Muy buenas ^^ perdón por la desaparición repentina, pero como podéis ver sigo adelante con la historia no la he abandonado y para muestra un nuevo capítulo que os traigo. Que lo disfruten. ¡Venga esos reviews! Que me gustaría conocer sus opiniones sobre los acontecimientos de la historia.

Capítulo 43

Cuando Mara recuperó el conocimiento, el pánico se extendió de nuevo por su ser. Recordaba la tormenta de arena aproximándose hacia ella y la ingente cantidad de chakra que Kurōkami había liberado, a partir de ahí, no había ningún recuerdo más.

Poco a poco tomó conciencia de su cuerpo, estaba echada sobre un costado y en posición fetal. Trató de estirar sus brazos y piernas y lo único que encontró era roca dura a su alrededor. Abrió sus ojos tanto como pudo, pero la negrura era tan espesa e impenetrable como la que ocultaba al ente de ella en la habitación de suelo acuoso.

Empezó a agitarse nerviosa, la imagen de una tumba de arena y piedra en medio de ninguna parte comenzó a agobiarla. Golpeaba con las manos y las piernas la roca a su alrededor en un intento por romperla. No quería morir ahí sepultada.

-Cálmate, no respires tan rápido o te quedarás sin aire, no te muevas y baja tu frecuencia cardíaca, -indicó Kurōkami con una voz pausada y tranquila.

-¿Para esto querías que confiara en ti? ¿Para enterrarme viva en este maldito desierto? Te dije que no volvieras a hacer eso, ¡no vuelvas a hacerlo!

-¡Silencio, ingrata! ¡Era la única forma de salvarte la vida! –El tono calmado de antes había desaparecido en cuestión de segundos dejando paso a uno enfurecido y autoritario. -¡Sólo cumplo con lo que me pidió tu padre! Por mí, podrías haber muerto en el bosque y yo ya estaría libre por completo de este sello.

-El sello está roto, puedes liberarte cuando quieras, -espetó Mara. El comentario puso de manifiesto de nuevo la ignorancia de la chica sobre los Bijūs, lo que hizo que el ente se calmara en cierto sentido. A decir verdad, no quería liberarse, la necesitaba viva para su propósito y debía admitir, una vez más, que le gustaba a pesar de estos momentos. El silencio entre ellos se prolongó, lo que aprovechó el ente para darle una rápida explicación.

-Pronto la tormenta pasará y podrás salir de aquí, -empezó. Mara continuaba callada, cosa rara en ella y trataba de que su chakra apenas mantuviera contacto con el del ente. –Si no hubiese tomado el control de tu cuerpo no hubieses sido capaz por ti misma de proporcionarte un refugio a tiempo, -siguió con voz tranquila. Su chakra buscó envolver el de ella para aumentar el contacto entre ambos, poco a poco, la espiral negra fue cubriendo el pequeño chakra de ella volviendo a girar en armonía.

-Pasaste años en silencio y, ahora, hasta te preocupas por mí, -musitó. -¿Por qué?

-Todo cambia, niña, -respondió. –Antes tenías quien te cuidara, ahora supongo que me ha tocado a mi hacer de niñera contigo, -respondió con sorna.

-Puedo cuidarme sola, -volvió Mara a la carga.

-Insolente e incorregible, como tu padre, -contestó con una ligera sonrisa. Esa niña no cambiaría.

El silencio se volvió a manifestar entre ellos. Poco a poco, la vibración que producía la arena se calmó. No sabía cuánto tiempo había estado ahí metida, pero le había dado tiempo a pensar en todo lo sucedido con el ente desde que se manifestó en ella. Todas y cada una de sus acciones habían sido para protegerla de alguna manera. Puede que le debiera una disculpa.

-Kurōkami, -llamó, sabía que le prestaba atención. –Gracias.

Ahí estaba de nuevo el agradecimiento por su parte cargado de una disculpa velada por sus palabras y su comportamiento anteriores.

-Vamos, te ayudaré a salir, -dijo sin más. –Hace tiempo que no siento nada ahí fuera.

