Capítulo 84
Prométemelo
Tras haber permanecido algunos días en Gotemburgo visitando a una buena amiga suya, Lady Sofía Von Fersen regresaba a Estocolmo, su ciudad natal. Un par de días atrás había recibido una carta de su hermano donde le decía que estaba retornando a Suecia y que tenía noticias importantes que contarle, pero que prefería decírselas en persona.
¡Cuánto había esperado su regreso! Saber que abandonaba Francia, un país en el que era odiado, le regresaba la paz que había perdido en el momento en el que Fersen decidió partir al país de la mujer que amaba. No obstante, le intrigaba la segunda parte de su misiva. ¿A qué noticias se referiría? ¿Qué era eso que no podía decirle por escrito? - se preguntaba. Sin embargo eso era lo menos importante para ella, porque lo único que realmente quería era ver a su querido hermano completamente a salvo y de vuelta en su hogar.
...
Mientras tanto, y como cada mañana, la Compañía B vigilaba las calles de París. El mes de Julio apenas empezaba y aquel era un día tranquilo en comparación de otros en los que las protestas y manifestaciones eran como el pan de cada día. Según se decía, la Asamblea Nacional estaba llegando a importantes consensos por el bien de todos, y aunque hasta no ver los cambios los ciudadanos franceses seguirían en alerta, todo parecía indicar que aquel día habían dado una tregua.
El regimiento que la heredera de los Jarjayes lideraba estaba compuesto por cincuenta soldados, los cuales tenían la fama de ser los más rudos de la Guardia Francesa. Dado que debían vigilar la ciudad durante todo el día, internamente estaban organizados en dos grupos; uno que vigilaba París durante la mañana y otro que la vigilaba durante la tarde y la noche.
Dependiendo del día, el número y los integrantes de cada grupo podía variar y los dirigía o la hija de Regnier o el Coronel Dagout, los cuales se turnaban los horarios de la manera más justa que podían. No obstante, si alguno de los dos faltaba por algún motivo, la dirección del grupo que quedara sin comando era asumida por Alain, al cual sus mismos compañeros habían elegido como el líder de el escuadrón no sólo por ser el mas fuerte de todos, sino también por su don de mando y su sentido de justicia.
Aquel día, el grupo de la mañana se había dividido en ocho equipos que habían sido distribuidos en diferentes ubicaciones. El equipo conformado por Oscar, André y Alain se encontraba en el barrio de las Tullerías, y lentamente, patrullaba la zona cercana a las inmediaciones del río Sena. Iban en silencio, atentos a lo que pudiera pasar a su alrededor, pero dado que al parecer no iba a presentarse ningún incidente aquella mañana, el líder del escuadrón rompió el silencio en el que los tres estaban inmersos.
- ¿Hasta cuando durará esta ilusoria realidad? - dijo de pronto.
Entonces, Oscar lo miró intrigada.
- ¿A qué te refieres? - le preguntó.
- A esta tranquilidad fruto de la unión de los tres estados en la Asamblea Nacional... No quiero ser pesimista, pero creo que por más que se lleguen a acuerdos, el problema más difícil será que el rey acepte implementarlos. - le dijo.
Tras escucharlo, Oscar guardó silencio. Alain tenía razón; la mayoría de las iniciativas propuestas por los delegados que representaban al pueblo - y que muchos delegados que representaban al clero y a la nobleza respaldaban - iban en contra de los intereses del sector más conservador de la aristocracia, por lo que seguramente sería toda una lucha hacer que se vuelvan realidad.
Mientras pensaba en ello, la heredera de los Jarjayes dirigió la vista hacia el hombre que amaba y ambos cruzaron las miradas. Los ojos de André parecían confirmar que compartía la opinión de su compañero. No obstante, mientras lo miraba, la hija de Regnier recordó el sueño que había tenido con él, y de inmediato y ligeramente ruborizada, evadió su mirada para luego dirigir su corcel hacia el río, y al notarlo, André cabalgó hacia ella.
- ¿Qué pasa, Oscar? - le preguntó.
Y sin desviar su vista del Sena, ella respondió.
- Nada...
- Si no te conociera, diría que te puse nerviosa... - le dijo sonriendo.
Entonces Oscar dirigió su mirada hacia él.
- Qué dices... Eso no es cierto. - le dijo riendo, aunque no pudo sostenerle la mirada más que por unos segundos y la dirigió nuevamente al río.
Mientras tanto, Alain observaba el lenguaje corporal de ambos. No necesitaba escucharlos para saber que ambos tenían algún tipo de relación romántica. No obstante, estaba decidido a mantener la promesa que se había hecho a sí mismo, por lo que suspiró y sonrió resignado, aunque esta vez genuinamente feliz por su amigo e incluso por su comandante.
- Sigamos... - les dijo Oscar de pronto obligando a su corcel a avanzar, y tras asentir con la cabeza, André y Alain la siguieron.
