Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Creo que te Amo~

Por: Devil-In-My-Shoes


XI: Pétalos Púrpura

Ese día, Kuvira no quiso levantarse temprano. Se sentía como si la hubiera arrollado un batallón de tanques militares. Y ni siquiera se trataba de un malestar físico, aunque ciertamente, se estaba traduciendo a uno. Tenía náuseas y una migraña incesante. ¿Todo por qué? No podía ser que se lo estuviera atribuyendo al hecho de que los maestros aire la hayan dejado atrás. Eso sería estúpido.

Y estúpido como era, Kuvira se encontró a sí misma haciendo el esfuerzo de salir de la cama en un intento por alcanzarlos.

Ya les había advertido que no contaran con que ella fuera a despedirlos. Y fue por eso que terminó en la plaza central, descalza y todavía en pijamas, con la vista fija en el cielo. Tan sólo pudo ver al rebaño de bisontes perdiéndose en la distancia, como un grupo de nubes perezosas bloqueando el sol saliente, en dirección al este. Una visión que le achicó el corazón: en verdad se habían marchado.

Kuvira los observó en silencio hasta que su imagen se volvió tan diminuta, que sus ojos ya no pudieron distinguirlos en la lejanía. El viento sopló, colándose entre las ventanas y los pasillos de las edificaciones vacías, susurrando un eco profundo que enfatizaba la soledad en la que se había quedado. Un pensamiento invadió su mente: de haber querido estar ahí para verlos partir y despedirse con propiedad, lo hubiera hecho.

Eso si no aborreciera las despedidas.

Esa mañana, la primera de otras siete más, Kuvira se sintió minúscula en comparación al resto de su entorno. Era impresionante lo mucho que podía cambiar un lugar cuando carecía de la presencia de sus habitantes. Sin Meelo y Rohan haciendo travesuras a espaldas de su madre, ni Ikki y Jinora buscándola para charlar un rato. Sin Kai para entretenerse mientras acicalaban a los bisontes y limpiaban los establos juntos…

Sorprendentemente, Kuvira no sólo se había acostumbrado al estilo de vida humilde de los maestros aire; se había encariñado de éste. Quizás todo era parte de un astuto plan trazado por Korra para ayudarla en su camino a la redención, en cuyo caso, había funcionado. El simple hecho de haberse conseguido una nueva vida en la isla del Templo del Aire era consuelo suficiente para ella. Se había transformado, era una mujer nueva.

Lo que Tenzin le había dicho la noche anterior, encendió una chispa de esperanza en ella. Era libre de elegir y ser quién quisiera. No tenía que ser la sombra quebrantada de la Gran Unificadora por toda la eternidad. Podía empezar de nuevo, compensar su deuda con el mundo y, una vez cumplida su condena, hacer las cosas bien. Como hubiera querido hacerlo hace ya más de quince años…

Mamá, por favor, perdóname¡Lo haré mejor la próxima vez!

¡No! ¿No entiendes nada, niña? ¡Mírate! ¡Eres un desastre! ¡No me sirves! ¡Lárgate de mi vista!

Una fuerte punzada le atravesó las sienes. Kuvira se llevó una mano a la cabeza y se escuchó quejándose por aquel repentino dolor. Empeoró su migraña y también el mareo con el que se había despertado. Nada hacía con quedarse ahí parada, en medio de aquella soledad. Intentó componerse y decidió ir a prepararse un té en la cocina.

Puso el agua a hervir, luego buscó hojas de té de manzanilla en la despensa y extracto de jengibre. Mientras esperaba a que el agua hirviera, se asomó al comedor para ver si Kya estaba ahí. No vio ni rastro de la maestra agua, pero si avistó unas hojas de papel en una de las mesas, y además un bollo de pan que ya se había enfriado. Kuvira supuso que las habían dejado ahí para ella, y en efecto, tuvo razón. Tomó asiento y se puso a revisarlas con cuidado.

La primera era una lista de quehaceres dejada por Tenzin, en la que enumeraba varias tareas a las que Kuvira ya estaba acostumbrada, como atender la huerta y mantener el pozo lleno de agua. Sin embargo, le dejó también otros deberes de los que seguro se ocupaban los acólitos normalmente; tales como encerar los pisos de los salones del templo y desempolvar todos los estantes y repisas.

Kuvira rodó los ojos. Bien, al menos no se moriría de aburrimiento esa semana.

Las demás hojas le sacaron la primera y última sonrisa del día. Kai, Jinora e Ikki le habían dejado escritas algunas palabras de aliento y despedida. Eran pequeños detalles como: "No olvides comer bien todos los días, recuerda que aún se te nota la flacura de prisión…" "Tienes mi permiso de ir a la biblioteca y sacar de ahí lo que gustes, siempre y cuando lo devuelvas a su respectivo estante…" "Recuerda que Parche también se ha quedado solo, ¡dale compañía y él te la dará a ti! ¡Así se harán los mejores amigos!"

El resto de las hojas eran un montón de dibujos, o más bien, garabatos y manchones infantiles de parte de Rohan y… ¿Bolin? Kuvira revisó las firmas bajo los dibujos con algo de confusión. Había un retrato a lápiz precioso de ella misma contemplando una ventana de perfil, éste firmado por Meelo. Y luego estaban los garabatos de Rohan y Bolin; uno pensaría que el retrato a lápiz había sido hecho por un adulto y no un niñito de once años. Tal vez estaba subestimando las habilidades artísticas de Meelo. Sí, definitivamente, pensar lo contrario sería darle demasiado crédito a Bolin.

El pitido de la tetera la instó a guardar los dibujos y a concentrarse en sobrevivir su primera mañana de soledad. Preparó el té con el que esperaba aliviar su migraña y sus mareos, lo bebió y comió el bollo de pan que le habían dejado.

