Pues aquí está, recién horneado un nuevo capítulo ^^. Espero que siga gustando y que la estéis disfrutando. Reviews up!

Capítulo 44

Tres figuras estaban sentadas alrededor de una pequeña hoguera, en completo silencio. Los tres pares de ojos estaban contemplando las llamas arder en silencio. Madara seguía perdido en sus pensamientos, tal y como llevaba desde que salieron de esa guarida más parecida a una madriguera. Su hermano Tobirama estaba inmerso en pesquisas demasiado profundas como para preguntarle por ellas, seguramente, trataba de descrifrar todo lo que estaba sucediendo. Y, en medio de esos dos grandes pensadores, estaba Hashirama, pudiera ser que todo lo que había construido durante su mandato estuviera en peligro, pero ya se preocuparían por ello llegado el momento, quería disfrutar de esa nueva oportunidad que, ¡quién iba a decírselo!, Madara, quien menos habría pensado, les estaba brindando.

Se volvió a mirarlo, no se había movido de su posición desde que había decidido hacer un alto en su camino. Seguía manteniendo la misma pose altiva y orgullosa que mostraba con todos en la aldea después de firmar el tratado de paz, incluídos los de su propio clan, sin embargo, con su hermano Izuna y con él había mostrado una faceta algo más relajada y distendida, aunque sin perder de vista esa seriedad característica.

-Madara, -lo llamó haciendo que saliese del trance y le mirase directamente. -¿Dónde nos encontramos exactamente?

-En algún punto en el País de las Aves, cerca de la frontera con el País del Viento, -respondió sin ninguna emoción en su voz. Tras tanto tiempo muertos, los hermanos no conocían los nuevos países y aldeas que se habían ido conformando. –Está al norte del País del Viento y al Oeste de la Lluvia.

-Me alegra saber que otros clanes también se unieron para formar sus propias alianzas, -dijo Hashirama orgulloso por haber sido el precursor de aquello. -¿Y hacia dónde nos dirigimos?

-¿No es obvio? –Intervino Tobirama algo exasperado. –Hacia la Hoja.

-¿Es eso cierto, Madara? –Preguntó para confirmar la intuición de su hermano. El Uchiha lo miró y asintió una vez.

-Daremos un rodeo a través del País del Viento, evitaremos entrar en la Lluvia, -explicó.

-¿Y cuando lleguemos a Konoha? ¿Qué haremos? –Preguntó con cierto temor. Madara se lo quedó mirando con ojos negros y un brillo rojizo provocado por las llamas, o eso quiso creer.

-Reclamaré que me devuelvan lo que es mío, -respondió sin dudar de una sola de sus palabras.

Tobirama miró a su hermano, ninguno se atrevió a seguir preguntándole por sus planes. La inquietud estaba presente entre ellos. Ambos habían conocido de primera mano la locura de la que fue preso Madara en su juventud, ahora recién recuperada, pensaron que con el paso de los años el Uchiha se hubiese desecho de sus planes infames, aunque eso no parecía haber sucedido.

-¿Sigues pensando en el Kyūbi? Espero que siga sellado en un Jinchūriki, -dijo Hashirama tratando de que siguiera hablando sobre sus planes. –Tienes que dejar de pensar en los Jinchūrikis y en los Bijūs y en ese extraño plan del que solías hablar. Déjalo estar.

-Sigues conociéndome muy bien, Hashirama, a pesar de todo el tiempo que ha pasado, -concedió Madara mostrando una media sonrisa torcida en la boca. –Pero de eso se trata, precisamente: del Jinchūriki y de su Bijū.

Sin dar opción a ninguno de los Senjus a replicar o a formular una sola pregunta más, activó el talismán de control haciendo que quedasen completamente estáticos y en silencio. Él adoptó una posición de meditación, cerró los ojos y trató de poner la mente en blanco, una tarea de lo más complicada para él con los pensamientos siempre bullendo dentro de su cabeza.

