Un nuevo capítulo Up! ^^ Espero que os guste y muchas gracias por leer.
Capítulo 56
Tras un breve pero emotivo discurso de clausura por parte del Kazekage, las gradas fueron vaciándose poco a poco colmadas de voces que comentaban todavía los combates que habían presenciado ese día. Tras lo que había sido un día de emociones, tocaba retirarse a descansar. Aldeanos y foráneos curiosos fueron retornando a sus hogares con un tema de conversación común entre ellos: el examen conjunto de ese año con la Aldea de la Hoja.
Unos de los últimos en salir del recinto ataviados con sus capas de viaje fueron los dos Senjus revividos y Madara Uchiha, aprovechando la nocturnidad y la soledad de calles poco transitadas. Se dirigieron a unas de las salidas auxiliares de Suna y se internaron de nuevo en el desierto para pasar desapercibidos hasta el día siguiente.
Cuando se habían alejado lo suficiente de la ciudad y de oídos y ojos curiosos, Hashirama no pudo evitar comentar los combates que habían presenciado.
-Hermano, ¿qué te ha parecido el espectáculo? –Preguntó despreocupadamente tras volver a formar la pequeña cabaña en la que pasarían de nuevo lo que quedaba de noche. –El nivel era muy alto por parte de todos los participantes, no sólo los de la Hoja. Me alegra saber que en otras aldeas también se toman en serio la formación de los nuevos y jóvenes shinobis.
-No han estado mal, -concedió Tobirama cruzándose de brazos. –El combate de los dos Hyūgas fue digno de presenciar, aunque la muchacha no estaba muy cómoda.
-Estoy de acuerdo, ¿y qué me dices de esa tal Mara Hatake? Esa jovencita se las ingenió muy bien contra los filos cortantes de su adversario.
-No lo sé, -dijo sin querer pronunciar su juicio. -¿Tú qué opinas de ella, Uchiha?
La anterior mención del nombre de la muchacha había puesto en alerta a Madara, haciendo que prestase atención a la conversación, cosa que no había pasado desapercibida para el menor de los Senju. Al igual que en la arena de combate, la tensión había vuelto al cuerpo del Uchiha. Por no hablar de la sorpresa por la pregunta directa del albino.
-Callaos, -dijo molesto por respuesta.
-Venga, Madara, si alguien sabe de combates ese eres tú, -continuó Hashirama animándole a responder. Madara se le quedó mirando unos segundos, sabía que Hashirama podía ser cargante e insistente hasta conseguir lo que quería y, en este caso, sabía que no lo dejaría en paz hasta arrancarle una respuesta.
-Fue lenta en los ataques y descuidada en la defensa, erró al elegir sus armas, lo que la obligó a acercarse demasiado a su oponente, por no hablar de que se confió y la cegó durante unos minutos, lo que le podría haber costado la vida de ser un combate real.
Madara hablaba desde la decepción y el fracaso. No estaba contento con lo que había visto y lo soltó como un torrente sin dar opción a interrupciones.
-Es normal, sólo son críos, probablemente acaben de graduarse en la academia, -respondió Hashirama restándole importancia. –Pero tienes que reconocer que tiene arrestos. Sólo tenía un par de sais contra cinco katanas, si eso no es tener valor, entonces tú y yo no habremos luchado nunca y, aún así, consiguió desarmarlo katana tras katana.
-Por no hablar, de que esquivó todos los ataques estando cegada y sin sufrir ni un arañazo, -añadió Tobirama. –Yo nunca he visto a un Uchiha hacer eso, ya que necesitáis ver con vuestro apreciado sharingan.
-Mi hermano tiene razón, me gustaría conocer a los Hatake, deben ser un clan con unas habilidades magníficas, -secundó y alabó Hashirama tomando asiento frente al fuego, donde se ya se encontraban los otros dos. -¿Y qué te parece todo eso del lobo alfa? Una técnica fabulosa, aunque improvisada, para amedrentar y humillar a su enemigo cuando ya le tenía reducido, cualquiera diría que ha crecido estudiando en la vieja escuela.
-Esa joven no dudó en clavar su sai en su oponente, -dijo Tobirama mirando al Uchiha que seguía con la mirada perdida entre las llamas recordando el momento en que se encontraba tendida sobre su espalda y a merced de su enemigo. –El entrenamiento que ha recibido ha debido de ser duro, a la vieja usanza, no todos están preparados para hacerlo recién salidos de la Academia, pero ella no dudó, probablemente, no fuese la primera vez que lo hiciera. Además, has disfrutado el combate como cualquiera en aquella grada. Por cierto, cuando se cayó, te pusiste en pie muy alterado y le gritaste que se levantara, ¿por qué?
