—No debiste venir —gruñe Emilie.

Provincia de Le Mans. 16:39PM.

—¿Me estás echando? —consulta Amelie, cruzando una pierna sobre la otra con soberbia—. Eso no es muy educado de tu parte, hermana.

—Amelie, por favor, no pienses eso —comentó Gabriel, ligeramente afrentado. Acto seguido, rellena su copa con algo de vino—. Disculpa a mi querida esposa. En realidad, estamos muy contentos de que hayas decidido finalmente dejar la isla y…vengas a visitarnos. Es solo que…bueno —se rasca la nuca, nervudo—. Tal vez pudiste avisarnos con tiempo para prepararte algún banquete de bienvenida o algo más acorde a tu posición, jeje…

—Pierde cuidado, Gabriel —la inglesa se encoge de hombros, degustando aquel brebaje carmesí con elegancia—. Después de todas las injurias por las cuales he tenido que pasar, ya nada amerita tales agasajos. Creo que, en tiempos de guerra y esas cosas monstruosas, es un despilfarro de recursos —añade, echando una ojeada rápida al salón—. Lo que me llama la atención es no ver mucho movimiento por aquí. ¿En dónde están todos?

—Si viniste hasta acá, buscando a Félix —murmura Emilie, con dejo de zozobra—. Pierdes tu tiempo. No hemos sabido nada de él en años.

—¿En serio? Es curioso —le reprocha su gemela—. Hace un par de semanas atrás solamente me escribió una carta, indicándome que pasó por acá. Incluso, aseguró haber comido de tu mesa.

—¿Insinúas que miento? —la hermana frunce el ceño.

—No del todo. Creo que solo omites información —sonríe sagaz, la duquesa—. La pregunta es… ¿Por qué? Luego de lo que ocurrió con Colt, contaba con tu apoyo para darle asilo en tu castillo. ¿No te entregó la carta?

—No sé de qué hablas, hermana —refuta la señora Agreste, rehuyendo de su mirada—. Posiblemente el viaje te agotó más de la cuenta.

—Nunca te cayó bien ¿Verdad? No tienes que fingir conmigo —cuestiona Amelie, molesta— ¿Por qué? ¿Acaso por ser hijo de un mercader inmigrante? Solo quisiera recordarte, quienes son los Agreste realmente. Campesinos y escuderos que-…

Suficiente —retoza la dueña de casa, fulminándola con la mirada—. Ya entendí, hermana. No hace falta que me humilles así.

—Entonces ahórrate el bochorno —le regresa el ataque—. Y dime donde carajo está mi hijo.

—No lo sabemos, madame…—interfiere Nathalie Sancoeur—. En efecto, es verdad que estuvo aquí. Pero su estadía fue muy breve. Solo una noche. El…—observa a sus patrones, íntegramente confabulada con la familia a la cual sirve—. El escapó de casa, de pronto. Y de paso, se llevó a la esposa de Adrien y a su hija.

—¿Qué Félix secuestró a alguien? —bufa Graham de Vanily, sarcástica—. Eso no te lo crees ni en misa, criada. Mi hijo no es ningún delincuente.

—Pero es lo que hizo, aunque te moleste —le reprocha Emilie, altanera—. Es más, me vi en la horrenda obligación de contratar a alguien para que buscara a mi nieta y me la trajera de vuelta —ríe—. No sé qué clase de crianza le dio ese tal "Colt Fathom". Pero sin duda, no una muy buena.

—No te voy a negar que mi difunto marido era un bastardo. Murió como tal, de hecho —Amelie se encoge de hombros, sopesando mantener la cordura ante tanta injuria—. Pero lamento informarte que la que crio a Félix, fui yo. Su padre fue meramente un donador de esperma. Así que te recomiendo medir muy bien tus palabras cuando te refieras de mala forma hacia él. Porque técnicamente, te estas insultando a ti misma. Somos gemelas y familia, después de todo.

Ok…esto…no está dando buenos frutos. Y en parte sé que es mi culpa —el señor Agreste se levanta del sofá, ordenando con potestad que los aposentos de la invitada sean acomodados como dicta el protocolo—. ¡Ejem! ¡Amelie! Cuñada… ¿Qué tal si descansas un momento? Por favor, te invito a darte un baño y a reposar mientras servimos la cena y te prometo, que te daré las respuestas que buscas. ¿Sí? Ve, por favor. Nathalie. Acompáñala…

—Claro, señor —asiente la criada—. Por aquí por favor, mi lady…

Silencio sepulcral en el ambiente. La tensión aumenta cada vez que el peliblanco interviene sin la autorización de su esposa. Puede que intente poner paños fríos en un intento malogrado de apaciguar viejas rencillas. Pero para Emilie es una afrenta que le revuelve el estómago con nauseabundo malestar. Mas iracunda que en un comienzo, zapatea el suelo a regañadientes y se retira al segundo piso. El varón, le sigue detrás. Logra alcanzarla en el interior de la recamara que ambos compartes, aunque haya tenido que esquivar un cojín volador que dé a centímetros, no le dio de bruces en toda la cara.

—Cariño, por favor…

—¡¿Cómo te atreves?! —farfulle Emilie, con el rostro inflamado en cólera y celos— ¡¿Acaso crees que soy tan estúpida para no darme cuenta como la miras?!

—Mi amor, creí que eso había quedado en el pasado…

—¡Nada queda en el pasado para mí, Gabriel! —protesta la mujer, arrojándole otro cojín que épicamente esquiva— ¡Aun puedo recordarlo! Como si hubiese sucedido ayer. Siempre tuviste debilidad por ella ¿No? Por ser la más bonita de las dos.

—¡Emilie por todos los cielos! —se defiende el Agreste, agraviado— ¡Son gemelas idénticas!

—¡Pero yo no soy ella! —esta vez, le ha lanzado un espejo; que revienta a su lado— ¡No somos iguales! ¡Somos distintas!

—¡Y es por eso que me casé contigo! ¡Jamás tuve ojos para ella! —Gabriel siente el piquete de un trozo de vidrio, incrustarse en el hombro— ¡ARG! Joder, amor…

—Maldito…me das asco —gruñe furibunda la rubia, dándole la espalda—. Por tu culpa ahora mi hermana cree que odio a mi sobrino.

—¿Y no es verdad, acaso? —se soba.

—No…no es verdad —niega, avergonzada de sí misma. Como quien, admite un delito—. Tú sabes que amo a Félix como si fuese mi hijo. Por lo mismo, no puedo tratarlo distinto —. En realidad mi resentimiento por el...es tu culpa, infeliz.

—¿De qué carta hablaba Amelie? —consulta el hombre, confundido— ¿Félix te entregó algo?

—¿De qué sirve saberlo? Era una estupidez…

—Emilie, por favor…—Gabriel insiste en tomar su atención, sujetando sus hombros con desazón—. ¿Qué es lo que no me estás contando?

—Tsk…suéltame, tonto —le aparta de un palmetazo. Mosqueada, revela—. Amelie…ya sabía lo del virus. Se lo advertí con tiempo. Cuando Colt lo llevó con él.

—¿Qué dices? —parpadea, estupefacto— ¿Le contaste de nuestros planes…?

—¿Qué querías que hiciera? Es mi hermana, por todos los cielos —masculle entre dientes, frustrada—. La idea era dejar de lado a nuestra familia de toda esta mierda. Tenía derecho a saberlo. Debía protegerla a ella y a Félix —aprieta los labios, abrazándose así misma con despojo de melancolía—. Le pedí que en cuanto estallara esto, lo enviara conmigo. Lo protegería.

—¿Realmente estabas preocupada por la vida de tu sobrino? —cuestiona Gabriel, receloso—. Es algo de no creer…

—¿Para qué preguntas entonces? Si ya me conoces…—desvía la mirada—. Debía velar por la riqueza de los Graham de Vanily. Y Félix es el único primogénito vivo que queda de nuestro linaje.

—Solo te importaba la afortuna de tu familia…

—Si. ¿Y qué? —le interpela, encandilada—. No me mires como si no te importara también. Aquí no te des por santo, Agreste. En cuanto el rey muriera y todo se fuera a la mierda ¿Quiénes crees que heredarían la tierra prometida? ¿Los campesinos iletrados? ¿Esas cosas? Alguien tenía que mantener el poder a flote.

—Siempre supe que eras ambiciosa. Pero no creí que tanto…—balbucea, desatendido.

—Por mantener mi posición, daría lo que fuese —sentencia la mujer.

—¿Incluso si eso conlleva sacrificar a nuestro propio hijo?

—No te atrevas a meter a Adrien en esto —le empuja hacia atrás, de un puño contra el pecho— ¡Él no tiene nada que ver!

—Pero está metido, mujer —reclama Gabriel, hastiado— ¿Qué no te das cuenta? Félix no secuestró a nadie y tú lo sabes mejor que nadie. Marinette es quien descubrió todo y se los llevó a ambos. Adrien no estará lejos de su hija, ni un solo día. Entiéndelo.

—¡Ya lo sé! Nada salió como debía. ¡Y es tu culpa! —aúlla estropeada en respuesta— ¡A ti se te ocurre matar a Tsurugi! ¡Y ahora su hija nos tiene sangre en el ojo! ¡Hasta nos declaró la guerra!

—Era natural. Los japoneses son muy rencorosos…

—¿Qué mierda tiene que ver con que seas japonés o francés o inglés? Abre los ojos, Gabriel —Emilie le sujeta del rostro, clavándole una mirada certera en los ojos—. Estamos condenados ahora. Solo podemos asumir y luchar por sobrevivir, nada más. Es nuestro pecado…el precio que debemos pagar, por usarla a nuestra conveniencia. Engañamos a esa mujer y merecemos la venganza de la chica. Aunque eso no quiere decir…—lo suelta, farfullando—. Que yo me deje matar, así como así.

—No permitiré tal cosa. Nos mantendré a salvo aquí, en el castillo —asevera el peliblanco, certero—. Tu déjamelo a mí.

—Ya sé. Jamás he dudado de tu lealtad. Solo de tus deseos más carnales —berrea Emilie—. Después de todo, sigues siendo un varón burdo y vulgar. Como todos…

—Yo no soy así…—sisea el hombre, avergonzado.

—No entraré en detalles sobre lo que sucedió con la criada hace años atrás. Eso fue historia —la señora Agreste coge una manta y se encamina hacia la salida del cuarto—. Está bien. Le contaremos toda la verdad a mi hermana. Ya que se molestó en venir, solo busca a su hijo. Es normal, yo haría lo mismo. Pero en cuanto le demos la información que necesita, dejaremos que se marche. ¿De acuerdo? Ni una palabra más acerca de lo que haces en tu laboratorio. ¿Te quedó claro?

—Claro como el agua…si…—asiente, dócilmente.

—Bien. Y por favor cambia esa cara de baboso que tienes —repara la ojiverde, asqueada—. En serio, hoy dormirás en el establo.

—Te juro que no he pensado en nada de eso…—musita, cabizbajo— Emilie…sigues siendo tan rencorosa como siempre…

[…]

—Noreste.

—Con todo respeto, Zoé —acota Nathaniel, preocupado—. Dijo eso mismo hace dos horas atrás. ¿Segura que no estamos perdidos?

—Tsk, cierre la boca barón —refuta Lee, completamente perdida. Aunque es demasiado orgullosa como para admitirlo. Lleva consigo una brújula rudimentaria, que cambia de aguja como sopla el viento— ¡Joder! ¡Esta mierda no se queda quieta!

Bosque de Ruan. De camino a Le Mans. A una semana de distancia. 20:20PM.

—¿Por qué nos desviamos de la ruta? —consulta Luka sobre su caballo, embrollado—. Estoy seguro de que hemos pasado esa hilera de abedules más de dos veces…

—Ni se te ocurra decirles o te castran vivo —advierte Nino Lahiffe, hurgueteándose las encías con un mondadientes—. Estamos perdidos. Pero a los nobles no les gusta que cuestionemos su estupidez.

—¿Estás diciendo que la duquesa es tonta? —sugiere el peliazul, pasmado.

—No. De hecho, lo acabas de decir tu —Nino suelta un chiflido canturreando como si nada—. Permiso~

—¡Oye! —Couffaine se ve así mismo, liado—. Este tipo…es de malas pulgas…—hace una pausa, divisando a lo lejos a Félix. Galopa hacia el—. Félix…¿Acaso estam-…?

