para su sorpresa, se soñaba con la anterior máscara que portaba, la espiral naranja de un solo ojo visible.
-¿Esto es todo? –Se preguntó. -¿Tanta agitación por un baño en un sueño?
Kakashi empezó a sentir demasiado calor, provocado por la temperatura del agua y pensamientos que iban y venían. Sacó los brazos y los colocó a cada lado de la bañera para tratar de regular la temperatura.
Mucho mejor, se dijo.
Tamborileó con los dedos en el borde y esperó a que le volviera ese estado de letargo en el que se había envuelto. Las burbujas seguían danzando a su alrededor y provocando ese ruido que le adormecía.
Abrió los ojos y vio que la espuma que se acumulaba en la superficie empezaba a elevarse. Al principio se asustó cuando vio aparecer entre la espuma blanca dos ojos negros fijos en él. Luego la expresión cambió a una sonrisa, la imagen de ver su cabeza emerger con una pequeña montaña de espuma a modo de gorro le resultó divertida.
La propietaria de esos ojos los entrecerró sonriendo también bajo el agua, soltó aire provocando más burbujas en un gesto inflantil que su mirada no acompañaba, más bien era una mirada de un depredador al acecho. Finalmente, sacó la cabeza completa del agua.
Gracias a su sharingan podía ver con detalle cada una de las gotas de agua que escurrían desde su pelo, por su frente y sus mejillas, hasta gotear de nuevo hasta la superficie del agua desde su barbilla y sus labios.
Através de su único ojo llegó a su cerebro la imagen que tenía ante sí. Del agua negra en la que estaba sumergido rompía la superficie un bello rostro que le miraba a la espera de algún movimiento. Se avergonzó de sí mismo, por no saber cómo reaccionar, qué decir o qué hacer, a pesar de esconder su rostro tras la máscara sabía que sus mejillas se le habían coloreado y no por el calor del agua.
Hundió los brazos en el agua en un intento por esconderlos, aun en sueños, se avengonzaba de mostrarse ante ella, aunque fuese algo tan simple como sus brazos. Desvió la mirada hacia su abdomen, en contraste con su piel blanca vio, como si de raíces o algas marinas se tratasen, unas hebras negras que se acercaban a él. Temiendo que la visión del Zetsu negro volviese, atrapó esas hebras negras entre sus dedos y los sacó del agua, comprobó que no era otra cosa que el cabello de la joven quien se había acercado más a él. Volvió a sumergir las manos para liberar su pelo. La notaba cerca pero sin llegar a rozarse si quiera, a cambio, ahora podía ver sus hombros, el corazón que creía muerto se aceleró.
Ella acortó la escasa distancia que les separaban. Estaba una vez más a horcajadas sobre él, y con el torso fuera del agua. Lo único que se ocultaba de su mirada lo cubría la larga melena negra pegada ahora a su piel. No movió ni un músculo ante su acercamiento por temor a que se desvaneciera, tan sólo se permitía observar y desear en silencio tras su máscara.
Kakashi agradeció el acercamiento, con él, el aire dentro de cada burbuja que le rozaba provocaba una lujuriosa quemazón en todo su cuerpo. Quería ver ese cuerpo de cerca, retenerlo con todo lujo de detalles gracias a su sharingan aunque fuese producto de su imaginación. Llevó las manos hacia sus hombros y con un lento movimiento retiró hacia atrás el pelo que cubría sus pechos.
Ella observaba quieta el trabajo de sus manos sin oponer resistencia y sin un solo gesto de disgusto que le indicara que debía parar. Retiró las manos para contemplar esa parte de ella. A la vista se antojaban turgentes, suaves y seguro que agradables al tacto. Creía que no sería capaz de cansarse nunca de mirarlas, pero se obligó a volver a mirarla a la cara. Ella inclinó la cabeza hacia un lado mientras sonreía de lado divertida.
Fue todo lo que necesitó. Separó la espalda de la bañera y se abalanzó sobre sus labios mientras que una de sus manos la sujetaba desde la nuca para evitar que se retirara mientras acariciaba la mejilla húmeda con el pulgar, la otra la retenía por la cintura contra él apretándola contra su entrepierna. Ella correspondió a su beso abriendo la boca para que sus lenguas jugaran.
El enmascarado seguía inmóvil tan sólo con la mirada perdida en su cuerpo. Sin esperarlo, fue ella misma la que, ante su indecisión, retiró la melena hacia detrás de sus hombros y le regaló la imagen más maravillosa que había visto hasta ese momento. Hundió sus manos en busca de las suyas y las colocó en su cintura, estaba invitándolo a tocarla. Levantó la cabeza para mirarle directamente al agujero en la máscara, ladeó la cabeza y mordió su labio inferior tratando de disimular una sonrisa traviesa.
Seguía inmóvil, sus músculos no respondían. De nuevo, ella volvió a tomarlo de las manos y las subió un poco más arriba con la esperanza de que él continuase el ascenso por su cuerpo.
No fue así.
La frustración empezaba a hacerse notoria en ella. Optó por pegar por completo su cuerpo al de él con la intención de besarle, hasta que, a pocos centímetros de su cara, fue consciente de la máscara anaranjada que le impedía el acceso a sus labios. Soltó una risita y dirigió una de sus manos hacia su máscara con la intención de retirarla. Antes de que esa mano llegara a cumplir su propósito, la de él la detuvo, lo que provocó que ella lanzara un gemido de queja y protesta y frunciera el ceño. Con su otra mano acunó su rostro contrariado a modo de disculpa. Ella retiró el rostro bruscamente y con enfado y se separó de él deshaciendo el contacto.
