Bueno, pues creo que va tocando una nueva actualización de nuestra chica perdida en el desierto, jejeje. Espero que os estén gustando más los capítulos ahora que ya ha dejado de deambular sola a merced de los buitres.

Capítulo 48

Después de lo que le pareció a Mara una eternidad y a Kakashi un suspiro, ambos se separaron y siguieron mirándose, la primera confusa y el segundo obnubilado. Tras varios días separados, sin poder acercarse a ella, ni siquiera hablar más de lo estrictamente necesario en las diferentes pruebas, el tenerla delante hacía que se bloqueara por todo el cúmulo de estímulos que estaba recibiendo en tan poco tiempo: el olor que estaba bajo la capa de suciedad y sudor, la sonrisa bajo esos labios agrietados, el carácter fuerte ahora sosegado por el cansancio.

Tras el tierno momento, el estómago de la joven rugió en protesta después de días sin probar una comida decente.

-Creo que como sensei es mi obligación mirar por la supervivencia de mi alumna, -dijo Kakashi colocándose una mano detrás de su cabeza después de cubrir otra vez su sharingan. –Venga, te invito a comer, apuesto a que no has probado los manjares del desierto.

-Te sorprenderías… -Respondió rememorando el episodio con el buitre.

-No me refiero a unos pocos dátiles, -dijo omitiendo que sabía lo del buitre, esperaba que ella se lo contara por sí misma, aunque no parecía que fuese a pasar. Comenzaron a andar en busca de una de las tabernas de la ciudad.

Mara notó que la gente de Suna no era tan extrovertida como la de la Hoja, pero tampoco tan reservada como en la Lluvia. Vestían túnicas largas y holgadas de tejidos de colores claros o tierra y de una factura fina y transpirable para combatir el calor. Además, la mayoría portaban turbantes para evitar la exposición al sol.

Los edificios eran redondeados para que las tormentas de arena del lugar ocasionasen los menores desperfectos posibles y no se alzaban tan elevados como los que recordaba de Amegakure. También eran de colores claros y sin apenas balcones o ventanas. Los comercios situados bajo las casas, tenían enormes carteles donde se anunciaban todo tipo de productos, desde comida o utensilios hasta apuestas del hipódromo.

Mara se quedó mirando la casa de apuestas, en un enorme tablón, estaban puestos los resultados de las carreras del último día y en otro las que estaban por correrse en el siguiente día de la competición junto a las cantidades que se pagaban. Algunas de ellas astronómicas.

-La Hokage es aficionada a estos juegos, -dijo Kakashi en voz alta tras fijarse en el cartel que había llamado la atención de la joven.

-Apuesto a que pierde todo el dinero que apuesta, -respondió Mara con sorna.

-¿Cómo lo sabes? –Preguntó intrigado.

-Un ninja nunca revela sus secretos, -dijo de la misma manera que él le contestó al salir de la tienda de suministros en Konoha. -¿Crees que podríamos venir antes de irnos? Ya sabes, después del examen.

-Quizá puedas venir con Tsunade, seguro que ella estará encantada de que la acompañes, -respondió Kakashi sabiendo que era de las cosas más improbables que podrían ocurrir y ganándose una mirada aborrecida de la muchacha. –Ya casi hemos llegado, comeremos allí.

A unos pocos metros, el ninja señalaba lo que parecía una pequeña tasca, donde se acumulaba la arena en algunas esquinas, el cartel estaba desvencijado y casi sin color donde se pudiera leer el nombre del sitio y sin demasiado trasiego de gente.

-¿Vamos a comer ahí? –Preguntó con cara de asco imaginando el interior.

-Nunca juzgues un libro por su portada, -respondió con un halo de misterio. Mara no dijo nada, pero lo siguió adentrándose en el local de mala gana.

En el interior, una luz ambarina y artificial iluminaba el sitio. Tras la barra, había un cocinero obeso y calvo con una cinta atada a la frente con el símbolo de Suna para contener el sudor que los fogones y el clima de por sí le producían. Al percatarse de que tenía clientes, les dio la bienvenida y les tendió dos cartas con los platos disponibles. Sin preguntar nada, les sirvió agua fría y saludó con entusiasmo y efusividad sin medida al ninja.

