Hola de nuevo queridos y queridas lector s. ¿Qué os está pareciendo la historia? Aquí seguimos con un nuevo capítulo, a ver qué le depara a nuestra querida Mara y al pobre Kakashi. ¡Disfruten!

Capítulo 41

El sol de la mañana caía con justicia sobre el cuerpo cubierto en sudor por el esfuerzo de la carrera. El suyo era el único en muchos metros a la redonda que parecía moverse. Llevaba a la carrera desde que se había levantado aquella mañana para tratar de alcanzar a alguno de sus competidores y poder saber exactamente dónde ir. Confiaba en el olfato de Kurōkami para detectar el chakra de Akamaru, y confiaba en el sentido de la orientación del equipo de Kiba, ya que, teniendo el Byakūgan de Hinata tendría que resultarles fácil encontrar el lugar.

Detuvo sus pasos, jadeaba sin cesar después de varias horas de carrera continua y sin descanso. El estómago le dolía por el hambre y la sed comenzaba a acentuarse. Empezaba a notar la lengua seca, la garganta rasposa y los labios resecos. Tenía claro que empezaba a salir del País del Fuego y se estaba encaminando hacia el País del Viento, los cambios en el aire cada vez más caluroso y la elevación paulatina de la temperatura empezaban a hacer mella en sus fuerzas.

A su alrededor, comprobó que los frondosos árboles comenzaban a parecer enjutos y escuálidos, cada vez con menos hojas en sus ramas bajo las que cobijarse del sol.

-¿Estás seguro de que es por aquí? –Preguntó al ente en voz alta. Mientras esperaba su respuesta se apoyó contra uno de los endebles árboles y se secó el sudor de la frente con el brazo y el dorso de su mano.

-¿Dudas de mí, niña? –Preguntó en respuesta en un tono ofendido. –Sigue corriendo o las rachas de aire borrarán el rastro de ese chucho.

Mara soltó un quejido y reanudó la marcha. Tras un rato más corriendo llegó al final de lo que parecía la frontera natural entre ambos países. Los árboles desaparecían de manera abrupta y, ante ella, se abría una vasta extensión de arena roja hasta donde le alcanzaba la vista. De derecha a izquierda y hasta la línea del horizonte, lo único que veía era arena, dunas y más arena.

-Tiene que ser una maldita broma, -se quejó. Avanzó unos pasos hasta que sus pies se hundieron por primera vez en esa arena roja. Era caliente y suave a la vez, demasiado suelta para correr con facilidad. Nada más poner sus pies sobre la arena, tras ella, se formó un ojo de arena diminuto que conectaba con la visión del Kazekage, quien estaba reunido en su despacho en Suna con Tsunade y Kakashi.

En Suna, Gaara había dado orden a sus miembros de ANBU de que rastreasen a todos los competidores para evitar extravíos indeseados en el desierto por parte de los examinados, a cambio de ser descalificados si sus hombres tenían que rescatar a alguno de los miembros de los equipos que aún se mantenían en la lucha por pasar las pruebas. La única excepción, a petición de la Hokage, fue la joven que competía sola. Él se encargaría personalmente de su vigilancia, dado el pequeño historial de agresiones a ciertos ninjas de la Hoja, ante todo debía velar por los suyos.

Los dos Kages, Kakashi y Temari, guardaespaldas personal y hermana del Kazekage, estaban alrededor de una mesa de piedra pulida de obsidiana negra. Sobre ella, se extendía una arena blanca y fina por toda la superficie en contraste con el negro.

Sin previo aviso, la arena comenzó a arremolinarse y a moverse por la piedra. Poco a poco comenzó a formarse un paisaje de dunas cambiantes y árboles mortecinos en uno de los bordes. Junto a éstos, una pequeña figura de arena adoptó la forma de la chica sin demasiados detalles.

-Acaba de entrar en el desierto, -informó Gaara. Tsunade y Kakashi asintieron conformes.

En la linde del desierto, Mara se llevaba las manos a la cabeza y miraba con ojos desorbitados a su alrededor. El hambre, la sed, el cansancio y la situación le impedían pensar con claridad. No era capaz de analizar y enfocar bien el problema que tenía delante. Tan sólo era capaz de ver los elementos adversos.

-¡Es un maldito desierto! –Gritó a la nada sólo para desahogarse. -¡Voy a morir ahí de hambre, deshidratación o sepultada por arenas movedizas!

-¡Cálmate y sigue andando! El desierto es cambiante, -dijo el ente como un latigazo en su mente. –Quítate algo ropa y ponla sobre la cabeza evitarás sufrir una insolación.

Mara asintió, le parecía una buena idea. Se quitó la camiseta quedando con su camiseta de red. Rompió una de las mangas y la usó para recoger la larga melena y favorecer que se aireara su cuello y espalda. Luego colocó la camiseta cubriendo su cabeza y sus hombros y comenzó a andar siguiendo de nuevo las indicaciones de Kurōkami.

