Riza miraba por la ventana del carruaje, observando el paisaje que se deslizaba lentamente a su lado. Había más o menos una hora de viaje desde la finca hasta la ciudad, tiempo suficiente para que sus pensamientos se perdieran en el entorno.
El carruaje avanzaba por un camino bordeado de altos árboles que formaban un túnel natural con sus ramas entrelazadas. Los rayos del sol se filtraban a través del follaje, creando patrones de luz y sombra que danzaban sobre el suelo y las ruedas del carruaje. Los troncos, robustos y antiguos, hablaban de años de historia, y Riza se preguntaba cuántas veces su madre habría pasado por ese mismo camino.
Más allá de los árboles, se extendían vastos campos verdes, salpicados de flores silvestres que añadían pinceladas de color al paisaje. A lo lejos, se veían colinas suaves que ondulaban hacia el horizonte, sus cumbres cubiertas de bosques frondosos. El viento acariciaba los campos, haciendo que las hierbas y flores se mecieran como olas en un mar verde.
De vez en cuando, el carruaje pasaba junto a pequeñas granjas. Las casas de piedra y madera, con sus techos inclinados y chimeneas humeantes, emanaban una sensación de hogar y tranquilidad. Riza podía ver a los granjeros trabajando en sus campos, sus figuras inclinadas sobre la tierra, dedicadas a su labor diaria. Algunos levantaban la vista y saludaban al carruaje, mostrando una cortesía simple y sincera.
Cruzaron un puente de piedra sobre un río claro y burbujeante. El agua brillaba bajo el sol, reflejando el azul del cielo y el verde de los árboles. A lo largo de las orillas, los sauces llorones se inclinaban hacia el agua, sus ramas tocando la superficie y creando pequeñas ondas. Riza observó a algunos niños jugando cerca del río, riendo y chapoteando en el agua con total despreocupación.
Conforme se acercaban a East City, el paisaje comenzó a cambiar. Los campos abiertos y los bosques dieron paso a caminos más definidos y cercados. Aparecieron más casas, más cercanas entre sí, y las calles comenzaron a mostrar señales de mayor actividad humana. Los edificios, aunque todavía modestos, eran más grandes y variados, con tiendas y talleres que anunciaban sus productos con letreros coloridos.
Finalmente, las primeras estructuras de la ciudad surgieron en el horizonte. East City se presentaba como un lugar vibrante y lleno de vida. Las calles empedradas, las aceras animadas con transeúntes y comerciantes, y los edificios de ladrillo y piedra daban la bienvenida a Riza. Las farolas alineadas a lo largo de las calles principales prometían una iluminación cálida al caer la noche, y las plazas y parques ofrecían espacios para el esparcimiento y la comunidad.
Riza apartó la vista de la ventana y miró la caja de latón en su regazo. Suspiró, consciente de que aquel era su último as bajo la manga y esperaba que resultase, porque de lo contrario se vería irremediablemente obligada a poner en venta las propiedades de su familia.
Observó el ir y venir de la gente, cada rostro una historia, cada rincón una oportunidad. Sabía que debía encontrar la oficina del perito de joyas del que habían hablado el día anterior. Con un último suspiro de determinación, decidió concentrarse en la tarea que tenía por delante.
El carruaje se detuvo frente a una imponente estructura de ladrillo rojo con grandes ventanas y una elegante puerta de madera tallada. Sobre la puerta, un letrero dorado anunciaba: " Joyas y Antigüedades Kensington". El cochero abrió la puerta del carruaje y ayudó a Riza a bajar.
—Gracias, Robert —dijo Riza, agradecida por el viaje seguro.
—Buena suerte, señorita Hawkeye —respondió Robert con una sonrisa amable.
Frente a la puerta aguardaba Roy Mustang, esperándola. Riza sintió una presión en el pecho al verlo ahí, con su habitual sonrisa, como si no hubiese pasado nada entre ellos el día anterior. "Y no pasó nada, ¿no? Tú misma lo dijiste", se recordó a sí misma.
—Buenos días, señorita Hawkeye —dijo Roy, inclinando la cabeza en un gesto cortés—. Espero que el viaje haya sido cómodo.
Riza asintió, tratando de mantener la compostura.
—Sí, fue tranquilo. Gracias por preguntar, coronel Mustang.
La tensión en el aire era palpable, pero ambos sabían que debían enfocarse en el objetivo principal. Roy le ofreció su brazo, y después de un momento de vacilación, Riza lo aceptó, sentía que su mano ardía.
—¿Lista para entrar? —preguntó Roy, su tono calmado y profesional.
—Sí, estoy lista —respondió Riza, tomando una profunda respiración para calmarse.
Juntos, entraron en el edificio. La mujer de lentes que los recibió dirigió a Riza una mirada de reconocimiento y a Roy una de curiosidad.
—Señor Kensington la recibirá en un momento —dijo la mujer, señalando hacia la sala de espera.
Riza y Roy se sentaron en la sala de espera. El ambiente, adornado con muebles antiguos y obras de arte, estaba cargado de una calma tensa. Roy notó la caja de latón sobre el regazo de Riza y la miró con suavidad. Antes de que pudiera decir algo, la puerta se abrió y Edward Kensington, apareció.
—Pasen, por favor —dijo Kensington, su voz profesional y amable.
Entraron en el despacho, donde las vitrinas y estantes llenos de antigüedades y joyas creaban una atmósfera de riqueza y historia. Riza colocó la caja de latón sobre la mesa y la abrió, revelando las joyas de su madre.
Kensington examinó las piezas con atención, tomando cada joya con manos expertas y evaluándolas con detenimiento.
—Estas joyas son realmente impresionantes, señorita Hawkeye. ¿Quiere que las lustremos? —dijo finalmente, mirando a Riza con una sonrisa.
Riza negó con la cabeza, su determinación firme.
—No, quiero venderlas —dijo, su voz era decidida.
Kensington torció el gesto antes de mirar a Roy Mustang.
—Lo siento, pero no puedo comprarlas.
—¿Por qué? Acaba de decir que son magníficas. No tendrá problemas en encontrar un comprador.
Kensington volvió a mirar al coronel, visiblemente incómodo.
—No puedo comprar joyas con blasones familiares. Entienda lo que alguien malintencionado podría hacer con un sello del archiduque.
