Muy buenas queridos lectores, después de otro tiempo desparecida vuelvo con un nuevo capítulo, prometo que trato de hacerlos lo más largos posibles. Gracias por los views y follows, seguimos creciendo.

Capítulo 57

Los dos ANBU de la Hoja habían escoltado a Mara hasta la pequeña celda que había ocupado antes de los enfrentamientos. Cada uno de ellos estaba apostado a cada lado de la puerta. En el interior de la pequeña celda, la joven seguía pidiendo una explicación de por qué ella seguía allí, pero ninguno de los dos hombres apostados allí parecía querer contestar.

-¡Venga ya! ¡Los exámenes han terminado! ¡Sacadme de aquí! –Gritaba agarrando y tirando con fuerza de los barrotes de hierro macizo de la puerta de su celda bajo la arena, haciendo que los golpes retumbaran en los ahora vacíos y desiertos pasillos. -¡Esto no es justo! ¡Sé que eres tú, Yamato! ¡Déjame salir!

Al oír aquello, el ANBU de la izquierda se volvió a mirarla, en ningún momento su máscara se había movido de su sitio, ¿cómo sabía que era él?

-¿Cómo sabes…?

-¿Dónde están los otros? ¿Dónde está Kakashi? –Preguntó pegando el rostro a los barrotes para tratar de ver algo más del largo pasillo.

En un momento, ambos miraron a un extremo del pasillo y sin esperar a nada más comenzaron a andar hacia la salida dejándola allí metida.

-¡Eh! ¡Eh! ¿Adónde vais? –Gritaba en un intento de que alguien más oyese sus gritos ahí abajo.

La persona que menos esperaba ver se presentó al otro lado de los barrotes y en uno de sus dedos de largas y cuidadas uñas colgaba la llave de la celda. Tsunade la miraba como era habitual, con el ceño fruncido y molesta por los gritos que taladraban sus tímpanos. Detrás de ella apareció Kakashi con su máscara cubriéndole la mitad inferior de su rostro, pero sin su protector cubriendo el sharingan.

-He ganado, he pasado las pruebas, no tendría que estar aquí, Senju, -dijo tan rápido que las palabras se le atropellaban en la lengua. –En cuanto a ti, ya hablaremos, -dijo apuntando con un dedo a Kakashi que se sorprendió por la amenaza velada en su voz. -¿En qué pensabas al enviarme un par de sais?

-Lo sé, contra todas las expectativas, y no te mentiré, aposté en tu contra, no te creí capaz de llegar tan lejos, me has hecho perder un par de miles de ryus con el Kazekage, -admitió la Hokage cortando el discurso quejumbroso a la par que amenazante de la chica. –Así que, nos guste o no, una promesa es una promesa: puedes quedarte en Konoha. Te has ganado tu protector.

Sin nada más que añadir le dio la llave a Kakashi y, con una sencilla orden para que se reunieran fuera, se marchó rápida por donde mismo había llegado, dejándoles solos y sólo separados por los barrotes de la puerta de aquella celda.

Los otros dos se miraban entre ellos a través de los barrotes. El tiempo pasaba aunque parecía haberse detenido. A Mara le resultaba raro que llevase su sharingan a la vista, pero, como cada vez que lo veía, le resultaba hipnótico e incluso atractivo de alguna forma. La invitaba a no dejar de mirar aquellas aspas negras. Por su parte, Kakashi la miraba allí dentro, aún con su ropa de combate, con arena en su rostro, el pelo hecho un completo desastre y pequeñas gotas de sangre pegadas en sus brazos y mejillas, justo como estaba acostumbrado a verla en los últimos días. Sonrió bajo la máscara.

-¿Vas a sacarme de aquí de una vez? –Preguntó impaciente. La sonrisa se ensanchó debajo de la máscara antes de responder. Seguía siendo la misma de siempre: demandante e impaciente a partes iguales.

-Tengo algo de miedo de liberar al lobo alfa, -respondió usando a modo de broma lo sucedido en la sala común la noche anterior y en la arena con su adversario.

