El llanto del ingenuo.
Está grabado en su mente.
El chirriante sonido de las espadas al chocar perfora sus oídos y desgarra sus tímpanos, nunca se detiene; cada choque es una vida que cobró, un futuro que apagó y una lágrima que derramó. Las chispas de los estilizados metales al rozarse queman su piel incluso cuando no está peleando, el ardor continúa ahí, recordándole el fuerte deseo que sus víctimas tenían de vivir, el anhelo que él ignoró. La pesadez de su larga espada es fácil de pasar por alto, sus manos callosas se amoldan tan perfectamente a la empuñadura que le enferma, su cuerpo curtido por las batallas (asesinatos) se mueve tan impecablemente en el campo de sangre que le hace creer que nació para eso, lo odia.
Está grabado en su cuerpo.
La sensación de cortar carne humana le revuelve el estómago, pero nunca dice nada, el olor de la sangre que sale a borbotones e intoxica el lugar se impregna en su cuerpo, ni refregar rudamente su piel y atuendo quita el hedor, el perfume tampoco ayuda, la mezcla es asquerosa y le recuerda que nunca podrá borrar sus crímenes. El olor a muerte es pestilente y duradero, abandonó los cadáveres para acompañarlo en cada paso que da, riéndose de sus náuseas y su desesperación por escapar, llegó a pensar que él mismo es un cadáver, condenado a seguir vagando por un mundo que le arrebató todo.
Está grabado en su alma.
El insondable dolor de perder a quien más ama lo sigue y lo seguirá para siempre, incluso después de la muerte, si es que algún día alguien se apiada de él y lo asesina. Sueña con aquellas expresiones de horror y agonía que sus seres queridos hicieron cuando les levantó la mano, demasiado drogado para pensar, dominado por la sed de sangre ni siquiera fue capaz pronunciar un monosílabo, él los condenó a un infierno que se ríe de sus gritos. Entre sollozos entendió que sus amigos, su adorada familia está muerta y que fue su culpa, él mató a Tokikaze, su hermano y su persona más preciada, no escuchó sus palabras ni lo reconoció hasta que la sangre empapó su máscara, hasta que su hermano lloró y murió por su mano. La clase que fue su apoyo durante la locura fue dejada atrás, sin miramiento alguno. Están muertos.
Entonces su quebradiza cordura se destrozó y detuvo su corazón, su existencia, más no detuvo su miseria. En el mundo de su subconsciente soñó únicamente con sus errores, los gritos agónicos le desgarraban el alma y las lágrimas quemaban su piel, durante ese tiempo la delgada línea que separa la realidad de la fantasía se disolvió entre esperanzas rotas y deseos mundanos, la locura se filtró por cada grieta e infectó todo. Aun así, de una forma que es incapaz de entender la cordura sigue vigente, tal vez es una ilusión creada por una mente fragmentada cuyas piezas es imposible que encajen, tal vez nunca despertó y todo lo que ocurre ante sus cansados ojos son torturas por su propio ser que le reprocha no haber escuchado los gritos de Tokikaze.
Sí, posiblemente eso ocurre, así que lo que ve ahora es una ilusión, debe serlo, una imagen producida por la falta de equilibrio en un sistema que debió haber sido destruido desde el principio. Presente, pasado y futuro, los tiempos que rigen al mundo fueron doblados y profanados incontables veces para dar a luz una serie de excusas de realidad, eso es lo que ve, lo incoherente que trata de unirse a los frágiles tejidos de su mundo ruinoso que amenaza con derrumbarse ante la más mínima brisa, una proyección de aquellas almas en pena que con furia se aferran a sus pies y le susurran detalles de sus muertes.
Se arrastra miserablemente por el campo destruido, la llanura verdosa se convirtió en una superficie llena de cráteres, heridas de una tierra nacida de la renuncia a otra, a la que deberían haber salvado en primer lugar. La sangre pinta con su desagradable color las orillas, el fondo de los agujeros, las máscaras y su propio cuerpo, el cual pesa como el plomo y arde en un dolor del corazón y de lo físico. Se arrastra hacía el centro de la discordante imagen con la esperanza de traspasarla, revelando así su naturaleza falsa y el juego inhumano que su propia mente le obliga a participar.