-¡Mira a quién tenemos aquí! ¡Si es mi mejor cliente de la Hoja! ¡Te he extrañado! Hacía mucho que no venías por aquí, -dijo limpiándose la mano que posteriormente le ofreció estrechar a Kakashi seguido de una estentórea carcajada. -¿Al fin has sentado la cabeza, Zorro Plateado? Es guapa, aunque algo joven para ti, ¿no crees? –Dijo siguiendo con la enorme carcajada al ver cómo la chica abría los ojos desmesuradamente ante el comentario y la insinuación.

-No, Sato, ella es mi nueva alumna, -aclaró. –Y justo acaba de atravesar el desierto para completar la segunda prueba del examen, así que sírvele tu especialidad.

-Eso está hecho, señorita, le aseguro que no va a probar una comida tan deliciosa en ninguna parte, -dijo volviéndose hacia los fogones y dándole la espalda a los comensales. –Espero que no sea un maestro muy estricto, y si lo es, házmelo saber y le daré una buena tunda, -dijo con una gran cuchara de madera en la mano a modo de advertencia. -No quiero que una chica tan bonita como tú sufra a un amargado como él.

-Oiga, ¿me ha visto bien? –Dijo Mara haciendo alusión a su aspecto desmejorado.

-Tengo un buen ojo, -dijo mientras empezaba a añadir ingredientes a la sartén haciendo que chisporroteara el aceite y los olores comenzaran a llegar a la nariz de la hambrienta joven. –Mi tatarabuelo por parte de madre… ¿O era de padre? Estaba emparentado con los Hyūga, de manera que sé ver debajo de las capas con las que se cubren la personas, -dijo con misterio señalándose un ojo. –Y yo puedo ver que tienes buen corazón debajo de esa coraza de espinas, yo te definiría como una bella flor del desierto; puedes soportar tormentas de arena y las peores sequías, pero ahí permaneces sin doblarte ante las inclemencias y tan fresca y radiante como siempre. Aquí tienes.

Tras el elogio, colocó delante de ella un enorme plato que contenía una extraña carne hecha al punto, fideos salteados y, junto a todo, un pequeño bol con una salsa de un rojo sangre muy particular. Mara olió el plato como si pudiera alimentarse con sólo el olor.

-Es carne de caballo y eso de ahí es curry rojo, especialidad de la Aldea, -explicó Sato desde el otro lado. De inmediato colocó frente a Kakashi otro plato idéntico y deseó buen provecho. –A esta invita la casa, Zorro Plateado.

Dicho esto, desapareció al fondo de la cocina dejando a ambos comensales frente a cada plato. Mara miró al ninja pidiendo permiso para empezar. No cogió ni los palillos, sus dedos fueron rápidos a por los trozos de carne que hundió en el curry y se lo llevó a la boca haicendo que emitiera un gemido de placer. Tan concentrada estaba en devorar su plato que no notó cuando Kakashi se bajó la media máscara para comer él del suyo.

-¿Sigues pensando lo mismo de este sitio? –Preguntó viéndola comer entre bocado y bocado suyo.

-Ese tipo tiene razón, hay que saber ver más allá de las capas bajo las que nos escondemos, -dijo parafraseando al cocinero. -¿Sabes? Me encanta el curry rojo, pero en la Lluvia era muy escaso y difícil de conseguir, por no hablar del precio.

-¿Ya lo habías comido antes?

-Sí, pasé un tiempo en una de las aldeas menores del País del Viento, cuando era una cría, -dijo sin tapujos. –Viajé mucho con mi padre durante un par de años.

-Ah… -Fue lo único que atinó a decir sorprendido por la confesión.

-Pero el clima no era tan extremo, como aquí, podíamos sobrellevarlo mejor, -añadió haciendo una pequeña alusión a su padre. –De todas formas, no nos quedamos mucho tiempo, sólo estábamos de paso.

-¿Fuísteis a muchas aldeas? –Preguntó algo temeroso por que se cerrara en banda y no quisiera seguir hablando.

Mara disminuyó su velocidad de masticación y lo miró indecisa sobre si debía decir más o callar. Kurōkami, en otras ocasiones se mostraba más reticente a que revelase algo, estaba en silencio y con su chakra en calma, lo que la invitó a continuar.

