Hola a tod s, gracias por leer mi fic ^^, os dejo un nuevo capítulo donde nos remontamos al pasado, al principio de los tiempos, espero que os guste ^^. Espero que esta parte del desierto de Suna no se os esté atragantando. Espero esos reviews ^^
Capítulo 49
Llevaban un día con los pies casi enterrados permanentemente en la fina y rojiza arena del extenso desierto de Suna. La conversación era escasa y el silencio sólo se rompía cuando algún buitre les sobrevolaba en busca de carnaza de la que alimentarse, por desgracia para el animal, esa carne no entraba en su menú.
-¿Recuerdas cuando padre nos trajo a negociar con el Clan Shirogane, Tobirama? –Empezó Hashirama la conversación con una sonrisa ante el recuerdo. –No parábamos de quejarnos del calor y de la arena que se nos colaba por todas partes.
-Éramos unos críos, hermano, -respondió Tobirama, restándole importancia.
-¿Y tú Madara? ¿Has estado aquí antes?
-El clan Shirogane se alió con los Senju, decidieron su bando en la guerra, no teníamos nada que negociar aquí y éste no era un buen campo de batalla para los Uchiha, -respondió lanzando una mirada rápida a los dos Senju.
El silencio se hizo de nuevo entre los tres. Madara miraba al frente, donde sólo se extendían dunas y más dunas y donde una extraña quietud se había instaurado. El viento había cesado, no había buitres en el cielo desde varios kilómetros atrás y, en el horizonte, una extraña nube difuminaba la línea entre cielo y tierra.
Tobirama empezaba a mostrar inquietud, todos esos factores no le gustaban, estaban desprotegidos y a merced de posibles inclemencias de ese clima desértico. Su instinto le decía que debían buscar refugio o proporcionárselo de alguna manera. Para ello contaba con su hermano, llegado el momento.
Hashirama, por su parte, no mostraba preocupación alguna, como si de un niño se tratara, estaba feliz por encontrarse en compañía de su hermano y del que consideraba su mejor amigo. Se mostraba relajado y de alguna manera estaba disfrutando de todo lo que estaba sucediendo desde que despertó por el Edo Tensei.
De pronto, Madara detuvo sus pasos y se tensó. Tenía los puños apretados, su sharingan visible y la expresión de su rostro era dura. Tobirama se paró junto a él, mirando en la misma dirección en que miraba el Uchiha.
-¿Qué os pasa? –Dijo Hashirama viendo el comportamiento de ambos.
-¿Has sentido eso, Uchiha? –Preguntó Tobirama volviendo a concentrarse en el mismo punto en el horizonte, donde la nebulosa rojiza de antes se había vuelto de mayor tamaño. –¿Es un chakra que conoces? Es enorme, si se siente a esta distancia.
-Esto lo va a pagar caro, -murmuró el Uchiha demasiado bajo para que el otro lo oyese. –Cambio de planes, no vamos a la Hoja.
-¿Qué ocurre? –Preguntó Hashirama sin comprender demasiado lo que sucedía. -¿Qué era ese chakra?
Antes de que ninguno pudiera responder una pared de arena se acercaba a ellos. El viento empezaba a soplar cada vez más fuerte haciéndoles imposible el avance. Los granos de arena se arremolinaban a su alrededor, cegándoles a escasos metros de distancia, dificultando su avance y, además, erosionaban la piel de los revividos que, aunque poco a poco podían regenerarse gracias al jutsu, sólo conseguía ralentizarles aún más.
-¡Madara, debemos parar! –Gritó Hashirama para hacerse oír. –¡Tenemos que esperar a que la tormenta de arena amaine!
-¡Yo doy las órdenes, Hashirama! –Gritó por encima del rugir de la tormenta. -¡Seguiremos avanzando!
-¡Si seguimos, pronto no quedará nada de mi hermano ni de mi, viejo amigo! –Respondió Hashirama en un intento por apelar a la cordura de Madara. -¡Seguiremos en cuanto remita!
Madara seguía mirando al mismo punto del horizonte, a pesar de que la tormenta le impedía ver a penas a un par de metros de distancia. Sin esperar respuesta por su parte, Hashirama hizo varios sellos y del suelo brotaron troncos de madera que conformaron un refugio improvisado de un tamaño suficiente para mantener la distancia entre los tres y que las horas de reclusión fuesen lo más confortable posible para todos. Bien era sabido que su hermano y Madara nunca cogeniaron bien, por no mencionar que fue Tobirama quien hirió de muerte en combate a Izuna, el último hermano vivo de Madara, lo que no facilitaba las cosas entre ellos.
