Aquella noche, Antonio quería que todo saliera a la perfección. Justo hacía un mes que empezó a salir con Francis y estaba decidido a demostrar lo que esos días habían significado para él. Sus dudas del inicio habían desaparecido. Francis tenía razón: le había demostrado que era el indicado para él y le había explotado la cabeza ver lo bien que se complementaban. Una vez dejó atrás las dudas, el miedo a que su amistad de tantos años se fuese al carajo por intentar algo más, se dio cuenta de que estar con él era fácil.
Así que para su aniversario había planeado una cena romántica en casa: comida casera, velitas, música lenta… Todo el pack. Cuando el timbre sonó, todavía estaba acabando de preparar el plato principal. Había encontrado una receta francesa que recordaba que a Francis le gustaba, así que quería sorprenderle con el sabor de su tierra natal. Corrió a abrir, con el delantal cubriendo parte del atuendo elegante con el se había engañando hacía pocos minutos. Francis, al otro lado, le devolvió la sonrisa y le tendió un ramo de rosas.
—Feliz aniversario, Antonio.
Recogió el ramo contra el pecho y percibió el olor de las flores. En cuanto la puerta se cerró, Antonio se acercó a Francis, apartó el ramo a un lado y le besó con pasión. Ya no había recato o dudas: los labios de Francis eran un hogar al que estaba encantado de regresar. Notó las manos de Francis recorriendo su espalda. Acabaron ancladas en su trasero y eso le despertó la libido. Esta vez, puede que no pasaran ni del recibidor. Francis habló contra sus labios, sin querer despegarse de ellos.
—¿A qué huele? ¿Tienes algo al fuego?
—¡MIERDA!
Antonio se despegó y salió corriendo hacia la cocina. La sartén con el plato principal estaba ardiendo y el fuego amenazaba con salirse de control. Maldiciendo con la boca de un pirata, Antonio zarandeó el trapo sobre las llamas, intentando en vano sofocar el incendio. Por suerte, Francis llegó, agarró el extintor que él había olvidado y apagó el fuego. El corazón de Antonio se le hundió; se apresuró a ver si podía salvar algo de la cena, pero en vano. Sólo el acompañamiento y porque estaba en el horno apagado. Las ganas de llorar le enturbiaron la mirada. Tiró el trapo sobre la encimera y se sentó derrotado en una de las sillas. ¿Por qué lo arruino todo? Quería que fuera perfecto y mira… Casi quemo la casa.
Francis se agachó delante de él y, como no lo miraba, le agarró de las manos.
—¿Tú estás bien? ¿Te has quemado? —le preguntó Francis dulce.
—No me he quemado. Estoy bien, pero la cena… Es nuestro aniversario y yo…
—Shh… No necesito nada más. Si estás bien y a mi lado, la noche ya es perfecta. Es más, ¿sabes cómo podría mejorar?
La sonrisa juguetona de Francis desterraba los pensamientos oscuros y tristes de Antonio.
—¿Cómo?
—Si pudiera cocinar junto al novio más atractivo de todo el planeta. ¿Te parece buena idea?
—Me parece una idea perfecta —respondió Antonio, con una sonrisa resignada. Francis sabía sacarlo a flote cuando se hundía sin remedio.
—Toma ya, me ha tocado la lotería —celebró Francis.
Antonio se rió, apoyó las manos en sus mejillas y le dio un beso.
—Te quiero.
El rostro de Francis pasó de la sorpresa a la dicha en cuestión de un par de segundos.
—Y yo a ti, Antonio.
31. Fuego / No es culpa tuya