Luego Kuvira siguió adelante con su día, cumpliendo las tareas encargadas por Tenzin. Y se frustró al percatarse de que, en realidad, no eran suficientes para toda la semana. Eso o Kuvira era demasiado eficiente a la hora de ejecutar sus deberes.

Debían ser apenas las dos de la tarde cuando se dio cuenta de que lo único que le faltaba por hacer, era encerar los pisos del Gran Salón Ceremonial. Nunca antes había entrado ahí, pero alguna vez escuchó decir a Suyin que era en ese lugar donde los maestros aire, que alcanzan su posición de maestros realizados, reciben sus tatuajes. Kuvira infirió que además debía servir para otros rituales importantes, por lo que debía tratarse de un salón sagrado.

Empujó una de las grandes puertas con un débil crujido, y se permitió contemplar la magnificencia de aquella enorme recámara. La luz del sol que se filtraba por las ventanas en lo alto del salón proyectaba, sobre las paredes color miel y sobre algunos muebles y postes de madera, pequeños y variados reflejos dorados. Al fondo, subiendo una corta gradería, se encontraba un escenario en el que había un altar con varios objetos de cobre y bronce dispuestos encima. Y atrás, en una pared con paneles de piedra gris, el emblema de la Nación del Aire ocupaba a grandes rasgos el centro de ésta.

El techo estaba decorado con lámparas de papel y estandartes de tela verde con símbolos dorados, cuyo significado era desconocido para Kuvira. Una larga alfombra azul atravesaba el centro del salón y terminaba a los pies de la gradería que subía al escenario. Los ornamentos y la decoración eran relativamente sencillos, pero a pesar de esto, dotaban la atmósfera de un aire que inspiraba veneración y respeto.

Todavía podía respirarse un leve aroma a incienso con notas de sándalo en el interior del salón.

Kuvira entró dispuesta a terminar con la tarea que aún tenía pendiente, pues era evidente que a los pisos de madera les hacía falta algo de brillo. Y no le molestaba rebajarse a hacer ese tipo de trabajos domésticos. Sí, alguna vez fue la Capitana de la Guardia de Zaofu. Y sí, durante tres años vivió rodeada de lujos y prestigio, siendo la Gran Unificadora. Pero jamás olvidó de dónde venía, y la crianza que recibió desde los ocho años con Suyin, la movía a estar siempre dispuesta a servir a sus superiores. En este caso, el maestro Tenzin.

Cargaba con una cubeta llena de agua, la cera para el piso, y unos trapos para limpiar. Se puso de rodillas y procedió a comenzar la labor. No obstante, apenas iba a darle la primera encerada a la superficie, cuando un desconocido irrumpió en el gran salón, y con tono agrio y brusco le gritó:

—¡Oye tú! ¿Qué crees que haces?

Aquella era una voz femenina. Kuvira alzó la cabeza y miró a la intrusa de soslayo. Reconoció sin problemas el uniforme azul y blanco de los centinelas de la Orden del Loto Blanco, que residían en el templo. Había pasado tanto tiempo sin ver a uno merodeando por los alrededores de la isla, que casi se olvidó de que eran los guardianes de la familia de Tenzin, y en cierta medida, sus vigilantes.

Claro, si no se la pasaran evadiendo sus responsabilidades, pendientes de los partidos de Pro-control por la radio, habría sido más fácil para Kuvira reparar en su presencia.

—Estoy trabajando —replicó Kuvira, sin darle la cara—. El Maestro Tenzin me encargó encerar los pisos en su ausencia.

—¡Pues deja de hacerlo! —le ordenó—. Entiendo que eres la encargada del bisonte que tienen en aislamiento.

—Sí, ¿y?

—¡Esa bestia acaba de atacar a uno de mis compañeros! ¡Levántate de ahí y ve a controlar a ese animal!

Kuvira tuvo dificultades para creer lo que acababa de escuchar. Se levantó de inmediato y emprendió carrera hacia el prado de los bisontes, seguida muy de cerca por aquella centinela.

¿Cómo podía ser posible que Parche atacara a alguien? No tenía sentido. En el último mes se había vuelto parcialmente sumiso, aunque continuaba siendo malhumorado, y muy territorial. No cualquiera podía acercársele todavía; solamente Kuvira e Ikki tenían cierta influencia en él.

Entonces lo comprendió. ¿Qué diablos hacían esos centinelas en el prado de los bisontes? Debieron haber hecho alguna estupidez para provocarlo; ésa era la única explicación que Kuvira podía plantearse.

Nada más llegar al corral de Parche, vio al centinela herido en el suelo y a otros dos más acorralando al enorme animal con sus puños encendidos en llamas. Kuvira se abalanzó sobre ellos, sujetándolos con fuerza por las muñecas, para obligarlos a alejar el fuego del temeroso bisonte.

—¡Ya basta! —les gritó, furiosa—. ¡Sólo lo están empeorando!

—¡Tu bestia atacó a nuestro compañero!

—¡Eso ya lo sé! ¿Y se puede saber qué hacen ustedes aquí? Estoy segura de que nadie les ha ordenado patrullar estos prados. ¡Solamente la joven Ikki y yo tenemos autorización para tratar con este bisonte!

Uno de los dos centinelas consiguió zafarse del agarre de Kuvira y libró a su compañero dándole un empujón a la maestra metal en uno de los costados. Kuvira se retrajo, manteniendo el equilibrio y el ceño fruncido. Lo imaginaba, no era nada que no hubiera visto antes.

Un grupo de centinelas con responsabilidades de baja catadura y poca relevancia en cuanto a los asuntos del templo. Se habían acostumbrado a ignorar sus obligaciones, volviéndose holgazanes y flojos. Bastaba con que sus superiores se ausentaran para que empezaran a hacer lo que se les diera la gana, y Kuvira ya veía venir abusos de autoridad sobre ella, por ser quien era.