-Tobirama, vamos, entra, -dijo haciéndole un gesto con la cabeza para indicarle que pasase al interior de la improvisada cabaña. Tobirama dirigió una última mirada al Uchiha que seguía en la misma posición, sólo que con los ojos entrecerrados para tratar de preservarlos del azote de la arena. -¡Madara, entra!
No supo muy bien si fue el grito o la inesperada orden directa lo que le hizo girarse para encarar a Hashirama que le esperaba en el umbral de la puerta. Internamente, se debatió entre lo que quería y lo que debía. Lo que quería era alcanzar de una vez lo que tanto ansíaba y lo que debía era entrar en esa maldita cabaña y esperar a que pasara la tormenta de arena para que los Senju no se deshicieran como un papel mojado.
Gritó de impotencia tanto como su garganta le permitió con los dientes apretados.
-¡Malditos seáis todos los Senju! –Espetó. Recorrío la distacia que le separaba de Hashirama de tres zancadas largas y rápidas, lo apartó de un empujón hacia el interior y cerró la puerta con fuerza tras él.
El panorama en el interior del pequeño espacio habitable de la cabaña no era del agrado de ninguno, salvo de Hashirama, quien pensaba que eso era lo más parecido a una acampada que había vivido nunca. Lo hizo sonreír de esa manera bobalicona que solía hacerlo.
Tobirama estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos cerrados como si meditase. De repente, el lanzamiento de un katon y el calor de las llamas en su rostro le hizo abrir los ojos. Madara había prendido fuego la madera del suelo para generar algo de luz en el interior casi a oscuras por la tormenta del exterior que casi cubría por completo la luz del sol.
-Al fin haces algo útil, para variar, Uchiha, -dijo con un ligero asentimiento.
Antes de que Madara pudiera lanzarse hacia el Senju para hacerle pagar por sus palabras, Hashirama se interpuso entre ellos y sujetó a Madara por los hombros haciendo que se detuviera en seco.
-Tranquilo, viejo amigo, mi hermano no habla en serio, -dijo Hashirama tratando de calmarle los nervios y reprendiendo con la mirada el atrevimiento de Tobirama. –Sentémonos, conversemos como antaño, Madara. Dime qué ocurre. Sólo te he visto así de alterado una vez en mi vida y, si no fuese porque es imposible, diría que casi has vuelto a perder a Izuna de alguna manera.
Con la mera mención del nombre de su hermano y el hecho de mencionar la pérdida, hicieron que la furia incediara los ojos de Madara que no dudó en activar su sharingan de nuevo y en sujetar con una mano el cuello de Hashirama con intención de estrangularle.
-No hables de lo que no conoces, Senju, -dijo a menos de un palmo de distancia con los dientes apretados por la ira. –No he perdido a nadie.
-Entonces déjame saber, -dijo con dificultad por el agarre férreo que le propiciaba el moreno. -¿Por qué nos necesitas?
Madara ocultó el sharingan y soltó el cuello de su amigo echándolo hacia atrás, lo que provocó que cayese de espaldas quedando tumbado a todo lo largo que era junto a Tobirama quien no se había movido, a veces su hermano se ganaba la ira del otro a pulso. El Uchiha rodeó el pequeño hogar y se sentó frente a ellos al otro lado del fuego, dándole las llamas un aspecto siniestro a su rostro.
Hashirama se frotaba el cuello con su mano mientras se recomponía. Se sentó en una postura idéntica a la que había adoptado su hermano y siguió mirando con ojos comprensivos a su amigo.
-¿Qué te aflige? ¿Qué no te deja encontrar la paz después de todos estos años, Madara? –Preguntó en voz baja. Ambos se miraron de manera directa y sin amedrentarse el uno al otro por encima de las llamas, eran demasiados los años que hacía que se conocían como para mostrar miedo el uno del otro y, sin pensarlo demasiado, le respondió con sinceridad y con una voz que salía firme y segura de su garganta:
-Errores de mi pasado que ahora trato de enmendar, -dijo de manera críptica.
-Si tu causa es noble, te ayudaré, nunca perdí la esperanza de que, algún día, pudiésemos volver a convivir en paz Senjus y Uchihas, aunque hayan tenido que pasar décadas y haya tenido que resucitar para poder verlo, -dijo Hashirama con una sonrisa.
-Y aunque ambos clanes estén casi extintos, -añadió Tobirama.
