Hola, gracias a todos los que estáis siguiendo mi historia, gracias por los follows y los favoritos ^^ solo recordaros que los reviews se agradecen también y suelo contestar si con críticas constructivas para mejorar la historia.

Capítulo 70

Cuando salieron de la torre del Hokage, el grupo se encaminó hacia los terrenos del distrito de los Uchiha. Madara iba a la cabeza en silencio hundido en sus propias cavilaciones, se le acumulaban los sermones que darle a esa mocosa. Por otra parte, reconocía que el desobedecer ciertas órdenes podía ser beneficioso si se sabía jugar bien las cartas y ella sabía hacerlo. Su hermano siempre supo hasta dónde presionar y cuándo ceder en las negociaciones, él en cambio trataba de conseguirlo con la superioridad técnica y el enfrentamiento en campo abierto. De cualquier manera, ¿qué esperaba? No había sido un buen padre después de todo.

Justo tras él, a unos pasos de distancia, Hashirama trataba de entablar una conversación con la muchacha en un intento por mejorar su relación con ella y hacerla más cercana como la que una vez tuvo con Madara.

-¿Estás bien, jovencita? –Preguntó.

-Eh… Sí, ¿por? –Preguntó confundida.

-Bueno, supongo que entregar una suma tan grande de dinero… -Empezó Hashirama dejando ver a qué se refería. –De joven, a mi también me gustaban el juego y las apuestas, aunque nunca se me dieron bien. Tan sólo lo hacía por la emoción de la incertidumbre hasta conocer el resultado.

Mara se volvió hacia él y le miró directamente a la cara, escudriñándole, en busca de algo que le impidiese preguntar tal y como hacía con Madara. Para su sorpresa lo que se encontró fue con un rostro sonriente y deseoso de seguir conversando. Para entonces, Tobirama también se había situado al otro lado de ella, no participaría en esa conversación, pero al fin se enteraría de los detalles de ese mal vicio de su hermano.

-¿A qué apostabas? –Preguntó curiosa.

-Oh, pues, cartas, ruleta, carreras y eventos deportivos, -respondió Hashirama enumerándolos con los dedos.

-Es imposible que se te de mal apostar en todo eso, -dijo sorprendida. –A ver, dime, ¿de cuánto fue tu mejor ganancia y tu peor pérdida?

-Pues unos dos mil ryus, -respondió Hashirama con cierto matiz rojo en las mejillas.

-Tranquilo, no palmaste mucho dinero, -dijo ella haciendo uso de la jerga que se usaba en las mesas de juego. Justo cuando terminó de decir aquello Tobirama carraspeó.

Hashirama entendió el mensaje, se puso una mano detrás de la cabeza mientras se rascaba la coronilla, nervioso.

-Esas fueron mis mejores ganancias, Mara, -dijo avergonzado.

-¡No puede ser! –Exclamó Mara sorprendida. -¡Fuiste Hokage!

-¿Y qué? –Preguntó algo contrariado Tobirama, dándose por aludido.

-¡Pues que eso…! –Antes de seguir hablando bajó el tono de voz para que Madara no la escuchase. –Pues que eso es la apuesta mínima de salida que hay en algunas casas de apuestas. Temo preguntar, pero… ¿Y tu peor pérdida?

Ante esa pregunta, Hashirama miró a su hermano menor y se encongió un poco, sabía lo que había pensado siempre de su afición al juego, pero quería seguir hablando con ella.

-Fueron unos quince mil ryus, si mal no recuerdo, -confesó.

-Ah, bueno, tranquilo, una mala racha la tiene cualquiera, -dijo ella restándole importancia con una sonrisa en los labios y dándole un leve toque en el brazo.

-¿Y las tuyas? –Preguntó Tobirama adelantándose a su hermano. Ambos sentían curiosidad por sus números dada la tranquilidad con la que denostaba las pérdidas de Hashirama y que, dicho fuese de paso, no le parecía una cantidad baja.

-Bueno, por si no te habías dado cuenta, recientemente, he ganado dos millones en las carreras de caballos de Suna, -dijo mirándole directamente a los ojos rojos y poniendo cara de suficiencia. –Aunque sólo eran la mitad de las ganancias, la otra mitad fue para mi corredor y quien pagó mi parte inicial.

