Muy buenas, agradezco la espera después de más de un mes sin aparecer por aquí os traigo una actualización. Por desgracia no muy larga, pero espero que os guste igualmente y estéis disfrutando.

La noche y el frío del desierto habían dado paso ya al calor y la luz del sol que se dirigía hacia su cénit. En el campamento improvisado, el fuego se había extinguido hacía horas, los Senju estaban despiertos de su letargo mientras permanecían sentados sobre uno de los mismos troncos que hacían las veces de asientos de la noche anterior y miraban a un Madara inquieto que no paraba de ir de un punto a otro apretando los dientes, murmurando lo que imaginaban serían maldiciones y mirando con enfado el bulto azul marino que estaba aovillado en el suelo arenoso.

Ese bulto no era más que el intento de la joven por cubrir sus sensibles ojos de la luz para continuar durmiendo varias horas más desde que el primer rayo la despertó. Y lo había conseguido hasta entonces. Cubierta por el amplio haori de Madara se encontraba durmiendo todo lo plácidamente que podía desear dadas las circunstancias. Se había tapado la cabeza casi por completo, sólo unos pocos mechones desordenados de la coronilla se veían en negro contraste con la arena rojiza. Las piernas habían quedado expuestas y empezaban a tornarse ligeramente rojas por la exposición al sol.

-¿Cuánto más piensa estar ahí durmiendo? –Preguntó al aire un Madara desesperado y deseoso de ponerse de nuevo en marcha.

-Está agotada, amigo, -respondió Hashirama intentando ganarle algunos minutos más de descanso. –Apuesto a que estos días tampoco han sido fáciles para ella.

-¿Por qué tanta prisa, Uchiha? ¿Añoras dormir en tu cama? –Preguntó Tobirama de manera incisiva.

-¡Hermano! –Reprendió esta vez Hashirama por el comportamiento a su hermano menor. Madara se limitó a apretar la mandíbula aún más si cabía y a arrugar la nariz con desprecio.

Ya sin un ápice más de paciencia, Madara se dirigió hacia la durmiente y, sin demasiado cuidado, retiró el haori que hacía de parasol.

-¡Eh! ¿De qué vas? –Gritó somnolienta en el mismo instante en que los potentes rayos de casi el mediodía hicieron impacto en sus párpados. -¿Pretendes dejarme ciega?

Sin esperar respuesta se tumbó bocabajo, cruzó los brazos bajo su rostro para improvisar una almohada a la par que ocultarse de la claridad, con la clara intención de seguir durmiendo una vez más.

-¡Levántate de una vez, Mara! –Proclamó Madara en tono autoritario. Por respuesta sólo hubo un gruñido de protesta. El mayor de los Uchiha cerró los ojos con intención de calmarse, tarea difícil a la que no ayudaba su hija con ese comportamiento infantil y tan impropio de su clan. El detonante para liberar su ira fue una risa mal disimulada de Hashirama y una sonrisa socarrona en la cara de Tobirama.

La escena del serio y aguerrido Madara ejerciendo de padre en algo tan cotidiano como el hecho de despertar a una hija de la pereza mañanera les resultaba difícil de creer. Algo que todos como padres habían vivido en algún momento en sus familias, pero no pensaron nunca que la Uchiha era una de esas.

-¿Te resulta algo divertido, Hashirama? –Preguntó volviéndose hacia los hermanos Senju con sus ojos rojos y su Mangekyō sharingan brillando en ellos.

-Lo siento, amigo, jamás me imaginé que te vería… Que te vería…-Respondió tratando de buscar la palabra exacta. –Ya sabes… Así.

Con las manos indicó primero a Madara y luego las dirigió hacia Mara.

-Me siento afortunado de que nos hagas partícipes de esto, sea lo que sea, a mi hermano y a mí, al fin podré conocerte más allá de la guerra y la lucha de clanes. Has dado todo un cambio, Madara.

El silencio se hizo entre los cuatro. Madara no sabía qué responder a esa declaración de amistad, Hashirama no sabía qué más añadir sin colmar la mermada paciencia del Uchiha, Tobirama sólo mantuvo su semblante serio y Mara había vuelto a retomar el sueño.

-Prueba tú, si tienes tanta experiencia, -retó Madara con sus ojos negros de nuevo.