Cuando logra tocar con sus dedos maltrechos un trozo de piel pálida, que conforma a esa persona que yace en el suelo, su corazón antes latiente de adrenalina se detiene, al igual que su respiración y sus pensamientos. La piel está fría, como un hielo de aquellos tragos que Nana solía prepararle antes que la destrucción consumiera a la tierra ladrona, no puede traspasar la carne sin abrir más heridas a ese cuerpo esbelto y sucio, pasa su mano con una lentitud que hace doler cada fibra de su patético ser y presiona sus dedos en la muñeca ajena, justo donde el pulso debería estar, no hay nada.
Presiona más fuerte, pero nada. Entierra sus dedos buscando el latido de la vida de quien necesita recuperar, no hay nada.
No se da cuenta cuando logra estar sobre aquel que parece dormir, solo lo comprende cuando su mano acaricia el rostro sereno que aún derrama lágrimas antiguas, las cuales nacieron de un alma torturada y destrozada por cada experiencia que el mundo le obligó a pasar. Un hombre que estuvo cegado en su agonía hasta que trató de quitarse la venda, solo para convertirse en un títere malogrado que suplicó un final a su retorcida y angustiante historia. Ese hombre suplicó por una salvación que llegó en forma de muerte.
"Creeré en ti…"
Si tan solo hubiera sido más listo, si tan solo hubiera detectado la red de mentiras tejida a su alrededor, todo sería tan diferente. Un futuro mejor en donde sí pudo salvar a ese hombre, en donde aquella niña que insiste en estar a su lado pudo haber conocido mejor a su familia, en donde la ofensiva para la cruenta guerra desatada habría sido más poderosa, en donde no habría tenido que repetir su pecado.
Pero no fue así. La realidad bizarra y traicionera le muestra que ese hombre enloqueció de dolor, de ansia de matar, de soledad. Sencillamente todo se arruinó, no logró salvarlo como le prometió, no hay justificación, solo hechos sanguinolentos que se reproducen en su cabeza como una película enfermiza. Ahora esa niña definitivamente perdió a sus dos padres.
¿Por qué está pasando esto? ¿Eso importa? ¿De quién fue la culpa? ¿De él que ingenuo cayó en cada trampa desquiciada, o de ese hombre que se aferró a una idea destructora? De ambos, tal vez.
Pese a que la batalla continúa, los gritos perforan el aire y más de un aliado exclama su nombre, él ya no escucha nada. Todo se detuvo, su vida y el tiempo mismo. Cuando acuna la cabeza del chico hecho hombre en su pecho por fin lo comprende, es tan simple lo que ocurre que no puede evitar reír, su risa es ronca y teñida de una demencia que se desliza por su agrietada mente, hay una pizca de incredulidad producto de esa cándida parte que se esfuerza en deformar la verdad ante sus ojos, la misma que le ruega desesperada que despierte de la pesadilla, porque eso es lo que es, un mal sueño rebosante de culpas pasadas. Que ilusa.
Ahora se da cuenta, siempre estuvo roto en este mar incomprensible de recuerdos pútridos que ya no tienen principio ni final. Ahora entiende que su hermano redujo su velocidad justo en el momento en que su larguísima espada tuvo la oportunidad de cortar profundamente en un punto vital, en el sitio en donde ya nada se puede revertir.
"Soy un fracaso como padre… como hermano… y aun así tengo el descaro de pedirte algo. Cuida de Hina… Por favor… Vive Licht…"
Sus lágrimas tocan el rostro pálido, desprovisto de la vitalidad propia de la existencia, y ruedan hasta caer al suelo coloreado por toda la cálida sangre que no debía escapar de Tokikaze, ya que esa maldita herida no debía ocurrir. Solloza, aunque parece más un grito ahogado en su garganta seca, tiembla como si su ser no pudiera recordar lo que es la estabilidad, su respiración antes superficial se vuelve errática, su vista se torna borrosa y su mundo se desenfoca. Siente que lo desgarran, su mente regresa al estado deplorable de hace siglos con la única diferencia de que los pedazos tienen bordes irregulares, algo irremplazable se ha perdido.
