A ver. Solo para aclarar, esto no era culpa de Percy, ¿de acuerdo? ¿Su madre se lo había advertido? Cierto. ¿Él no la escuchó? También cierto. Pero si Percy hubiera sabido que terminaría metido en tantos problemas, probablemente no hubiera insistido en hacer esa entrega él mismo.

Percy hizo rebotar la pelota desde su cama por quinta vez en la última media hora. Era viernes antes de las vacaciones de invierno, afuera, los árboles empezaban a perder las hojas y el aguanieve se acumulaba en el alfaizer de su ventana.

—¿Qué tal vas con eso? —preguntó mirando a Tyson, su hermano estaba sentado en el suelo rodeado de un montón de piezas de bronce y herramientas, con un destornillador en una mano. Le fruncía el ceño al escudo-reloj que Percy había roto hace unos días y que el cíclope intentaba reparar.

—Falta poco, mi hermano realmente hizo uso del regalo que le dí. —dijo y Percy soltó una risita avergonzada. Percy no solía enfrentar criaturas tan seguido, pero esas aves de Estínfalo no habían querido dejarlo en paz, sus picos y garras lo atacaron sin piedad y como consecuencia su escudo quedó tan magullado que se le hizo inutilizable, Percy se sintió mal por ello, pero Tyson dijo que ahora tenía una gran oportunidad para hacerle mejoras. Percy se sintió menos culpable después de ver la expresión brillante de Tyson cuando lo examinó.

Percy se movió sobre la cama para quedar recostado boca arriba, con las piernas levantadas contra la pared y la cabeza colgando por el borde. Resopló para quitar un mechón de cabello de su cara y observó a Tyson trabajar.

Dioses, estaba aburrido. Sus clases habían terminado hoy y aunque sus maestros habían dejado tareas para las vacaciones, no tenía interés en hacerlas aún, probablemente las dejaría para última hora, cuando su mamá le ordenara a hacerlas. Abajo, el restaurante estaba casi vacío y aunque afuera no hacía tanto frío, no tenía ánimos para entrenar con su espada hoy.

Justo cuando Percy empezaba a considerar hacer sus deberes, escuchó un pop proveniente de la cocina. Saltó de la cama, se despidió de Tyson y fue a ver de qué se trataba.

Percy encontró a la tía Em y su mamá trabajando en la cocina, al entrar, sonrió ante el olor a queso cheddar en la parrilla. —Eso huele bien, ¿es para mí? —saludó asomándose por el hombro de su madre. Ella sonrió.

—No, pero buen intento. —Hizo un puchero y su madre rió divertida. Últimamente estaba muy alegre, Percy sospechaba que se debía a que una editorial finalmente había aceptado

publicar su novela. Recordó la pequeña fiesta sorpresa que él y la tía Em le habían preparado después de su primera reunión con el editor.

—Escuché el correo, ¿qué era? —preguntó cambiando de tema.

—Una orden desde Maine. Es lo que Sally está preparado. —contestó la tía Em. Tenía un pedazo de papel en la mano y un bolígrafo entre los dientes. Percy supo por su tono que estaba frunciendo el ceño bajo el velo de su gorro.

La tía Em le mostró la nota y Percy frunció el ceño, la letra era demasiado alargada y fina para su dislexia, más parecida a un plato de espaguetis que a una orden. Al notar su problema, ella apartó la nota.

—Un sándwich de pepinillo y queso cheddar, extra grande con extra pepinillos. —leyó para él.

Percy hizo una mueca, detestaba los pepinillos. No había forma de que supieran bien en un sándwich.

—En lugar de juzgar el gusto de los demás, hijo —dijo su madre mientras empaquetaba el sándwich con aluminio —¿Por qué no mejor vas y traes una caja del almacén para enviar esto?

—Espera, ¿lo enviarán por Hermes Express?

—¿Por dónde más si no? —preguntó la tía Em con obviedad.

—Conmigo —Percy se señaló a sí mismo—. Yo puedo llevarlo, no tengo nada más que hacer. —se apresuró a explicar.

Aquello no era técnicamente cierto, pero Percy ya había desechado la idea de hacer sus deberes hoy, y una entrega era la excusa perfecta para salir un rato.

—Por supuesto que no. —Su mamá negó con la cabeza. —Es peligroso que vayas tan lejos tú solo.

—¡Pero Ma'! —protestó —He ido a Nueva York y a Filadelfia muchas veces, sin mencionar toda Nueva Jersey.

—Maine es más lejos Percy, hay más riesgo de que suceda algo, no olvides lo que pasó con esas aves hace unos días.

Por supuesto que no lo olvidaba, tenía una cicatriz en el brazo y un escudo en reparación, cortesía de ese incidente. Pero aún así, no era para tanto.

—Pero… ¿Tía Em? —Percy volteó hacia ella en busca de apoyo. La mujer lo estudió unos segundos antes de responder. —Los semidioses viajan solos todo el tiempo, Sally —señaló—. Además, creo que Perseo es capaz de arreglárselas bien él solo.

—¡Exacto!

—Es un viaje de ocho horas, Em. —insistió ignorando las súplicas de Percy.

—No si viaja con las Hermanas Grises. —Percy tragó saliva, el taxi de las Hermanas Grises definitivamente no era su forma favorita de viajar, aún así era mejor que quedarse aburrido en casa. Miró a su madre con la sonrisa más inocente que pudo poner.

—¿Mamá..? —presionó—. Tendré cuidado, lo prometo.

Su madre alternaba su mirada entre él y Em. Percy creyó que se negaría de nuevo, pero cuando ella resopló mientras rodaba los ojos, Percy supo que había ganado esta.

Percy se paró sobre el aguanieve, al borde de la carretera. Se subió la lonchera hermética en la que llevaba el sándwich de pepinillo al hombro y acomodó su bufanda. La carretera estaba vacía, pero aún así se aseguró de mirar a ambos lados antes de sacar un dracma del bolsillo de su abrigo y lanzarlo al asfalto.

—Stéthi, ¡Ó hárma diabolés! —Detente. ¡Carro de la Condenación! Fue su exclamación en griego antiguo.

Por un momento, no pasó nada. Luego un destartalado taxi apareció frente a él, por la ventana, una cabeza gris y arrugada se asomó, sosteniendo en alto un ojo de vidrio.

—¡Adentro! —Ladró una de las Hermanas Grises. Percy se apresuró a abrir la puerta y subir.

—¿Quién es? —preguntó la anciana del volante. Agitaba el brazo en el aire para intentar quitarle el ojo a su hermana. Cuando lo consiguió, lo apuntó hacia Percy. —Ah, eres tú. —Percy sonrió mientras se alejaba del ojo.

