Hola de nuevo! Disculpad la espera, pero tuve complicado publicar el último mes.

Gracias de antemano a todxs los que os habéis animado a dejarme una review, me alegra ver que os interesa la historia. Yo encantada de saber vuestra opinión sobre los personajes 😊

Hablamos abajo!

PD: este capi contiene contenido sexual, es suave y dulce, pero leed con responsabilidad.

Un abrazo!

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NANKURUNAISA – PARTE 2

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La tarde en que Kanao y Tanjiro se declararon su amor fue muy serena después de todo. Después de los nervios terribles y la alegría desmesurada, volvieron a tumbarse tranquilos sobre el futón.

No había parado de nevar afuera y como Kanao seguía teniendo fiebre, lo único que pudieron hacer fue estar metidos en la cama, abrazados y hablando sin parar, poniéndose al día. Habló sobre todo Tanjiro, quien le contó básicamente todo lo que le había pasado en los dos últimos años. Y Kanao, quien nunca había sido de muchas palabras, se animó a compartir con él algunas vivencias también, sobre todo de los enfermos que trataba en la finca y de los numerosos conocidos que habían pasado por allí en los últimos meses.

Al caer la noche, Tanjiro preparó medicina para Kanao siguiendo las instrucciones de la chica, que había empeorado un poco. Kanao se había auto diagnosticado un inicio de pulmonía. Por suerte, como la buena curandera en la que se había convertido y sabiendo que partía en pleno invierno hacia la montaña, estaba preparada. Había traído consigo un bolso lleno de hierbajos, ungüentos y medicamentos varios.

Tanjiro prendió el fuego y bajo tutela de la chica preparó lo que ella denominó como un antiséptico y antiinflamatorio milagroso para catarros. Y él confió en que así fuera.

Durmieron abrazados en el mismo futón, sin sentirse culpables por primera vez en días. Tal vez ser conscientes que se habían promedio amor eterno ayudaba a lidiar con la falta de decoro o moralidad de la situación en sí misma. Aunque en fin, la mayor parte de las veces, la moralidad solo afecta a las clases altas que tienen una reputación que mantener. Por suerte ellos no eran nadie y habían perdido a tantos seres queridos que el cariño no iban a medirlo.

Repitieron aquella misma dinámica varios días más hasta que el temporal amainó y finalmente Kanao venció a la fiebre y pudo salir de la cama. Para aquel entonces Tanjiro se había vuelto muy habilidoso con las hierbas y Kanao había aprendido a hacer té y hervir arroz. Un logro en su carrera doméstica.

Lo cierto es que Tanjiro cocinaba fatal. Todo excepto el pescado asado, era lo único que se le daba de maravilla. Todo lo que sabía lo había aprendido de su hermana, pero ni con todo el esfuerzo que ésta había puesto en enseñarle, su hermano había tomado maña en la cocina. El té se le pasaba y el arroz se le quedaba duro y soso. No obstante, Kanao sabía menos que él, así que todo lo encontraba riquísimo. Y Tanjiro, que tenía un gran olfato pero no muy buen gusto, encontraba —como buen enamorado— buenísimo todo lo que hacía Kanao.

—Creo que se me ha quemado un poco el arroz…—se angustió ella el primer día que quiso probar lo que Tanjiro le había enseñado.

—No te preocupes, crujiente también está rico, le da mucho sabor.

Después de casi cuatro días, el temporal remitió y abrieron la puerta de casa. Había nevado muchísimo, tanto que la nieve entró en casa como una pequeña avalancha. Había nevado una barbaridad, como hacía inviernos que no nevaba. El paisaje afuera era tan devastador y desolador como perfectamente hermoso. Kanao no podía verlo con claridad, pero la luz de la nieve y la silueta de los árboles fue suficiente para comprender el vasto paraje donde se encontraban. Tanjiro le pidió que se quedara en la cama, pero Kanao estaba harta de no hacer nada.

—Se supone que ahora debo cuidarte—intentó explicarse Tanjiro, que tampoco tenía demasiadas referencias de parejas más allá de su padre enfermo y su madre complaciente y triste—. Es mejor que no salgas, yo me encargo de la nieve.

—Prefiero ayudarte, me vendrá bien moverme un poco y sudar.

Y como no tuvo nada que reprochar ante eso, ambos se pusieron a apartar la nieve de la entrada para rehacer un pequeño camino y poder acceder al exterior de la casa. Les llevó toda la mañana y toda la tarde despejar la nieve, pero moverse después de casi una semana encerrados les sentó de maravilla. Tanto, que la sopa de tres ingredientes de Tanjiro les supo cómo el mejor de los manjares.

—¡Qué buena la sopa! ¿Qué le has echado? —preguntó Kanao.

—Nieve, algas y miso.

—¡Está muy bueno!

La sopa, para cualquier paladar de ser humano, sabía a rayos. No obstante, les supo a gloria.

—Mañana puedo intentar cazar algo en el bosque. ¡Puedo hacer sopa de conejo!

—Te acompaño si quieres.

—¡Claro! —alegó Tanjiro feliz.

Y ver a Kanao tan sonriente, le hizo pensar que nada más necesitaba para ser feliz.

Y eso es lo que fueron, sumamente felices en las catorce semanas que estuvieron encerrados en esa cabaña atrapados por el temporal. Los días que hacía bueno, se levantaban temprano, recolectaban hierbas del bosque y si había suerte, cazaban algo. Los días malos, se conformaban con meterse juntos en la cama a hablar de todo y de nada. Ese tipo de días, Kanao solía instruir a Tanjiro en la caligrafía, historia, geografía, anatomía y todo lo que sabía de medicina. Quería compartir con él todo el legado que le habían dado sus hermanas. Escribieron también algunas cartas para Nezuko y Aoi, esperando al buen tiempo para enviar un cuervo y decirles que ambos estaban bien.

Tanjiro también quiso compartir con ella la memoria de su familia, así que después de muchísimos años de silencio y dolor, volvió a hablar abiertamente de su familia, de su madre, de su padre, de todos sus hermanos…

—Mi madre siempre tomaba agua hervida por la mañana, decía que calentaba el alma y alejaba a los malos espíritus—le contó una vez o—: a mi hermana la pequeña le encantaba los atardeceres, pero a mi hermano Rokuta le daban miedo porque decía que parecía que se quemaba el bosque. Le tenía muchísimo miedo al fuego, nunca se ponía muy cerca.

Una mañana después de la tercera semana de encierro, el sol brilló con tanta fuerza que Tanjiro decidió volver a practicar la danza del dios del fuego. Su cuerpo ya no era el que fue y las secuelas permanentes que tenía le hacían difícil recrear los movimientos complicados. De hecho, tenía que atarse con una cuerda la mano enferma a la empuñadura para que no se le cayera. No obstante, si su padre era capaz de bailarla incluso moribundo, él no podía rendirse.

Aquella mañana se había levantado casi antes que el sol y había dejado a Kanao durmiendo plácidamente. Sin embargo, cuando terminó la danza, se la encontró sentada en la puerta de casa, observándole. Con su escasa visión apenas podía verle, pero sin duda su entrenamiento de guerrera le había hecho reconocer los pasos de esa danza.

—Es la danza del dios del fuego—explicó Tanjiro cuando se acercó sudado hacia ella—. Es el legado de mi padre. Siempre la bailaba cada invierno.

—Es hermosa—le sonrió Kanao—. Como tu técnica. Y muy poderosa.

—Lo es. Se supone que se transmite solo de padres a hijos, pero puedo enseñártela—dictaminó él—. Después de todo ahora somos familia. Soy el único que la conoce, me daría miedo que se perdiera si me pasara algo.

—Sería un honor—aceptó Kanao—, pero tranquilo, estoy segura que podrás trasmitirla tú mismo.

Tanjiro se acercó a ella, la besó en la frente y luego empezó a olfatear.

—¡Qué bien huele!

—He hecho el desayuno—anunció Kanao.

Y entonces Tanjiro le dio un beso en los labios y entró con ella dentro.

Aquel no era el primer gesto de intimidad que compartían en la última semana, pero sí de los primeros más normalizados para ambos.

Como dos personas que han vivido el horror siendo apenas unos niños, no tenían muchas nociones básicas del cariño que se profesa la gente normal. No obstante, ese cariño es algo tan antiguo y primitivo como la vida misma. Y no les costó demasiado alcanzarlo, después de superar obviamente la vergüenza.

Lo único bueno de haber vivido la muerte de cerca, es que aquella vergüenza no era más fuerte que la certeza de que el tiempo es limitado y que si ellos estaban vivos, era para vivir.