—Insolente, nuestros asuntos no son de tu incumbencia —gruñó uno de ellos—. ¡Controla a esa bestia!

—No entiendo cómo es posible que le permitan a alguien como tú domar a nuestros bisontes —espetó la centinela que la trajo hasta ahí—. ¿Quién nos garantiza que no estás entrenando a estos animales para que se vuelvan agresivos y ataquen a las personas? ¿Cómo puede el Maestro Tenzin confiar en ti?

—¿Escuchas las incoherencias que salen de tu boca? —siseó Kuvira, enviándole una mirada fulminante—. ¡Ustedes han de haber cometido alguna idiotez para provocar al bisonte!

Apenas terminó aquella frase, Kuvira tuvo que reaccionar con rapidez para evitar que una bola de fuego le quemara la cara. Se tambaleó y volvió la vista al frente, alarmada.

—¡Cuida el vocabulario que utilizas con nosotros! —Y con tono burlón y malsano, aquella centinela escupió el único apelativo que podía desestabilizarla—. Gran Unificadora… ¡Ja! ¡Vaya fiasco resultaste ser! —deshizo las llamas en su puño y le dio otro empujón para hacerla caer—. Un atrevimiento más de esos y te encerraré en la celda del ático, ¡quedas advertida!

Kuvira cayó de espaldas, pero fue atajada en el último segundo por la esponjosa cabeza de Parche. El bisonte tuerto la sostuvo y, con admirable delicadeza, la ayudó a ponerse nuevamente en pie. Los centinelas recogieron a su compañero caído y se alejaron de la escena, al menos por el momento. Si Kuvira podía estar segura de una cosa, era de que ésta era solamente la primera de muchas otras provocaciones en su contra.

Pero tendría que lidiar con ello, y armarse de toda la paciencia posible, para no enfurecer y contraatacarlos con su metal control.

Ese incidente le recordó que no todo en su nueva vida era paz y armonía. La comunidad del Templo del Aire podría haberla acogido como a una más de ellos, pero allá afuera, existía todo un mundo que todavía le guardaba rencor. Un mundo que tenía los ojos puestos sobre ella, aguardando por el más mínimo error. Uno solo y sería todo. La enviarían a pudrirse en prisión.

Gran Unificadora… —suspiró ella con amargura—. No. No me llamen así, todo menos eso.

Parche bramó suavemente y Kuvira colocó una mano en la flecha marrón de su frente, acariciándolo.

—Se aprovechan de nosotros porque estamos solos —le susurró Kuvira—. Y harán todo lo posible para dejarnos mal. Procura ignorarlos, no permitas que te afecten, ¿entiendes?


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Después de ese episodio, Kuvira perdió todo afán de cumplir con el quehacer que tenía pendiente en el templo. Entró a su alcoba en el dormitorio de mujeres, y se echó en la cama. El mareo, las náuseas y la migraña regresaron a ella con más bríos que en la mañana. Se sentía morir, y una desesperación constante crecía en su pecho.

¿Por qué? ¿Por qué la idea de quedarse sola le afectaba tanto? No llevaba ni un día, y ya estaba sucumbiendo a la soledad. Pero esta soledad era distinta a la que la embargó mientras estuvo confinada a una celda de máxima seguridad. Esta soledad era la de quien pierde toda protección y se encuentra perdido, desamparado. Ésta era una soledad que le resultaba muy familiar, demasiado. Y era eso lo que la enfermaba.

¡Papá! Papá por favor, ¡soy tu hija!

¿Hija? Yo no tengo ninguna hija…

De nuevo la aquejó aquella terrible punzada en las sienes y Kuvira se incorporó de golpe. Sudaba y le costaba respirar. Enfocó su mirada en la ventana, el sol apenas comenzaba su descenso hacia el mar. Ni siquiera había anochecido todavía; el primer día se le estaba volviendo eterno. Kuvira volvió a tumbarse sobre el colchón, esta vez de lado.

Se concentró en la mesita junto a su cama, donde descansaba un florero vacío. Durante su primera noche en la isla, se había fijado en los lirios recién cortados que habían dejado dentro de éste. Hace semanas que se habían marchitado, y Kuvira se había prometido reemplazarlos con alguna flor de su agrado. ¿El problema? Desde que estuvo en el Mundo Espiritual con Korra, el día de su derrota, ninguna otra flor se le hacía tan bella como aquellas de pétalos púrpura y aroma a lavanda sobre las que colapsó. En fin…

Kuvira suspiró cansada e intentó dormirse, pasar recto hasta el día siguiente.

Sin embargo, su mente inquieta no encontró paz. Ese choque con los centinelas del Loto Blanco la había afectado más de lo que ella dejaba ver. Era como un déjà vu, una experiencia que ya había vivido antes, y no hacía sino empeorar los malestares de los que ya sufría. Tener que permanecer encerrada e inactiva, no poder defenderse de los que abusaban de ella… ¡Era como si el ambiente de la prisión se hubiese trasladado a la isla!

Apretó los ojos con fuerza, se aferró a la almohada de Korra e intentó sumirse en un sueño profundo. «Sólo seis días más, sólo seis días más…» Se repitió como si de un poderoso mantra se tratara. Seis días más, y Korra estaría ahí.

Porque espíritus, con cada día que pasaba, la necesitaba y extrañaba más. Había llegado al punto en el que su corazón de hecho dolía físicamente por no poder verla. Jamás creyó que era posible amar a alguien de esa manera. Y ya no se sentía avergonzada por ello. Lo había aceptado y no podía negárselo. Y era raro, así como natural. Inevitable y tan aterrador, y delirante y hermoso.

Estaba enamorada de Korra.