Riza empezaba a perder el ánimo y la paciencia.
—La mayoría de ellas no tienen ningún blasón, las perlas por ejemplo.
Cuando su mirada volvió a Mustang, Riza llamó su atención dando un golpe sobre la mesa.
—Deje de mirarle, está hablando conmigo.
Kensington se sobresaltó y volvió la vista a Riza, comprendiendo la seriedad de la situación.
—Mis disculpas, señorita Hawkeye —dijo, recuperando la compostura—. Busque un perista, seguro estaría encantado de arrebatárselas.
Riza tomó una profunda respiración, intentando calmarse.
—No son joyas robadas, señor —dijo, mirando fijamente al hombre. Entonces recordó una conversación que tuvo hace tiempo y puso su mejor cara de póquer—. Está claro que venir aquí ha sido una pérdida de tiempo. Debí haber acudido al señor Wagner, tal y como sugirió mi abuelo. Cada segundo aquí es una eternidad perdida.
Kensington palideció ligeramente al escuchar el nombre de Wagner, un rival conocido en el negocio de las joyas y antigüedades. La mención de su nombre claramente lo había afectado.
—Señorita Hawkeye, por favor, comprenda que solo intento seguir las normas de seguridad que protegen a todas las partes involucradas. No quisiera que estas joyas cayeran en manos equivocadas —dijo Kensington, tratando de recuperar el control de la situación.
Riza mantuvo su mirada firme.
—No puedo perder más tiempo. Necesito vender estas joyas para salvar las propiedades de mi familia.
Riza cogió los dos sellos y el broche que tenían los blasones familiares de la familia Grumman y Hawkeye y los guardó en su redecilla.
—Ojalá pudiese haber dicho que ha sido un placer, señor Kensington. Al final, los asuntos serios han de tratarse en Central, me temo.
Ante la cara estupefacta del hombre, Riza comenzó a cerrar la caja, dispuesta a marcharse con las joyas. El órdago estaba sobre la mesa, y el aire en la sala se tensó aún más.
Kensington, sintiendo la presión y comprendiendo que estaba a punto de perder una oportunidad importante, levantó una mano para detenerla.
—Espere, señorita Hawkeye. No es necesario que lleve sus asuntos a Central. Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo satisfactorio aquí mismo.
Riza se detuvo, mirando a Kensington con una mezcla de desconfianza y esperanza.
—¿Está dispuesto a reconsiderar, señor Kensington? —preguntó, su voz firme pero con una nota de expectación.
Kensington asintió, visiblemente más conciliador.
—Sí, reconsideraré la situación. Puedo comprar las joyas que no tienen los blasones familiares de inmediato.
Riza miró a Roy, quien le devolvió una sonrisa tranquilizadora y asintió ligeramente.
—Muy bien. Procedamos entonces —dijo Riza, volviendo a colocar la caja sobre la mesa.
Kensington comenzó a examinar las joyas de nuevo, esta vez con una actitud más abierta y cooperativa. Se concentró en las piezas sin sellos familiares, evaluándolas con cuidado. Riza observó con atención, sintiendo que finalmente había logrado un avance.
Una vez fuera del despacho, Roy miró a Riza con una sonrisa, sus ojos llenos de admiración y un toque de humor.
—Ha manejado esto muy bien. Casi me ha dado pena el pobre señor Kensington.
Riza dejó escapar una pequeña risa, aliviada por el éxito de su negociación.
—No creo que Kensington reciba este tipo de presión todos los días. Pero era necesario.
Roy asintió, su sonrisa suavizándose en una expresión de sincero apoyo.
—Lo era. Y usted lo manejó con una firmeza admirable. Su abuelo estaría orgulloso.
Riza sintió un calor en su pecho al escuchar esas palabras. Sabía que aún había mucho por hacer, pero cada pequeño paso hacia adelante la hacía sentir más fuerte.
—Gracias. De verdad.
Roy se inclinó ligeramente, un gesto cortés y respetuoso.
—Es un honor estar aquí para ayudarla. Ahora, ¿Qué tal si tomamos un pequeño descanso? Hay un café cerca que sirve el mejor té de la ciudad.
Riza asintió, aceptando la oferta. Mientras caminaban por las calles de East City, sintió que la presión en su pecho comenzaba a aliviarse. La ciudad estaba viva a su alrededor, con el bullicio de los comerciantes, el murmullo de las conversaciones y el alegre sonido de los niños jugando. Los colores vibrantes de las tiendas y las fragancias de los puestos de comida llenaban el aire, creando un ambiente animado y acogedor.
—¡No puede ser lo que ven mis ojos! ¡Riza! —gritó una voz familiar.
Riza giró rápidamente, y su expresión se iluminó al ver a Rebecca Havoc, una de sus amigas más queridas. Rebecca, con el embarazo ya comenzando a notársele, salió corriendo hacia ella, a pesar de que su vientre abultado dificultaba sus movimientos.
—¡Rebecca, no corras! —le rogó Riza, preocupada por su amiga y el bebé.
Rebecca llegó a ella, riendo, y la abrazó con fuerza, ignorando las preocupaciones de Riza.
—¡Oh, Riza! ¡Es tan bueno verte! —dijo Rebecca, con los ojos brillando de alegría—. ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!
Riza devolvió el abrazo, sintiendo una oleada de emociones. Rebecca, siempre había sido una fuente de energía y optimismo en su vida.
—¡Rebecca, estás preciosa! —exclamó Riza, mirando la prominente barriga de su amiga—. ¿Cómo te sientes?
Rebecca sonrió, acariciando su vientre.
—¡Estoy bien, gracias! El bebé se mueve mucho, y Jean está emocionado. Pero cuéntame, ¿Qué te trae a East City?
Miró a Roy de reojo, esperaba que Rebecca no pensase cosas raras como solía hacer.
—Me meto que hay asuntos familiares que resolver, el coronel Mustang me está ayudando.
Roy, que había estado observando con una sonrisa, se acercó para saludar a Rebecca.
—Es bueno verla Señora Havoc.
Rebecca miró a Roy, levantando una ceja no era ningún secreto, que tenía sus reservas con respecto a Roy Mustang.
—Buenos días coronel, ¿Y tú estás aquí para ayudarla? Muy noble de tu parte.