—No, Luka. No estamos perdidos. Es solo tu imaginación ¿Sí? —carcajea el inglés, golpeando su espalda en reiteradas ocasiones—. Tu sigue mirando estrellas. Y no te acerques a los espinos —se aleja.

—¡Pero-…! —resopla, derrotado—. Esta gente… ¿No se orienta?

—Yo podría enseñarte el camino, herrero —murmura Lila más atrás, atada de muñecas y tobillos a una mula—. Pero digamos que cierta personita me cortó la mano y no puedo apuntar. Si tan solo pudieran soltarme…

—Aun tienes la mano izquierda libre ¿No? —murmura el campesino, poco fiado de sus palabras—. No quieras engañarme. No te liberaré.

—Necesito defecar —confiesa Rossi.

—Con una mano es suficiente —protesta Luka, escéptico.

—Si, claro. Saco el culo y hago ¿No? —rueda los ojos, irónica—. Maldito analfabeto.

—Se leer ¿Ok? —crítica el herrero, con altivez—. En tu cara dice claramente "traidora psicópata". Ja…—cabalga más lejos.

—¡¿Qué dijiste cara de puerco?! —chilla.

—¡Silencio, boticaria! —uno de los soldados, la apalea de costado— ¡Una palabra más y te cortamos la lengua también!

—Ghn…ni un respeto por las damas —refuta la morena—. Ya me van a necesitar, idiotas.

Un poco más atrás.

—¿Por qué nos estamos retrasando? —discute Kagami, sobre su corcel. Aún permanece vendada de la cintura hacia arriba, con algo de incomodidad sobre el antebrazo derecho—. Ya deberíamos haber llegado al cruce de las cabras. ¿Acaso se perdieron? Joder, esto me molesta. Necesito tocar suelo.

—Nada de eso, querida. Espera, te ayudo —murmura Adrien, asistiéndola en el proceso. La baja del animal, con ternura—. Ya. En realidad, hemos tenido que desviarnos. Mas adelante hay un poblado lleno de zombis y esas cosas son hordas hambrientas. Zoé ha dicho que no quiere más enfrentamientos así que optamos por la ruta de las montañas —agrega, preocupado—. Deja cargo esto —sujeta su capucha—. Tienes las manitos frías. ¿Te duele?

—Solo un poco. Nada que no pueda soportar —revela Tsurugi, adolorida, pero a la vez, complacida con su ayuda—. Tengo sed. Ve por agua —demanda—. Y avellanas secas.

—Si, sí. Voy de inmediato —asiente obedientemente.

Que asco —musita Marinette, empachada.

—¿Disculpa? —pregunta Félix, quien claramente ha oído aquello. Capta de inmediato la aversión que muestra por los dos recién casados. Le resulta divertido, pero a la vez preocupante— ¿Por qué te molesta tanto?

—Es un imbécil —reniega Dupain-Cheng, obstinada—. Míralo, por favor. No puede evitar poner esa cara de perro faldero obediente.

—¿Acaso no se comportó así contigo también? —bufa Fathom, bajando de su jamelgo.

—Por eso mismo, me da asco —admite la ojiazul, burlada—. Ni si quiera tiene un mínimo de decencia por disimular.

—Marinette, debes dejar de lado esos celos. No te hacen bien —Félix ya no se lo toma personal. Sabe perfectamente que hay una historia detrás y no va a darle riendas sueltas a sus inseguridades—. Ven aquí —estira los brazos—. Deja que te baje. Llevas mucho tiempo arriba de tu caballo y te hace mal.

—Si. Ya me empezaban a doler los huevos que no tengo —retoza la fémina, dejándose mimar por el rubio. Una vez en tierra, suspira—. Félix, quiero orinar.

—¿Otra vez? Hiciste hace diez minutos nada más.

—Perdona —le reprocha, juguetona—. Pero llevo un bebé dentro y me aprieta la vejiga. ¿Te parece chistoso?

—Algo. Jajaja, no. Disculpa. Soy muy nuevo en esto —expresa abochornado el rubio—. Nunca antes embaracé a nadie ni salí con una chica así. Deja te consigo un lugar. Sígueme —toma su mano—. Acá hay unos arbustos. Te pondré una manta encima.

—Félix, luego de orinar quisiera comer algo —demanda Marinette, agobiada—. Tengo muchísima hambre.

—Si, claro amor. Mira, aquí —señala el varón, dejandola a solas para darle la espalda y cubrir la zona con una manta en son de cortina. Añade— ¿Qué te gustaría comer?

—Mhm…quiero carne de pato —sisea la chica, en lo que descarga sus necesidades—. Si. Carne de pato y vino. Si es posible también, algo de venado y vacuno. ¿Puede ser?

—¿Cómo? ¿Todo eso? —pregunta Graham de Vanily, perdido en el ocaso que se alza sobre las montañas. Solo logra escuchar algo endeble a lo lejos—. Pero, Marinette. Eso suena a un banquete ahora mismo. ¿Dónde conseguiré tales cosas?

—No lo sé. Ingéniatelas —lo motiva, acabando—. ¿Me la conseguirás? —lo abraza por la espalda, besando su nuca— ¿Sí?

—Si…claro…lo haré…

21:10PM.

—¡No! ¡No nos perdimos! —exclama Zoé delante de sus tropas— ¡Solo vamos a acampar aquí y mañana retomaremos la ruta como corresponde! ¡Aléjense de los árboles, acérquense al rio y si prenden fogatas que sean breves! ¡¿He sido clara?!

—¡Si señora! —asienten los soldados al unísono.

Si. Se perdió. En efecto, lo hizo. Pero nadie aquí quería ponerse en plan de cuestionar sus estratégicas rutas. Ahora mismo lo que me complicaba era el hecho de conseguirle los alimentos que a mi chica le apremiaba consumir. Luego de armarle su tienda de campaña, me dispuse a salir a cazar como un Neanderthal en medio del neolítico. Todo en busca de su cena. Agarré un arco, flechas, un cuchillo y cuerdas. Con la esperanza de encontrar algo para su deleite.

Aguardé sereno a que todos se fueran a dormir, para llevar a cabo mi cometida. Me escabullí en medio de unos arbustos, armado de mi más pueril habilidad de cacería para encontrar patos. Y, de hecho, los vi. A lo lejos. Chapoteando en las expensas del riachuelo. Me profesé solo por esos momentos. De no ser porque un par de ramas quebrajándose en mi espalda, me alertaron. Di un brinco, dispuesto a matar. Pero eran Luka y Adrien en persona; quienes se sumaron a la aventura. ¿Qué mierda hacen aquí?

—¿Y ustedes qué? —refuta Félix, malogrado— ¿También quieren comer pato?

—Yo estaba cagando y te vi de reojo —miente Couffaine, jocoso.

—Yo solo pasaba por aquí —falseó el Agreste, divertido— ¿Estás cazando, primo? ¿Se te antoja pato?

—Déjate de bromas, Adrien —gruñe Fathom, ruborizado—. Sabes muy bien por qué hago esto.

—Ah…—carcajea el médico, divertido— Marinette ¿No? ¿Quiere comer carne en exceso? Me parece que te tocó el premio difícil, primo. Los hombres somos los más complicados de soportar.

Luka me mira absorto, sin entender el contexto de la conversación. Y, a decir verdad, si bien entiendo un poco su comentario, tampoco comprendo del todo a que se refiere con "hombres difíciles". ¿Qué insinúa? Lo observo, más confundido que otra cosa. A lo que el responde con otra risotada endeble, dándome un golpe cariñoso en la nuca.

—Es un varón —revela Adrien

—¿Un qué? —Félix se retrae en su lugar, absorto.

—¿Disculpen? —Luka parpadea, confundido—. ¿Quién es un varón?

—¿No lo sabías? —admite el doctor—. Marinette está embarazada. Espera un bebé de Félix. Y a juzgar por sus antojos, es un varoncito. Ella espera un niño.

¿Un…niño? ¿Es una broma…? Me he congelado.

—¡¿Marinette está em-…?! —Couffaine hace una pausa, más liado que el inglés—. Oye… ¿Y por qué te entiesas? No te mueras. No es tan terrible ¿O sí?

—N-no…—despabila Félix, aturdido—. Per-Perdón. Es que… ¿Un niño? No esperaba algo así…

—¿Querías tener una niña, primo? —pregunta curioso, su familiar.

—Si…—admite Fathom, aunque no del todo desanimado—. Pero vamos, no me molesta. Para nada. Es solo que me llama la atención que puedas determinar algo así, sin que nazca aún. Quiero decir, está en gestación.

—Félix, se lo que debes de estar pensando ahora mismo —advierte el doctor, inquieto—. Nosotros los chicos lo tenemos difícil en esta época. Porque nos mandan a la guerra y eso. Pero déjame decirte que-…

—¡Un pato! —advierte Graham de Vanily, apuntando con su arco—. Dos de tres, muchachos. Nos llevamos dos y comemos todos. ¿Qué dicen?

—¡Me apunto! —balbucea Luka, apuntando—. Soy experto. Déjenmelo a mí.

—¿Luego que sigue? —le insta su primo Adrien— ¿Mas carne roja? ¿Qué tal un venado?

—Un venado estaría bien, primo —profiere Félix, con orgullo y sonrojo en sus pómulos—. Lo comemos entre todos.

—Por ese niño que viene en camino entonces —Adrien le da un golpe amistoso en el hombro, animado— ¡Ahí va!

Dos disparos. Tres. Cuatro. Cinco. Es una noche estupenda para cazar. Conseguimos finalmente tres patos, un ciervo y dos vacunos. Fue una maravillosa proeza en aventuras silvestres. Regresamos al campamento victoriosos. Mas de algún soldado hambriento, deseaba degustar de nuestros trofeos. No fuimos avaros para nada. Yo más que mal, les debía mi vida a estos hombres. Así que lo cercenamos y tazamos entre todos los que alcanzaron. Por supuesto, dejando las partes más suculentas, sabrosas y ricas en proteínas y carne para mi mujer. Adrien se llevó su porción para Kagami. Y yo la mía, para Marinette. Cociné a sazón el producto y lo serví en su mesa, deleitándome con la promesa de una mujer satisfecha de engullir lo que pedía. Era su apetito más voraz frente a lo que aguardaba en su vientre. Mi hijo…según Adrien. Un varón. Que, si bien no estaba del todo conforme con tenerlo, lo aceptaría de igual forma. Esperanzado de poder cambiar el rumbo de los hombres que en mi familia…crecieran. Yo no iba a sacrificarlo en una guerra absurda ni mucho menos mandarlo a estudiar cosas ridículas. Ni menos casarlo con una doncella porque sí. Anhelaba criarlo como dios manda, en el calor de una familia cariñosa y protegido de todo mal. Por eso cacé por él. Por eso, proveería a mi familia. Yo era el benefactor. El protector. El líder, hasta que pudiera venir al mundo sano, fuerte y vigoroso a enfrentar las proezas de sus progenitores. Con eso me conformaba…

A eso de las 01:20AM. Marinette estaba recostada sobre su camita, calentita, al lado de la fogata que cree para ella y muy satisfecha. Repleta de comida, vino y comodidades. Me tumbé a su lado, de espaldas a la mujer que amaba y la rodeé con mis extremidades en un abrazo cálido. Amoroso. Nos quedamos hasta las tantas charlando de cosas y devenires futuros, hasta que su más primitivo apetito la abordó. Me buscó entre las colchas, ávida de contacto sexual. Y fue entonces cuando la amonestación de mi primo me asaltó. Yo me profesaba muy estimulado por ella. Pero no haría caso omiso a sus advertencias. Estaba infectado tanto como ella. No deseaba contaminar a mi hijo. Así que tuve que tomar la horrible posición…

De rechazarla.

Me levanté. Obviando el hecho de que Marinette llevaba minutos antes acariciando mi pecho con intencionalidad. Me observó circunspecta. Se que no lo entendía. Tampoco me sentí en la posición de decírselo. Así que inventé la peor excusa de todas…

—Estoy con indigestión.

No me quitó la vista de encima. Claramente, le pareció obscena mi confesión. Agraviada, me preguntó.

—¿Tienes diarrea?

Mentí.

—Si. Creo que comí demás. Algo me cayó mal.

No me creyó para nada. Frunció los labios y el entrecejo. Me dijo.

—Mentiroso.

Me congelé. Era la primera vez en meses que la rechazaba en alto tan íntimo. Era tan irrazonable, que enfermé del estómago de solo falsificar la verdad. La deseaba con el alma. Pero ¿Decirle la verdad? Era morir de pie. Insistí en mi mentira.