Y pensando en ella, finalmente, se quedó dormida.


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Despertó sintiéndose un poco mejor, lo suficiente como para retomar su rutina diaria de ejercicios. Aunque prefirió no salir a trotar esa madrugada, por temor a tener algún encontronazo con los centinelas del día anterior. Obviamente, Kuvira no les tenía miedo, sino que temía por lo que ella misma podía hacerles si conseguían sacarla de sus casillas. Si la llamaban Gran Unificadora una vez más, rodarían cabezas, y ya ni Korra podría salvarla de una sentencia de muerte segura.

Se limitó a ejercitarse dentro del espacio estrecho de su habitación. Al terminar pasó a la ducha y luego al comedor. Nuevamente, no vio ni rastros de Kya por ahí. Kuvira estaba comenzando a pensar que la mujer no era muy madrugadora que se diga. Consideró hablar con ella sobre el comportamiento abusivo de los centinelas del Loto Blanco, no obstante, acabó por descartar esa idea.

Sabía que la maestra agua era una persona en quién podía confiar, pero Kuvira no estaba muy segura de que su buena disposición tolerara la presencia de una criminal en libertad condicional a su lado día y noche. Lo último que quería era tener que incomodar a Kya, pues si deseaba evitar a los centinelas, tendría que procurar mantenerse cerca de ella a diario. Era lógico que al minuto de quedarse sola, volvería a ser un blanco fácil.

No. Tenía que arreglárselas por sí misma. Kuvira era perfectamente capaz de hacerlo sin ayuda. Sería el colmo que tuviera que recurrir a Kya, como una niñita asustada que recurre a un adulto, luego de ser pisoteada por un montón de bravucones. ¿Dónde había quedado su orgullo? ¿Dónde su dignidad?

Resolvió ir a la biblioteca ese día, con la esperanza de que aquella enorme colección de textos le ayudara a llenar las horas muertas. Los muros y estanterías abarrotadas de libros se convirtieron en su fortaleza durante los siguientes dos días. La enorme bóveda era fría y aún más silenciosa que el resto del templo. Daba la impresión de que sus gruesos muros absorbían el murmullo del viento, el canto de las aves y el crujir de las hojas. Imperaba una quietud sobrecogedora, sumada al vacío y la soledad.

Sin embargo, Kuvira halló consuelo en el diálogo constante que mantuvo con las novelas que Jinora le recomendó leer. Eran, en su mayoría, sagas históricas, romances épicos, y ficciones impregnadas de fantasía. Suficiente material para mantenerla leyendo sin descanso y sin mayor distracción. Hasta se había acostumbrado al olor a guardado y viejo que despedía aquella atmósfera, y se había enamorado de la textura, seca y amarillenta, de las páginas en los libros más gruesos y gastados.

Por las tardes, se escabullía al prado de los bisontes, cargando consigo un libro de rimas para pequeños maestros aire, y se quedaba hasta tarde leyéndoselas a Parche. El bisonte se echaba a su lado, siempre detrás del corral, y la escuchaba atento. A veces lo sentía soltar un bufido nostálgico cada vez que la lectura mencionaba el vuelo de los bisontes; arriba en el cielo, en el aire, que era donde los de su especie debían estar.

—Tú no puedes volar y yo no puedo hacer tierra ni metal control… —suspiró Kuvira—. ¿Qué te parece? A los dos nos han separado de una parte importante de nuestra naturaleza… Pero las cosas han cambiado para bien hasta el momento y, ¿quién sabe? Quizás algún día, tú y yo volveremos a ser verdaderamente libres.

Parche resopló, dejó caer su gran cabeza y apoyó la frente en el hombro de Kuvira. Ella le rascó la oreja y se quedó con él hasta verlo dormido.


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Para el cuarto y el quinto día, la improductividad estaba matando a Kuvira. El no tener nada que hacer la desesperaba. Se encontró rondando por los pasillos vacíos de la pagoda, oyendo el eco de sus pisadas, como un alma en pena, atrapada en el mundo terrenal tras haber muerto sin saberlo. Tan aburrida, tan solitaria, tan miserable…

Ni modo. Si no hacía algo pronto, enloquecería. Así que Kuvira decidió tomar el riesgo de dejar atrás la seguridad de la pagoda, para explorar los jardines que lindaban con la huerta y el invernadero del templo. Y le resultó extraño. No se había pasado por la huerta desde su primer día sola, pero las hortalizas y surcos se veían limpios y en orden, como si alguien hubiese estado trabajando allí mientras ella se ocupaba de evitarse un problema con los centinelas.

¿Habría sido Kya? En toda la semana no se había cruzado con ella ni una sola vez, por el mismo motivo de estarse ocultando; ya fuera en su habitación, en la biblioteca o en la pagoda. Era bastante raro, pero, Kuvira agradecía el hecho de que alguien la haya cubierto con esa labor. Ya había empezado a preocuparse por lo que diría el maestro Tenzin cuando llegara y descubriera que el sol del verano había arruinado el alimento de todos en el templo.

En fin, Kuvira se encogió de hombros y prosiguió con su paseo. No sabía que tenían rosales en los jardines. Lo más seguro era que Pema había sembrado esos arbustos, para entretenerse durante las escasas ocasiones en las que sus hijos le daban un respiro. Consideró robarse una rosa para su florero vacío, pero la idea se fue tan rápido como llegó. Las rosas no le llamaban tanto la atención. Eran, según Kuvira, flores demasiado ordinarias.

Siguió un sendero de gravilla, entre los rosales y otras plantas recién florecidas. Transcurrió el tiempo, y el sol se puso a sus espaldas. Entonces la oscuridad pareció espesar el aire y volverlo azul. El aroma de las rosas se mezclaba con el de las flores que se abrían por la noche, y fue como si el paisaje se atenuara, cubierto por una niebla misteriosa. Kuvira no le dio importancia. Seguramente provenía de la bruma del mar; el calor del verano condensaba la humedad en el ambiente, eso era todo.

