Muy buenas, os dejo otro capítulo para que el calor veraniego se haga más ameno. Gracias a Luciichan una vez más su review, lo único decirte que no puedo responderte a lo que me preguntaste porque se desvelará más adelante. Espero poder responderte a la próxima pregunta.
En este capítulo prometo volver a juntar a estos dos que Kakashi ya lleva muchos capítulos solo, jejeje.
Capítulo 47
En el oasis en medio de lo que parecía ser ninguna parte de ese desierto de arena roja, Mara terminaba de degustar los últimos dátiles de la rama que había arrancado de la palmera. Volvió a beber agua para paliar de nuevo la sed y eliminar el sabor dulzón de su paladar. Al ponerse de nuevo en pie, se percató de que había una persona enfundada en un traje completamente negro, sentado sobre una roca algo más elevada y que la miraba tranquilamente hasta que hubo terminado de comer.
El rasgo que más llamó la atención de la chica, a parte de la capucha negra con lo que parecían ser dos orejas de gato sobre ésta, fueron las líneas moradas que atravesaban su rostro en varias direcciones dándole un aspecto peligroso a la par que extraño.
Dio un salto y se situó frente a ella mostrando una sonrisa que puso en guardia a la muchacha.
-Tranquila, no voy a hacerte daño, te estaba esperando, -dijo en tono conciliardor. -¿No te acuerdas de mí?
-No te acerques, no me acuerdo de ti y deja de sonreírme de esa manera, -dijo Mara dando un paso atrás y sacando el kunai maltrecho de su bolsa.
-¿No te acuerdas? Nos conocimos en la Hoja, soy el hermano de Gaara, Kankuro, -explicó volviendo a dar un paso hacia ella y retirándose la capucha. –Soy el encargado de recibir a los ninjas que llegan hasta aquí para comunicarles que han superado la segunda parte de la segunda fase del examen.
-No te creo, -dijo desconfiada sin bajar el kunai. -¿Dónde están los demás?
-Partían hacia Suna conforme iban llegando, -respondió. –Los primeros salieron hace varias horas, de hecho, eres la última. Acompáñame.
Le hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Le dio la espalda sin miedo a que le atacara con el kunai.
-¿Tengo que seguir atravesando el desierto? –Se quejó en voz alta de tan sólo pensarlo. –Recuerdo el nombre de Kankuro, pero no te recuerdo a ti, -dijo dando una pequeña carrera hacia el hermano del Kazekage que ya le sacaba cierta ventaja.
-Antes mis marcas eran diferentes, -dijo sin volverse. –Estábamos en Ichiraku comiendo con Naruto y el resto de sus amigos. Kakashi nos presentó a todos.
-Ah, eres ese Kankuro, -dijo sin mucho interés y más preocupada por volver a colocarse la camiseta sobre la cabeza suponiendo que iban a tener que andar por el desierto de nuevo. El mero hecho de pensarlo la hacía revolverse por dentro. La arena, el sudor, el calor y la sed no era algo que la invitasen a disfrutar de una nueva travesía por el desierto. -¿Cómo soportáis este calor? ¡Y tanta arena!
-Estamos acostumbrados, -dijo soriente y de manera escueta. Si supiera que desde que eran unos críos convivían con alguien que manejaba la arena a su antojo, aprendería incluso a disfrutar de la arena.
Tras bajar por una de las dunas que protegían el rico oasis, algo parecido a un relincho captó la atención de Mara. Atados a una de las palmeras había dos ejemplares adultos de caballos de Suna. Una raza autóctona del País del Viento, caracterizada por su resistencia en ese clima árido. Además de ser excelentes corredores, no por nada en Suna estaba el mayor hipódromo de las cinco naciones y sus casas de apuestas que movían montones de ryus.
Uno de los ejemplares era tan blanco que el pelaje casi se podría decir que refulgía con el sol, de porte imponente, dada la juventud del animal, patas fuertes y de una altura considerable. El otro era un animal que aparentaba ser tranquilo, más viejo que su compañero y no tan alto, el pelaje era marrón y estaba algo deslucido.
-¿Vamos a montar en eso? –Preguntó Mara observando al segundo animal que no tenía muy buen aspecto a su criterio.
-Sí, son buenos animales, estaremos en Suna antes de que te des cuenta, -dijo Kakuro optimista.