—En verdad, me duele el estómago.

—Mentiroso.

Me rebatió. Ya…no pude impugnar más. Resignado, me senté a su lado. Esperanzado de que entendiera las razones por las cuales, no podríamos volver a intimar por un tiempo ella solo se limitó a soltar un bufido molesto y se recostó del lado de su cama improvisada. Pensé que estaría demasiado indignada con mi declaración. Sin embargo, en cuanto me arrimé a su regazo; musitó con agonía.

—Adrien tiene razón. Fuimos unos irresponsables en no tomar precauciones. Yo no estoy en las condiciones más óptimas para cargar con este bebé —y cubrió su semblante, con una colcha—. Félix, es probable que también esté infectado. Si seguimos así…

—Marinette, te ruego no sigas insistiendo con eso ¿Quieres? —rezongó Fathom, abrazándola por detrás en un cariñoso intento de reconfortarla con su calor—. Todo estará bien. Nuestro hijo nacerá sano y a salvo. Ya te dije que yo me encargaré de eso.

—¿Hijo? —se giró, pasmada con su acotación— ¿Cómo sabes que es un varón?

—No olvides que mi primo es doctor. Sabe muy bien de estas cosas —murmuró con ternura, depositando un beso casto en su frente—. Tus antojos son muy reveladores.

—Ya. Pero eso no quita el hecho de que ahora tú también llevas este mal —espeta cabizbaja, la ojiazul—. Entiendo los planes de Adrien de querer volver a Le Mans. Sin embargo, están olvidando que es Gabriel el dueño del laboratorio. Mis exs suegros no tienen la más mínima intención de sanarme. Por ellos…ojalá yo muriera.

—No pretendo quedarme mucho tiempo en Francia —comenta Graham de Vanily, sereno—. Tengo un plan en mente. En cuanto nos hagamos de la cura, tomaremos a Emma y nos iremos de aquí.

—¿Y a donde procuras huir? ¿De vuelta a Inglaterra? —bosqueja Dupain-Cheng, desanimada—. No eres bienvenido ni si quiera en tus propias tierras…

—No. Estaba pensando en un lugar mucho más…neutral —sisea el rubio, decidido—. Uno que no esté en medio de esta guerra, alejado de todo. Uno que ya conozco.

—¿Te refieres a la isla de Cantabria? —suspira abatida la fémina—. No me parece una buena idea.

—¿Por qué no? —inquiere el varón, animado—. Recorrí la isla casi por completo. Está fuera de todo peligro. Es rica en vastas praderas y abundante tierra fértil. Ideal para cultivar alimentos y criar ganado. Podemos construir nuestro hogar ahí. Juntos…los cinco.

—¿Cinco? —parpadea, confundida.

—Deseo que mi madre venga con nosotros —propone el ojiverde, mustio—. Bueno, si es que no te molesta, claro.

—N-no…para nada —desvía la mirada, ruborizada—. En realidad…no suena mal vivir con ella. Me has hablado maravillas y me entran ganas de conocerla. Se ve que es una buena mujer.

—La mejor. Y una madre muy condescendiente por lo demás —agrega el monje, malogrado—. La ha pasado muy mal estos últimos años. Creo que merece un hogar digno, donde pueda darle lo que necesita para su bienestar. Puedo reconstruir el puerto y retomar el negocio de mi padre; urge generar ganancias.

—Pero ya no serás un Duque…

—No necesito tal título —niega, jovial—. Ya renuncié a él hace muchísimo tiempo. A nadie le importa realmente los Graham de Vanily ¿Sabes? Es obsoleto. Ahora mismo…—apega su frente a la suya— «Solo soy tu fiel siervo, mi señora. Un loco enamorado que quiere pasar el resto de sus días a su lado»

—Me gusta cuando te pones así —susurra Marinette, enternecida con sus palabras. Lo apretuja contra su pecho—. Es increíble…

—Así ¿Cómo?

—Así…como un cachorrito.

De por sí, Marinette era muy sentimental conmigo a la hora de compartir un momento a solas. No obstante, cargar en su vientre una vida latente como ninguna, la volvía aún más sensitiva. Lo cual podía ser considerado como algo tanto bueno como malo. La debilidad de una, sería la fortaleza de otra. Es lo que pensé esa noche, mientras me acurrucaba con ella, cariñosamente para capear el frio noctívago. Tal vez no podamos hacer el amor de una manera más carnal. Pero hay un sinfín de formas de hacerlo, sin llegar a quitarse la ropa. Esta, era una representación de las miles que encontraba a su lado. Protegerla de la incertidumbre y velar por su porvenir, era mi misión en esta vida. Al menos, hasta conseguir la bendita cura.

A pesar de llevar la mayor parte del día concentrado en mi pareja, mi madre no salía de mis pensamientos más enraizados. Soñaba con ella de vez en cuando, rezándole al altísimo que cuidara de su salud. Estando tan lejos de tierras populares, no pude escribirle como preví. Temí que cavilara una muerte prematura de mi parte. Me preocupaba no tener noticias de ella. Esa noche, no fue la excepción. Debía obligarme a dormir, aunque en el fondo fuese victima posesa de agrios sentimientos que me atormentaron con apremio.

Me pregunto…si estará bien…

[…]

—Y esa…es toda la verdad —asiente Emilie, templada—. Lamento haber tenido que falsear los acontecimientos. Digamos que no fue una visita del todo agradable. Sobre todo, porque se fue con mi nieta.

Devuelta en Le Mans, castillo de la familia Agreste. A esa misma hora.

—Félix no es un mal niño, Emilie —protesta Amelie, caminando de un lado a otro por el salón, con expresión inquieta—. Puede que no haya actuado acorde a sus modales. Pero debes entenderlo. Se ha embarcado en una travesía muy peligrosa por un bien común. El solo busca una solución a este mal.

—Todos estamos conscientes de lo que nos afrenta, Amelie —confiesa Gabriel, sobándose el mentón pensativo—. Pero las cosas no han salido como lo planeamos. El tiempo nos jugó en contra. Sin embargo, continuamos dando nuestro mayor esfuerzo por subsanar esto.

—¿Realmente están buscando una cura? —cuestiona la gemela menor, suspicaz. Los observa a ambos, no del todo convencida—. Han pasado casi trece años desde que soltaron esa cosa. Me sigue pareciendo extraño que no hayan conseguido avances.

—Incluso Adrien se volcó a ello, esperanzado en acabar con la cepa —explica el señor Agreste, triste—. Tuvimos que, para los ensayos con Emma, por el bienestar de su salud mental. Es demasiado volátil para alguien de su edad.

—Qué hay de la mujer que les proporcionó el virus —pregunta la inglesa— ¿En dónde está ahora? Ella debe de tener una respuesta a esto.

—Falleció hace un par de años atrás —relata la señora Agreste, recelosa—. Lamentablemente, también sucumbió frente a él.

Eso no tiene ni pies ni cabezas. Una mujer que tenga en su poder tal arma, siempre sabrá como destruirla —Graham de Vanily frunce el ceño, mosqueada. Por más que intenten convencerla con historias fútiles, nada le quita de la cabeza el planteamiento de un plan aún más macabro detrás—. Les agradezco mucho la sinceridad. A ambos. Mas no puedo permanecer de brazos cruzados aquí sin hacer nada. He de partir a Saint-Bourgeois en su búsqueda. Solicito amablemente un caballo y escuderos para mi éxodo —demanda.

—Claro que sí, hermana. Lo que tu pidas te lo daré —asiente la francesa, observando de reojo a su esposo con la complicidad de un complot nauseabundo—. Enviaré a ensillar un caballo acorde a ti y también un par de escoltas.

—Gracias. Mi criada —añade la Duquesa británica— ¿En dónde está?

—En las barracas junto a los otros sirvientes —añade Nathalie Sancoeur. Quien permanecía en silencio en un rincón del salón; de oyente—. Si gusta, iré por ella.

—Si, por favor. Envíenla a mis aposentos —Amelie emite una reverencia sutil, encaminándose hacia la salida—. Me iré dormir ahora. Les agradezco una vez más la hospitalidad y la buena disposición conmigo. Con permiso…

Emilie y Gabriel cruzan mirada entre sí, de manera furtiva. Si bien su plan ha salido acorde a lo conversado y la intrusa partirá a la mañana siguiente, algo no les queda del todo claro. ¿Realmente ha venido a buscar a su hijo, como la madre abnegada que es? ¿O es que acaso Félix le ha advertido de algo más? No pueden fiarse de sus intenciones. Ya que, si bien todos en aquella familia son nobles de cuna, el lenguaje etéreo que transita en el aire es digno de una corte hipócrita hasta la medula. Hay ciertos códigos de ética que no se dicen, pero que se huelen como la descomposición de una carne pudriéndose al sol. Amelie y Emilie son hermanas gemelas. Nacidas con tan solo siete segundos de diferencia, pero paridas del mismo útero materno. No hay artilugio que las pueda confrontar, sin conocer el siguiente movimiento de la otra.

Y como era de esperarse, la heredera de la familia Graham no afrontaría un sueño placido sin antes indagar un poco más por su cuenta.

Procurando que todos en la morada durmieran, se escabulle sigilosa por los pasillos lóbregos de una escalera que conduce directo hacia el laboratorio de Gabriel Agreste. Ha obtenido las respuestas que quería, a las preguntas que hizo. Mas no la real veracidad de los hechos. Conoce a su cuñado como la palma de su mano. Tantos años, sin una cura. La muerte repentina de Tomoe. Adrien y Félix confrontados por una sola mujer. Una guerra sangrienta contra muertos vivientes. La pequeña Emma metida en medio, usada como conejillo de indias para experimentos macabros. Todo pintaba mal desde un comienzo.

Armada de un candelabro a velas de medio consumir, ingresa al sótano en silencio. El reloj de la pared marca las 3:40 de la madrugada. Es demasiado tarde como para dárselas de detective. Pero necesita saciar su sed de justicia. Demasiada gente inocente involucrada, pagando pecado de injustos. El silencio es absoluto en el ambiente. Tanto, que atraparía el correteo de ratones cruzando esquinas polvorientas. Procura caminar de puntillas, dando luz hacia un sin número de textos y libros antiguos que yacen abiertos sobre un escritorio de madera. Vasijas de greda por doquier. Infusiones sin terminar. Probetas con aroma a veneno, expelen de un estante. Rastros de sangre, cabello y ADN desconocido que mueren en un plato de cerámica. Incienso viejo. Trozos de animales muertos.

Mas que un laboratorio parece una escena del crimen. ¿Qué tanto ha estado haciendo Gabriel?

Amelie encuentra un pergamino en particular, quemado de un extremo a propósito. Evidencia de la que alguien quiso deshacerse con toda la intención de restarse del delito. Está escrito en un idioma que no comprende. Muchas líneas y jeroglíficos ilegibles. Sin embargo, algo sabe de caligrafía. No es griego, latín, ni árabe. Es más bien una mezcla de chino antiguo con mongol. Hiragana, sin duda. La letra cuneiforme de los japoneses. Porta un sello rojo en la parte inferior derecha. Es el escudo de una familia. Una familia importante, a juzgar por la calidad de la tinta. ¿Podría ser ese el documento con la formula del virus? ¿El que Tomoe le entregó a Gabriel?

Lo sabía —repasa Amelie, abstraída— No podía ser cierto eso de que la japonesa murió porque sí. Esto es…

Un golpe hueco se deja oír en el pasillo. Amelie guarda el documento casi de forma instintiva entre sus prendas. Se gira. No logra divisar muy bien por la falta de luz en el ambiente. Pero está consciente de que ya no está sola. La puerta de madera se desliza suavemente hacia adelante en un chirrido terrorífico. Como quien deja escapar un céfiro de aire por este y se escabulle en el interior. Traga saliva, tomando posición defensiva sobre su eje. Coge un abre cartas, tentada a defenderse con el filo del objeto, aunque muy paupérrimo sea.

—¡¿Quién está ahí?! —chilla.

Lady Amelie…soy yo.

—¿Nathalie? ¿Eres tú? —exhala la rubia, aliviada—. Que susto me has dado, mujer.

En efecto, es la criada. Nathalie se asoma a través de la penumbra, portando una expresión contemplativa sin ninguna mímica apartemente.

—Lo lamento, no quise asustarla —confiesa Sancoeur.