Una idea se llevaba formando en la aguda mente de Tobirama desde que sintieron el chakra en la tormenta de arena. El enfado, la preocupación, el ansia por llegar, la tensión y el nervio demostrados viendo el combate eran síntomas delatores de que, por muy frío y distante que el Uchiha fuese, había emociones y reacciones que no se podían ocultar en algunos momentos, como los que mostraba en algunas ocasiones cuando estaba con su hermano Izuna. Debía haber alguna conexión entre el viejo Uchiha y la joven Hatake, aunque reconocía que las posibilidades que le venían a la mente no eran nada agradables de imaginar, sobre todo para ella.
-¿A qué te refieres, hermano? –Preguntó Hashirama que aún no comprendía por dónde iban los pensamientos de su hermano.
-Creo que tu amigo, -dijo con mofa haciendo referencia a Madara con un gesto con la cabeza. –Y esa muchacha están relacionados de alguna manera, ¿una amiguita especial, Uchiha? ¿A tu edad?
La cara de sorpresa, entusiasmo y asombro de Hashirama fue suficiente para hacer que Madara, sin necesidad de activar su sharingan supiera lo que iba a pasar: preguntas, preguntas y más preguntas que no quería ni estaba dispuesto a responder, al menos por ahora.
-Ya basta de charla inútil, no trates de inmiscuirte en mis asuntos, Senju, -respondió con los dientes apretados y con mirada de odio hacia Tobirama por darle alas a la desbordante imaginación de Hashirama. Sin dar opción a una réplica o una pregunta más, hizo rápidamente los sellos para anular la personalidad de ambos Senjus y éstos quedaron inertes con las miradas vacías contemplando el fuego.
Madara suspiró de hastío, las palabras de Tobirama provocarían una tormenta de preguntas al día siguiente que no quería contestar. Los Senjus siempre habían sido una molestia. Se recostó de espaldas en el suelo de madera, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Miró unos minutos a través de la pequeña ventana el cielo nocturno hasta que pudo vaciar su mente para encontrar el descanso que necesitaban su mente y su cuerpo.
Desde hacía cinco años, acudía a lo que parecía ser una cita ineludible. Sus pasos lentos y pausados le llevaban hacia la misma aldea que, desde hacía esos mismos cinco años, visitaba con un propósito y que, desde hacía esos mismos cinco años, postergaba por uno más.
Desde las inmediaciones de la aldea, el olor a pescado, mar y sal del enorme lago salado junto al que se levantaba el pueblo, calaba en su nariz, haciéndole torcer el gesto hasta que su olfato se acostumbraba al olor cada vez que acudía allí. A lo lejos, en el centro del lago podía ver la silueta de los barcos pesqueros faenando en busca de la captura del día.
Se adentraba por la calle principal, ajeno a todo el bullicio y el gentío que esa calle comercial ofrecía e ignorado por los demás viandantes para los que no era más que un anciano. Pequeñas tiendas ofreciendo sus productos a voz en grito. Señoras de diferentes edades hablando entre sí de temas vanales. Hombres que compartían lo aparejos de labriego y discutían sobre el mejor momento para recolectar las cosechas de esa temporada. Nada cambiaba a lo largo de los años. Todo seguía igual. Simplemente, permanecían.
Nada de aquello era lo que le traía allí.
De pronto, pudo oír la algarabía de voces infantiles que corrían hacia donde se encontraba. Como si de una carga militar se tratara, los niños corrían tanto como sus cortas piernas les dejaban. Pasaron esquivando al anciano por la izquierda y por la derecha como si de ágiles ciervos se tratara espantados por los perros de la partida de caza. Había niños de varias edades, según pudo distinguir conforme iban pasando a su lado. Los más mayores encabezaban la marcha seguidos por otros más pequeños que los seguían a la zaga.
-¡Rápido, casi la hemos perdido! –Dijo uno de los niños para instar a otro a seguir corriendo.
Cuando el grupo se alejó, el anciano pudo ver cómo una pequeña de cabello negro azabache y que no levantaba a penas un metro del suelo corría tratando de alcanzarlos. Al llegar a la altura del anciano, por casualidad del destino se detuvo a su lado jadeando y sin fuerzas para seguir corriendo. La duda se instauró en la mente del anciano, ¿tanto había cambiado en un año o por el contrario la confundía con otra niña? La pregunta quedó resuelta, uno de los tenderos salió a su encuentro, momento que el anciano presenció en silencio.
-Mara, ¿por qué no lo dejas ya? Son más mayores y más rápidos que tú.
