Muy buenas. Gracias por leer. Ojalá unas reviews y espero que disfruten de la historia.

Capítulo 71

Tras una búsqueda de los enseres necesarios para cocinar, un par de intentos fallidos que acabaron con la carne ennegrecida y un corte en uno de los dedos que, por suerte, se regeneró pronto gracias al jutsu de invocación, la cena estaba servida.

Los Uchihas estaban frente a un bol humeante de sopa de miso y yakitoris de pollo con salsa especial, según palabras de Hashirama. El primero en probarlo fue Madara. Cogió el primer trozo de pollo de su brocheta y comenzó a degustarlo. Los otros dos esperaban el veredicto.

-¿Y bien?

-Es comestible, -dijo sin ninguna emoción en su voz.

-¿Y a ti qué te parece? –Preguntó Hashirama a Mara que probaba su primer bocado.

La joven, tras masticarlo varias veces empezó a darle vueltas en la boca, comenzó a fruncir el ceño y a ralentizar sus movimientos. Hasta que detuvo por completo su masticación y escupió en el plato la porción que tenía en la boca.

-Está horrible, -dijo bebiendo a grandes sorbos agua del vaso y con cara de asco. -¿Cómo puedes decir que es comestible?

Se levantó cogió ambos platos y los tiró a la basura. Madara se llevó un mano al puente de la nariz, sabía que con el estómago vacío sería peor, pero no iba a postergar más la charla. Aprovechó que la muchacha seguía en la cocina buscando algo mejor que llevarase a la boca y se dirigió escaleras arriba para poner sus pensamientos en orden antes de comenzar.

Pasados unos minutos, Mara volvió con un revuelto de huevos y pequeños trozos de carne en dos platos para compartir.

-¿Dónde está?

-Arriba, -respondió Hashirama. Mara dejó los platos sobre la mesa y se sentó soltando un gran suspiro. Desde que se habían reencontrado en el desierto tenía la sensación de que algo no andaba bien entre ellos. Madara estaba con el carácter más templado, ya no parecía el viejo terco y enfadado constantemente que conocía. Lo cual estaba bien, pero tampoco conocía a este joven calmado y pacífico que era ahora.

-¿Qué le pasa? –Preguntó en voz alta mirando hacia las escaleras por las que se había ido.

-Está preocupado, -respondió el mayor de los Senju, él, como padre, también había sentido lo que estaba sintiendo su amigo en estos momentos: le abrumaba la responsabilidad de hacerlo bien con su hijo, y eso sin contar el reciente descubrimiento de que era una jinchūriki. Sabía que las malas decisiones pueden perseguirle durante toda la vida, más aún si has sabido esquivar a la muerte por tantos años. –Cree que no lo ha hecho bien contigo.

-¿Que no lo ha hecho bien conmigo? ¿El qué? –Preguntó confusa sin entender el alcance de las palabras de Hashirama.

-Deberías subir y hablar con él, -propuso Tobirama. Sabía que fuese lo que fuese debían hablar entre ellos y que ellos no debían inmiscuirse en ello.

Mara se quedó pensando durante unos segundos, mirando fijamente la superficie de la mesa. Abstraída. Finalmente se decidió, se levantó, cogió ambos platos y se encaminó hacia el piso superior.

Avanzó por el pasillo hasta situarse frente a la puerta del dormitorio de Madara. Golpeó con uno de los pies con suavidad en la puerta, para que no se le cayera uno de los platos. Del interior no llegó ningún sonido. De su derecha le llegó una leve brisa que provenía del final del pasillo.

-Está fuera, -dijo Kurōkami oliendo el rastro de chakra de Madara hacia la salida hacia la azotea de la casa. Inmediatamente, las líneas de un rojo intenso del chakra de Madara se hicieron visibles para ella.

-Gracias, -dijo sintiendo de nuevo el recorrido del chakra del ente en ella.

Se encaminó hacia una pequeña puerta al fondo del pasillo en el que se encontraba, que daba a una escalera de caracol de metal. Por ella ascendían las volutas de chakra y las siguió hacia la planta superior. Asomó primero sólo la cabeza y dio un vistazo rápido.