—No, descuida. Fui yo la torpe —exclama Amelie, desahogada—. Pensé que era un fantasma o algo así.

—¿Qué hace aquí? Si me permite preguntar.

—¡Ah! Pues…verás…—falsea la ojiverde, en una risita jovial—. Es que me perdí, jeje. Estaba buscando el baño y acabé acá.

—Ya veo. Pues este no es el baño —sentencia la sirvienta, sacando un manojo de llaves desde el interior de su mandil—. Es el laboratorio del señor Agreste. Por lo que se ha equivocado.

—Si. Lo tengo claro —carcajea jocosa la inglesa, restándole importancia a su presencia—. Voy a-…—hace una pausa, dubitativa—. ¿Tú que haces aquí?

—Mi ronda nocturna —revela la criada, con voz metálica—. Tengo ordenes de cerrar las puertas del castillo para evitar la filtración de ratas.

—Comprendo, la filtración de-…

—Ratas…—Nathalie gira la cerradura, trabando la puerta.

—¿Qué haces…? —Graham de Vanily da un paso hacia atrás, tragando saliva en el proceso—. Si cierras, no podré regresar al baño, jeje...

—Lady Amelie —murmura Sancouer, completamente escondida en las sombras—. Comprenda que esto no es personal. Yo solo cumplo órdenes. Y le he traído a su criada, como pidió.

—¿Mi…criada…?

No eran dos personas dentro de ese pequeño cuarto nauseabundo. Si no, tres. Para cuando cayó en cuenta, fue demasiado tarde. Un gruñido mortuorio se escurrió desde uno de los recovecos del lugar. Un sonido gutural, similar a una persona ahogándose entre saliva y algo comestible. Amelie se profesó paralitica en cuanto escuchó aquello. Pero sin dejarse caer presa del horror, desplazó trémula la mano que sujetaba el candelabro hacia un costado. En efecto, tal y como temió. La luz tenue daba un reflejo casi perfecto de su destruido rostro. Ojos saltones, blancos como la nieve. Quijada desencajada. Venas grotescas de tonalidad gris y violeta por el rostro. Parte de la dermis colgando a destajo por las mejillas. Manos cadavéricas, dientes caídos, bufidos animales. En efecto, era su criada.

Solo que ya no era ella, realmente. Era un zombi. La habían transformado, en un maldito zombi. Amelie tenía dos opciones en ese momento. O dejarse comer de la manera más cruel posible a boca de una inocente chica que casi crio de niña. O luchar por su vida y salir de ahí, matándola en el proceso. Era una o la otra. Porque salvarla ya, no era posible.

—¿Por qué hacen esto? —refutó la rubia, pasmada entre lágrimas— ¡¿Por qué?! ¡¿Qué es lo que quieren realmente?!

—En realidad nada —explicó Nathalie, cabizbaja—. Créame…no quería tener que hacer esto. Pero usted no debió indagar aquí. Lady Amelie, es usted muy mal educada. ¿Acaso no le enseñaron que robar es malo? —apunta hacia su pecho—. Por favor, devuelva lo que ha tomado sin permiso de mis amos.

Jamás —berrea Graham de Vanily, dispuesta a luchar por su vida de ser necesario. Esta vez, un simple abre cartas es su arma más letal—. Apártate, o te mataré a ti también.

—¿Usted sabe pelear? Me sorprende —sisea la sirvienta, acomodando sus anteojos por el puente de su nariz—. Creí que solo se dedicaba a tomar el té y pintar cursilerías.

—No me subestimes, Nathalie —rezongó la ojiverde, furibunda con la ira plasmada en los ojos—. Soy mucho más que solo un rostro bonito. No me obligues a hacer esto.

—Devuelva lo que tomó y nos olvidaremos de esto —se encoge de hombros, mostrando los puños—. Después de todo, es la hermana gemela de mi ama.

—Lo siento, pero si ya sabes quién soy —revela—. Entonces debiste pensarlo dos veces antes de enfrentarme.

—Bien —Nathalie cruje el cuello de un lado a otro—. Veamos entonces, de que están hechos los Graham de Vanily.

De acero y mucha, mucha ira —sentencia la mujer.

[…]

¡AH! ¡MADRE!

—Félix —advierte Marinette, asustada con su reacción—. Mi amor ¿Estás bien? ¿Qué pasó?

Ahh…ahh…—jadea, tembloroso. Se toma la cabeza, con ambos ojos desorbitados—. Dios…y-yo…creo que tuve una pesadilla. Ella. Estaba…peleando con esas cosas. Y la atacaban entre muchos.

—¿Con tu madre? —sisea Dupain-Cheng, tomando su rostro con ternura—. Hey…mírame…solo fue un mal sueño. ¿Sí? Tu madre está a salvo, segura, en Inglaterra.

—Lo sé, lo sé. Pero…—gimotea, con expresión agria y semblante adolorido—. Fue tan real…la vi aquí, a mi lado. Peleando…

—No fue nada ¿De acuerdo? Todo bien…—Marinette incurre en sus dotes de madre y besa su nuca, acunándolo entre sus brazos cual niño pequeño—. Shh…tranquilo, mi niño. Todo está bien. Nada malo le pasará a tu madre, lo prometo.

—S-si…perdón…—balbucea descalabrado el rubio, inseguro de tomar su regazo—. Perdón…— Madre… ¿Realmente estás en Inglaterra…?

Fue una horrible pesadilla. De verdad se los digo. Era tan real, tan visceral…que casi me despierto meado en los pantalones. De no ser porque Marinette dormía a mi lado, de seguro salía de la tienda, cogía el primer caballo y galopaba de regreso a Inglaterra como estúpido. Pobre de mi compañera. Quizás nunca lo hubiera llegado a entender. Pero mamá y yo siempre gozamos de una conexión única, casi embrionaria. A pesar de sentirme protegido por el calor femenino de mi amante, no pude pegar un ojo de nuevo. Usando de excusa la idea de orinar, salí de la tienda en busca de aire frio y un poco de claridad mental en las estrellas. Desde que me enteré que mi chica estaba en cinta, dejé de lado un par de mundanales malos hábitos. Uno de ellos fue el consumo de tabaco. Pero en esos momentos de tanta angustia moría por uno. Así que me armé un cigarro y aspiré de su analgésico humo un par de minutos, en completa soledad. Que glorificarte se sentía, poder degustar de tal droga sin que nadie me juzgara en el proceso. Había tanta paz y calma en el ambiente, todos dormían tan tranquilos. Y yo tan perturbado.

De pronto me agarró una tos que no me soltó ni a cañones. Alguien tocó mi hombro. Casi me cague del susto.

—¡Puta mierda horrible! —brinca.

—Oye, tan feo no soy —berrea Adrien, divertido— ¿Qué haces?

—¿Qué haces tú? Tarado, no me asustes así —exhaló Félix, malogrado— ¿No deberías estar durmiendo?

—Kagami me echó de la tienda —admite el Agreste, risueño como si nada—. Después de hacerme cumplir con mis "obligaciones maritales", le gusta dormir sola.

—Con razón huele a ratón muerto. Apártate —lo empuja hacia atrás—. Cochino.

—Jajaja…no seas envidioso. Que tú no puedas hacerlo no significa que otros no —se encoge de hombros.

—Esa chica solo te está usando —revela Fathom, con voz hosca— ¿Lo sabias?

Lo sé…

Silencio sepulcral en el ambiente. Ok. Creo que me pasé…

—Perdona, no…

—Tranquilo. No pasa nada —admite Adrien, soltando una bocanada de aire en un prolongado bostezo—. No me molesta ¿Sabes? Mhm…en realidad, creo que ambos nos estamos usando.

—Eso suena horrible.

—Ya sé —se estira el francés—. Pero ¿Qué más da? Ya me casé con ella. Es mi esposa. Debo suplir sus necesidades. Y de paso aportar.

—¿Aunque eso implique privarte de todo lo demás? —inquiere su primo, preocupado—. Adrien, tú no deberías sacrificarte por nadie.

—No es un sacrificio del todo, si puedo ayudar en algo a la humanidad —admite, risueño—. ¿Qué fumas? Dame un poco. Tacaño —le quita el cigarrillo— ¡Dios! ¡Cof! ¡Cof! ¡Sabe a mierda!

—Ya dame eso y vete a dormir —se lo arrebata de mala gana, mosqueado—. Y ya dile a tu esposa que no te espante de-…

—¿Qué soñaste? —interrumpe su familiar, cabizbajo. Ha captado de sobremanera lo que le atormenta, pero no quiere especular demasiado hasta que pueda confesárselo de boca— ¿Qué fue?

—Soñé con mi madre…—sentencia Graham de Vanily, descalabrado—. Y no fue de los mejores sueños.

—Te envidio…—bosqueja el Agreste, deslucido.

—¿Por qué? ¿Tú no sueñas con la tuya? —lo mira.

—Ojalá pudiera —desvía la mirada—. Luego de lo que me enteré de mamá, no puedo verla con otros ojos que no sean de angustia y malestar. Le ha hecho daño a mucha gente, sin necesidad alguna. Ella no era así antes…

—O quizás siempre lo fue, pero nunca quisiste verlo.

—¿Te pones cruel porque no coges? —protesta el médico, frustrado—. Idiota.

—No, estúpido. Soy sincero —aclara el monje— ¿Tan ciego eras? Lo siento, primo. Pero tía Emilie no me-…

—Mi madre siempre te trató con una ligera indiferencia, lo sé —admite Adrien, derrotado—. Y te va a parecer una estupidez de primera, pero creo que lo hizo por envidia nada más. Ella siempre quiso que yo fuera como tú. Vivía comparándonos en la intimidad. Tu no estabas ahí para verlo, pero solía repetir que esperaba yo terminara siendo tan inteligente como tú. Tan pulcro y sagaz.

—Eso no es cierto, Adrien. No te creas cosas de tu cabeza —rebate el inglés, certero—. Tía Emilie te amaba. Tal y como eras. A mi perspectiva creo que solo estaba frustrada por no haber conseguido grandes logros monetarios, es todo. Lo cual es chistoso —fuma—. Porque no se casó con un gran pendejo.

—Puede que mi padre no haya sido el más rico de todos, pero era muy inteligente y un gran visionario —le reprocha en defensa, el ojiverde—. Tampoco lo mires a huevo. Gabriel es talentoso.

—Lo es, sin duda. Pero puede que mi tía lo haya notado tarde, no lo sé —Félix se encoge de hombros—. Nuestras madres son Graham de Vanily después de todo. Mujeres de carácter indomable. Fuertes, vivaces. Buscaban maridos acordes. La tuya por opción. La mía por obligación. De igual forma, volcaron sus intentos de sobrellevarlo a través de nosotros. Así que deja ese melancolizo de lado o te apagaré el cigarro en la cara.

—¿Qué insinúas? —le confronta su familiar.

—Nada, tonto —avienta el cigarro al suelo, pisoteando el final de este—. Solo digo que dejes de lado ese papel asqueroso de pobre diablo y te des a conocer. Kagami puede que sea una Tsurugi, la heredera de un gran clan familiar de militares. Pero tú no eres hijo del diablo. Eres un Agreste. Y también un Graham de Vanily dentro de todo. Ya basta de esa actitud porque me das muchas nauseas.

Primo…

—¿Qué mierda firmaron Zoé y Kagami? —Félix lo afrenta, fulminándolo con la mirada—. Porque pareciera que te cortaron las pelotas.

Nada…

—Eres pésimo mintiendo —insiste— ¿Qué fue? Y no me mientas más o te daré una paliza aquí y ahora.

—Dios…ese virus te está afectando la mente ya —Adrien da dos pasos hacia atrás, desequilibrado. Pero de cierta forma, se ve en la necesidad de responder con la verdad—. Me obligaron a dar parte de mis tierras.

—Y un huevo, Adrien —rebate el inglés—. Escúchame bien, tarado. Ni se te ocurra acceder a tal cosa. Puede que piensen que te estén usando. Pero tu hazles creer que resultó. Se más inteligente. No me jodas. ¿Tienes cojones?

—Dos, por delante —asiente, valeroso.

—Entonces despabila y afronta como el heredero que eres —su camarada lo alienta, dándole ánimos entre palmetazos en la espalda y hombros—. Piensa en Emma. Piensa en ti y en tus ancestros. No dejes que esa intrusa se lleve todo. Para cuando yo no esté, te quiero ver firme.

—¿Cómo que para cuando no estés? —pestañea, aturdido— ¿A dónde coño te irás?

