Aquel año, Antonio y Francis se habían vuelto locos. Estoy cansado de ser pobre, le había dicho Francis cuando le regañó por comprar otro décimo de lotería. Sus sueños de futuro necesitaban mucho dinero y rogarle a la diosa fortuna les parecía la manera legal más rápida de conseguirlo. Además, una vez sus amigos o compañeros se dejaban llevar por el espíritu navideño, les costaba mucho resistirse al canto de sirena.

Aquella mañana, ambos estaban en casa de vacaciones. Antonio, con su pijama gris, despeinado, había sacado de la jarra de cristal los boletos de lotería, las participaciones de barrio y las había distribuído sobre la mesa café que tenían frente al sofá. Curiosamente, Francis se levantó más tarde y se encontró a su novio con el mentón apoyado en sus manos y los codos hincados sobre sus propios muslos. Casi parecía un demente.

—¿Ha empezado?

—Sí, aunque todavía no ha salido ningún premio grande.

Francis le dio un toque con la pierna y se sentó en el hueco que le hizo Antonio. Sus ojos pasearon por los papeles y notó que un nudo le estrujaba el pecho.

—¿Tantos hemos comprado?

—Hemos gastado un dineral —respondió Antonio sin apartar los ojos de la pantalla—. Más vale que nos toque la devuelta de, al menos, la mitad.

Francis lo miró de reojo y decidió tomar cartas en el asunto. Dejó las manos en los hombros de Antonio y tiró de él para hacerle retroceder. Ambos se apoyaron en el respaldo del sofá y los brazos de Francis envolvieron a Antonio.

—Venga, no me gusta cuando te pones tan tenso. Das miedo y no del que te sienta bien.

Antonio dejó ir el aire que tenía en los pulmones y apoyó la cabeza sobre el torso de Francis. De reojo veía a los niños sacando las bolas de los enormes bombos. Suaves caricias sobre su pelo lo fueron relajando.

—¿Qué vamos a hacer si no ganamos nada? —preguntó Antonio en un hilo de voz.

—Creo que deberíamos hacer lo mismo que si ganáramos: celebrarlo. Saldremos a comer fuera y celebraremos que o somos asquerosamente ricos o que, al menos, tenemos salud y el uno al otro.

—Es raro verte tan optimista. Sueles ser el más negativo de los dos.

—Cuando te pones en ese rol, es mi deber tirar del carro, cheri.

El cosquilleo en el estómago le hizo alzar la mirada. Francis se la devolvió con una sonrisa cálida, cariñosa, aunque comedida. Antonio estiró los brazos y le tomó de las mejillas para acercarlo y darle un beso.

—También se me ocurren otras maneras de entretenernos para que la espera no sea tan tortuosa —comentó Francis con una sonrisa ladeada.

—Cochino —respondió Antonio risueño.


10. Fortuna