—Academia Westover Hall. Bar Harbor, Maine —pidió mientras se ajustada la cadena que había en lugar de cinturón. Una de las hermanas gruñó y el taxi arrancó. La brusquedad empujó a Percy contra el asiento, él abrazó la lonchera para evitar que rebotara. En los asientos delanteros, las Hermanas Grises gritaban y se lanzaban el ojo entre sí. La graya que conducía dio un giro brusco sin previo aviso y la mejilla de Percy se estrelló contra la ventanilla sucia. Percy gimió, esperaba que el sándwich sobreviviera al viaje.

Westover Hall parecía un castillo maldito: de piedra negra, con torres y troneras y unas puertas de madera imponentes. Se alzaba sobre un risco nevado, de un lado se extendía un gran bosque helado, por el otro, el océano gris y rugiente. Percy silbó impresionado. Revisó una vez más los detalles del cliente y llamó a la puerta.

Las puertas de roble se abrieron con un chirrido siniestro y Percy entró al vestíbulo entre un remolino de nieve. Guau, pensó. El lugar era inmenso. A sus pies se extendía una gran alfombra de lana roja, en los muros se alineaban estandartes y colecciones de armas, con trabucos, hachas y demás. Percy aprovechó la soledad para husmear un poco, sus ojos curiosos vagaron por las paredes mientras avanzaba por el pasillo. Sabía que Westover era una academia militar, pero tal vez se habían pasado un poco con la decoración. Percy examinó una lanza colgada en la pared. —¿Qué haces? —Un niño apareció a su lado. Percy saltó en su lugar, no lo había escuchado venir. El niño era bastante pequeño, tal vez de unos nueve o diez años, llevaba una camisa blanca debajo de un jersey marrón oscuro y unos pantaloncillos cortos, barajaba unos cromos mientras miraba a Percy con grandes ojos curiosos.

Percy abrió la boca, avergonzado de haber sido descubierto. Comenzó a pensar en alguna excusa, cuando unos pasos apresurados hicieron eco en el corredor.

—¡Nico! —Una chica de la edad de Percy apareció corriendo por la esquina del pasillo, usaba un suéter holgado y una falda larga marrón, y un gorro verde tan grande que Percy se preguntó cómo podía ver con él puesto. El niño bajó la cabeza y encogió los hombros—Te dije que me esperaras en el gimnasio. —dijo con lo que sólo podía ser enojo.

Viéndolos mejor, Percy supuso que ambos debían ser hermanos, pues compartían el mismo cabello oscuro y piel olivácea. El niño más pequeño, Nico, levantó la cabeza y miró a su hermana con el ceño fruncido.

—Pero Bianca —dijo—, él estaba robando. ¡Es un ladrón! —Percy vio incrédulo el dedo acusatorio de Nico, que lo apuntaba directamente. Bianca apartó la vista de su hermano, dándose cuenta de la presencia de Percy en el pasillo. Ella agarró a Nico del hombro con mucho disimulo.

—Oh, no, no. No soy un ladrón —se apresuró a aclarar.

—Entonces, ¿por qué estabas merodeando?

—No estaba merodeando —le dijo a Nico, quién a diferencia de su hermana, no parecía tener miedo de gritarle a un supuesto ladrón. —Solo tenía curiosidad por esto —apuntó hacia la lanza en la pared. El ceño fruncido de Nico fue reemplazado por una expresión brillante.

—¡¿Verdad que es increíble!? —El niño brincó hacia Percy. —Solo tiene quinientos puntos de ataque, ¡pero si la combinas con un héroe obtienes mil puntos!

Percy no tenía idea de lo que hablaba Nico. Su hermana suspiró.

—Nico, no creo que él sepa de lo que hablas. —dijo con delicadeza. Nico la miró y luego parpadeó hacia Percy.

Los tres quedaron en silencio. Incómodo.

—Bueno… —Percy alargó la palabra—. No soy un ladrón, pero tal vez puedan ayudarme. Estoy buscando a… —Percy sacó un papel de su bolsillo —El doctor Espino. —leyó.

—Oh, está en el gimnasio, ¡sígueme! —Nico agarró a Percy de la manga y lo arrastró por el pasillo. Luego lo soltó y salió corriendo.

—Disculpa… —Bianca se detuvo, esperando algo y Percy se dio cuenta que aún no se había presentado. Dioses, si la tía Em se enterara, lo regañaría por sus modales.

—Percy —dijo—. Percy Jackson. Y no te preocupes, no me molestó. Podría haber sido un ladrón. —Eso hizo reír a Bianca.

—En ese caso, te echaré un ojo. —Percy se rió. Levantó las manos en señal de inocencia.

—No se queden ahí, ¡venga! —gritó Nico desde más adelante. Ambos lo siguieron, mientras él le mostraba a Percy sus cromos de Mitomagia y explicaba las reglas para jugar.

Percy descubrió una cosa curiosa de las escuelas militares: los alumnos se vuelven completamente locos cuando un acontecimiento especial les permite ir sin uniforme. Supuso que, como todo es tan estricto el resto del tiempo, tienen la sensación de que han de compensar o recuperar el tiempo perdido. Él entendía eso, odiaba el uniforme de su escuela.

El suelo del gimnasio estaba salpicado de globos negros y rojos, y los chicos se los lanzaban a patadas, o trataban de estrangularse unos a otros con las serpentinas que colgaban de las paredes.

Se veía divertido, pensó.

Bianca señaló al doctor Espino: un hombre alto y rudo con cabello gris muy corto. El hombre los miró desde el otro lado del gimnasio. A su lado, Bianca se estremeció. Ella se despidió de Percy y se llevó a Nico hacia las gradas.

Percy trotó hacia el hombre, que lo miraba con la mandíbula apretada. Por su camino esquivó globos, serpentinas y grupos de chicas bailando y riendo.

—¿Doctor Espino? —dijo ignorando la mirada peligrosa del hombre. El tipo asintió.

—¿Lo conozco? —Su voz era áspera; una amenaza leve, se dió cuenta. Percy sonrió.

—Un sándwich de pepinillos y queso cheddar extra grande con extra pepinillo —La mandíbula del hombre se destensó cuando vio el paquete, aún así, su postura no cambió. —Serían catorce dracmas con cinco dólares, más propina.

Percy esperó pacientemente el pago. Dió una rápida mirada por el gimnasio. Vio a Bianca y Nico discutir en las gradas; el gorro verde de la chica era tan holgado que le tapaba la mitad de la cara, ambos chicos gesticulaban aparatosamente al hablar. Las puertas del gimnasio se abrieron, Percy reconoció emocionado al chico que entró.