-Ah, ahora entiendo que tengas tu sharingan al descubierto, -dijo acercándose de nuevo a los barrotes y acortando la distancia entre ambos. –¿Quién teme al lobo feroz? –Preguntó haciendo referencia al viejo cuento infantil y con la media sonrisa de vuelta en los labios y el ruido de una dentellada al cerrar la mandíbula con algo más de fuerza.

-Yo no, -respondió Kakashi acercándose a los barrotes y siguiendo con el juego del cuento infantil. Mara se retiró un paso hacia atrás mientras abría la puerta de la celda, tampoco era la primera vez que estaban en aquella situación, ella en prisión y él portando la llave de la libertad.

Finalmente, la puerta quedó abierta y entre ambos no había ningún obstáculo, pero ninguno de ellos se movió. Sólo se miraban directamente a los ojos. Ojos negros como la noche pero vivos y cautivadores que acompañaban a una sonrisa socarrona por la broma del lobo del cuento infantil.

-Estoy orgulloso de lo que has conseguido, -se adelantó Kakashi rompiendo el silencio y diluyendo una extraña tensión que se había formado en el pequeño espacio. –Quiero darte algo.

Metió la mano en uno de los bolsillos de su característico chaleco táctico y extrajo un protector de él. La tela estaba pulcramente doblada y el metal estaba pulido y brillante como si fuese nuevo, pero pequeños detalles como muescas y algún que otro rasguño indicaban que no lo era. Le tendió el objeto y ella lo cogió con cuidado. No quería que se le resbalara de las manos. Desdobló la tela y observó el símbolo característico de Konoha. Le dio la vuelta entre sus dedos para tratar de ponérselo y, ahí detrás, había un nombre que no era el suyo, ni el de ella. Pasó la yema del dedo por encima del nombre grabado como si no creyera lo que allí había escrito.

-No puedo aceptar esto, -dijo extendiéndoselo de vuelta tan rápido como si le quemara en la mano. –Es de tu amigo, no puedes dármelo.

Kakashi frunció el ceño ante el comentario, en ningún momento le había mencionado abiertamente, ¿cómo sabía ella quién era Obito?

-¿Cómo sabes que era mi amigo?-Preguntó suspicaz. Mara se supo descubierta y sólo pudo cortar su respiración y mantener la boca abierta por el descuido.

-Verás, -empezó. –Miré dentro de las cajas que guardabas en el armario. Antes de que te enfades, sé que no debí haberlo hecho. Y lo siento de veras. Pero gracias a eso sé que era tu amigo y tu compañero de equipo y no creo que él quisiese que te deshicieras de sus recuerdos.

-A él no le importará y yo quiero que lo tengas tú ahora, -respondió rechazando la devolución. –Te lo has ganado con méritos propios. Obito siempre estuvo muy orgulloso de llevar su protector, espero que tú también lo estés.

Mara desvió su mirada hacia la pequeña placa de metal, sobre ella se podía leer el grabado: Obito Uchiha. Volvió la cabeza a un lado y se cubrió con su pelo el rostro, algo inútil teniendo en cuenta que el sharingan estaba activo y a la vista. Kakashi había podido ver cómo sus ojos empezaban a humedecerse ligeramente y aquello era un intento por ocultarlo.

Le dio la espalda y enseñó sobre su hombro el protector.

-¿Puedes ayudarme?

Kakashi se acercó a su espalda y lo cogió, quedando a escasa distancia de ella, podía oler su cabello desde su posición de altura. Esperó a que ella lo colocara sobre su frente y acomodara el pelo para anudarlo. El contacto cercano con ella, las suaves hebras de pelo rozándole los dedos fue el mejor momento de aquel día en el que había sufrido tanto por ella. Se giró hacia él, esta vez serena.

-¿Y bien? –Preguntó terminando de acomodar el protector.

-Perfecta, -contestó Kakashi acerándose a ella y rodeándola una vez más con sus brazos. Ella no puso oposición al contacto, no le desagradaba la cercanía con él y, de alguna manera, le venía bien para calmar sus nervios. –¿Preparada? Debemos ir a la puerta principal, Tsunade nos está esperando allí para volver a la Aldea. Y supongo que no querrás hacerla esperar.