—Tengo pensado irme de Francia. Me iré a la isla de Cantabria —desvela Félix, despejado—. Ya tengo todo listo.

—¿Te vas a llevar a mi hija contigo acaso? —frunce el ceño, fulminándolo con la mirada— ¿Sin si quiera preguntarme? Cabrón.

—Cálmate. No es una idea que yo haya tomado de por si —advierte Fathom, liado—. Es algo que se habla con Marinette, que es su madre. Y tú. Solo busco alejarnos de todo mal. Quiero llevar una vida en paz, primo. Algo que nos asegure el futuro. Nada más que eso. No pienses sandeces.

—Vale…aun no te he dado mi respuesta sobre eso —inquiere el joven doctor, caminando de regreso a su tienda—. Pero quiero que sepas, que no declinaré sobre el trato con Kagami. No permitiré que se lleve parte de mis tierras. Eso dalo por hecho.

—Con eso me conformo —vocifera Félix, sonriente como quien gana una batalla—. Buenas noches, semental.

—Si, si…buenas noches —sisea, abochornado su familiar.

Estaba listo y dispuesto a marcharme, cuando aquella horrenda pesadilla atiborrada de morriña, regresó a mí. Recordé las palabras de mi primo y de paso, remembré el trato que mi tía me daba de más joven. Tan solo era una pregunta. Una inquietud que deseaba sanear. Esperaba que eso no le robara el sueño. Pero ya eran demasiadas las aristas que se unían, a una inquietante discreción. ¿De donde provenía realmente el odio que su tía profesaba por él?

—Oye, Adrien —añadió Fathom, a poca distancia—. Tía Emilie nunca habló mal de mi delante de ti. Pero ¿Alguna vez la escuchaste mencionar algo sobre Amelie?

—¿Qué? —pestañea de vuelta, el francés—. No que yo sepa o me haya enterado…

—¿Y de Gabriel?

—¿De mi padre? Mhm…—Adrien hace una pausa, elevando el mentón bastante reservado—. Bueno, ahora que lo mencionas. Solo en discusiones. Como toda pareja o matrimonio, peleaban. Pero luego se reconciliaban.

—¿Mencionó algo sobre mi madre? —añadió el monje, de mirada afilada.

—¿Gabriel y Amelie? —masculló de vuelta, tragando saliva en el proceso—. Nada relevante. Aunque…si los escuché en una de esas tantas visitas que ustedes nos daban, el cómo le prohibía hablarle tan "cercano". Al parecer, a mamá le caía mal Colt.

Bien…me alegra no tener que sospechar cosas extrañas —Graham de Vanily suspira—. Gracias por aclararlo. Y descuida, a todos nos caía mal Colt. Yo creo que ni el mismo se soportaba. Nos vemos —se retira.

Adrien no tiene idea del potencial que tiene. Pero yo sí. Se reconocer cuando alguien vale su peso en oro y el sin duda, es una pieza valiosa en este rompecabezas. Kagami puede que sea una japonesa exitosa en su nación y una buena estratega, pero conmigo no puede irse de paños fríos. Pues yo sé muy bien qué clase de personas somos en este país. Así que, ahora que estoy al tanto de sus planes, sé muy bien que está usando a mi primo para matar a mi tío. Quizás mi inocente primo no lo sepa y esté cegado a la idea de cumplir un rol fundamental en su tratado de matrimonio. Pero yo lo veo. Muy claro como el agua. Así que, a partir de ahora, la tendré bien bajo mira y perfil a mi solapada forma de ser. No me van a pasar gato por liebre ni, aunque lo intenten.

Por otro lado. Cavilar ideas absurdas sobre un posible resentimiento movido de celos, por parte de mi tía Emilie ya rayaba en la locura. Agradecí al señor que no tuviera fundamentos solidos para tal proeza.

A la mañana siguiente, retomamos rumbo hacia Le Mans. Zoé se había ido de copas junto con su amigo, el barón Kurtzberg; la noche anterior. Estaban ebrios hasta los pelos cuando montaron esos caballos. Ni si quiera sabía bien a donde guiarnos. Por lo que tomé riendas sueltas a mi potestad de monje y galopé como se me cantó el culo en dirección hacia el norte. Como la mayoría de los soldados me conocían por mi bravía en batalla, me hicieron caso. Opté por llevarlos en las laderas de los Apeninos como diera el sol y la luna de invierno hacia nuestra carretera. Al cabo de tres semanas de andar, llegamos por fin a un poblado de la provincia. Esperaba encontrarme con tropas de mis tíos. Ya que esta era una zona del protectorado de ellos. Mas no vi atisbo de sus hombres. Por el contrario, esa villa estaba asolada por una horda de zombis que seguían deambulando hambrientos por nosotros. ¿Qué ha pasado en estos dos meses? Me cuestioné. ¿Acaso los Agreste han dejado a su suerte a su propio pueblo? Era lo más vehemente de confesar. Atosigado de la coherencia que tendría un ser humano, ordené limpiar el camino para avanzar.

Kagami. Resuelta y totalmente respuesta del fallido intento de homicidio, se ofreció voluntariosa a cortar cabezas. Me atrevería a decir que incluso lo disfrutaba bastante. En mas de una ocasión, Marinette me pilló obnubilado por su garbosa postura en el campo de batalla y me jaló las orejas. Vamos, no es que esté enamorado de ella ni nada por el estilo. ¿Ya les conté que la mantendría vigilada? Pero digamos las cosas como son. La chica es atrapante. Jamás se me llegó a pasar por la mente que hubiera más mujeres como mi pareja, ahí afuera. Dispuestas a dar su vida por la pasión de la justicia. Sigo sin entender sus exaltaciones. Algo esconde, detrás de esa sonrisa simplona y poco gentil. ¿Qué cosas digo? Técnicamente al único que le sonríe es a su marido.

Encima, para mi suerte, ya no tendría que encargarme de entrenarlo yo. Su esposa se hizo cargo de tal hazaña, sin chistar. En manos de Tsurugi, mi primo no tardó en volverse un ágil guerrero. Revoltoso y afanoso de acción. Inquieto, dispuesto para la batalla sin mostrar una pisca de desconfianza. Se había vuelto un hombre muy valiente, seguro de sus talentos. Sin duda, esa mujer había cambiado el carácter de Adrien. Espero no estar juzgándola demás…

—No tiene sentido —interrumpe Zoé, quitándose las hombreras de acero.

—¿Disculpa? —voltea Fathom— ¿Te refieres al matrimonio de esos dos?

—No, bobo. Me refiero a lo que pasa en esta provincia —masculle Lee, azorada. Ha hecho un paneo raudo de la zona y no ve atisbos de civilización— ¿En dónde están los soldados de los Agreste? Se supone que esta era un poblado de ellos. Solo veo cuervos y ratas.

—Es verdad. Yo mismo lo noté esta mañana, al llegar —advierte el monje, deshaciéndose de la capucha— ¿Crees que hayan sido comidos por esas cosas?

—Mas bien, pareciera que se retiraron. Pero dejar sus propias tierras a merced de la muerte misma, no suena prudente —frunce el ceño—. Algo muy extraño está pasando aquí.

—¿Estarán cuidando las fronteras?

—Es lo más probable —farfulle la rubia, mosqueada—. Los Agreste no tienen un pelo de tontos. De seguro ya fueron alertados de que marchamos hacia ellos. La presencia de Kagami no nos ayuda mucho.

—¿Cómo es posible? —cuestiona el inglés, confundido—. No ha salido ni un solo mensajero en dirección a Le Mans. ¿De que forma se han enterado?

—Un traidor en nuestras filas, monje —berrea Bourgeois, observando por sobre el hombro hacia su lomo—. Al parecer, la boticaria es ambidiestra. Lo mas probable es que haya sido ella quien les escribió. Con alguna paloma o algo así. ¿Debería cortarle la otra mano para asegurarme?

—Si haces eso, la dejarás sin trabajo —exhala el ojiverde, sarcástico.

—¿Para que quiere conservarlo? Si de igual forma la ejecutaré llegando a Le Mans —confiesa, amañándose el cabello. Extrae un mapa desde el interior de su morral y le enseña la ruta—. A 4 kilómetros hacia el oriente, se encuentra el pueblo de Rouillon. Acamparemos ahí. Eso nos deja a las puertas de sus dominios. Algo me dice que ahí encontraremos gente viva, aún.

—Alertaré a mis amigos para movernos. Le diré a Marinette, que-…

—¡¿Qué mierda crees que haces, tarado?! —vocifera Dupain-Cheng, un poco mas allá. Coge la vaina de una espada y golpea a una de las milicias— ¡Dijimos que, sin fogatas de noche, solo de día! ¡¿Quieres que nos maten a todos?!

—¡Perdón, Condesa! —se excusa el varón— ¡Yo no sabía! ¡La señora Tsurugi quería comer conejo y me ordenó cocinarle uno!

—Tch. Esto es culpa de esa mujer japonesa —descuece la peliazul, ofuscada—. Desde que llegó aquí, todos parecen comportarse como sus esclavos ¿Quién mierda se cree?

—Félix —la ojiazul le ataja, importunada—. Marinette…

—¿Qué pasa con ella?

—Anda muy puntillosa, últimamente. Casi no la reconozco —manifiesta Lee, molesta—. Y de un tiempo a esta parte se ha puesto violenta con mis soldados. Eso es algo, que yo no permito. La única que puede castigarlos, soy yo. ¿He sido clara?

—Muy clara…—murmura el británico, compungido—. Tiene razón. No quise darle mucha importancia, para no tener conflictos. Pero creo que es mi culpa. Esto es lo que pasa por haberla rechazado tantas veces a…—carraspea—. Perdónala. La presencia de Kagami la irrita mucho. Hablaré con ella ¿Sí?

—¿Realmente crees que sea Kagami, la culpable? —propone.

—¿Cómo?

—¿Acaso no has visto desnuda a tu mujer estas últimas semanas, o qué? —insinúa, la fémina—. La marca que llevaba en el cuello, se ha expandido ahora a su mejilla. Aunque intente tapársela con esa burda pañoleta, esa cosa está ramificándose con notoriedad. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué de pronto esa cosa se a acelerado?

Lo cierto es que, en efecto, no hemos intimado. ¿En que momento pasó, que no me di cuenta? Ahora que la veo bien…es verdad —traga saliva, liado—. N-no lo sé, Zoé. No sabría decirte como funciona esto. Adrien es el experto. ¿Tal vez será lo que está comiendo? ¿O quizás producto de las ultimas batallas?

—Es esa cosa que lleva dentro —Lila es quien, interrumpe abruptamente la conversación. Una a la cual sin duda no la han convocado. Pero que, de igual forma, se da el lujo de ambicionar—. Lleva al diablo en su vientre.

—No pierdes el tiempo en tirar cizaña ¿No? —Fathom la fulmina con la mirada, mostrando los dientes cual perro rabioso—. Maldita perra ponzoñosa. ¡Regresa a tu poste!

—Uy, que boquita te cargas "monje" de cuarta —bufa Rossi, enseñando sus cadenas— ¿A dónde mas iré? Sigo atada aquí. ¿Qué pasa? ¿Ahora tu dios te ha abandonado y quieres matarme?

—Te mataría con mis propias manos, de ser posible —gruñe Félix, con dos venas sobresaliendo por la sien—. Pero empezaría por cortarte la lengua, mejor.

—Wow, wow. Alto ahí, campeón —Bourgeois lo retiene, descalabrada— ¿Qué ha sido eso?

—¿El que? —jadea el muchacho, encolerizado—. No me digas que ahora sientes pena por esta basura.

—Félix ¿Qué está pasando? —le increpa la soldado— ¿De dónde sale toda esa ira? Tu no sueles referirte así a nadie. ¿En donde quedó tu lado pacífico?

—Ya suéltame —le arrebata la mano, iracundo—. No me conoces tanto. Tampoco te des ínfulas de tanta confianza. Lila me tiene las pelotas llenas. Es natural que la odie.

—No digas estupideces, por favor. Tu no odias a nadie. Eres un hombre de fe —le reprocha la rubia, tomándole del rostro con potestad—. Mírame, joder. ¿Acaso hay algo de lo que no me he enterado?

—No sé de qué mierda hablas…—desvía la mirada, alterado.

—¿Ya lo ven? Ahora resulta que el sacerdote pagano también lo carga —carcajea burlesca, la morena— ¡Van a terminar todos siendo comida de esos dos! ¡La parejita del año! ¡Jajaja!

