Capítulo 35

Mara caminaba con lentitud apartando matorrales y arbustos hasta llegar a lo que parecía un discreto sendero que le facilitaba bastante el avance. Observaba su alrededor. No oía nada, lo que le indicaba que estaba muy lejos de cualquier otro equipo.

La humedad en el bosque era elevada, la hacía sudar y que la ropa se le empezara a pegar al cuerpo. El hecho de poseer el chakra de fuego no ayudaba en esas condiciones climáticas.

Caminó durante lo que le parecieron horas, a pesar de no haber sido más que unos minutos. Se detuvo y se quedó quieta en completo silencio. El crujir de una rama podía indicar la cercanía de alguien o de algo. No era difícil adivinar que ahí dentro había, además de trampas, animales salvajes.

Trataba de ir en línea recta hacia el centro del área, tenía un plan y conforme pasaban los minutos el cumplirlo era cada vez más difícil, por ello no debía desviarse demasiado de la ruta que había establecido.

A una distancia segura, Kakashi la seguía entre las ramas de los árboles más altos, con el fin de no ser descubierto. La vio detenerse en un remanso poco profundo de uno de los riachuelos que recorrían el bosque como si de pequeñas arterias se tratasen y que iban a desembocar al cauce principal.

-Deberías tener cuidado, Mara, -dijo para sí mismo. –No eres la única que viene a beber aquí.

Por su parte, Mara ya había hundido la cabeza en el remanso, buscando refrescarse la piel, limpiar algo del sudor y beber agua fresca. Mantuvo la cabeza hundida durante unos segundos. Kakashi sabía que ese comportamiento en campo abierto podía ser letal y ella estaba a punto de descubrirlo.

Sacó la cabeza con un sonoro chapoteo. Echó el pelo hacia atrás y se quedó de rodillas en la orilla, paralizada. Al otro lado del remanso, en la otra orilla, un enorme jabalí la miraba fijamente dispuesto a embestirla por profanar su territorio y, posiblemente, el de sus crías.

El enorme animal rascó el suelo con la pezuña levantando volutas de barro hacia atrás y agachó la cabeza, dispuesto a embestirla. Mara se irguió, tratando de aparentar la mayor envergadura posible, para tratar de amedrentarlo. El jabalí volvió a rascar el suelo con las pezuñas y gruñó amenazadoramente.

-Sal de ahí, ya, -murmuró Kakashi con un kunai en su mano derecha listo para lanzarlo y distraer al jabalí.

El animal volvió a gruñir, esta vez más fuerte, alertando a un grupo de genins que pasaban cerca. Mara pudo oírlos acercándose, si el oído no le fallaba había escuchado dos voces, lo cual la convertía en presa fácil. No estaba dispuesta a regalar su rollo de la Tierra al primer grupo que se cruzara con ella.

-Eh, amiguito, ¿por qué no vas a divertirte con ellos? –Le dijo al jabalí como si éste la entendiera. –No tengo tiempo de jugar contigo.

Kakashi admiraba que, por una vez, su alumna decidiera arreglar las cosas con palabras y no lanzando kunais, pero estaba convencido de que había elegido mal la situación y el oponente con el que negociar. Para su sorpresa, el animal se calmó, dejó de rascar el suelo y se encaminó riachuelo arriba hacia donde provenían las voces de los otros ninjas.

Tanto Mara como Kakashi soltaron el aire que habían estado conteniendo. Rápidamente, la joven salió corriendo siguiendo el pequeño cauce. Saltaba por encima de troncos caídos y esquivaba ramas bajas a toda velocidad. Kakashi seguía sus pasos sin dificultad por encima de ella.

Había recorrido una buena distancia, aunque todavía no había avistado el cauce principal. En su recorrido, había tenido que hacer varios rodeos para evitar cruzarse con otros shinobis. Intentaría no descubrir su posición a menos que fuese necesario.

Miró hacia arriba entre las copas de los árboles mientras recuperaba el aliento apoyada junto a un enorme tronco. Se llevó una mano al estómago y lo frotó. Resopló haciendo que su flequillo negro y rebelde se moviera con gracia.

-Yo también tengo hambre, -dijo en voz alta. –Lo que daría por un bol enorme de ramen.

Kakashi oyó sus palabras, ¿cómo que también? ¿A quién más se refería? Era imposible que le hubiese descubierto, entonces, ¿a quién iba dirigido ese también? Decidió seguir observando sin perder detalle. Se debatía entre usar o no su sharingan.

Mara sabía que, si debía aguantar ahí hasta el día siguiente, debía comer, de lo contrario sería un objetivo fácil para los otros. Su padre siempre decía que un ninja bien alimentado es un soldado bien dispuesto. Decidió que era hora de hacer un alto y proveerse de dichos alimentos.