Mara asintió y sonrió, seguían como al principio. Si se paraba a pensarlo, tan sólo lo tenía a él en esos momentos, y él sólo la tenía a ella. De manera que lo mejor era ayudar y dejarse ayudar.

-Extiende tus manos hacia arriba, y muévelas hasta que notes que la piedra cambia de ser rugosa a lisa, -indicó el ente en la oscuridad. Mara hizo lo que le pedía comenzó a deslizar las manos hasta que tocó con ambas la superficie lisa a la que se refería. –Cúbrelas con chakra y golpea justo ahí con fuerza cuando sientas el mío.

Dicho y hecho, el golpe quebró la arena cristalizada con fuego. Los trozos se despendieron dejando entrar parte de la arena que contenía fuera.

-Ahora, coge todo el aire que puedas y excava hacia arriba tan rápido como sepas, -animó el ente. –Yo iré cristalizando el túnel que vayas abriendo para evitar que se vuelva a cubrir.

-Pero para hacer eso… -Empezó Mara quien ya se imaginaba cómo iba a hacer eso.

-No perderás la consciencia, tan sólo será una cola, podrás controlarla, -añadió Kurōkami, antes de que pudiera quejarse.

-¿Cómo que sólo una? ¿Cuántas hay? –Preguntó con preocupación.

-Algunas más. Prepárate, -contestó quitándole importancia a su pregunta y empezando a extender de manera paulatina el chakra por ella.

-No, espera…

Demasiado tarde, la pátina negra se extendía sobre ella, aunque de manera translúcida, dejando ver aún su piel bajo ésta. Las manos mostraban unas uñas alargadas y puntiagudas pero sin llegar a ser garras. En la boca sintió el sabor metálico de la sangre, pasó la lengua sobre los dientes y notó que sus colmillos estaban más alargados que de costumbre, lo que provocaba que la encía le sangrase.

-Salgamos de aquí, -incitó Kurōkami para que empezara a moverse. Mara asintió con lo que le quedaba de cordura en ese momento.

Se lanzó hacia delante removiendo la tierra frente a ella. En pocos segundos tenía la mitad de su cuerpo enterrado, tan sólo las piernas quedaban en el hueco en la piedra. Comenzó a moverse para que el chakra caliente que la cubría comenzara a cristalizar la arena y poder seguir avanzando. Y así, poco a poco, pudo hacerse un túnel de salida hasta en exterior.

Cuando el primer rayo de sol tocó su ojo, el ente supo que lo habían conseguido, retiró la mayor parte de su chakra, no había estado nada mal la experiencia, había podido canalizar su chakra bastante bien a pesar del sello, era un avance.

En el despacho del Kazekage, la noche de tormenta había sido larga y tortuosa para todos. No sólo la preocupación era por la alumna de Kakashi, sino también por el resto de los equipos. Tan sólo había uno de ellos que había llegado al punto indicado. Un grupo de chūnins de la Arena habían sido los primeros en conseguirlo. Los demás seguían en el desierto, pero varios escuadrones de ANBU habían reportado informes sobre el buen estado de la mayoría de los grupos. Tan sólo un par de ellos, constituidos por dos únicos miembros habían necesitado ayuda con la posterior consecuencia de la descalificación.

-Gaara, ¿aún nada? –Preguntó Kakashi mostrando ojeras por la falta de sueño y la preocupación.

-Hasta que no ponga un pie en la arena no podré saber dónde está, -respondió.

-Ya han pasado horas, -empezó de nuevo. -¿Crees que puede estar…?

No se atrevía siquiera a plantear la posibilidad de que estuviese muerta, no se lo perdonaría nunca por empujarla con insistencia a participar en este examen a pesar de las reticencias que demostraba a cada petición que le hacía. Las similitudes con la pérdida de Obito lo tenían con el alma encogida, por su culpa y cabezonería hizo que Obito tuviera que darse la vuelta para ayudarle quedando él sepultado. Mara había quedado sepultada por su cabezonería en empujarla a hacer esto. ¿Qué estaba mal en él para empujar a todos hasta ese límite?