Gnh. Te voy a…—Félix desenvaina su cuchilla.

—¡Guardias! ¡Ya callen a esa estúpida! —demanda Zoé. Dos de sus huestes la amordazan, tironeándola de vuelta a su lugar. Regresa a su compañero—. Félix. Maldito cabrón. Será mejor que me digas ahora mismo que carajos pasa. O te juro que usaré esa misma cuchilla que cargas para cortarte el cuello. ¿Qué quiso decir la enferma, esa? Dime ya, imbécil. ¿Qué es eso de que Marinette lleva al diablo en su vientre? No me digas que…

—Mhgn…—Fathom aprieta los labios, desarmado. Guarda la navaja, reculando de sus intenciones. Y cabizbajo, confiesa—. Marinette…está embarazada. Está esperando un hijo mío.

—Por los cuernos de satán —Bourgeois se retrae en su lugar, dando cuatro pasos en retroceso. Se toma la cabeza— ¿Pero ustedes dos, que mierda hicieron? ¿Te das cuenta de la cagada que se mandaron?

—Óyeme. No te sobre pases, tampoco —refuta el inglés, escamado—. No le creerás todo a esa esquizofrénica ¿O sí? Marinette no es ningún peligro.

—¿Te estás oyendo, Fathom? ¡Marinette ya era un peligro! ¡Desde mucho antes! —exclama Zoé, injuriada— ¿Y ahora resulta que lleva un bebé en su vientre? ¿Infectada? ¡Ni si quiera sabes donde metes la verga, idiota!

—¡Claro que sé muy bien lo que hago! —se ampara— ¡¿Crees que era algo que buscábamos?!

—No. Sin duda, no lo era. ¿Qué cosas digo? —ríe Lee, irónica—. Por supuesto que no dimensionas en donde la metiste. Mírate. Tu también estás infectado ahora. Es mas que obvio. Esas actitudes violentas, no son tuyas. Estúpida no soy. ¿Cómo es posible? —cabila, pasmada— ¿Cómo diablos pudo pasar? Adrien dijo que no había peligro de tal contacto. ¿No se supone que era un super medico en el tema?

—Mi primo es, un super medico en el tema. Por favor no lo ofendas así —balbucea el ojiverde, menoscabado—. Perdóname…creo que…nos dejamos llevar. Nos confiamos. Es todo…

—¿Ella te mordió? —Zoé se pasea de un lado a otro, angustiada.

—No. No me gusta que me muerdan…—admite, abochornado.

—Entonces ¿Cómo?

—No lo sé, joder. ¡No lo sé! —Graham de Vanily se agarra la cabeza, embrollado—. Tampoco creo que haya sido por tales actos. En algún punto, quizás se mezcló mi sangre con la suya. Alguna herida no curada, yo que sé. Solo sé que…en efecto, también estoy infectado. Aunque en menos grado. Adrien me pilló una infección y me trató. Me curé. Pero me prohibió continuar con esas muestras de cariño.

—Tienes que alejarte de ella. ¿Me oyes? Tienes que-…

—¡Es lo que llevo haciendo durante semanas, con un demonio! —chilla el varón, con lagrimas en los ojos— ¿Acaso crees que ha sido fácil para mí? ¿Qué no me duele? ¿Qué no sufro por esto?

—No intentes hacerme ver que te crees un santo ahora, Fathom —lo asesina con la mirada—. Se muy bien que estarías dispuesto a morir por ella. Incluso si te transformas en una de esas cosas horribles. Pero no estás pensando con la cabeza. Escúchame bien —lo toma de los hombros, decidida—. Por ningún puto motivo debes permitirte sucumbir ante tal bicho. Tu eres mejor que esa cosa. Si algo así llegase a pasar, que tu Dios no lo permita…la vida de todos aquí correría peligro. Piensa en tu madre, en Adrien, en Emma, en la misma Marinette. Te necesito fuerte y estoico ¿Me oyes? Firme.

—Lo sé, Zoé. Con un demonio, que lo sé —asiente, frustrado—. Es por eso que nos urge la cura cuanto antes. Solo Tsurugi nos puede ayudar —manifiesta—. Es imperativo llegar cuanto antes a Le Mans. Adrien sabe como crear un suero. El laboratorio de mi tío es la clave. Debemos llegar cuanto antes. Pero por favor, ya no me mires con esos ojos…

—¿Con que ojos?

—Con esos…tan nauseabundos —admite, cabizbajo—. Eres mi amiga ¿No? ¿O ya no quieres serlo…?

—¿Qué dices? —Lee le palmotea la nuca—. Despabila. Claro que lo soy. Si te soy sincera, ahora mas que nunca necesito llevar a cabo esto. Y no te ofendas. Pero lo hago por ti. No por Marinette.

—Te pido, no seas tan cruel a la hora de confesar sentimientos por mi —susurra el inglés, menguado—. Hazlo por ese bebé. Necesitamos…salvarlo.

—Todo niño es bienvenido en el mundo de tu Dios —espeta la rubia, apartándose violentamente de su camarada—. Pero como salga convertido en una cosa de esas. Yo personalmente, acabaré con él. ¿Te queda claro?

—Fuerte y claro —asiente Fathom—. Aunque me parece medio inicuo ¿Sabes? Esa pobre criatura no tiene la culpa. Que paguen justos por pecadores, me resulta…

—Así es la vida, Félix —sentencia la Duquesa, volteando hacia sus tropas—. Así es como está el panorama. Quizás si los Agreste hubieran pensado en ello antes, no estaríamos aquí. Muchos justos, pagaron por pecadores como ellos. Gente inocente murió por su culpa. Y eso es algo, que no seguiré tolerando en mi nación —adiciona—. Se cancela el plan de acampar en Rouillon. ¡Tropas! —exclama, socarrona— ¡Desarmen y monten! ¡Nos iremos directo hacia Le Mans! ¡10 kilómetros de viaje, sin descanso! ¡Ni de noche ni de día! ¡Nada de lloriqueos o a tomar por culo! ¡¿Queda claro?!

—¡Si, mi señora! —vociferan sus tropas, unánime.

Es una locura. Un completo estrafalario plan. Pero a estas alturas ¿Tengo derecho a réplica? Finalmente, Zoé busca desesperadamente lo mismo que yo. Acabar con este mal. En algún momento, sentí que debía arrepentirme por haberle contado la verdad sobre mi estado de salud o el de Marinette. Sin embargo, verla con tanta prestancia a la hora de llegar a destino, me alivió el alma. La Duquesa es una mujer indulgente y muy dadivosa. Apuesta, eminente e hidalga. Se empotra sobre su corcel, elevando el estandarte de su familia como lo haría un rey imperial; de cara a una victoria. Si deseara romantizarla, solo estaría a la altura de la imponente Juana de Arco. Aunque esta última, no blandiera espada alguna. Solo brindara valor a sus tropas. Nadie duda ni teme de seguir sus pasos. Estos fuertes y eficaces caballeros, darían su vida por ella; sin sentirse apocados por una horda de macabras bestias. De hecho, muchos de ellos cayeron en batalla. Y en cada uno de esos decesos, Zoé estuvo ahí para dar su pésame. Es la clase de líder que la Francia de nuestro señor, necesita. Ojalá el rey de Inglaterra hubiera sido así. Pero su cobardía religiosa no me motiva a ser un mejor hombre. Es curioso que sea una mujer, quien me cobije en su manto de gloria. Pues ahora mismo, me he dado cuenta de que siempre fui cautivo onírico de ellas. Desde mi madre, pasando por Marinette, Emma y ahora…Zoé.

Cabalgamos, de regreso a las rutas. Sin descanso, tal y como ordenó. De noche. De día. De matiné y vermú. Hasta que finalmente, llegamos a Le Mans. El castillo de los Agreste nos aguarda en la penumbra de un atardecer. Era tal y como sospechamos. Los soldados de mis tíos ahora resguardaban todos, las fronteras de su imponente poblado. Fuimos recibidos por los aldeanos con miradas ariscas, huraños y recelosos. Un tanto asqueados. No hay aplausos ni bitores al entrar en sus dominios. Nos ven como ratas impunidas. Humanos inferiores, de baja categoría que poco menos; venimos a generar revuelta o un golpe de estado. Si se quisiera pensar en un idealismo extremo.

Noto como algunos campesinos arrojan escupos a los pies de mi caballo. Soy un monje anglicano. Un inglés. Un enemigo de la corona. No lo tomo personal. Pero en cuanto veo lo mismo hacia Adrien, Kagami, Zoé, incluso a la misma Marinette. Me hace sentido. Todo indica, de que mis tíos, le han lavado el cerebro a esta gente. Un trabajo notable, por lo demás. Pero es fácil para ellos, que son nobles. Ya que esta gente, es ignorante. En su mayoría, iletrados, incultos y sin el habito de la escritura ni el arte de leer. Luka se arrima a mi lado, preocupado. Lo calmo, escuetamente con un toque sensitivo en la nuca. Mi herrero mas fiel. Es mi amigo. Es muy tierno e indulgente. Le debo mi vida a este chico. ¿Qué más puedo decir?

—¡Alto! —Zoé alza la mano, ordenándole a sus tropas, detenerse frente a tal fortaleza medieval. Levanta el mentón. Saca pecho. Airosa, sin dejar de blandir su estandarte a los cuatro elementos. Anuncia— ¡Señores Agreste! ¡Vengo en son de paz! ¡Representando a la honorable familia Bourgeois! ¡Declaro mis intenciones hacia la corona, como fieles servidores de nuestro Delfín! ¡Exijo una audiencia como dicta el protocolo! —añade— ¡En nombre de nuestro rey, déjenme pasar!

—Vaya, vaya. Mira quien regresó, Gabriel —protesta Emilie, desde el ventanal de su alcoba—. El traidor de tu hijo.

—"¿Mi hijo?" —sisea Gabriel, extrañado—. Mujer…también es tu hijo. ¿En que momento dejó de serlo?

—Desde el momento en que trajo a los Bourgeois de amigos, a la insurgente de los Dupain-Cheng, a la insurrecta de los Tsurugi y al bastardo de los Fathom —sentencia la rubia, hastiada—. Bajen la mampara y háganlos pasar. Que bochorno. Todos presentes. No puedo negarme.

—Emilie…cariño —el peliblanco toca su hombro, pasmado—. Tú no-…

Cierra la boca, infiel —lo fulmina con la mirada—. No vuelvas a tocarme en lo que te queda de patética vida ¿Te queda claro?

—…

Había demasiados lugareños mirando, como para negarse. Incluso si una pared de caballeros de armadura dorada, nos hicieran de pared. Imposible decir que no. El capitán de la milicia contraria ordena bajar el puente. Nos han permitido ingresar. Avanzamos, a paso selénico. Todos bajamos de los caballos. Nos recibe Nathalie, la ama de llaves de la familia. Ya la conocemos. Ya traté con ella en el pasado. Escudriña con los ojos, como si buscara algo entre nuestras tropas. Dice.

—¿En donde está la pequeña Emma?

—La pequeña Emma no vendrá —niega Marinette, inyectada de furia—. Así que no te hagas ilusiones, estúpida de mierda.

¿Qué le pasa a Marinette? Está muy agresiva… —Adrien la observa por el rabillo del ojo, preocupado. Toma la palabra— ¡Nathalie! ¡Solo queremos hablar con mis padres! ¿Podemos entrar? Jeje…

—Adrien. Sin duda que si —Sancoeur se aparta hacia un lado, dejando libre paso hacia la mansión—. Adelante. Un banquete los espera. Estás en tu casa.

—Mis hombres están exhaustos. Cansados. Mal olientes. Hambrientos. Y los caballos sedientos —exige Zoé, con autoridad—. Requiero que sean nutridos y sustentados con ecuanimidad. Venimos de una contienda de matar zombis desde el sur —añade—. Sin duda es provechoso para el reino. De lo contrario, me quejaré formalmente con el Delfín.

—Sus hombres serán tratados acorde a los estatutos de nuestra nación, Duquesa —determina Nathalie, cabizbaja—. Se les asignará cama, comida caliente, un baño con jabón y un lugar para alimentar a sus corceles en el poblado. Por favor, pasen. No se preocupen. Ya hemos designado sus posiciones.