-¡Claro, un placer! Me cae bien esta granujilla, -dijo Hashirama entusiasmado y acercándose a la joven. Carraspeó un poco se agachó a su lado. Hizo un par de amagos con la mano, dudoso de si debía establecer contacto desde el principio. –Mara… -Empezó con una voz suave.

-Créeme, necesitas algo más que eso, -dijo Madara sentándose para avivar las ascuas de la noche anterior con un Katon.

-¡Déjame! Sé lo que hago, -respondió Hashirama.

Tobirama seguía analizando a dónde iría todo aquello. Sabía que su hermano estaba acostumbrado a tratar con su hijo, con su nieta Tsunade cuando era una niña y con otros muchos críos de la aldea que se le acercaban a saludar cuando era Hokage, pero estaba seguro de que ninguno de aquellos era un Uchiha y, mucho menos, uno que había crecido "salvaje", como había decidido denominar al hecho de que había crecido fuera de la férrea disciplina que imponía el clan, probablemente, Madara no se hubiese hecho demasiado cargo de ella.

-Mara, ya es casi mediodía, deberías despertar, -dijo poniendo una mano algo más decidida en contacto con el hombro más cercano. No obtuvo respuesta, ni verbal ni como gruñido. El hecho de no recibir respuesta lo impulsó un poco más al contacto. –Vamos, jovencita, el camino hacia la Hoja nos espera, con suerte hoy llegaremos a sus bosques y dejaremos atrás este calor.

-Piérdete, Senju, -fue lo único que le llegó entre los gruñidos de quejas ininteligibles que salían de debajo de sus brazos.

Hashirama se volvió al oír a su hermano soltar un "¡Ja!", que más bien sonó a "Te lo dije, son Uchihas, no funcionan igual".

-Estamos conectando, -dijo como excusa y con las mejillas algo arreboladas por el bochorno ante su hermano y la media sonrisa torcida de Madara. –Mara, vamos, despierta.

-Hashirama, déjala, -indicó Madara.

-Pero ya casi lo tengo, -protestó volviéndose hacia su amigo y sin dejar el lado de la muchacha.

-Va a levantarse en cuatro segundos, -aseguró el Uchiha.

-¿Cuatro segundos? –Preguntó esta vez Tobirama. –Sólo habéis conseguido que farfulle y os mande al infierno, os está ganando una chiquilla en esta batalla. ¿Cómo vas a conseguir que haga eso en cuatro segundos?

-Vamos a cambiar de estrategia, -respondió Madara. Mientras hablan había sacado del pergamino de alimentos uno de los trozos de carne sazonada de la noche anterior, cortó con un kunai tres trozos generosos y los hincó uno tras otro en una de las ramas que todavía había esparcidas y antes de ponerlas al fuego que volvía a arder se dirigió una vez más a Tobirama: -Cuatro segundos son los que tarda el olor de la carne asada en recorrer la distancia hasta su nariz, teniendo en cuenta la ligera brisa que hace y que, afortunadamente, nos es favorable.

Tras la breve explicación, puso los trozos de carne sobre el fuego e hizo una señal a Hashirama para que empezara a contar.

-Uno, dos, tres, cuatro…

Antes de que pudiera seguir contando, el bulto se movió con un quejido y se colocó de costado de donde venía el delicioso olor, aún con los ojos cerrados cogió una gran bocanada de aire por la nariz para deleitarse en el olor, no sólo ella, Kurōkami también se dio el gusto y se relamió. Poco a poco, empezó a acostumbrar sus ojos a la luz.

-¿Tobi, estás haciendo el desayuno? Huele genial, -murmuró abriendo casi por completo los ojos.

Lo primero que vio fue el rostro deprimido y demasiado cerca de Hashirama, además de que seguía con su mano en el hombro de ella, eso le hizo dar un respingo por la cercanía del Senju, se sentó de golpe y reculó hacia atrás más por instinto que porque le sintiese una amenaza. Cuando se reubicó y su mente procesó dónde y con quién estaba, lo siguiente que buscó con la mirada fue a Madara quien, tras la frustración anterior, a quien acababa de mencionar ella, no mostraba su mejor semblante. Por último, fue Tobirama quien dedicó las primeras palabras, creyendo que ese "Tobi", como apelativo cariñoso iba dirigido a él, aunque, por otro lado, él jamás prepararía el desayuno a un Uchiha, ni aunque su vida le fuese en ello.

-Buenos días, Uchiha, -dijo en voz alta para destensar un poco el ambiente y añadió en voz baja para que sólo Madara lo oyese: -Buen cambio de estrategia, la próxima vez no te subestimaré en un campo de batalla.