Avanzó y pronto se arrepintió de haber dado ese paso de más.

—¿Quién anda ahí? —gritó una voz ronca que Kuvira reconoció al instante.

Uno de los centinelas. ¡Tenía que ser! Kuvira maldijo la hora en la que se le ocurrió salir de la pagoda. ¿Por qué? ¿Por qué ahora, cuando sólo faltaba un día para que terminara su larga espera? Acongojada, cerró los ojos, arrugó el entrecejo y alzó las manos en señal de rendición.

—Sólo soy yo —dijo suavemente—. No quiero problemas.

—¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¡Es la famosa Kuvira otra vez! —se rió uno de los hombres, llevándose las manos a la cintura—. ¿Pero en dónde te habías metido? Te hemos buscado por todas partes en los últimos días…

El segundo se le acercó por detrás y la sujetó por los hombros.

—Baja las manos y dime, ¿también tienes autorización para vagar por los jardines a cualquier hora? —comenzó a palparle el cuerpo de arriba a abajo—. No llevas armas contigo, ¿o sí? Escuché que te quitaron tus poderes de control, ¡qué lástima!

Kuvira apretó los dientes con rabia cuando el cacheo al que estaba siendo sometida pasó a ser un toqueteo obsceno. Nada le hubiera gustado más que romperle el cuello a ese hombre, si eso no significara un boleto directo de regreso a prisión, o algo peor.

—¡Suéltala, Mek! —se escuchó exclamar a la centinela femenina que los acompañaba—. ¿Para qué te ensucias las manos con ésta?

—¡Oh vamos, Dhana! ¡No te pongas celosa! Sólo nos divertíamos —él hundió la nariz en el cuello de Kuvira y le susurró al oído—. ¿No es verdad?

Kuvira estaba demasiado concentrada en hacer acopio de toda su paciencia y resistencia para no cometer un homicidio, como para poder responder.

Mal, todo estaba mal. Era por cosas como ésta por las que Suyin Beifong opinaba que la Orden del Loto Blanco estaba mejor cuando solamente era una organización secreta entre maestros y sabios antiguos. Kuvira podía entender su punto a la perfección. Ahora dejaban que cualquier calaña se les uniera, sin que nadie los supervisara.

—¿Y bien? ¿Tienes permiso para merodear por donde se te antoje también? —insistió el tal Mek.

—Sí, sí lo tengo —musitó Kuvira.

Los tres centinelas se carcajearon.

—¡Increíble! ¡Ésta tiene permiso para todo!

—¿Cómo es que una prisionera de guerra como tú obtiene tantos privilegios? —inquirió Dhana con desdén—. Libertad condicional, asilo en el Templo del Aire de la Isla, permiso para andar por ahí, como si fueras una más de sus habitantes… ¡Ya habla! ¿Con quién hay que acostarse para ganar tales prerrogativas? ¿Con el Presidente Raiko o con el Maestro Tenzin?

Los otros dos volvieron a reírse.

—No, no —dijo el otro—. ¡La versión que escuché de los guardias en la prisión de las montañas, más bien dice que sedujo al Avatar!

—¿Al Avatar? —se sorprendieron sus compañeros.

—¡Exacto! Dicen que el Avatar Korra la visitaba con mucha frecuencia en su celda, sin vigilancia alguna, y en ocasiones, hasta extendían sus horas de visita para que pudieran estar más tiempo juntas. ¿No les parece una aberración?

A Kuvira le ardía el rostro de vergüenza y de ira. Si no se zafaba de ahí rápido, acabaría por asesinar a uno de esos tres.

—Conque también te gustan las chicas, ¿eh? —la provocó Mek, todavía sujetándola con fuerza de los brazos—. ¡Pero vaya preferencias las que tienes! ¿El Avatar Korra? ¿No te parece que es demasiado? Ésa es tosca para cualquiera, no imagino a quién trate de manejarla. ¡Ha de ser un tremendo dolor de cabeza!

—Tal vez —sonrió su compañero con gesto malicioso—. Pero imagina cómo debe ser en la cama… Si un cuerpo así me esperara en casa todas las noches, ¡yo renunciaría a este estúpido trabajo en un santiamén!

—No te extralimites, Gin, la señorita Kuvira aquí, tampoco se le queda atrás —replicó Mek—. ¿Le has sabido sacar provecho al Avatar? ¿Qué piensas hacer con ella cuando comience a aburrirte? ¿Acaso le dispararás con un arma de destrucción masiva, como hiciste con el pobre diablo que fue tu prometido?

—¡Ja! ¡Ese pobre miserable debería dar las gracias, si al menos consiguió cogerse a la Gran Unificadora mientras la tuvo en su lecho!

Y eso fue todo. La gota que derramó el vaso. Kuvira se soltó del agarre de Mek y, ejerciendo un movimiento relampagueante, consiguió someterlo con una llave que lo dejó de rodillas y con el brazo izquierdo apretado contra la espalda. Kuvira lo tenía inmovilizado, torciéndole la muñeca para infligirle dolor y mantenerlo sumiso. Tal había sido la intensidad de su ataque, que por poco acabó descoyuntándole el brazo al hombre.

—Puedes hablar basura de mí… —lo amenazó ella, retorciéndole aún más la muñeca—. ¡Pero no te atrevas a denigrar a Baatar Beifong! ¡Y mucho menos el nombre de Korra en mi presencia! ¿¡Está claro!?

Sus palabras fueron lacerantes para Mek, que lloriqueaba de miedo y dolor bajo la presión que Kuvira ejercía sobre él. No obstante, ésto no hizo otra cosa más que enfurecer a los otros dos centinelas, que en segundos, hicieron arder sus puños en llamas para desafiarla. Kuvira, sin embargo, no cedió.

