Os voy a ir dejando otro capítulo cortito por aquí ^^. Espero que os esté gustando. Saludos.
Capítulo 50
Después de unas pocas horas, Kakashi decidió que era hora de que volviese, muy a su pesar, con los demás participantes. Había disfrutado del poco tiempo que había pasado con ella. Reconocía que el hecho de que se quedara dormida había restado tiempo para poder seguir hablando con ella, cuando lo hacían el tiempo volaba, pero también sabía que su cuerpo necesitaba ese descanso que se había negado a ella misma durante todos esos días de pruebas.
Cuando se había quedado dormida había decidido levantarse y cederle todo el espacio del sofá a ella, que no tardó en reclamar. El shinobi acomodó las cortinas para propiciar un ambiente más oscuro y favorecer su sueño, pero no tanto como para impedirle ver. Se recostó de pie sobre la pared, se retiró el protector del ojo dejando el sharingan de Obito visible y bajó su media máscara para reducir el calor que sentía, ahora que nadie le miraba.
La contemplaba como ya había hecho en otras ocasiones. Y en cada una de ellas podía descubrir un nuevo detalle de su alumna.
El pelo aún algo húmedo esparcido sin miramientos bajo su cabeza y su espalda, ya empeza a adoptar las puntas características y ese mechón rebelde empezaba a separarse de su lugar amezando con deslizarse sobre su rostro y cubrirlo. Tenía las facciones relajadas, no fruncía el ceño ni torcía la boca como cuando protestaba. Sus pómulos y su nariz tenían un color rojizo provocado por el sol del desierto dándole un rubor adorable al conjunto. Las pestañas delineaban una curva negra y espesa a juego con los ojos que cubrían sus párpados. Más abajo, tenía los labios ligeramente entre abiertos, ahora mostraban un aspecto más suave y apetecible que antes que estaban resecos y cuarteados.
Kakashi se acercó al sofá y se arrodilló junto a él para mirar más de cerca. Como si pudiera sentir su aproximación, la joven se revolvió sobre sí misma cambiando de posición. Esta vez giró el rostro hacia el respaldo del sofá, ocultándolo ligeramente, pero exponiendo su cuello largo y blanco. Además, levantó los brazos por encima de su cabeza de manera despreocupada, Kakashi supuso que su cuerpo trataba de combatir el calor sin sacarla de su sueño. Al elevarlos, la camiseta volvió a subirse hasta más arriba de su ombligo.
Ahí estaba de nuevo esa cicatriz, como una contínua y extraña fijación, recordándole cómo vino a él y dónde se encontraban ahora. La curiosidad lo atrapó como una luz brillante a una polilla que sabe que si se acerca se quemará, pero no puede evitarlo. Extendió su mano hacia la cicatriz expuesta, la dejó suspendida sobre ella a sólo unos centímetros de distancia. ¿Estaba preparado para quemarse? Se preguntó. Cerró la mano en un puño, tan sólo con su dedo índice extendido. Ya lo había decidido.
Quería arder como esa polilla revoloteando cerca de la luz.
Posó el dedo sobre la piel y casi pudo ver la llama brotar al contacto de ambas pieles. La suya estaba fría en comparación con el calor que emanaba de la de ella. La superficie, tal y como la imaginó, era suave pero no se sentía igual que la de alrededor. Tuvo que cambiar su dedo índice por su dedo corazón, ya que el calor le producía una ligera molestia en la yema.
Aunque él no lo sabía, sus ojos no eran los únicos que miraban en esa habitación, Kurōkami observaba cada uno de los movimientos del ninja y velaba por la humana. Su humana. No le gustaba que la tocase, de ahí que había decidido elevar con su chakra la temperatura en la zona donde Kakashi la estaba tocando, como un intento sutil por disuadirle. Debía ser comedido en el uso del chakra, no quería despertarla ni levantar más sospechas acerca de él, pero la insistencia del ninja empezaba a colmar su paciencia.
Kakashi una vez más cambió de nuevo para acariciar la cicatriz con su dedo índice. La miraba de soslayo para detectar si se comenzaba a despertar. Satisfecho con la inspección decidió que era hora se retirarse. Se puso en pie y antes de cubrir su ojo y su rostro le preguntó a la durmiente:
-¿Quién pudo hacerte eso?
