Muy buenas, antes que nada quería disculparme por los problemas técnicos del capítulo anterior, ya están solucionados. Gracias a las dos readers que me avisaron de ello ^^. Y, ahora sí, os dejo un nuevo capítulo, espero que sin inconvenientes.

Capítulo 36

En aquella habitación desprovista de decoración, Orochimaru y Kabuto aguardaban a que, el autonombrado, Madara Uchiha se dirigiera a ellos. Ninguno se atrevía a mover un músculo después de la revelación de su identidad, ni mucho menos a interrumpir su escrutinio sobre la superficie de aquel espejo.

Madara desvió la mirada de su reflejo hacia Orochimaru una vez que estuvo satisfecho con el resultado de lo que le mostraba el objeto de sí mismo y, con unas simples palabras, se pusieron en marcha.

-Espero que lo tengas todo preparado.

-Mi querido Kabuto ha elegido los mejores sujetos de mi colección para tu propósito y consiguió todo lo necesario de los mausoleos que indicaste, -respondió Orochimaru rápidamente saliendo del pequeño trance en el que se había sumido.

-Bien, comencemos, -dijo Madara cruzando los brazos sobre su pecho aún descubierto.

Los tres hombres salieron de la estancia en dirección a otra de las muchas idénticas que se encontraban repartidas a lo largo de los interminables corredores y galerías de la guarida subterránea.

Caminaban todos en silencio donde el sonido de los pasos retumbaba contra las paredes del corredor. Tras varios minutos andando, Orochimaru se paró frente a otra de las puertas con serpientes en bajorrelieve. Al parecer, las salas importantes estaban identificadas con esos ricos labrados en la superficie. Abrió una de las hojas y se echó a un lado y realizó una ligera inclinación de cabeza para que Madara pudiera pasar primero a la estancia. Gesto que utilizó para contemplar más de cerca algunos detalles cuando pasó frente a él. El torso descubierto con músculos marcados, hombros anchos, mandíbula definida, sin atisbo alguno de vello facial y el pelo negro ondeando tras él dejando una estela de su propio olor a su paso. Orochimaru se tomó la libertad de aspirarlo con disimulo, era realmente embriagador. Se relamió con su lengua serpentina como si pudiera degustarlo, cosa que no pasó desapercibida para Kabuto.

A diferencia de la otra sala esta estaba decorada con enormes candelabros de metal bruñido y de pie alto. Había diez iluminando la sala de manera uniforme con una vela en cada uno de sus diez brazos que imitaban ser serpientes. El olor a cera quemándose, aunque tenue, era apreciable a pesar de las numerosas y finas barras de incienso que se quemaban también al fondo, sobre un pequeño altar en un intento por purificar de alguna manera el aire.

En medio había dispuestas dos enormes piedras rectangulares de granito de un verde oscuro, a modo de aras, con la superficie perfectamente pulida y sin un solo defecto ni grieta. Estaban situadas una junto a la otra y equidistantes con el altar del fondo, recordaban a los lugares donde descansan los féretros antes de ser trasladados a su lugar de descanso eterno.

El conjunto de la habitación trajo recuerdos a la mente de Madara que le hicieron cerrar los ojos en un intento de que desaparecieran para poder concetrarse en lo que iban a hacer. En sus retinas estaba grabada la imagen del cuerpo sin vida de su hermano Izuna, dentro de aquella sencilla caja de madera, podía ver cada pliegue de la túnica blanca que hacía las veces de sudario, las manos céreas de Izuna cruzadas sobre su estómago y la venda de un blanco inmaculado cubriendo sus ojos para no mostrar las cuencas vacías.

La duda sobre llevar a cabo lo que estaban por hacer planeó sobre su mente como un halcón divisando su presa. Su orgullo le decía que no siguiera adelante, que ellos estaban bien donde estaban y como estaban. Muertos y bajo tierra. Por otro lado, los necesitaba si quería proteger y defender el último bastión de su mente y de su corazón, antes de que se transformara por completo en dura, fría y oscura piedra.

Mientras se debatía con sus demonios interiores. Kabuto y Orochimaru habían empezado con los preparativos. Por su parte, Orochimaru escribía sellos en un par de pergaminos y preparaba sellos de control sobre dos talismanes sin prestarle ninguna atención al ninja a sus espaldas sumido en su propio debate interno. Concentrado como estaba en su labor se sobresaltó cuando, tras unos minutos, volvió Kabuto arrastrando dos cuerpos que se agitaban tratando de liberarse de las cuerdas y las mordazas que los ataban e inmovilizaban.

Kabuto dejó a uno en el suelo, mientras cargaba al otro hasta situarlo sobre una de las enormes piedras graníticas. De no haberlo visto, Madara no habría apostado por que ese hombre tuviera la fuerza suficiente para cargar y levantar un cuerpo con la facilidad con la que lo hizo. No debía fiarse de ninguno de esos individuos, pues estaba seguro de que ninguno eran lo que aparentaban. Nadie se mostraba nunca tal cual era, sólo una serie de capas superpuestas unas sobre otras que nunca llegas a desentramar y ver el trasfondo real de una persona.