Para ella sería muy fácil desarmarlos a los tres en cuestión de segundos. Bastaba con que le separara la muñeca del brazo a Mek, para hacerlo sucumbir ante el dolor. Después se abalanzaría sobre Dhana y le asestaría un puntapié en el tobillo. Kuvira contaba con que podía desgarrarle la articulación sin problemas y a tiempo para descargarle un codazo en la tráquea a Gin. Lo dejaría sin aire y a su completa merced.

«¿Y después qué?» Se cuestionó mentalmente, «¿Un baño de sangre?»

Porque tendría que hacer más que sólo dejarlos inconscientes si quería evitar que la acusaran y la sentenciaran a cadena perpetua en prisión. Nadie extrañaría a un trío de imbéciles portando el uniforme blanco y azul de su tan "sagrada orden". Hasta ahí había llegado la corrupción, ¿y no era su deber limpiar al mundo de semejante escoria?

No. Ya no más.

A Kuvira la abrumó que un pensamiento tan siniestro hubiera siquiera cruzado por su mente. Ésa no era ella. No. No sería un monstruo ni una asesina, ¡no otra vez! Poco faltó para que rompiera a llorar en ese instante; la frustración y la cólera eran demasiadas. Nunca más… Nunca más volvería a lastimar a nadie…

Lentamente, Kuvira dejó ir al centinela que tenía de rodillas, y se preparó para afrontar las consecuencias de su decisión. Si debía pudrirse en prisión, lo prefería antes que volverse un monstruo desalmado por segunda vez.

Había llegado tan lejos, casi lo había logrado.

La felicidad… Estuvo cerca de obtenerla, pero nunca se mereció tal cosa en realidad.

Lo que pasó luego, ocurrió tan rápido y tan repentinamente, que Kuvira apenas pudo dar fe de ello.

En cuanto soltó a Mek, éste se giró y le asestó un puñetazo en la cara. El golpe aturdió a Kuvira y la hizo desplomarse. No estaba preparada para la caída: cayó mal y se dio de lleno con la cara en la tierra y las hojas secas. Se había quedado sin aliento; a su cuerpo lo recibió un lecho de rosales y ninguna de las espinas allí parecía tener menos de tres centímetros de largo. Se le enterraron en la piel sin misericordia que valiera.

Entonces, cuando abrió los ojos para enfocarse en sus atacantes, Kuvira exhaló un grito ahogado. Lo que estaba frente a ella no podía ser real.

Vio a un espectral lobo blanco con las patas extendidas y la cabeza baja; sus fauces abiertas de par en par, prestas a hacer añicos al primero que se atreviera a acercarse a ella. Era un ser sublime. Y en un visto y no visto, dio un ladrido ensordecedor con el cual espantó a los tres centinelas, haciéndolos huir despavoridos.

Kuvira se encogió en sí misma por temor a aquel animal. Sin embargo, en un parpadeo, lo que estaba frente a ella dejó de ser un temible lobo blanco. Un perrito. Un perrito pequeño y de esponjoso pelaje blanco; con ojitos y naricilla negros cual botones.

Se acercó a ella como si las espinas del rosal no pudieran dañarlo, y comenzó a lamerle la mejilla. Kuvira se asustó y se levantó bruscamente, buscando alejarse de aquella cosa tan extraña. Es decir, era un perrito adorable, pero no era algo natural. No podía pertenecer al mundo físico, ¿o sí?

Salió del rosal con la ropa deshecha, llena de rasguños y de sangre, además de mugrienta. Intentó recuperar el aliento para tranquilizarse y preguntó:

—¿Q-qué eres? ¿Qué cosa eres tú?

El perrito dio unos ladridos y apuntó con su diminuto hocico en dirección a la torre pagoda. Comenzó a trotar hacia allá, y se detuvo para asegurarse de que Kuvira lo estuviera siguiendo. Volvió a emitir un ladrido.

—¿Quieres que te siga? —Kuvira se llevó una mano al semblante y suspiró—. Sí, ¿por qué no? Esto ya no podría ponerse más raro de lo que ya es…

El pequeño perro la guió hasta el Gran Salón Ceremonial, donde todavía faltaba encerar los suelos. Pero eso era irrelevante por el momento. Con sólo cruzar las grandes puertas del salón, una luz dorada rodeó al cachorro, y éste sufrió una nueva transformación. Ahora era una criatura de baja estatura y regordeta, de amarillenta piel clara. Un par de hojas le crecían en la cabeza, asemejándose a orejas caídas. ¿Sus ojos? Nada más que dos puntos negros.

Un espíritu, definitivamente debía ser eso.

—Tú no eres de por aquí —le dijo Kuvira—. ¿Me equivoco?

—Y tú no eres muy espiritual, ¿eh? —replicó el pequeño espíritu. Su voz era dulce como la de un niño.

—¿Para qué me trajiste hasta aquí?

—Oh, ¿no vas a darme las gracias por sacarte de ese lío?

Kuvira agachó la cabeza y se disculpó.

—Perdón. Agradezco que te hayas deshecho de esos tres sujetos por mí.

El espíritu sonrió alegremente.

—No te preocupes, ya no te molestarán más —aseguró—. Y si vuelven a meterse contigo, ¡los arrojaré a la Niebla de las Almas Perdidas!

«Lo que sea que eso signifique, se lo tendrían bien merecido.» —Pensó Kuvira—. ¿Por qué estás ayudándome?

El espíritu se sobresaltó como si acabara de recordar algo. Se giró un momento, y cuando se volteó, alzó una de sus cuatro patas superiores, sosteniendo una hermosa flor púrpura, de las mismas del Mundo Espiritual. Y muy sonriente, se la entregó a Kuvira.