Su primer beso se lo habían dado en el bosque hace varios días atrás en sus primeras escapadas después de que amainara el temporal. Había sido una tarde muy fría, cercana al atardecer. Estaban paseando cerca del río, después de pescar unos peces cuando escucharon unos bramidos. Se acercaron cautos hacia el sonido hasta vislumbrar la escena de una cierva dando a luz en el claro del bosque.

Estaban tan lejos, que Kanao no pudo verlo así que Tanjiro le susurró muy bajito la escena, para no asustar a la cierva.

—Acaba de dar a luz a un cervatillo—dijo con los labios pegados a su oído, haciendo eco con sus manos, hablando muy bajito, como cuando los niños cuentan secretos—. Es muy pequeñito, pero parece que ya se quiere poner de pie con las patas de atrás. Su madre intenta ayudarlo, parece muy contenta.

A Kanao se le escapó una lagrimita. Se giró para imitar a Tanjiro y susurrar a su oído. Él se acercó, expectante.

—Gracias, nunca había visto nada tan bonito—expresó emocionada la ciega.

—Y yo nunca he tenido nada tan bonito como tú—le dijo algo tímido, pero sin dudas, desde el corazón.

Porque así era.

Ella se sonrojó y sin más le dio un beso fugaz en la mejilla, cerca de la comisura de los labios.

Tanjiro se quedó paralizado, porque no se lo esperaba. No obstante, le calentó el corazón y le armó de un valor que llevaba días guardándose. Con cuidado, con esa cercanía y complicidad, la tomó suave de las mejillas y la acercó hacia sí para besarla en cuanto ella sonrió, recortando aquel espacio casi inexistente entre ellos. Fue un beso muy cortito. Que fue seguido de otro beso aún más cortito que dio paso a un tercer beso prolongado. Uno donde sus labios y sus narices estaban heladas y sus alientos cálidos.

Sus sonrisas se choraron, muy avergonzados.

Luego se fueron de allí, tomados de las manos sin hacer ruido para no molestar a aquella hembra y su cría. Sin embargo, algo se había despertado en ellos. Algo que no conocían pero que les calentaba en el estómago y el corazón después de tanto frío.

Con las mejillas encendidas y la risa de dos niños que han hecho una trastada, se estuvieron besando de forma fugaz y cada vez más acalorada entre los árboles. Experimentando como dos principiantes cómo era la rugosidad de unos labios contra otros, de la saliva en boca ajena, del cálido aliento que impregna la piel. La piel que de repente es cálida, suave, húmeda y magnética. Donde los sentidos desaparecen y en el universo no hay nada más que otro cuerpo bailando en sintonía. Eso y otros mayores enseres que no dejan de estar al servicio de lo mundano, de dos jóvenes que se ríen contra la sonrisa del otro, que se abrazan, que pegan sus cuerpos para sentir el vaho bajo sus ropas; que acaban de descubrir cómo la lengua puede moverse en boca ajena para degustar al otro.

Entraron por el gallinero, donde los Kamado tenían una especie de nevera hecha de barro y nieve y tras dejar los peces en ella, se fueron directos al interior de la casa a seguir besándose. A seguir experimentando aquel contacto tan raro y casi animal, sin una lógica más allá del instinto. En un principio la idea de mezclar sus bocas podría haber sido algo grotesco pero de repente se había vuelto adictivo y urgente. Perfecto y hermoso. Necesitado. Muy necesitado, como respirar.

Eso había sido lo más complicado, no solo compenetrarse con el otro para no tropezar con la nariz y los dientes ajenos, sino aprender a respirar en esa danza primitiva, en esa colisión corporal, en ese banquete apresurado y sofocante donde el corazón late tan rápido que falta el aire.

Y eso que ambos tenían experiencia en lo que a 'respiraciones' se trataba.

Solo pararon cuando la cosa se les subió de tono y Tanjiro se asustó de no poder esconder la erección que tenía entre las piernas. Esa que tenía la imperiosa necesidad de apretar contra el cálido cuerpo de ella. Últimamente no se sentía orgulloso, pero siempre le pasaba cuando dormía con Kanao o estaba tumbado cerca de ella. Y ya besándola la cosa no pintaba mejor.

¿Pero qué otra cosa podía hacer?

La chica se pegaba a él por las noches buscando calor y él se sentía terrible por tener aquella reacción. Moralmente le habían dicho que estaba mal desde que era niño y claramente ahora que era adulto y sabía para lo que se usaba eso, todavía más. No obstante, no podía evitarlo y menos con su nariz enterrada en el níveo cuello de Kanao y su cuerpo enredado al suyo. Ella olía tan sumamente bien…

Por eso cada mañana se levantaba al alba y salía de la cama antes de volverse un depredador y que ella pudiera notarlo. Intentaba distraerse con cualquier cosa, darle un poco de tregua a su cuerpo. Bailar la danza del dios del fuego, para aplacar sus ansias. Sin embargo, hubo un punto en que aceptó que tenía que calmarse o se volvería loco y eso hizo. Eso hacía las veces que desaparecía misteriosamente. No tenía muy claro si a ella le pasaba algo parecido hasta aquel día que se besaron. Ese día tuvo la certeza de que no era el único de los dos que sentía aquella perturbadora atracción física. Aquella fuerza centrífuga que tiraba de él con ganas de arrancarle la ropa y dejarlo desnudo y pequeño bajo el yugo de aquel cuerpo ajeno con quien quería apretarse hasta ser uno.

Su idea sobre el sexo era muy vaga y confusa. Sabía lo básico. Que se hacía entre dos y siempre en la intimidad y a oscuras, donde nadie te ve. Ahí se juntaban los genitales y se hacían los bebés. Al menos esa era la explicación de Inosuke. La de Zenitsu era igual pero más obscena. Tanjiro se esforzaba de hecho mucho en no pensarla porque luego recordaba que ese tío estaba casado con su hermana. Ugg.

En conclusión: que no tenía ni idea de lo que tenía que hacer, solo que su cuerpo demandaba que hiciera algo.

Y dudaba que Kanao, después de haber sufrido un abuso de niña y vivir en el hermetismo, tuviera muy claro qué hacer tampoco.

Quizás cuando llegara la primavera y se casaran en la finca de las mariposas, podría tener esa conversación con alguien experimentado.

Mientras tanto, ambos se limitaban a compartir besos esporádicos, apasionados, cariñosos… y caricias tiernas, por encima de la ropa, en la cara, a veces bajo el Yukata… Y dormían abrazados, muy abrazos, extremadamente abrazados, tanto que podía llegar a ser muy sofocante. Asfixiante. Tanto como para que el corazón se precipitara al vacío y su único anclaje a la tierra fuera el cuerpo del otro.

Durante aquellos días tranquilos, también se sorprendieron de lo extrañamente fácil que era la presencia del otro, la calma que les inspiraba contemplarse, escucharse y quedarse en silencio.

Así contemplaba Tanjiro cada mañana a Kanao, mientras la chica aprendía y practicaba la danza del Dios del fuego, calentaba el té, comía, remolcaba nieve, escribía o se reía con la torpeza de quien no está muy acostumbrado a ser feliz. Era hipnótico y tremendamente placentero.

Una noche cuando se disponían a apagar las velas después de cenar para irse a dormir, un ruido los asustó de sobremanera. Se trataba de la puerta y de alguien llamando tras ella. Como dos guerreros autómatas, agarraron los cuchillos de cocina, alertas, hasta que oyeron la voz de un hombre al otro lado.

—¿Kamado-san? —dijo al otro lado la voz.

—Es… Kabukicho… —pensó en voz alta Tanjiro, claramente extrañado.

Era el cabrero, quien vivía con su familia incluso más alto que Tanjiro en aquella montaña. Le abrió de inmediato y se encontró con un hombre terriblemente desesperado y suplicante.

—Es mi hijo el mayor… —anunció.

Al parecer su hijo había caído gravemente enfermo y había bajado buscando la ayuda de alguno de los Kamado, por si ellos tenían algún remedio para su mal. Bajar al pueblo era inviable y ellos eran su última opción. Realmente se había jugado la vida bajando por aquella montaña prácticamente a oscuras y a su edad, sin saber siquiera si los Kamado se habían quedado allí arriba para pasar el invierno.

—¿Qué le pasa? —preguntó amable Tanjiro.

—Lleva desde esta mañana ardiendo en fiebre y con grandes dolores de tripa. Creemos que se ha intoxicado con algo, pero todos hemos comido lo mismo. ¿Tienes algo vecino para el mal de estómago?

Tanjiro le invitó a pasar junto al fuego y rápidamente se puso a pensar, sin saber muy bien qué decirle hasta que oyó la firme voz de Kanao.

