"Lo quiero, así que lo tengo, lo hice, así está hecho

Otra cosa que arruiné y que solía hacer por diversión.

Otro trozo de plástico que tirar.

Otra conversación sin nada bueno que decir.

Lo pensé, así que lo dije, lo tomé porque puedo

Otro día fingiendo que soy más de lo que soy

Otro momento perfecto que no se siente mío.

Otra cosa que obligué a ser una señal." (1)

• ── ◦ ◦ ── •

El primer recuerdo de Draco era cuando tenía cinco.

Era una memoria agradable, para nada traumante o dolorosa. Quizás en aquel momento, al pequeño Draco le debió de doler muchísimo, pero ahora que él —el chico de diecisiete— era consciente de lo que era el dolor y los agobiantes matices de la palabra, era que solo podía encasillar ese recuerdo como una situación que ocurrió y de lo que obtuvo una enseñanza.

Lucius lo sujetó de la diminuta mano y se arrodilló al frente con la mirada severa puesta en él. Lo analizaba como siempre lo hacía, como si tratara de educarlo constantemente.

—Tienes que aprender, Draco, que no todas las buenas personas, son tan buenas como te quieren hacer creer que son —le gruñó su padre y Draco asintió—. Las portadas no reflejan el contenido de un buen libro, solo lo adornan.

Lo recordaba a medias, el cómo Draco sostuvo la mano de un desconocido porque le dijo que irían al parque acuático que no pudo visitar en el verano con sus padres. Y Draco se puso furioso de esto, de no haber obtenido lo que quería y, mucho peor, no poder fanfarronear de su visita con sus amistades.

Ahora reconocía que había sido víctima de un intento de secuestro y quién-sabe-que era lo que ese hombre pretendió hacer con él. Draco a veces rememoraba estos eventos de la nada y siempre recaía en lo mismo, que fue el intento de su padre de decirle "no confíes en extraños". Era sencillo. Lección aprendida y cambió de página.

Pero ahora que era, a ojos de la ley, un adulto, Draco sabía que esas palabras severas de Lucius se podrían extrapolar a otras dimensiones. Incluso a esa carta.

Esa carta que Draco llevaba leyendo desde hace media hora y una vez que dejó de llorar, volvió a recordar a Lucius y como su primera memoria lo tenía a él presente.

Ya era tradición el leer las cartas de su padre en ese pequeño recoveco del colegio. Pegado a la ventana, con las piernas tan encogidas como su corazón, con el frío del cristal contra el hombro y la dureza de las palabras que siempre leía en ese sitio.

"Hijo.

Ya eres un hombre, ¿eh? Es una locura como pasa el tiempo.

El otro día pensaba en que siempre seré un padre primerizo. Que tú, siendo mi hijo único, eres con quien he aplicado todo mi supuesto conocer.

No hay día en que no me lamente de las cosas que debía haber hecho y no hice, y de las cosas que hice y no debí haber hecho. A veces me avergüenzo y en otras estoy satisfecho de lo que he logrado.

Draco, llevó un buen rato pensando en lo que quería escribirte en esta carta, que es el primer contacto que tenemos desde hace tantísimo tiempo, pero yo sabía que esta carta iba a tener lugar de manera inevitable; sin embargo, soy consciente de que no existen palabras que puedan expresar algo tan sincero como el amor que te tengo, hijo.

Deseándote un feliz cumpleaños,

Lucius Malfoy"

Draco miró la letra y supo que era demasiado breve o que algo no cuadraba del todo; pero si esa carta había pasado bajo la inspección de Voldemort, significaba que Lucius se arriesgaba a no poder expresar todo lo que quería.

Porque no mencionaba a su madre y todo lo escrito era ambiguo.

Trató de revelar la carta de todas las formas que se imaginó, con magia, con luz, e incluso la quemó, antes de volver a reconstituirla.

No fue hasta que una gota de sus lágrimas cayó sobre el papel que Draco percibió como una palabra se revelaba en color azul.

Sonrió. El conocía las estrategias de un Malfoy.

Se dirigió al baño y sumergió la carta en agua para ver como la tinta negra se escurría y dejaba paso a una carta escrita en azul, con varios borrones entre palabras.

"Me harás sentir muy orgulloso si llegas a leer esto, Draco, porque significa que has aprendido bien. Al señor tenebroso no le gusta demasiado al agua, por esta la razón de este método para engañarlo.

Draco. Esta es mi única oportunidad que tendré para hablar contigo, así que te lo pido. Sal del colegio pronto. Ahora, si es posible, vete de ahí. Ve con tu madre, a donde sea que estén, y escóndanse.