Allí estaba de espaldas y apoyado sobre sus brazos sobre la barandilla que recorría el perímetro de la azotea. Desde donde estaba se le veía triste y melancólico, algo que seguía sin encajar en la imagen que tenía de Madara. Siguió subiendo los pocos peldaños que le quedaban, sabía que la había oído llegar. Se quedó de pie esperando alguna palabra que no llegó.

Carraspeó.

-Te he traído algo más comestible, -dijo a su espalda. No tuvo respuesta de ningún tipo. Decidió que lo mejor era acercarse un poco más. –Esto está mucho mejor, -intentó de nuevo.

Silencio.

Dejó los platos sobre unas cajas apiladas a uno de los lados, se frotó las manos sobre el haori azul marino para quitar restos inexistentes de comida y algo de sudor que le provocaba la situación. Se acercó junto a él y se recostó de espaldas a la barandilla apoyada también sobre los codos para ver el rostro y tener algún atisbo de lo que le sucedía.

-¿Qué te pasa? –Preguntó a bocajarro. -¿Qué pasa? –Insistió. –No me hagas sacártelo mañana a golpes en el campo de entrenamiento, -dijo con esa media sonrisa y dándole un leve golpe en el brazo. La mirada de soslayo no se hizo de esperar, no era precisamente él quien se llevaba los golpes en los entrenamientos. -¿Vamos a hablar o sólo vamos a contemplar la luna?

Ante la mención de la luna, Madara se volvió hacia ella, serio y escudriñándola con la mirada. Ella hizo un gesto con la mano para que empezase a hablar.

-Voy a contarte una historia y no quiero que me interrumpas hasta que acabe, -empezó el mayor de los dos mirándola a los ojos. –Hace tiempo, esta aldea y todo lo que representaba se convirtió en lo que más odié y, por ello, quise destruirla hasta los cimientos. La primera vez que lo intenté Hashirama salió en su defensa y me retiré. En la segunda ocasión, capturé al Kyūbi, el Nueve Colas, y lo usé para cumplir con mi propósito. Y, una vez más, Hashirama logró repeler mi ataque. Tras meses lamiendo mis heridas conocí a… -sabía que pronunciar aquel nombre era comenzar a desatar la tempestad. –Zetsu.

-¿Qué? –Preguntó Mara como un resorte nada más oír el nombre. Una mirada carmesí por parte de Madara fue necesaria para disuadirla de seguir preguntando. Además, durante esa breve interrupción, había podido percibir el chakra de los dos Senjus en las escaleras metálicas atentos a la conversación, no le importó, así le ahorraría repetirla para hacer entrar en razón a Hashirama sobre la necesidad de usar el sello de supresión. –Lo siento, continua.

-Zetsu me propuso conseguir un mayor poder para aplastar de una vez por todas a Hashirama. Fue cuando me habló por primera vez de los Ojos de la Luna. Cuenta la leyenda que el Sabio de los Seis Caminos encerró a su madre en la luna y que, para evitar que el sello se rompiera, puso junto a ella a dos guardianes, el guardián del Ying y el guardián de Yang.

Como sabes, todo en este mundo tiene su cara y su cruz, el bien y el mal, blanco y negro, arriba y abajo. Pues lo mismo ocurre con el sello que la mantiene, el guardián de la Luz y el guardián de la Oscuridad, uno vigila la cara visible de la luna y el otro la no visible, de esa manera el Sabio se aseguraba que no escapase de su prisión.

Zetsu me convenció de que era una buena idea tratar de conseguir el guardián de la cara oculta, de esa manera, nadie se daría cuenta. Los dos sabíamos que era algo que no se podía usar a la ligera. Así que me propuso guardarlo en un lugar seguro, de donde, llegado el momento, pudiésemos cogerlo y usarlo. Por desgracia, la única manera de sellarlo de manera segura era en un ser humano. ¿Y qué mejor que sellarlo en un cuerpo que no ofrecería ninguna resistencia a un nuevo chakra? Los dos estuvimos de acuerdo en que lo mejor sería usar un recién nacido. Pero no podíamos arriesgarnos a que cualquiera lo descubriese, ni a que se descontrolara, ni a que muriera prematuramente, ni a que estuviese en una posición de poder que le tentase a usar el poder que pondríamos en él.

