Muy buenas gentes ^^. Os dejo una actualización rápida después de muchísimo tiempo. Espero que os guste y me dejéis esos comentarios. Gracias por leer.

Capítulo 68

Los pasos lentos le permitían recrearse en las construcciones de alrededor. Las casas que empezaron siendo de troncos de madera habían dado paso a edificios de piedra de una altura considerable en comparación con las primeras. Las calles, antaño de tierra, estaban adoquinadas. Las tiendas se habían multiplicado y los lugares de ocio y recreo emergían aquí y allá. No pasó por alto las miradas desconfiadas que la gente, a su paso, les lanzaban. Cuchicheos y dedos acusadores les salían al paso y les apuntaban a las espaldas cuando pasaban de largo como si nada sucediese. Nada con lo que ninguno de ellos dos no estuviesen familiarizados. Los Uchihas desde los primeros tiempos habían suscitado esos comportamientos por el miedo que inspiraban. Lo que tampoco pasaba desapercibido era la partida de ANBU que les escoltaban de alguna manera y les vigilaban estrechamente desde los tejados y las azoteas.

Mara no apreciaba la arquitectura de la aldea de la misma manera que lo estaba haciendo Madara. Ni era demasiado consciente de los cuchicheos y la escolta. De lo que sí era consciente era del desconocimiento de quién sería el nuevo Hokage. Podía manejar a la Senju de alguna manera como había hecho hasta ahora, unas cuantas verdades a medias, otras tantas mentiras piadosas y puede que algún que otro pequeño chantaje, pero con el nuevo en el cargo el desconocimiento era total y eso era lo que la mantenía en vilo.

Atrás iban dejando el bullicio de la calle principal y se iban introduciendo de lleno en la solemnidad del distrito central con la Torre del Hokage, imponente, en medio del mismo. Mara tenía la mirada fija en el enorme ventanal que había en el último piso, sabía que ése correspondía con el despacho principal. Tras los cristales no se apreciaba ninguna figura.

Habían recorrido todo el camino en silencio, cada uno perdido en sus tribulaciones. Al llegar a la enorme puerta que caba acceso a la torre se detuvieron uno junto al otro. Sin volverse hacia ella, Madara fue el primero en hablar:

-Cuando estemos dentro, no hablarás a menos que se te pregunte y obedecerás sin excusas, -dijo en un tono frío que no dejaba lugar a quejas. Mara le miró, se encogió de hombros y asintió por toda respuesta. La preocupación se le traslucía en el rostro, en cambio el de Madara seguía impasible. Los largos años de guerra con Consejos y tratados entre clanes le habían preparado para no mostrar emociones en estos casos y no parecer débil en las negociaciones. –Entremos.

Los dos entraron en la torre y se quedaron parados en medio de la amplia recepción. Aquello había cambiado demasiado desde su fundación, pensó el mayor de los Uchiha.

-Es en la última planta, podemos subir por ahí, -dijo Mara en voz baja tras él. Madara se volvió hacia ella y seguió con la mirada hacia donde apuntaba su dedo. La escalera principal. Luego volvió a mirarla con el ceño fruncido, a lo que la joven añadió encogiéndose de hombros de nuevo: -Te dije que ya había estado aquí antes. Vamos.

Dicho esto, comenzaron a subir hasta la última planta. No se oía nada en todo el edificio, la quietud y el silencio podían llegar a crispar los nervios de cualquiera. Peldaño tras peldaño, ambas figuras alcanzaron finalmente la última planta tras una subida silenciosa donde sólo se escuchaban las pisadas amortiguadas sobre los escalones de madera. Cuando estuvieron frente al enorme pasillo circular, indeciso sobre qué dirección tomar, Madara se giró hacia su hija en busca de la respuesta ya que tan bien parecía conocer el interior de aquel edificio.

Sin decir una sola palabra, señaló con el índice hacia la derecha y hacia allí se encaminaron. Durante el recorrido, Mara se fijó en los detalles que lo adornaban, cosa que no había hecho en las anteriores ocasiones. Cada pocos pasos había una maceta de hojas verdes sobre un pedestal elvado, entre ellas había puertas tras las cuales había pequeñas oficinas de los empleados, archivos donde guardar rollos de misiones, una sala de reuniones y una pequeña sala donde tomar un refrigerio durante la jornada. Al otro lado, había grandes ventanales que dejaban pasar gran cantidad de luz natural.

Finalmente, llegaron a la enorme puerta de madera que daba acceso al despacho personal del Hokage. Junto a ésa, había un sillón bajo de piel marrón para que la espera fuese lo más confortable posible mientras se esperaba a ser recibidos por el Hokage.