Grover—ese era su nombre—, el sátiro que había conocido hace un par de años, cuando pasó todo ese asunto del Rayo Maestro—ese robo había sido la comidilla de su clientela—desde entonces se había pasado unas cuantas veces por el restaurante y comía enchiladas mientras le contaba a Percy sobre su búsqueda del dios Pan. A Percy le agradaba mucho. El sátiro entró con una chica que Percy recordó también estaba con él y Luke aquella vez y una chica que no reconoció. Percy se movió ansioso, tal vez podría charlar con ellos antes de irse.

Percy sintió una mirada penetrante sobre él y se volteó. Ahora, Percy no le temía a los monstruos, la mayoría de veces eran solo personas muy raras o muy enojadas, Percy podía contar con los dedos la cantidad de veces que realmente tuvo que pelear con uno y en su mayoría, eran criaturas como las aves Estínfalo. Aún así, Percy no pudo evitar estremecerse cuando la mirada del doctor Espino pasó de él al grupo de Grover y luego a Bianca y Nico.

—Bueno… —Percy intentó llamar su atención. No lo logró, la mirada del hombre no se movió de los dos hermanos. Se llevó la mano al bolsillo de su abrigo, donde guardaba su bolígrafo letal; su espada Contracorriente. —Oiga… tengo que irme pronto, ¿sabe?

—¿Y qué te detiene, mestizo? —Percy lo miró incrédulo, se cruzó de brazos y repitió el precio del pedido. El doctor espino le gruñó peligrosamente, con el sándwich en la mano comenzó a caminar. Percy intentó seguirlo, molesto ahora. Pero un grupo de chicas le bloqueó el paso. De pronto escuchó un jadeo muy cerca de su oído.

—Se han ido. —La chica morena de aquella vez hablaba con Grover, estaba pálida y miraba frenética por todos lados. —¡Tenemos que avisar a Thalia! ¿Dónde se habrán metido esos dos?

Percy siguió su mirada. Las gradas, Bianca y Nico ya no estaban allí. La puerta junto a las gradas había quedado abierta de par en par. El doctor Espino no estaba.

A Percy se le cayó el estómago. A unos metros, tirada en el suelo, había un gorro verde como el de Bianca. Y unos cuantos cromos esparcidos aquí y allá. Percy entrevió al doctor Espino. Corría hacia la salida, fuera del gimnasio y llevaba a los hermanos como si fuesen dos gatitos sobre su hombro.

Los hermanos, que al parecer, eran mestizos, por eso Grover y esas chicas estaban ahí, para llevarlos a su campamento. Y ahora estaban en peligro. Por la mente de Percy pasó la idea de esperar a Grover y las otras dos chicas, dejar que ellos se encargaran. Era asunto de semidioses, Percy no debía entrometerse, pero estaba seguro de que se habían ido hacia el otro lado a buscar a esa tal Thalia.

Además, no había tiempo. Bianca y Nico estaban en peligro. Bianca, que le había caído muy bien y Nico, apenas un niño, uno lleno de vida. Tal vez ya habrían desaparecido cuando los demás pudieran reagruparse.

Percy gruñó de pura frustración. Una entrega fácil, le había dicho a su madre. Pero él también era un semidiós y los semidioses nunca la tenían fácil. Debiera o no, no iba a dejar que algo les pasara a Nico y a Bianca. Percy sacó a Contracorriente de su bolsillo y se abrió paso tras el doctor Espino.

La puerta daba a un pasillo sumido en la oscuridad. Percy oyó ruidos de forcejeo hacia el fondo. Destapó a Contracorriente. El bolígrafo fue creciendo hasta convertirse en una espada griega de bronce, de casi un metro de largo y con un mango forrado de cuero. Su hoja tenía un leve resplandor y arrojaba una luz dorada sobre las taquillas alineadas a ambos lados. Gritó el nombre de ambos hermanos, pero nadie respondió.

Percy cruzó a toda prisa el pasillo. Abrió una puerta y se encontró de nuevo en el vestíbulo principal. No veía a Espino por ninguna parte, pero sí a Nico y a Bianca que permanecían al fondo paralizados de terror. Avanzó un poco, bajando la espada.

—¿Están bien?

Ellos no respondieron.Tenían los ojos desorbitados de pánico.

—Tranquilos, tenemos que salir de aquí.

Bianca abrió los ojos aún más y apretó los puños. Sólo demasiado tarde Percy comprendió el sentido de su mirada. Una advertencia.

Percy se giró en redondo y en ese mismo instante oyó un silbido. Un dolor agudo le atravesó el hombro. Lo que parecía una mano gigantesca lo impulsó hacia atrás, hasta que se estrelló contra la pared. Percy lanzó un mandoble con la espada, pero sólo rasgó el aire. Un profundo gruñido resonó por el vestíbulo.

—¿No tenías que irte, mestizo?

Percy intentó liberar su hombro. Tenía el abrigo y la camisa clavados en la pared con una especie de pincho o daga negra de unos treinta centímetros. Le había desgarrado la piel al atravesar su ropa y el corte ardía de dolor. Percy reconoció la sensación, de un incidente con una cría especialmente asustadiza de Equidna hace un tiempo. Era veneno.

Percy hizo un esfuerzo para concentrarse. No iba a desmayarse. Una silueta oscura se les acercó. En la penumbra, Percy distinguió a Espino. Aún parecía humano, pero tenía una expresión macabra. Sus dientes relucían y sus ojos marrón y azul reflejaban el fulgor de su espada.

—No hasta que me pagues ese sándwich, puercoespín sobrealimentado.

Un segundo proyectil salió disparado desde detrás del doctor, que no parecía haberse movido. Era como si tuviera a alguien invisible detrás arrojando aquellos pinchos. Bianca dio un chillido a su lado. La segunda espina fue a clavarse en la pared, a sólo unos centímetros de su rostro.

Espino los guió hacia los bosques. Por un camino nevado que apenas alumbraban unas farolas anticuadas que se habrían visto bien en la exhibición de la tía Em. El hombro de Percy dolía, y el viento que se colaba por la ropa desgarrada era tan helado que ya se veía así mismo como una estatua de hielo. Dioses, su madre estaría furiosa si llegara a resfriarse.

El bosque se abrió de repente. Habían llegado a un acantilado que se encaramaba sobre el mar. Percy percibió la presencia del mar allá al fondo, cientos de metros más abajo. Podía sentir el batir de las olas y el olor de su espuma salada, aunque lo único que veía realmente era niebla y oscuridad.

Percy dió un traspié y Bianca lo sujetó.

—¿Quién es este tipo? —murmuró, furia mezclada con miedo. —¿Y quién eres tú?