Compren boletos, escapen del país. Latinoamérica o Estados unidos es una buena opción, también Asia. Pero márchense, te lo imploro.

Draco, sé que he fallado en mi tarea principal como padre, que es la de protegerte. Te he hecho daño y no hay día en que no me arrepienta de mis acciones. Estoy seguro de que si hace unos años supiera todo lo que se ahora, me hubiese retractado por completo y hubiese tratado de ser mejor, pero ya no hay nada que pueda hacer.

Pero como tu padre, te lo pido, por favor, no te involucres más con Potter. Escapa con tu madre y enséñale esta carta, ella lo entenderá.

No sé qué es lo que puede pasar conmigo si es que me llego a enterar de que les pasó algo a cualquiera de los dos.

Vivo con miedo, así que haz lo que te digo. Escapa tan pronto como puedan."

Draco se enderezó rápidamente, secó el papel con magia antes de doblarla y guardarla dentro de la túnica.

Ni siquiera él sabía el motivo por el cual se había demorado tanto en leer esta carta. En realidad, en determinado momento, se olvidó de ella, sobrecargado por las evaluaciones finales y el próximo viaje que iba a hacer de vuelta a casa.

Es decir, volvió a encontrarla cuando hacía las maletas para regresar en un par de días más.

Sintió una opresión intensa en el pecho, lleno de miedo y vértigo. Como un mareo incomprensible y repentino. Era un mal presagio.

Sin siquiera notarlo se encontró a si mismo hostigando a varios estudiantes con una única pregunta.

—¿¡Has visto a Potter?!

Y ellos negaban la cabeza, mirándolo como un bicho raro.

Corrió a hostigar a Hermione que iba cargada de libros para devolver a la biblioteca. Y la chica, sin comprender la palidez presente en el rostro de Draco, le pidió que primero guardara la calma.

—¿Harry? Dumbledore lo llamó esta tarde.

—¿A qué hora fue eso?

—No estarás en tu faceta de novio controlador ¿No? —bromeó Hermione, pero pronto se dio cuenta de que Draco no se reía— ¿Sucedió algo malo?

—Respóndeme, Grenger ¿desde qué hora que no ves a Harry?

La chica dejó una pila de libros en la mesa y revisó la hora.

—Desde las cinco…

Y pronto serían las ocho.

—Una clase en especial larga ¿no crees?

Hermione se mordió el labio, lo que demostró que ella sabía algo que Draco no y eso lo puso más furioso. Esperó a que la chica terminara de devolver la pila de libros, antes de que se lo llevara a una esquina de la biblioteca para charlar.

—Harry está en una misión importante con Dumbledore, Draco —le contó la chica—, por eso mismo es que no está por ningún lado. Volverá más tarde, quizás a medianoche.

Draco entrecerró la mirada y se cruzó de brazos.

Harry no le había dicho ni una sola palabra y Draco no comprendía el porqué, Hermione, se limitó a darle una palmadita en el hombro con una sonrisa.

—Tranquilo, todo saldrá bien, en cuanto regrese Harry le diré que lo estuviste buscando.

La miró con ojos de pescado, como si quisiera decir muchas cosas, pero sin ser capaz de pronunciar ni la primera de la lista. Respiró hondo y recapacitó.

Si Harry no estaba, porque se había ido con Dumbledore ¿Qué otra cosa podía hacer? Por más que su padre le había sugerido que se fuera, Draco no lo haría, porque eso significaba traicionar todo lo que construyó con Harry.

Decidió regresar a la sala común y esperar a que fueran las horas de las vueltas con Pansy. Lamentaba no tener ese maldito mapa ahora con él y así poder estar al tanto del momento exacto en que Harry llegara, para abordarlo de lleno con preguntas.

Pero ya no había nada más que hacer, le tocaba esperar al día siguiente. En el desayuno secuestraría a Harry y no lo dejaría ir hasta que estuviera satisfecho con las respuestas que le diera.

La ansiedad lo estuvo matando. A las diez, Pansy y él salieron. La chica se notaba un poco ida, aunque Draco tampoco le preguntó por qué era. A lo mejor, era la primera ronda que daban en mucho tiempo que era tan silenciosa. En la cual, en lugar de bromear, se limitaron a vigilar los pasillos sumergidos en un completo silencio, para regresar a la sala común cada uno por su lado.

Y ahí fue cuando Draco tuvo un presentimiento nublado. Se le paralizaron los dedos, mientras terminaba de escribir la última carta que le mandaría a su madre antes de vacaciones. Con el tintineo de las agujas del reloj que poco a poco se acercaban a las once, se levantó ansioso, tomo la cajetilla de cigarros y subió al patio.