—Esto es para ti, te lo envía Korra.

Un tanto insegura, Kuvira extendió la mano para coger la flor. Pero, ¿cómo era posible que Korra supiera que…?

—Veo que estás confundida —dijo el espíritu—. Te explico: Korra supo que estabas en graves problemas, así que personalmente me pidió ayuda para que viniera a darte una mano con esos tipos. También me pidió que te dijera que ella llegaría pasado mañana por la tarde y, que al igual que tú, no puede esperar para volver a estar contigo. ¡Tiene muchas cosas importantes que contarte!

—¿Pero cómo puede Korra saber que…?

—¡Oh, eso es muy fácil! ¡Todo es gracias al vínculo espiritual que comparten ustedes dos! —observó la cara de perplejidad que mantenía Kuvira y se rió divertido—. No tienes ni la menor idea de lo que te estoy hablando, ¿cierto?

Kuvira enarcó una ceja.

—Bien, supongo que empezaré por explicarte lo que es un vínculo espiritual —el espíritu señaló la alfombra azul del suelo—. ¿Por qué no te sientas un momento? Te ves agotada…

¿Agotada? Era peor que eso. La migraña, los mareos; todos los malestares que había sufrido esa semana se le vinieron de un solo golpe. Lo cierto era que estaba a punto de desfallecer, pero decidió hacer un último esfuerzo para poder entender cómo Korra había sabido sobre lo que sucedía a cientos de kilómetros de distancia, sin tener que estar ahí para verlo.

Se sentó de piernas cruzadas y miró al pequeño espíritu atentamente.

—Un vínculo espiritual es una conexión extremadamente rara que surge entre dos humanos. Proviene de una emoción profunda, que sobrepasa a esa que ustedes llaman "amor". Pero… no es algo que se les atribuya a dos personas sólo por ser amantes o amigos. Simplemente nace entre aquellos que siempre fueron el uno para el otro. Dos personas pueden no conocerse, y aún así, es posible que formen un vínculo espiritual.

—Supongamos que entiendo la idea —intervino Kuvira—. Ahora explica cómo funciona… Por favor.

El espíritu sonrió, percatándose de que a Kuvira le costaba trabajo mantenerse afable ante la situación y lo desconcertante de ésta.

—Pues, es gracias a este vínculo que Korra puede saber cómo te sientes o qué te está sucediendo, aún cuando las separa una gran distancia —notó que Kuvira fruncía el ceño y se apresuró a explicar—. No es que ella pueda leerte la mente, sencillamente es sensible a tus emociones. En ocasiones, hasta puede ver lo que tú ves, pero depende de ella inferir qué es lo que está sucediendo. Korra debe tener un entendimiento profundo de ti y de tu vida para hacer que funcione; no es algo fácil de traducir.

—Y si se trata realmente de una conexión, ¿no debería yo ser capaz de hacer lo mismo con Korra también?

—En teoría sí, pero tus habilidades espirituales son muy pobres —el espíritu se encogió de hombros—. Es por eso que el vínculo de Korra está más desarrollado, mientras que tú apenas tienes consciencia de su influencia. Aunque… deberías ser capaz de dominarlo si trabajas en ello.

Kuvira guardó silencio y se concentró en la flor que Korra le había enviado, girándola entre sus dedos. El pequeño espíritu ladeó la cabeza, dio un parpadeo y, sin importarle mucho las reglas del espacio personal que profesan los mortales, trepó al regazo de Kuvira y se sentó cómodamente en ella. Kuvira dio un respingo cuando sintió a aquella criatura colocando una de sus patas en su pecho, justo donde se encontraba su corazón.

—Hay muchas cosas oscuras arremolinándose aquí, ¿no? —señaló el espíritu—. Recuerdos de cuando tus propios padres te hicieron a un lado, y de las malas decisiones que has tomado en tu vida; por eso has estado sintiéndote enferma durante estos días… Ya no puedes reprimirlos más, debes enfrentarlos y dejarlos salir, o de lo contrario nunca te librarás de todo ese sufrimiento.

—¿Y qué esperas que haga? —suspiró Kuvira, agobiada.

—No te preocupes, Korra tiene la intención de ayudarte a superarlo a través de la meditación. Te guste o no, vas a tener que reconectarte con tu lado espiritual, Kuvira.

La aludida se limitó a pensarlo, entonces la curiosidad la obligó a preguntar:

—Eso del vínculo espiritual, ¿qué significa realmente? Es decir, ¿para Korra y para mí?

—De llegar a dominarlo, tú y Korra podrían estarse comunicando ahora mismo. Mientras más grande la distancia que las separa, más fuerte es el lazo que las une. Así pues, mientras más cerca se encuentren la una de la otra, más se debilitará el efecto. Si Korra estuviera aquí, no podría leer tus emociones como lo hace desde donde está. —El espíritu se mostró preocupado—. Hay un motivo para esto, aunque no sé si quieras saberlo.

—Pero nos concierne, ¿no es así? —demandó Kuvira, poniéndose tensa.

El espíritu se cubrió la carita con sus patas. Dio la impresión de que estaba pensando su próxima respuesta con seriedad y, luego de unos segundos, miró a Kuvira y dijo:

—Tienes razón, les concierne. Además, ya que parece que ustedes dos tienen la intención de compartir sus vidas, es preciso que alguna esté consciente de esto… —respiró profundo y exhaló—: Un vínculo espiritual no necesariamente les garantiza la felicidad ni que vayan a estar juntas para siempre…

Kuvira no se inmutó, esperando a que la pequeña criatura siguiera adelante con lo que tenía que decirle.