Riza, sintiendo el calor en sus mejillas, se apresuró a cambiar de tema.
—Estamos resolviendo algunos temas con las propiedades familiares. Pero, por favor, cuéntame más sobre ti y Jean. ¿Cómo va todo?
Rebecca rió, captando la incomodidad de Riza, pero decidió no presionarla más.
—Jean está destinado en el sur con el general Grumman, ya sabes, pero está muy contento con el bebé en camino —dijo Rebecca, su sonrisa se entristeció un poco—. Espero que vuelva pronto.
Riza notó la tristeza en los ojos de su amiga y apretó su mano con suavidad.
—Lo hará, Rebecca. Sé que es difícil, pero Jean volverá sano y salvo. Mientras tanto, me tienes aquí. Estoy deseando ver a tu precioso bebé.
Rebecca asintió, agradecida por las palabras de consuelo de Riza.
—Gracias, Riza.
Roy intervino, señalando un café cercano.
—¿Qué les parece si nos sentamos y continuamos esta conversación con un buen té?
Rebecca asintió con entusiasmo.
—¡Me parece una excelente idea! Necesito descansar un poco.
Los tres se dirigieron al encantador café con fachada de ladrillo cubierto de enredaderas y mesas al aire libre bajo toldos de colores. Se sentaron en una mesa, y un camarero se acercó rápidamente para tomar sus pedidos.
Mientras esperaban su pedido, continuaron charlando sobre las novedades en sus vidas. El ambiente cálido y acogedor del café, junto con la compañía de sus amigos, hizo que Riza se sintiera más tranquila y esperanzada. Los suaves murmullos de las conversaciones circundantes y el aroma a café recién hecho creaban una atmósfera reconfortante.
—Ay, Riza, sé que debe ser duro para ti haber dejado el college, pero estoy loca de contenta por saber que ahora estarás aquí —dijo Rebecca, su rostro iluminado por una sonrisa sincera.
Riza, sintiendo el calor del afecto de su amiga, sonrió.
—Ahora estoy poniendo las cosas en orden, pero me encantaría que te quedases unos días. Me haría muy bien tenerte cerca.
Rebecca asintió, sus ojos brillando de emoción.
—¡Claro que sí! Me encantaría quedarme contigo. Además, podemos ponernos al día y ayudarte con lo que necesites.
El camarero llegó con el té y los pasteles, interrumpiendo momentáneamente la conversación. Los delicados pasteles, decorados con frutas frescas y crema, eran irresistibles. Riza tomó una taza de té, sintiendo el calor reconfortante en sus manos, y dio un sorbo, disfrutando del sabor suave y relajante.
—Esto es justo lo que necesitaba —dijo Riza, dejando escapar un suspiro de alivio.
Rebecca asintió, tomando también un sorbo de su té.
—Sí, a veces un buen té y una buena conversación son el mejor remedio para el estrés.
Mientras disfrutaban de sus pasteles, continuaron hablando sobre sus vidas, riendo y recordando viejos tiempos. La calidez de la amistad y el apoyo mutuo llenaba el aire, haciendo que Riza se sintiera más fuerte y segura.
—Rebecca, siempre has sido una amiga increíble. Tenerte aquí significa mucho para mí —dijo Riza, con sinceridad en su voz.
Rebecca sonrió, tocando suavemente la mano de Riza.
—Y tú para mí, Riza. Si sobreviví aquellos tres años a la cara de vinagre de la señorita Brown es porque estabas a mi lado, siempre estaré aquí para ti.
Riza rió, recordando a la severa señorita Brown, que siempre parecía estar de mal humor. Cuando Rebecca llegó al college, lloraba muchísimo, y Brown era especialmente estricta con ella por aquella razón. Riza solía interceder por ella, tratando de proteger a su amiga de la dureza de la institutriz.
Roy, observando la escena, comenzó a comprender, se preguntaba de qué podían conocerse ambas mujeres y tener una amistad tan fuerte, siendo dos personas con un estatus y forma de ser tan dispar.
—Así que se conocen del Central College —dijo Roy, levantando una ceja curiosa.
—Rebecca fue mi compañera de habitación los tres años que estuvo allí —respondió Riza, levantando su taza. Se detuvo antes de beber—. Era un desastre.
Rebecca soltó una carcajada.
—¡Lo era! —admitió, sin rastro de vergüenza—. No podía mantener mi lado de la habitación ordenado ni un solo día, llegaba tarde siempre y estaban constantemente riñéndome. Pero Riza siempre me ayudaba.
Riza sonrió, recordando aquellos tiempos con cariño.
—Nos ayudábamos mutuamente.
Rebecca asintió, su expresión se suavizó.
—Eso es lo que hacen las amigas
Después de terminar su té y pasteles, salieron del café. Mientras Rebecca se alejaba, Riza la observaba con una expresión indescifrable hasta que suspiró.
—Pobre Rebecca —dijo, sus ojos aún fijos en el lugar por donde su amiga había desaparecido.
—¿Pobre? Pero si no puede estar más feliz —respondió Roy, sorprendido por la declaración.
—Rebecca siempre está alegre. No la conozco en otro estado, hasta cuando lloraba a los pocos minutos ya estaba riendo. Pero su mirada era tan triste cuando mencionó a Jean. Debe sentirse tan sola —dijo Riza, con una mezcla de preocupación y empatía.
Roy asintió, comprendiendo la profundidad de los sentimientos de Riza por su amiga.
—Jean estará fuera por un tiempo, y la distancia es difícil de soportar, especialmente en su estado.
Riza asintió, con el corazón apesadumbrado por la situación de Rebecca.
—La agonía de la espera y la incertidumbre de si volverá sano y salvo, conozco bien esa sensación. Cuando Rebecca me dijo que iba a casarse con Jean Havoc, le dije que no lo hiciera, le dije que buscase a cualquiera que no fuese un militar. Ella se enfadó un poco.
Roy frunció ligeramente el ceño ante aquellas palabras.
—Havoc es un buen hombre y le puedo asegurar que adora a su esposa, independientemente de si es militar o no.
Riza se giró rápidamente hacia él, su mirada llena de una mezcla de disculpa y frustración.
—Lo sé, pero quería ahorrarle a Rebecca ese sufrimiento —dijo, su voz suavizándose—. No es que dude del amor de Jean por ella, es solo que... sé lo difícil que es esperar, temer por la vida de alguien que amas cada día.