Olfateó el ambiente. La frescura de los árboles, el ronroneo del viento, los chillidos de una manada de conejos que salieron despavoridos del bosque prohibido. Los vio correr y esconderse en las madrigueras o agujeros en las paredes castillo.

Lo escuchó, los olió, los sintió. El cómo los pasos apresurados de una multitud se dirigía igual que una marcha militarizada a la torre de astronomía; y Draco, en lugar de irse, los siguió. No porque fuera lo más cuerdo, sino más bien porque, como si un hilo se tensara, supo que Harry estaba en lo más alto de la torre.

Afirmó la varita y se mantuvo afuera, escondido detrás de dos cajas, con miedo a que si se colocaba demasiado cerca, lo alcanzaran a oler. En determinado punto que no reconoció, comenzó a temblar, con las manos gélidas y el sentimiento de autoconservación que le hinchaba el corazón.

Era una noche tan silenciosa, que no se sorprendió el poder escuchar la discusión se comenzó a llevar a cabo en la cima de la torre. Reconoció voces particulares y entró con sumo cuidado a la torre.

Dumbledore platicaba, con esa voz que emanaba sabiduría, pero al mismo tiempo agotamiento, para ser prontamente acallado por Snape. Seguido llegó la locura en el matiz de Bellatrix y el timbre grave y rasposo de Greyback.

Olfateó y se detuvo hasta que reconoció a Harry varios pisos más arriba, pero estuvo seguro de que, de no ser porque era su omega, no lo hubiese notado, ya que traía encima otro aroma que le cubría el olfato. No lograba a comprender la conversación, por lo que asumió que tampoco sacaba nada subiendo. Bajó decidido a buscar a ayuda.

Entró a las cocinas, le gritó a los elfos que obedecieron al instante y él se mordió el labio, para regresar a esconderse cerca de la entrada de la cocina.

Finalmente lo presenció.

La caída de un cuerpo desde el último piso de la torre de astronomía, acompañado de la terrible marca tenebrosa que se dibujó en el cielo de Hogwarts. Oyó como el castillo se reanimaba lleno de horror. Draco sintió el corazón oprimido contra el pecho y vio como los mortifagos se dispersaban por ahí, algunos se fueron al momento, pero Snape, junto a Bellatrix, Grayback y una inmensa manada de carroñeros, se quedaron causando caos.

Definió a Jessica conmocionada entre los lobos, la cual no hizo nada y se separó junto a la muchacha de pelo negro al bosque prohibido, aunque se quedó un instante con los ojos fijos en Draco.

Notó a Harry, que dejó tirada la capa de invisibilidad y fue directo a Snape, quien se dirigía a la cabaña de Hagrid, la cual Bellatrix prendió fuego. Draco los siguió sin saber si lo que sentía era miedo, adrenalina, tristeza o una mezcla de todo.

—¡¿Cómo se atrevió!? ¡CONFIABA EN USTED!

La voz quebrada y dolida de Harry lo hizo enfurecer por instinto, Draco apretó los puños y continuó cerca, escondido entre la sombra que proyectaban las llamaradas alocadas.

—¡No sabes nada, Potter!

—¡Es un hijo de puta!

Pronto vio como varios mortifagos más salían de la multitud, pero al mismo tiempo, otros tantos aliados se acercaban a ayudar. Draco salió de las sombras en cuanto uno de los lobos de Greyback lo vio y comenzó a atacar en contra.

Harry estaba tan atento a esa discusión que mantenía con Snape, que no cayó en cuenta de cómo Draco peleaba a varios metros de él. Draco de dos encantamientos aturdió al lobo y corrió hacia Harry a través de los arbustos que rodeaban la zona. Era la primera vez que sentía que el patio de Hogwarts era tan absurdamente amplio; como si millas de pasto lo alejaran de Harry.

Vio a Ginny pelear y el cómo su pelo se agitaba igual que una antorcha. Los cuales pronto compartieron cancha con Ron y Hermione. Draco vio aparte algunos miembros de la supuesta Orden del fénix que llegaban lanzando hechizos a diestra y siniestra. Harry estaba en el fondo, al frente de la cabaña de Hagrid que era devorada por un fuego insaciable.

—¡Es un cobarde desgraciado! ¡Lo atacó cuando sabía que estaba débil!

Snape esbozó una mueca burlesca, como si las palabras de Harry resbalaran de él.

—¡Es un hijo de puta! ¡Sectusem-!

—¡Expelliermus! —gritó de vuelta Snape, haciendo que la varita de Harry se fuera disparada por los aires— ¿Osas a usar mis propios hechizos contra mí, Potter? Si… es así… yo soy el príncipe mestizo, Potter.