Mara se levantó frotándose los ojos y la cara se acercó y se sentó frente a ellos al otro lado del fuego.

-Buenos días, -respondió dejando de frotarse los ojos y buscando la carne prometida. La vio terminando de tostarse al fuego, justo cuando la grasa comenzaba a fundirse y a chisporrotear entre las llamas. –¿Eso es para mí? –Preguntó más animada y alargando su brazo para coger la rama.

Sólo un segundo antes, Madara la alcanzó antes que ella y la hundió en la arena rojiza volviendo la carne incomestible. De nuevo, la escalada de tensión se sintió alrededor de la hoguera, Tobirama miraba a ambos: Madara tenía la media sonrisa sádica en el rostro y Mara el rostro desencajado y el sueño desapareció de un plumazo.

-¿Pero por qué? ¿Por qué has hecho eso? –Preguntó con voz casi infantil.

-Has llegado tarde al desayuno, Mara, la próxima vez, sé más rápida, -dijo sin miramientos mientras apagaba el fuego y se levantaba para ponerse en marcha.

Mara bufó en protesta, no estaba siendo el mejor de sus despertares. Se quedó sentada bajo la atenta mirada de los dos Senjus, quienes entendían que la discusión entre los dos Uchihas estallaría una vez más. Haciendo caso omiso sobre la orden de ponerse en marcha, Mara comenzó a desenterrar los troncos para encender de nuevo la hoguera.

Sintiendo que ninguno de los tres a su cargo se ponían en movimiento, Madara se volvió hacia ellos.

-¿Qué crees que haces? –Preguntó con la poca paciencia que le quedaba esa mañana.

-Procurarme un desayuno, ya que tú has decidido matarme de hambre, -respondió mientras seguía apilando la madera sin siquiera mirarle.

-Camina, mocosa, -amenazó entre dientes. -¡Obedece de una maldita vez!

Dio varios pasos rápidos hacia ella con intención de amedrentarla. Mara se puso en pie dispuesta a encararlo. Durante el avance, Madara ya mostraba su Mangekyō sharingan y Mara tampoco se había quedado atrás activando el suyo de tres tomoes.

-¿Crees que tienes posibilidades? –Dijo refiriéndose a un posible duelo de dojutsu.

-No me da miedo, -respondió sin apartar la vista y sin duda en su voz, aunque su lenguaje corporal decía otra cosa. Madara sabía leerlo perfectamente, sabía que ella sabía que estaba en clara desventaja y aún así seguía firme en su causa. Decidió seguir. –Sólo te estoy pidiendo unos minutos más para…

-Así que no te da miedo, -cortó. –Veamos si esto te da miedo.

De pronto, el rojo sangre del sharingan, dio paso al violeta del rinnegan. Se quedó mirándola de manera intimidante a la espera de su reacción. Veía sus músculos del cuello tensarse cada vez que trataba de pasar una saliva seca por su garganta, había perdido el contacto visual durante varios instantes y su postura, antes en una pose agresiva y hacia el frente, estaba ligeramente girada en señal de evitación y los hombros algo caídos, sumisión. De esa manera, comprendió que era una batalla perdida, sus ojos se volvieron negros de nuevo, sin dejar de mirarlo negó con la cabeza casi imperceptiblemente y dejó caer con desgana el tronco que había estado apretando con todas sus fuerzas durante ese tiempo.

Madara aceptó la rendición sin medidas. Se dio la vuelta y marcó el ritmo de la marcha. Atrás quedaron los dos Senjus que habían permanecidos callados durante el duelo entre esos extraños animales que consideraban a los Uchihas, eran fieros y temibles, capaces de acabar en un instante con un enemigo sin pensárselo, pero que a la hora de enfrentarse los unos con los otros sólo mostraban sus armas con la esperanza de amedrentar y no entrar en combate entre ellos.

Tobirama miraba curioso a la joven. Ésta tenía la mirada clavada en espaldera de la armadura corinta de Madara como si pudiera atravesarla. Bufó una vez más, como única manera de liberar su protesta y manifestar su inconformidad. Dejó que su padre se alejara unos cuantos pasos más y comenzó a andar también golpeando la arena con sus talones en cada paso.

Los dos Senjus intercambiaron miradas socarronas por las escenas que estaban presenciando y siguieron los pasos de los otros dos.