"Si no te conociera, diría que te puse nerviosa..."
Aunque lo había negado, aquel día Oscar se sentía particularmente nerviosa cuando estaba cerca de él. Nunca antes había tenido un sueño como el que tuvo aquel amanecer, y le desconcertaba que se hubiese sentido tan real.
Entonces empezó a preguntarse si el verdadero André sería tan apasionado como el André de sus sueños, pero mientras lo hacía, recordó abruptamente la noche en la que, en su desesperación, el nieto de Marion la besó en contra de su voluntad para luego írsele encima y arrancarle una parte de la blusa de manera violenta.
- ¿Sucede algo, comandante? - le preguntó Alain a Oscar al notar que se había detenido abruptamente, como si algo la hubiera inquietado.
- Solo creí ver algo sospechoso. - le respondió ella bajando la mirada.
Entonces André dirigió la vista hacia el frente para buscar aquello que había llamado la atención de la mujer que amaba, pero no encontró nada, así que los tres siguieron su camino.
- "¿Por qué pensé en eso de repente?" - se preguntó a sí misma con tristeza, porque desde hacía mucho tiempo no había vuelto a recordar aquel terrible episodio.
Cuando eso ocurrió, Oscar acababa de decirle que - dado que había pedido su cambio a otro regimiento - ya no era necesario que la acompañe más. Entonces André le dijo aquellas palabras que en aquel momento no estaba preparada para escuchar:
"Una rosa siempre será una rosa, no importa del color que esta sea... Pero una rosa jamás podrá convertirse en una lila..."
Las intenciones del nieto de Marion cuando pronunció aquellas palabras eran buenas y Oscar lo sabía; estaba cometiendo un grave error al creer que podía vivir como un hombre. No obstante, en aquel momento era incapaz de aceptar que la única opción a la que se aferraba para superar el rechazo de Fersen no fuera viable.
"¡André!, ¿quieres decir que una mujer siempre será una mujer? ¡Respóndeme! ¡André!"
Quería pensar que él no había dicho lo que dijo, pero su silencio no lo demostraba. Entonces, cegada por su propia desesperación, abofeteó con todas sus fuerzas a su mejor amigo para luego tomarlo de la camisa y enfrentarlo directamente.
No obstante, ella nunca esperó que él reaccionara de la forma en que lo hizo. Aún recordaba su mirada, una que parecía estar llena de frustración, una que nunca había visto en sus ojos. Entonces la besó, no con la ternura con la que lo había hecho la primera vez, sino forzándola hasta lanzarla sobre su propia cama para luego arrancarle violentamente una parte de su blusa dejando al descubierto las finas vendas de seda que usaba para cubrir su delicado pecho.
Nunca lo había visto tan fuera de sí. Lo que la hija de Regnier no sabía era que aquella mañana André había visitado al doctor Lassone y que este, luego de dar varias vueltas, le dijo que era muy probable que pierda también la vista de su ojo derecho, lo que había hecho que su mundo se vea sacudido por completo.
Había pasado un poco más de un año desde que todo aquello ocurrió y Oscar no entendía porqué pensaba en ello ahora si desde hacía mucho tiempo había comprendido porqué quien había sido su mejor amigo actuó como lo hizo. Sin embargo, lo más probable era que hubiera traído esos recuerdos a su memoria porque, lamentablemente para ella, ellos eran la única referencia que tenía de un acercamiento íntimo con él; en realidad, eran la única referencia que tenía de un acercamiento íntimo con cualquier hombre.
- Oscar, ¿te pasa algo? - le preguntó dulcemente el hombre que amaba aprovechando que Alain había adelantado un poco el paso.
Entonces ella dirigió su mirada hacia él y se vio reflejada en sus ojos. Cuanto amor y pureza había en ellos y que distintos se veían a los de aquella noche.
- No me pasa nada, André... - le respondió ella mirándolo llena de amor por él. Le dolía haber recordado aquel momento con miedo cuando solo había sido eso: un momento, un breve momento que no significaba nada en comparación de todos los momentos que habían compartido a lo largo de su vida.
Tras escucharla, el nieto de Marion permaneció en silencio. Suponía que a ella le preocupaba lo mismo que a él por lo que no le dijo nada más; únicamente continuó su marcha. No obstante, tras algunos segundos, la heredera de los Jarjayes volvió a dirigirse a él.
- André, probablemente Alain tenga que dirigir el patrullaje del Lunes. He solicitado una audiencia con la reina María Antonieta. - le dijo.
Entonces André detuvo abruptamente su caballo y ella también lo hizo.
- Iré a darle las gracias por interceder por mí cuando estuvieron a punto de condenarme por traición. - le dijo.