Comenzó buscando algo de leña para encencer un fuego y poder cocinar lo que cazara. Observaba atentamente las copas de los árboles en busca de alguna rama muerta y seca para que prendiera mejor y, al arder, liberase menos humo que una verde y húmeda.

Subió con un par de saltos a uno de los vetustos árboles. La rama que le pareció indicada estaba despoblada de hojas y completamente marrón y muerta. A la altura a la que se encontraba, de haber aguzado un poco la vista habría visto a Kakashi agazapado no muy lejos de allí pero, concentrada como estaba en su labor, no prestó atención a los detalles.

Sacó de la bolsa que llevaba en la pierna uno de los kunais reglamentarios. Lo sostuvo en la mano sopensándolo. Kakashi miraba entre divertido e impresionado por las dotes de supervivencia que la joven estaba mostrando. ¿Eso se lo había enseñado su padre? Antes de que pudiera pensar en nada más, Mara imbuyó con chakra la hoja y la clavó en la unión con el tronco de la rama seleccionada. Extrajo el kunai y se quedó mirando la rama expectante, al igual que Kakashi.

Como si de un hacha invisible se tratara, la rama se desprendió con un corte limpio del tronco. Cayó al suelo con un golpe sordo y seco que por suerte no resonó en las cercanías. Mara volvió a bajar al suelo de un salto. Con el kunai en la mano repitió la misma técnica hasta reducir la larga rama en varas más cortas y poder apilarlas.

Kakashi entendió rápidamente la técnica que estaba empleando: con el kunai imbuido de su chakra de fuego, hacía que rodeara los anillos que conformaban la madera para separarlas y luego, para cortarla una vez en el suelo, aprovechaba las uniones entre vetas débiles para separarlas en cortes longitudinales perfectos. Una vez más, volvía a demostrar un control perfecto de su chakra.

A continuación, venía lo más difícil, conseguir comida de verdad. Tenía preparada la madera, podía hacer un katon en cualquier momento para prenderla, pero necesitaba la carne que la alimentaría durante las próximas horas.

Mara se sentó en el suelo, en una posición de meditación. Espalda recta y brazos sobre sus muslos, las piernas cruzadas y cerró los ojos.

-¿Esperas que la comida venga a ti? –Se preguntó Kakashi. –Me esperaba algo más.

De pronto de levantó de un salto. Miraba el suelo como si hubiese perdido algo. Iba de un lado a otro hasta que al parecer encontró lo que buscaba. Sacó otro kunai de la bolsa para asegurarse de que estaba bien afilado. Recogió una piedra del suelo con la otra mano y se situó a varios metros de un árbol que presentaba las raíces elevadas, conformando huecos. Lanzó la piedra a un punto concreto que, al parecer de Kakashi, no era más de un lugar al azar en el suelo. La piedra impactó con un golpe certero sobre otro tronco hueco. El sonido despertó al animal que estaba escondido dentro. Haciendo que corriera hacia la salida de la madriguera bajo el árbol de las raíces elevadas. Justo enfrente, con la mirada fija en el oscuro agujero y el kunai listo para lanzar estaba Mara agazapada.

Kakashi decidió liberar su sharingan, ¿cómo había sabido que estaba ahí? No hay huellas en el suelo, ni es una madriguera recién excavada. Su sharingan detectó un conejo de pelaje pardo salir corriendo asustado de entre las raíces del árbol. El animal aún no había podido alejarse ni siquiera un par de metros cuando el kunai hizo impacto en el flanco izquierdo, haciendo que rodara varias vueltas por el impulso.

-¡Lo tengo! –Exclamó Mara con un volumen contenido de su voz. Se acercó hacia su presa, la recogió, extrajo el kunai y acabó de un golpe tras las orejas con la vida del pequeño conejo. –Lo siento, conejito, la cadena alimentaria es así.

Se encaminó de nuevo hacia donde había dejado la madera preparada cargando en una mano ensangrentada el conejo muerto. Tal y como apreció Kakashi, no le importaba mancharse las manos. Por otra parte, estaba deseando ver cómo se las arreglaría para desollar el conejo. Cuando al Equipo Siete le tocó hacer su primera misión de supervivencia, cada uno de ellos se enfrentaron de maneras diferentes al hecho de tener que conseguir comida. Sasuke fue frío y eficaz, no pensó demasiado en la presa, sólo sabía que tenía que alimentarse. Naruto estuvo durante más de una hora con el conejo entre sus manos sin decidirse a acabar con él, hasta que, en un arranque de un hambriento Kurama, donde llegó a liberar una de sus colas, producto de la frustración, acabó con la vida del conejo. Por suerte, Yamato estaba con ellos y pudo tranquilizar al Kyūbi. Por otra parte, Sakura se negó en rotundo a comerse al señor Zanahoria, tal y como lo había nombrado, de manera que ese día pasó hambre y casi llegó a la aldea desfallecida al día siguiente.