Se separaron y Mara negó con la cabeza. Salieron del enorme estadio y se encaminaron hacia la mencionada puerta principal, que no era otra cosa que el paso entre los dos enormes riscos que protegían la aldea de desaparecer bajo la arena del desierto.

Junto a la puerta, esperaban la Hokage, con gesto impaciente, y los dos ANBU que habían estado custodiando la celda de la chica y que ahora lo hacían de los animales de carga que llevaban las provisiones para atravesar el desierto y continuar hasta el País del Fuego. Las dos figuras se acercaron caminando con tranquilidad la una junto a la otra.

Tsunade tenía en alta estima a Kakashi. Desde que todo aquello empezó en su despacho de la torre le había notado distraído en lo demás y sólo concentrado en esa chica. Si no lo conociera bien, si no fuera quién es, podría creer que se había encariñado en demasía con esa joven. Bajo esa perpetua máscara había una ensoñadora sonrisa cada vez con más frecuencia. Se alegró por él, pero ¿tenía que haber sido con ella? Se preguntaba sin llegar a una respuesta.

-Podrías haberte aseado, ¿no crees? –Preguntó mordaz cuando los dos se reunieron con ellos. Mara cogió aire y separó los labios para contestar con su afilada lengua, pero Kakashi se le adelantó sabedor de que no sería un buen comienzo como ciudadana el faltarle el respeto a la Hokage.

-Hemos venido tan rápido como hemos podido, -comenzó. –Mara no quería hacerte esperar. En realidad, he sido yo quien nos ha retrasado, no he podido evitar detenerme a comprar unos dangos.

-Tú y tu habilidad para retrasarte siempre, Kakashi, -dijo Tsunade en un tono más relajado. –Vamos, volvamos a Konoha.

-¿Qué hay de los demás? –Preguntó Kakashi interesado por los otros participantes y entrenadores.

-Había misiones que tenían que realizarse de manera prioritaria, -respondió la Hokage. –He enviado a los que tenía disponibles aquí. Vosotros serviréis como mi escolta en el camino de vuelta. Ya me he despedido con las formalidades de Gaara y su Consejo. Nos pondremos en camino ahora mismo para llegar lo antes posible.

Dicho eso, los cinco shinobis y los animales se pusieron en marcha adentrándose en el desierto. La marcha era un poco forzada. Entendían que Tsunade quería regresar lo antes posible para seguir con la administración y dirección de la aldea, pero el cansancio empezaba a acumularse en sus cuerpos después de un día intenso como había sido ése. Como si pudiera leerles la mente, la más joven del grupo verbalizó lo que todos estaban pensando.

-Eh, Senju, vamos a parar un rato, empiezo a tener calambres en las piernas, -dijo en un tono entre la molestia y la queja.

-¡Mara! –Reprendió rápidamente Kakashi por el trato a la dirigente.

-¿Qué? Es cierto, vosotros habéis tenido vuestros culos en un mullido sillón en el palco principal y yo he estado dando brincos, carreras y mandobles para evitar ser hecha picadillo, -se defendió.

La comitiva se había detenido por las protestas de la muchacha. Las protestas de Mara eran bien conocidas por todos los allí presentes, desde la mismísima Hokage hasta Yamato.

-¡Empiezas a tenerme harta! –Explotó Tsunade. -¡Yo soy la Hokage! ¡Tu Hokage a partir de que te pusiste ese protector en la frente! ¡Muéstrame el debido respeto! ¡O te aseguro que ese protector te durará muy poco en su sitio!

-¡Yo también empiezo a estar harta! ¡Eres la Hokage y yo una de tus kunoichis! ¡Si tú no te preocupas por mí, cómo voy a respetarte! –Gritó. Los gritos empezaban a inundar el aire frío y cortante del desierto mientras iban extendiéndose por las dunas de alrededor.

-¡Mara, déjalo ya! –Intervino Kakashi situado tras ella y poniendo sus manos sobre los brazos de ella en un intento por apaciguarla e impedir que avanzara hacia Tsunade. –Si tienes energía para discutir, tienes energía para continuar.

