Muy buenas otra vez mis querid s lector s siento estar tan ausente y no actualizar demasiado rápido, pero tampoco es que tenga demasiado tiempo últimamente. Os dejo un capítulo corto pero lleno de reencuentros, aunque aún no el que queréis, jejeje.
Capítulo 40
La luz de la luna iluminaba tenuemente la noche que se cernía alrededor de la guarida de Orochimaru, pero era incapaz de adentrarse en su interior. Los pasillos demasiados oscuros, tortuosos y demasiado profundos no permitían entrar a los tímidos rayos plateados.
El silencio y la quietud se adueñaban del lugar, tan sólo débiles crujidos y alguna voluta de humo salían de las llamas de las velas, cada vez más consumidas, que alumbraban la amplia estancia donde se encontaba el grupo de hombres reunidos.
Dos de ellos yacían aún inertes sobre las piedras sacrificiales donde minutos antes habían estado retorciéndose los cuerpos de los especímenes de Orochimaru. Otros dos estaban de pie junto a los cuerpos tumbados terminando el ritual de control. Y, por último, el ayudante que permanecía apartado en un rincón, alejado de los otros y observando cada uno de sus movimientos, registrando en su cabeza cada uno de los pequeños gestos y sellos que hacían.
-Casi hemos terminado, Madara, -dijo el artífice del jutsu prohibido. –Tan sólo debes terminar de colocar los talismanes de control. Cuando termines volverán a la vida y podrás decidir cuánta de su voluntad devolverles.
Madara se acercó primero a uno de los cuerpos con el talismán que le ofreció su interlocutor en la mano. Aprovechó el acercamiento para inspeccionar el cuerpo del que había sido su gran amigo y a su vez enemigo. Lucía, al igual que él, como lo había hecho en sus mejores años de campaña militar y cruenta batalla, aunque debía admitir que los tiempos de paz también le sentaban bien. Introdujo el talismán detrás de su cuello con ayuda de uno de los kunais que habían usado antes.
Cuando terminó se dirigió hacia el segundo cuerpo, éste de alguien a quien consideraba más enemigo que amigo y que sólo trataba de tolerar por deferencia al primero. Repitió el gesto de introducir el talismán y se volvió hacia Orochimaru para indicar que los había puesto en sus lugares indicados.
El otro asintió, terminó por hacer unos pocos sellos más para activarlos y los dos cuerpos abrieron sus ojos a la vez a la par que se incorporaban de la piedra sacrificial como si de autómatas se tratara.
-Bienvenidos de nuevo, -saludó Orochimaru con su voz rasposa y una sonrisa triunfal en su rostro.
Los dos hombres recién despiertos de su sueño eterno se miraron entre sí sin comprender muy bien lo que estaba sucediendo. El que estaba situado a la izquierda observó cómo su hermano pequeño, con su característico pelo blanco, ojos rojos y armadura azul acero le devolvía la mirada confusa.
-¡Tobirama! –Exclamó sentándose hacia uno de los lados de la piedra.
-¡Hashirama! –Respondió el otro cuando fue consciente que su hermano estaba allí con él, cosa que le resultó extraña, hacía años que sabían que ambos habían muerto y, sin embargo, podía ver con sus propios ojos el pelo largo y castaño, la cinta alrededor de su frente con el símbolo de su clan, la armadura corinta de guerra y la sonrisa bobalicona de siempre.
-¿Cómo es que…?
La pregunta que empezó en los labios de Hashirama murió, así como su voz, al fijarse con más detalle en la figura que se encontraba de pie entre ambos hermanos mirando la escena.
-No puede ser, -susurró Hashirama mirándolo desde abajo.
-Maldito bastardo, -musitó Tobirama al darse cuenta de lo mismo que su hermano.
-¡Madara!
Se puso de pie de un salto, con una sonrisa amplia en su rostro y los brazos extendidos dispuestos a abrazarle.
-¡Ven aquí, viejo Uchiha! ¡Me alegro de verte!
-Tócame y vuelvo a meterte en una tumba, -respondió Madara con los dientes apretados y los brazos cruzados sobre el pecho aún descubierto.
Por su parte Tobirama también se había puesto en pie, aún más confuso por la efusividad demostrada por su hermano, el extraño lugar en el que se encontraban y los acompañantes tan dispares de los que hacía gala su antiguo enemigo.
-¿No me digas que no te alegras de verme? –Continuaba Hashirama en un tono alegre y desenfadado. –Te las has ingeniado para permanecer aquí, ¿eh? –Dijo contemplando su aspecto, a diferencia del suyo que mostraba ligeras grietas en la piel, el de Madara era piel rejuvenecida y viva. Antes de que el Uchiha pudiera contestar Tobirama se adelantó.
-¿Qué te ha llevado a resucitarnos a mi hermano y a mi? ¿Le ha sucedido algo a la Aldea? Porque de lo contrario, no llevaremos a cabo ningún plan macabro para ti, -dijo Tobirama con la mandíbula igual de apretada que Madara y haciendo contacto visual directo con el único ojo visible del otro.
-No es de tu incumbencia, aún, y haréis lo que os diga tanto si queréis como si no, -dijo acortando la distancia y manteniendo la mirada fija en los ojos rojos del Senju. –De rodillas, Senju.