—Generalmente, las personas que han estado enlazadas por un vínculo espiritual se han visto obligadas a distanciarse, y hasta a separarse de por vida por distintos motivos. El propósito del vínculo espiritual, es que las almas que fueron hechas la una para la otra puedan seguir unidas, a pesar de estar apartadas físicamente —explicó—. El caso del Avatar es aún más especial, ya que su vínculo espiritual hace que el alma de la persona a la que está unida reencarne cuando lo hace la suya, superando incluso a la muerte.

—Eso no… tiene sentido —musitó Kuvira, pensativa—. El Avatar Aang reencarnó hace veintitrés años, y la maestra Katara sigue aquí, y definitivamente no soy yo.

El espíritu se rió.

—¡Pues claro! El Avatar Aang nunca tuvo consciencia de su vínculo espiritual, porque la persona a la que estaba vinculado falleció cien años antes, mientras él estuvo atrapado bajo el hielo. Pero eso no le impidió encontrar a otra persona a quien amar. Esas cosas le pasan casi siempre al Avatar, por la naturaleza única de su alma. La reencarnación constante hace que el vínculo sea inestable, y casi nunca logra coincidir con el alma de la persona a la que está vinculado. La mayoría de las veces, jamás se conocen. En diez mil años, sólo siete Avatares han tenido la misma suerte que Korra y tú. Estás ante un milagro.

Kuvira sintió un grotesco vacío en el estómago sólo de imaginar que su alma había esperado ciento sesenta y cinco años para reencarnar junto a la de Korra, sin ninguna garantía de poder encontrarla siquiera en esa nueva vida. De no haber sido por la creación inesperada del portal espiritual, ella habría muerto pensando en Korra sólo como su enemiga, y su alma habría tenido que volver a esperar, durante décadas, por la siguiente oportunidad, minúscula e improbable, de poder reunirse con ella en otra vida.

Y deseó no haberlo sabido nunca, porque era algo terriblemente injusto.

—Es cruel —espetó ella, sin poder ocultar cierta mordacidad—. Que un alma tenga que seguir a la otra, sin ninguna esperanza de coincidir en la siguiente vida, por la eternidad…

El espíritu volvió a reírse. A Kuvira le parecía que para él todo era un juego y ella comenzaba a impacientarse.

—Eso es lo que ves desde tu limitada perspectiva humana. Pero piénsalo así, estamos hablando del caso del Avatar. Para los humanos comunes, que tienen la suerte de compartir un vínculo espiritual, esto significa reencontrarse después de la muerte y permanecer unidos por la eternidad. Pero para el alma vinculada a la del Avatar, de no ser así, significaría pasar la eternidad sin volverse a unir, puesto que el Avatar debe seguir reencarnando. El vínculo espiritual les da una alternativa: aunque no sea una garantía que vayan a coincidir, las pocas veces que lo hagan, serán miles en una eternidad.

—¿Ésa es una mejor alternativa? Ni siquiera en esta vida ese maldito vínculo puede asegurar que permaneceremos unidas. ¡Acabas de decirme que el vínculo espiritual existe porque hay una mayor certeza de que nos veamos forzadas a separarnos!

—Y siendo así, ¿preferirías perder a Korra para siempre? O, ¿tener al menos un vínculo que te permita sentirla a tu lado cuando deban distanciarse? —El espíritu le ofreció una mirada compasiva—. Kuvira, el vínculo espiritual no es una maldición. Todo lo contrario, ¡es una bendición!

—No. Es un consuelo miserable —dijo ella, sintiéndose muy fría.

—Entonces, ¿hubieras preferido que tú y Korra no hubiesen coincidido en esta vida?

A Kuvira le resultó difícil hablar.

—¡Hubiera preferido…! Hubiera preferido… No saber nada de esto…

El espíritu se mostró arrepentido.

—En ese caso, te pido perdón. Debí saber que Korra no te había hablado de esto por una razón.

Kuvira intentó calibrar su aprensión. Había muchas cosas que deseaba comprender. Si al menos pudiera hablar con Korra… Cerró los ojos y buscó en su interior. Si realmente podía conectarse con Korra, entonces quería intentarlo. Pensó en ella con todas sus fuerzas para hacer que se manifestara, pero… Por el momento, lo que percibía sólo eran susurros, como si algo la rozara en la oscuridad, un sentimiento demasiado vago y distante.

Kuvira se preguntó si, puesto que no era una persona espiritual, los poderes del vínculo podrían desarrollarse algún día, por completo o no. Era desesperante.

—Dime una cosa, Espíritu. Esto no tiene que ser algo definitivo, ¿si sabes a lo que me refiero? Toda regla tiene su excepción —indagó, agitada.

El espíritu saltó del regazo de Kuvira, avanzó unos cuántos pasos y se giró para verla a los ojos.

—Así es cómo ha sucedido en los últimos diez mil años —sentenció—. ¿Te digo algo? Toma mi consejo, y si de verdad quieres a Korra, más vale que atesores cada momento que compartas junto a ella, y que procures sacarle el máximo provecho. Nunca sabrás cuándo será la última vez que podrás estar con ella…

Y con estás palabras, el pequeño espíritu se desvaneció en el aire.

Kuvira se quedó sola en la oscuridad del gran salón, contemplando la flor púrpura que tanto le fascinaba. Un campo de flores repleto de éstas, un mundo surreal y la presencia de la única persona que buscó entenderla en toda su complejidad. Era por eso que adoraba aquellas flores, porque le recordaban la primera vez que estuvo en los brazos de Korra, la primera vez que fue acogida y comprendida. La atesoraría mientras pudiera, pero ¿cómo podría resignarse a perderla?

¿Por qué salvarías mi vida, después de todo lo que te he hecho?

Supongo… Que veo mucho de mí misma en ti…

Esa noche, una flor de pétalos púrpura y sutil aroma a lavanda, adornó el florero vacío de su habitación.

»Continuará…