Como si le hubiese oído, Mara se revolvió otra vez en su lecho, se colocó sobre el costado derecho y mientras lo hacía, lo que le pareció una respuesta coherente, llegó a oídos del ninja.
-Tobi… -Murmuró muy bajito entre sueños.
Tras esa palabra, la misma que había murmurado en su casa, comenzó a pensar. ¿Qué o quién era Tobi? Aquella vez, ella despertó alegando que había tenido un sueño con el Segundo Hokage, Tobirama, pero ahora esa explicación le parecía inútil e infantil. Siguió devanándose los sesos, cuando un rayo de luz se hizo en su mente de entre tanta penumbra. Desde hacía meses, llegaban informes sobre los miembros de Akatsuki, la organización dispuesta a declarar la Cuarta Guerra Ninja a las Cinco Naciones, motivo por el cual, éstas estaban construyendo alianzas en caso de que la amenaza resultase real.
De esos informes, había varios que mencionaban a un Tobi, de extraño comportamiento y personalidad casi infantil, ¿era posible que su alumna lo conociera? ¿Hasta el punto de colarse en sus sueños? Lo cierto era que no podía imaginar un escenario en el que ambos se conociesen o encontrasen de alguna manera. Lo que le llevó a admitir que no la conocía lo suficiente y que lo único que sabía era que es Mara, pero que no sabía quién había sido esa Mara antes de llegar a la Aldea.
Trató de hacer memoria de todos los informes sobre Akatsuki que había leído. Su instinto le decía que no iba desencaminado, su cabeza que no mencionaban a ninguna joven de las características de su alumna, sólo a una mujer de pelo azul con una extraña habilidad para convertir su cuerpo en papel y de la cual, hacía tiempo que no reportaban nada, y su corazón le suplicaba que sólo la juzgara por lo que sabía hasta ahora: que era una buena chica.
Sin darse cuenta, había pasado el tiempo, el reloj sobre la pared marcaba la hora indicada para que alumnos y senseis se despidieran hasta el siguiente día cuando tendría lugar la última prueba. Todos los alumnos debían reunirse en una sala común donde estarían vigilados hasta que se les trasladase a la arena de combate.
Se acercó al sofá donde seguía Mara dormida, agitó suavemente su hombro para hacerla despertar. Lo primero que hizo fue emitir un quejido de protesta. Aquella rutina la conocía muy bien el ninja. La agitó de nuevo, esta vez algo más fuerte, obteniendo un quejido a un volumen mayor y un cambio de postura, ahora le daba la espalda. Kakashi suspiró, ya estaba cerca de conseguirlo.
-Mara, despierta, tenemos que irnos, -dijo mientras tiraba de su hombro para que volviera a girarse.
-Es pronto, a penas he dormido, -dijo con pena mezclada con su somnolencia. El tono enterneció un poco a Kakashi. Se giró y empezó a frotarse los ojos. Los abrió por fin y le sonrió de medio lado.
-Tengo que llevarte con los demás, se ha acabado el tiempo, -explicó Kakashi. Mara asintió. –En la sala común podrás cenar y descansar algo más antes del combate de mañana.
Mara se incorporó y se sentó en el sofá para analizar las palabras que le estaba diciendo. Lo miró extrañada, como si fuese la primera vez que le veía. Lo notaba cambiado y algo distante con ella. No quería preguntar, pensó que lo mejor sería dejarlo para después del combate. Se levantó y se dirigió hacia la puerta de salida. Kakashi se acercó y ambos salieron.
Recorrieron la distancia en silencio, él marcaba el camino y ella le seguía. Llegaron a un edificio de piedra, con todas las ventanas iluminadas y de las que salían ruidos de voces, movimiento de sillas y entrechocar de platos. En la puerta había dos ANBU de la Arena custodiando la entrada. Antes de acercarse Mara detuvo al ninja sujetándole de la muñeca como había hecho otras veces. Kakashi no se giró hacia ella, tan sólo esperó a que le hablara. La pregunta que salió de su boca cayó sobre él como una enorme losa que le aplastaba.