Volvió a por el segundo cuerpo y lo colocó sobre la otra enorme piedra. Se dirigió al final de la sala donde Orochimaru seguía concentrado en los sellos y le habló en voz baja para decirle que los sujetos estaban preparados. Orochimaru sacó de uno de sus bolsillos interiores dos frascos, de los cuales extrajo algo parecido a una pequeña piedra porosa y blanquecina. Situó cada una sobre uno de los pergaminos que había estado preparando y con unos sellos con sus manos consiguió que las pequeñas piedras se integraran en el sello dibujado sobre cada pergamino.

-Ya está todo listo para comenzar, ¿estás seguro de esto, Madara? –Preguntó como si saboreara el nombre al decirlo.

-Espera, -Madara se acercó a Orochimaru con una mirada intimidatoria. –Usarás mi chakra para realizar el jutsu, yo lo canalizaré en ti, así, cuando vuelvan, tendré el control sobre ellos.

-Bien, como desees, nuestro trato no especificaba nada de esto, pero no estoy interesado en tener el control, yo prefiero ser un mero espectador de todo esto, -dijo Orochimaru mostrando una sonrisa ladina. –Extiende tus manos.

Madara hizo lo que le pedía, no sin mostrar cierto recelo. El otro, sacó un fino estilete de uno de los pliegues de su ropa, se acercó a Madara y se lo mostró indicando con ello sus intenciones.

-Tu chakra, tu sangre, -explicó mientras cortaba las palmas de sus manos con movimientos rápidos y precisos. Madara no se quejó, no volvería a permitirse gritar de dolor después de haber estado en el infierno por la sustancia que le inoculó.

Tomó ambos pergaminos y los extendió completamente abiertos a lo largo y sobre los cuerpos de los dos sujetos atados sobre las piedras. Madara entendió entonces que eran piedras sacrificiales. Madara y Orochimaru se situaron entre las dos piedras y uno frente a otro.

-Cuando te lo indique, tienes que permitir que mi chakra fluya hacia a ti, de esa manera yo ejecutaré los sellos y tú los trasmitirás, -empezó explicando lentamente el de rasgos serpentinos. –A la vez, debes depositar tu sangre sobre los sellos de estos pergaminos, de lo contrario, no tendrás el control sobre ellos. Por último, cuando yo termine de hacer la transmigración, debes colocar estos talismanes de control dentro de ellos, así serás capaz de influir en la personalidad y, llegado el caso, si los extraes, finalizará el jutsu. ¿Te ha quedado claro?

Madara se lo quedó mirando desde la altura que le ofrecía su imponente figura. Asintió casi sin mover la cabeza. Extendió sus manos con una delgada línea de sangre en sus palmas, cada una sobre un pergamino a la espera de la señal de Orochimaru. Éste alargó una de sus manos con los dedos índice y corazón extendidos hacia la frente de Madara, quien de un rápido movimiento de cabeza esquivó el contacto.

-Tengo que hacer fluir el chakra entre nosotros, necesito estar en contacto contigo para ello, -explicó molesto Orochimaru ante la negativa del otro al contacto físico.

-No te atrevas a hacer ese gesto si no sabes lo que significa, -espetó el otro con un gesto de asco en su rostro.

-Los Uchiha sois muy raros… -añadió Orochimaru con cierto desdén. -¿Cómo pretendes que lo hagamos?

El hecho de establecer contacto con ese ser, repugnaba a Madara, pero debía haberlo para continuar con el maldito jutsu.

-En el brazo, -propuso.

-No, debe ser un lugar equidistante entre tus brazos, de lo contrario podría desestabilizarse el jutsu y salir mal, lo que nos llevaría al punto de partida de nuevo y no quieres eso, ¿verdad?

-En mi estómago, -ofreció Madara con la mandíbula tensa por empezar y los músculos apretados para tratar de soportar el contacto.

Orochimaru se puso frente a él, cerró los ojos y se concentró. Tras unos segundos juntó las palmas de sus manos y comenzó a hacer los sellos. Uno tras otro, despacio, asegurando la posición de cada dedo y los ángulos que debían formar sus muñecas, fue haciendo la larga relación de sellos que ese jutsu requería.

Cuando se acercaba al último abrió los ojos y asintió indicando a Madara que se preparase para canalizar su chakra en cada pergamino. Orochimaru volvió a poner las manos en la posición inicial e, inmediatamente y para su propio deleite, las puso sobre el duro estómago del otro.

Madara en ese momento, sintió los sellos hacer efecto y tomar la fuerza de su propio chakra. Colocó sus manos, aún goteando sangre de los finos cortes infligidos, cada una sobre uno de los pergaminos. Sobre éstos, aparecieron un círculo de invocación y, frente a él, la imagen espectral del Demonio de la Muerte, con su cuchillo preparado para segar la vida de sus sacrificios a cambio de liberar almas.

El demonio se inclinó sobre los cuerpos, ahora estáticos, de los que eran ofrecidos como sacrificio. Ambos estaban aterrorizados y paralizados por el miedo. De dos rápidos movimientos, cortó la unión de las almas con los cuerpos de los dos hombres y las engulló. Tras relamerse después de tragar las dos almas de los pobres sujetos de pruebas de Orochimaru, se dirigió hacia Madara, aún con las manos sobre cada pergamino, y le preguntó con voz de ultratumba:

-¿Qué almas quieres traer de nuevo a este mundo a cambio de tus sacrificios?

Madara lo miró orgulloso con una, leve pero apreciable, media sonrisa en la comisura de la boca y respondió con una voz alta y clara, que se extendió por toda la habitación.

-Las de Hashirama y Tobirama Senju.