Buenas mis abandonadit s, después de meses sin aparecer por aquí (como viene siendo habitual, desgraciadamente) os dejo un capítulo más, espero que os guste y me lo hagáis saber con unas reviews. ¡Disfruten!
Capítulo 66
Los guardias que vigilaban el camino estaban jugando a las cartas dentro un pequeño cuarto que usaban para guarecerse de las inclemencias del tiempo. El más veterano iba perdiendo una suma cuantiosa para mayor alegría del más joven. Cuando terminaron de jugar esa mano, el que estaba de espaldas a la entrada de la villa se percató de cuatro figuras enfundadas en capas de viaje, manchadas por el uso y la suciedad de los caminos, y que se acercaban a paso lento hasta donde ellos se encotraban.
Le hizo un gesto con la cabeza a su compañero para que se diese la vuelta y observase la escena. Eras tres figuras altas y fornidas y una algo más baja y de menor corpulencia.
Cuando llegaron a la altura de la garita, ambos ninjas salieron y les dieron el alto.
-¿Qué os trae a la Villa Oculta de la Hoja? –Preguntó el mayor.
-Queremos pernoctar en la aldea, -respondió Madara sin retirar la capucha.
-¿De dónde venís? ¿Traéis un salvoconducto de algún Kage? –Indagó esta vez el más joven.
-No, -respondió de nuevo Madara, escueto. –No nos envía ningún Kage. Sólo somos unos viajeros que quieren refugiarse en vuestra villa a reponer fuerzas para continuar su viaje.
Los dos guardias no se creían del todo la explicación, aunque la apariencia era la de viajeros que llevaban recorrido un largo camino.
-¿Cómo sabemos que no sois espías?
-¿Crees que entraríamos por una de las puertas principales de serlo? –Preguntó de vuelta y con impaciencia la figura más pequeña, las otras dos restantes no habían hecho ningún ruido.
Mara se quitó la capucha que cubría su cabeza, aún a riesgo de ser reconocida, la impaciencia y el cansancio del viaje y el mal humor por la última conversación, eran un magnífico caldo de cultivo para hacer gala de su mal humor.
-Acabemos con esto, -propuso al ver que no era reconocida. –Os propongo algo. Un juego. Una apuesta, -dijo con un halo de misterio, cosa que intrigó a los otros dos. Durante la breve conversación con Madara ella había observado la baraja de cartas, un par de revistas tiradas en el suelo de la garita y un calendario con uno de los días señalados en rojo.
-¿Qué haces? –Preguntó Madara viendo que su hija no iba a seguir el plan establecido.
-Hacer esto a mi manera o no entraremos nunca, -respondió alzando una mano para que le dejara espacio. Se volvió con una sonrisa cándida hacia los dos guardias y continuó su explicación. –Tengo entendido que a la Hokage de esta Villa le gustan el juego y las apuestas, así que supongo que a sus guardias también.
Los dos ninjas estaban confusos. No comprendían a dónde iba todo aquello.
-Y por lo que veo, parece que os gustan las cartas, ¿no? -Dijo señalando la partida a medio terminar. –Yo os propongo una apuesta, si gano yo, nos dejáis pasar y me llevo el dinero de vuestras apuestas. Eh, unos quinientos ryus, contando por encima, -dijo haciendo un cálculo rápido del dinero que había sobre la pequeña mesa de la garita. –Además, no hacéis preguntas y yo no le digo nada a la Hokage de todo esto. Será como si nunca hubiésemos pasado por aquí o mejor, diremos que entramos por otra de las puertas.
-¿Y si ganamos nosotros? –Preguntó el mayor confiado en su habilidad con los naipes.
-En ese caso, os daré mil ryus a cada uno para que olvidéis lo que ha pasado y nos marcharemos por donde hemos venido, -dijo en una respuesta rápida.
-Sargento, esto es del todo improcedente, -comentó el más joven entre dientes. –No deberíamos…
-¿Cuál es el problema? –Interrumpió Mara antes de que los dos shinobis se pensaran mejor las cosas. –Seguro que con mil ryus puedes comprar un bonito regalo para tu mujer y tú podrás irte con tu novia a esas vacaciones que le llevas prometiendo tanto tiempo.
Los dos guardias se quedaron helados por ese último comentario, ¿cómo sabía esa joven todo eso? Mara pasó entre ellos recogió las cartas de la mesa y se apoyó contra la jamba de la puerta de la garita mientras comenzaba a barajar.
-Bueno, ¿quién quiere cortar? –Preguntó mientras dividía la baraja en dos, mezclaba un taco con otro en una rápida sucesión digna de uno de esos crupieres profesionales que había en las casas de apuestas y juego en algunas aldeas.
-Nada de trampas, mocosa, -advirtió el guardia mayor. Mara frunció el ceño al escuchar el nombre por el que la había llamado, pero lo dejó estar.