Eran muchos factores a tener en cuenta. Pasé años junto a Zetsu tratando de perfeccionar el sello, buscando las mejores características de una aldea donde encontrar a esa criatura y fue cuando Zetsu encontró una pequeña aldea de pescadores cerca del Mar Interior, allí había una familia acomodada, con un tren de vida desahogado y sin aspiraciones militares. Era lo que habíamos estado buscando. Aunque él comenzó a introducir una nueva variación en nuestro plan, ¿por qué confiar el sellado de nuestro guardián a esos simples civiles? ¿Por qué no mejor algo propio? ¿Algo que poder reclamar llegado el momento?

-¿Insinúas que Zetsu te dijo que…? –interrumpió de nuevo tratando de asimilar toda esa información de golpe.

-Que tuviese un hijo, -dijo Madara esperando algún tipo de reacción por su parte. No llegó, la chica estaba atando cabos en su cabeza. –Esta parte no te va a gustar.

Mi aspecto en aquel entonces no era el más propicio para encandilar a una mujer. Los años ya se notaban demasiado en mi cuerpo como para hacerlo atractivo…

-¡Dime que no la forzaste! –Preguntó Mara agarrándolo con fuerza por el brazo.

-No, no lo hice, a pesar de las historias que se cuentan de mi durante la guerra, jamás forcé a ninguna mujer, -respondió sujetándola por la muñeca para que le soltara. –Ella se entregó a mí voluntariamente y, viendo el resultado, no me arrepiento de lo que hice aquella noche, -añadió apartándole el mechón de pelo rebelde del rostro para verlo por completo. El rostro empezaba a mostrar signos de vergüenza, no todos los días su padre le contaba la historia de su concepción. Las mejillas algo ruborizadas y la pregunta que le quemaba los labios le daban un aire casi infantil.

-¿Y cómo? ¿Cómo convenciste a esa arpía para que se entregara a ti? –Preguntó sin mirarle a los ojos por la vergüenza, pero con la curiosidad a flor de piel. Tampoco pasó desapercibido para Madara el descalificativo que usó para referirse a la que fuera su madre, lo poco que sabía de su infancia era lo poco que había podido averiguar en sus visitas al pueblo y lo, aún menos, que le había contado ella.

-Así, -dijo mostrándole el sharingan en sus ojos y una mirada socarrona mientras elevaba las cejas en gesto seductor para tratar de quitar tensión al momento y sabiendo que los Senjus no le observaban.

-¡Espera! ¡¿Genjutsu?! ¿De verdad? –Exclamó sin creérselo por completo. Madara se limitó a asentir desactivando el dojutsu.

-Le hice creer que era este aspecto y no el que tú conoces el que veía, -explicó señalándose a sí mismo. –No necesité decirle demasiado para que accediera a acostarse conmigo, al parecer su marido no era muy bueno en las artes amatorias. Admito que me costó estar a la altura porque era una mujer que…

-Vale, vale, basta, no quiero detalles escabrosos, -dijo tapándose los oídos. –Ya es bastante raro todo lo que has dicho de Zetsu como para que me cuentes con pelos y señales cómo me… Concebísteis.

-Mara, durante el tiempo que tu madre te tuvo en su seno, yo preparaba la captura del guardián, -dijo quitándole las manos de los oídos con un rictus de seriedad. Estaba dispuesto a decir aquello de una vez, sin más preámbulos. –Cuando naciste, la primera noche, te llevé conmigo al bosque cercano al pueblo. Y allí sellé a este monstruo en ti, -declaró poniendo una mano sobre el estómago de su hija. El resquemor de sello aumentó con el contacto. -Perdóname. No viniste a este mundo por amor, ni por un descuido en una noche de pasión, ni siquiera por el mínimo interés de que mi legado se preservara en el tiempo. Para mí sólo eras…

-Una vasija para conservar a ese guardián y romperla llegado el momento, -terminó ella llevándose una mano a su estómago donde el sello se marcaba con fuerza y seguía la mano de su padre. Madara asintió preparado para los gritos y los reproches, sabía que llegarían, incluso, puede que ella decidiera cortar esa extraña relación partenofilial que tenían, ya de por sí, algo mermada. -¿Y cuándo se supone que vas a romper esta vasija? Porque han pasado muchos años desde aquello.