—Es… complicado.

—Tengo miedo —masculló Nico mientras jugueteaba con un soldadito de metal.

Percy echó una ojeada a su espalda, tratando de calcular la magnitud de la caída. Un pensamiento desesperado, pero tal vez podría lograr convencer a los hermanos para que saltasen con él. Si sobrevivían a la caída, Percy podría utilizar el agua para protegerlos. Nunca había hecho algo parecido antes. Pero tal vez… si su padre estaba dispuesto a escucharle, quizá le echase una mano.

O quizá lo castigase por meterse en ese lío.

Al menos, creía que Poseidón no lo dejaría morir, aunque eso significase revelar su parentesco. Percy quería pensar que al menos no lo dejaría ahogarse.

Percy escuchó un crujido, alzó la vista y vió al doctor Espino desenvolver el sándwich. El olor a queso cheddar se esparció por el claro.

—¡Eh! Tiene que pagar eso primero. —El monstruo soltó un gruñido bajo. Hubo un parpadeo a su espalda y otro proyectil pasó silbando tan cerca de Percy que le hizo un rasguño en la oreja. Percy resopló. —¿Enserio? Primero no solo quieres matar al repartidor, ahora también quieres robarle.

En todos sus años de trabajo, muchos clientes habían intentado matarlo, comerlo o maldecirlo—a veces, las tres juntas—, pero nadie se atrevía a robarle. Justo antes de que Percy hiciera algo seguramente estúpido, lo zarandeó una fuerza invisible.

Vista retrospectivamente, la jugada de esa chica Annabeth fue genial. Con una gorra de invisibilidad puesta—que por cierto, era increíble, Percy quería una también—embistió contra los hermanos y él al mismo tiempo, eso sorprendió al doctor Espino y lo dejó paralizado durante una fracción de segundo. Grover y una chica punk—Percy supuso que ella era Thalia—avanzaron entonces desde atrás: Thalia empuñaba un escudo que por poco hizo gritar a Percy, podría haber jurado que estaba viendo a su tía Em.

Thalia atacó con una lanza en ristre. —¡Por Zeus!

Percy tensó la mandíbula al oír nombrar al dios. Bien, tal vez sería buena idea tener cuidado con Thalia.

Thalia clavó la lanza en la cabeza de Espino. Pero él soltó un rugido y la apartó de un golpe. Su mano se convirtió en una garra naranja con unas uñas enormes que soltaban chispas a cada arañazo que le daba al escudo de Thalia. De no ser por él, la chica habría acabado cortada en rodajas más finas que las que habían en el sándwich de pepinillo.

Y hablando de ello.

Percy aprovechó la distracción para arrebatarle el sándwich al doctor Espino. El tipo gritó furioso mientras Percy envolvía la comida en el aluminio. Todavía estaba caliente, pero ahora tenía una gran mordida en uno de los lados. Comprobando que estuviera ileso, Percy metió el sándwich en su bolso hermético.

Bien, si el tipo no iba a pagar, no tendría que considerarlo su cliente.

La mantícora lanzó otra ronda de púas y esta vez, Percy estuvo listo: con su espada desvió un proyectil hacia él, pero otro pasó silbando bajo su oreja, tanteó el lugar; un hilillo de sangre bajó por su cuello.

—¿Se dan cuenta de que es inútil? Rendíos, héroes de расоtіІlа.

Estaban atrapados entre un monstruo y un acantilado. No tenían ninguna posibilidad. Entonces Percy oyó un sonido nítido y penetrante: la llamada de un cuerno de caza que sonaba en el bosque. Percy nunca estuvo tan feliz de escuchar ese ruido.

Thalia vio a la mantícora quedarse paralizada. Por un instante nadie se movió. Sólo se oía el rumor de la ventisca y el fragor del océano bajo el acantilado. El monstruo habló enfurecido, pero se interrumpió de golpe cuando una ráfaga de luz atravesó el claro. De su hombro brotó en el acto una resplandeciente flecha de plata.

El monstruo retrocedió tambaleante, gimiendo de dolor. Soltó una lluvia de espinas hacia el bosque. Pero, con la misma velocidad, surgieron de allí infinidad de flechas plateadas que interceptaban las espinas al vuelo, partiéndolas en el acto.

Thalia bufó.

Ahora solo están presumiendo.

La mantícora se arrancó la flecha del hombro con un aullido. Ahora respiraba pesadamente. El extraño chico rubio intentó asestarle un mandoble, pero el monstruo no estaba tan herido como parecía. Esquivó su espada y el chico salió rodando por la nieve hasta los pies de Thalia.

—Hola. —Thalia se le quedó mirando. Estaba pálido, con los labios morados. Llevaba puesto lo que parecían ser los restos de una camiseta verde, seguramente se estaba congelando, sus brazos estaban llenos de raspones. Pero aún así le dio a Thalia una sonrisa con dientes blanco. —Mucho gusto, me llamo Percy.

Thalia estuvo a punto de saludar, por mero instinto, pero entonces salieron del bosque las arqueras: una docena, más o menos. Iban vestidas con parkas plateadas y vaqueros, y cada una tenía un arco en las manos. Avanzaron hacia la mantícora con expresión resuelta.

¿Qué estaban haciendo ellas aquí?

—¡Las cazadoras! —gritó Annabeth.

—¡Vaya, hombre! ¡Estupendo! —murmuró Thalia, no le gustaban para nada las cazadoras. A sus pies escuchó un resoplido.

—¿Verdad que sí? —El chico Percy la miró divertido. Thalia no tuvo tiempo de preguntarle por qué lo decía.

La más mayor de las cazadoras se aproximó con el arco tenso. A diferencia de las otras, llevaba una diadema en lo alto de su oscura trenza. Toda una presumida, si se lo preguntaban a Thalia.

—¿Permiso para matar, mi señora?

Thalia supo con quién hablaba antes de verla. Una chica de unos trece años avanzó hacia la mantícora. Llevaba el pelo castaño rojizo recogido en una cola. Sus ojos, de un amarillo plateado como la luna. Tenía una expresión seria y amenazadora.

Por primera vez en toda la noche, el monstruo pareció asustado.

—¡No es justo! ¡Es una interferencia directa! Va contra las Leyes Antiguas.

—No es cierto—terció la chica —La caza de todas las bestias salvajes entra en mis competencias.Y tú, repugnante criatura, eres una bestia salvaje. —Miró a su cazadora con expresión resuelta —Zoë, permiso concedido.

—¡Esto no es el fin, cazadoras! ¡Lo pagarán caro!

Y antes de que alguien pudiese reaccionar, el monstruo tomó a Annabeth del cabello y saltó por el acantilado.