—¿Qué lado del estómago le duele?

El hombre tardó un rato en salir de su estupefacción. Sin duda, lo último que esperaba encontrar junto a su vecino el carbonero era una mujer. Y menos una como aquella, tan bella como una emperatriz, con el cabello tan largo como una bruja, la delicadeza de una muñeca y la energía peligrosa de un monstruo depredador. Como si pudiera ser una diosa y un Yokai al mismo tiempo.

Y claramente no se trataba de la dulce Nezuko. Era una mujer de otras tierras, una que parecía un fantasma de mirada vacía. Hubiera dicho que quizás se trataba de una mujer de compañía si no fuera por la seguridad con la que alzó la voz.

—¿Dónde le duele, Kabukicho? —repitió la pregunta Tanjiro al ver a su vecino pasmado mirando a Kanao.

Como si hubiera visto un espectro.

—Co… como aquí —se señaló el hombre intentando reaccionar.

—¿Queda muy lejos su casa, señor? Quizás podemos ayudaros —respondió Kanao sin perder la calma.

El hombre seguía mirándola estupefacto, asustado y casi molesto. ¿Tal vez le había hablado demasiado directo? Kanao miró a Tanjiro en esa penumbra, buscando una respuesta.

Posiblemente no era muy femenino ni socialmente correcto hablarle tan directamente a un hombre que no conocía. No obstante, esas reglas siempre le habían sido ajenas y confusas, así que buscó en Tanjiro una respuesta a su comportamiento. Una que no llegó. Él la miró amable y despreocupado, así que entendió que él tampoco las comprendía o que sinceramente le daban igual.

Mejor así.

—Esta es mi prometida, Kabukicho—la presentó el chico, al notar la intranquilidad de su vecino, quien posiblemente jamás había tratado tan directamente con ninguna mujer que no fuera su esposa—. Es médico, quizás pueda ayudar a tu hijo.

—¿Médico?

Aquel pobre campesino del campo jamás había oído hablar de mujeres que pudieran ser médico. Y mucho menos jamás hubiera dicho que aquella mujer espectral y bellísima pudiera serlo. No obstante, estaba tan desesperado que ni se lo pensó.

Se abrigaron deprisa y con una pequeña linterna de aceite emprendieron el camino arriba en plena noche hacia la casa del cabrero.

Allí los recibió su mujer silenciosa y sus seis hijos deshechos en lágrimas. El mayor yacía al fondo de la estancia, en la única cama que había, con la sombra de la muerte sobre él.

—Gracias por venir Tanjiro, hijo—lo saludó cauta la mujer, quien prácticamente lo había visto nacer—. Cada día te pareces más a tu padre.

Nezuko y su hijo mayor tenían la misma edad. De pequeños solían jugar juntos en la montaña. Era aterrador ver a alguien tan joven consumido por la muerte inminente.

—Gracias a usted señora por el cobijo, venimos a intentar ayudar—respondió cortés y luego presentó a Kanao, quien con el pelo recogido y ropas de calle no tenía el aspecto espectral y amenazante que había presenciado su marido—. Ella es Kanao Tsuyuri, mi prometida. Es médico, viene a intentar ayudar a su hijo.

Kanao inspeccionó al chico y no tardó en dictaminar que lo que padecía era la enfermedad del costado.

—Es una enfermedad mortal si no se interviene, pero es peligroso —explicó.

Aquella noticia terminó de destruir a la familia. De hecho el cabrero objetó que podía ser una intoxicación y que no iban a destripar a su hijo moribundo. Que eso solo lo harían los monstruos.

Los monstruos.

Kanao acató silenciosa y sin más preparó un té de hierbas para bajarle la fiebre y remitir su dolor. Poco más podía hacer. El resto de la familia, nublados por la pena, bebieron sake por su alma mientras rezaban a los espíritus de la montaña.

—¿Y si de verdad es una intoxicación? —le preguntó Tanjiro muy bajito a su prometida.

Kanao negó con la cabeza, silenciosa.

—Ojalá lo fuera…

Solo horas más tarde, la madre se acercó y le pidió que lo hiciera.

—Ábrelo—dijo—. Si es cierto que hay una posibilidad de salvarle la vida a mi hijo, hazlo. Te lo ruego.

Kanao solo había visto a sus hermanas hacer algo como aquello pero su propia experiencia y el dolor de aquella familia la hizo tomar el cuchillo sin temblar. Tal vez sí que era un poco monstruo.

—Necesito que seas mis ojos, Tanjiro… y que lo sujetes.

—No me separaré de ti ni un segundo.

Antes del amanecer, Kanao había abierto el abdomen de aquel joven como un carnicero, le había retirado el apéndice y lo había cosido de nuevo.

Había sido un espectáculo terrible, grotesco, macabro y lleno de sangre. Una que hizo vomitar a varios miembros de la familia, una que les era terriblemente familiar e indiferente a Tanjiro y Kanao. Ninguno dijo prácticamente nada durante lo que llevó ese proceso y al llegar la mañana se abrazaron con la emoción de que aquel chico había sobrevivido a la intervención.

Desayunaron todos en silencio, en la quietud de la nieve en el tejado y la calma después de los gritos. Al menos Kanao y Tanjiro, porque el resto no tenía apetito después de tanta sangre. Ellos llevaban días desayunando agua y arroz, así que con las tripas vacías les pareció poco educado rechazar la hospitalidad.

Sin duda el cabrero ya no tenía dudas de que aquella mujer era un espectro asesino que había hechizado a su vecino y sin embargo no pudo soltar palabra. Nadie lo hizo, no hasta que horas más tarde, bien entrada la mañana, la fiebre del primogénito empezó a remitir.

Fue el único momento en que la mayoría se permitió descansar y bajar la guardia un rato.

—Es un milagro —rompió en llanto por primera vez la madre, tomando las manos de Kanao—. Le has salvado la vida. Es un milagro. Es un milagro.

Siguió repitiendo eso varias veces más mientras cambiaban las sábanas y traían más trapos para seguir bajando la fiebre. Kanao siguió preparando varios ungüentos y consiguió entablar una tímida conversación con la mujer donde le decía que su hijo mejoraría, que ella rezaría por él a sus hermanas.

A mediodía, dejaron dormir un poco a Kanao, que estaba agotada por la intervención, la noche en vela y la adrenalina. Tanjiro se encontraba en un estado parecido, pero prefirió el aire fresco de la montaña, así que salió a acompañar al cabeza de familia a sacar las cabras.

—Esta mujer tuya… ¿de dónde la has sacado muchacho? —preguntó el cabrero sin mala fe, todavía con el presentimiento de que era muy extraña y perturbadora.

—Nos conocimos hace tiempo, cuando estuve trabajando fuera en la ciudad—falseó la realidad, haciendo coincidir el relato con el que siempre contaban.

—Ah… entiendo —asintió el hombre —. ¿Cuidó de tu hermana cuando estaba enferma?

—Así es. Es muy buen médico—Tanjiro sonrió. No era mentira en realidad—. También de mí alguna vez.

Aquello hizo sonreír al hombre.

—Es algo extraña, discúlpame que te lo diga— añadió.

—En absoluto—negó Tanjiro—. Kanao es una chica muy normal, solo algo tímida.

El cabrero lo miró y vio a un hombre tan enamorado que se calló sus malos presentimientos atraídos por la ignorancia.

—Tiene nervios de acero, como tu madre—dijo entonces, silbando para reunir a las cabras—. Le hubiera dado su bendición. Una pena que esté ciega porque es muy guapa. Al menos parece sana, te dará hijos. Te felicito por tu compromiso, se nota que es de buena familia. Mucha riqueza tuviste que hacer en la ciudad para comprometerte con una mujer estudiada.

Sí, era bien sabido que las mujeres de buena familia costaban más dinero. La tradición de entrega de padres a esposos así lo estipulaba. No obstante, los tiempos estaban cambiando y además tanto Kanao como Tanjiro eran huérfanos, libres de amarse sin condiciones absurdas de por medio. Libres y dueños de sí mismos. Tanto como para entregarse el uno al otro sin que nadie tuviera que decidir por ellos. O por lo menos, dar permiso.

No obstante, no era algo que fuera a discutir con su vecino. Tanjiro, por suerte o desgracia, había viajado mucho, pero conocía bien la mentalidad de aquella montaña y sus gentes.

—Kanao es la mujer más asombrosa que conozco—sentenció—. Yo también estoy muy agradecido de que me haya escogido.

El cabrero asintió.

—¡Cómo sois los jóvenes de enamoradizos! —voceó— Ahora tú solo enfócate en no dejarla preñada antes de la boda o te matará su familia, que yo no sé a quién se le ha ocurrido dejaros solos en la montaña.