Tsunade llevaba varios minutos contemplando a su mejor shinobi mientras se hundía en la agonía de la preocupación. Realmente, era la primera vez que lo veía en ese estado. Kakashi era el perfecto ninja entrenado para no mostrar sus emociones, habilidad que había adquirido desde que, de niño, perdió a su padre. Le puso una mano sobre el hombro para tratar de animarle y sacarle de algún modo de sus pensamientos.

-Esa chica es un hueso duro de roer, no creo que una simple tormenta de arena pueda con ella, -añadió para recalcar sus intentos por animarle.

Justo en ese momento, la arena blanca de la mesa empezó a oscilar, primero despacio y poco a poco empezaba a mostrar las dunas del desierto.

-Mirad, -dijo Temari que fue la primera en notar el movimiento de los granos. Kakashi miraba por toda la superficie en busca de algo que le indicara por dónde iba a parecer, si aquello estaba comenzando a mostrar algo, quería decir que Mara seguía con vida. –Gaara prueba de nuevo.

Éste se cubrió con la mano uno de sus ojos, a kilómetros de distancia de allí, en el mismo punto donde había perdido la visión antes de la tormenta, un ojo de arena apareció. Miraba alrededor en busca de lo que había provocado que la arena de Suna se agitase.

De nuevo sobre la mesa, junto a la base de una de las dunas que se habían formado, la arena formó primero un diminuto brazo, luego salió un segundo, ambos trataban de apoyarse en una superficie más dura para poder impulsar el cuerpo hacia el exterior. Entre ellos, una cabeza con la melena negra y alborotada hizo aparición repentinamente. Los hombros también lograron salir. Podían ver el resurgir de la joven de entre la arena como si saliera a la superficie después de bucear durante mucho tiempo. La veían girar la cabeza en todas direcciones en busca de algún lugar donde asirse. No encontró ninguno.

Removía la arena a su alrededor para desenterrarse a si misma. Bajo la arena, pataleaba para tratar de conseguir un punto de apoyo sobre el que impulsarse y sacar la otra mitad de su cuerpo. Poco a poco y no sin trabajo y esfuerzo fue saliendo por completo. Se apartó reptando del lugar del que había surgido y se quedó tendida sobre el desierto exhausta por el esfuerzo de haber tenido que controlar el chakra de la primera cola de Kurōkami.

Giró sobre sí misma quedando bocarriba. Llevó sus manos a la cara en un intento por sacudirse los granos de arena de encima, tarea inútil.

-Tu alumna es tenaz, -dijo Tsunade con una ligera sonrisa a un ya más calmado Kakashi. –Deberías hacerle caso y confiar un poco más en ella.

Éste por su parte sonreía bajo su característica máscara, después de eso se juró que la llevaría a comer a Ichiraku todas las veces que quisiera, se lo había ganado, pensó sonriente.

-Tengo mucha sed y mucha hambre, -se quejó aún tendida.

-Pues lamento decirte que no huelo buitres disponibles, -dijo el ente abiertamente divertido. –Además, las desgracias nunca vienen solas, tengo más noticias.

-Los problemas de uno en uno, -dijo ella llevándose la mano a la bolsa de los kunais. Kurōkami, intuyendo lo que podría estar pensando, se adelantó.

-No vuelvas a hacer lo del buitre, -dijo amenazadoramente. Para su sorpresa, algo parecido a una risa quiso salir de su garganta seca. Su mano siguió su camino hacia la bolsa y sacó un pequeño tarro que contenía las píldoras del soldado que le había dado Kakashi. Lo abrió y echó varias en su boca, las masticó y tragó lo más rápido que pudo asqueada por el sabor agrio que tenían y, poco a poco, sintió que las sensaciones de sed y hambre iban desapareciendo casi de inmediato.

Suspiró y volvió a guardar las que le quedaban.

-Bien, ¿cuál es la mala noticia? –Preguntó poniéndose en pie y frotando su dolorido estómago por el hambre.

-La tormenta ha borrado todos los rastros, no puedo oler nada en ninguna dirección, -respondió Kurōkami agachando su cabeza sobre sus patas delanteras, temiendo la reacción de su humana.

-¡¿Qué?! ¿Y qué demonios vamos a hacer ahora?