-Lo dudo mucho, -dijo Mara en un susurro incrédulo. Siguió al chico. Kankuro se paró junto al animal marrón, se agachó un poco y entrelazó sus manos para ayudarla a impulsarse sobre el lomo del animal. Cuando Mara estuvo lo suficientemente cerca, el penetrante olor del animal se coló en sus fosas nasales haciendo que una arcada subiera por su garganta amenazando con expulsar todo el contenido de su estómago. –Este bicho huele fatal.
-¿Qué esperabas? Los caballos también sudan y han recorrido la distancia desde Suna hasta aquí a pleno sol, -dijo Kakuro como si fuese lo más obvio.
Mara se hincó de rodillas en el suelo con una mano en la boca tratando de controlar la arcada. En su interior, el delicado olfato del ente era el que provocaba esas arcadas, el rápido fluir del chakra provocado por el olor hizo que el sello de su estómago empezara a marcarse en su piel. Mara se llevó la otra mano al estómago para sujetárselo y tratar de apaciguar el resquemor que empezaba a notar junto con la bilis en la garganta.
-Eh, ¿estás bien? –Preguntó Kankuro preocupado.
-Creo que voy a…
Sin tiempo a decir más, comenzó a vomitar lo poco que había podido comer. Ahora estaba sobre sus manos y rodillas, la camiseta que recogía su pelo se había caído dejando el pelo suelto y amenazando con mancharse. Kankuro se acercó a ella, se agachó y comenzó a colocar hacia atrás el pelo. Estaba áspero y se podían apreciar los granos de arena entre sus hebras. Una nueva arcada hizo aparición, esta vez sin nada que arrojar de su estómago.
Tras varias toses y varios escupitajos de bilis, parecía que la chica se había calmado. Kakuro se levantó y se acercó a una de las alforjas que portaba el caballo blanco, sacó una cantimplora y algo de tela y se la ofreció.
-Toma, no te muevas, enseguida vuelvo, -indicó dándole la cantimplora y volviendo a dirigirse hacia el oasis con la tela en una mano.
Cuando volvió, Mara estaba sentada con las piernas cruzadas y la cantimplora ahora vacía entre éstas. Kankuro observó que había cubierto con arena el vómito, cosa que agradeció. Siguió avanzando hacia ella y le tendió una capucha parecida a la suya, salvo que ésta sólo tenía una abertura rectangular para los ojos.
-¿Pretendes que me asfixie con eso? –Preguntó molesta.
-Tienes dos opciones: o te la pones y atenuarás el olor del caballo, o no te la pones e irás todo el camino vomitando, -ofertó Kankuro dándole de nuevo la capucha.
Mara la cogió de mala gana de entre sus dedos. Se recogió el pelo lo mejor que pudo y se la puso. El olor que le llegó esta vez era agradable, una fragancia floral que enmascaraba el desgradable olor de los animales.
-Huele bien, -afirmó.
-Es la flor de un tipo de cactus que crece en el oasis, -dijo Kankuro subiéndose al caballo. Mara asintió a la explicación y lo imitó. Los dos azuzaron a los equinos que se dirigieron rápidos hacia la ciudad.
En la puerta de la ciudad, los primeros ninjas iban llegando en sus respectivas caravanas, escoltados por miembros de ANBU de la Arena. Allí los esperaban, los dos Kages, los cinco examinadores elegidos por la Aldea y el sensei de cada uno de los equipos que habían superado la prueba, lo que incluía a Kurenai, Gai y Kakashi.
Los primeros en llegar fueron dos equipos de la Arena, uno con tres y otro con dos de sus miembros, al parecer, eran los únicos que habían pasado la prueba. Los senseis de cada equipo se retiraron con ellos, puesto que se les permitía reunirse para trazar la estrategia a seguir en la última prueba.
Los siguientes en llegar fueron el grupo de Gai: Lee, Neji y Tenten. Los tres se alegraron de ver a su sensei para darles sus típicos ánimos del Poder de la Juventud. Lee y Tenten eran los que traían peor aspecto, en cambio el Hyūga aguantaba el tipo bastante bien, lo esperado de él.
Tras una hora más de espera por parte de los Kages y de los dos senseis restantes, aparecieron por el camino los que formaban el equipo de Kurenai: Kiba, Hinata y Shino. Los tres parecían algo desmejorados, incluyendo a Akamaru, el pobre animal venía jadeando y con la lengua colgando a un lado del hocico.
De nuevo quedaban en la puerta principal de la ciudad Gaara, Tsunade y Kakashi, a la espera de la llegada de la última participante.