A su espalda, oyeron un chapoteo lo que hizo que se volviera a observar de dónde venía. Como si de una imagen reflejada se tratase, al otro extremo estaba Kakashi, en la misma postura que él con los brazos abiertos dispuesto a recibirla entre ellos. Tenía su mangekyo sharingan de un rojo intenso pasando de uno a otro y sin su máscara característica cubriendo la mitad de su cara. Se mostraba tal cual era ante ella, sin vergüenza ni pudor, sin secretos.
Desde su posición podía ver a la chica cómo paseaba sus ojos por el torso bien trabajado de Kakashi, miraba sin miedo su mangekyo sharingan y empezaba a darse por completo la vuelta para dirigirse hacia él. Viendo sus intenciones decidió que tenía que decirle algo.
-No me dejes, -susurró en un tono de súplica. Fue lo mejor que se le ocurrió y lo peor fue que no sonó nada convincente, aunque fue suficiente para hacer que ella volviera a mirarlo.
Viendo su intento de jugada, Kakashi también habló, entendió que lo mejor era lanzar una pregunta para que se viera obligada a responderla.
-¿Quién es? –Preguntó con inocencia.
La joven seguía mirando su máscara con unos ojos tristes. Notaba cómo la respuesta a esa nada inocente pregunta subía por su garganta. Separó los labios y comenzó a tomar aire para formular la respuesta. Antes de que pudiera emitir ninguna palabra, un quejido salió de su boca, otra vez ese rictus de dolor. Bajó su cabeza para mirar hacia donde venía ese dolor, el agua empezaba a teñirse rápidamente de rojo. Trató de retirarse pero sus brazos y piernas no le respondían, tan sólo podía sujetarse el abdomen en un triste intento por contener el sangrado, temió ahogarse.
Los brazos fuertes de Kakashi la agarraron desde atrás y tiraron de ella con fuerza separándola de su agresor. Otra vez esa media sombra negra con su tétrica sonrisa y el kunai en la mano se interponía entre el enmascarado y ella.
-¡No! –Gritó de nuevo tratando de apartar la sombra para intentar alcanzar a la joven. Vio a Kakashi colocar su mano sobre las de ella para ayudarla a contener la hemorragia. Ella tenía la cabeza recostada sobre su hombro aunque seguía mirando al enmascarado con una pregunta en los labios: ¿por qué?
Una vez más se desvanecieron en lo que parecía una distorsión provocada por el Kamui quedando solo junto a la sombra negra y el kunai goteando una mezcla acuosa de sangre.
Trató de agarrarla y hundirla y ahogarla, pero nada de lo que había allí era corpóreo de manera que sus manos la atravesaron sin más.
-Vaya, vaya, aún pensando en esa chica y aún no comprendes que el final siempre será el mismo, -dijo con esa sonrisa sardónica. –Aún no has entendido que no puedes cambiar lo que hiciste y que siempre te perseguirá en tu conciencia. Y lo mejor es que ella murió pensando que eras tú quien la mataba.
Después de esas palabras el cuerpo de su huésped despertó y el Zetsu negro decidió que ya había disfrutado suficiente por ese día torturando su mente.
Kakashi casi podía sentir el calor de su cuerpo a pesar de ser sólo una ensoñación. Con sus manos memorizaba cada curva de su cuerpo casi mejor de lo que lo haría su sharingan. Continuaban besándose. Lo tenía decidido, quería continuar con eso más allá, se separó para mirarla y pedir permiso. Allí estaba, frente a él, con la boca entreabierta para tomar aire y los labios hinchados por el roce. Entre ellos, pudo ver esos caninos que había visto en el campo de etrenamiento. Se asustó, temía que se descontrolara, que su chakra le quemase y, lo peor de todo, es que no le importaba arder. Antes de que pudiera objetar algo a su nuevo aspecto, ella ya había colocado una mano en su pecho para mantenerlo recostado contra el borde mientras que la otra la dirigió a su rostro. Por el camino pudo ver las uñas afiladas que también había visto durante la meditación. No se movió para evitar el contacto.
Ella con un dedo paso lentamente la afilada uña a lo largo de la cicatriz que llevaba desde hacía tanto tiempo obligándole a cerrar el párpado para proteger instintivamente su sharingan. El sharingan de Obito. Con su otro ojo seguía mirándola hasta que terminó de recorrer la cicatriz por completo. Dejó su mano sobre su rostro y le obligó a girar la cabeza hacia un lado. Se acercó a pocos centímetros de su piel, podía sentir cómo aspiraba su olor y soltaba el aire caliente entre sus dientes y contra su mejilla. Para su sorpresa, abrió un poco más la boca, sacó la lengua y le lamió desde la línea de la mandíbula hasta el pómulo.
Ante su acción, cerró los ojos cortando todo contacto visual con ella y se deleitó atesorando el recuerdo de su lengua, caliente y húmeda, contra su mejilla. Cuando los volvió a abrir estaba de nuevo en el baño de Yamato. Empezaba a preocuparse por sus sueños y fantasías. Definitivamente, tendría que dejar durante una buena temporada los libros de Jiraiya puesto que no se sentía capaz de dejar de ver a su alumna una temporada.