-¿Sigues queriendo que me quede en Konoha?
Se dio la vuelta y la encaró. La encontró mordiéndose el labio inferior y mirando al suelo, evitando su escrutinio. Su respuesta se hizo de rogar. Una vez más, su instinto le decía que no, todo aquello le resultaba una locura que habían llevado demasiado lejos, su cabeza le decía que aquello traería consecuencias si se quedaba, aunque todavía no sabía de qué tipo, y su corazón gritaba tan fuerte que sí, que las otras posibilidades quedaron minorizadas.
Las dudas, las preguntas, la desconfianza, todo quedó atrás de ese mal despertar.
-Sí, -dijo atrayéndola hacia él y rodeándola por última vez con sus brazos antes de que entrara al edificio. –Mañana estaré en las gradas, animándote, y sé que vas a hacer morder el polvo a tu adversario. Confío en ti, ¿recuerdas?
Se separaron. Mara le sonrió con nuevas esperanzas y Kakashi la imitó para seguir insuflándoselas. La joven se dirigió hacia los dos guardias con decisión, se identificó y tras unos segundos en los que el ANBU de la Arena comprobaba su nombre en la lista la dejó pasar. Se despidió con la mano por última vez y entró al interior de edificio. Los ninjas custodios volvieron a cerrarla y retomaron sus posiciones a cada lado de la misma.
Kakashi fue de inmediato al despacho del Kazekage para informar del ingreso de su alumna al recinto. Por suerte, se encontraba muy cerca del lugar. Subió hasta el último piso y llamó a la puerta maciza del despacho. Del interior, surgió una voz autorizándole a pasar.
Entró. Para su sorpresa, allí se encontraba también Tsunade y, esta vez, era Kankuro el que acompañaba a Gaara. Ambos Kages estaban sentados uno a frente a otro a cada lado de la mesa negra y la arena blanca. Los dos se quedaron mirando a Kakashi a la espera de que tomara asiento con ellos.
Kakashi se acercó a la mesa, saludó formalmente a los presentes y se acomodó en una amplia silla entre ambos mandatarios y frente a Kankuro.
-¿Están todos? –Preguntó Gaara. El ninja asintió, conocedor de que Mara había sido la última en entrar, ya que había agotado todo el tiempo permitido con su sensei. –Bien, vamos a observar a los participantes mientras conviven todos juntos, para poder determinar los mejores emparejamientos para la última prueba. Esta vez, también podremos oír lo que dicen, así podremos percibir las afinidades entre ellos.
Una de las secretarias entró en ese momento, portando un transmisor encendido que ya emitía voces y conversaciones mezcladas. La joven se colocó unos cascos y se dispuso a manipular el aparato para filtrar y afinar en unas u otras voces. Cuando estuvo preparada le hizo un gesto al Kazekage que, al instante, hizo que la arena inerte de la mesa comenzara a recrear las condiciones del interior de la sala común.
-Vamos a ver qué tal interactúa tu alumna, Kakashi, -dijo Tsunade en voz baja e inclinándose hacia él. El shinobi se limitó a asentir. –Espero que le hayas aconsejado que controle un poco ese carácter suyo.
La arena mostraba mesas con bancos dobles a cada lado, como si de un comedor escolar se tratara, dispuestas alrededor de la sala. Los miembros de los equipos que quedaban se agrupaban entre ellos sin compartir mesa con otros y mirando más bien de manera recelosa a los demás. En el centro había una mesa larga sobre la que imaginó Kakashi dispondrían la comida para la cena.
Conforme pasaban los segundos, la arena iba definiendo más y más características de los que ocupaban la sala, haciéndolos distinguibles unos de otros. Los de la Arena, Akamaru y Kiba, Hinata y los demás, excepto Mara que aún no habría llegado de pasar los controles de seguridad.
Como si le hubieran leído la mente, de la puerta comenzaron a entrar camareros portando bandejas, platos, fuentes, jarras y botellas, todo ello colmado de viandas y bebidas dispuestas para agasajar a los comensales de aquella noche.