-Tú esperas aquí, -dijo Madara antes de girar el picaporte.

-¿Qué? ¡No! ¿Por qué? ¿Qué vas a hacer? –Preguntó tan rápido que las palabras se le atropellaron en la boca. La mirada fría que le lanzó Madara hizo que se le encogiera el corazón en un puño. –Vale, nada de quejas, -dijo con resignación sentándose en el sillón que ya no le parecía tan confortable.

Tras esto, Madara cruzó el umbral y cerró la puerta. Después no se escuchaba nada más que un murmullo lejano demasiado bajo como para discernir palabras al otro lado de la pared.

Los minutos transcurrían con lentitud. Mara estaba inquieta igual que Kurōkami, contagiado de su intranquilidad. Agitaba el pie contra el suelo. Había contado todo el mobiliario que tenía a la vista. Por último, había optado por levantarse y dar pequeños paseos a un lado y a otro del pasillo sin alejarse demasiado de la puerta.

Se dirigió hacia una de las enormes ventanas y la abrió para dejar entrar la brisa que se levantaba con intención de que despejara sus pensamientos. Desde ahí veía caer en sol tras las copas de los árboles, los pocos pájaros que quedaban en el cielo pronto desaparecían y la silueta de la luna empezaba a dejarse ver en el cielo.

Tan perdida estaba en sus pensamientos que no oyó cuando Hashirama se acercó a ella, lo que hizo que diera un respingo. Cuando se fijó en que no venía solo preguntó:

-¿Qué hacéis aquí?

-Al parecer hay dos peligrosos Uchihas en la aldea y hemos venido a ver si el Hokage está bien, -respondió Tsunade con cierta socarronería y malicia a partes iguales.

-Ah, y por dos Uchihas tiene que venir el Equipo Hokage al completo, debéis tenerles mucho miedo, entonces, -dijo como respuesta.

-Calmaos, las dos, -dijo Hashirama. –Te hemos traído esto.

De una pequeña bolsa sacó una bandeja de cartón sobre la que había tres dangos de varios colores. Mara los miró con cierto rechazo.

-¿Qué pasa? –Preguntó Hashirama al ver su expresión.

-Te lo agradezco, -empezó Mara. –Pero es que no me gustan especialmente.

-¡Oh! ¿No me digas que eres como Madara? ¿No te gustan los dulces? –Preguntó con fastidio y volviendo a transmitir un aura depresiva a su alrededor.

-La mayoría no, -dijo Mara sin saber qué más decir para hacer que esa aura desapareciese.

-Quizá prefieras esto, -dijo Tobirama tendiéndole otra bolsa para que mirase el contenido.

Mara la cogió con recelo de la mano de Tobirama. La abrió y sacó un bol de ramen instantáneo. Lo miró con resignación, suspiró y dijo:

-Gracias, pero necesita agua caliente para que sea comestible, -explicó a un Tobirama confuso quien creía que la sopa estaba lista para comer ahí dentro. La muchacha volvió a sentarse en el sillón marrón con gesto derrotado.

Al ver eso, el duro corazón de Tobirama se ablandó un poco en su superficie por la pobre chica que no debía de estar pasándolo nada bien, ajena a los planes de Madara y ajena a los planes del Hokage y el Consejo de Ancianos.

-Puedo usar mi jutsu de agua, -ofreció en voz baja.

-Necesita agua caliente, -repitió con hastío. Un instante después una idea cruzó por su mente. -¡Ya lo tengo!Vamos a probar algo.

Se levantó de un salto, cogió el bol y lo abrió por la solapa superior. Luego se dirigió hacia una de las macetas decorativas que estaban sobre el pedestal, la colocó en el suelo y cargó el pedestal hasta dejarlo en medio del pasillo, justo entre Tobirama y ella. Sobre el pedestal situó el bol y le indicó al Senju que se pusiera frente a ella al otro lado del mismo.

-Bien, ¿puedes hacer una bola de agua del tamaño de un puño? –Preguntó calculando la capacidad del bol.

-¿Me tomas por un crío que acaba de empezar en la Academia? –Devolvió la pregunta Tobirama. –Claro que puedo.

-¿Y puedes mantenerla durante un tiempo? –Preguntó sin ofenderse.

-Sí, -respondió más intrigado que molesto por las preguntas, al igual que Tsunade y Hashirama. Este último volvía a sentir el mosquito de los celos de su hermano por la atención prestada por parte de la chica hacia su hermano en vez de hacia él, aunque sabía que era una competencia sana. A pesar del rechazo que su hermano decía sentir hacia los Uchiha, Hashirama sabía que era capaz de apreciar e incluso admirar a alguno de ellos, como le sucedió en el pasado con Izuna o con ese otro muchacho que aceptó como integrante de su equipo.