La cara le ardió al oírle y solo pudo gritar un:

—¡Señor, sí señor!

Claramente su vecino no era una opción para su conversación sobre cómo estar con una mujer.

Solo al caer la tarde y con el pronóstico favorable de que la fiebre seguía remitiendo, Tanjiro y Kanao se despidieron.

—Nos vamos a casa a descansar, pero mañana mismo volveremos por la mañana.

—Que los dioses de la montaña os bendigan—los despidieron con queso y leche, la mayor riqueza que tenía esa familia.

El camino cuesta abajo se les hizo algo duro por el cansancio acumulado y por el frío interiorizado de las noches que se pasan en casa ajena. Solo al llegar a la cabaña, encontraron un poco de calor en el cuerpo.

Kanao había estado especialmente silenciosa durante todo el camino de regreso, por lo que Tanjiro le ofreció prepararle un baño caliente. Recogió nieve, llenó el barreño y lo calentó al fuego en la zona que destinaban al baño.

Solo cuando fue a buscarla y la vio sentada junto al fuego pudo ver que le pasaba algo.

—¿Estás bien? —la abrazó por la espalda.

Ella le devolvió el agarre con fuerza. No contestó.

Tanjiro la besó detrás de la oreja, aceptando el silencio. Siempre aceptaba sus silencios. Luego ella se puso de pie y la ayudó a quitarse el yukata manchado de sangre seca. Sus ropas también se habían manchado de sangre. De hecho ambos tenían sangre seca todavía en la piel, como si en vez de una cirugía precaria hubiesen ido a realizar una matanza.

Tal vez eso es lo que le pasaba. Que ambos olían a sangre, como en los viejos tiempos.

—¿Me ayudas a desnudarme? —pidió.

Y Tanjiro obedeció como un bendito. Cuando ya estaba en ropa interior, decidió dejarla sola hasta que Kanao interrumpió su huida.

—Tanjiro—dijo mirando en su dirección, con la cabaña prácticamente a oscuras—. ¿Te quedas conmigo?

Él tardó en comprender.

—¿En el baño?

Ella asintió.

—¿No prefieres que te deje sola?

Ella negó, el rostro inmóvil y los ojos llenos de angustia.

—También puedes bañarte conmigo si quieres—dijo entonces, dándole una razón para no dejarla sola.

Murieron varias neuronas de la cabeza de Tanjiro al oír eso, pero antes de contestar empezó a quitarse la ropa. Sin prisa ni desesperación, pero sin dudas. Cuando quedó también en ropa interior, se acercó a ella, la tomó de la cintura y la aupó para entrar al barreño. Luego se metió él, algo indeciso.

—Uy—soltó en un amago de sonrisa la chica, por primera vez en toda la tarde.

El agua se había desbordado bastante al entrar el chico.

—No había calculado agua para dos—señaló Tanjiro nervioso.

Tampoco el barreño era para dos, lo cual los hacía estar muy juntos y apretados en ese cubilete. Tanto como para que pese a la oscuridad, Tanjiro pudiera observar la velación de la ropa interior de Kanao. Así mojada se le veía como una segunda piel. O peor, se le veía la primera.

La había visto desnuda días atrás cuando la salvó de la nieve pero de esa manera ni de forma tan explícita. Y eso que sabía cómo era el cuerpo de las mujeres. Había visto un millón de veces a su hermana desnuda, pero nunca su cuerpo le había provocado lo que un simple vistazo al de Kanao le provocó.

Se agachó bastante, hundiéndose en el agua hasta las orejas. Estaba TAN avergonzado. ¿Él también de veía tan desnudo? Intentó taparse un poco. Al menos la tranquilidad de Kanao lo ayudó a lidiar con sus pulsaciones.

—¿Estás bien? —le preguntó la chica.

Él asintió un poco incómodo.

—¿Y tú?

Ella tomó aire y negó.

—Ha sido un día muy duro… ¿no? —casi adivinó el chico.

Ella asintió, jugando con el agua en el estrecho espacio de ellos dos. Se abrazó las rodillas.

—¿Por qué estás nervioso? —preguntó entonces la chica, saliendo de su trance.

Llevaban conviviendo casi cuatro semanas, y era la primera vez que lo veía tan inquieto.

Tanjiro se sintió arder.

—¿Te sientes raro por bañarnos juntos? —adivinó ella entre el hilo de vapor que salía del agua, opacado por el frío helado que hacía fuera—. Si es porque estás desnudo no te preocupes , yo apenas puedo verte.

Eso no le quitó los nervios, pero lo ayudó a tranquilizarse.

—Yo sí puedo verte a ti—respondió para explicarse.

Ella sonrió con la mirada algo triste.

—A mí no me importa que me veas— respondió con calma—, dijiste que ahora somos familia.

Eso era verdad. Y aquello consiguió darle algo de tregua a su ansiedad. Kanao se veía muy triste.

—Claro que lo somos—le acarició la cara Tanjiro, limpiando algunos restos de sangre que la chica tenía en la barbilla y cerca del lóbulo de la oreja. Llevaba mucho sin ver a Kanao así—. Ven, te ayudo a lavarte el pelo.

Sin decir mucho más, la chica se volteó y Tanjiro le lavó el pelo como solía hacer con su hermana cuando estaba endemoniada. De paso también le enjabonó la espalda y los brazos, como la mañana que la encontró en la nieve. Llegados a este punto, Kanao se quitó el camisón interior y la sacó del barreño haciendo un ruido sordo de cascada.

Estaba luchando consigo misma y Tanjiro lo sabía. El problema es que él no sabía que decirle. Qué bonita era su piel pálida y opaca de la espalda. Y qué grotescas era las cicatrices ahí dónde el metal le había separado la piel.

—Tienes un pelo muy bonito…—lo enjuagó el chico— nunca te lo había visto tan largo.

Ella tardó un largo rato en responder.

—Llevo tres años sin cortarlo… —dijo echándoselo a un lado, dejando su espalda al descubierto.

—¿Y eso?

Se encogió de hombros.

—Shinobu decía que a los hombres les gustan las mujeres con el pelo largo. No quería cortármelo hasta volver a verte.

Aquello sacó una sonrisa a Tanjiro.

—¿En serio? Si ella lo llevaba corto.

—¿Te parece una tontería?

—¡Claro que no! Igualmente creo que tú te ves bien de cualquier manera.

Kanao hizo un amago de sonrisa y lo miró tras su hombro.

—¿Quieres que yo te haga lo mismo? —preguntó entonces tímida.

Tanjiro tardó en comprender, pero luego asintió con una sonrisa.

Lo cierto es que aunque el cuerpo de la chica estuviera allí, Kanao no estaba. Estaba en ese lugar donde no dejaba entrar a nadie. No obstante, Tanjiro pudo notar su esfuerzo. Porque aunque no estaba allí, quería estar ahí con él. Por raro que pudiera ser.

Se dejó hacer, girándose y hundiéndose en el agua.

Fue extraño cuando sintió los delgados dedos de Kanao lavándole el pelo. Tal vez era la primera vez en su vida en que de repente se sintió cuidado por alguien y no el cuidador.

Kanao había tenido una vida dura, pero la vida que le había tocado a Tanjiro tampoco había sido fácil.

Él había sido el hermano mayor. Y no solo eso, sino también el cabeza de familia con apenas diez años, cuando su padre enfermó y su madre ya tenía 4 hijos y uno en camino. Había cuidado de todos y cada uno de sus hermanos. Y de su madre. Y de su padre hasta su muerte. Y luego de Nezuko. Y de Zenitsu e Inosuke. Y de todas y cada una las personas que se encontrara en su camino. Como una misión inconmensurable, como una maldición inabarcable.

Se sentía tan bien ser cuidado al menos por una vez… El calor en la cama, las conversaciones tranquilas, la sonrisa cómplice, la comida hecha, la ayuda en las tareas más duras, la compañía silenciosa, los abrazos… que alguien le lavara el pelo y la espalda.

No fue consciente de que estaba llorando hasta que Kanao lo abrazó por la espalda y lo besó en la mejilla. Él se aferró a sus brazos como a un bote salvavidas.

—¿Estás bien? —le preguntó la chica—. ¿Tan mal lo estaba haciendo? Lo siento.

Aquello lo hizo reír y limpiarse la cara.

—No, lo siento yo, no lloraba por eso—se disculpó—. Lo estabas haciendo muy bien, me estaba gustando mucho. De verdad.

Kanao lo abrazó con más fuerza, también con las piernas en aquella postura apretada.