Todos se mantenía apartados esperando a que depositaran todos los enseres sobre la mesa. Mientras tanto, se les empezaba a hacer la boca agua de sólo oler los aromas que desprendían las carnes, asados y salsas.
Antes de que el último camarero saliese dejando todo colocado en su sitio, entró en escena una nueva figura de arena. Mara. Podían verla olisqueando el aire y deleitándose de los sabores como los demás. A pesar de haber llegado la última fue la más rápida en reaccionar. Cogió un pequeño taburete solitario y se sentó junto a uno de los extremos de la mesa, presidiéndola y frente a un suculento plato sobre el que se podía ver una jugosa pierna de cordero al horno.
Al ver aquello, uno de los ninjas de la Arena se acercó dispuesto a reclamar parte del plato que ella había elegido.
Cuando el ninja estuvo a su altura, los que se encontraban en el despacho casi podían jurar que escucharon un gruñido salir por el transmisor. Se miraron entre ellos. Kakashi cubrió con la mano el ojo que le quedaba a la vista. La conocía demasiado bien, sabía que no iba a salir nada bueno de ahí.
La mirada desafiante que le lanzó al de la Arena le hizo parar en seco sin atreverse a coger ni siquiera un bocado. Al ver el movimiento de su compañero, otros de su equipo también se acercaron a la mesa dispuestos a elegir. Sin embargo, los de la Hoja algo más cohibidos por aquello de estar en un lugar ajeno no se movieron de sus lugares, sólo observaban. Mara los miró a los unos acechando su comida y a los otros amedrentados y seguramente, supuso, que famélicos.
Sin que ninguno de ellos lo esperara, golpeó la mesa con fuerza con sus puños cerrados y se levantó haciendo que todos se girasen hacia ella, con una mirada que pasaba por ellos uno a uno atravesándoles.
-¿Qué creéis que estáis haciendo? –Preguntó con voz amenazante.
-Comer, igual que tú, -respondió de forma chulesca el que tenía más cerca mientras le daba la espalda para elegir su porción.
Sin dar réplica cogió el taburete sobre el que había estado sentada y de un golpe lo partió en la espalda del ninja haciendo que cayese al suelo confundido y dolorido por el golpe inesperado. Los demás detuvieron sus acciones y se quedaron mirándola. Ella volvía a mirarles intimidantemente mientras el ninja en el suelo trataba de recuperar la verticalidad.
En el despacho del Kazekage todos estaban igual de pasmados que los del salón comedor. Se miraban entre ellos sorprendidos, excepto Kakashi que había podido adivinar parte de lo que había sucedido.
-Voy a explicároslo, -empezó. En su interior, el chakra propio se arremolinaba con el del ente, despertando el interés de éste por lo que sucedía. –El lobo alfa come primero, el lobo alfa decide cuándo el resto puede alimentarse de sus sobras y el lobo alfa decide en qué orden pueden comer el resto.
Mientras decía su discurso para sorpresa de los allí presentes, el ninja golpeado había conseguido ponerse en pie a duras penas. Mara lo cogió por la pechera y lo obligó a ponerse de rodillas para evitar la diferencia de altura. Cuando los otros de la Arena quisieron actuar ella ya había roto uno de los platos y amenazaba con uno de los afilados y puntiagudos trozos en los que se había roto el cuello del ninja. Los otros compañeros del que estaba arrodillado se quedaron estáticos y los de la Hoja habían decidido no intervenir para no involucrarse por las posibles consecuencias que podría acarrearles.
-Vuestro amigo quiere deciros una cosa, -dijo cogiéndolo del pelo para que girara la cabeza hacia los otros. –Dile a tus amigos quién es el lobo alfa.
El muchacho algo asustado por la repentina situación y viendo que los guardias no entraban a ayudarlo musitó con un titubeo:
-Tú…
-Creo que no te han oído, ¿quién es el lobo alfa? –volvió a preguntar elevando el tono de voz y manteniendo la mirada fija e intimidante en los otros que seguían petrificados.
-Tú, -dijo esta vez con algo más de voz.
-¡No te oyen! ¡¿Quién es el lobo alfa, escoria?! –Gritó fuera de sí.