Por su parte, Mara se había situado frente a la pila de madera, hizo rápidamente lo sellos y liberó un diminuto katón, más propio del primer intento de Obito por impresionar a Rin, pero suficiente para que los troncos comenzaran a arder. Se volvió hacia su presa, tenía que recordar cómo le había enseñado su padre a hacer eso.

Sujetó el cuerpo con la mano izquierda, con la derecha rajó de arriba abajo el vientre del animal muerto y extrajo las vísceras que cayeron al suelo entre sus pies. Luego retorció el cuello hasta soltar la cabeza, cortó los tendones fuertes con el kunai y dio un tirón rápido y seco para arrancar la piel hasta la mitad. Volvió a sujetar con fuerza y repitió la maniobra consiguiendo separar la piel por completo. Ensartó el cuerpo de animal en una fina rama y lo puso junto al fuego para que se cocinase.

Volvió al riachuelo para quitarse la sangre de las manos y volver a refrescarse el rostro y los brazos. Mientras tanto, Kakashi la seguía observando. Era una joven que no se dejaba amedrentar por las circunstancias. Tenía sus ojos puestos en una meta, que era conseguir el otro rollo, y estaba seguro de que iba a conseguirlo.

Mara se volvió al pequeño campamento que había establecido. El fuego seguía ardiendo con brío y el conejo estaba finalmente hecho. Lo apartó del fuego y comenzó a comer sin esperar a que se enfriara un ápice. Más que comerlo lo devoró como si de un lobo solitario se tratara, mientras miraba hacia todas partes en busca de alguien que se acercara a ella en ese momento de debilidad para dañarla o robarle la presa o el rollo. Nada de eso pasó. Terminó de comer, apagó el fuego cubriéndolo de tierra para que no humeara y volvió a beber por última vez al río. Cuando estuvo saciada volvió a seguir el cauce en busca del río principal.

Con cada paso que daba la luz iba desapareciendo. El sol empezaba a dejar paso a la luna y sus dorados rayos eran sustituidos por los plateados sobre el manto de oscuridad.

-Hay que darse prisa, -se apremió a ella misma. Apretó el paso, cerca de allí se escuchaba un cauce más grande, sin duda el río principal. Al fin había dado con él. Ahora sólo tenía que seguirlo hasta encontrar el edificio central donde se finalizaría la prueba.

Tal y como supuso, en la lejanía se apreciaba el pararrayos plateado que coronaba el tejado. La forma picuda se recortaba como una silueta negra a la luz de la luna. El cansancio y la tensión empezaban a hacer mella en ella. Por un lado, se alegraba de que, hasta ahora, no hubiese tenido que cruzarse con ninguno de los otros shinobis, mientras que, por otro, le preocupaba el hecho de perder oportunidades de conseguir el otro rollo para pasar la prueba.

Se obligó a desechar los pensamientos desalentadores y se enfocó en llevar a cabo el plan que había trazado en su cabeza para obtener el rollo del Cielo. En su mente, el plan no tenía defecto, se veía capaz de realizarlo perfectamente, de manera rápida y eficaz. Había entrenado para ello con el mejor.

Kakashi por su parte, seguía tras sus pasos a una distancia prudencial. Empezaba a sentir el estómago emitir una queja por el hambre, lo cierto, era que ahora el recuerdo de ese conejo asado le hacía salivar al recordarlo. Le hubiese gustado que pudiera haberlo compartido con él. Metió una mano en uno de los bolsillos de su chaleco y extrajo una píldora del soldado para mantener el hambre y el cansancio a raya. También empezaba a pensar que su alumna no tenía nada pensado. Había evitado el enfrentamiento con el equipo de ninjas que ahuyentó con el jabalí y, en esos momentos, se dirigía a la torre sin haber obtenido el otro rollo.

-¿En qué estás pensando, Mara? Empiezas a quedarte sin tiempo, -se dijo Kakashi sabiendo que quedaban menos de doce horas y que al menos necesitaría tres o cuatro hasta llegar a la torre, lo que le dejaba sólo unas ocho horas para tratar de localizar y obtener el rollo del Cielo.

Gracias por llegar hasta aquí, espero que os esté gustando. Nos leemos en el siguiente. Reviews. ON. Lamento las molestias de formato.