—¡Annabeth! —chilló Thalia. Entonces algo más sucedió, pasos rápidos crujieron sobre la nieve.

—¡Alguien sujéteme! —gritó el chico Percy, antes de lanzarse tras ellos.

Percy ya había cometido muchas estupideces ese día, las suficientes como para terminar castigado el resto de las vacaciones, así que pensó que una más en la lista no importaría. Por el rabillo del ojo vio a Bianca reaccionar a su grito, luego sintió sus manos cerrarse alrededor de sus tenis.

Así que aquí estaba ahora; colgado de cabeza en un precipicio, con Bianca sujetándolo de los tobillos.

Sí… tal vez sí debió enviar ese pedido por Hermes Express.

Aún así no era su culpa, Percy culpa al aburrimiento.

Percy miró al doctor Espino y a Annabeth caer por el acantilado e hizo algo que casi nunca hacía. Sintiendo un tirón en el estómago, Percy llamó al mar.

Una gran ola se estrelló con fuerza contra el acantilado, el agua empujó a Annabeth lejos del doctor Espino. Percy la agarró del tobillo, la chica se balanceó y su cabeza se golpeó contra la roca. Annabeth quedó inerte en su agarre.

Bianca di Angelo comenzó a subir a Percy con ayuda de su hermano. Thalia se recuperó del shock y corrió a ayudarlos.

Tan pronto como pudo, envolvió a Annabeth en un abrazo protector, su hermana estaba inconsciente, sangre goteaba por su sien, pero aún respiraba. Thalia tuvo que repetirse varias veces eso último.

Las cazadoras se les acercaron.

La de la diadema, Zoë, se detuvo en seco al verlos.

—¡Tú! —exclamó con repugnancia. Por un momento, Thalia creyó que le hablaba a ella, estuvo apunto de responder, pero entonces la cazadora la pasó de largo. Se detuvo justo sobre donde Percy tenía la cabeza apoyada. —Si hubiera sabido que estabas aquí, habría tardado más tiempo en aparecer.

—Zoë Belladona. —El chico le dio una gran sonrisa. Como si ella no acabara de decir que lo habría dejado a su suerte con el monstruo. —Siempre es un placer verte.

Zoë resopló. Empujó la cabeza del chico con la punta de su bota.

—¿Qué haces aquí, Jackson? ¿No tendrías que estar en esa cantina tuya?

—Tenía una entrega que hacer, se hizo más complicada de lo que esperaba.

—Me doy cuenta. —Zoë examinó a los demás. Hizo una mueca desagradable cuando miró a Thalia, pero nada más. —Cuatro mestizos y un sátiro, mi señora. Y un mozo muy molesto.

Bianca había quedado pasmada al escuchar las palabras de Zoë sobre los dioses, la cazadora fue demasiado directa, pero Thalia sabía que no había forma correcta de decirlo. Fue su hermano, Nico, quien reaccionó primero. El niño se puso a dar saltos y a preguntar un montón de tonterías sobre puntos de ataque hasta que su hermana lo calló.

Thalia sintió lástima por los Di Angelo. Le recordó lo que significó para ella descubrir que era una semidiosa.

—Ya sé que cuesta creerlo —le dijo—, pero los dioses siguen existiendo. Créeme, Bianca. Son inmortales. Y cuando tienen hijos con humanos, chicos como nosotros, bueno...la cosa se complica. Nuestras vidas peligran.

—¿Como ella? —Bianca señaló a donde Grover atendía a Annabeth, aún inconsciente. Thalia se dio la vuelta.

—¿Y el doctor Espino? —intervino Nico, levantando la mano. —Ha sido impresionante cómo lo derrotaron. ¿Está muerto?

—Era una mantícora —dijo la niña pelirroja, Artemisa—. Espero que haya quedado destruida por el momento. Pero los monstruos nunca mueren del todo. Se vuelven a formar una y otra vez, y hay que cazarlos siempre que reaparecen.

—O ellos nos cazan a nosotros —terminó Thalia.

Bianca di Angelo se estremeció. Ella miró al chico, Percy, ahora de pie.

—¿Por eso viniste buscando al doctor Espino? —preguntó—. ¿Estabas cazándolo?

El chico tragó duro, se veía incómodo por primera vez.

—En realidad… no. Yo no… hago eso. —Dio un paso hacia atrás, alejándose de todos. —Solo tenía unos recados que hacer.

—¿Y tú quién eres? —Percy miró a Thalia. Sus ojos quedaron fijos en Égida, su escudo.

—Él es Percy —dijo Grover, era la primera vez que hablaba desde que Artemisa y sus cazadoras aparecieron—. Es el chico que mencionó Luke.

—¿Luke me mencionó? —Se animó al oír eso último.

—Bianca —terció Thalia, decidiendo que le pediría a Luke una mejor explicación luego—, hemos venido a ayudarlos.Tienen que aprender a sobrevivir. El doctor Espino no va a ser el último monstruo con que os tropecéis. Tienen que venir al campamento.

—¿Qué campamento?

Percy se desconectó de la charla. Zoë y Thalia entraron a una discusión sobre las opciones de supervivencia para mestizos. La verdad no es que tuviera algo qué decir. Sí, siempre tuvo curiosidad por el Campamento Mestizo, pero no se veía en ningún otro lugar que no fuera el Emporio—aún menos en el verano, cuando había más clientela—Percy entendió el deseo de Zoë de hacer a Bianca una cazadora, la chica había demostrado tener un espíritu fuerte, primero en cómo sostuvo a Percy cuando se lanzó por el acantilado y ahora en cómo, después del susto inicial, parecía manejar bien la noticia de sus genes divinos. Percy estaba impresionado, él mismo tuvo una peor crisis en su momento; cuando tuvo esa charla con su madre y pensaba que ella sólo intentaba distraerlo del hecho de que estaba roto.

La niña pelirroja—que por la actitud de Zoë, adivinó que debía ser la diosa Artemisa—cortó la discusión entre Zoë y Thalia. Mandó a las otras cazadoras a montar un campamento e hizo que Grover se llevara a un Nico demasiado exaltado con él. Percy intentó aprovechar el momento para irse, pero la diosa lo retuvo.

—Tú, muchacho —dijo ella, su rostro era era hermoso, pero sus ojos brillaban con amenaza. —Veo que tú eres el…mozo, del que he oído hablar. ¿Qué te trajo por este lugar?

Zoë se aclaró la garganta, evitando la mirada de Artemisa. Percy se sintió más valiente al ver la para nada sutil vergüenza que emanaba de ella. Le dio a la diosa de la caza una sonrisa y se inclinó educadamente.