-Es vuestra baraja, si está marcada, vosotros lo sabéis y yo no, eso os dará ventaja, -dijo despreocupadamente, mientras seguía barajando las cartas entre sus dedos.
Mientras tanto, fuera, Madara tenía el ceño fruncido por este cambio inesperado en el plan, Tobirama podía intuir la jugada que quería hacer la muchacha, aunque no le parecía bien eso de las apuestas. Por su parte Hashirama, miraba la destreza al barajar y recordaba sus noches de juventud, después de firmar algún acuerdo importante con algún clan para que se uniese a Konoha, era costumbre ir a celebrarlo a alguna casa de juego, unas apuestas y algo de licor eran algo recorfortante, aunque después sólo tuviese los bolsillos vacíos y un terrible dolor de cabeza.
-Hagan juego, caballeros, -dijo Mara extendiendo la totalidad de la baraja sobre la mesa y usando la última de éstas para hacer una pequeña montaña móvil de un lado al otro. Las recogió de nuevo haciendo un mazo y comenzó a repartir la primera ronda.
Dos cartas para cada jugador y tres sobre la mesa. Dejó el resto de la baraja a su izquierda y observó las expresiones de ambos jugadores al mirar las cartas. Uno de ellos elevó casi imperceptiblemente la comisura de sus labios y el otro cerró los ojos, probablemente como resignación por su mala suerte, lanzó las cartas con enfado sobre el montón de ryus que había en el centro.
-No voy, -declaró.
-Tu compañero se retira, esto es entre tú y yo, -dijo cogiendo de nuevo el mazo.
-Espera, ¿y tu parte de la apuesta? –Preguntó el mayor de los dos haciendo un gesto para que se detuviera.
-Justo a tiempo, -respondió Mara.
En la puerta de la garita, Pakkun resoplaba por el largo camino que había tenido que recorrer corriendo desde la Arena.
-Empiezo a hacerme mayor para estos encargos, espero que mi hueso sea de un buen tamaño, si no ya sabes qué pasará, -amenazó el pequeño can mientras entraba en el interior. –Quítame esto de la espalda, ¿quieres?
Mara se inclinó sin perder de vista las manos y las cartas de su oponente en el juego y cogió un pequeño rollo de invocación, mucho más pequeño que el que Kakashi le había hecho llegar con la comida. Madara entrecerró aún más los ojos, había reconocido al perro de Hatake.
-¿Te importa que lo abra antes de seguir con la partida? –Preguntó con una sonrisa. –Estos pergaminos destruyen su contenido si su destinatario no lo abre pasados dos días y no me gustaría perderlo.
-Más te vale que ahí dentro esté el dinero que nos prometiste y no sea una trampa, si no te las verás con nosotros, ¿te queda claro, mocosa? –Interpeló el hombre. Ahí estaba de nuevo el sobrenombre que había decidido darle, esta vez, nada más oírlo se escuchó un gruñido proveniente de ella que trató de disimular con una carraspera de su garganta y un intento de sonrisa tranquilizadora.
-Tranquilo, aquí está vuestro dinero, en caso de que pierda, -respondió. Desplegó el rollo sobre la mesa, con cuidado de no cubrir las cartas para que no la tachase de tramposa si ganaba. El interior del rollo estaba lleno de felicitaciones y palabras de contrición en cuanto al gasto y ofertas para comprar esto y aquello que ni siquiera se paró a leer. Cuando llegó al sello de confinamiento, hizo unos sellos rápidos con sus manos y ante la atenta mirada de los ninjas apareció la montaña de dinero más grande que había visto en su vida.
Los ojos de los dos ninjas de guardia, los de Madara, los de Tobirama y, sobre todo, los de Hashirama, se abrieron de par en par cuando aquella fortuna apareció sobre la mesa.
Ante ellos había una suma enorme de dinero, tan alta que ninguno atinaba a articular palabra. Los fajos de billetes de cien ryus se apilaban formando pequeñas torres que se elevaban orgullosas.
La joven cogió uno de esos fajos, extrajo varios de los billetes por valor de los prometidos dos mil ryus y los colocó junto a las monedas que conformaban la parte de la apuesta de los dos shinobis.
-Creo que esto valdrá, -dijo sin prestar atención al revuelo que había formado. Luego sacó un puñado más y los metió en la chaqueta de Pakkun. –Espero que con esto sea suficiente para comprar un buen hueso.
-¿Bromeas? ¡Con todo esto puedo comprar un nuevo invocador si quiesiera! –Respondió exaltado el pequeño perro. Después desapareció en una nube blanca.
A continuación, Mara volvió a hacer la secuencia de sellos y tan rápido como el dinero apareció, desapareció delante de sus ojos.
-¿Seguimos?
-S-sí… -Titubeó el ninja.
-Segunda ronda, -explicó. Repartió una carta más a cada uno y colocó otra más sobre la mesa.
El ninja miró la nueva carta y golpeó suavemente los dedos contra la superficie de la mesa en señal de que continuaba con la apuesta. La frente le sudaba profusamente, estaba tenso, debía tener alguna combinación que creyera que le haría vencedor.