-Durante ese par de años, mi padre y yo estuvimos yendo de una aldea a otra, -empezó. –Decía que el conocer diferentes lugares me haría entender mejor el mundo. Visitamos Suna, Kumogakure, Kirigakure, Iwagakure, Takigakure y, finalmente, nos establecimos en Amegakure.

-¿Y te gustaba viajar?

-No me importaba dónde ir o dónde estar, simplemente, me gustaba estar con él, -respondió pensativa, con la mirada perdida al frente como si pudiese ver algo que él no. No hacía falta poseer un sharingan para saber que echaba de menos a su padre.

Un padre, a ojos de Kakashi, que no sólo la arrastró durante años por caminos de una aldea a otra, sino que la abandonó en manos de desconocidos cuando más le necesitaba, cuando casi muere. No era nadie para pedirle una explicación por ello, en realidad, no era nadie para pedirle una explicación por su pasado, pero esos hechos que describía le hacían parecer un mal padre.

Mara le dedicó una media sonrisa y volvió su atención al plato ya casi vacío. Tras unos minutos de silencio, donde cada uno estaba sumido en sus pensamientos, la joven decidió volver a hablar:

-Bueno, dime, Zorro Plateado, -comenzó en un tono más animado y usando el apodo que le había dado el cocinero. -¿Qué tengo que saber sobre la prueba de mañana? Kiba me dijo que sería un combate. ¿Quién será mi oponente?

-Hasta mañana en el momento del combate no se sabrán los emparejamientos, -respondió el ninja. –Los enfrentamientos los elegirán los Kages.

-¿Conoces a los que han superado la prueba? –Preguntó de manera pensativa. –Podemos hacer una suposición de quién será mi adversario.

-¿Eh? –Preguntó confundido el shinobi. –Lo discutiremos mientras vamos a darte un baño y a quitarte ese olor a caballo.

La joven se olfateó a sí misma y pudo constatar que no era el mejor de los aromas, de manera que accedió sin poner ninguna queja ni resistencia y pasando por alto el hecho de que se incluyera en la acción de darle un baño a ella. Los dos salieron del local y enfilaron una de las calles en dirección a la Torre del Kazekage. Todo estaba muy tranquilo, la gente huía al interior de las casas para evitar el calor extremo de las horas centrales del día, lo que les proporcionaba todo el ancho de la calle para ellos. Sus voces retumbaban produciendo algo de eco entre los edificios.

-Bien, veamos, -empezó Mara a hacer memoria tras hablarle Kakashi de aquellos que habían superado la prueba del desierto. –Podemos descartar a Aburame, ya me he enfrentado a él mientras tú estabas en aquella reunión, en mi defensa diré que tu apreciado amigo Yamato me retó a hacerlo, así que no creo que esa Senju quiera volver a vernos luchar. ¿Qué hay del alumno favorito de ese otro amigo tuyo? El de las mallas verdes.

-¿Lee? Es un excelente usuario de taijutsu, -dijo Kakashi resaltando su cualidad más notoria.

-Pues descartado, no le interesa alguien que sólo pueda ofrecer un estilo de lucha, -respondió Mara.

-¿Quizás te enfrentes a Hinata?

Mara bufó y puso los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza.

-¿La chica Hyūga? No mataría ni a una mosca, ni aunque le fuese la vida en ello, -respondió molesta. –Tsunade quiere ver sangre, no como nos acicalamos el pelo la una a la otra. ¿Qué me dices del otro Hyūga?

-¿Neji? Es una de las promesas de la Aldea, maneja el Ninjutsu a un nivel muy elevado, -respondió Kakashi. –No creo que deba ponerte en esa tesitura.

-¿Crees que no podría contra él? –Preguntó haciéndose la ofendida. –Eso ha herido mi pobre corazón, -dio llevándose una mano a la frente y otra al pecho de manera trágica y dramática.

-¡No he dicho eso! Sólo quería decir que… -Kakashi paró de hablar, realmente, dudaba que ella pudiera vencer a Neji en un combate, reconocía que tenía recursos para salir adelante en determiandas situaciones, pero el estilo y la precisión de Neji Hyūga podía ser demasiado para cualquiera sin un mayor y mejor entrenamiento.