Y de pronto algo se rompe. Abraza con fuerza la figura inerte de Tokikaze, exige que despierte de un sueño imposible de vencer, ruega que vea a su hija que ansía ser madre, a la mujer brillante que lo ayudó a salir de su oscuridad. Seguramente, si no fuera tan estúpido Hina podría haber tenido el tiempo para idear un plan en donde la muerte de su hermano podría haber sido evitada, pero eso ya no es posible, Nana está demasiado herida como para usar su poder y Hina grita horrorizada desde atrás de Douan que la protege del enemigo. Sus llantos apenas acarician sus oídos.
Quiere cambiar el tiempo, el mundo, la existencia misma y la definición de vida y muerte, quiere que todo se revierta y cumpla su voluntad. Por un instante desea ser un dios, de esos que pueden ir al inframundo y revivir a quien se les plazca, de esos invencibles, de esos inteligentes que nunca caen en las trampas. Quiere ser perfecto, para que así todo sea idóneo. Sin embargo, no lo es y lo paga viendo morir a cada persona que ama, y lo paga gritando hasta que ya no tiene voz y sus ojos se secan de tantas lágrimas expulsadas, el dolor físico no se compara al dolor del alma, entonces vuelve a gritar desgarrando lo ya herido.
¿Por qué no puede salvar a nadie? El mató para que nadie fuera asesino, y perdió lo que quería proteger. No escucha ningún llamado. Todo se fractura en esta danza fabricada por la entidad insania que nació de él, la entidad que trató de separar de su persona sólo para descubrir que no es posible, ese monstruo y él son lo mismo. Sus ojos graban el crimen que lo persigue desde hace incontables días, finalmente todo se arruinó, la victoria sabe a desgracia.
En medio del insano torrente de angustia que hace estragos en su interior, el pasado toca su puerta, deseoso de extender heridas que nunca sanaron correctamente, que supuran dolorosamente entre los arrepentimientos que se enredan en los hilos de su nefasta realidad. La aflicción se intensifica tanto que duele el mero hecho de pensar, de ver lo que a su alrededor se desata entre estallidos de poder y exclamaciones furiosas. El tiempo ya no sirve para nada.
"No quiero matar a nadie"
"No quiero lastimar a nadie"
Falló, tan horriblemente que cada pensamiento es una puñalada a su interior ya despedazado por el entendimiento de la irrefutable verdad. Jadea, o tal vez solloza, la lógica de esta guerra fría y de la muerte misma se ha perdido en lo más recóndito de su mente para nunca volver, dando paso libre a cavilaciones autodestructivas que seguirán con el deterioro comenzado desde que blandió por primera vez su espada en contra de la vida.
Escuadrón de no matar. Ridículo.
Es el único que queda de ese escuadrón, de ese en el que no existían los viajeros deseosos de ayudar en la macabra historia. Un ideal risible que solo los idiotas seguirán, desafortunadamente todos los que lo seguían eran idiotas y por ello duermen en las capas de tierra y uno de ellos es aprisionado en sus brazos con una fuerza avasalladora, como si pudiera escapar pese a la clara falta de lo esencial en la idea.
Ante sus ojos todo tiembla, la tierra llora y el cielo se entristece al presenciar el choque de ideales tan extraños y dolorosos que ya no sabe si quiere ser el ganador. Aparece Schmelman, con ese porte imponente y aura perfecta, no le importa, ni siquiera escucha lo que dice, mucho menos le presta atención a las iracundas acusaciones que sus aliados le hacen, un clon, saber eso no le devuelve lo perdido. Todo se retuerce cuando las tornas cambian y el mundo se transforma en una amalgama inútil de lamentos y furias incontenibles.
La vacilación desaparece.