Roy la miró con comprensión, sus ojos reflejando la empatía que sentía.
—Entiendo. El miedo y la incertidumbre son parte de nuestras vidas, pero también lo son el amor y el cariño, no puede permitir que el miedo paralice su vida. Rebecca es más fuerte de lo que parece, encontrará la manera de superar esto.
Riza dejó escapar un suspiro, sintiendo una mezcla de resignación y tristeza.
—Espero que tengas razón. Quiero que sea feliz. Solo deseo que nunca tenga que enfrentar el dolor de perder a Jean.
Roy se acercó un poco más, su voz firme.
—Haré todo lo que esté en mi poder para asegurarme de que eso no suceda. Havoc es un buen amigo y subordinado, y haré todo lo posible para protegerlo.
Los ojos de Riza se llenaron de gratitud, pero también de incertidumbre. La determinación de Roy le daba una sensación de seguridad, pero también despertaba una serie de emociones complejas en su interior.
—Tampoco quiero que le pase nada, coronel. He sido injusta con usted, le juzgué de antemano sin conocerle, pero sé que es un buen hombre —dijo, su voz temblando ligeramente por la mezcla de culpa y vergüenza que sentía. Sus ojos se desviaron al suelo, incapaces de sostener la mirada de Roy—. Siento mucho lo que le dije aquel día, no creo en absoluto que sea…
—¿Un cerdo descarado? —dijo Roy, con una sonrisa divertida, intentando aliviar la tensión.
Riza levantó la vista, sorprendida por la respuesta de Roy. Su expresión era una mezcla de alivio y nerviosismo. Sabía que esas palabras habían sido injustas, producto de sus prejuicios.
—Sí... eso —admitió Riza, sus mejillas teñidas de un leve rubor—. Fui impulsiva y dejé que mis emociones nublaran mi juicio. No debería haberlo dicho.
Roy dio un paso hacia ella, su mirada llena de comprensión y calidez. Sentía una profunda conexión con Riza, un creciente afecto que no podía negar.
—Entiendo por qué reaccionó así. La vida no le ha sido fácil, y es natural ser cautelosa. Además, no estaba del todo errada, aquel día yo…- te devoraba con la mirada. - no me comporte como un caballero.
Roy extendió su mano, tomando la de Riza con suavidad. El contacto fue reconfortante, demasiado reconfortante para un simple toque.
—No importa lo que pase, no está sola en esto —dijo Roy, su voz firme y llena de promesa.
Riza apretó su mano, sintiendo una mezcla de gratitud y algo más profundo que no podía definir. La calidez del contacto y la sinceridad en los ojos de Roy le daban una sensación de esperanza y seguridad que no había sentido en mucho tiempo. Sin embargo, aquella neblina de afecto se disipó rápidamente cuando Riza fue consciente del lugar en el que estaban. Soltó rápidamente la mano de Roy como si quemara.
—Bien, pongámonos en marcha. Quería negociar con el acreedor de su padre, ¿no? —dijo Roy, carraspeando un poco para recuperar la compostura.
Riza asintió, tratando de ocultar su repentino nerviosismo.
—Sí, es lo que toca hacer. No podemos perder más tiempo.
Roy la miró con una mezcla de preocupación y determinación. Cada día que pasaba conociéndola hacia que se sintiendo mas atraído hacia ella, aquella joven decidida, amable y condenadamente hermosa.
Caminaron en silencio hacia el distrito financiero. La atmósfera en la ciudad comenzaba a cambiar, con los vendedores y sus puestos se habían desvanecido, las aceras apenas ocupadas, y los números carruajes elegantes circulaban por aquellas calles.
Finalmente, llegaron a una elegante oficina en el centro de East City. Las paredes estaban adornadas con pinturas clásicas y los muebles de madera oscura exudaban un aire de sofisticación. Un hombre mayor, con gafas y una expresión seria, los recibió en la puerta.
—Señorita Hawkeye, Coronel Mustang, por favor, pasen. Soy el señor Peterson—dijo el hombre, señalando dos sillas frente a un gran escritorio.
Riza y Roy tomaron asiento, y Riza sintió un nudo en el estómago. Este encuentro sería crucial para asegurar el futuro de su familia si ese hombre no cedía, no podría pagar las deudas que asfixiaban a la finca.
—Señor Peterson, gracias por recibirnos —comenzó Riza, su voz firme pero educada—. Estoy aquí para renegociar las deudas de mi padre. Creo que podemos llegar a un acuerdo que beneficie a ambas partes.
Peterson asintió lentamente, evaluando la situación.
—Entiendo su posición, señorita Hawkeye. Sin embargo, las deudas son significativas y las condiciones actuales no son favorables. ¿Qué propone usted?
—Le ha prestado a mi padre un total de quince mil cenz en distintos préstamos. Quisiera liquidar esa cantidad ahora mismo —dijo Riza con firmeza.
Peterson alzó una ceja, su expresión era de incredulidad.
—¿Sabe que me debe más de quince mil? Se llaman intereses, es lo que hago yo a cambio de arriesgar mi dinero —la voz de Peterson era lenta, como si estuviese intentando explicar cómo funcionaban los préstamos a un niño.
Riza sintió una repentina furia por dentro. No era la primera vez que, por ser mujer, la tomaban por idiota o ignorante. Estaba a punto de saltar cuando Roy intervino, percibiendo su tensión.
—Estamos dispuestos a denunciar, señor Peterson. El señor Hawkeye ha pagado más de tres mil cenz y no ha liquidado ni un quince por ciento de su deuda. Eso, mi buen señor, se llama usura y es un delito muy grave —dijo Roy, su voz llena de autoridad.
La expresión de Peterson cambió al instante, la seguridad en su mirada se desvaneció, reemplazada por una mezcla de preocupación y cautela.
—Coronel Mustang, no es necesario llegar a tales extremos. Estoy seguro de que podemos encontrar una solución que beneficie a ambas partes —dijo, tratando de recuperar el control de la situación.
Riza aprovechó el momento de vacilación de Peterson.
—Mi oferta es justa y razonable, señor Peterson. Quiero liquidar los quince mil cenz de los préstamos originales. Usted obtiene su dinero de vuelta, y nosotros podemos empezar a reconstruir nuestras vidas sin ser aplastados por intereses abusivos —dijo, su voz firme y decidida. —Usted habrá ganado tres mil setecientos, creo que es justo.