Tras oír aquello, hizo un movimiento de hombros para deshacer el contacto y girarse para encararlo.

-¡¿Estás de su parte?! –Espetó con las cejas enarcadas y los ojos mostrando su asombro por la traición mostrada.

-No estoy de parte de nadie, pero puedes emplear esta energía en caminar un par de kilómetros más y luego pararemos a descansar, -explicó el ninja tratando de rebajar la tensión que había surgido entre los tres. Los otros dos ANBU se mantenían apartados de la discusión y vigilaban que las bestias con los suministros no se espantaran por los gritos.

No muy lejos de allí, los gritos difuminados llegaron hasta los sensibles oídos de Madara, haciendo que se despertara de su, ya de por sí, ligero sueño. Voces femeninas parecían arrastradas por el viento hasta donde él se encontraba. Lo primero que pensó fue en una jauría de perros de las arenas o de coyotes, pero prestando más atención a los sonidos podía distinguir palabras.

Se incorporó y dirigió su mirada hacia la dirección de donde creía que provenían las voces. Descartó a las alimañas de las arenas y confirmó que eran al menos dos voces femeninas diferentes. Pensó que sería alguna caravana de mercaderes o una comitiva de alguna de las aldeas. Sea como fuere, estaban demasiado cerca para su gusto y, si llevaban rastreadores, sería fácil que dieran con ellos. Lo mejor sería adelantarse y hacer una valoración sobre el terreno.

Primero tendría que devolver de nuevo la personalidad a los dos hermanos Senju. Madara se dirigió primero hacia donde se encontraba Tobirama, realizó los sellos y, rápidamente, el albino se puso en pie. El Uchiha no le explicó nada con palabras, sólo se llevó un dedo a los labios para indicarle que se mantuviese en silencio. El rostro mostraba seriedad y concentración, aquello alertó a Tobirama que obedeció las instrucciones. Observó que el fuego estaba completamente cubierto de arena y se había encargado de que ni siquiera humeara. Algo sucedía.

Madara enfiló ahora hasta donde estaba Hashirama, pero antes de hacer los sellos se dirigió al menor de los Senju:

-Tápale la boca, no quiero que cuando despierte forme un escándalo, -indicó sin elevar el tono de su voz más que lo necesario para que el otro le oyese. –No quiero que nos descubran.

Dicho eso, hizo un gesto con la cabeza indicando el lugar de donde venían las voces y, efectivamente, el viento seguía transportando algunas de las palabras pronunciadas. Tobirama asintió conforme, entendía la petición del Uchiha, sabía que su hermano podía ser en ocasiones un quebradero de cabeza por sus reacciones demasiado exaltadas. Se arrodilló junto al cuerpo de Hashirama e hizo lo que le había indicado. Después de una rápida sucesión de sellos. El mayor volvió en sí y lo primero que hizo fue tratar de revolverse contra la mano que le sujetaba. Frente a él estaba Madara con un dedo delante de su boca como si fuese a lanzarle un Katón, cosa que hizo que se revolviera aún más y forcejeara emitiendo sonidos y quejidos para tratar de hacerle entrar en razón para que no lo hiciera.

-¡Cállate! Podrían oírnos, -susurró Tobirama casi sin despegar los labios. Cuando se repuso del extraño despertar, Hashirama asintió para que su hermano dejara de amordazarlo.

Madara había comenzado a subir la ladera de una enorme duna que le tapaba la visión. Los hermanos lo siguieron. Las palabras cada vez iban siendo más nítidas, lo que empezaron siendo palabras dispersas se iban convirtiendo en frases aún inconexas y cada vez a un mayor volumen. Los tres llegaron arriba tendidos sobre la arena rojiza para que sus siluetas no llamasen la atención al recortarse contra la luz que desprendía la luna.

Frente a ellos, la imagen era extraña. Las mujeres discutiendo a lo lejos, dueñas de esas voces y, entre ellas, un hombre haciendo las veces de lo que parecía ser un mediador entre ambas sin mucho éxito. Un poco más apartados dos figuras más que parecían no participar en la discusión. En total, cinco personas, un grupo pequeño que no les supondría una amenaza.