—Es un placer. —Percy recogió su espada—. Sólo estaba de pasada y quise ayudar.

—Jackson tiene la terrible costumbre de meterse dónde no le compete, mi señora. —terció Zoë.

—Oh, ¿cómo la vez que te salvé la vida? —Zoë lo miró con el rostro rojo de furia.

—¡Mi deuda ya ha sido saldada! —Ella señaló con la cabeza a Contracorriente. Percy miró su espada, recordando aquella noche:

Percy estaba cerrando el restaurante cuando oyó un rugido proveniente del bosque, sintió curiosidad y fue a investigar, no esperaba terminar luchando contra el mismísimo minotauro. El monstruo estuvo a punto de empalar a Zoë con sus cuernos cuando Percy la apartó del

camino. Cuando la batalla terminó, Zoë le regaló la espada porque "no quería deberle nada a un hombre". Percy conservaba el trozo de cuerno que le cortó al minotauro con ella en su escritorio, era un gran pisapapeles.

—Ya veo. —cortó la diosa, y luego, como si hubiera perdido el interés, se volvió hacia Bianca—. Me ha impresionado tu espíritu, mestiza. Puedo ver un lugar para ti en mis filas.

Bianca se sorprendió al oír eso. Su mirada viajó de Zoë a la diosa y de regreso.

—¡Ella no lo hará! —saltó Thalia entonces —Bianca, tienes que ir al Campamento Mestizo y ponerte en manos de Quirón, es el único modo para estar a salvo.

Fue el turno de Percy de carraspear, Thalia se detuvo un segundo para mirarlo mal y continuó enumerando los beneficios de ir al campamento, con Zoë criticando cada palabra.

Bianca se quedó en silencio, con el ceño fruncido. Por unos segundos nadie dijo nada. Luego ella miró a Percy y preguntó:

—¿Tú qué piensas?

Percy parpadeó, sorprendido de que quisiera su opinión. Se tomó un momento para pensar en su respuesta.

—Bueno —comenzó—, es cierto que Zoë es, en su mayoría, grosera —La chica chilló indignada —altanera y extremadamente mandona…

—¿Pero? —preguntó Bianca luciendo confundida.

—Pero no creo que haya mejor fraternidad que Las Cazadoras. El campamento es solo una opción y si no es la que quieres, no es el fin del mundo. —Percy escuchó un gruñido proveniente de Thalia. Él se detuvo, considerando sus siguientes palabras. —Pero Bianca, piénsalo bien. ¿Qué pasará con Nico? Él no puede convertirse en cazadora.

—Yo entiendo lo que es tener un hermano y te prometo que podrás verlo de vez en cuando —le aseguró Artemisa—. Pero ya no tendrás ninguna responsabilidad sobre él. Los instructores del campamento se harán cargo de su educación. Y tú tendrás una nueva familia. Nosotras.

—Una nueva familia —repitió Bianca con aire de ensoñación—. Sin ninguna responsabilidad.

Ella miró a Zoë.

—¿Vale la pena?

Zoë asintió.

—Sí.

—¿Qué tengo que...?

Entonces un crujido llamó la atención de todos. Una persona que nadie notó antes.

—¿Bianca? —El hermano de Bianca, Nico, quien al parecer había escuchado todo.

Bianca se había puesto pálida. Su hermano la veía con expresión horrorizada.

—Nico… —susurró ella.

—¿Te irás con ellas? —interrumpió —¿Vas a… abandonarme? —La voz del niño se hizo cada vez más aguda.

—No… no es lo que crees, Nico por favor… —Bianca intentó acercarse a él, pero Nico retrocedió como si ella fuera algún doctor Espino.

—¡Te escuché! ¡Vas a abandonarme! —Nico estaba llorando ahora.

—¡No! ¡Eso no es lo que..!

—¡No te creo! ¡TE ODIO!

El suelo crujió y una grieta se abrió entre los dos hermanos, alejando a Bianca de él. Los árboles detrás de Nico crepitaban, los troncos oscuros cambiaron hasta volverse grises, las pocas hojas que aún conservaban cayeron al suelo marchitas.

Bianca llamó a su hermano, pero Nico salió corriendo hacia el bosque.

—¡Hay que seguirlo! ¡Podría lastimarse! —Bianca se puso tan frenética que casi se cae por la grieta. Percy la sostuvo y ella lo agarró por los hombros. —Si le pasa algo… Yo no…

—Tranquila —dijo Percy —. Yo iré por él, tú aguarda aquí. —y luego añadió—: No le pasará nada. Lo prometo.

Percy saltó la brecha y se internó en el bosque.

Por suerte para Percy, encontrar a Nico no fue difícil. Un rastro de árboles muertos le hizo dar con él casi enseguida.

Nico estaba sentado sobre un tronco. Se abrazaba a sí mismo mientras temblaba, Percy no pudo adivinar si de frío o rabia. Se acercó despacio a él, el niño giró la cabeza al escuchar sus pisadas, pero al ver a Percy sólo volteó de nuevo. Percy tomó eso como una buena señal. Con cuidado se sentó a su lado y examinó su rostro; se veía terrible. Ya no lloraba, pero tenía los ojos hinchados y la nariz y las orejas rojas, el jersey no parecía hacer mucho para protegerlo del frío.

Percy se mordió el interior de la mejilla, pensando en qué decir. Nunca había sido el mejor consolando a los demás—esa era la especialidad de su madre—. Pensó en todas las veces que se sintió mal en su vida, en lo que hacía su mamá para ayudarlo.

Había una cosa que siempre funcionaba.

Percy sacó el sándwich de su lonchera, estaba frío ahora, pero aún con los pepinillos, olía de maravilla.

—¿Lo quieres? —ofreció—. Debía entregárselo a Espino, pero el puercoespín no quiso pagar y… bueno, sería una pena que se desperdicie.

Nico despegó una mano de su abrazo. Tentativamente tomó el sándwich, lo olió un momento y luego le dio un mordisco diminuto. Percy no creía que estuviera comiendo algo, pero el niño se tomó su tiempo para masticar. Cuando habló, lo hizo en un susurro tan bajo que Percy no lo habría escuchado si no hubiera estado prestando atención:

—Está bueno. —Nico le dio otro mordisco, esta vez, más grande.

Percy se animó al verlo comer. Sí, la comida de su madre podía curarlo todo.