Peterson miró fijamente a Roy, y finalmente a Riza. Parecía estar sopesando sus opciones, consciente de la amenaza implícita en las palabras de Roy y del valor real de sus ganancias.
—Muy bien, señorita Hawkeye —dijo finalmente, su voz más suave—. Acepto su oferta. Permítame preparar los documentos necesarios para formalizar el acuerdo.
Riza asintió, sintiendo una mezcla de alivio y triunfo.
—Gracias, señor Peterson. Agradezco su disposición a resolver esto de manera justa.
Mientras Peterson se levantaba para preparar los documentos, Riza se volvió hacia Roy, su expresión llena de gratitud.
—Gracias por intervenir, Coronel Mustang. Gracias por todo, en realidad. ¿Cómo podría agradecerle lo mucho que está haciendo por mí?
Roy sonrió, con aquella sonrisa confiada y pícara que hacía que se le cortara la respiración.
—Podría dejar de llamarme coronel. Sería un gran premio para mí que me tutease, señorita Hawkeye.
Riza sintió un ligero rubor en sus mejillas, la informalidad de la sugerencia la sorprendió, pero también la hizo sentir más cerca de Roy.
—Muy bien... Roy. Y entonces tú también deberías hacerlo—dijo con una sonrisa tímida.
Su sonrisa se suavizó, mostrando una calidez genuina.
—Me parece un trato justo, Elisabeth.
Unos minutos más tarde, Peterson regresó con los documentos. Riza los revisó cuidadosamente antes de firmar, asegurándose de que todas las condiciones fueran claras y justas. Una vez firmado el acuerdo, Peterson tomó el pago y se despidió de ellos.
—Espero que esto marque el comienzo de una nueva etapa para su familia, señorita Hawkeye —dijo Peterson, con un tono más respetuoso.
—Eso espero, señor Peterson. Gracias por su cooperación —respondió Riza, antes de salir de la oficina junto a Roy.
Al salir, Riza respiró profundamente, sintiendo que un gran peso se había levantado de sus hombros.
—Lo logramos, me parece que ha sido un día muy productivo —dijo, su voz llena de emoción.
—Casi siento vértigo—respondió Roy ofreciendo su brazo.
Riza aceptó el gesto, tomando su brazo con una sonrisa agradecida.
Mientras caminaban, la ciudad a su alrededor parecía más brillante y animada. Las preocupaciones que habían pesado sobre Riza durante tanto tiempo ahora parecían más manejables, y la compañía de Roy le daba una sensación de seguridad y consuelo.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de colores cálidos. Los tonos anaranjados y rosados se reflejaban en las ventanas de los edificios, creando un ambiente sereno y melancólico a la vez. La brisa suave traía consigo el aroma de las flores del parque que estaban atravesando y el murmullo lejano de la ciudad.
—Supongo que se quedará hoy en la casa de su abuelo. Es tarde para viajar de vuelta a la finca —dijo Roy, rompiendo el silencio con su voz suave.
Riza asintió, su mirada perdida en el horizonte.
—Sí, temía que algo así pasase, así que avisé de que hoy pasaría allí la noche. Además, así aprovecharé para saludar y recoger algunas cosas —respondió, girándose hacia Roy con una leve sonrisa.
El parque alrededor de ellos estaba tranquilo, con pocas personas disfrutando del atardecer. Un par de niños jugaban cerca de una fuente, sus risas se mezclaban con el sonido del agua burbujeante. Los árboles, altos y majestuosos, proyectaban largas sombras sobre el césped, creando un mosaico de luz y sombra en el suelo.
—Es un buen plan. La casa de tu abuelo está en una zona preciosa de la ciudad.—dijo Roy, sus ojos observando el cambio de luces en el cielo.
Riza respiró profundamente, dejando que la calma del entorno la envolviera.
—Sí, tienes razón. Será bueno estar allí, aunque sea solo por una noche. Me trae muchos recuerdos, es un lugar donde siempre me he sentido segura.
Roy la miró, notando la mezcla de nostalgia y tristeza en su voz.
—Estoy seguro de que podrás crear nuevos recuerdos, mejores y más felices en la finca —dijo, con una sonrisa cálida.
Riza asintió, sintiendo que las palabras de Roy resonaban en su interior.
El cielo seguía cambiando de colores, el naranja dando paso a un púrpura profundo, mientras las primeras estrellas comenzaban a aparecer. La ciudad, que había estado bulliciosa durante el día, ahora se sumía en una tranquilidad que solo se veía interrumpida por el ocasional sonido de una carroza pasando o el lejano murmullo de una conversación.
—Es un hermoso atardecer —murmuró Riza, mirando el cielo con una expresión serena.
—Lo es —respondió Roy, aunque su mirada estaba fija en Riza, apreciando la belleza del momento. —Vamos, te acompañaré hasta la casa de tu abuelo. Quiero asegurarme de que llegues bien.
—Gracias, Roy. Eres un verdadero caballero.
Caminaron juntos por las calles de la ciudad, las luces de los faroles encendiéndose una a una, iluminando su camino. Las sombras de la noche comenzaban a envolver la ciudad, pero Riza se sentía segura y acompañada.
La casa del abuelo de Riza era una mansión antigua y majestuosa, con una fachada de piedra gris y mármol y enredaderas trepando por las paredes. Las ventanas estaban decoradas con cortinas de encaje y desde el exterior se podía ver la cálida luz de las lámparas iluminando el interior. Al llegar, Riza se detuvo por un momento, contemplando la entrada con una mezcla de emociones.
—Aquí estamos —dijo Roy, mirándola con atención—. Mañana vendré temprano e iremos a la finca
Roy inclinó la cabeza en una leve reverencia antes coger su mano y rozarla levemente con los labios.
—Que tengas una buena noche, Elisabeth.
—Tú también, Roy. Nos vemos mañana —respondió Riza, observando cómo se alejaba antes de entrar en la casa.
Apenas había subido un par de peldaños cuando la puerta se abrió. Allí estaban los miembros del servicio de su abuelo, esperándola con ojos expectantes y sonrisas alegres. Aquel lugar, a fin de cuentas, también era su hogar.