-¡Tú eres el lobo alfa! –Dijo por fin alzando también la voz.
Tan pronto como dijo aquello, Mara lo soltó del pelo, retiró el trozo de cerámica con el que lo amenazaba tan rápido que el ninja cayó sobre sus manos y rodillas y se alejó casi gateando de ella.
-¿Alguien más quiere discutir sobre quién es el lobo alfa aquí? –Preguntó mientras lanzaba el trozo del plato contra la madera de la mesa, éste en vez de romperse se clavó con firmeza en la superficie. Volvió a mirarles a todos desafiándoles a mover un solo músculo para saltar sobre ellos. Esta vez todos rehuían su mirada, se volvieron a sus mesas junto a la pared y la dejaron sola en la mesa central.
Había encontrado otro taburete y lo arrimó a la mesa donde empezó a comer la deseada pierna de cordero que había seleccionado desde el principio, manteniendo el contacto visual con cada uno de los allí presentes, asegurándose de que seguían en sus sitios.
Mientras tanto en el despacho, habían vivido el momento con la misma o más tensión que en la sala común. ¿Qué acababa de pasar?
-Kakashi, esa chica está loca. ¿Qué significa eso del lobo? –Preguntó Tsunade dirigiendo una mirada acusadora al ninja. -¿Tiene algo que ver contigo?
-No tengo la menor idea, -se defendió. –No sé de dónde ha sacado eso.
-A Sakumo, tu padre, le llamaban Colmillo Blanco ya sabes, por lo de proteger a su equipo como si fuesen una manada de lobos para sobrevivir, ¿le has dicho algo de eso? –Presionó un poco más.
-No, ni siquiera le he hablado de él, -respondió con sinceridad.
-¿Y eso de escoria? Era como se refería tu amigo Obito a aquellos que no le gustaban o que no consideraba dignos, ¿tampoco tienes nada que ver? –Preguntó una vez más. Y una vez más la respuesta fue negativa. Sí, le había hablado de Obito, pero sólo en lo referente a su sharingan y de eso hacía días atrás. Además, sólo era una palabra más en su vocabulario. –Mañana la quiero a primera hora en este despacho, Gaara y yo decidiremos si su actitud merece ser castigada con la descalificación de los exámenes.
-¡Pero…! –Empezó Kakashi tratando de defenderla.
-No voy a escuchar tus excusas, Hatake, retírate, -respondió de manera dura y sin si quiera mirarle. –Retírate, -repitió ante la inmovilidad del ninja.
Kakashi salió de la habitación y se dirigió a su cuarto a tratar de aplacar su mal humor.
Al cabo de varios minutos en silencio, la arena blanca sobre la mesa empezó a moverse de nuevo y el transmisor de nuevo captaba una voz.
La figura junto a la mesa central se levantó, se dirgió al extremo de la mesa donde había apetecibles frutas y cogió una manzana de un verde vivo y brillante. El transmisor pudo captar el sonido de sus dientes arrancando el bocado y el crujir de la pulpa separándose, pues tal era el silencio que reinaba en la sala.
-Bien, como podéis ver, el lobo alfa ya se ha saciado, -empezó mordiendo otro trozo de manzana. –Ahora comerán los seguidores y, cuando éstos estén saciados, comerá la escoria de los despojos que queden.
Hizo un gesto hacia el grupo de Kiba indicándoles que se acercasen a la mesa. Mara se situó sentada sobre una de las mesas que estaban en el rincón velando por que los de la Arena dejasen comer a los de la Hoja. Uno de ellos hizo un amago de moverse, antes de que pudiera seguir haciéndolo el corazón de la manzana impactó en el lateral de su rostro.
-Aún no es tu turno, escoria, -dijo Mara desde el otro extremo con la nariz arrugada en señal amenazante.
El corpulento ninja se volvió hacia ella limpiándose los restos que habían manchado su mejilla.
-Cuando nos encontremos en la arena de combate voy a machacarte, espero que no te descalifiquen por esto, porque pienso hacerte escupir cada bocado que has tomado esta noche, -amenazó.
-Uh, qué miedo, -dijo con ironía y fingiendo temor. –Bien, os toca comer, escoria, que no se os atragante nada, sería una pena que no pudieses cumplir tu amenaza.