A esta altura de la conversación, los dos Senjus habían cortado sus respiraciones al oír la cifra ya de por sí astronómica, y Madara había ralentizado su paso escuchando el final de la conversación. Definitivamente, no había sido un buen padre. Cuanto más pasaba el tiempo con ella, más se daba cuenta de que no la conocía realmente y de que no había inculcado buenos valores en ella. No la culpaba, la mayor parte de su infancia estuvo sola y su adolescencia la pasó bajo el brazo protector de criminales de rango S. Se lamentó por ella y por sí mismo, ¡qué pérdida de tiempo! Pero para cuando se dio cuenta, los sucesos se habían desencadenado y precipitado.

-¿Y tu peor pérdida? –Preguntó esta vez Hashirama dándole con el codo en el costado en gesto cómplice para que confesara. –Y nada de decir que un Uchiha nunca pierde.

-Pues fueron doscientos mil ryus en un "all in", pensé que el tipo iba de farol, pero el muy cretino tenía escalera de color, -chasqueó la lengua al recordarlo. –Mala suerte, supongo.

-Ah, cartas, -dijo Tobirama digiriendo la explicación.

-¿Recuerdas cuando jugábamos de críos, hermano? –Preguntó Hashirama con su típica sonrisa evocando los recuerdos de su infancia. –Al que mejor se le daba era a Kawarama. Podríamos jugar unas cuantas manos y tú podrías enseñarme, -propuso muy animado.

Madara se había detenido frente a la puerta que daba paso al barrio Uchiha. Constaba de un par de columnas de piedra sobre las cuales había dos pebeteros, antaño siempre encendidos, pero que ahora estaban ennegrecidos y deslucidos por el paso del tiempo y el desuso. En medio de las columnas, tallado en bajorrelieve se veía el abanico símbolo del clan que, al igual que los pebeteros, lucían sin su carácterístico color rojo y apenas se apreciaba el blanco.

La conversación animada cesó de golpe cuando se dieron cuenta de donde habían llegado.

El lugar estaba en completo silencio y en una quietud que helaba los huesos. Mara se acercó a su padre dejando a los dos Senjus detrás de ellos. La joven le puso una mano sobre el brazo para llamar su atención.

-Jamás me lo imaginé así, -murmuró mirando alrededor. Lo que podía ser una calle principal se abría ante ellos, a cada lado, casas de diferentes tamaños se alzaban con sus fachadas algo desvencijadas por el paso de los años sin nadie que las habitara. Madara empezó a andar por ese camino principal, internándose entre los edificios. Mara seguía sin soltar el agarre del brazo de su padre, gesto entre el miedo y la inseguridad que le causaba ese lugar.

Cuando habían recorrido la mitad llegaron a un cruce de caminos marcado por una fuente central. Mara se acercó a mirar en la pila y sólo encontró agua de lluvia estancada, musgo y verdín en las paredes y el fondo y un montón de hojas marrones cubriéndolo todo.

-Por aquí, -indicó Madara sin elevar demás el tono de voz.

Siguieron avanzando y las casas comenzaron a parecer de mejor construcción y algo mejor conservadas, probablemente de miembros destacados del clan. La mayoría eran de dos plantas, con un pequeño porche que daba a la calle protegido por una pequeña cerca. Eran similares a las que Mara recordaba de la aldea de pescadores donde se crió. Las fachadas eran de colores sobrios: marron, gris claro y azul ceniza, eran los predominantes.

Al final de la calle, se observaba una casa enorme, de dos plantas que abarcaba la longitud de tres casas a cada lado del camino principal. Sin duda alguna aquella era la residencia del líder del clan. Una larga serie de columnas de madera protegían a modo de pasaje el perímetro de la casa. Y en el piso superior había pequeños balcones también cubiertos de cada una de las habitaciones.

-Por favor, esa no, -murmuró con un hilo de voz.

-Esa es la residencia principal, -explicó Madara con paciencia.

-Cualquiera menos esa, no me da buena espina, -rebatió Mara agarrando con más fuerza el brazo de su padre. –Es demasido grande. Demasiado que adecentar. Por favor, elige cualquier otra menos esa, -suplicó.