Julia, la ama de llaves, fue la primera en saludarla. Su rostro arrugado por los años se iluminó con una sonrisa cálida. Julia siempre había sido una presencia reconfortante en la casa, con su cabello canoso recogido en un moño y su delantal impecablemente limpio.
—Señorita Riza, bienvenida. —dijo, y rápidamente la abrazó, rodeándola con sus fuertes brazos—. ¡Qué alegría! Pero mírese, está más delgada, tiene que comer mejor. —Tomó su rostro entre las manos, sus dedos cálidos y ásperos por el trabajo—. Mi hermosa y dulce niña, ¿Cómo está?
Riza sintió una oleada de calidez y gratitud al ser recibida con tanto cariño. Los ojos marrones de Julia, llenos de preocupación y afecto, la miraban con una mezcla de alegría y ternura.
—Estoy bien, Julia. Ha sido un tiempo difícil, pero estoy mejor ahora —respondió Riza, sonriendo con afecto mientras acariciaba suavemente las manos de la ama de llaves.
El vestíbulo de la casa, donde se encontraban, estaba adornado con muebles antiguos de madera oscura, pulidos hasta brillar. Las paredes estaban decoradas con retratos familiares y paisajes pintados a mano, dando al espacio un aire de elegancia atemporal. La alfombra persa que cubría el suelo amortiguaba sus pasos y añadía un toque de calidez al ambiente.
Joffrey, el mayordomo, se acercó con su impecable traje negro y una expresión seria pero amable.
—Señorita, hemos preparado su habitación y una cena ligera, por si tiene hambre—dijo, con una voz formal pero cálida.
Riza asintió, sintiéndose verdaderamente en casa.
—Gracias. Creo que una cena ligera me vendrá bien. Ha sido un día largo.
Mina, apareció desde el pasillo con una sonrisa brillante. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza y sus ojos azules brillaban con entusiasmo.
—Señorita Riza, ¿le preparo un baño para después? —preguntó, con una mezcla de nerviosismo y emoción.
Riza le devolvió la sonrisa y asintió.
—Por supuesto, Alice. Gracias por tu ayuda.
Riza se dirigió hacia el comedor. La mesa estaba puesta con esmero, la vajilla de porcelana fina y los cubiertos de plata relucían bajo la luz suave de las lámparas de cristal. Un ramo de flores frescas adornaba el centro de la mesa, llenando el aire con un delicado aroma a jazmín y rosas.
El comedor era una mezcla de elegancia y confort, con sus paredes revestidas en paneles de madera oscura y cortinas de terciopelo que enmarcaban las ventanas. La luz de las lámparas se reflejaba en los espejos antiguos, creando una atmósfera cálida y acogedora.
Julia la acompañó, asegurándose de que todo estuviera en orden.
—Espero que la cena sea de su agrado, señorita. Hemos preparado sus platos favoritos —dijo, con un brillo de orgullo en sus ojos.
Riza se sentó a la mesa, sintiendo una profunda gratitud por el servicio leal y atento de su abuelo.
—Estoy segura de que será perfecto, Julia. No hacía falta tanto esfuerzo.
Julia sonrió, su mirada llena de cariño y dedicación.
—Tonterías, siempre contamos los días para que venga. Solo nos apena que solo sea por esta noche. Me he encargado de que se empaquen todas sus cosas como es debido, aunque me temo que ha dejado su habitación un poco desolada. Robert las montará a primera hora en el carruaje, y Capitán estará listo para que lo monte mañana.
El rostro de Riza se iluminó. Hacía meses que no cabalgaba, y la idea de montar a Capitán, la llenaba de alegría.
—Eso suena maravilloso, Julia. He echado mucho de menos cabalgar.
Julia asintió, complacida al ver la felicidad en los ojos de Riza.
—Sabemos cuánto disfruta de sus paseos a caballo. Capitán también la ha echado de menos, señorita.
El aroma del guiso casero y el pan recién horneado llenaban el comedor, mezclándose con el suave murmullo de la conversación y el tintineo de los cubiertos sobre la porcelana fina.
Las ventanas dejaban entrever el jardín exterior, donde las sombras de los árboles se alargaban bajo la luz de la luna.
—Espero que todo esté a su gusto, señorita —dijo Julia, mientras servía el postre, un pastel de frutas que siempre había sido el favorito de Riza.
—Está delicioso, Julia. Gracias por todo —respondió Riza, saboreando cada bocado.
Después de la cena, Riza subió a su habitación, encontrando todo exactamente como lo recordaba. Las cortinas de encaje, la cama con su colcha bordada y los muebles antiguos que le daban al lugar un aire de elegancia y confort. Un gran espejo con un marco dorado reflejaba la suave luz de la lámpara de noche, y una silla de lectura de cuero marrón se encontraba junto a una pequeña mesa de madera, donde descansaba un jarrón con flores frescas.
Se dejó caer en la cama, sintiendo que por fin podía relajarse. Miró a su alrededor, recordando los muchos momentos que había pasado en esa casa.
—Bienvenida a casa, Riza —murmuró para sí misma, sintiendo una paz interior que no había sentido desde que salió del Central College.
A la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte cuando Riza se despertó. Se vistió con rapidez y bajó al comedor, donde un desayuno ligero la esperaba. Julia, siempre eficiente, había preparado todo con esmero.
—Buenos días, señorita Riza. Espero que haya descansado bien —dijo Julia, mientras servía una taza de té.
—Buenos días, Julia. Dormí muy bien, gracias. Estoy lista para el día —respondió Riza, con una sonrisa.
Después de desayunar, Riza salió al jardín, donde Capitán la esperaba. El semental negro relinchó al verla, y Riza se acercó para acariciar su suave pelaje que brillaba con la luz de la mañana.
—Hola, Capitán. ¿Listo para un paseo? —dijo con alegría.
Robert, el cochero, se acercó con una sonrisa, llevando en sus manos las riendas de dos caballos más.
—Capitán ha estado ansioso por verla, señorita. Bailarina y Romero están muy celosos —dijo, acariciando las crines de los animales.
Bailarina, una elegante yegua negra, resopló suavemente mientras Riza se acercaba. Sus ojos grandes y suaves la miraban con afecto.