Madara lo miró entre desconfiado y contrariado, no esperaba esa buena disposición sin necesidad de usar los talismanes de control, aunque Hashirama nunca fue alguien que mintiese en sus palabras. Asintió por respuesta y añadió:
-Cuando lo veas por ti mismo, todo será más fácil de explicar, -sin más adoptó su típica postura de meditación, cerró los ojos y se armó de paciencia para que la charla de los hermanos, unido al ensordecedor ruido de la tormenta de arena junto con sus pensamientos sobre esos errores de su pasado no acabasen por sacarle de sus casillas en ese espacio tan reducido. De cualquier forma, siempre podía recurrir a los talismanes de control para hacer que se quedasen en silencio como si de marionetas sin hilos se tratasen, aunque tenía que reconocer que le divertiría mucho menos todo aquello.
En ese estado meditativo, cuando consiguió evitar que el murmullo entre los dos Senjus se le colase en sus pensamientos, otra vez comenzaron a fluir los recuerdos entre los resquicios de su vieja mente. El transcurso del año que le dio de vida al bebé pasó muy rápido, más de lo que le hubiese gustado. Tan ocupado en sus planes había estado que casi lo pasó por alto.
Había llegado a las inmediaciones de la aldea unos días tarde después de transcurrir el año. Se colocó sobre sus hombros una capa de viaje que le ocultase de miradas curiosas e ingresó en la aldea. Conocía perfectamente la fachada de la casa que buscaba. Se había dicho a sí mismo que sólo hacía eso como reconocimiento del terreno para asegurarse de no fallar en lo que estaba decidido a terminar esa noche, amparado por la oscuridad.
Anduvo por lo que parecía ser la calle principal, la gente no le prestaba ninguna atención, ni siquiera los pocos guardias que podía haber. Un anciano no levantaba sospechas de ningún tipo, demasiado viejo para robar y demasiado viejo para llegar a huir. Ilusos, pensó, su intención no era robar y, por supuesto, ellos no eran rivales de los que huir.
Al llegar a la altura de la casa de té se desvió por uno de los callejones aledaños que daba a una calle menos transitada y tranquila, donde sólo había viviendas con pequeños porches que se enfrentaban unos a otros. En algunos, veía señoras que se afanaban en mantener sus moradas limpias y lustrosas, en otras algunos niños jugaban con espadas de madera, pero la que él buscaba estaba, aparentemente, en completo silencio, sólo se escuchaba una voz que arrullaba con una canción de cuna.
Se quedó oculto tras uno de los árboles cercanos, no oía el bebé llorar, cosa que le extrañó. ¿Y si había enfermado durante el invierno? Ese invierno había sido especialmente duro, de todos es sabido que muchos bebés no se sobreponían a los rigores del invierno.
-¡Madre! ¡Ven, rápido! –Una voz aún infantil rompió el canturreo de la mujer. La oyó deslizar la puerta corredera. Supuso que había entrado en la casa.
Salió de detrás del árbol y se acercó al pequeño porche donde el bebé dormía dentro de una canasta, entre los pliegues de la misma manta que tenía la otra vez que fue a visitarla. Se asomó a la cesta, curioso, esperando ver el mismo bebé dormido de la primera vez. Sin embargo, pudo comprobar que había crecido, el pelo ralo de su cabeza se había convertido en una mata de pelo negro, espeso y abundante. Tocó la mejilla rosada y rechoncha con uno de sus huesudos dedos. El tacto era suave y agradable como el algodón. Precisamente fue ese contacto lo que hizo que abriera los ojos, grandes y negros, y le sonriera sin motivo agitando sus brazos y piernas como si de alguna manera le recordase y se alegrase de verle.
-Sigues siendo molesta, -le susurró como si pudiera entenderle.
Los pasos de la mujer acercándose indicaban que se dirigía de nuevo hacia el exterior, alertados por los sonidos y gorgoreos alegres del bebé. Eso hizo que el anciano se separarse y girarse, dándole la espalda a la casa. Sabía que la madre había salido y le había visto, pero ningún sonido que alertara a los guardias salió de su garganta, lo que hizo que se quedara de pie, esperando algo, pero no sabía qué.
-Te has dignado a aparecer después de tanto tiempo, -dijo con reproche la mujer, reconociendo quién era sin tener que verle la cara. –Por si te interesa, se llama Mara.
El anciano no se dio la vuelta para encararla, tan sólo asintió bajo su capa de viaje satisfecho con el nombre. Le parecía un buen nombre, un nombre digno, un nombre con fuerza. Sin decir nada más, se alejó de aquel lugar y se dijo a sí mismo que podía esperar otro año más.