Sin decir nada más, siguió lavándole el pelo a Tanjiro con todo el cariño y el esfuerzo que se le podía poner a una tarea como aquella. También le frotó los brazos y masajeó un poco sus hombros. Estaban tensos. Tanjiro era por lo general una persona muy tranquila pero nunca se relajaba.

Cuando terminó, le dio un beso en el cuello y lo abrazó.

—Ya no tengo frío —susurró entonces la chica, resumiendo las cosas que nunca decía.

—Yo tampoco —concordó él, para luego añadir—: Ha sido increíble lo que has hecho hoy. Le has salvado la vida a ese chico.

—Le hemos salvado la vida los dos—rectificó—. Sin tu ayuda no habría podido hacerlo.

Siempre era así de humilde, le costaba mucho reconocer su valía.

—Tanjiro… —lo llamó entonces, con las palabras ahogadas en los labios, arropadas por el vapor de esa pequeña habitación.

Él alzó la mirada y se giró un poco para mirarla detenidamente por encima del hombro. Sin más leyó entre líneas.

—No somos monstruo—sentención. Él tampoco había olvidado esa palabra en los labios de su vecino—. Yo también he tenido miedo al volver a mirar a la muerte.

Eso es lo que le pasaba. Él también lo había sentido. La muerte. Cercana y perenne, incorruptible y sin distinciones. La igualadora de todos los seres.

Ella tragó antes de hablar, jugando con el agua mientras la derramaba con cuidado sobre los hombros de Tanjiro.

—Yo nunca la he temido—confesó Kanao—. Siempre pensé que no sería tan mala, que lo peor ya lo he vivido.

Aquello le erizó el vello a Tanjiro.

—Sin embargo, me quitó lo que más quería. Me da miedo que vuelva a pasar…

Tanjiro hubiera querido decirle que eso no iba a pasar, pero luego se miró la mano seca y muerta de su bajada a los infiernos y recordó que claramente él no era inmortal. Que no podía prometer cosas que no pudiera cumplir.

—Yo siempre voy a estar contigo, Kanao—sentenció entonces—. Incluso si mi cuerpo ya no habitara nunca más este lugar, mi alma siempre estará contigo. Y si al final fuera verdad que existen otras vidas… te prometo que te buscaré en todas ellas.

Kanao no contestó, simplemente lo abrazó con más fuerza y Tanjiro se dejó abrazar, envolviendo con sus brazos los brazos de ella.

—Me da… mucho miedo estar sola… —reveló entonces —. He estado toda la vida sola, rodeada de gente pero sola…

Tanjiro meditó aquello.

—¿Sigues sintiéndote sola?

Ella negó.

—Ahora ya no… pero a veces lo pienso. Y me aterra. Me aterra la idea de perderte, de que algún día no estés. Lo pensaba cada mañana en la finca. Todos los días desde que dejamos de vernos. Es lo único que pensaba cuando caminaba montaña arriba para buscarte.

Tanjiro se giró en el barreño y la abrazó con todas sus fuerzas. Luego sin más, la tomó de los hombros con decisión.

—Casémonos ahora—propuso.

Kanao lo miró sin comprender, con una extraña emoción brotándole por la piel.

—¿Cómo?

—Que no esperemos al futuro o a mañana. Hoy estamos aquí los dos, estamos vivos y eso no puede quitárnoslo nadie. Casémonos ahora y unamos nuestras almas.

—¿Eso se puede?

Tanjiro lo meditó detenidamente.

—Yo creo que sí… —se llevó la mano al mentón —. Nos casará el Dios de la montaña, como a Nezuko y Zenitsu.

—¿Y no debe haber testigos? —preguntó Kanao, que tampoco había presenciado muchas bodas.

—¡Nuestros espíritus lo serán! Ellos siempre están con nosotros. ¿No?

Sin mucho más preámbulo, salieron del agua, se secaron el uno al otro y con emoción emprendieron aquella locura. Tanjiro sacó de un baúl los trajes de boda de su hermana y Zenitsu y los desempolvó. Negro para él, blanco para Kanao. Zenitsu era más bajito, pero también más ancho así que el traje no le quedaba demasiado desajustado. A Kanao sin embargo le estaba como un guante.

—No sé si está bien que vaya de blanco…

El blanco era el color de las vírgenes, de las doncellas, de las mujeres puras que no han pasado su vida dedicadas a decapitar demonios.

—El blanco te queda genial—fue lo único que dijo Tanjiro —. Toma—le ofreció también un precioso obi de flores lilas para el Kimono—. Era de mi madre.

Había en esa frase una profunda melancolía mientras recorría la tela con los dedos. Luego clavó sus ojos en ella, feliz.

—Ahora es tuyo, Kanao.

Ella asintió, emocionada. Era bellísimo. El regalo más bonito que nunca le habían hecho. Se ató con mimo aquella prenda alrededor de la cintura. Le sentaba muy bien también.

—¡Se supone que no debemos vernos! —recordó entonces el chico.

—¡Cierto!

Tanjiro fue a vestirse a la habitación contigua, junto al baño y dejó a Kanao arreglarse en el salón/dormitorio/cocina. Lo cierto es que la casa era muy pequeña. Ahora ni siquiera recordaba cómo podían haber vivido allí toda la familia.

A los veinte minutos ambos se hablaron a través de la puerta de papel.

—¿Estás lista?

—Sí, ¿y tú?

Ambos salieron de la casa tomados de las manos, perfectamente vestidos y arreglados, con la sonrisa amplia y brillante y las mejillas rosas del frío. Tanto como aquella noche temprana donde el cielo estaba completamente despejado y brillaban las estrellas.

Rezaron junto al altar de la casa, bajo las constelaciones, al pie de aquella montaña blanca y la energía que de ella manaba. Ahí se dieron sus votos, se juraron respeto y amor eterno y se besaron los labios helados. También escribieron sus nombres junto al altar, quemaron incienso y pidieron su bendición a los ancestros. A las hermanas de Kanao y a toda la familia de Tanjiro, cuyos restos descansaban en la montaña. Tal vez fue imaginaciones suyas, pero Tanjiro vio una estrella fugaz alzarse sobre sus cabezas y se sintió bendecido.

También cavaron un hoyo bien profundo y ahí enterraron dos cosas que no tenían cabida en la nueva vida que querían emprender: sus espadas.

Kanao la había traído con ella y Tanjiro todavía conservaba la suya. Las envolvieron con sumo cuidado y sin más las enterraron bien profundo bajo el altar. Allí pidieron no tener que usarlas nunca más y renunciar al camino de muerte que habían sido obligados a transitar.

Esa noche empezaban su nueva vida.

Luego corrieron dentro de la cabaña, riéndose como dos tontos enamorados y se abrazaron junto al fuego. Estaban helados. Después de todo y pese a haberse abrigado, las noches de diciembre seguían siendo terriblemente frías en la montaña.

—¡Espera! ¡Voy a por el sake especial para el san-san-kudo!

No había boda si no se bebía sake. Y todavía tenía una botella que había sobrado de la boda de Nezuko.

Tanjiro no solía beber y Kanao tampoco, no obstante, se dieron de beber el uno al otro los tres sorbos tradicionales de sake, consumiendo así el estado oficial de aquel matrimonio. Al menos para ellos.

Luego se tomaron un cuarto sorbo, para brindar por los que no están y celebrar la vida. Y se rieron mucho de la locura que acaban de hacer, tal vez por el alcohol, tal vez por lo enamorados que estaban.

Después de aquello, llegó la mejor parte sin duda. El festín. Quizás no fue lujoso ni ostentoso, pero se dieron el capricho de tomar algo más que sopa de nieve con algas. Hicieron peces al carbón, arroz, tortitas con huevo y algas y estofado de conejo con setas.

Prepararon todo con candiles y pusieron incluso flores secas en un jarrón, para decorar la mesa.

—Estas muy hermosa, Kanao—le dijo Tanjiro embelesado mientras cenaban.

El fuego de la hoguera y el blanco de sus ropas acentuaba aún más la belleza tibia de la chica. De sus grandes ojos lilas, de su pelo negro azabache y su piel pálida de princesa.

—Tú también te ves muy apuesto, Tanjiro—respondió ella, acariciándole la cara para verle mejor.

Y no mentía, ella no era la única que se veía resplandeciente. Así lucía el chico, brillante y emocionado. Feliz con el sueño de alcanzar una vida normal y humilde junto a la mujer más asombrosa con la que podría haber coincidido en la vida.

Incluso si aquella coincidencia había sido sembrada por circunstancias macabras. Ella era un regalo, un auténtico milagro, una flor que nace bajo la tierra yerma y quemada.