—Vas a ser una madre fantástica, Bailarina —dijo Riza, pasando sus manos por el vientre abultado de la yegua. Bailarina, como si entendiera sus palabras, movió la cabeza con delicadeza, acercándola más a Riza.
Romero, un caballo de color chocolate, robusto y de mirada vivaz, agitó sus crines como si quisiera llamar la atención.
—No te pongas celoso, Romero. También te daré atención —dijo Riza con una sonrisa, extendiendo una mano para acariciar a Romero, quien resopló contento.
Roy era conducido por el jardín del General Grumman por el joven mozo de cuadra cuando sus ojos se posaron en Riza. Su cuerpo se paralizó y sintió un ligero tirón en su ingle. "Qué peligro de mujer", se dijo a sí mismo al contemplarla con su ropa de montar. Riza, ajena a la atención que estaba recibiendo, estaba de pie junto a Capitán, el imponente semental negro que se mantenía a su lado con un porte majestuoso. Su atuendo consistía en una chaqueta ajustada y pantalones ceñidos, resaltando su figura atlética y elegante. El cabello rubio de Riza estaba recogido en una trenza que caía sobre su hombro, enmarcando su rostro sereno y decidido.
El jardín estaba bañado por la suave luz de la mañana, con flores de colores vibrantes que bordeaban los senderos y árboles altos que proporcionaban sombra y frescura. El aroma a tierra húmeda y flores llenaba el aire, creando un ambiente de tranquilidad y belleza natural.
Roy, aún intentando recuperar la compostura, se acercó lentamente, tratando de mantener una expresión neutral. Sin embargo, no podía evitar que su mirada se deslizara por la figura de Riza, apreciando cada detalle.
—Buenos días, Elisabeth—dijo, su voz sonando más grave de lo habitual mientras se acercaba a ella.
Riza se giró, y una sonrisa iluminó su rostro al verlo.
—Buenos días, Roy. Qué bueno verte —dijo Riza, con un tono cálido que hizo que el corazón de Roy latiera un poco más rápido.
Roy, sintiendo una mezcla de admiración y deseo, le devolvió la sonrisa. Observó su atuendo de montar que acentuaba cada curva, y cómo el sol de la mañana hacía brillar su cabello rubio.
—Así que vas a cabalgar. Te ves... radiante —comentó, con un toque de sinceridad en su voz.
Riza bajó la mirada, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas por el cumplido. Sus ojos se desviaron momentáneamente hacia el suelo, intentando procesar las palabras de Roy.
—Gracias. Espero que me acompañes, aunque si quieres puedes ir con Robert en el carruaje —respondió, acariciando el cuello del caballo con una mano suave y afectuosa.
El joven mozo de cuadra, Michael, que había estado observando la escena con discreción, se adelantó para tomar las riendas de Romero y se las tendió a Roy.
—Aquí tiene, Coronel Mustang. Romero está listo —dijo Thomas, con una sonrisa respetuosa.
Roy tomó las riendas, su mirada aún fija en Riza, notando el brillo de sus ojos y la suavidad de su gesto al acariciar a Capitán.
—Gracias, Michael —respondió Roy, mientras tomaba una decisión rápida—. Creo que me uniré a la señorita Hawkeye.
Riza montó a Capitán con una gracia natural, su figura erguida y confiada. Roy la observó mientras se acomodaba en la silla, sintiendo admiración por su destreza y elegancia.
Montó a Romero con igual facilidad, y juntos comenzaron a cabalgar por los senderos del jardín. El ritmo de los caballos era constante, sus pezuñas resonando suavemente contra el suelo. El paisaje alrededor de ellos era una mezcla de colores vibrantes y sombras suaves, creando una atmósfera de tranquilidad y belleza natural.
—Es un día perfecto para Cabalgar—comentó Roy, rompiendo el silencio con una voz suave.
—Sí, lo es. Me alegra que hayas decidido unirte a mí —respondió Riza, girando ligeramente la cabeza para mirarlo.
Llevaban media hora de camino cuando Roy notó cuánto habían avanzado. East City hacía tiempo que había quedado atrás, y el paisaje se transformaba en colinas ondulantes y campos abiertos. La brisa matutina soplaba suavemente, trayendo consigo el fresco aroma de la naturaleza. Roy agradecía ver esta faceta más atrevida y aventurera de Riza que contrastaba enormemente con su actitud siempre tranquila y estoica.
Riza cabalgaba con una soltura y una energía que Roy encontraba fascinante. El viento jugaba con su cabello, despeinando su trenza dorada y dándole un aspecto aún más libre y salvaje. Su rostro estaba iluminado por una sonrisa genuina, y sus ojos brillaban con una mezcla de alegría y determinación.
—Me encanta este lugar —dijo Riza, girando ligeramente la cabeza para mirar a Roy—. Es mi manera de desconectar de todo y simplemente disfrutar del momento.
Roy asintió, observando el entorno con una nueva apreciación. Los campos de hierba alta se mecían suavemente con el viento, y en la distancia, un grupo de árboles creaba una línea oscura contra el cielo azul claro. Las flores silvestres salpicaban el paisaje con colores vivos, añadiendo un toque de belleza inesperada.
—Puedo entender por qué te gusta tanto —respondió Roy, su voz cargada de sinceridad.
Continuaron cabalgando, sus caballos avanzando con un ritmo constante y relajado. La tierra bajo sus pezuñas era suave y mullida, lo que hacía el paseo aún más agradable. Roy se sentía revigorizado por el aire fresco y la compañía de Riza, podía sentir como le había contagiado su energía.
—No te imaginaba tan aventurera —comentó Roy, sonriendo—. Siempre te he visto como una persona tranquila y reservada, pero esto es... diferente.
Riza rió suavemente, su risa llenando el aire con una melodía alegre e hipnotizante.
—Supongo que todos tenemos diferentes facetas, ¿verdad? Este es mi escape, mi manera de dejar atrás las preocupaciones y simplemente ser yo misma.
El paisaje continuaba cambiando, revelando nuevas vistas y maravillas naturales. Un arroyo serpenteaba a través de los campos, su agua clara reflejando el sol de la mañana. Las aves cantaban alegremente desde las copas de los árboles y el susurro del agua creaba una sinfonía tranquila que envolvía todo a su alrededor. Roy y Riza se detuvieron un momento para dejar que sus caballos bebieran, disfrutando de la serenidad del lugar.