Percy empezó a charlar mientras Nico comía. Habló sobre el Emporio, le contó a Nico las anécdotas más graciosas que pudo recordar; como la vez que intentó usar el horno a presión y terminó quemando la cocina. O la vez que un cliente hizo un escándalo en el restaurante y terminó retando a Percy a una competencia de baile (los sátiros a veces eran rarísimos). Poco a poco, Nico empezó a hacer preguntas también. ¿Podía escribir con su espada? Nunca lo había probado, pero se hizo una nota mental de probarlo más tarde. ¿Si era un semidiós, quién era su padre divino? Percy evadió esa pregunta. Tenía un trato con Poseidón, no debía dejar que nadie supiera de quién era hijo. ¿Cómo era Medusa? ¿Era verdad que tenía cuatrocientos puntos de ataque? Él pensó eso, considerando la influencia de la tía Em en el mundo de las criaturas, le dijo que era probable que tuviera más.

Para cuando Percy terminó su historia sobre cómo se cayó de su tabla de surf aún en la arena, Nico luchaba por no ahogarse con el sándwich mientras reía.

Cuando Nico se terminó el sándwich, Percy sintió que era hora de tocar el tema real.

—Tu hermana está preocupada por ti, ¿sabes? —La sonrisa de Nico desapareció. El niño se cruzó de brazos y ocultó la cabeza.

—No es cierto —dijo—. Ella no me quiere.

El estómago de Percy se retorció al oír eso.

—Eso no es verdad, Nico. Estoy seguro de que tu hermana te ama mucho y que está muy angustiada por ti.

—¡Entonces, ¿por qué me abandona?, ¿eh? ¿Por qué quiere deshacerse de mí? Yo… —Hipó. Estaba llorando de nuevo —Yo jamás le haría eso a ella.

Un nudo se formó en su garganta al oír esas palabras, porque él había dicho lo mismo. A su madre. Cuando tenía casi la edad de Nico y ella acababa de llevarlo a conocer su nuevo internado.

—Bianca no intenta deshacerse de ti. —dijo, recordando la mirada que tenía Bianca cuando estuvo a punto de decirle que sí a Zoë. La misma expresión que vio en su mamá cuando él finalmente aceptó ir a ese colegio. Nico no contestó.

»—¿Sabes? Cuando tenía más o menos tu edad, solía pensar así también. Solía creer que mi mamá intentaba deshacerse de mí. —Nico lo miró ahora. —Ella insistía en enviarme a internados por todo Nueva York. Yo los odiaba. Quería quedarme en casa con ella para siempre. Una vez me encerré en el auto para que no pudiera hacerme entrar al edificio. —Percy rió al recordar eso—, pero Nico, mi mamá no quería deshacerse de mí.

—Entonces ¿qué quería? —preguntó, aún sin creerle.

—Ella quería que yo aprendiera del mundo, que pudiera estar sin ella cerca todo el tiempo. Porque sólo así yo podría ser una mejor persona. —Percy dejó que Nico asimilara sus palabras—. Creo que Bianca quiere eso también, para ella, pero también para ti. Bianca quiere que aprendas que puedes estar lejos de ella, y que eso está bien. Pero ella también quiere saber que puede estar lejos de ti, sin tener que preocuparse todo el tiempo.

Percy pensó en su madre; cuando lloraba en la mesa de la cocina con un montón de facturas alrededor, cuando tenía que soportar al horrible padrastro de Percy, Gabe, que no hacía más que quejarse y convertir su diminuto apartamento en un chiquero, solo para proteger a Percy, cuando la llamaban a altas horas de la noche, porque Percy había hecho algo en la escuela. O cuando se perdía todo un día de trabajo para conducir hasta el otro lado de Manhattan porque Percy fue expulsado de nuevo. Percy imaginó a Bianca en el lugar de su madre, asegurándose que Nico se alimentara bien, corriendo de un lado a otro para mantenerlo a salvo, consiguiendo cromos y figuras para esa colección de Mitomagia con la que Nico estaba tan fascinado. Recordó las lágrimas histéricas que le empaparon la cara cuando Nico salió huyendo. Percy no creía que el niño alguna vez viera esa expresión en su hermana y estaba seguro de que era porque Bianca se había asegurado de eso.

—La familia a veces se distancia, Nico, pero eso no significa que no se amen.

—Pero yo no quiero que se vaya —dijo Nico, con una voz demasiado pequeña—. No quiero quedarme solo.

—No vas a estar solo —le aseguró Percy con tono más ligero. —Estoy seguro que ese campamento es tan bueno como dice Thalia, ahí podrás hacer amigos. Y si no te gusta, siempre serás bienvenido conmigo. —Percy no estaba seguro de qué tan cierto era eso, pero convencería a su madre y a Em si fuera necesario, lo había hecho con Tyson. Y Nico era demasiado lindo para que se negaran—. Además, Bianca siempre querrá visitarte y ambos podrán hablar por mensajería Iris cuando quieran. Ya verás que estarán bien.

Nico se soltó del abrazo, miró fijamente una estatuilla que tenía en el regazo, un hombre con un perro de tres cabezas a los pies: una estatua de Hades. Nico abrazó la figura con fuerza y susurró:

—¿Y ella… será feliz?

Percy lo pensó.

—No lo sé, tal vez deberías preguntarle eso tú mismo. —Percy se puso de pie. Le ofreció a Nico su mano. —Deberíamos volver, ¿de acuerdo?

Nico se quedó observando la mano de Percy, miró por última vez la figura de Hades, antes de aceptarla.

—De acuerdo.

Bianca era egoísta.

Por supuesto que Nico la odiaba, ¿cómo no lo haría? Si cuando Artemisa le ofreció unirse a las cazadoras, Bianca apenas pensó antes de casi aceptar.

Bianca era una mala hermana por no pensar en Nico. Nico era su responsabilidad, su familia. Era lo único que ella tenía.

Bianca era una mala persona por querer separarse de él.

Grover intentó darle un tipo de bebida; néctar, le dijo. Bianca lo apartó de un manotazo. No merecía consuelo, no cuando había querido abandonar a su hermano.

—¿Dónde está mi hermana? —La voz de Nico llegó a sus oídos. El niño sostuvo la mano de Percy mientras lo ayudaba a saltar la brecha que se había abierto en la tierra.

Bianca se apresuró a secarse las lágrimas, Nico no debía verla llorar. Ella lo envolvió entre sus brazos, aliviada. Las manos de Nico se aferraron a su cintura y Bianca lo examinó en busca de heridas.

—Lo siento, Nico. —le dijo como lo tuvo en brazos—. Perdóname, ¿si? No sé qué estaba pensando, pero no iré con las cazadoras. Me quedaré contigo, iremos juntos a ese campamento. No te abandonaré, lo prometo. —Así es. Ella no podía irse, Nico la necesitaba. Él era lo único que importaba.

Nico se le quedó viendo un buen rato. Y luego… Nico comenzó a llorar.