Tras una casi imperceptible señal de Madara, los tres se deslizaron por la ladera de la duna hasta aterrizar en lo que parecía ser el comienzo de un sendero firme de roca y arena más compacta, por el que el pequeño grupo se desplazaba. Avanzaron un trecho ocultando sus chakras para aproximarse todo lo que pudiesen sin ser descubiertos.

A esa distancia, podían oír perfectamente lo que estaban gritándose la una a la otra sin forzar sus oídos dado el volumen al que discutían. Lo que comenzaron siendo siluetas, ya eran imágenes definidas gracias a la luz lunar y a las antorchas que portaban que arrojaban luz suficiente para iluminar la zona en la que se encontraban parados.

-¡Maldita sea, Mara, he dicho que camines! –Gritaba la mujer rubia que tenía un aspecto de tener más edad. -¡Obedece de una vez!

-¡Y tú deja de ser una molestia, Senju, y dame un respiro! ¿Quieres? –Contraatacó la otra joven de pelo negro. -¡Sólo te estoy pidiendo un maldito descanso!

Por su parte, los tres hombres junto a la duna dieron un respingo de sorpresa por el encuentro que estaban a punto de tener. Tobirama estaba confuso por toda la escena y por estar a sólo unos metros de la que parecía ser una descendiente de su clan y la joven del combate quien, casi con total seguridad, tenía algún tipo de vínculo afectivo con Madara o, más bien, él con ella. Un capricho demasiado joven, a su parecer.

Madara por su parte, había respirado aliviado por primera vez desde que habían salido de la guarida de Orochimaru, algo que no pasó desapercibido para la aguda percepción de Tobirama, un síntoma más de que su teoría estaba en lo cierto. Un revoltijo de emociones recorría los pensamientos de Madara, no todas buenas, pero no todas malas. Como aquella primera vez en el claro del bosque, el júbilo y la alegría se mezclaban con la ira y cierta lástima. Se había dado cuenta de que su sharingan se había activado debido a todas ellas, trató de tranquilizarse y ordenar sus ideas para hacer su próximo movimiento.

El que parecía que se había quedado obnubilado era Hashirama. En la kunoichi rubia que discutía desaforadamente con la combatiente novel había reconocido los rasgos maduros de su nieta. Hizo un cálculo rápido de su edad, los años que llevaba muerto y los que aparentaba ella, asintió conforme y sonrió de manera bobalicona como solía hacerlo. Estaba orgulloso de ella, al igual que él, había llegado a ser Hokage, las ropas formales la delataban, así como el sombrero tradicional con el símbolo del País del Fuego.

-Madara, ella es mi… -Empezó Hashirama con el corazón encogido y temeroso por las órdenes que le pudiera ordenar ejecutar. -¿Podría…?

-Aún no, -contestó cortando toda pregunta y sin dar opción a réplica. Tobirama seguía observándole sin quitarle el ojo de encima.

-No es la Hokage, es la chica, ¿verdad? –Preguntó sabiendo que ese era justo el quid de la cuestión. –Al igual que en el desierto y en el estadio, lo que persigues es a la joven.

-Cállate, -amenazó con un siseo.

Tobirama echó una mirada más exhaustiva a la muchacha, se fijó en los detalles: la posición a la hora de presentar batalla, aunque fuese verbal, el pelo negro, la melena y el mechón en mitad del rostro y, por último, cuando lanzó la que parecía su última queja, la manera en la que se cruzó de brazos y miró con odio y desdén a la que, también había reconocido como la nieta de su hermano. La idea que se había formado se iba tornando cada vez más nítida hasta volverse clara como el agua. Volvió a mirar a Madara para confirmarlo una última vez. Éste, era consciente de la mente aguda y despierta del menor de los Senju, sabía que hilaba fino en los pensamientos. Sabía que le estaba mirando, analizando en profundidad y en detalle.

-No puede ser… -Fue lo único que pudo decir entre divertido y sorprendido antes de que el sharingan de Madara, de un rojo intensísimo, hiciera contacto con sus ojos.

