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Capítulo 46
Corría, corría y corría tan rápido como sus piernas y el terreno le permitían hacia ese punto en el horizonte que poco a poco iba haciéndose más grande. Los ojos de Mara podían enfocarlo cada vez mejor y con mayor nitidez. Una palmera. Una solitaria palmera era el punto negro junto con la sombra que proyectaba. Sonrió, si había vegetación habría algo de agua. El hecho de imaginar el caer de un pequeño cauce a un charco no muy profundo la hacía casi poder oír el goteo del agua contra la superficie cristalina.
A la distancia a la que se encontraba, ya podía ver con detalle el tronco y las hojas, si se fijaba bien podía ver ramas llenas de dátiles marrones del tamaño de su dedo meñique. El estómago comenzó a rugirle en protesta. Seguía corriendo, agradecía enormemente que el ente compartiera su chakra con ella, de esa manera su desgaste era menor y, poco a poco, iba acostumbrándose a sentirlo recorrerla.
Cuando al fin llegó a lo que creía que era una solitaria palmera, sus ojos no daban crédito a lo que veía: la perfecta idea literaria de oasis estaba fielmente reproducida allí. Había palmeras colmadas de dátiles, un pequeño manantial de agua prístina que fluía de entre unas rocas hasta llenar una pequeña piscina natural, la arena rojiza le daba un aspecto algo siniestro y sangriento, pero en ese momento, lo único que pensaba era en sumergirse en esas aguas.
Mara sólo atinó a quitarse sus zapatos y la camiseta que llevaba en la cabeza. Luego se adentró en el agua con una enorme sonrisa en la cara. Se tumbó de espaldas y sumergió la cabeza por completo, frotó sus manos contra su piel para quitar los restos de la sangre del buitre, el sudor y toda la arena que pudo. Pero sobre todo bebió, bebió hasta hartarse, esa agua le supo como si del mejor sake del mundo se tratara.
Tras beber, su atención se centró en los dátiles brillantes y ambarinos que colgaban de las palmeras de alrededor. Se acercó a una y trepó por ella sin mucho esfuerzo, pues el hambre la impulsaba, y arrancó una de las ramas colmadas por el peso de los frutos. Descendió de nuevo y se sentó a la sombra a degustarlos con fruición mientras movía los pies adoloridos dentro de la resfrescante agua.
En el despacho del Kazekage, la arena había mostrado todos y cada uno de los moviemientos de la joven, incluso los que realizaba tras llegar al oasis, por petición de Kakashi, hubiese dado lo que fuera por verla llegar allí, pero podía conformarse con ver a la pequeña figura de arena imitando sus movimientos. Bajo su máscara no podía ocultar la sonrisa que le proporcionaba el saber que había llegado con éxito al final de la segunda prueba. Sentía orgullo y cierto alivio, el hecho de que ella pudiera quedarse en la aldea estaba cada vez más cerca.
Gaara se levantó de su sillón y se dirigió a los que estaban allí reunidos con él.
-Bueno, creo que podemos dar por terminada la segunda prueba del examen de ascenso. Como habéis podido ver, todos y cada uno de los candidatos han llegado sanos y salvos a pesar de las circunstancias no previstas, -dijo Gaara con el cansancio acentuando sus ya de por sí oscurecidos párpados. –Los examinados llegarán en la caravana que les traerá hasta la ciudad en unas horas, os sugiero que vayáis a descansar, mi ayudante os enseñará vuestras habitaciones y os avisará para ir a recibir a los candidatos, llegado el momento.
Dicho esto, nadie más habló, todos estaban de acuerdo en que necesitaban descansar y darles esa tregua a sus cuerpos. La tensión que habían sufrido sus mentes y músculos hacía que clamasen por el descanso. Tsunade y Kakashi hicieron una ligera reverencia y salieron acompañados de la joven ayudante de Gaara. Por su parte, el Kazekage se retiró junto a su hermana Temari.
En el pasillo, tanto la Hokage como el shinobi se mantuvieron en silencio mientras eran guiados por la joven, quizá algo abrumada por tener que escoltar a esos invitados de excepción. Primero pararon en una puerta grande y robusta, de madera maciza de lo que parecía ser roble, importado especialmente para la decoración, esa sería la habitación de la Hokage, custodiada por dos ANBU de la Hoja y otros dos de la Arena a cada lado.
Kakashi se despidió de manera formal y continuó avanzando por el corredor en pos de la ayudante que seguía sin hablar ni una sola palabra. Conforme se alejaban de la habitación donde habían dejado a Tsunade, la decoración se hacía más escasa pero no menos cuidada.