Todos los de la Hoja salieron por la puerta sin mirar a los de la Arena. La última en salir fue Mara quien, al pasar al lado del grandullón le dedicó una sonrisa torcida de superioridad.
Para su desgracia, cuando se acercaron a la mesa los que faltaban, sólo quedaban las peores porciones y no en demasiada cantidad. Comieron lo que pudieron con resignación mientras maldecían a la joven que les había puesto en esa circunstancia por el miedo a la descalificación. Todos y cada uno de ellos esperaban ser los afortunados que se cruzasen con ella en la arena de combate, pero sólo uno tendría ese privilegio.
En otro lugar, Mara ya reposaba en una confortable cama con el estómago lleno, el hambre saciado y una sonrisa en su rostro. Podía sentir el buen humor de Kurōkami, durante la actuación de lobo alfa le había notado revolverse y prestarle atención, su chakra se había arremolinado con la emoción del suyo y las espirales habían vuelto a girar en armonía y perfecta sincronización.
-Eres igual que tu padre, te gusta el conflicto, -dijo con su voz cavernosa. La joven abrió los ojos, sabía que estaba en esa ocura habitación en su interior, el suelo acuoso era inconfundible. –El viejo, en su juventud, fue un guerrero temido e implacable.
-Sólo trataba de asegurarme los mejores bocados, -alegó Mara sin darle demasiada importancia a las palabras del ente. –Además, a ti también se te hacía la boca agua de sólo olerlo.
-Explícame algo, ¿cómo es que tú, una humana enclenque, eres el lobo alfa? –Preguntó con curiosidad.
-¿Acaso no lo has visto? Estaban amedrentados y eso que no he tenido que usar mis habilidades, imagina lo que podría haber hecho de haberlas usado, -respondió altanera.
-Te preocupa el combate de mañana, -apostilló el ente. No era una pregunta. –No puedes usar tus habilidades y eso te tiene algo nerviosa. Puedo notarlo.
-Todo irá bien, tú puedes ayudarme, -pidió de buenas formas.
-¿Yo? Ni siquiera estuve de acuerdo en que empezaras todo esto, no vengas pidiendo ayuda, niña, -respondió el ente reticente. –Te has metido en esto tú solita y tú vas a acabar con ello.
-Venga, -dijo a modo de súplica subiéndose a su pata delantera donde se recostó tal y como tenía por costumbre. –Me ayudaste en el desierto y hemos mejorado bastante en el control del chakra.
-No, -dijo tajante. –Y lo del desierto fue para que sobrevivieses, no para ayudarte a pasar la prueba.
-No te hagas de rogar, ayúdame, te divertirás, ¿cuánto hace que no sientes la emoción de un combate? –Preguntó tratando de instigar su instinto de lucha. El ente se quedó mirándola unos segundos desde su posición de altura y después respondió:
-Desde hace diecinueve años, desde que perdí y fui sellado en ti.
Al oír aquello, Mara se incorporó y miró a la negrura con un gesto entre culpable y confundido.
-¿Has estado sellado conmigo todo este tiempo? ¿Por qué no te había sentido hasta ahora? –Preguntó.
-El kunai que te clavó ese malnacido estaba imbuido de chakra capaz de cortar los sellos que me mantenían encerrado y sin mezclarme con tu propio chakra, -explicó. –Al romperse el sello, mi chakra se fue liberando poco a poco hasta que se unió al tuyo por completo, ahora eres una Jinchūriki, mi jinchūriki, y tu vida está ligada a la mía, nos guste o no.
La confesión la dejó sin palabras.
-¿Quién te encerró y selló en mí? ¿Cuándo? ¿Por qué? –Las nuevas dudas se agolpaban en su mente. Pero el ente no parecía dispuesto a seguir desvelándole secretos.
-Duérmete, tienes que descansar, si quieres combatir mañana, -dijo en un tono paternalista.
Mara se acomodó contra su costado como tantas otras veces y poco a poco la sala se fue diluyendo y el sueño llegó a ella con un montón de preguntas revoloteando en su cabeza.