Ante él se dibujaba con todo detalle la noche en que decidió perder el juicio por completo. Tan decidido estaba en terminar por condenarse que no le importó hacerlo. La larga espera había terminado, por fin tenía lo que había querido desde que había puesto en marcha su plan. Tan sólo un mínimo detalle había escapado a su control, pero no era algo que le preocupase realmente.

Era una noche de luna llena, había sido fácil, incluso para un anciano como él, coger aquel pequeño bulto y salir sin ser visto. Se dirigió a un pequeño claro del bosque cercano, a las afueras de la aldea. Colocó el pequeño bulto cubierto por una gruesa cobija azul marino sobre un tocón de madera que había en el centro. Hizo una serie de sellos con sus manos y las hundió en la hierba a sus pies. Un enorme círculo de invocación se extendió por todo el claro, líneas negras quedaban marcadas en el suelo como si el mismo fuego las hubiese hecho. En aquella oscuridad una figura aún más oscura se recortaba contra los árboles, unos ojos rojos lo miraban iracundos. Sin poder salirse de su círculo de invocación se inclinó hacia el anciano y rugió, mostrando sus fauces abiertas y dejándole ver el infierno y las llamas de su garganta encendida tras el rugido.

Debido al fuerte sonido, el bulto que estaba justo entre ambos se agitó en protesta, haciendo que la manta en la que estaba envuelto se abriese. La enorme figura bajó la vista hacia él y lo olfateó con curiosidad. En ese mismo instante en que bajó la guardia, el anciano finalizó los sellos. Para cuando el enorme animal se dio cuenta se encontraba sellado y vinculado de por vida a ese diminuto bulto.

Cuando hubo desaparecido la enorme figura invocada, el anciano se acercó al bulto que había colocado en el tocón. La manta se había deslizado por completo y en su lugar había un pequeño bebé rosado, sin demasiado pelo en la cabeza, que lloraba con intensidad y sobre su barriga hinchada había un sello, parecido al que había aparecido en el suelo de aquel claro, que lo convertía en Jinchūriki desde aquel momento y por el resto de sus días.

Se acercó un poco más, se quitó el guante negro que llevaba en la mano derecha y presionó varias veces a un lado del ombligo donde aún había vestigios del cordón umbilical. De inmediato, el llanto había cesado, una diminuta mano lo sujetaba del dedo y unos ojos negros lo miraban con curiosidad y restos de lágrimas de hacía unos instantes.

Aquel fue el detonante para el cambio. Se convenció de que realmente no iba a ser un cambio, sólo un ligero retraso en su plan, podía permitirse esperar un poco más y ver qué surgía de aquello.

Acercó un poco más su cara al bebé para observarlo más de cerca, tenía que admitir que su vista ya no era la de antes. Cuando se arrodilló frente al tocón de madera, se paró a mirar con detenimiento el bulto rosado, un mechón de su cabello, ya completamente blanco por la edad, quedó colgando entre ellos. El bebé sonrió y no dudó en agarrar y tirar del mismo.

-No seas molesta, -dijo el anciano levantándose y volviendo a colocarle la manta alrededor. La sostuvo entre los brazos y comenzó a andar de vuelta hacia la aldea. Entró a hurtadillas en la casa de donde mismo la había sacado y la depositó en la cuna. –Un año, mocosa.

Fue todo lo que dijo antes de salir por donde mismo había entrado y desaparecer en aquella noche bajo la luz de la luna, único testigo de lo que había sucedido.

Madara abrió los ojos con las primeras luces del día, los dos Senjus seguían en la misma posición de la noche anterior. Volvió a permitir que mostrasen su personalidad anulando los talismanes de control. Al volver en sí, ambos hermanos se miraron y luego miraron al Uchiha que ya estaba en pie y con sus armas a la espalda.

-Arriba, hatajo de vagos, aún queda mucho camino, -dijo sin mirarlos mientras comenzaba a caminar hacia el desierto del País del Viento seguido de los otros dos que lo único que pudieron hacer fue encogerse de hombros y seguirle.