Bellatrix puso los ojos en blanco, se acercó a Snape y con los brazos en jarras, permaneció cerca del hombre.

—Vamos, Severus, ya terminamos aquí. ¡Solo ponlo a dormir!

La ira de Severus no era nada comparada a Harry, que de tanto morderse el labio tenía la boca ensangrentada. El pelo lo traía húmedo y las mejillas encendidas, aunque Draco no diferenciaba si era por el calor llamas o la emoción. Snape alzó la varita, y Draco no lo soportó más.

Corrió y la apuntó contra el hombre.

—¡Expelliermus! —exclamó, haciendo que la varita de Snape saliera volando. Draco se colocó delante de Harry, con la certeza de que los ojos le brillaban.

Bellatrix ensanchó la sonrisa y Snape arrugó la nariz, mientras se veía la mano, que le quedó temblorosa debido a la fuerza del hechizo recibido. Draco miró de reojo a Harry, que en lugar de ponerse en guardia, se quedó de pie, sin saber cómo reaccionar.

—¡Harry! ¡Corre! —le llamó la atención, Harry asintió y fue a buscar la varita de un salto, mientras Snape hacía lo mismo.

—Hola, querido, ya te extrañaba —le dijo Bellatrix con fingida dulzura—¿acaso quieres venirte con nosotros?

—¡Cállate, puta de mierda! —escupió Draco, con la varita en contra— ¡Impedimenta!

—¡Rictusempra! —exclamó Snape.

—¡Protego! —gritó Harry.

Los tres hechizos impactaron entre sí y salieron disparados hacia atrás. Momento que Bellatrix aprovechó junto con Snape para marcharse. Harry quiso ir, pero Draco se apresuró a agárralo por la muñeca.

—¡Harry! Tranquilízate

—¡Déjame, Draco! ¡¿No ves que están huyendo?! ¡Tengo que matarlo!

—¿A quién?

—¡Snape! Ese hijo de perra —soltó Harry, con fuerza para ir detrás, pero Draco lo abrazó en un afán de detenerlo a pesar de que era casi arrastrado—. Dumbledore… él. ¡Lo voy a matar!

¡Tranquilízate! —le gritó Draco haciendo uso de su voz Harry dejó de Gritar y vio a Draco, que cerró los ojos, y se llevó una mano al rostro; arrepentido—. Lo siento…

No pudo describir lo que sintieron, si fue una conexión o algo por el estilo, pero lo que sí supo, fue que el beso que le siguió era algo imprescindible. Draco definió el sabor de la sangre de la boca de Harry y sintió que iba a fallecer en ese mismo instante, Harry quiso apartarlo, pero pronto se dejó ser. Draco se separó en cuanto sintió el rostro mojado por las lágrimas de Harry.

Escucharon varios pasos acercarse. Hagrid apareció con la respiración entrecortada y, entre las manos, un paraguas, mientras su perro le seguía con la cola agitada.

—¡Harry! ¡Ayúdame a apagar el fuego! ¡Hay que buscar agua del pozo!

Draco frunció el ceño y apuntó con su varita a la casa.

—¡Aguamenti! —exclamó y un furioso chorro de agua comenzó a apaciguar el fuego.

Hagrid se mostró sorprendido de ver a Malfoy ayudándolo, pero imitó a Draco y pronto se le unió Harry.

—¡Dumbledore me había dicho que existía una hechizo aún más poderoso! En cuanto lo vea le voy a preguntar —declaró Hagrid. Lo que hizo que Harry cortara el agua de su varita de inmediato y lo mirara con agobio.

—Hagrid… Dumbledore

Draco intensificó el agua y fue el encargado de terminar de apagar el incendio. Hagrid miró a Harry sin comprender demasiado. No era solo la ausencia de la luz del fuego; la expresión de Harry en si misma se ensombreció.

—¿Qué pasa con él, Harry?

—Dumbledore ya no… ya no vendrá.

Ginny, junto a Neville se acercaron corriendo y Harry los miró un instante, antes de buscar a Draco. El chico se acercó por la espalda, con la nariz aún aturdida por el intenso humo que contaminaba el ambiente

—¿Por qué no vendrá? —cuestionó Hagrid— ¡Claro que vendrá, mi chico! Y él se encargará de que no vuelvan a entrar mortifagos al colegio.

—¡Hagrid! —gritó Harry, y se dio cuenta de que lágrimas involuntarias saltaron de sus ojos— Dumbledore está… muerto… ¡Snape lo mató!

Hagrid lo miró y se río.