Ni siquiera se molestó en demostrar su enfado hacia él por aquella historia activando su propio sharingan. No merecía la pena ponerse a dar voces y gritos. Tan sólo miró al suelo, de un gris plomizo, de vez en cuando frotaba su estómago para tratar de apaciguar el dolor punzante que sentía por el sello y esperó.

-Decidimos esperar un año, -empezó explicando haciendo que lo mirara a los ojos. –Durante ese tiempo dispondríamos de lo necesario para el ataque. Cuando volví al pueblo, habías crecido, estabas mucho más bonita que la primera vez que te vi. Y, simplemente, no pude hacerlo. Mira estas manos, -dijo mostrándole las palmas hacia arriba. –Han matado sin piedad, se han manchado de sangre de muchos clanes, pero nunca de la de mi propio clan. No podía ponerle fin a tu vida, porque sería como ponerle fin a la mía propia, -dijo poniéndole ambas manos a cada lado del rostro. -¿Por qué crees que hago todo esto? Trato de remediar todo ese daño que te hice desde antes de venir a este mundo. Entenderé tu odio, tu rencor y que me apartes de tu lado por el monstruo que soy. Pero hasta mi último aliento intentaré compensarte por todo por lo que te he hecho pasar.

Llegados a ese punto de la confesión más personal del líder del clan Uchiha, dos gruesas lágrimas caían de los ojos de Mara e iban a humedecer los pulgares de Madara que seguía sosteniendo su rostro entre las manos. Ella llevó una mano hacia la parte de atrás del cuello de Madara y ambos juntaron sus frentes como habían hecho en el desierto después de verse tras todo ese tiempo separados.

Los hermanos Senju había subido varios escalones más y contemplaban la escena.

Cuando Mara pudo serenarse y dejó de lagrimear, se separó de Madara lo suficiente para mirarle a la cara mostrándole su media sonrisa tan idéntica a la suya.

-Un día de éstos, -empezó rascando con suavidad el nacimiento del pelo del cuello de su padre, -te contaré yo también una historia de monstruos y verás que no eres el único monstruo de este clan. Hasta entonces, somos amigos, ¿no? Y estamos juntos en esto, -preguntó en un tono infantil. Madara rió por lo bajo y contestó un "sí" con la voz algo más cavernosa de lo normal, a él también le había afectado un poco la larga conversación. -¿Sabes una cosa?

-¿Qué? –Preguntó curioso notando cómo la tensión se diluía entre ellos.

-Apuesto a que ese Senju no tiene nada que hacer contra ti, -dijo Mara con seguridad y cabeceando para indicarle las escaleras donde sabía que se encontraban.

-Claro, porque nadie puede con el legendario Madara Uchiha, -dijo mostrando una sonrisa sádica que no impresionó a la joven por el tono jocoso de la frase.

-Eso habrá que comprobarlo mañana en el campo de entrenamiento, -rebatió la joven Uchiha sonriendo con amplitud. –Ahí abajo sigues siendo un viejo, -dijo apuntando a su pecho con un dedo acusador. –Me pregunto si esto es de verdad o un genjutsu…

-Mocosa molesta, -dijo apartando sin dificultad sus dedos antes de que llegaran a tocarle. –Mañana te arrepentirás de tratar de humillar a tu padre.

-Claro, claro, lo que tú digas, -dijo dándole la espalda y haciendo un ademán con la mano. Se acercó a las cajas donde había dejado los dos platos con comida y le hizo un gesto para que se acercase. Madara obedeció al gesto. Cogió uno de los platos y comenzaron a comer.