-Un día, no muy lejano, te recordaré este momento, -dijo de manera amenazadora. –Y tendrás que retirar tus palabras y pedirme disculpas por ellas. Bien, sigamos.

-Kiba y Akamaru, hacen unas técnicas conjuntas, de Genjutsu, puede crear la ilusión de que hay dos Kibas, aunque uno sea Akamaru, -explicó Kakashi volviendo a enumerar los que quedaban.

-No, podemos descartarlo, no querrá a alguien que sólo puede utilizar un solo estilo, además no quiero terminar limpiándome las babas de perro después de machacarle, -respondió Mara concentrándose en los candidatos. -¿Y qué me dices de la otra chica que entrena tu amigo?

-¿Tenten? Es maestra de armas.

-Ah, tampoco creo que sea adecuada, -dijo Mara moviendo una mano para quitarle importancia. –No creo que Tsunade se impresione mucho si hago aparecer un par de katanas de un pergamino. Además, si es una prueba conjunta de dos aldeas, lo normal sería enfrentar a los de una con los de la otra. ¿Cuál es el mejor de los que han pasado de la Arena?

-Yo diría que Satoshi, -respondió Kakashi. –Maneja el ninjutsu y el taijutsu, además puede manejar varios elementos de chakra. Pero no creo que…

-Será ese, -dijo Mara interrumpiéndole. –Piénsalo, es el campeón de la Arena, ¿crees que Tsunade arriesgaría el aprobado de uno de sus ninjas? Ni hablar, ese tipo va a ser mi adversario. ¿Algún consejo?

-Pues… -Empezó a decir Kakashi de manera pensativa. Lo cierto era que no se le ocurría nada.

-Venga, eres mi sensei, ¿no? Se supone que tendrías que prepararme para enfrentarme a él, -dijo Mara con el ceño fruncido. -¿Tienes alguna técnica que enseñarme bajo la máscara? ¿Conoces alguna debilidad que pueda usar?

-Mara, ¿sabes qué? –Empezó a responder con un deje de misterio. –Durante días y días me has pedido que confíe en ti, así que, creo que este es el momento de hacerlo. Confío en que te enfrentarás a tu contrincante y le vencerás, sea el que sea. Estoy seguro de que te las arreglarás. Has demostrado que tienes recursos.

-Tus palabras no van a hacer que le haga morder el polvo, -se quejó sin obtener nada más del ninja.

Mientras hablaban habían llegado a la Torre del Kazekage, a Mara le resultó muy parecida a la que había en la Hoja. Ambos entraron y recorrieron los pasillos hasta llegar a la habitación que ocupaba Kakashi. Una vez dentro, la joven corrió hacia el baño, cerró la puerta y exclamó:

-¡Tiene bañera! –Volvió a abrir la puerta y sacó la cabeza al pasillo encontrándose con un sonriente shinobi. -¿Te importa si la uso?

-Adelante, no te molestaré, -concedió. Volvió a la pequeña sala principal y se quedó sentado contemplando la ciudad a través de la pequeña ventana. Algo en él sintió paz y sosiego, el tenerla de nuevo a su lado le hacía estar en calma y tranquilo. La tensión que había acumulado se había ido en el mismo momento en que la vio aparecer con Kankuro y pudo observarla con su sharingan, como si el ojo hubiese echado de menos su visión. De nuevo, la tensión volvió esta vez a su entrepierna, cuando escuchó el ruido del agua correr, sabía que estaba tan desnuda como él lo había estado hacía a penas unas horas antes. Imaginaba el agua tibia recorriéndola, pegando su cabello húmedo y aún más negro si cabía, a lo largo de su espalda y siguiendo más abajo, internándose entre sus glúteos y cayendo por toda la longitud de sus piernas. Luego recordó sus manos, las mismas manos que había creído sentir sobre su propia piel, tocándose a sí misma por cada íntimo rincón de su cuerpo, extendiendo el gel sobre cada uno de sus poros para devolverle el aspecto suave y limpio de siempre.

Una pregunta le vino a la mente, ¿y si no fuesen las manos de ella sino las suyas propias las que la liberasen del sudor y el polvo? ¿Por dónde empezaría? La imaginaba tendida en la tina y medio sumergida en el agua jabonosa. Hundiría una de sus manos en el agua en busca de la escurridiza esponja. Casi podía ver la tensión en sus músculos, antes relajados, mientras continuaba con su búsqueda haciendo que sus pieles se rozasen aquí y allá improvisadamente.