—¿Pero qué barbaridades dices, Harry? ¡No digas eso ni en broma!

Draco entonces lo comprendió. Tomó a Harry por la muñeca y el chico contrajo las cejas, antes de apartar su agarre con rabia.

¡Hagrid! ¡Dumbledore murió!

Todos acompañaron a Harry contrariados. Fue una sensación anodina; ajena a todo lo que ocurría. Harry que cruzó entre los cuerpos paralizados de todos los alumnos y Draco que empujó a varios para abrirse paso y no perder a Harry de vista. Olió la muerte y pronto dio con ella plasmado en el cadáver de Dumbledore tendido en el suelo. El cuerpo inerte de la única persona que creyó que sería eterna.

Harry cayó de rodillas y abrazó a Dumbledore, mientras lloraba de manera desgarradora, como si se trataran de cuchillas que se le clavaron a cada uno. Harry sacó una especie de collar del cuello, el cual se guardó en el bolsillo y continuó llorando. McGonagall no sabía cómo reaccionar, porque permaneció ahí, al lado de Harry. Hermione se le unió al minuto. Draco fue quien le siguió, que lo único que atinó a hacer fue abrazar a Harry por la espalda y tratar de trasmitirle el poco calor que albergaba su cuerpo.

Se separó por un instante y encontró las gafas de media luna tiradas lejos del cuerpo de Dumbledore que parecía que dormía en el césped. Tomó los lentes y se los entregó a Harry, quien le colocó el accesorio al hombre, mientras le acariciaba el rostro y casi suplicándole que se levantara.

Pero no lo hizo.

Draco alzó la mirada al cielo y vio el destello rojizo surcar el cielo. Pronto reconoció que era el Fénix de Dumbledore, que comenzó a sollozar mientras surcaba el cielo.

El lamento del ave fue tan abismal, que Draco no se dio cuenta el momento en que una lágrima le rodó la mejilla y lo hizo sentirse miserable.

• ── ◦ ◦ ── •

Lo que vino después fue como el segundo siguiente a despertar de una siesta; en donde no tenía claro si continuaba soñando o ya se encontraba frente a la dura realidad. Draco estuvo al lado de Harry en todo momento, como si se tratara de un guardaespaldas; desde la crudeza del patio revuelto de estudiantes hasta la enfermería.

No eran los únicos ahí dentro. En la enfermería había una conmoción terrible, a la cual Harry se unió a ella como si siempre hubiera sido parte de esta.

Draco lamentaba muchas cosas y entre esas tantas era no haber podido estar al cien por ciento pendiente de Harry cuando falleció Sirius; porque en ese momento no sabían que estaban destinados, solo eran amigos, frívolos amigos.

No obstante, ahora era muy diferente.

Recordaba lo dicho por Harry. El día de lo ocurrido, Dumbledore apareció de inmediato y enfrentó el ataque de ira que Harry tuvo en su despacho.

Aun así, aunque Draco quisiera que Harry tuviera un momento a solas, donde desahogara todos sus sentimientos; los dos sabían que eso no iba a ser posible, porque el mundo seguía girando a pesar de los sucesos recientes.

En cuanto Harry llegó, la señora Weasley también lo hizo. La mujer entró corriendo a la enfermería, para hacer un chequeo general de la situación.

La impresión de la señora Weasley al verlo fue tangible. El cómo dejó los ojos lagrimosos a un lado para pasar a una actitud más bien defensiva. Draco se tomó la nuca nervioso y se deslizó hasta los pies de la camilla, mientras anticipaba la llegada de los demás.

Lupin llegó acompañado de Ginny, Ron y Hermione.

—¡Harry, querido! —exclamó la señora Weasley, antes de abrazarlo y desbordar en lágrimas.

Sin comprender muy bien, Harry abrazó a la mujer y miró a Lupin con una gran interrogante. El hombre pareció buscar las palabras adecuadas, pero al tardarse más de la cuenta, Ron contestó en su lugar:

—Atacaron a Bill.

Harry abrió mucho los ojos y Lupin afirmó las palabras de Ron.

—Greyback lo atacó cuando escapaban del colegio.

—¿¡Lo mordió?! —preguntó Draco, a lo que Lupin se relamió los labios nervioso.

En ese momento entraron varias personas escoltando una camilla que dejaron a un lado. Madame Pomfrey corrió a atender al herido que fue depositado al lado, antes de cerrar las cortinas.

Draco percibió el hierroso olor a la sangre y la señora Weasley descorrió un poco la cortina para ver el estado de su hijo, mientras se mordía el labio con firmeza. La vio soltar varias lágrimas, antes de comenzar a untar una crema en la piel herida de su hijo.