Madara activó el talismán de control, haciendo que Tobirama mostrase una mirada vaga al instante y cayese sobre sus rodillas de inmediato. Al ver aquello, Hashirama comprendió que su viejo amigo estaba ahí por algo importante, que de verdad le preocupaba. Lo conocía lo suficiente, tanto en la paz como en la guerra, como para saber que de no necesitarlo no acudiría a ellos, no se rebajaría a pedirle nada ni a él ni a ningún Senju, de hecho, podría haber traído de vuelta a su hermano Izuna o a otros de los Uchihas poderosos que dio su clan a lo largo de los años. Y, sin embargo, allí estaban ellos.
-Madara, esto no es necesario, -dijo acercándose y poniéndole un mano sobre el hombro como gesto conciliador. –Te ayudaremos, si es por el bien de la Aldea o para salvar a nuestra gente. Además, estoy deseando ver cómo ha cambiado el mundo en todos estos años.
La cercanía, el contacto y la sonrisa tonta de Hashirama hicieron que Madara se remontara a la niñez, junto al río donde ambos se reunían para jugar, hacía tantos años de aquello. Rápidamente se apartó de él y Tobirama, que continuaba arrodillado, se puso en pie volviendo en sí.
-Debemos irnos, -fue lo único que dijo.
Sin más, comenzó a avanzar hacia la puerta de salida. De repente, un carraspeo a su espalda le detuvo. Se giró y encaró a Orochimaru que estaba junto a Kabuto quien sostenía un par de pergaminos lacrados en los que se leían "Armas" y "Guerra".
-Supongo que no querrás ir así por ahí, -señaló Kabuto indicando la desnudez de su torso. –Espero que lo encuentres de tu agrado.
Nada más decir eso, le lanzó ambos rollos que Madara atrapó sin problemas. Asintió y miró interrogante al de ojos de serpiente.
-Por ahora, no estaremos en deuda: tú me has ayudado a perfeccionar mi fórmula, y yo, a cambio, te proveo de suministros de guerra y de los efectos personales que traías cuando llegaste, -dijo extendiendo una mano en gesto de condescendencia. –Pero espero que no olvides nuestro trato.
Madara asintió una vez más y salió del lugar seguido de los dos Senjus. Los tres hombres recorrían los pasillos de la guarida, torcían a uno y otro lado siguiendo un camino que a los dos revividos les parecía errático, sin embargo, el Uchiha sabía orientarse por ellos. Tras lo que pareció una eternidad en silencio, llegaron a la entrada por la que se entreveía el páramo iluminado por la luz mortecina de la luna.
Cuando salieron los tres respiraron hondo, Madara para limpiar sus pulmones de aire enrarecido y viciado de las profundidades, Hashirama para tomar la primera bocanada de lo que le esperaba del nuevo y cambiante mundo y Tobirama para tratar de sentir olores conocidos en el aire que le indicaran dónde podrían estar.
Sin previo aviso, Madara abrió el pregamino sellado con la palabra "Guerra", de inmediato una nube blanca apareció y, cuando se disipó, sobre el suelo apareció una armadura tradicional, similar a las que portaban los dos Senjus, de color corinta, ropa de entrenamiento negra y varias prendas más informales que volvió a sellar en el pergamino.
Se colocó la armadura, sentía el frío tacto del metal atravesar la ropa hasta su piel, había echado de menos esa sensación, el sentir el peso de la misma sobre sus hombros como cuando dirigía a sus hombres a la batalla y sentía el peso de la responsabilidad cayendo sobre sus hombros y los de su hermano. Afianzó las correas de sujeción y guardó el rollo. Sacó el otro y repitió la misma acción. A sus pies aparecieron distintas armas, comenzó mirando una kama de grades dimensiones y su gombai, al parecer, durante sus días de tormento, Kabuto había empleado bien su tiempo para proveerle le sus armas. Se agachó para recogerlos y colocarlos a su espalda. Luego recogió unos Hiraishin kunais y una katana sin guarda y vaina de madera negra lacada.
Se giró hacia los Senjus y entregó los kunais a Tobirama y la katana a Hashirama, para sorpresa de ambos.
-No me servís de nada si no podéis luchar, -explicó.
-Estás loco si das armas a tus enemigos, -Tobirama cogió un kunai y lo dirigió con rapidez a la garganta de Madara quien permaneció impasible, la mano de Hashirama había detenido el ataque de su hermano.
-Hermano, debemos confiar en Madara, baja el cuchillo, -dijo volviéndose hacia el Uchiha. –Estoy seguro de que pronto sabremos qué ocurre y por qué estamos aquí con él.
Tobirama bajó y guardó el kunai, obedeciendo a su hermano mayor, pero seguía con el rostro serio y la mirada desafiante.
-Dinos, viejo amigo, ¿de qué va todo esto? –Preguntó Hashirama con un tono de voz calmado para tratar de suavizar la tensión que siempre había habido entre los otros dos.
-Caminemos.
Fue lo único que dijo el Uchiha. Les dio la espalda y comenzó a andar, debía ordenar su mente, guardar su orgullo para compartir aquello con sus enemigos y ahora forzados aliados y tratar de lidiar con la angustia y la opresión en su pecho antes de que fuese demasiado tarde.