Hashirama miraba con ternura la escena final padre e hija, mientras que Tobirama se daba cuenta de que los Uchiha y la vida que les tocaba vivir desde el principio no era fácil, lo que le acercaba un poco más a entender el porqué llegaban a ser tan desconfiados y huraños, la vida les ponía a prueba y la maldición del odio se arraigaba más en ellos, pero lo cierto era que viéndoles sonreír entre ellos, relajados y tranquilos como cualquier familia, era consciente de que entre ellos se cuidaban sin importar nada, eso significaba ser un clan, cuidarse los unos a los otros y, precisamente, ellos sólo se tenían el uno al otro.

Tras unos minutos comiendo en silencio a la luz de la luna. Mara miraba a su padre entre bocado y bocado, deseosa por seguir preguntando, digiriendo lo que acababa de escuchar y confusa.

-Puedes preguntar, Mara, -soltó de pronto Madara conocedor de sus gestos cuando quería preguntar algo.

-Es que… No me explico cómo has podido convencer a… Zetsu, -dijo tras pensar en pronunciar el nombre. –Para que durante todo este tiempo haya accedido a no "romper la vasija", -dijo haciendo un gesto de comillas con sus manos en la última parte. –Al menos, hasta que… Ya sabes.

Cuando terminó de hablar, se llevó instintivamente la mano hacia la cicatriz blanquecina que había quedado en parte izquierda de su vientre.

-Le ofrecí otra alternativa, -respondió Madara. –Le ofrecí conseguir el otro guardián a cambio de tiempo de vida para ti.

-¿Y cómo ibas a conseguir eso? –Volvió a preguntar sin comprender la gravedad del asunto.

-Capturando a los otros Bijūs, -dijo sin inmutarse.

-¿Te refieres a que hay más como yo? ¿Ibas a sacrificar a otros para que yo tuviese más tiempo de vida? –Preguntó dejando de comer, soltando el plato sobre la caja y mirándole fijamente. -¿Ibas a matar a gente inocente sólo para retrasar lo inevitable?

-¡Eso me daba tiempo para buscar un modo de salvarte!

-¡Zetsu sólo quiere tener ambos guardianes! ¡Y tú se los estás dando en bandeja de plata! ¡La única manera de que yo viva es matando a Zetsu!

-¡¿Y por qué crees que estamos aquí, Mara?! ¿Por qué crees que me estoy sometiendo a los deseos de esos caprichosos consejeros? ¡Porque necesito un ejército para detenerle! ¡Es sólo cuestión de tiempo que Zetsu complete el suyo! –Gritó Madara poniéndose en pie. -Y tan sólo hay dos Bijūs que aún no tiene en su poder y para que eso siga siendo así necesito que las Aldeas se unan para detenerle. Es la única manera de que tú vivas, si Zetsu consigue el chakra del Ocho Colas y el Nueve Colas, liberará el guardián y entonces vendrá a por ti y todo habrá sido en vano.

-¿Y qué hay de Tobi? –Preguntó Mara con la voz entrecortada por primera vez por el enmascarado naranja, único miembro vivo que quedaba de Akatsuki, junto con el propio Zetsu.

-Juro que mataré a ese malnacido por lo que te hizo, -respondió Madara con voz cavernosa que ponía los pelos de punta. A su memoria llegaban los recuerdos como si hubiesen sucedido esa misma mañana, veía al enmascarado, con el kunai ensangrentado en la mano y señalándose a sí mismo en gesto inocente mientras preguntaba si lo que había pasado había sido culpa suya con voz infantil. Segundos antes había hundido, sin pensárselo dos veces, el kunai en el vientre de Mara. –Y será una muerte lenta y dolorosa, puedes apostar por ello.

-No, -respondió Mara tan seria como él. –No vas a tocarle ni un solo pelo.

-¿Quieres que lo deje con vida? ¿Después de lo que te hizo? –Preguntó extrañado.

-No he dicho eso, -aclaró la joven. –Seré yo quien acabe con él, -sentenció con el sharingan activado y una sonrisa sádica idéntica a la de Madara. Éste sonrió de vuelta, a veces el parecido entre ellos le seguía sorprendiendo.