Llegaron ante una sencilla puerta tras la cual, Kakashi dedujo que sería su habitación asignada. Se despidió de la muchacha con un leve agradecimiento seguido de una ligera inclinación de cabeza y entró en la estancia. La decoración del interior también era escasa, pero tenía todo lo que precisaba para su descanso en esos momentos: una cama confortable y una ducha tibia.
Decidió ir primero derecho a la ducha, el camino hasta Suna no había sido agradable, el calor y el sol no eran sus mejores aliados y eso sin contar que su chakra no era de fuego, se compadecía de Mara por ello. Ahí la tenía otra vez, haciéndole una compañía virtual allá donde fuera en las últimas dos semanas. Prácticamente, desde que la conoció en aquel deplorable estado en el bosque, se apiadó de ella, luego, con el transcurso de los días se dio cuenta de que la convivencia impuesta por la supervisión no le desagradaba en absoluto, ni siquiera con su anterior equipo le había pasado. Llegado un momento, Rin y Minato sensei se le hacían pesados y cargantes por no hablar de Obito y sus constantes llamadas de atención. Sin embargo, con ella, parecía que los días habían perdido horas de lo deprisa que pasaba el tiempo a su lado.
Por otro lado, esperaba que cuando ese misterioso padre volviese aceptase quedarse con ella en la Aldea, de otra manera, todo por lo que estaba luchando ahora sería en vano y su anhelo de tenerla cerca que aumentaba cada día quedaría insatisfecho, al igual que él mismo. Lo sucedido en la tienda en medio del desierto iluminó su mente.
Decidió que la ducha sería mejor fría a la luz de hacia donde se dirigían sus pensamientos. Se desvistió rápidamente, no quería perder mucho de su tiempo de descanso bajo el agua. Abrió el grifo para que el líquido empezara a salir y entró.
A pesar de que el grifo que había abierto era el frío, la temperatura de fuera hacía que el agua saliera ligeramente tibia, cosa que agradeció para que el contraste no fuese muy brusco. Metió su cabeza debajo del caudal y dejó que el agua resbalara libremente mojándolo por completo. Apoyó una mano sobre la pared y cerró los ojos disfrutando de la humedad y la sensación de higiene.
Su mente empezó a jugar con él, algo le decía que detrás de él había algo o alguien mirándole. No consiguió girarse a tiempo para comprobarlo, cuando unas manos suaves y calientes se situaron en su cintura y un cuerpo, igual de desnudo que el suyo y algo más cálido, se pegó a su espalda mientras recibía un susurro en su oído seguido de un leve mordisco en su lóbulo:
-¿Me has echado de menos?
Se quedó paralizado y sin saber qué hacer ante el movimiento y la dirección que empezaron a tomar esas manos. Sabía a quién pertenecía esa voz y, por ende, de quién era esas manos, de las cuales, una había empezado a subir por su abdomen y la otra a descender hacia su ingle.
La primera se detuvo justo entre sus pectorales después de delinear su abdomen, podía jurar que el corazón podría saltar de su pecho de no ser por esa mano que lo sujetaba en su sitio. Podía sentir las uñas deslizándose por su piel sin llegar a herirle ni a causarle dolor, tan sólo propinaban una caricia algo arriesgada.
La segunda mano había pasado de merodear en la ingle y su muslo a jugar con los vellos de un gris más oscuro que el de su pelo que coronaban su entrepierna. Él decidió llevar su mano derecha que yacía inerte junto a su cuerpo hacia donde imaginaba que se situaba la juguetona de ella. Lo que pensó a continuación fue que era su lengua de fuego la que recorría una tras otra cada una de las cicatrices que poblaban su espalda, eso fue el detonante para comenzar a masajearse con intensidad a sí mismo pensando en esa mano que podía ver y sentir en su mente con una claridad apabullante.
Poco a poco ambas manos se retiraron y le dejaron hacerse a sí mismo, a cambio, su mente le mostraba la ilusión de que todavía lo recorrían. Sus brazos, su espalda, la cadera, incluso sus glúteos sobre los que aumentaba la presión de sus dedos en un atrevimiento fugaz.
Cuando estaba por alcanzar la ansiada liberación abrió los ojos con cierta dificultad por el agua que seguía cayendo sobre él. A un lado se encontraba el espejo sobre el lavabo, donde le pareció ver reflejado la mitad del rostro impasible del que parecía ser Obito. Sin tiempo para fijarse en más detalles, volvió a concentrarse en imaginar otra vez las manos de ella, justo en el instante en que le sobrevino el orgasmo y volvió a mirarse la entrepierna para ver el resultado de sólo imaginar el placer de sus manos.
Se enjuagó las manos y esperó a que su corazón desbocado y su respiración algo agitada se serenasen un poco. Luego salió de la ducha, se puso ropa limpia y se tumbó en la cama con una mano detrás de su cabeza dispuesto a dormir mucho más relajado durante, al menos, un par de horas.