Dejaron los restos de comida para los espíritus y comenzaron a desvestirse.

Puede que estuvieran agotados, que llevarán casi dos noches sin dormir, pero sin embargo en ese momento no podían estar más despiertos. Más abiertos a la alegría de compartir el uno con el otro, de encontrarse en la oscuridad y reconocerse como un hombre y una mujer que se aman.

Se desnudaron el uno al otro en silencio junto a la luz del fuego con la promesa tácita de un profundo consenso y una felicidad muy sencilla. Se lanzaron varias sonrisas a través de la oscuridad, alguna risa nerviosa y torpe. Esa que dibujaba la sombra de la timidez en sus rostros, el rastro de la impaciencia, la torpeza, el temor y el deseo.

Kanao fue la primera en quedarse completamente desnuda frente a Tanjiro, mientras ayudaba a su ahora 'esposo' a quitarse la chaqueta del traje de novio.

—Tanjiro— lo llamó Kanao cuando se encontraron completamente desnudos en esa cabaña—. ¿Tú… alguna vez has estado con una mujer?

Él, que hasta ahora se había mostrado seguro, se sintió bastante torpe. Con cuidado, alzó su mano sana y acarició con el dorso de los dedos el brazo de ella, a quien tenía en frente.

—No—respondió con sinceridad y cierta timidez.

La luz del fuego la hacía parecer de porcelana, blanca y perfecta.

—No sé muy bien si sé lo que tengo que hacer—se explicó entonces, con cierto pudor, subiendo la mano por el hombro de ella, hasta posarla con cariño sobre su cuello.

Ella sonrió de los nervios, buscando con la mirada opaca sus ojos.

—No te preocupes—le dio un beso en la mano a Tanjiro, tomándola con la suya. Acto seguido, fue tumbándose con cuidado sobre el futón, sin dejar de mirarle—. Podemos averiguarlo… juntos—apretó su mano.

Tanjiro estaba seguro de que todo aquello debía ser más complicado para ella que para él y sin embargo le tranquilizó verla tan serena. Se tumbó sin dificultad a su lado, para observarse, ella boca arriba, él boca abajo, el yin y el yang, dos piezas de un mismo puzle, dos cuerpos humanos en sintonía. Sus hombros se rozaron en aquel postura algo extraña y se sonrieron nerviosos.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —preguntó entonces él, preocupado.

Ella asintió, con una sonrisa tranquila.

—No me importa esperar—quiso dejar claro.

—Lo sé—le aseguró ella.

Kanao le peinó entonces con cuidado unos mechones del pelo. Se le veía muy cobrizo bajo el embrujo del fuego. Aquello hizo que Tanjiro también sonriera. Se acercó para besarla en la punta de la nariz. Y luego en los labios.

Se besaron con cariño durante un largo rato, momento en el cual se entregaron al ejercicio de explorar el otro cuerpo como nunca antes lo habían hecho, pese a haberse visto desnudos.

Kanao se abrazó a la espalda de Tanjiro y el chico buscó acogerla entre sus brazos, en esa postura de lado que les permitía abrazarse con suma facilidad. Tanjiro no sabía si era de poco caballero, pero en cuanto tuvo la oportunidad decidió subir la mano y tocar uno de los suaves pechos de Kanao. Desde que la había visto desnuda, no había parado de pensar cómo sería tocarlos. Y eran tan blandos, tan suaves, tan firmes, tan pequeños y redondos… le cabía entero en la mano.

Ella suspiró con sorpresa ante el acto y aquello hizo que Tanjiro se separara de su boca.

—Perdona—se disculpó como si hubiese hecho algo malo, apartando la mano—. ¿Te duele?

Kanao parpadeó confusa. No era precisamente dolor lo que había sentido.

—No, tranquilo—lo tomó de la mano, para que siguiera tocándola.

Tanjiro obedeció y con gusto se dejó conducir hasta ellos, gruñendo nada más lo tuvo entre su mano.

—¿Te gusta? —le llegó a preguntar cuando notó que él cerraba los ojos.

—Sí… —respondió febril —. Son muy suaves… ¿Y a ti?

Ella asintió, con las mejillas rojas por el calor y la excitación. También por la vergüenza de estar haciendo algo como aquello.

—¿Quieres sentirlo con tu otra mano?

—¿Segura? ¿No te da asco?

Ella negó.

—Tú eres perfecto para mí.

Tomó con cariño la mano ennegrecida y vegetal de Tanjiro, la besó y la llevó a su otro pecho. Él apenas tenía sensibilidad en esa mano, pero tampoco es que la necesitara. Su cuerpo entero estaba sensible a ella. A sus ojos, a su boca, a sus labios, a sus piernas, a su negro pelo que caía como una cascada por sus caderas, a sus manos rugosas de largos y finos dedos, a su cuerpo cálido, a la humedad que sentía en ella… Podía incluso olerla y aquella sola idea lo prendió en fuego.

Se besaron con ganas y hasta con furia, como nunca se habían besado. Ninguno tenía muy claro qué hacer, solo que querían tocarse, descubrirse como nunca se habían descubierto. Tanjiro había cambiado mucho desde que acabó la lucha contra los demonios, su cuerpo se había hecho más pequeño y no tan duro, pero seguía siendo atlético. Kanao por su parte había cogido un poco más de peso y aunque sus piernas seguían siendo igual de fuertes, sus caderas se habían ensanchado y su piel se había vuelto más suave. Suave y surcada por cicatrices, como las del chico. Estuvieron un rato dibujándose a través de ellas con los dedos, jugando en braile con el cuerpo del otro.

En algún punto, Tanjiro tomó la iniciativa como se suponía que se esperaba de él por ser el hombre y se colocó encima de Kanao, besándola y lamiéndola como un depredador. Uno que está devorando a otro depredador, porque Kanao no es que se comportará precisamente como una presa, pese a lo que pudo temer al principio. Lo besó, lo apretó contra ella con fuerza y le clavó las uñas en la espalda. Nunca se imaginó que el peso de Tanjiro sobre ella pudiera sentirse de esa manera. Tan abrumador y cálido que faltara el aire.

De repente es como si ambos hubieran aprendido una nueva técnica de respiración, una que les daba una voluntad inquebrantable y a la vez la sensación de asfixia, de que no podían respirar si no era en la boca del otro.

Solo compartieron palabra cuando el instinto se interpuso a toda razón y Tanjiro empezó a colarse entre las piernas de Kanao. Donde aquella humedad le atraía con voz de sirena.

—¿Está bien? —le preguntó para pedirle permiso, consciente de que estaba prácticamente a las puertas de un lugar que no le pertenecía, incluso cuando Kanao le había prometido que era para él.

—Sí, tranquilo —sonrió ella, notando la dureza de Tanjiro en su entrada, prácticamente más dentro que fuera—. Solo… ve despacio.

Él asintió, sin saber cómo se hacía eso sin perder la cabeza.

Se enterró en ella con un gruñido, notando la humedad succionarle, apretarle, devorarle, abrazarle…

—¿Te duele? —preguntó al ver el gesto de Kanao.

De repente despertó de su propio placer. Porque por supuesto, lo último que quería es que Kanao se sintiera mal o incómoda.

—Un poco, pero no mucho —explicó la chica—. También… me gusta.

'Me gusta' aquello fue como una descarga eléctrica en su columna. La besó con cuidado, como si de repente ella pudiera romperse y sin dejar de acariciarla, comenzó el vaivén que su cuerpo demandaba, muy despacio. También el de Kanao, porque en cuanto se acostumbró a la sensación, empezó a moverse al mismo compás de Tanjiro. Cada vez más frenético, cada vez más animal, más impulsivo, más desesperado.

A Kanao le ardía la entrada y a la vez ella misma parecía estar apagando el incendio, sin entender cómo su cuerpo podía mojarse de esa manera. De hecho, Tanjiro había empezado a resbalarse dentro con suma facilidad y se sentía tan duro… Era muy raro tenerlo encima sudando y gimiendo, fuera de todo raciocinio, pero más extraño era acogerlo entre las piernas. Lo cierto es que algunas estocadas le produjeron algo de incomodidad. Otras en cambio, le dieron la ligera sensación de orinar. No obstante, ninguna de ellas tenía mucho peso cuando el resto le prometían rozar el cielo.

Ella misma empezó a gemir, avergonzada de estar dejándose llevar de aquella manera.

Siempre pensó que el sexo era algo que le gustaba a los hombres y que las mujeres hacían para complacerles. Y claramente ella quería complacer a Tanjiro, quería hacerlo tan feliz como él la hacía a ella. No obstante, ahora entendía lo que un día le dijo Shinobu sobre que ellas también podían 'usar' a los hombres. En aquella época tenía trece años y pensó que se refería a usarlos para tener hijos. Ahora entendía a qué se refería su hermana. Ella hablaba del placer.