-Última ronda, -informó Mara repartiendo la última carta para ambos y una más sobre la mesa. Dejó el mazo por última vez, a su izquierda, entrelazó las manos sobre sus cartas y miró a los ojos al ninja que tragó saliva con dificultad.
Sobre la mesa había una pareja de sietes negros, las otras cartas eran demasiado bajas para tenerlas encuenta.
Mara seguía mirándolo, le hizo un gesto con el mentón para que descubriera sus cartas. El ninja lo hizo. En su mano tenía una pareja de ochos, así que dobles parejas con la que estaba en la mesa.
La chica resopló y frunció el ceño. Miró hacia la puerta y vio a su padre a un lado y a Hashirama al otro, mientras que Tobirama miraba desde atrás algo más alejado.
-Lo siento, -musitó. La cara iracunda de Madara no tenía precio, la desolada de Hashirama aún menos y la decepcionada de Tobirama le resultó en cierta medida graciosa. Antes de que ninguno de ellos pudiera hablar levantó su mano con las cartas para evitar el avance las tres fieras en las que se habían convertido los de la puerta. –Digo lo siento porque tendremos que darnos un paseo hasta un buen restaurante para comernos una comida decente. ¡Mira y llora!
Lanzó sus cartas sobre las del otro ninja, había una pareja de Kages negros que, junto con la de la mesa le daban la victoria. El rostro de felicidad de la chica no tenía precio junto con la cara de desolación del guardia.
-Tranquilo, la Hokage no se enterará, será nuestro secreto, -dijo recogiendo el dinero con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Tienes que llevarte también nuestro dinero? Tienes mucho en ese pergamino, -dijo apenado el guardia más joven que veía cómo su pequeña fortuna se iba en las manos de la joven.
-Era el trato, -respondió ella siguiendo con su tarea de recoger las monedas. –Habéis perdido y ahora tenéis que afrontar las pérdidas, ya sabes.
-Pero tienes mucho, ¿qué hay de las vacaciones con mi novia y el regalo de su mujer? –Preguntó el joven más a sí mismo que a ella directamente. Mara lanzó una exhalación y echó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y miró a los dos hombres alicaídos frente a ella, luego miró sus manos colmadas de monedas y hacia los tres hombres de la puerta. Madara sabía que estaba sopesando las opciones. –Ese dinero era la paga por nuestra última misión, -añadió.
-Pues mala suerte, -dijo tratando de no sentir cierta culpabilidad.
-Pero es que… -Continuó el muchacho con tono lastimero.
-Vale, vale, esta bien, nuevo trato: os quedáis con el dinero y no decís nada a nadie, ni a la Hokage. Nadie. ¿Entendido? No hemos estado aquí, -dijo Mara soltando las monedas sobre la mesa. –Si me entero de que habéis abierto la boca os arrancaré los ojos y ya veremos lo buenos guardianes de la puerta este que podéis llegar a ser.
Ante la amenaza, los dos pusieron la espalda firme y asintieron rápidamente aceptando las nuevas condiciones.
Mara se levantó y se dirigió a la puerta de la garita. Los tres hombres se apartaron para dejarla pasar.
-Asunto resuelto, ¿entramos? –Preguntó mirándolos a los tres. Viendo que ninguno se movía se fijó con más detenimiento en su padre, veía cómo las preguntas le recorrían la mente sin saber muy bien por cuál empezar.
-¡Mara! –Dijo para llamar la atención de la chica haciendo que se encogiese un poco sobre sí misma, no dejaba de ser su padre y en ese cuerpo joven imponía aún más. –Tú… Yo… Lo que acaba de pasar ahí dentro… Vamos a tener una charla muy larga tú y yo.
-¿Qué? ¿Pero qué he hecho? ¡He usado la vía diplomática, como tú querías! –Gritó para llamar su atención. Luego se giró para mirar a los dos Senju. -¿Y tú por qué sonríes, Hashirama?
-Nunca había visto a Madara tan contrariado, me resulta gracioso cómo se enfrenta a situaciones cotidianas, -explicó. –Hablando de otra cosa, dime, ¿te importaría enseñarme a jugar así?
-¿Qué yo te enseñe a ti?
Esta vez la sorprendida fue Mara. ¿De verdad ese Senju, el Primer Hokage, amigo de la infancia de su padre y curtido en mil batallas, le estaba pidiendo aquello a ella?
-Hashirama, -intervino su hermano. –Una Uchiha no tiene nada que enseñarte.
-Quizá tenga que enseñarte modales a ti, -respondió mordaz. La tensión entre ambos volvía a poder cortarse con un cuchillo de mantequilla. Hashirama se colocó en medio de ambos y les instó a seguir a Madara.
-Bueno, será mejor que continuemos y dejemos el tema del juego y las apuestas para otro momento, -dijo un Hashirama aún sonriente.