La razón de la inquietud residía en el hecho de que la joven conocía el destino aciago que había sufrido el anterior líder y padre de Itachi Uchiha, dentro de aquellos muros. Incluso, si se proponía mirar con detalle, aún podía ver manchas negras en algunas de las paredes de las casas circundantes.

-Mara, todos los que estuvieron aquí… -empezó a explicar Madara.

-Lo sé, al menos busca alguna que no tenga manchas de sangre, -pidió como condición. Miró alrededor de las casas que estaban a la vista. Manchas, cristales rotos y algunas incluso con la puerta desvencijada. Pero se fijó en una a la derecha de la casa del líder, era similar a la estética de las de alrededor, dos plantas, un pequeño porche que daba a la expalanda de la casa principal y, con suerte, un pequeño jardín trasero. La puerta cerraba sobre sus goznes y los cristales de las ventanas que se veían a simple vista parecían intactos. -¿Qué te parece esa?

Madara miró hacia donde apuntaba Mara con su mano libre. Era una casa amplia, lo suficiente para albergarles a ellos y a los dos Senjus. El mayor de los Uchiha claudicó, la noche se les echaba encima y por el rabillo del ojo ya había visto al par de ANBUs que harían de perros guardianes para ese Hatake.

Se encaminaron hacia la puerta de la vivienda, subieron unas pequeñas escaleras de apenas cuatro peldaños para subir al porche. Madara forcejeó con la perilla de la puerta, realizó unos sellos de desbloqueo y la puerta se abrió sin un solo chirrido. Se internó en la casa seguido de la muchacha y los dos Senjus, quienes hacía años que no entraban en el distrito Uchiha. Hashirama entró por última vez cuando informó a su amigo que pronto contraería nupcias con Mito Uzumaki. Tobirama, por su parte, nunca llegó a entrar para no tensar demasiado al clan. Prefería tratar los temas con el líder del clan tras la partida de Madara en un terreno más neutral.

-Busca alguna antorcha, velas, candil, cualquier cosa, -indicó Madara.

Mara sonrió en la semi oscuridad, ¿dónde se creía que estaban? Hashirama la miró curioso aprovechando la luz que aún entraba desde la puerta principal.

-Creo que ya lo tengo, -dijo ella divertida. –Creo que sólo tienes que activar tu sharingan y dar tres palmadas.

Madara la miró con el ceño fruncido, no estaba para bromas.

-¿Una palmada? –Volvió a preguntar con entusiasmo. Hashirama le siguió el juego y golpeó una mano contra la otra, de inmediato, Mara activó el interruptor y se encendió la luz del techo de la estancia contra todo pronóstico. -¡Genial!

Ahora que podían ver con detalle dónde estaban, observaron que había un salón enorme, comunicado con una cocina bien equipada para la época. En medio había un sofá polvoriento con la tela algo desgastada. En una de las paredes había una librería cargada de libros de técnicas ninja con los lomos polvorientos, en la otra un ventanal daba al exterior y a la espalda una escalera y un pasillo que se dirigía a un pequeño aseo y una pequeña habitación.

Mara se dirigió hacia la cocina primero, sobre la encimera, lo primero que llamó su atención fue la ausencia de cacharros, todo estaba ordenado, los vasos y platos colocados en un pequeño mueble alacena, los cajones estaban llenos con el menaje necesario y los utensilios para cocinar. Lo único que no había era comida. Era como si alguien hubiese dejado todo bien colocado antes de cerrar la casa.

Salió de nuevo al salón, Tobirama miraba con curiosidad la librería y Hashirama miraba la escalera por la que había desaparecido Madara en dirección al piso superior. Mara se dirigió hacia el aseo, todo estaba en orden, tan sólo estaba cubierto por una capa de polvo como todo lo demás, tiró de la cadena del váter y el agua corrió con fluidez. Cuando se disponía a salir se dio de bruces con el duro cuerpo de Tobirama que la había seguido.

-Mira por dónde vas, -advirtió el hombre. La joven puso los ojos en blanco y le apartó de la puerta para ir justo a la habitación de enfrente.