-Se retrasan, ¿no crees, Gaara? –Preguntó Kakashi inquieto, recibiendo por parte de Tsunade una mirada reprobatoria.
-Confío en Kankuro, -respondió Gaara sin mirarlo, en esos dos días que llevaba allí se había dado cuenta de que esa chica, Mara, se había vuelto el quebradero de cabeza de la Hokage y además acaparaba la atención del Ninja Copia, no estaba nada mal para una recién llegada.
Justo dos siluetas se acercaban al galope hacia ellos. Los caballos relincharon al reconcer el lugar. Estaban en casa. Ambos jinetes tiraron de las riendas cuando llegaron a la altura de los que habían salido a recibirles. Desmontaron. Kankuro golpeó en los cuartos traseros a los dos caballos que se dirigieron al interior de la ciudadela, probablemente fuesen en busca de agua y comida a su establo y, con suerte, un merecido y buen baño de agua fría para aliviar sus patas.
Mara y Kankuro se acercaron a los tres que seguían en la entrada. Gaara se acercó para saludar a su hermano sujetándole por el antebrazo y esbozando una casi imperceptible sonrisa. Mara se quitó la capucha, haciendo que su pelo y su rostro quedasen libres.
Sus ojos fueron directos a los de Tsunade, se mantuvo seria a la espera de que la mujer hablara. Por su parte, Kakashi sí tenía los suyos fijos en ella, a pesar de su aspecto: los labios carnosos que recordaba ahora estaban secos y agrietados, los pómulos redondeados estaban algo más hundidos por el hambre y la sed, algunos restos de sangre seca la cubrían otra vez, afortunadamente, no era suya, lo que no había perdido ni un ápice era esa fuerza en la mirada, intensa e intimidante.
Tsunade asintió en señal de aprobación, se dio la vuelta y empezó a andar hacia la ciudad.
-Bienvenida, Mara, -dijo Gaara conciliador, consiguiendo que la mirada capaz de matar de la joven se dirigiera hacia él cambiando de un momento a otro su manera de ver. Pasó de una mirada que podía atravesar el alma a una más amable y con media sonrisa en la boca en señal de agradecimiento. –Espero que disfrutes del tiempo que pases en nuestra aldea. Podrás pasar el tiempo con tu sensei hasta la medianoche de hoy.
Al oír aquello, Mara sonrió abiertamente y miró a Kakashi que seguía sin perderse un detalle de ella desde que había descendido del caballo.
-A pesar de ser uno de los examinadores de este año al mismo tiempo que tu sensei, confío en la integridad de Kakashi como ninja para que no haya ningún malentendido, -aclaró Gaara. –No serás acusada de trato de favor durante ese tiempo.
-Gracias, Kazekage, -respondió con una ligera inclinación de cabeza y la voz algo ronca debido a la sequedad y al vómito.
Dicho esto, Gaara y Kankuro dirigieron sus pasos hacia la Torre donde residían. Mara se quedó quieta como si de una estatua se tratase al ver que Kakshi no hacía ningún movimiento, tan sólo seguía mirándola. El shinobi esperaba a que los otros dos se alejaran durante un tiempo prudencial. Cuando se aseguró de ello y de estar completamente solos, dio un par de zancadas recorriendo la distancia que los separaba.
Algo en su interior le hacía tener de nuevo ese impulso por abrazarla, pegarla contra él y no soltarla, lo mismo que le sucedió en el campo de entrenamiento tras la liberación impetuosa de su chakra.
Se quedó a un palmo de ella, debatiéndose sobre si debía hacerlo o no. Ella seguía mirándole, podía apreciar cómo alternaba su mirada entre su ojo a la vista y el protector bajo el que se encontraba el sharingan, como si de alguna manera ella pudiera verlo. Decidió darle el gusto de verlo y darse el gusto de grabar su imagen en su retina. Removió el protector y dejó a la vista el sharingan de Obito. El gesto pareció intimidarla un poco de cierta manera, creyó que estaba pidiendo una explicación por lo que empezó:
-He hecho un par de cosas que no te van a gustar y otra que te va a repugnar, -empezó. –Pero puedes estar seguro de que he hecho todo lo que he podido para pasar la prueba.
Era todo lo que necesitaba, ahí estaba su esfuerzo por tratar de conseguir quedarse en Konoha. Sin darle tiempo a más explicaciones acortó la distancia que había entre ellos y la pegó a él rodeándola con sus brazos.