Draco alzó la mirada a Ron, que apretaba los puños con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

—Es complicado —concluyó Lupin, a lo que Draco suspiró aliviado—, pero es probable que no vuelva a ser el de antes.

En ese instante, Draco se percató que en realidad aquella información se lo decía a Harry. Se sintió un intruso en esa enfermería; como si no tuviera el mismo derecho que el resto tenía de estar ahí. Harry asintió ante las palabras de Lupin y suspiró agotado.

—¿Cómo fue que lograron entrar?

La pregunta quedó reducida a nada en el minuto en que Tonks ingresó abatida a la enfermería. Traía la manga de la polera desgarrada, con el brazo derecho sangrante. Lupin la hizo sentarse en la camilla, aunque parecía que el hombre estaba aguantando con insistencia la respiración.

Todos parecían sorprendidos, menos Draco, que con la racionalidad que le quedaba, di un paso al frente y enfrentó la mirada de Tonks.

Estoy bien…

—¡No! ¡No lo estás! —gruñó Draco, antes de acercarse a la chica y tomarla con delicadeza de la extremidad—. Profesor, ¿puede traer el botiquín?

Lupin al escuchar la alusión asintió y trajo el material. Draco era consciente que ahora Madame Pomfrey estaba ocupada con un caso más grave, por lo que le tocó a él hacerse cargo. Draco le quitó la polera y recostó a Tonks con delicadeza en la camilla.

—¡Ese hijo de puta! —maldijo Tonks— ¡Se me escapó! Eran muchos, Kingsley pudo atrapar a un par, pero esos malditos no van a abrir la boca ¡Lo sé!

Draco limpió la herida, e identificó el largo corte que recorría el brazo de la mujer.

—¿Te maldijeron?

Nah… una puta me arañó —escupió la mujer—. Lo mío no es nada, si la hubieras visto a ella.

El olor familiar de la sangre no se le hizo apetitosa. No al menos de la manera en la que causaba efecto en Lupin, quién se mantenía tan lejos como podía de Tonks, con la mano cubriéndose la boca y los ojos cerrados de manera afligida. Draco se apresuró en tomar la varita y curar a la mujer, mientras escuchaba todo el relato de la persecución.

—¡Debimos haberlo previsto! ¡Ese Mundungus es un incompetente de mierda! —finiquitó la mujer—. Draco, dame un cigarro.

Le prendió un cigarro a Tonks y la mujer lo fumó esperando que eso la tranquilizara un poco. Al menos ya no sangraba, por lo que Lupin se mostró más relajado y se sentó en la camilla de la mujer, con una mirada de agradecimiento hacia Draco.

Ginny abrió las ventanas cercanas para que el humo escapara por ahí y miró curiosa a Draco, que no dijo nada antes de guardar la cajetilla. Identificó los ojos de perrito que puso Harry al querer también fumar uno pero negó con la cabeza.

—¿Cómo fue que lograron entrar? —repitió Harry una vez el ambiente se hubo calmado.

—Fue por las barreras… Dumbledore dejó un fragmento descuidado—bufó Tonks—, Kingsley y otros aurores están repasando los encantamientos defensivos, porque nos dimos cuenta de que estas no funcionaban del todo bien.

—¿Cómo? ¿Qué falencias encontraron?

—Ciertos animales, como los conejos o unos insectos eran capaces de salir de los límites del bosque prohibido.

Draco vio a Harry y luego frunció más el cejo.

—Ha habido muchas muertes de conejos —agregó Harry.

—Ese es el problema. No todos los conejos eran capaces de salir y entrar, en eso sufren heridas e histeria para terminar muriendo cerca del castillo —continuó Tonks, dando una calada—. Como si tuvieran la orden de regresar al colegio. Dumbledore no debió darse cuenta de esto, pero alguien sí, y aprovechó esto para abrir durante un par de minutos las barreras.

Jessica —murmuró Draco.

—¿Quién?

—Jessica Spooner, ella los metió al colegio.

Todos guardaron silencio, mientras Draco se apoyaba contra la ventana.

—Debió haberse dado cuenta de que Dumbledore salía del colegio y utilizó la oportunidad.

Entonces, todo comenzó a cobrar sentido. El motivo por el cual encontró a Jessica saliendo del despacho de Snape antes de sus lecciones, los conejos muertos y por qué la chica, a medida que pasaban los días, se mostraba más nerviosa.

—No. Snape le dijo que Dumbledore iba a salir —sentenció Draco, a lo que Harry levantó la mirada de las sábanas con el rostro enrojecido—. Ella, estaba recibiendo la ayuda de Snape.