—Nico, ¿me escuchaste? Iré contigo, ¿si? Iré contigo. —repitió, pero eso sólo hizo que él llorara más fuerte. Bianca sintió sus propias lágrimas acumularse en sus ojos.

Nico agitó las cabeza con fuerza y se separó del abrazo de Bianca.

—Bianca, tienes que unirte a las cazadoras. —dijo.

No, ella no tenía que ir con ellas. Bianca tenía que quedarse a cuidar de su hermano. Pero Nico no se detuvo.

—Tenemos que aprender a… estar lejos el uno del otro. —El niño miró a Percy, buscando aprobación. El chico asintió para que continuara. —Bianca… si te unes a las cazadoras, ¿serás feliz?

Eso la dejó sin palabras. Si se unía a las cazadoras, ¿sería feliz? Cuando Artemisa se lo ofreció, Bianca pensó que sí. Se había imaginado a sí misma viajando con ellas, explorando todos los rincones del mundo, viviendo aventuras con una gran familia. Sin tener que preocuparse, sabiendo que Nico estaría bien en el campamento.

—Yo no… —tartamudeó —No estoy segura, Nico. Pero… creo que sí.

Nico se sorbió la nariz.

—Yo quiero que seas feliz. —afirmó. Aunque pareció decirlo más para sí mismo—. Bianca, únete a las cazadoras. No te preocupes por mí, estaré bien.

Bianca no pudo contener sus lágrimas ahora. Nico, su adorado hermanito estaba parado frente a ella, pidiendo que no se preocupara por él. Bianca miró a Percy, que estaba siendo atendido por Grover, su piel había recuperado color y sus cortes habían desaparecido. Él sonrió y le guiñó un ojo.

Bianca se volvió hacia Zoë Belladona.

—¿Aún…aún puedo unirme? —preguntó tímida. Esperaba que su descalibre no las hubiera hecho cambiar de opinión.

—Si mi señora te acepta. —Todos miraron a la diosa Artemisa. Ella estudiaba a Nico con una expresión ilegible. Bianca se preparó para ser rechazada.

—El vínculo entre tú y tu hermano —comenzó la diosa—. Me recuerda al de un par de hermanos que conozco. —Ella se rió. —Tu espíritu es fuerte, Bianca di Angelo, aún eres bienvenida.

Bianca dejó escapar el aire que no supo que estaba conteniendo. Se volvió hacia Nico, todavía había lágrimas en sus ojos, pero sonreía feliz.

—¿Qué tengo que hacer? —le preguntó a Zoë. Ella le dijo que repitiera un juramento y Bianca así lo hizo. Cuando Artemisa lo aceptó, una fuerza extraña inundó por completo su cuerpo. Se sintió bien. Más fuerte.

—Recuerda tu promesa —añadió Artemisa—. Ahora es tu vida.

—Gracias. —fue lo único que dijo antes de correr a abrazar a Nico.

Cuando los brazos de su hermano la encontraron, supo que todo estaría bien. Que ambos estarían bien.

Bianca había decidido bien.

Ver a los hermanos Di Angelo le hizo extrañar a Percy su propio hogar. Ya era hora de volver a Nueva Jersey.

Una de las cazadoras, Phebe, le dio a Percy una mochila con ropa limpia sacada de West Hover. Percy no sabía cómo lograron las cazadoras infiltrarse en el colegio militar, pero imaginó que la niebla ayudó con el asunto. Aceptó unos cuadros de ambrosía de Grover—Percy agradeció que estuviera tan preparado, no sabía cuánto más podría haberse mantenido consciente sin la atención del sátiro—y se dispuso a volver a casa.

O al menos lo intentó. Otra vez, fue retenido. En serio, ¿qué tenía esta gente con no dejar ir a Percy? Thalia le cortó el paso. Percy la miró incómodo, había algo en la chica que lo ponía nervioso, tal vez eran sus ojos, azul como el cielo tormentos o tal vez era lo quieta que estaba, como un árbol. Percy no estaba seguro, pero algo simplemente le gritaba «aléjate».

—Yo ah… —habló la chica, parecía como si hubiera despertado de una ensoñación—. Yo quería agradecerte.

Bien, eso fue inesperado.

—Por lo de Annabeth —añadió—. Ella es como una hermana para mí y la salvaste. Gracias.

Percy miró más allá de Thalia. Annabeth estaba despierta ahora, sostenía su cabeza mientras Grover le daba de comer ambrosía. Se veía aturdida, pero bien. Percy centró su atención en Thalia, que no había dejado de observarlo. Si buscaba algo, Percy no sabía qué.

—No hay problema —Sonrió. —Habrían hecho lo mismo por mí. —Percy dudaba que fuera cierto, pero Thalia asintió en acuerdo.

—Aún así, gracias, Percy Jackson. Si hay algo que…

—Oh, no. No me deben nada. —Percy la cortó ahí, no quería que ella pensara que tenía alguna deuda con él, era muy molesto. —De verdad. Pero ya debo irme, mi mamá debe estar preocupada por mí. —La expresión de Thalia se agrió, Percy no pudo imaginar la razón. La chica le dio un asentimiento rígido con la cabeza y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Percy le dió otra mirada a los di Angelo, Bianca se había cambiado de ropa, ahora vestía como el resto de las cazadoras. Se veía un poco como Zoë, en realidad, salvo por su gorro verde. Percy se lo hizo saber. Zoë lo cuestionó indignada. Bianca sólo se rió.

En ese momento a Percy se le ocurrió una idea. Revisó el bolsillo interior de su abrigo. Sacó una tarjeta y se la dió a Bianca.

—Si alguna vez necesitas un descanso de los mangoneos de Zoë. —Ignoró la mirada asesina de la chica—. Visítame. Preparo un delicioso batido de mango.

—Ella no necesita tu basura, Jackson. —terció Zoë. Percy sintió la necesidad de señalar que ella no pensaba eso de su batido de fresa, pero en lugar de eso se limitó a compartir una mirada cómplice con Bianca.

—Tú también. —Le dio una tarjeta a Nico—. Si alguna vez quieres otro sándwich de pepinillo o lo que sea, búscame en Nueva Jersey, ¿de acuerdo? Muestra la tarjeta o pregunta por Percy Jackson, nadie te molestará.

Nico asintió con vigor, sus ojos brillaban con una promesa. Percy sonrió complacido. Bianca no era la única con un espíritu fuerte, esos campistas tendrían que cuidarse de Nico di Angelo.

Percy se despidió de todo el mundo por última vez. Cuando regresó a las puertas de West Hover, el sol ya había aparecido por el horizonte. Percy maldijo, estaba exhausto, cuando llegara a casa se daría una buena ducha y dormiría hasta la hora de la cena.