Y eso es lo que sintió durante ese encuentro. Un placer desmesurado que olía y sabía a Tanjiro. Que hablaba con su voz y que se había colado dentro de ella para hacerle olvidar todo el dolor que alguna vez había sentido.

Se sentía volar en sus brazos y a la vez sujeta a su cuerpo. Claramente no llegó al orgasmo en aquel encuentro naíf y salvaje. Fugaz como un principiante, porque Tanjiro se corrió enseguida. No obstante, después de ese encuentro vinieron muchos más y con el tiempo descubrió que tener a Tanjiro desnudo para ella era el mejor oasis que habría podido desear.

Un lugar secreto y especial, solo para ellos dos.

Despertaron bien entrada la mañana, cuando el sol estaba ya en lo más alto. Se vistieron sin prisas, entre sonrisas cómplices y bobas y subieron a la casa del cabrero.

Llevaron consigo algo de la comida que les había sobrado y por suerte se encontraron con la buena noticia de que el chico había pasado buena noche y seguía mejorando. Ya podía incluso hablar y beber por si mismo.

Kanao se echó a llorar al enterarse. Y su ahora marido la abrazó con cariño y fuerza.

—Menos mal—decía una y otra vez, tocándose el pecho.

Estaba acostumbrada a la muerte. De hecho, mientras subían montaña arriba le había perseguido el presentimiento terrible de que el chico había muerto. Eso solía pasar en su vida, que las cosas salieran mal. Por eso, verle recuperarse, la hizo llorar de alegría.

—Menos mal—siguió repitiendo mientras se secaba las lágrimas.

El cabrero los invitó a comer en agradecimiento y lo cierto es que pasaron aquella fría tarde de invierno de una forma bastante agradable, contando anécdotas del pasado, recordado a los que no están, jugando a las adivinanzas y narrando historias imposibles. Al oscurecer, les ofrecieron quedarse a pasar la noche y a la mañana siguiente, antes de despedirse, el hombre les regaló una cabra en agradecimiento y aunque en un principio pensaron en rechazarla, la acogieron con el nombre de Copito.

El mes siguiente nevó con fuerza, así que emplearon el tiempo en arreglar algunos desgastes de la casa, hacer encurtidos y estudiar. También a compartir. Compartir las cosas que nunca habían compartido con nadie. Incluso Kanao se abrió por primera vez en su vida y habló de su pasado y su padre. También compartieron más baños y más charlas en la cama hasta bien entrada la madrugada. Compartieron sueños y temores y compartieron risas. Muchas. Por todo y por nada.

Lo único que tardaron en compartir fue el placer.

Al menos Kanao, porque Tanjiro pareció disfrutarlo desde el minuto uno en que sus cuerpos desnudos se hicieron uno.

Sucedió una tarde cualquiera. Una de tantas que se habían besado con desesperación y se habían arrancado la ropa. Por lo general, Tanjiro se subía encima de ella sobre el futón, pero aquella tarde la desesperación hizo que innovaran sobre la mesa. Tal vez fue la postura, el roce, las experiencias previas o la manera de moverse. O simplemente el hecho de que Tanjiro decidió probarla con su boca antes de penetrarla. El caso es que aquel día Kanao se aferró a la mesa y halló aquello que le parecía imposible. Aquello que le retorció hasta los dedos de los pies de placer, que la llevó a la cumbre donde los relámpagos tocan la tierra, donde gritan los volcanes y explota el universo.

Y Tanjiro no solo se corrió nada más notarlo, sino que la miró hechizado, buscando aire, como si hubiese presenciado una magia muy primitiva y hermosa.

Se sonrieron. Kanao de hecho sonrió más que nunca, con el pelo pegado a la frente por el sudor y las mejillas muy rojas. Transpirando, buscando el aire que no le llegaba. Tanjiro no salía de su asombro, egoístamente orgulloso de haber participado en eso y dispuesto a repetirlo hasta el fin de sus días.

—¿Te ha gustado? —preguntó aun sabiendo la respuesta.

—Mucho—rio con cierta timidez, tanto que se tapó la cara.

Las siguientes semanas discurrieron con la cama de los días tranquilos y las normas de la naturaleza que todavía no ha sido perturbada por los hombres. La nieve empezó a derretirse y pronto mandaron los primeros cuervos para avisar de que estaban bien y que pronto bajarían a la finca de las mariposas.

En aquel tiempo tranquilo de deshielo, dieron largos paseos por el campo y las montañas, se bañaron desnudos en las aguas termales cerca de la cumbre y recuperaron la labor de cortar leña para preparar el carbón para el invierno que viene.

La tarea era bastante dura, pero a Kanao ayudar a Tanjiro en ella le dio mucha paz. Por primera vez en su vida, la chica sintió que estaba en el lugar adecuado, donde podía ser ella misma y cultivar su felicidad, esa que descubrió que podía llegar a sentir. A veces tenía también días malos y tristes, como Tanjiro, pero juntos era más fácil seguir adelante.

Cuando la nieve estaba prácticamente derretida, bajaron un día al pueblo a vender carbón. Tanjiro estaba preocupado por algunos viejos del pueblo, ya que no tenían dinero para pagar eso que llamaban 'electricidad' y que apenas llegaba a Japón de los occidentales.

—Seguramente ya no les quede carbón, este invierno ha sido muy frío—le explicó a Kanao.

Salieron al alba con cestas cargadas de carbón y llegaron al pueblo prácticamente al atardecer. Como había previsto Tanjiro, muchas familias esperaban casi desesperadas al carbonero, porque efectivamente se habían quedado prácticamente sin leña y carbón. El frío todavía pegaba con fuerza.

Aquella noche se hospedaron en la posada del pueblo y Tanjiro la presentó oficialmente como su esposa. De hecho, se lo decía a todo aquel con el que se cruzaba.

—Señora Ozuki, esta es mi esposa, Kanao—decía, o:—señor Regen, esta es la chica de la que le hablé, mi esposa.

Kanao envidiaba esa facilidad con la que Tanjiro hablaba con la gente. Es lo que tiene ser vendedor desde que se es un niño. La hizo muy feliz que la presentara a todos ellos y hasta cenaron junto a algunos de los vecinos en la taberna esa noche. Fue agradable y para su sorpresa, le resultó bastante fácil hablar con la gente.

Los taberneros no la reconocieron, tal vez la hija menor, pero nadie dijo nada.

A su llegada aquel día, todos pensaron que era un espectro vengativo con una espada bañada de sangre para desafiar a la muerte en la montaña. Esa idea era imposible ahora cuando la vieron, pues nada tenía de espectral ni peligroso la chica hermosa que el carbonero traía del brazo, que sonreía y que era amable. Así que ni cayeron en la cuenta de que se trataba de la misma persona.

—Mañana podemos hacer algunas compras y descansar un poco—le explicó Tanjiro cuando subieron a la habitación—. Te enseñaré el pueblo, tiene un templo pequeño que es muy bonito.

Ella asintió, ilusionada. Esa noche se sentía especialmente feliz.

—Claro, me haría mucha ilusión.

Tanjiro la abrazó con fuerza y hasta la alzó en volandas girando sobre sí mismo. Él también se sentía muy contento. Luego se tumbaron en el futón a descansar.

—Últimamente hueles diferente—dijo prácticamente dormido Tanjiro, con la nariz enterrada en su pelo.

—Será sudor—pensó ella—, llevamos semanas trabajando mucho.

Él negó, no muy convencido. No era eso, pero no sabía explicarlo. Y menos medio dormido.

—No sé…—meditó—, pero hueles mejor que nunca.

Después de varios días en el pueblo, regresaron a la montaña, donde empezaron a preparar todo para su marcha. Talaron, pelaron y secaron la leña para hacer carbón. Prepararon salazón para las conservas, gastaron toda la comida próxima a estropearse y guardaron el arroz para que no cogiera humedad. También limpiaron bien la casa y el camino, tapiaron con cuidado el pozo para que nada cayera dentro que pudiera estropear el agua y prepararon el equipaje para partir en las próximas semanas.

A pesar del duro trabajo, también disfrutaron de la calma de las montañas. Del paso de los meses, del cambio de estación. De lo atrás que había quedado ese frío mes de diciembre donde se reencontraron. Del rocío de las mañanas, de los árboles volviendo a brotar, de los campos llenarse de flores…

Para aquel entonces, Kanao ya se sabía de memoria la danza del dios del fuego. Por lo general la practicaban juntos cada mañana, pero a veces a Tanjiro le gustaba sentarse y observar cómo Kanao la ejecutaba sola.