Ginny entonces abrió mucho la boca y ladeó la cabeza. Como si acabara de recordar algo en especial perturbador.

—Jessica es esa niña bajita ¿cierto? —preguntó a lo que Draco asintió con solemnidad—. Si fue ella, yo… la vi con otra chica, más alta…

—¿De pelo largo? —inquirió Draco. Ginny asintió— ¿¡Cuando?!

—En tu cumpleaños, iban saliendo de Hogsmeade y se metieron al bosque prohibido, pero… ¡Tienen que detenerla! ¡Ella y su amiga son animagos no registrados!

Draco arrugó la nariz y negó.

—Eso es imposible, la otra chica es muggle.

Ginny comenzó a darse golpecitos en la cabeza, antes de volver a contestar.

—¿Pero entonces por qué…? Yo las vi transformarse en lobos… ¡Pansy también lo vio!

Tonks abrazó a Ginny para que se tranquilizara y Draco quedó pensativo ante lo que acababa de escuchar. El chico se apoyó contra la pared cruzado de brazos, con un fuerte cansancio encima de los hombros. Todo había cambiado demasiado en poco tiempo.

Hace un par de noches, Draco se enrollaba con Harry en los pasillos con la expectación inminente de ser pillados y ahora, Dumbledore había muerto, Jessica fue la causa de todo y Draco sabía que este solo era el principio de los problemas.

Harry habló un rato más con Tonks, pero pronto la chica frunció los labios y agachó la cabeza. Draco en ese punto ya no escuchaba casi nada. Solo el simple murmullo de voces conocidas.

—Draco… ¿Podrías contarnos algo más acerca de la niña, por favor? —le pidió Lupin, que se sentó junto a Tonks, que estaba tan estresada que ya había encendido otro cigarro.

Tonks le extendió la cajetilla a Lupin y luego le ofreció uno a Draco, que aceptó de inmediato. Harry también sacó uno; a lo que Hermione arrugó la nariz, pero decidió no replicar nada. Mientras aspiraba el contenido y lo asimilaba por completo, Draco comenzó a hablar con vergüenza de no haberse dado cuenta de las señales.

De los gritos de ayuda que Jessica le dio.

Quizás debió haberla obligado a hablar. Secuestrarla, y extorsionarla con palabras amables, hasta que ella volviera a confiar. Porque esos ojos cuando ella hablaba de la manada de Greyback con tanta lealtad, no eran de felicidad alguna.

Los de Jessica estaban plagados de temor. De un horror particular y ese era el de morir. Jessica no escogió la manada de Greyback, pero por alguna razón, la prefirió en lugar de su familia.

Una vez terminó, Tonks se mostró un poco decepcionada de Draco y él sabía muy bien por qué. Les ocultó la existencia de una persona que podía ser un peligro absoluto.

—Una mujer lobo… —murmuró Ron.

—¿Cómo se llama su hermano? —le preguntó Tonks.

—Frank Spooner, va en primero, slytherin.

—Muy bien —exclamó Tonks, que apagó el cigarro contra la cornisa de la ventana y se levantó de un salto—. Voy a tener que interrogarlo cuanto antes.

Draco volvió a acercarse a la cama de Harry quien lo miró con tranquilidad, como si intentara hacerlo sentir mejor; sin embargo, Draco se daba cuenta de que había actuado de manera infantil y estúpida, y eso había traído unas consecuencias tan abismales como lo eran la muerte de una persona.

Podía haberlo evitado y por miedo no lo hizo.

El estómago se le estrujó al escuchar los sollozos de la señora Weasley al lado. De esa mujer que conocía poco, pero que solo con esos pocos minutos, Draco se daba cuenta de que no merecía ese dolor de tener a su hijo en tal estado.

La culpa lo comenzó a agobiar.

Era demasiado para él. Dumbledore había muerto por su culpa, Bill había sido herido por su culpa, Jessica los había traicionado por su culpa. Por no haber sido lo suficientemente valiente, por no haber afrontado todo desde el principio.

Draco corrió al lavabo de la enfermería y vomitó toda la cena, con un sudor frío recorriéndole la cabeza. La ansiedad que no lo dejaba tranquilo y el miedo intenso en cada nervio.

Era su culpa. Todo había sido su culpa. Harry sufría por su culpa, Ginny lloraba por su culpa, Tonks fue herida por su culpa.

Harry fue quien lo hizo despertar de su sosiego. De la rabia contenida. Le acarició la espalda y Draco sintió como se tranquilizaba. El olor del chico, su piel que lo rozaba, su calor, el tono de su voz.