Esa habitación en algún momento pudo haber sido algo parecido a un cuarto de costura, había colchas a medio tejer sobre la cama, una máquina de coser y una mecedora de madera en un rincón. Al fondo había un armario pequeño y una ventana. Casi con seguridad allí había vivido la abuela de la familia.

-¿Lo hueles? –Preguntó a Kurōkami encogiendo la nariz.

-Sí, -respondieron el ente y Tobirama a la vez.

A ambos les llegaba un olor fuerte y desagradable, el olor de la putrefacción.

-Ayúdame a buscar de dónde viene, -pidió Mara. Tanto Kurōkami como Tobirama asintieron. Los dos ingresaron dentro del cuarto de costura, olisqueaban de vez en cuando en busca del origen del mal olor. Mara abrió el armario y Tobirama se agachó a mirar debajo de la cama.

-Lo he encontrado, -informó tapándose la nariz con el brazo. –Es lo que queda de un gato, debió colarse y no supo salir.

Le señaló la colcha a medio terminar, Mara se la acercó para que la usara para sacar el cuerpo del animal muerto. Tobirama lo envolvió con ella y se dirigió hacia la ventana para sacarlo de allí. Cuando se acercó, la joven ya la había abierto y tosía entre arcadas por el fuerte olor que desprendía aquello. Tobirama la vio toser y arrugar la nariz, se dio cuenta de que nunca había olido un muerto, no había estado nunca luchando en un campo de batalla y había aspirado el olor a sangre y muerte por doquier.

-Lánzalo, -indicó. Tobirama obedeció y lanzó el bulto lo más lejos posible. -¡Katon!

Una bola de fuego salió directa hacia el objetivo carbonizándolo antes de que tocara el suelo. Tobirama se quedó observando cómo las llamas se apagaban cuando ya no tuvieron nada que consumir, no hubiese esperado menos de una Uchiha.

-Mañana limpiaremos el resto y se irá el olor, -aclaró. Giró sobre sus talones y se dispuso a abandonar la habitación.

-¿Qué ha pasado? –Preguntó un Hashirama preocupado tras oír el jutsu ígneo. -¿Estáis bien? ¿No estáis discutiendo?

-No, -dijeron al unísono y encogiéndose de hombros.

-No tengo nada que discutir con una Uchiha, -dijo Tobirama abandonando la habitación.

-Ni yo que decirle a un Senju, -aseveró Mara saliendo justo detrás de él y dejando Hashirama allí plantado sin comprender muy bien lo que había pasado ahí dentro.

Sobre uno de los tejados, un ANBU escribía en un diminuto rollo la que parecía ser la ubicación permanente de los Uchiha y el informe sobre el jutsu utilizado. El Hokage había dejado claro que quería un informe de cada movimiento que realizaran padre e hija. Una de las bestias pintadas se lanzó en vuelo hacia la residencia del actual Hokage.

A los pocos minutos, el ave aterrizaba sobre el alféizar de la ventana de la sala de estar de Kakashi. Cuando terminó de leerlo arrugó la nota y la desechó en la basura. De todas las casas de todo el maldito barrio Uchiha no pudieron haber elegido otra, tuvo que ser aquella.

Cogió varias bolsas, un pergamino de sellado y el extraño objeto con que le había obsequiado

aquella misma tarde y se encaminó hacia el barrio Uchiha, el cual no pisaba justamente desde la muerte de Obito, después de aquello no se le había perdido nada entre aquellos muros. Incluso cuando debía ir a buscar a su compañero de equipo no le gustaba caminar por aquel lugar. Y, precisamente ahora, apretaba el paso para llegar cuanto antes.

En el interior de la casa, tras intentar adecentar lo mejor posible la vivienda, los dos Uchihas habían decidido marcar una cierta distancia entre ellos hasta instalarse por completo. Madara se había quedado con el dormitorio principal del piso superior, grande y amplio, con una enorme cama en medio y su propio cuarto de baño. Mara por su parte se había quedado con la habitación contigua, algo más pequeña, pero también con una cama amplia, un escritorio y un pequeño balcón. Justo la puerta de en frente era el aseo que usaría ella.