Paso tras paso, el enfado y la molestia de uno y de otra se fueron diluyendo como arena entre los dedos. El silencio impuesto como represalia del uno al otro les estaba matando. Había tantas cosas de las que hablar, tantas preguntas que hacer y tantas respuestas que dar que estaban perdiendo el tiempo. Ambos lo sabían. Incluso los hermanos lo sabían.

Hashirama llevaba varios minutos dándole vueltas a un plan para alcanzar la meta que se había propuesto con la chica que era ser lo más parecido a su tío favorito, era lo menos que podía hacer por la hija del que había sido y seguía siendo a su manera su mejor amigo desde la infancia. No dejaría que fuese Tobirama el único que tuviese un apelativo cariñoso.

Sacó la última de las manzanas que había cultivado dos días atrás, era la más grande de todas, con una piel roja brillante capaz de competir con el vivo color del sharingan de sus extraños compañeros de viaje. Se acercó a Mara y se la mostró con una sonrisa bobalicona tan típica de él.

-Puedo oír los rugidos de tu estómago desde ahí detrás, esto lo engañará por unas horas, -dijo depositando la enorme manzana en la mano de la muchacha.

Mara se lo quedó mirando, dudaba sobre si decirle que los rugidos no eran todos por hambre, Kurōkami también empezaba a protestar, lo notaba agitado desde que se había reencontrado con Madara, aunque extrañamente, permanecía en silencio. Mara volvió a concentrarse en la manzana que tenía en la mano, miró una vez más a Hashirama y dijo con esa sonrisa torcida idéntica a la de su mejor amigo:

-Gracias.

Acto seguido, sin que Hashirama o Tobirama pudiesen reaccionar a tiempo, la joven lanzó con fuerza la fruta hacia Madara.

-¡No! –Exclamaron ambos Senju a la vez y sujetándola demasiado tarde cada uno por un brazo.

Madara se había girado justo un instante antes de que la manzana le golpeara en la espalda y la había atrapado sin esfuerzo con una sola mano.

-Tranquilos, soltadme, -dijo Mara forcejeando para librarse del agarre.

Madara lanzó hacia arriba la manzana y volvió a atraparla. Se la acercó a la nariz y aspiró el olor. Aquello le traía recuerdos, lo primero que había compartido con su hija había sido una manzana en medio de aquel claro del bosque. Sabía lo que estaba haciendo con ese lanzamiento. Elevó una ceja a modo de interrogación, quería oír lo que tenía que decir, podía ser terca, una molestia, maleducada, problemática y con un pequeño problema de carácter, pero en el fondo tenía el mismo corazón que su hermano Izuna. Eran hermanos y como tal, era normal que discutiesen, podían estar enfadados durante días, pero Izuna siempre volvía, se sentaba a su lado como si nada hubiese pasado y volvían al punto de inicio. Con Mara pasaba algo parecido.

-Es demasiado grande, se oxidaría antes de que terminase de comerla y mi kunai ha vivido tiempos mejores, -explicó sacándolo de su bolsa para mostrarle la hoja mellada y casi roma. –Hace tiempo que no compartimos una.

Se quedó mirándole a la espera de una palabra o un gesto que indicara que podía acercarse y que todo seguía como antes. Se encongió de hombros y medio sonrió.

-Ven aquí, mocosa, -dijo Madara por fin volviendo a caminar. Mara se acercó a paso ligero con la sonrisa plena en su rostro. Madara sacó un kunai de acero brillante y afilado y empezó a cortar la manzana. Tendió el primer trozo a su hija y el siguiente lo cortó para él mismo.

Atrás quedaban los dos Senju, miraban las dos espaldas cubiertas de esa cascada negra que eran sus melenas. La armadura corinta se mezclaba con la arena rojiza del desierto, pasos calmados y seguros, de vez en cuando se giraba a mirar la joven que caminaba a su lado, haciendo aspavientos en un intento de ilustrar lo que estaba narrando. De vez en cuando podían oír alguna protesta por parte de ella demandando un trozo más de manzana. A veces podían verla haciendo gestos entusiasmados en el rostro, o dándole un leve toque en el hombro a Madara en señal de complicidad.

-¿Te siguen pareciendo unos monstruos? –Preguntó Hashirama a su hermano menor al darse cuenta de cómo miraba la interactuación de los dos Uchihas. Tobirama no contestó, pero recuerdos de su infancia y juventud traspasaban el tiempo hasta ese momento.