Su Harry lo tranquilizó.

Draco se amansó en contra, lo abrazó mientras susurraba mil disculpas.

El resto lo miraba sin saber qué hacer. Tonks terminó por abrazarlo y el chico aceptó el contacto, antes de sentarse con un cigarro nuevo entre los dedos, esta vez otorgado por Lupin.

La puerta de la enfermería volvió a abrirse. Arthur Weasley entró junto a Fleur, que prácticamente gritó el nombre de Bill desesperada. La señora Weasley abrió la cortina y la encaró con los ojos hinchados de tanto llorar.

—¿Dónde está Bill? ¡Quiego veglo!

La señora desvió la mirada y la clavó en Tonks con nerviosismo. Notó, también, como Ginny se tensaba al verla, pero Draco no comprendió el motivo.

Desde hace tiempo que no veía a Fleur, pero estaba igual de hermosa como la recordaba. Tenía ese porte de bailarina de ballet, piel de porcelana y, a pesar de no tener ni un gramo de maquillaje encima, parecía gozar de un brillo particular en los labios y los ojos.

—¿Cómo está? —preguntó esta vez Arthur, que abrió la cortina y cerró los ojos—… no puede ser.

Fleur se abrió paso y en ese punto ya todos vieron el estado del cuerpo de Bill Weasley. Como cicatrices le cruzaban el rostro y el torso. Sin duda, que se trataba de un ataque con la firma de Grayback encima. Draco fumó un poco, antes de mirar a Lupin y darse cuenta de que pensaba lo mismo.

—Mi niño… no es lo importante, pero era tan lindo —suspiró la Señora Weasley, mientras untaba más crema en una de las heridas— y pensar que se iba a casar.

Fleur se enderezó y de un manotazo le quitó a la señora Weasley el ungüento.

¿Qué pgetende con ese "iba"? ¡No me integesa el aspecto de Bill! ¡Yo lo amo! Y un hombge lobo no va a cambiag ni un poco todo el amog que le tengo. ¡Es suficiente con mi belleza! Y ahoga sus magcas solo demuestgan el hombge tan valiente con el que me voy a casag.

Draco entonces lo comprendió todo. Observó a Harry que le dedicó una media sonrisa y como Ginny al escuchar sus palabras, también se ablandaba. Pronto sintió como Tonks se colocaba de pie y apagaba el cigarro de Lupin contra el piso, antes de apuntarlo con el dedo.

—¡¿Ves?! ¡Ella lo dijo todo! ¡No me importa si eres un hombre lobo, Remus!

Se dio cuenta de que ahora estaba en medio de dos dramas amorosos. Draco decidió levantarse y acercarse a Harry que, luego de fumar, estaba mucho más tranquilo.

—Tonks, ya te lo he dicho… tú mereces alguien mucho mejor que alguien como yo —suspiró Remus, que vio como llegaba la profesora McGonagall a la escena—. Soy demasiado viejo, pobre y aburrido.

—¡No me importa! ¡Ya soy una adulta, por lo que edad no importa! ¡Hay suficiente con lo que yo gano! ¡Y no te amaría si fueras un lastre!

Lupin estaba rojo de vergüenza, pero pronto se enderezó y miró a Harry casi con culpa de la escena que estaba montando.

Dora, discutamos esto en otro momento… —gruñó Remus, que comenzó a rebuscar en los bolsillos de su chaqueta ansioso—. Dumbledore acaba de fallecer.

Oh, estoy segura de que el profesor Dumbledore hubiese estado encantado de que el mundo se llene de amor incluso después de su muerte —agregó la profesora McGonagall, quien acababa de entrar a la habitación—. Vine a llevarme a Harry, necesito hablar con él.

Harry asintió y se separó del grupo. Draco lo vigiló irse antes de ponerse entre Hermione y Ginny con una mueca extraña, mientras continuaban admirando como Tonks le reclamaba a Lupin que los motivos de no querer comenzar una relación con ella eran, por completo, inválidos.

Draco suspiró, buscó en su pantalón la cajetilla de cigarros y se puso uno en la boca. Sin embargo, tan pronto lo encendió, Hermione se lo arrebató y lo partió a la mitad.

Draco suspiró y vio como el contenido caía al piso. Ya ni siquiera le quedaba fuerzas para replicarle.

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Notas:

Making the bed: Olivia Rodrigo.

Hola!

La próxima semana se publica el final de esta segunda parte. ¡Cerrando temas y abriendo nuevos! Espero que les guste!

Al fin se dio respuesta al misterio de los conejos… hubo un par de personas que acertaron! A este, pero espero que les haya hecho sentido.

The Machine