La niña se volvió hacia el comerciante con el ceño fruncido sin comprender.
-¿Por qué nunca quieren jugar conmigo? –Preguntó contrariada.
-Vamos, vuelve a casa, Mara, ya sabes que al Venerable no le gusta que andes sola por el pueblo, -respondió el tendero tratando de convencerla de que volviera a su casa. –Toma, puedes comértelas mientras vuelves.
Le puso unas cuantas fresas de las que tenía a la venta en la mano y le dio un par de suaves palmadas en la espalda para animarla a reanudar la marcha de vuelta hacia su casa, en dirección contraria a la que se habían ido los otros niños.
La niña solitaria avanzaba cabizbaja entre las demás personas del mercado que ni siquiera le prestaban atención. Por su parte, el viejo se acercó al vendedor, pidió dos manzanas y siguió el mismo camino que había enfilado la niña. La vio torcer por un callejón solitario a la izquierda, de mal aspecto, cosa que le hizo fruncir el ceño. Continuaba avanzando sin temor por el callejón como si estuviese acostumbrada a transitarlo, por el camino había tirado las fresas y, ahora estaba cerca del final del pueblo. La niña parecía conocer ese camino muy bien, ya que no vacilaba sobre qué dirección tomar.
Miró a un lado y a otro cuando llegó junto a la empalizada que formaba parte del muro defensivo de la aldea. Apartó unos matorrales y descubrió un pequeño pasadizo lo suficientemente amplio como para que pasase el pequeño cuerpo de la niña hasta el otro lado.
El anciano, dejó pasar algo de tiempo para que ella pasara al otro lado y se alejara y luego, no sin algo de esfuerzo, pasó al otro lado de la empalizada entre dos troncos que dejaban un hueco entre ellos suficientemente amplio para su tamaño. Ésta daba a la zona boscosa que él conocía tan bien. Entre aquellos árboles, había sellado a la bestia. Vio la pequeña silueta de la niña internarse entre los macizos de árboles. La siguió.
Para cuando llegó hasta donde estaba ella, comenzaba a jadear por el esfuerzo de recorrer la ligera pendiente y apartar algunas ramas a su paso. Sabía perfectamente dónde estaban. A pesar de haber pasado cinco años, en el suelo, aún se podían ver las marcas que el chakra de la invocación y del sello habían dejado y donde no crecía ni una sola brizna de hierba. En el centro del claro, continuaba el tocón de madera y junto a él estaba la niña sentada tratando de contener gruesas lágrimas que caían de sus ojos.
Algo dentro del anciano se revolvía a la par que se partía por ver a esa criatura llorar en la soledad del bosque. Se adentró en el claro, sin cuidado de no hacer ruido. Pisó con fuerza para anunciar su llegada y llamar su atención. La niña dio un respingo de sorpresa al ver a alguien más en su claro del bosque. Se secó con el dorso de la mano las lágrimas y se puso en pie.
-Siento molestar, -dijo el anciano tratando de no asustarla. –Podríamos compartir el claro del bosque, si te parece bien.
La niña lo miraba con descaro de arriba abajo y poniendo una cara extraña. Algo en su apariencia parecía no convencerla.
-Eres muy viejo, -dijo haciendo ver lo obvio. El anciano no estaba preparado para lidiar con la mente infantil de la niña pero se empujó a hacer el esfuerzo. –Puedes sentarte aquí si quieres, -añadió señalando el tocón en medio de aquel lugar.
El anciano avanzó hasta sentarse en el lugar que le había indicado. Casi podía sentir el poder que había quedado allí impregnado y que ella no parecía percibir.
-¿Qué haces aquí fuera tu sola? Puede ser peligroso, -interrogó el anciano con algo de preocupación. La niña se encogió de hombros por respuesta, se sentó en el suelo sobre la hierba abrazando sus rodillas y con la cabeza baja.
-¿Cuál es tu nombre, niña? –Preguntó otra vez para hacer que le mirase.
-Mara, ¿y el tuyo? –Preguntó con inocencia y algo intimidada por la mirada del viejo.
-Madara Uchiha, -respondió después de pensarlo bien y con una media sonrisa en la boca. Al ver ese gesto, la niña lo imitó aunque pronto fue una sonrisa que dejaba ver sus dientes infantiles. La conversación cesó, a pesar de ser el adulto, le costaba entablar una nueva, por suerte, la niña pareció despertar el interés por él.
-Nunca te he visto por la aldea, Madara, ¿tampoco te dejan salir mucho de casa? –Preguntó poniéndose de pie frente a él, igualando las alturas. La pregunta volvió a dejarle descolocado, ¿por qué no podía salir?