-¿Qué sucede? –Preguntó Hashirama que se había perdido el intercambio de miradas.

Madara no deseaba postergar más aquella situación. Comenzó a elevar su chakra para hacerse notar, cosa que no le resultó complicada dado su estado de ánimo y las ansias homicidas que despertaban en él gracias al Senju albino.

-Vas a saberlo enseguida, Hashirama, -respondió mientras liberaba su chakra paulatinamente.

Durante ese tiempo, la discusión parecía estar llegando al final sin una clara ganadora. Tsunade exponía soluciones que Mara rechazaba de pleno. De pronto, el sello de su estómago se plasmó sin avisar sobre su piel, pudo sentir el dolor punzante repentinamente, cosa que le hizo poner una mueca y emitir un leve quejido que la otra interpretó como lo que podía ser una claudicación por su parte.

Desde ese momento, Mara desconectó de la discusión. Kurōkami le mostró una estela de chakra rojo como la sangre. Comenzó siendo apenas un hilo delante de sus ojos y poco a poco se convirtió en lo que parecían ser algas marinas carmesíes flotando alrededor de ellos, envolviéndoles.

La expresión de su rostro cambió: ya no mostraba la nariz arrugada ni fruncía el entrecejo, ahora mostraba una sonrisa jovial y sus ojos se movían buscando el origen de esas estelas rojas de chakra.

-¿Reconoces este chakra? –Preguntó el ente entre risas mal disimuladas.

El cambio en sus facciones sorprendió a Tsunade quien, tan concentrada como estaba en la discusión, no percibía el chakra a su alrededor. En cambio, Yamato y Kakashi sí lo habían percibido y se habían puesto en guardia por si se trataba de un posible ataque de mercenarios o, aún peor, algún miembro de Akatsuki. Ya que no sería la primera vez que atacasen en Suna.

-Kakashi, mira allí, -indicó Yamato señalando las tres figuras de pie e inmóviles.

El ninja, con su sharingan a la vista, enfocó su visión hacia donde le indicaba el ANBU. Tan rápido como atisbó las identidades de los tres hombres allí impasibles, su atención se centró en proteger a la Hokage y a Mara. Antes de acercase a ellas rápidamente, vio que la joven miraba sonriente hacia el mismo lugar que él había observado la terrorífica imagen.

Su sorpresa fue enorme cuando la vio que se arrancó a correr tan rápido como podía hacia ellas. Kakashi la imitó para detenerla.

-¡Mara, no! ¡Es peligroso! –Gritó mientras la cogía por la muñeca y haciéndola frenar en seco. -¡No te acerques! ¡Puede ser una trampa!

-¡Suéltame!

El grito y la orden imperativa sorprendieron a todos, en especial a Kakashi. El ninja se encontró con sus ojos, antes negros y ahora de un rojo sangre que conocía muy bien y que hicieron que aflojase el agarre sobre ella. Mara no deshizo el contacto visual mientras, uno por uno, iba liberándose de los dedos que la apresaban ahora sin apenas fuerzas. Las dos únicas palabras que pudo dedicarle antes de continuar con su carrera fueron un lo siento musitado cargado de pena y a modo de disculpa.

Los otros tres vieron la escena. La carrera interrumpida, el grito y la sencilla y triste disculpa. Para sorpresa de los Senju, Madara aún no les había dado ninguna orden de atacarlos y él no había movido un músculo mientras veían todo aquello. Sólo cuando la joven estuvo a escasos metros de él descruzó los brazos y la acogió entre ellos y contra su pecho, aferrándose a su cuerpo como si del mayor tesoro se tratase. El impacto contra su nuevo y rejuvenecido cuerpo no supuso un problema. Volvía a escuchar su respiración, volvía a sentir su chakra y volvía a ver su sharingan, incluso, si se concentraba, podía sentir el latido de su corazón desbocado. No podía pedir más. No necesitaba nada más.

Cerró los ojos, exhaló el aire de sus pulmones con alivio y se permitió disfrutar de ese instante efímero. Durante ese momento habría dado cualquier cosa por poder detener el tiempo. No existía nadie más, sólo ellos en medio de aquel vasto desierto.