Estuvo inspeccionando la cama, le dio varios golpes para sacudir el polvo que se había colado bajo la sábana que la protegía. Abrió el armario, encontrando varios trajes de la talla de un niño de unos doce o trece años, algo raídos por el tiempo. Sacó una de las partes superiores, era azul marino con los puños y el cuello naranjas y en la espalda el símbolo del clan Uchiha. Lo dejó donde estaba, le resultaba familiar, tenía la sensación de que ya lo había visto antes, pero no recordaba dónde.

Se dirigió hacia el escritorio, vacío. Abrió el cajón del mismo y lo único que encontró fue un shuriken mellado y un pincel seco.

Cuando salió del trance en el que estaba inspeccionando las cosas, oyó que la escorrentía del agua de la ducha había cesado. Madara había terminado de eliminar la arena y el sudor del largo viaje. Decidió que era un buen momento para ir a pedirle ropa limpia para ella misma.

Salió al pasillo y se paró frente a la puerta cerrada del que ahora era el dormitorio de su padre. Golpeó en la puerta varias veces y sin esperar el permiso abrió la puerta.

-Madara, necesito…

La frase quedó inconclusa. De espaldas a la puerta, Madara, en su nuevo y rejuvenecido cuerpo, terminaba de anudar su pantalón. El pelo le escurría por la espalda húmedo y, bajo éste, se dejaban ver aquí y allá algunas cicatrices de batallas pasadas. Los músculos se definían bajo la piel, marcados por el esfuerzo del trabajo físico.

Madara se inclinó para coger un cómodo haori y antes de ponérselpor completo se comenzó a girar. La aguda vista de la muchacha recayó sobre lo que parecía ser un tatuaje impreso en su piel de un rostro que parecía dormido, con líneas negras bajo los ojos y un círculo sobre la frente.

El Uchiha mayor era consciente de lo que había visto, pero sabía que no lo entedía. Decidió continuar como si nada. Terminó de anudarse el haori y le preguntó:

-¿Qué sucede, mocosa? ¿Ya no te gusta esta casa?

-Yo… Esto… No, está bien, -empezó a tartamudear, si la espalda era impresionante, el torso ya la había dejado sin palabras. Estaba deseando de probar ese cuerpo en un entrenamiento cara a cara. –En realidad, yo también quería… Ducharme. Me preguntaba si podrías dejarme otro de estos.

Se sacudió su propio haori para indicar que se refería a esa prenda de ropa. Madara ya había previsto aquello, sobre la cama había un segundo haori y una hakama, aunque eran de hombre, tendría que pasar con ellos esta noche al menos. Se los acercó a su hija, que seguía observándole con curiosidad.

-Con este me vale, -dio cogiendo sólo el haori. Se giró y se dirigió hacia la puerta para salir. Cuando estaba en junto al marco de la puerta se giró de nuevo. –No sabía que te gustasen esas cosas… Pero te queda bien.

Acto seguido desapareció de la puerta. Madara se quedó ahí de pie, frunció el ceño preguntándose a qué se refería realmente y se encaminó escaleras abajo, donde había dejado a los dos Senjus. Empezaba a ser necesario hablar con Hashirama y, probablemente, le llevaría algo más hablar con Mara para explicarle lo que había sucedido, lo que estaba sucediendo y lo que se sucedería, conociendo el carácter voluble e impetuoso de la joven.

-Hashirama, -llamó. Estaba al pie de las escaleras con los brazos cruzados sobre el pecho en su pose típica. –Mañana vendrás con ella y conmigo al campo de entrenamiento. Quiero que estés preparado para usar el sello de supresión. Espero que aún recuerdes cómo se hace.

-¡Espera un momento! -Intervino exaltado Tobirama. –Ese sello sólo se usa para controlar el chakra de un Jinchūriki cuando éste no es capaz de controlar el chakra del Bijū.

-Madara, no me digas la chica es… -empezó Hashirama confuso. –Te creía capaz de muchas cosas, Madara, pero no de esta. Tu propia hija…

-No estáis aquí para juzgarme, -respondió apretando los dientes. –Lo que hice, no es asunto vuestro, sino mío.

-Son todos unos monstruos, hermano, -dijo Tobirama haciendo referencia a su opinión sobre los Uchihas.

-¡Silencio! –Espetó Madara. –Harás lo que te ordene, quieras o no.