—Bien —Lee berrea, hacia atrás— ¡A descansar, caballeros! ¡Coman, beban, aséense y duerman todo lo que puedan! ¡Le Mans los glorifica por sus victorias! ¡Han sido valientes soldados y cuando acabe esta guerra, les regalaré una porción de esta fértil tierra para ustedes y sus familias! —se golpea la pechera de acero— ¡Tienen mi palabra, señores!

¡Confiamos en usted, mi señora! —exclaman al unísono.

Esta mujer…me gusta mucho…—reflexiona Kagami, más atrás—. Puede que quizás esté reconsiderando usarla…

—Estoy infinitamente agradecido, mi señora —advierte uno de sus nobles caballeros. El más corpulento; besando el dorso de su mano—. Para mí ha sido un honor servirla. Por favor, permítame escoltarla hacia el castillo.

—Agradecida, Iván —le endosa, la fémina—. Supe hace poco que te vas a casar con la joven Mylene. Voy a financiar esa boda. Y tienes un campo listo para ti y tu familia —agrega, levantando su mentón con orgullo—. Eres la clase de hombre que necesitamos en este reino. Bonachón y noble. Ve a descansar y dile a tu amada, que apruebo su matrimonio.

—¡L-le diré en seguida! —asiente.

La quiero para mi…—sentencia Tsurugi, briosa.

[…]

Que…incomodo. Bueno, no sé. Es que, estamos todos reunidos en la sala principal y aun no se digna Emilie a bajar. Gabriel nos recibe muy pueril, como si no conociera nuestro historial. Lila fue llevada sin miramientos al calabozo. Ya no nos va a importunar. Pero lo cierto es que ahora, Kagami nos acompaña. ¿Cómo puedo explicar este momento? Lo mira como si deseara cortarle el cuello. Algo que sé, ambiciona. Pero, joder. Si no disimula mejor, nos va a desconfigurar todo el plan. Mi tío no tiene que enterarse de sus intenciones. No ahora, que venimos en "son de paz". Nathalie sirvió vino a destajo, de preámbulo a esperar la cena. Por unos momentos sentí que no tuvo necesidad de inventarse más platos ¿Por qué? Imagino que no esperaban semejantes invitados. Mas bien, no pretendían ver a una Tsurugi en medio de una tertulia jovial. Después de todo, ella buscaba venganza por la muerte de su madre. ¿Qué podíamos esperar ahora?

—¿Cómo estás, padre? —pregunta Adrien, con una copa de vino en la mano— ¿Te has sentido mejor de tus calambres?

—Adrien —cambia radicalmente la conversación— ¿Dónde está mi nieta?

—¿Eso que importa? —desentona Marinette, en actitud agria— ¿Ahora te bajó el sentimentalismo, por ser el abuelo del año?

—¿Disculpa? —refuta el peliblanco, ofendido—. Con todo respeto, Dupain-Cheng. Yo siempre he sido un buen abuelo para Emma. Al menos, lo intento…

—Una lastima que solo para eso sirvas —le reprocha la ojiazul—. Porque como ser humano, das lastima.

—Marinette. Te ruego no le hables en ese tono a monseiur Agreste —se interpone Nathalie, agraviada—. O me veré en la obligación de pedirte que te retires de la velada.

—¿Huh? Nathalie —Adrien. Quien ha examinado en profundidad su rostro. Se percata de una cicatriz sin sanar, que surca desde la yugular hasta la mejilla izquierda— ¿Qué te pasó? ¿Te atacaron o algo así?

—N-no…nada de eso, Adrien —sisea Sancoeur, cubriendo la zona con el cuello de su atuendo—. Sucede que, me pasé a cortar sin querer con un abre cartas. Es todo. Descuida, estaré bien.

—Eso se ve muy fresco —advierte Kagami, suspicaz—. Debe de haber sido el abrecartas mas afilado de toda Francia.

¿Qué insinúa? —la sirvienta carraspea de vuelta, liada—. Estaba nuevo.

—Una Tsurugi hablando en mi propia casa y sin potestad de nada —berrea Emilie, en lo que descendía por las escaleras—. Estos chinos y sus costumbres extrañas. Como si no hubiera tenido suficiente con los padres de Dupain-Cheng —añade, gesticulando un amago de repulsión— ¿No te da vergüenza presentarte en esta casa, Adrien? ¿Después de lo que pasó? No solo fracasaste en la misión de encontrar a mi nieta. Si no que también te aliaste con los traidores de los Bourgeois y de paso, traes a una enemiga a mis puertas. ¿Qué sigue ahora? ¿Qué embaraces a mi criada?

—Lamento mucho que mi visita no sea del todo su agrado, señora Agreste —adversa Zoé, recibiendo su agrio comentario con una mueca rebelde—. Créame que, para mí, tampoco es divertido estar acá. No suelo relacionarme con criminales.

—¿Que? ¿Cómo te atreves? —Emilie la fulmina con la mirada—. Los únicos criminales son ustedes. Sucios, vendedores de patria.

—Si. Puede que, en el pasado, nos hayamos negado a prestarles ayuda para que expulsaran a los ingleses de sus tierras —explica Bourgeois, paseándose por la sala con templanza—. Pero comprenderá que en ningún momento caímos en tal falta de la cual, nos acusa injustamente. Mi familia tenia un compromiso con los Graham de Vanily. Ese matrimonio, iba a unir a dos naciones. De haber enviado tropas para masacrar ingleses. Eso, señora. Eso si hubiera sido traición —sonríe.

¿En que momento pasó todo esto, que yo no me enteré? —piensa Fathom, descalabrado.

—De igual forma sigues siendo una criminal. Has usurpado el puesto que le correspondía a Chloé por derecho —le increpa la mayor.

—Se equivoca —bufa Lee, grácil—. Mi padre jamás le hubiera dejado nuestras tierras a Chloé. Es una mujer muy incompetente. No sabe organizar ni administrar nada. Ni si quiera lo que se mete en la boca. Por cosas del destino, tuve que marcharme de casa y delegar mi lugar —comenta—. Pero volví, a tomar lo que era mío. En cambio, usted, madame. Usted y su marido son unos malditos genocidas. Podría colgarlos por esto.

—¿Qué dices…? —la rubia da un paso hacia atrás, pasmada—. N-no sé…de lo que me estás hablando. No reconozco estas injurias.

—Ya nos hemos enterado de toda la verdad, Emilie —sentencia Zoé, con voz hosca—. Se acabó la farsa. Sabemos muy bien que el virus, lo esparcieron ustedes.

—Adrien —la señora Agreste, se gira hacia su hijo—. Tú. Niño estúpido e insolente. ¡Traidor!

—No fue su hijo. Por favor, no la agarre con el —señala la menor—. En realidad, si vamos a hablar de traidores. Hizo bien en encerrarla en el calabozo. Está, donde pertenece.

—¿Lila? —balbucea Gabriel, atormentado—. Ah… ¿Por qué no me extraña? Esa mujer está loca. Les ruego no le crean todos los disparates que dice. Está obsesionada con mi hijo. Y es capaz de-…

—Por favor…por lo que mas quieran. Por lo mas sagrado —suplica Adrien, derrotado—. Ya no continúen con esto, padres. Ya todos sabemos la verdad de los hechos. Es hora de admitir sus pecados…

—Así que de eso se trataba todo esto ¿No? —masculle la Agreste— ¿Venir hasta acá para tomar venganza?

—No es venganza lo que busco —veredicta la Duquesa; a portas de coger su espada—. Se llama justicia. Ya es hora de que paguen por sus delitos. Ambos, por igual.

—Todos ustedes…son una bola de mocosos ignorantes. No tienen idea de lo que están haciendo —sisea Emilie, viéndose acorralada por sus inhóspitos invitados—. Cometen un grave error al meterse con los Agreste. Somos gente influyente ¿Sabían? No hay manera de que puedan tocarnos. Tenemos el favor del delfín y de la iglesia —se jacta—. Crear toda esta parafernalia. ¿Por un simplón sentimiento de justicia arcaica?

—No. En realidad —interrumpe Kagami, chasqueando los dedos. En cuestión de segundos, a lo menos una docena de soldados ingresa hacia el salón principal. Todos ellos, armados—. Yo si busco venganza.

—¿Ka-Kagami…? —Adrien da un paso hacia atrás, estupefacto— ¿Qué estás…?

—Mierda —Marinette se reprime— ¿Esto que es?

—Marinette. Atrás —Félix la jala del brazo, restándola del conflicto—. Lo sabía. Sabía que algo mas tramaba. No podía ser todo color de rosa.

—¡¿Ustedes que pretenden?! —vocifera colérica, la mujer— ¡Son mis soldados! ¡¿Cómo pueden estar de lado de esta intrusa desconocida?!

—Lo cierto, maldita, vieja bruja —Tsurugi extrae una cuchilla del interior de su armadura, dispuesta a rebanarle el cuello; de ser necesario—. Es que no soy ninguna "intrusa". Soy oficialmente la esposa de tu hijo, Adrien. Y a partir de hoy. Yo me haré cargo de estas tierras. ¿Lo pillas?

Kagami no se fue con rodeos. Tras determinar arbitrariamente cual sería el destino de mis tíos, los soldados no dudaron en apresarlos sin quejas ni reproches. Zoé, permaneció inmóvil en todo momento. No era que le sorprendiera la decisión. De hecho, parecía bastante satisfecha con el resultado. Como si lo hubiese estado esperando. Hasta ese momento, supuse que ambas se habían puesto de acuerdo para este tema. A mis espaldas, claro. En cuanto noté que Emilie oponía resistencia, un tercer cómplice me erizó la piel. Nathalie Sancoeur, tampoco se mostró en desacuerdo. Impávida, contempló sin mayores miramientos el como su patrona era arrastrada hacia el pasillo. Aunque en cuanto se refería a Gabriel.

—Tsurugi-san —susurra la ama de llaves, compungida—. Lo prometiste. Monseiur Agreste…

—Ah. Si. Cierto. Que torpe. ¡Guardias! —la nipona hace un alto—. Solo la señora Agreste irá al calabozo. A Gabriel lo quiero atado al poste, en las barracas. Sin comida ni agua, por tres días. Luego, será azotado cien veces. Y finalmente seré yo, quien me coma su corazón.

—¡¿Qué?! —Sancoeur le planta cara frente a su declaración, iracunda— ¡Oye! ¡Ese no fue el trato que hicimos! ¡Dijiste que lo liberarías! ¡Está en tu maldita carta! —se la enseña.

—Por supuesto que lo liberaré —determina Kagami, en una sonrisa fúnebre—. Liberaré su alma, de este mundo terrenal. Cumplo siempre mi palabra, con honor.

—¡Sabes que nunca me referí a eso! —refuta, nervuda.

—Lo siento. Creo que debiste ser mas especifica —se encoge de hombros, haciéndose la desentendida—. O tal vez, fue un error de traducción. Tu japonés es un asco. Te recomiendo tomar clases.

Óyeme, maldit-…

—¿Quieres acompañar a tu querido y amado Gabriel? —sugiere la samurái, apuntando el filo de su navaja contra su cuello—. Porque sin duda ya no te necesito para nada. No me provoques, o te haré sashimi en mi mesa. ¿Me escuchaste, zorra?

—¡Jajaja! —carcajea Emilie, mientras es apartada hacia la mazmorra— ¡Eres patética, Nathalie! ¡¿No te da vergüenza?! ¡Enamorarte de un hombre casado! ¡Tienes lo que te mereces! ¡Gabriel nunca se hubiera fijado en ti! ¡¿Me oyes?! ¡Nunca!

Nathalie…—el peliblanco hace una pausa, extasiado por dar a conocer su versión— ¡Tsurugi-san! ¡Te lo ruego! ¡Por lo que mas quieras, no lastimes a Nathalie! ¡Ella no tuvo nada que ver! ¡Yo soy el culpable de todo! ¡Déjala fuera!

—Aww, que conmovedor —espeta Kagami, fingiendo falsa modestia—. Como defiende a su amante. Pero así funciona el mundo ¿No? A veces pagan justos por pecadores. Lastima que me irritan mucho las novelas cursis. ¡Guardias! Llévense a la concubina también. Que ambos sean amarrados al poste. Estoy ansiosa por ver esto…

—¡¿Qué?! —Nathalie es apresada— ¡No! ¡Esperen!

—¡Kagami! ¡Ya es suficiente! —Adrien, quien poco y nada tenía para defender; se para frente a su esposa— ¡Demando que te detengas! ¡Esto no fue lo que acordamos! ¡En ningún momento dijiste que-…

—¿Tú también, Adrien? —la peliazul lo fulmina con la mirada—. Apártate. Si no quieres que reconsidere otros métodos.

