Bueno, estoy un poco más segura de que serán cuatro capítulos en total. ¡Disfruten!


Todo lo anterior ahora era ingrávido, obsoleto, nulo, sin importancia, soso, infantil.

Era mirar con los ojos, descarados, contemplativos, y esconder el corazón tras el frío de las palabras. No como esto que sucede ahora, que no merecería siquiera ser vislumbrado pero que recibía los latidos de su desbocado corazón como una invitación a acercarse. Las palabras no tenían más ese efecto distante, parecía.

Veces anteriores predominaba la superficialidad, la contemplación y el desinterés. No era tan importante su enamoramiento porque no le interesaban las relaciones que se daban ni el interés traspasaba la apariencia.

Con un capricho anterior, se trataban de pequeñas miradas, asentimientos cómplices y apenas un ocasional saludo. Ella era pelirroja, altiva, y él poco la había visto, conocido. No le interesaba desmentir o confirmar lo que sabía. Ambos eran niños.

En cambio, ahora con aquella de cabellos azabaches oscuros como la noche… compartía cierto infantilismo, sí. Qué más habría de deducirse de primeros vistazos llenos de prejuicios, impulsividad y luego una simple solución como convertirse en amigos o pelear por no serlos; pero que luego dio comienzo a un juego que pareciera ser una pérdida de tiempo para otros, pero ellos no se daban cuenta… Pero ellos se divertían. Este era un infantilismo positivo en el camino hacia una adultez que ninguno de los dos quería.

Y se podría decir, que donde la responsabilidad y seriedad hacen diferencias entre la vida y la muerte existía… un paso torpe, de la adolescencia en lo que deberían ser insignificancias pero que instaba a Ladybug (que no podía ignorar esos acercamientos tensos de su compañero, puesto que algo seguro debían de implicar).

[...]

Oh, ja, ja, ja… qué embarazoso haberse chocado con tu compañero de equipo.

Estos trajes no dan para imaginar, quizás, uh no sé, yo no presté atención.

«Entonces debo de gustarle, pero no lo entiendo.»

[...]

La superficialidad se dio más fácil. No podían realmente conocerse si debían proteger su identidad como si fuera su vida. La profesionalidad creció, mientras las cosas tontas ponían rosas sus caras protegidas, que no daban espacio al infantilismo.

Que Chat noir no hubiera dado el primer paso con ímpetu y que Ladybug fuera una líder enamorada que poco podría saber de su compañero… Uh, qué combinación.

[...]

¿PERO Y SI…?

[...]

…con ella el aliento se le escapara del cuerpo, su alma vagara en vez de solo estar (incómodamente), él estaría…

—¿Qué hacés vestida así Bri…?, ¡qué digo!, ¿parisina qué no conozco?

Él aún se sentía incómodo con esta clase de sentimientos que nunca en su vida había tenido. Más en su estado, las palabras se le escapaban como no lo hacían cuando era Félix. Su ser oculto bajo expectativas se lucía sin ellas.

—El akuma de hoy es diferente, gat…, Chat noir —hizo un puchero, jugando con los volantes de su cintura—. Solo por esto extraño los de siempre.

—Eh…

Sus ojos se entrecerraron. La sonrisa no parecía más que una línea. Y su tono amigable se atenuó.

—Será mejor que no bromees con eso, princesa.

¿Cómo no podría serlo con lo ostentoso de su vestido rosa, su peinado lleno de rulos, su varita…? ¿O eso sería un hada?

Se encogió de hombros, sin abandonar su expresión solemne pese a la distracción andante que constituía su enamoramiento.

—¿Princesa? —repuso confusa.

—¿Con esa actitud? —Había algo pesado y ligero en sus palabras cortantes—. Porrr supuesto.

—Bueno, sí… —Cautelosa prosiguió—: sí debería ser más agradecida con este akuma tonto —Suspiró—. Gracias por salvarme, Chat.

El aludido relajó su postura.

—No hay de qué… princesa.

—No me vuelvas a llamar así, gato sarnoso —dijo entre dientes, pero con sus comisuras elevadas y sus azules ojos centelleantes.

—Oh, esta civil tiene agallas —sonrió con dientes—. Será mejor que vaya a salvar París. ¡buena suerte parisina que no conozco!

Y un pensamiento ha coincidido.

«Eh, no me lo esperaba de…»

[...]

Sus pasos ligeros como una dama, sus pies tan tontos como un…

—¡Ooye! No es mi culpa que mis pies no quepan en mis zapatillas.

—¿Has considerado mandarlas a hacer personalizadas?

—Prefiero andar descalza.

—Así verías lo cómodo que es caminar… Bridgette.

Le resultaba extraño llamar por su nombre a las personas. Se contentaba con saludar sin mencionarlas.

Sin embargo, últimamente empezaba a conocer mejor a su compañera de clases o amiga, como a ella le gustaba llamarse.

—¿Querés que me saque las zapatillas para que veas mis pies?

—¿Qué? N…

—Solo bromeaba. Pero te voy a invitar a mi casa un día de estos para que veas como camino.

«Oh, eso fue raro para una primera salida fuera del Lycée.»

Félix prefirió callar a que su compañera… a que Bridgette se comportara más extraño.