Sus movimientos eran más gráciles y suaves que los suyos, más flexible y corpóreos, pero también más furiosos. Era hipnótico verla danzar con esa fuerza y esa energía mágica. La chica además estaba más hermosa que nunca, incluso si había cogido algo de peso por el embarazo.

Lo imaginaron unos días después de regresar del pueblo, cuando Kanao confirmó que era casi su tercera falta y empezó a denotar ciertos síntomas a los que no acostumbraba. No obstante, siempre había sido muy irregular y ni lo había pensado.

Claro que antes tenía faltas por el exceso de ejercicio, la angustia y los brebajes que le daban sus hermanas para no menstruar durante las misiones… Y ahora pues, llevaba semanas y semanas acostándose con un hombre.

Se sintió un poco tonta, pero la felicidad le había hecho olvidar ese hecho tan simple.

Se lo confesó algo nerviosa y angustiada a Tanjiro una noche, porque sabía que después de todo su felicidad estaba dentro de una burbuja donde solo estaban ellos dos. Tener un hijo era algo muy diferente, porque de repente se chocó con la realidad del mundo y los exponía. Y si Tanjiro la rechazaba ahora ¿qué haría?

—No estoy segura, pero creo que estoy embarazada…—le dijo casi entre lágrimas.

Tanjiro también lloró, pero de felicidad.

—¡Oh Kanao! ¡Es una noticia maravillosa!

Sería principios de mayo cuando llegaron a la finca de las mariposas, ambos sonrientes y muy bien vestidos, cargados de regalos y dulces para todos.

Todos se sorprendieron al ver a la pareja. Sabían por los cuervos que ahora estaban juntos, pero ninguno imagino ver a un Tanjiro tan brillante como si volviera a ser adolescente y a una Kanao tan sonriente y embarazada.

A Aoi casi le dio un patatús al verla.

—¿Y dices que os habéis casado? —le preguntó cuando se quedaron solas, mientras la ayudaba a cambiarse de ropa por unas más frescas.

—Así es, en la montaña—explicó la chica, recogiéndose el pelo, muy animada.

Aoi no podía dejar de mirarle la tripa, bastante abultada pero todavía posible de disimular con la ropa adecuada...

—¿Pero hubo testigos?

—Claro, nuestros espíritus—respondió Kanao como si nada, sonriéndole a su amiga mientras aprovechaba para poner incienso en el altar de sus hermanas.

Aoi no sabía cómo explicarle que la validez de eso era nula.

—Y… lo de tu embarazo… ¿se ha dado cuenta Tanjiro?

—¡Pues claro! Si ya se nota un montón—dijo feliz—. Estamos muy contentos. Creemos que estoy de casi cinco meses.

La vio tan feliz… que se ahorró todo lo que pensaba al respecto. Total, Tanjiro y Kanao se merecían ser felices. Y tampoco tenían nadie a quien rendir cuentas.

Además, Nezuko también estaba embarazada y bastante gordita ya, así que la noticia fue como un regalo para los dos hermanos.

La boda oficial se celebró un mes más tarde en la Finca de las mariposas, donde vinieron invitados de todas partes a darles la enhorabuena. También los pilares que quedaban, quienes los felicitaron de corazón. Para ese momento y a ojos de Aoi, era imposible ocultar el embarazo de Kanao. Casarse embarazada estaba muy mal visto y Aoi temía que eso les trajera represalias de los conservadores de la época. Después de todo, eran una finca regentada solo por mujeres.

No obstante, Kanao estaba tan feliz que su amiga decidió apoyar su decisión. Se casó orgullosamente embarazada y no dudó en mostrar la buena dicha a sus amigos. A la familia que se elige. Y nadie pareció darle la más mínima importancia. Al contrario, todos se alegraron mucho por ellos.

Después de todo no dejaban de ser dos huérfanos heridos por una macabra batalla de sangre. Su felicidad era deseada por todos.

En otoño Kanao dio a luz a una preciosa niña de ojos cobrizos y pelo negro a la que llamaron Kiseki, que significaba milagro. Eso había sido para ellos. Nezuko había tenido dos meses antes a un barón, así que la dicha fue grande en los Kamado.

Kanao lo recuerda como una de las etapas más felices de su vida. Cuando se recuperó del parto, volvió a trabajar como médico y durante varios años decidieron vivir todos juntos en la finca. Había espacio de sobra para todos y la vida era más fácil que en el campo.

Aun así, Tanjiro y su hermana seguían yendo de vez en cuando por su casa para proporcionales carbón a los vecinos. También para cuidar las tumbas de sus padres.

Cuando Kiseki cumplió un año, decidieron llevarla a pasar el verano a la montaña, porque Tanjiro no quería que olvidara sus orígenes. Y así lo estuvo haciendo, incluso cuando fuera una anciana, aunque eso ya es otra historia.

Al cabo de un tiempo, Kanao volvió a quedar embarazada y con el paso del tiempo la familia creció considerablemente. Llegaron a tener seis hijos, cuatro chicas y dos chicos. Nezuko también dio a luz a seis hijos, pero uno se le murió en el parto. La hermana de Tanjiro nunca se recobró del todo de aquello, pero había pasado por cosas peores en la vida, así que la vitalidad no le faltó.

Esa era la vida tranquila y feliz que Tanjiro le prometió algún día. Tal vez no fue tan tranquila criando a seis hijos y trabajando, pero sí que fue sumamente feliz. Y por supuesto nunca se sintió sola, incluso cuando llegó el día en que Tanjiro la dejó.

Fue un invierno muy frío en el que el chico se fue de repente, con apenas cuarenta y cinco años. Había estado guerreando una bronquitis durante años, pero las numerosas heridas de su cuerpo la habían complicado.

De hecho, siempre había estado muy enfermo, aunque eso es algo que sabía desde que tenía diecisiete años y mandó a Muzan al infierno. Al contrario de lo que muchos pensaban de esa tragedia, Kanao y Tanjiro sabían que su tiempo en la tierra era un regalo. Ambos debían haber muerto ese día y no lo habían hecho. Por eso él solo sintió gratitud cuando llegó su último aliento, incluso si todavía era joven y le quedaban fuerzas para seguir luchando. Solo lamentaba tal vez que su hijo pequeño apenas tenía doce años y quizás nunca le recordara sano. O que apenas hubiera disfrutado de sus nietos.

Todos sus hijos e hijas, ya adultos, le lloraron hasta la saciedad. Y también sus nietos. Pero sobre todo Nezuko, quien sin duda fue la que más le lloró. Kanao sin embargo no derramó una lágrima, no solo porque se lo había prometido mil veces a Tanjiro, sino porque no sintió la ausencia de la muerte por primera vez en su vida.

Desde que se fue, Kanao sintió a Tanjiro con ella en todo momento. Desde que se levantaba hasta que se iba a dormir. Lo advertía en cada tarea sencilla, desde preparar el té hasta recoger plantas o leer algunas líneas de poesía. Lo veía en los cambios de estaciones, en los jóvenes enamorados y en la bravura de los ríos. Lo sentía cuando bailaba la danza del dios del fuego, pero sobre todo lo veía en sus hijos cada día y en sus nietos. En la manera en la que se reían, fruncían el ceño o defendían sus sueños y metas. Ellos eran sin duda el regalo que Tanjiro le había dado para no estar sola nunca más. Y había cumplido su promesa.

Incluso en su último aliento, cuando ya era muy muy vieja y completamente ciega, pudo sentir todo ese amor que él le había regalado. Todo el calor de sus seres queridos que la despidieron del mundo, todo el cariño y la magia que el mundo alberga y que él había hecho visible a sus ojos.

—Kamado Tanjiro… voy a buscarte—se despidió con una gran sonrisa.

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NANKURUNAISA: posee como significado "el tiempo lo cura todo" o "todo pasará".


Gracias a todos por leer y llegar hasta aquí. Espero que haya merecido la pena y os haya gustado.

Gracias a todos los que habéis comentado (BlackKittyQueen, metitus, Critico, GuiltyPleasureFic, Akai-Saotome) os lo agradezco de todo corazón. ¿Os ha gustado el final? Me encantaría leeros y ver qué os gustado. Sé que es un poco triste, pero esta historia también lo es. Creo que he escrito lo que a mí me hubiese gustado leer de la autora, no sé si lo he conseguido.

Sobre lo de publicar en Wattpad, nunca me gustó mucha esa página, pero lo pensaré. Quizás la subo a AO3, donde sí tengo cuenta.

Sin más, me despido.

Un abrazo!