- Entiendo... - le respondió él, y tras una breve pausa, continuó. - Debo admitir que desde hace un tiempo he sido muy crítico con la reina, pero si hay algo que le agradezco es el profundo cariño que siempre te ha demostrado.
- André, sabes bien que Su Majestad no es una mala persona. - le dijo ella.
- Lo sé, Oscar. Pero no es nuestra esencia la que nos define, son nuestras acciones. - le respondió él.
Una vez más, André tenía razón. No era el buen corazón de una persona el que la definía sino sus acciones, y tristemente, la mayoría de las acciones de los reyes de Francia habían atentado contra el pueblo; únicamente habían intentado actuar a favor de los intereses de los ciudadanos después de verse presionados y sin otra alternativa. Pero, ¿seguirían por esa línea? Una de las intenciones de Oscar al ir a verla era averiguarlo.
- ¡Oigan, si siguen cabalgando así de lento terminaremos mañana! - reclamó Alain, el cual se había adelantado ya varios metros a ellos.
Entonces Oscar y André sonrieron. Habían hecho que el líder del escuadrón pierda la paciencia, pero no había sido esa su intención.
- ¡Lo siento, ya vamos para allá! - vociferó André a la distancia.
Y tras ello, ambos cabalgaron rápidamente en dirección a él.
...
Unas horas más tarde, y luego de haberse reencontrado con su hermano en su residencia de Estocolmo, Sofía intentaba contener las lágrimas tras enterarse por boca de Fersen que Victor Clement había sido apresado en la prisión de la Bastilla.
- Pero, ¿quieres decir que fue acusado de traición? - le preguntó ella con la voz entrecortada.
- No, Sofía. Su Majestad decidió darme un mes de plazo para preparar su exilio a Suecia. - le respondió Hans.
Entonces las lágrimas de Sofía empezaron a deslizarse por sus mejillas. El imaginar a Victor Clement encerrado en una prisión le rompía el corazón en mil pedazos.
- Perdóname por decírtelo tan abruptamente. No pensé que fuera a afectarte tanto. - le dijo su hermano conmovido por su reacción, y tras ello, la envolvió entre sus brazos.
- ¿Pero él está bien? - le preguntó ella sollozando.
Entonces Fersen la apartó ligeramente de su lado para mirarla a los ojos.
- Él está bien. - le dijo para tranquilizarla. - Me aseguré personalmente de que así fuera.
Y sin poder emitir palabra alguna, Sofía volvió a refugiarse en los brazos de su hermano.
- No te preocupes. El conde estará bien... - le dijo Fersen. - Con ayuda de André y Clarice, su persona de mayor confianza, hemos trasladado todo su patrimonio a Suecia.
- ¿André?... ¿Te refieres a André Grandier, el asistente de Oscar? - le preguntó ella.
- El mismo. Ambos estaban muy preocupados por él. - le dijo Hans.
Entonces Sofía se apartó de los brazos de su hermano, secó sus lágrimas y le dio la espalda.
- Es natural que Oscar se haya preocupado por su bienestar. Finalmente fue por ella que Floriane se involucró en el problema que lo llevó a la prisión. - le dijo a Fersen con algo de resentimiento. No obstante, su hermano parecía opinar de manera distinta a la suya.
- Yo me alegro de que las cosas hayan ocurrido de esa manera. - le dijo.
Entonces Sofía dirigió su mirada hacia él, y mientras lo miraba intrigada, Fersen continuó.
- Si el conde hubiera obedecido la orden de Su Majestad y atacado a los delegados, todo París habría marchado hacia el Palacio de Versalles exigiendo la cabeza de cada uno de los miembros de la familia real. - agregó.
Y tras ello, colocó las manos sobre los hombros de su hermana y se dirigió nuevamente a ella.
- Sé que el conde te considera una buena amiga, y cuando llegue a Suecia, seguramente necesitará de ti más que nunca porque dejará todo su mundo atrás. Por eso quiero pedirte algo, Sofía: Por favor, prométeme que solo lo verás como a un buen amigo. Por favor, asegúrame que no harás nada que pueda llevarte a que te enamores de él. - le dijo.
Entonces su hermana lo miró sorprendida y Fersen prosiguió.
- Sofía, el conde Gerodelle ama a Oscar, la ama al punto de haber arriesgado todo por ella: su título, su fortuna, incluso su propia vida. No quiero que te ilusiones con él. Por favor, Sofía, prométemelo, prométeme que no vas a ver en él más que a un buen amigo. - le pidió Hans seriamente, y ella asintió con la cabeza.
No obstante, ya era demasiado tarde, porque Sofía Von Fersen acababa de darse cuenta de que estaba profundamente enamorada de Victor Clement. Lo había descubierto ahí mismo, justo frente a su hermano, cuando, destrozada por el dolor, brotaron lágrimas de sus ojos al imaginarlo privado de su libertad en la prisión de La Bastilla.
...
Fin del capítulo