—Conmigo no te vas a desquitar, Kagami —el galeno le increpa, con el rostro febril e irritado—. Soy tu marido. Me debes honor. ¿No es eso lo que siempre repites?

—Adrien no es parte del trato. Y lo sabes —advierte Zoé, exhalando con morriña—. Ni se te ocurra apresarlo. Lo necesitas mas que a todos nosotros.

—¿Qué mierda está pasando aquí? —Marinette se toma la cabeza, confundida—. Ya no entiendo nada, joder.

—Kagami…—sisea Félix, preocupado—. Mi primo, no…

—Ah. Casi olvido lo melodramático que es —recula la muchacha, guardando la cuchilla en el interior de su kimono—. Mi esposo está muy cansado por el viaje y eso lo ha puesto mas sensible de lo normal.

—No es justo —masculle el menor de los Agreste, jalando del antebrazo de su cónyuge—. Tu prometiste que los exiliarías. No que los matarías. De haber sabido esto antes. Yo no-…

—Será mejor que vayan todos a dormir. A partir de mañana, el poblado de Le Mans conocerá a su nuevo regente —Kagami le suelta violentamente la mano, pasando por alto sus palabras—. Emilie y Gabriel permanecerán en prisión, hasta que haga mi voluntad.

—Imagino que, con nuevo regente, te refieres a Adrien —advierte Bourgeois, suspicaz—. No quiero tener problemas después con "errores" de traducción.

—Zoé. Eso no está en discusión —admite la nipona—. Ahora mismo se siente algo irritado. Pero con el tiempo, sabrá tomar su lugar. Esta provincia necesita un líder fuerte y sagaz. Yo, personalmente…me encargaré de eso.

—Tsk…—el joven medico se retira de la escena. Aunque no sin antes, regalarle una nauseabunda mueca de rechazo—. Yo no soy tu títere ¿Me oyes? Nunca lo seré.

Silencio sepulcral en el ambiente.

—Ahhh, joder. Me duelen las patas —Lee se deja caer sobre el amplio sofá, quitándose las botas—. Es una lastima que el barón Kurtzberg no haya estado aquí presente. Como le hubiera encantado ver este show pobre, jeje. ¿Hay mas vino?

—Están jugando con fuego, ustedes dos —rezonga Dupain-Cheng, sacando la voz de una buena vez— ¿Este era su increíble plan? ¿Tantos tratados y papeles absurdos, para llegar a esto? De Kagami no me extraña para nada. Siempre que supe que estaba usando a Adrien. Tsk…ni por asomo le creí el cuento de que realmente le gustara. Pero de ti ¿Zoé? —la reprende— ¿A ti en que te beneficia todo esto? ¿Qué ganas tu?

—Marinette, no te ofendas. Pero tu sigue dedicándote a pelear con la bravía que te encanta y a criar a tu hija ¿Quieres? —argumenta la rubia, soberbia—. Tu no sabes lo que son los negocios.

—¿Entonces es eso? ¿Un negocio? —añade, cejijunta— ¿Qué quieres? ¿Mas tierras?

—Para nada. Me basta y me sobra con las que tengo —manifiesta templada, la Duquesa—. Realmente no tengo ganas de responderte. Pero me siento generosa con los resultados y lo haré —ríe—. Quiero la paz en mi reino. Quiero aliados, leales a la corona. Y por supuesto, la cura a este mal. Acabar con esas cosas de una buena vez. Para poder seguir ejerciendo con gallardía mi posición y darles una vida digna a mis pobladores. ¿No te parece algo sensato?

—Es curioso que menciones sensates en estos momentos, Zoé —comenta Félix, cruzándose de brazos—. Porque es lo que menos han hecho, esta noche. Todo lo que mencionas es idílico y suena maravilloso. Pero están olvidando una cosa muy importante —indica—. Mi primo en estos momentos, es el único dotado con el conocimiento necesario para tomar la sangre de Kagami y crear una cura a este bicho. Y a juzgar por como lo están tratando, dudo mucho que ahora vaya a ofrecerse con voluntad.

—Adrien hará lo que yo le digo —sentencia Kagami, serena—. Por algo nos casamos.

—Tienes un concepto bien extraño del matrimonio, amiga —le endosa la condesa Dupain-Cheng—. Adrien no es tu esclavo.

—¿Tu me vas a dar cátedras a mí, de lo que es un matrimonio? —bufa en respuesta—. Pero si ni si quiera fuiste capaz de mantener el tuyo. Por favor, Marinette.

—Te crees muy lista ¿No? —gruñe Marinette, irascible—. Supones tenerlo todo bajo control. Pero no tienes la mas puta idea de con quien te estás metiendo. Adrien podrá ser muchas cosas. Pero jamás un sometido a tu voluntad.

—Tal vez. Sin embargo, creo que pronto lo averiguaré —Tsurugi examina la sala, curiosa de los objetos que cuelgan en las paredes—. Ya no hace falta que sigas demostrando esos celos absurdos. La esposa soy yo. Hazle caso a Zoé, Marinette. Preocúpate de tu hija y del monje pagano. Y ya aléjate de Adrien.

—Estás loca si crees que me desligaré de esto, solo porque es mi ex marido —protesta la fémina—. No importa que hagas en esta vida, Adrien seguirá siendo el padre de mi hija. Y ante eso, estaremos atados hasta la muerte.

—¿Qué insinúas? ¿Qué Emma es la responsable de tu obsesión por él? —Kagami esboza una sonrisa morbosa en el proceso—. No alimentes demasiado mi imaginación. Mira que ahora mismo, estoy abierta a muchas sugerencias…

Hija de puta —Marinette entra en rabia, abalanzándose hacia ella— ¡Ni te atrevas a tocar a mi hija! ¡¿Me oíste?! ¡Como lo intentes, te mataré! ¡TE MATARÉ!

—¡Marinette! Mi amor…—Fathom la ataja de las axilas, reteniéndola—. Por favor, no caigas en sus provocaciones. Kagami no le hará nada a Emma. Si es la clase de mujer inteligente que dice ser, ciertamente no le conviene. Como le ponga un dedo encima, mi primo…

—Fuah. Bueno. En peleas de mujeres heteros no me meto —Bourgeois se levanta, cogiendo una botella de vino—. Me voy a la cama. Avisen cuando las hormonas se hayan bajado. Y por lo demás, Marinette. Ten cuidado con esos ataques de ira. Ya hemos hablado mucho de que hay justos por pecadores pagando las consecuencias. Te recomiendo relajarte. O podrías dañar a la criatura que cargas en tu vientre. Buenas noches~

¿Qué? ¿Cómo es que…? —despabila—. Félix ¿Tú le contaste?

—Se enteró sola. No tuve ni que admitir nada —el inglés suspira, derrotado—. No es tonta. Además…tiene un punto. Es cierto que últimamente estás muy agresiva. Temo que-…

—Ay, por favor. Aquí ya todos se volvieron locos —toma su abrigo—. Ya. Váyanse a la mierda —se va.

—…

—Un monje embarazando a una civil —ironiza la guerrera, examinando entretenida un pequeño tablero de ajedrez—. Dupain-Cheng tiene un punto. Sin duda que este país está de locos.

—¿Qué es lo que quieres, ya? Ya has obtenido tu venganza ¿No es suficiente? —expresa Graham de Vanily, menoscabado—. Mis tíos están a tu merced. Tienes a Zoé de tu lado. Conseguiste hacerte de Le Mans. Amarraste a mi primo a un matrimonio conveniente para ti. ¿Qué tenemos que ver nosotros, en todo esto?

—¿Qué es lo que te preocupa, Félix? —consulta la muchacha, contemplando un candelabro—. Adelante, cuéntame tus miedos.

—¿Miedos? —bufa—. No tengo miedos. Mucho menos, de ti. Solo cuido lo que es necesario. Te lo advierto. No tengo nada personal en tu contra. Pero como le hagas daño a Marinette o a Emma. No tendré compasión.

—¿Qué hay de tu primo hermano?

—¿Qué pasa con él?

—Bueno —Tsurugi se da un par de vueltas mas por el salón, hasta quedar de frente a su camarada—. Mencionaste lo de "amarrarlo" a un matrimonio conveniente. ¿Eso te irrita?

—Si y no —revela el británico, sirviéndose una copa de vino entre tanto—. No me irrita que esté casado a conveniencia. Mas que mal, somos adultos responsables ya. Adrien no tenía futuro estando en divorcio. Eso todo el mundo lo sabe —bebe un sorbo—. Me irrita que puedas jugar con sus sentimientos.

—¿Dudas de que no tenga sentimientos por él? —arquea una ceja, suspicaz.

—De que profesas sentimientos, lo haces. Lo veo en tus ojos —esclarece el cura—. Pero ahora mismo no estoy del todo convencido de que sea "amor".

—Ah. Amor —redunda la guerrera, rodando los ojos—. Ese estúpido precepto que ustedes en occidente, suelen usar como una artimaña para casarse.

—¿Disculpa?

—Que. ¿Te parece una tontería lo que te digo? —propone la asiática—. Por favor, Félix. Yo también conozco las reglas de este juego. No soy solo una estratega en el campo de batalla. Se perfectamente como funciona esto. Pero, aunque te ofenda, quiero que sepas que, en mi nación, no romantizamos los compromisos de esa manera. No endulzamos la realidad, con inventos burdos y baratos como ese —explica, arrojada—. El amor no gira en torno a dichos artilugios. Nadie se casa por amor. Se hace por un bien común. Para construir empresas. Forjar caminos. Futuros provechosos. Es algo que, hasta una niña pueblerina, lo sabría diferenciar —añade—. Si es eso lo que realmente te preocupa, pierde cuidado. No le temo ni rehúyo de él. Tal sentimiento es algo que viene por añadidura. Al igual que los hijos. Es una semilla, que se planta y germina con el tiempo.

—¿Qué me quieres decir con todo esto? —parpadea el rubio, estupefacto—. Entonces me estás dando la razón. Realmente no amas a mi primo.

—En efecto. No lo amo. Pero me gusta —se encoge de hombros—. Es el tipo de hombre que veo más idóneo para compartir mi vida. Y morir a su lado, de ancianos.

—Eso suena bastante triste…

—¿Por qué? El tampoco me ama —sentencia—. No te adelantes tanto a los hechos, Duque de Hastings. Tal vez no estemos enamorados ahora mismo. Pero no descarto la idea de que lleguemos a ello. Cariño hay.

—¿Esperas que te crea eso? ¿Qué "quieres" a mi primo? —ríe, sardónico—. Es absurdo…

—Abre los ojos, soñador. Baja los pies a la tierra y no le endoses tanto a tu dios —advierte, caminando hacia el pasillo—. No vaya a ser cosa que te tengas que tragar tus propios escupos, al final del día.

—¡Espera! —advierte, azorado— ¿Realmente…quieres a Adrien?

—Jm. Buenas noches…

¿Es posible cavilar algo como eso? Suena irrisorio. No veo por donde, Kagami esté intentando convencerme de que tiene ambiciones amorosas por Adrien. Si ahora mismo, ha demostrado con todas luces rojas que solo lo estaba usando para tomar venganza. ¿Esto de que va? ¿Por qué de pronto me siento tan molesto? Como si me hubieran dado una patada en los huevos. ¿Por qué me ofende tanto? ¿Será que acaso comprendo…que en el fondo tenia razón? Mencionar eso del amor, para conseguir un matrimonio provechoso. Es la clase de pensamientos que siempre tuve, sobre le elite. Estoy consciente de que las grandes familias se construyeron así. Con cimientos engañosos y falsos encomios.

¿Es eso lo que me sulfura? ¿Me indigna que conozca las reglas de este solaz juego?

No podré estar del todo seguro, hasta no seguir vigilándola de cerca. Kagami es una mujer peligrosa. Se me hace imposible ya, poder sacar conclusiones de todo lo que hace. Pues la venganza ya no es un pábulo que la motive. No ahora, que está a portas de conseguirla. Entonces ¿Qué sigue? ¿Qué pretende? Es una maldita caja de pandora. Todo lo que alguna vez creí de ella, se disuelve en un amargo devenir que no logro dimensionar. Odio no tener el control de la situación. La ignorancia, es un pecado. Bien me lo enseñó Marc en vida. Y yo odio no enterarme de las cosas.

¿Kagami busca enamorar a mi primo? Eso…está por verse.