Comenzaría con uno de sus brazos, con suavidad retiraría cada mota de polvo y arena. Seguiría con el otro sin demora, que ella misma le ofrecía para tener un mejor acceso. Con la mano libre tocaría su pelo para echar su cabeza hacia atrás y tener una mejor vista de su cuello. Seguiría deslizando hacia abajo, poco a poco, la esponja, por el pecho y sus dos redondeces turgentes que le pedían que se olvidase de la esponja e hiciera aquella suave fricción con sus propias manos desnudas en contacto piel con piel. Se contendría, se decía a sí mismo en un intento por convencerse. Bajaría un poco más por su estómago, su vientre y redondearía las caderas.

La imaginaba mientras tanto mirándole sin perderse un detalle de cada uno de sus movientos bajo el agua. Sin pedírselo, Mara haría emerger una de sus piernas a la superficie para alentarle a que continuara hacia su pie por el camino que su muslo prieto por el duro entrenamiento le indicaba seguir. Cuando llegase al final, recorrería el camino inverso desde su otra pierna hasta que, lenta pero inexorablemente, llegaría hasta su ingle. Una vez ahí se detendría. Llegados a ese momento, pocas palabras harían falta para entenderse entre ellos. Quizá ella volviese a elevar una de sus piernas para permitirle un mejor acceso a su zona más íntima y él, dejaría caer de nuevo al fondo de la bañera la esponja. Seguiría con las yemas de sus dedos el doblez de su ingle. Acariciaría el final de sus glúteos y, con uno sólo de sus dedos recorrería de abajo arriba sus pliegues, hasta alcanzar el pequeño botón de su cima.

Para entonces, el contacto visual se habría perdido, ella tendría los ojos cerrados abandonándose a las sensaciones y la respiración entrecortada.

Descendería de nuevo buscando con cuidado la hoquedad caliente de su centro. Empezaría hundiendo uno sólo de sus dedos y se deleitaría de sus reacciones, conociéndola, ya habría mordido su labio inferior y con suerte un gemido habría escapado de sus labios por la sorpresa. Tras unos vaivenes llegaría el segundo dedo a su interior mientras jugaría con su pulgar sobre el clítoris.

Unos minutos más y todo habría acabado. La vería sujetarse con fuerza a uno de los bordes con una de sus manos mientras alcanza su liberación con un gemido largo y quedo. Por último, la contemplaría recostarse de nuevo mientras se sosegasen su respiración y su corazón. Ahí, el contacto de sus miradas se haría presente de nuevo y casi podía verla con su media sonrisa socarrona a la espera de más.

Antes de que se diera cuenta, había tenido que colocar uno de los pequeños cojines que adornaban el sofá en el que se encontraba sentado sobre su entrepierna que ya lucía abultada por su desbordante imaginación. El sonido del agua desapareció, se tensó, no podía encontrarlo justo así.

-Kakashi, tengo un problema, -se escuchó su voz al fondo.

-¿Qué ocurre? –Preguntó sin intención de moverse hasta que su estado se lo permitiera, y añadió para sí mismo: -Porque ya somos dos.

-No tengo ropa.

Aquella declaración no ayudó en nada, más bien agravó su problema. Para él, tenía que reconocer, no era un problema. Cerró los ojos, respiró hondo, trató de calmarse y de analizar lo que acaba de escuchar, pero tras imaginar todo aquello, sólo veía su cuerpo cubierto por una pequeña toalla de un blanco inmaculado y diminutas gotas escurriendo por sus brazos y piernas.

Escuchó pasos descalzos sobre el suelo de piedra dirigiéndose hacia él. Actuó rápido y echó el cuerpo hacia delante con intención de evitar que pudiera ver algún indicio de la erección que seguía dura y apretada dentro de sus pantalones. Cuando abrió los ojos, la imagen que había imaginado hacía unos instantes se materializó: allí estaba su alumna envuelta en una toalla blanca impoluta que dejaba a la vista sus piernas desde casi más arriba de la mitad de su muslo y que terminaba bajo sus brazos y en el inicio de su busto. El pelo negro caía ordenado a cada lado de la cara, ahora despejada de ese rebelde mechón que, normalmente, la adornaba.