Antes de que pudieran seguir discutiendo los pormenores de lo que pretendía hacer el Uchiha, apareció por la escalera la mencionada muchacha, ajena al debate que había suscitado su condición de Jinchūriki. Secaba con despreocupación el pelo, ya libre de granos de arena. Cuando bajó el último peldaño se los quedó mirando, al igual que ellos a ella.

-¿Ocurre algo? Estáis muy serios y callados, -dijo dejando la toalla sobre el respaldo de una de las sillas.

Madara la miraba de arriba abajo, el haori le quedaba demasiado corto para su gusto, dejando a la vista demasiada piel de sus piernas. Hashirama la miraba con cierto pesar, era una carga grande la que llevaba con ella sin siquiera atisbar a saberlo, o eso creía. Y Tobirama también la miraba de arriba abajo, con el ceño fruncido, reconocía que los Uchiha tenían un aspecto atractivo, pero bajo esa apariencia de corderos eran auténticos lobos dispuestos a devorar todo a su alcance para conseguir su propósito.

La joven se aproximó a ellos y se sentó junto a Hashirama en el sofá, miró a cada uno de los tres hombres perdidos en sus pensamientos.

-¿De qué hablabais? –Preguntó tratando de que retomaran la conversación y saliesen de esos estados pensativos.

Cuando Hashirama abría la boca para responder algo unos suaves toques se escucharon sobre la puerta principal.

-Yo voy, -dijo Mara poniéndose de nuevo en pie y dando gracias por poder alejarse de esa aura de tensión que había entre ellos.

Se acercó a la puerta y la abrió. Sonrió de medio lado al reconocer la visita.

-¡Vaya! No esperaba volver a verte tan pronto, Hokage, -dijo con cierto tono de burla. -¿A qué se debe el honor?

Kakashi se la quedó mirando a través de la ranura de la puerta. El haori le quedaba lo suficientemente largo para no necesitar usar un pantalón, pero lo suficientemente corto como para dejar parte de la piel de sus muslos a la vista, así como el resto de su pierna. Una vez más estaba descalza sobre el suelo de madera. Las mangas se habían desplazado hasta sus codos dejando la piel de los antebrazos también a la vista. Por no hablar de la zona donde se cruzaba ambas partes describiendo una uve desde sus clavículas hasta perderse en su escote.

-¿Quieres pasar? –Ofreció Mara abriendo más la puerta y dejando ver a los dos Senjus y a Madara tras ella, mirando hacia la puerta y dejando que el aura de tensión se filtrase por la puerta hasta llegar a él.

-No, no quiero molestar, -se excusó rápidamente. No se atrevería a entrar en la boca del lobo por su propio pie. –En realidad sólo he venido a entregarte esto.

Le dio el rollo y las bolsas. Dentro de éstas Mara observó que había provisiones para varios días, lo justo para empezar a valerse por sí mismos dentro de la aldea. En la otra mano, Kakashi seguía sosteniendo el extraño objeto.

-¡Qué honor! El mismísimo Hokage, les entrega víveres a los pobres y desvalidos Uchihas, qué detalle, -dijo poniendo un tono falso en su voz. -¿No había ningún genin que pudiera hacer esto?

-Estás molesta, lo entiendo, -asumió Kakahi.

-No, claro que no, -dijo con un tono irónico. –Me han considerado una criminal, nos habríais impuesto ese régimen carcelario, a pesar de haberme ganado límpiamente el derecho de residencia que, si mal no recuerdo, Tsunade dijo que era extensible al resto de mi familia. Y resulta que para obtener algo a medias que ya poseía por completo, he tenido que pagar, nada más y nada menos, que la módica cantidad de casi dos millones de ryus a ese par de viejos avaros.

-Mara, respecto a eso… -Empezó a decir el ninja. Mientras tanto tras la puerta los otros tres hombres escuchaban la conversación sin emitir ningún ruido.

-Y en cuanto a esto, -dijo dejando las bolsas con comida en el suelo. –No necesitamos tu caridad, Hokage.

Antes de que pudiera cerrar la puerta de un golpe, el ninja puso una mano sobre ésta para evitar que lo hiciera.