A un paso más lento, debido a que sus pies se hundían en la arena caliente, Mara fue avanzando por dunas cada vez más altas hacia el interior del desierto, con la fe ciega en que el ente la llevaba a buen puerto y no a una muerte segura.

Tras un par de horas de caminata y silencio en su cabeza y a su alrededor, consiguió llegar a lo más alto de una de las grandes dunas que se encontraban en su camino. Desde ahí pudo contemplar la inmensidad del desierto que se extendía a su alrededor. A kilómetros y kilómetros a la redonda, lo único que estaban presentes eran esas dunas que se desplazaban con las corrientes de aire caliente que las impulsaban.

El calor que emanaba de la arena simulaba ser un espejo a ras de suelo, confundiendo sus ojos. El sol había pasado el cenit y comenzaba a caer, aunque seguía irradiando calor sin piedad. El ente sabía lo difícil que le resultaba a ella y a su cuerpo estar ahí en medio de la nada, sin agua, sin comida y con ese calor extremo. Además, su chakra de fuego no ayudaba a paliar el calor. Se compadeció de ella por primera vez en su existencia juntos y deseó poder hacer algo para ayudarla, lástima que sólo pudiera guiarla y alentarla a que avanzara. Quedándose parada ahí en medio no mejoraba su estado, tan sólo mermaban más sus posibilidades de supervivencia.

-¿En qué piensas? –Le preguntó al sentirla con la mirada perdida en un grupo de aves en el cielo.

-Ojalá pudiera volar, -respondió con la lengua pastosa y los sentidos mermados. Kurōkami sabía que empezaba a dar síntomas de deshidratación e insolación. Empezaban los primeros delirios. Una sonrisa algo macabra se formó en la mente, cada vez más dispersa, de la joven. Miró su brazo izquierdo aún vendado tras la cura de Ino en el campamento.

-Niña, te he hecho una pregunta, -inquirió el ente mostrando cierto enfado para sacarla de ese estado.

-Tengo hambre y sed, -dijo con los ojos posados sobre su brazo y comenzando a retirar el vendaje. En su interior, Kurōkami seguía preocupado por dónde la estaba llevando ese hilo de pensamientos. Mara extrajo el último de los tres kunais que le quedaban en la bolsa. Había empezado a salivar tras formarse una idea en su cabeza. Uno tras otro, los siete puntos de la sutura fueron cortados con precisión.

-Para, no te conviene perder sangre, niña, -advirtió el ente incapaz de detenerla.

-Confía en mí, -dijo mirando al frente, por alguna extraña razón el calor la hacía delirar y ver una figura oscura ante ella, lo único que distinguía era el brillo rojo del sharingan, quiso forzar su vista para enfocar mejor y distinguir quién era. Sonrió, lo que le transmitía esa figura la reconfortaba de alguna manera. -Mi padre siempre dice que para obtener algo, debes estar dispuesto a hacer sacrificios, -respondió reabriendo de nuevo la herida de un movimiento preciso con el kunai.

En el despacho del Kazekage, Gaara, Kakashi y Tsunade de habían inclinado hacia delante en sus asientos para observar más de cerca lo movimientos de la arena. Ésta, les mostraba el momento justo en que había cortado su brazo, sorprendiendo a los Kages pero no a Kakashi, quien ya la había visto hacer eso para mantenerse despierta gracias al dolor lacerante.

-Está loca, -dijo Gaara sabiendo lo peligroso de sufrir heridas en el desierto. Pierdes sangre y líquidos corporales, por no hablar de que podría infectarse por la arena. –Enviaré a Kankuro a por ella, no quiero que se diga que en la Arena dejamos morir a los genins.

-Cálmate, no hagas nada aún, confía en ella, seguro que tiene un plan, -dijo Kakashi tratando de mantenerla aún en el examen.

-¿Lo estás viendo? Los delirios por el calor y la deshidratación la están llevando a la muerte, -dijo Tsunade. –Tu alumna ha llegado demasiado lejos. No quiero una suicida en la Hoja.

-Sabe lo que hace, ya ha usado esa técnica antes, en el Bosque de la Muerte, cuando trataba de conseguir el otro rollo, incluso es la misma herdia, -respondió Kakashi aparentando cierta tranquilidad. –Dadle una oportunidad.

Los dos Kages se miraron entre ellos.

-¿Cuánto tardarías en sacarla de ahí? –Quiso saber Tsunade.

-Algo menos de una hora, -respondió Gaara.

-Si no reacciona en los próximos minutos, sácala de ahí, y no acepto quejas, Hatake, -dijo Tsunade mirando a ambos hombres y alzando un dedo a modo de advertencia. Kakashi sabía que si lo llamaba por su apellido no había opción a réplica.

Por su parte, Mara sentía su sangre correr por su brazo, no era la primera vez que sentía esa sensación. El líquido caliente le resultaba de alguna manera refrescante en comparación con el calor a su alrededor. De pronto dejó de sentirlo fluir, Kurōkami había cerrado la herida con su chakra.