-¿Puedes conseguirme algo de ropa? –Preguntó de nuevo parándose en el umbral de la puerta. –La mía apesta y está llena de arena.

Kakashi simplemente asintió, pero no movió ni un solo músculo, sólo los de sus ojos que subían y bajaban de arriba debajo de su cuerpo, sería descarado abrir ahora el sharingan. Abrió y cerró varias veces la boca bajo su máscara, pero no consiguió emitir ningún sonido. Más bien, parecía un pez boqueando fuera del agua.

-Claro, espera un segundo, -dijo cuando consiguió reunir las palabras adecuadas de entre las que su mente le proponía en terrenos peligrosos. Se llevó las manos hacia uno de los bolsillos de su chaleco táctico. Abrió uno de los bolsillos y extrajo un pequeño rollo de sellado. Se lo tendió sin levantarse ni mover un ápice el cojín que seguía sobre sus muslos.

Mara por su parte, esperaba una reacción más rápida, pero decidió dejarlo pasar. Observó el rollo en su mano y decidió acercarse para cogerlo. Extendió su brazo, haciendo que la toalla se moviese ligeramente, pero sin revelar nada nuevo, ella no pareció darle importancia al hecho. En cambio, para el ninja no pasó desapercibido y le hizo apretar la mandíbula. Ahí estaba de nuevo la cercanía y el contacto de sus dedos sobre los de él para tomar el rollo que amablemente le ofrecía.

Apenas fue un segundo y sólo sobre dos de sus dedos, pero fue suficiente para que parte del calor y la humedad de su piel se impregnasen sobre sus dedos, provocando una descarga eléctrica desde su mano hasta su médula.

-Gracias, -dijo con una media sonrisa de sobra conocida y jugando con el rollo entre sus dedos. Sin más se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a cuarto de baño para terminar de vestirse, regalándole otra buena imagen sí misma a su sensei.

Kakashi no se levantó, ni realizó ningún movimiento hasta que se cercioró de escuchar la puerta cerrarse con un suave golpe. Metió su mano bajo el cojín y se masajeó tratando de recolocar el bulto y reducir la presión que sentía peor que la que sintió en el desierto. Poco a poco, pudo calmar la tensión y aparentar normalidad, justo en el momento en que volvía a aparecer, esta vez completamente vestida, ante él.

Se sentó junto a él en el sofá, recostó la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos con gesto cansado. Saltaba a la vista que el cansancio de todos esos días atrás, la tensión y la necesidad de supervivencia habían hecho mella en ella.

Kakashi pudo pararse a mirarla con detalle, sin arriesgarse a ser descubierto. Tenía las facciones relajadas, el cuello estirado hacia atrás. La camiseta azul marino sin mangas dejaba sus brazos al descubierto, ese detalle llamó la atención de Kakashi. Recordaba haberla visto reabrirse la herida que Ino le suturó en la Hoja después de completar la primera fase de la segunda prueba. Por más que miraba, no se apreciaba ni costra de sangre seca, ni siquiera una delgada línea que indicara que ahí la piel había sufrido una herida.

-Mara, ¿y tu herida? –Preguntó con cierta malicia, sabiendo que el estado somnoliento de la joven jugaba a su favor mientras le daba la vuelta a su brazo para poder observalo mejor. –Creía que te la habían suturado, pero no lo está. Ni siquiera la tienes.

-¿Mmm? –Se quejó confusa. Bostezó. Se liberó de su agarre negándole el agradable contacto con su piel y se tumbó hacia el lado contrario del sofá. –Es por su chakra.

-¿Su chakra? ¿De quién? –No obtuvo respuesta. -¿Mara?

La muchacha había sucumbido al sueño. Estaba recostada sobre su lado derecho, la camiseta se había vuelto a subir dejando la cicatriz de la herida que la trajo a la Aldea al descubierto. Veía con definición el comienzo y el final y entre ambos extremos una delgada línea de apenas un par de milímetros de grosor, de un color algo más claro que el resto de la piel de alrededor y lo que parecía un tacto diferente.

La duda estaba en su cabeza, ¿por qué en su vientre tenía esa cicatriz visible y, sin embargo, en su brazo no había quedado ninguna marca?