-Mara, se razonable, -empezó. –Cuando todo esto empezó, sólo eras una joven malherida en el bosque sin nadie que se ocupara de ti y, ahora, resulta que eres…

-¿Qué? ¿Qué soy, Kakashi? –Dijo mirándole con su sharingan fijo en él. Ya había visto esa mirada en el desierto y lo cierto era que, pasaran los años que pasaran, le seguía imponiendo la visión del sharingan en uno de los miembros del clan. Incluso el de Obito cuando despertó, aunque era su amigo, le temió. -¿Qué te da miedo? ¿Que mató a cientos de shinobis durante las guerras de clanes? ¿Cuántos ANBU tienen las manos manchadas con sangre y aún así son aclamados como héroes cada vez que vuelven de una misión exitosa?

Ninguno de los dos dijo nada, tan sólo seguían mirándose y preguntándose porqué había empezado esta discusión. Kakashi entendía que los términos a los que habían llegado con los consejeros eran unas condiciones draconianas que le sorprendió que el líder del clan hubiese aceptado tan a la ligera. Lo que no le había sorprendido era que ella luchara para mejorarlas, sin importar el precio. Lo único que buscaba era el mejor bienestar posible para ella y para Madara. Ahí donde el Uchiha era ahora un hombre joven y fuerte con un potente chakra, ella le había conocido como un hombre anciano, debilitado por el paso de tiempo y hasta se atrevería a decir que frágil en algunos aspectos. Sólo buscaba darle cierta paz a su padre.

Mara apartó la vista del ninja, se rascó el cuello y vovió a mirarle esta vez sin el tono carmesí en sus ojos, cosa que él agradeció.

-Lo siento, ha sido un día duro, -admitió. – Siento lo que he dicho. Gracias por la comida.

Recogió las bolsas del suelo y se dispuso a entrar.

-Mara, -murmuró bajo su máscara para que se detuviera y sujetándola de la muñeca. –Desde el principio quise que te quedaras en la aldea y como yo, todos los que hablaron en la calle principal, incluso Tsunade. Ellos serán capaces de convivir con Madara Uchiha gracias a que han visto que una Uchiha ha sido buena para ellos y para la aldea. Pero para los que no lo han hecho, necesitan un cierto tiempo para adaptarse al cambio. Asimilarlo. Ver que todo va a seguir como hasta ahora. Todo esto, las restricciones, los ANBU, sólo es cuestión de tiempo, ¿lo comprendes?

-Claro, -dijo la voz del ente en su cabeza. –Son como ovejas asustadas de un lobo que acecha su redil, están seguras siempre y cuando lo mantengan tras la valla, pero si éste siente hambre y no encuentra nada que comer, empezará a seleccionar a su próxima presa, -rió. –Un zorro en el gallinero es igual de peligroso que un lobo en el redil.

Esa última parte no llegó a comprenderla, pero tampoco quiso hacerle mucho caso. Llevaba varios días apartado de ella y cuando se había decidido a decir algo era críptico como aquello. Mara sacudió la cabeza y puso su sonrisa de medio lado.

-Oye, y si… Si tienes tiempo… -Empezó a proponer tratando de dejar atrás su enfado. –Podríamos vernos mañana y hablar, si no estás muy ocupado. Creo que te prometí que respondería a tus preguntas cuando mi padre volviese. No se me ha olvidado.

-Estaría bien, -condeció Kakashi sonriendo de nuevo. –Mi primera pregunta será para saber qué es esto, -dijo moviendo en su mano el extraño aparato.

-Esa será fácil de contestar, -respondió Mara devolviéndole la sonrisa. –Buenas noches, Hokage.

-Buenas noches, Uchiha, -dijo en voz baja aceptando sus orígenes y sonriendo de la misma forma que ella al pronunciar su título de Hokage.

Finalmente, se metió en la casa y cerró la puerta llevando con ella las bolsas con la comida y el pergamino. Cuando se dio cuenta de la mirada ensombrecida de Madara por la visita del Hatake, Mara sólo pudo tragar duro y con una sonrisa nerviosa ofrecer:

-¿Quieres cenar algo?

La cena y la sobremesa serían largas, como venía siendo habitual desde que se habían reencotrado en el desierto de Suna.