-¿Estás listo? –Preguntó Mara a Kurōkami para que comenzara a liberar una pequeñísima parte de su chakra, aunque el Senju entendió que la pregunta iba dirigida hacia él.

Con unos pocos sellos, entre sus manos se formó una pequeña bola del elemento líquido que poco a poco llegó al tamaño del puño del hombre.

-Mantenla, es mi turno, -dijo Mara realizando los sellos del Katon y colocando después sus manos arriba y abajo del espacio que dejaban las de Tobirama. Poco a poco el chakra de ella comenzó a fluir entre sus manos atravesando la bola de agua y, gracias a la pequeña porción de chakra del ente, a elevada temperatura, lo que hizo que en el interior de la bola transparente comenzaran a formarse pequeñas burburjas de ebullición. –Cuando vaya a empezar a hervir, déjala caer en el bol, -indicó a Tobirama sin perder la concentración.

Tobirama por su parte, no perdía detalle de lo que hacía. Los sellos y la extraña sensación de aquel chakra que parecía estar compuesto por dos diferentes le tenían en alerta. ¿Qué era aquello? No parecía un jutsu, no había conocido nunca a nadie que pudiera duplicar su chakra. Él, desde niño, había sido un ninja sensitivo, podía discernir con claridad los diferentes chakras y aquello nunca lo había sentido. Era una sensación extraña. El viejo Uchiha escondía más de un as en la manga.

Cuando las burbujas empezaron a hacerse mayores los dos retiraron las manos a la vez y la bola de agua cayó en el bol permitiendo que los fideos instantáneos se comenzasen a hidratar y volverse comestibles.

-¿Cómo lo has hecho? –Preguntó directo.

-Pues con mi chakra, es de elemento fuego, por si no te has dado cuenta, -dijo restándole importancia.

-No me refiero a eso, sino a la dualidad del chakra, -dijo presionando un poco.

-Oye, Senju, tú tienes tus jutsus secretos y yo los míos, -dijo sentándose de nuevo en el sillón a esperar a que los fideos estuviesen listos. –Aún no hemos ido a practicar la puntería en el río, ¿recuerdas? –Finalizó haciendo alusión a la manera en que su padre y su hermano forjaron su amistad. –Genial, no tengo palillos, -se quejó.

-¡Ah! En eso puedo ayudarte yo, -se ofreció Hashirama con una sonrisa pudiendo ser útil. Se acercó a la maceta que habían quitado de su sitio. Hizo unos pocos sellos y de una de las pequeñas ramas brotaron un par de palillos de madera. Los arrancó y se los tendió. –Aquí tienes, que aproveches.

-Gracias, -respondió Mara con una sonrisa mientras examinaba los palillos con curiosidad.

Metió los palillos en la sopa y removió un poco para comprobar el estado de los fideos. Cuando constató que se podían comer, los hundió de nuevo y cogió una buena porción de fideos. Y los sopló varias veces para enfriarlos un poco antes de metérselos en la boca. Antes de que pudiera dar el bocado la puerta del despacho del Hokage se abrió, los cuatro de volvieron hacia ella esperando que saliera alguien, pero sólo se escuchó un nombre del interior.

-¡Mara!

La voz grave y potente de Madara resonó desde el interior. Nada más oírla, los tres Senjus la vieron encogerse. Dejó a un lado el bol, soltó el aire que tenía en los pulmones de golpe y se puso en pie. Tenía la misma cara que la de un cordero cuando lo llevan al matadero. Aquella llamada no había sonado bien. Comenzó a andar y se asomó a la puerta.

En el interior frente a la enorme mesa que ya conocía estaba sentado Madara, con gesto serio, sin mirarla y con la vista fija en la persona que estaba al otro lado de la mesa. De pie y de espaldas a ésta había otra persona mas con la cabeza inclinada hacia el ventanal y una tercera persona sentada en un sillón idéntico al que había fuera.

Mara tragó con fuerza, de pronto se le había secado la boca, todos estaban en silencio y tensos. El que estaba sentado en la mesa le hizo un gesto con la mano para indicarle que se sentara en la otra silla vacía junto a la que ocupaba Madara.

Tragó una vez más y entró con paso firme al interior. Tras ella entraron los tres Senjus y de nuevo la pesada puerta se cerró tras ellos, dejando el interior aún más tenso si cabía.