¿Pero a qué venía lo de los pies? Oh, cierto. Una de las tantas cosas de ella que comparaba con Ladybug, de quien tendría que estar enamorado.

[...]

—Eh… ¡vos! Cubrime por allá.

—¿Yo? ¡Decí mi nombre, gato tonto!

Considerando cómo se complicaron las cosas después, Chat decidió trabajar en ese hábito.

[...]

—Te he visto más de la mitad del tiempo con una mancha café en la manga, agachado en la biblioteca recogiendo tandas de libros que se te cayeron y llegando justo a tiempo a las clases. No me digas torpe, Félix.

El aludido levantó las manos sin un atisbo de sonrisa aunque parecía tenerlo en el deje de su voz:

—Es justo.

[...]

La habitación de Bridgette era… muy roja. Había matices naranjas y rosados. Pero muchos más eran los anaranjados. Las ventanas eran mediadoras de la luz del día y los colores celestes y amarillos.

—Tu habitación literalmente parece un horno.

La azabache le lanzó una zapatilla. Debió de habérsela sacado mientras él se distraía contemplando el espacio, particularmente los círculos naranjas de las paredes rojizas, su cama, armario y estantería rosados, sus diseños colgados en una pared como un collage que sobresalían sin lógica aparente debido a sus colores blancos, celestes, verdes, amarillos, violetas y demás colores.

El rubio la esquivó sin pensarlo demasiado, aunque no lo suficiente como para no posar la mirada en una descalza Bridgette. Casi confundiría sus pies con un objeto tirado si no fuera porque definitivamente no era normal que estos estuvieran rosados y porque no había ni una sola cosa de la habitación fuera de lugar.

—Sí —hablaba en un tono enérgico, moviendo sus pies de arriba a abajo en turnos—, he pensado en cambiarle el color en las vacaciones.

—¿Qué te pasó en los pies? —No supo qué lo poseyó para acercarse como nunca lo había hecho, invadiendo su espacio personal, agachándose frente a sus pies (no tocándolos). Ahora firmes en el suelo, distinguía su forma medianamente trapezoidal. Sus dedos formaban la línea más larga por unos centímetros… o bien una pulgada, se atrevería a decir. Tenían curitas, y en el caso del pie derecho vendas que los mantenían pegados como para caber en una zapatilla.

Los pies de su amiga se alejaron; ella se sentó en la cama llevando sus pies arriba, más cerca de su cuerpo.

Félix se quedó observando cómo deshacía las protecciones y los estiraba.

—Tengo una… —casi murmuró, con la atención en su tarea—: un pie un poquito más ancho que el otro. Aunque ambos no lo suficientemente angostos para encajar en zapatillas.

Su voz era suave, casi tranquilizadora en el silencio atónito.

—¿Por qué no has mandado a hacer zapatillas especiales?

Esta vez no hubo amenazas, respuestas evasivas o hasta "defensas" de la curiosidad que algún día podría matarlo.

Solo suspiros, solo pensamientos que se oían pero no veían ni distinguían ni comprendían.

—He convencido a mis padres de que no es necesario. "Zapatillas de uno o dos talles más grandes sirven" —intento imitar a su yo del pasado, despreocupada y sin el nerviosismo de ahora visibilizado en la manera en que ella se sentaba con las piernas cruzadas cercanas a su cuerpo, los pies bajo ellas, los brazos sobre sus rodillas y la mirada azulada sobre aquella celeste verdosa a pocos metros de distancia—. Tienen otras cosas de las que preocuparse. Pero las zapatillas aún terminan rozando los dedos de mis pies y siendo muy flojas en la zona del talón —bajó la cabeza—. En el caso del pie derecho una vez el dolor fue tal que tuve que empezar a restringir el movimiento de los dedos.

—Yo… lamento eso.

Frustrantemente, la vista de los acabados angulares de sus rodillas era una visión más segura. La sombra que le sobrevino atrajo su atención a su amigo.

Rodeado de rojo, casi fingiría que había pasión en su expresión decidida, fuego en su postura firme y ojos de colores casi fríos a la vez que impotentes. Pues era capaz de ayudarla, pero él siempre sabía que con Bridgette eso dependería de ella.

—Si me permitieras ayudarte en algo.

Solo tuvo que crecer su confianza. Ya no era tan raro que él se atreviera y generaran ambos discusiones más serias.

Bridgette dejó el silencio extenderse y asentarse entre los sonidos de la aguja del reloj, las respiraciones de ambos y, metafóricamente, sus reflexiones.

—Eu —forzó una voz alta y con melodía acorde en sus palabras—, dejame mostrarte más de mis proyectos. Incluso creo que tengo recuerdos de mi niñez…

La azabache se incorporó de la cama y tiró las vendas un poco sucias en un cesto al lado de su cama. Sus pasos eran igual de ligeros y separados que siempre. Pero con menos cuidado aun en el dolor persistente de sus dedos. No se dejaba caer. Mantenía una firmeza aceptable.

[...]

Y ella había conocido al ser no oculto. Él luego no le vio el sentido a continuar escondido. Pero no tan fácilmente se desharía de su cautela.


A ver, en estos dos capítulos conocimos los pensamientos de Félix sobre Bridgette y mucho sobre cómo es ella. Ni hablar del conflicto interno de identidad.

Los siguientes capítulos estarán más centrados en Bridgette :)