-Yo soy anciano y no puedo ir corriendo de aquí para allá como tú, -respondió sin quitar la media sonrisa del rostro. -¿Y tú por qué no puedes salir?
-Al Venerable no le gusta que vaya por ahí y a mamá y a Tekka tampoco, -dijo apenada.
-¿Quién es Tekka? –Preguntó, suponiendo que el Venerable era el jefe de la aldea.
-El esposo de mamá, pero casi nunca está en casa.
La manera de referirse a ese Tekka como el esposo y no como padre le puso en sobreaviso, no gustaba el cariz que estaba tomando aquello, aunque la niña aún no parecía advertirlo. Antes de que pudiera decir nada un rugido proveniente del estómago de la niña desvió sus atenciones.
-¡Ay, que hambre! –Se quejó.
-¿Qué has hecho con las fresas? –Preguntó sabedor de que se había deshecho de ellas. La niña hizo un gesto de asco sacando la lengua y respondió:
-Fresas, ugh, estaban muy dulces.
-Si quieres podemos compartir estas manzanas, -ofreció el anciano. Los ojos de la niña se iluminaron y asintió varias veces sin dejar de mirar la manzana.
Ambos comieron sentados en silencio, lo único que alteraba la paz del bosque era el trino de algunos pájaros entre las ramas y el crujir de la fruta cada vez que le daban un bocado. Madara terminó primero su pieza y esperó pacientemente a que ella terminara la suya. Cuando lo hizo se volvió hacia él y le dedicó la mejor sonrisa hasta ahora seguida de un agradecimiento sincero. Él le puso una mano sobre la cabeza en gesto cariñoso.
-¿No es hora de que vuelvas a casa? Puede que tu madre se preocupe, -dijo tanteando esta vez el tema de la madre aprovechando que la tarde empezaba a estar avanzada.
-No lo creo, mamá siempre se preocupa por mi hermanastro Rai, -respondió sin importarle demasiado.
-Mara, empieza a ser tarde y este viejo tardará un rato en volver a la aldea, -mintió, no estaba en sus planes volver a la aldea.
-Puedo acompañarte, mamá dice que hay que ayudar a los ancianos, -se ofreció. -¡Podríamos comernos mañana otra manzana! Sé escaparme sin que me vean. –Añadió con entusiasmo. –Me lo he pasado bien, tú no te burlas de mí, ni huyes, podríamos ser amigos.
Otro pedacito más se rompía en el interior de Madara después de oír aquello. ¿Amigos? ¿Carne de su carne y sangre de su sangre? Tratada como escoria. ¿Qué clase de monstruo podía permitir aquello? El mismo monstruo que desde el principio estuvo dispuesto a sacrificarla llegado el momento, pero ese momento no llegaba. Se dijo que podía esperar un año más. Un año más de plazo para que pudiera, al menos, intentar ser feliz en algún momento, quizá encontrase en ese tiempo un amigo con el que compartir manzanas.
Con la rapidez que le otorgaba la juventud, la niña se puso en pie y sin previo aviso se abrazó al cuello del anciano rodeándole con sus delgados brazos. Él se dejó abrazar durante unos instantes tras la sorpresa inicial, suficiente para que su sharingan se activase guardando ese recuerdo para siempre, la abrazó de vuelta con uno sólo de sus brazos y poco después se separaron.
Al hacerlo, la sorpresa de la niña al ver sus ojos fue mayúscula, dejando su boca abierta por la impresión y el susto.
-¡Vaya, que ojos tan raros! ¿Cómo los has conseguido?
Si ella supiera… El sufrimiento, el dolor, el sacrificio y la pérdida se los habían otorgado, pero esa respuesta no era apta para su joven entendimiento. La tomó de las mejillas y la acercó a él haciendo que ambos quedaran con sus frentes en contacto. La niña desconfiada lo miraba de cerca, el anciano, en cambio, estaba con sus ojos cerrados.
-Algún día tú también los tendrás, pero hasta entonces este va a ser nuestro secreto, -explicó. –No puedes decírselo a nadie, ¿de acuerdo?
La niña asintió, se llevó una mano hacia los labios como si los sellara, cerrara un candado y arrojase la llave al suelo, como prueba del compromiso de no revelar nada de aquel día. Sin darle tiempo a añadir nada más, salió corriendo hacia la aldea, dejando allí sentado a un Madara Uchiha reflexivo sobre sus actos, acciones, hechos, pensamientos y sentimientos. Se puso en pie y trató de quitarse de su cabeza algunos de esos pensamientos, tenía todo un año de nuevo para pensar en ello.