-Deja de hacer eso, -gruñó. –Sigue caminando antes de que desfallezcas y perdamos el rastro. Sus palabras provocaron una risa nerviosa que nadie más oyó y que erizó los pelos del lomo al ente.

-Yo sé lo que hago, -respondió volviendo a abrir la herida en el mismo punto. –Ya casi están aquí, -susurró mientras caía tumbada bocarriba en la arena roja que empezaba a mancharse con su sangre y volviéndose aún más roja tras absorberla.

El gruñido que oyó en su interior de rabia y frustración hizo que por un instante el sello de su abdomen se marcase de un negro intenso en su piel. De nuevo ella rió.

-Cálmate, van a descubrirnos, -dijo volviendo a las primeras palabras que salieron de él cuando llegaron a la Hoja, seguido de una nueva risa.

Allí tumbada, sobre la arena, mirando el inmenso cielo azul sobre su cabeza, se permitió el lujo de cerrar los ojos por unos instantes. Su mano seguía sosteniendo el kunai mientras que su otro brazo seguía sangrando aunque con menor profusión.

Un graznido la hizo despertar, abrió los ojos, los cuales, de inmediato, achicaron sus pupilas mostrando el iris negro en toda su extensión, y pudo ver cómo sobre ella, una bandada de buitres del desierto daba vueltas sobre ella. Uno de los animales descendió y se posó cerca de ella atraído por el olor de la sangre. Sin moverse ni un ápice, Mara seguía con la mirada a la enorme ave emplumada que comenzaba a rondar en círculos a su alrededor. Sin previo aviso, el buitre se posó sobre ella y la miraba a uno y otro ojo decidiendo cuál picotearía primero. Mara lo seguía con la mirada, aún no era el momento. El buitre estiró su cuello decidido a llevarse el primer y jugoso ojo. Con un movimiento rápido, Mara agarró con la mano herida por el largo cuello al buitre y rodó dejándolo entre su cuerpo y la arena evitando que las garras le abriesen de un tajo la barriga, ya había pasado por eso y no quería volver a repetirlo.

Consiguió sacar de debajo su otra mano con el kunai agarrado con fuerza. Hizo un corte límpio en el gaznate del animal y pegó su boca al corte del cual emanaba la sangre caliente, bebió como si de agua se tratara. Con cada sorbo, el animal se iba debilitando y cada vez su movimientos por escapar eran erráticos y débiles hasta que dejó de moverse y de manar la sangre.

Tras esto, Mara se levantó con cara de asco y satisfacción. Tenía la boca, nariz, barbilla y cuello manchados de rojo que comenzaba a secarse. Miró de nuevo el cuerpo, ya sin vida, del buitre. Lo lanzó al aire y lo quemó con su Katon, cuando cayó de nuevo sobre la arena, la bandada se había dispersado y sólo quedaba un humeante trozo de lo más parecido a un pollo que había visto en ese desierto. Terminó por quitar los restos chamuscados de algunas plumas y la piel crujiente y comenzó a comer la tierna carne asada.

-Mucho mejor, -dijo lamiéndose los dedos. –¿Podrías curarme, por favor? –Pidió volviendo a ser la misma de siempre para sorpresa del ente. Éste accedió, liberó una pequeña parte de su chakra y la herida se cerró ante su atenta mirada sin dejar cicatriz, como si nunca hubiese estado herida.

-Ni yo mismo lo habría cazado mejor, -admitió el ente con un cierto tono de orgullo.

-Algún día podrás salir a cazar, -aseguró la joven que aún degustaba uno de los muslos del buitre. -¿Cuál es tu favorito?

-El de fuego, -respondió con sinceridad y a sabiendas que de inmediato vendría otra pregunta.

-¿Qué de fuego?

-El chakra de fuego, querías saber cuál es mi favorito, pues es ése, -respondió mientras se relamía a notar que ella también lo hacía con lo que quedaba del buitre y continuó: -Los Bijuus nos alimentamos de chakra, cuando estamos libres lo hacemos de la Naturaleza, cuando estamos sellados del que el portador posea. El tuyo es mi favorito, tiene un sabor peculiar que no sabría describir.

-¿Esto es un halago? A mi también me gusta sentir el tuyo, es agradable… -Dijo no muy segura de escoger bien sus palabras. –La mayor parte del tiempo, -añadió. El ente sabía que se refería a las veces que había perdido el control, pero, al parecer, no se lo tenía en cuenta.

Kurōkami soltó una de sus risas graves y profundas, le gustaba esa niña. No es que le gustara estar sellado en un humano, pero al menos la suya era una humana tolerable la mayor parte del tiempo, a su parecer, teniendo en cuenta que, con el sello roto, la posibilidad de que le permitiera una manifestación física externa se reducía drásticamente. Decidió que no quería pensar en eso.

-Continua, parece que el calor va cediendo, pronto vendrá la noche helada, -dijo recuperando el rastro que había ido dejando Akamaru a su paso.