—¿Descansamos un poco? —preguntó Riza, desmontando de Capitán con agilidad.
Roy asintió y también desmontó de Romero. Ambos caballos bebieron del arroyo, mientras Riza y Roy se acercaban a la orilla, sus botas hundiéndose ligeramente en la hierba suave y húmeda. Riza se inclinó para tocar el agua con los dedos, observando cómo las pequeñas ondas se propagaban por la superficie cristalina.
—Es tan tranquilo aquí —comentó Riza, con la voz apenas un susurro, casi como si no quisiera perturbar la paz del lugar.
Roy se arrodilló junto a ella, sus ojos fijos en riza, y cada uno de sus movimientos.
Riza levantó la vista y encontró los ojos de Roy, llenos de calidez y algo más que no pudo identificar de inmediato. Había una intensidad en su mirada que la hizo sentir un leve escalofrío. Sin romper el contacto visual, Roy extendió una mano, rozando suavemente la mejilla de Riza con el dorso de los dedos.
—Elisabeth... —dijo Roy en un susurro, Su voz contenía una nota ronca.
El corazón de Riza latía con fuerza, cada golpe resonando en sus oídos. El contacto de la mano de Roy era cálido y reconfortante, y por un momento, todo lo que había estado preocupándola parecía desvanecerse. Se inclinó ligeramente hacia él, sin romper el contacto visual, ¿Qué tenían aquellos ojos que la miraban y le hacían perderse en ellos?.
Roy, deslizó su mano hasta el cuello de Riza, sus dedos trazando una línea suave, podía sentir el pulso acelerado bajo sus dedos. Lentamente, se acercó más, hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia. Inclinó la cabeza, sus labios apenas rozando los de Riza, ella cerró los ojos, entregándose a ese momento, sintiendo cómo una oleada de emociones la invadía.
Riza abrió sus labios, incitándolo a continuar, y Roy no rechazaría aquella invitación. La atrajo hacia sus brazos y ambos cayeron sobre la hierba, su cuerpo un imán ineludible que los acercaba cada vez más. Roy se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Riza devorándolos, ella dejó escapar un leve jadeo que llevó hasta él una ráfaga de su respiración tibia. Roy lanzó un gemido y deslizó la lengua al interior sedoso de su boca. Se llenó de su sabor dulce, y todas las cosas desaparecieron excepto ella, se sintió abrumado por un fuerte impulso de simplemente devorarla. La estrechó un poco más contra sí, apretándose a sus exuberantes curvas, saboreando su suavidad, enloquecido por el modo en el que sus curvas encajaban con su cuerpo.
La suavidad de su piel, el calor de su aliento. Roy la rodeó con sus brazos, acercándola más a él, sintiendo el latido rápido de su corazón contra su pecho, no podía soltarla o quería hacerlo.
Riza, entregada al beso, envolvió sus brazos alrededor del cuello de Roy, acariciando el pelo de su nuca, respondiendo las acciones de Roy con creciente entusiasmo, lo cual disolvió cualquier vestigio de cordura entre ellos.
Roy con una mano le sujetaba la cabeza, con la otra bajó lentamente por su espalda deleitándose en sus curvas suaves y femeninas. Acarició con la palma sus glúteos y después la apretó más contra sí, sabiendo que notaría su erección; pero en vez de apartarse, ella se tensó más contra su cuerpo. Un remolino de calor recorrió le de arriba abajo. Su pulso se disparó y batió en sus oídos, borrándolo todo excepto a ella: la textura de su cabello, la fragancia de su piel, el sabor de su boca. Más. Tenía que probar más. Le separó los labios y le recorrió el cuello dejando un rastro de besos, saboreando las vibraciones que percibía en la boca cada vez que ella dejaba escapar un ronco gemido.
Acarició con la lengua el frenético latir de su pulso en la base de la garganta. La frente se le perló de sudor. Tenía que poner fin a aquella locura. Sabía que si no lo hacía ahora no podría detenerse, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad, aspiró aire, tembloroso y se obligó a separarse y finalizar el beso. Al mirarla fijamente contuvo un gemido. Ella estaba tan excitada como él; sus labios húmedos e inflamados exhalaban breves suspiros y permanecían entreabiertos, como si le rogasen que los besara otra vez. Tenía los ojos cerrados y las mejillas teñidas de carmesí.
El arroyo susurraba suavemente a su alrededor, y el sol bañaba sus figuras con una luz dorada, haciendo que el momento pareciera sacado de un sueño. Finalmente, Riza abrió los ojos confusos y suplicantes, sus respiraciones entrecortadas y sus frentes aún juntas.
Roy sostuvo su mirada, sintiendo una mezcla de deseo y responsabilidad. Sabía que no podían dejarse llevar por la pasión. Con un esfuerzo monumental, acarició suavemente la mejilla de Riza intentó incorporarse, pero los brazos de ella se lo impidieron, aferrándose a él.
—Elisabeth... —susurró, su voz ronca por la emoción—. No... no tengo mucho que ofrecerte, salvo a mí mismo.
Riza parpadeó, intentando procesar sus palabras. La confusión en sus ojos se mezcló con la realidad que comenzaba a asentarse, pero ella solo le dedicó una sonrisa cálida y afectuosa.
—No querría nada más, Roy —respondió, su voz apenas un susurro. Sus labios temblaron ligeramente mientras hablaba, reflejando el tumulto de emociones dentro de ella—. Yo estaría dispuesta a aceptar lo que me ofreces, si de verdad quieres hacerlo.
Roy la miró intensamente, su corazón latiendo con fuerza. Sentía una mezcla de incredulidad y esperanza. Quería creerle, quería entregarse a ese sentimiento, pero las dudas aún lo asaltaban.
—Hace dos días no podías corresponderme —dijo, sintiendo cómo la ansiedad crecía dentro de él—. ¿Qué ha cambiado?
Riza suspiró, su mirada fija en la de Roy. La sinceridad y la determinación en sus ojos eran inconfundibles, necesitaba que él lo supiese.
—Hace dos días, estaba asustada. Tenía miedo de dejar entrar a alguien más en mi vida, de sufrir otra vez, de enfrentarme a la posibilidad de perder a alguien a quien quiero —su voz se quebró ligeramente y se le hizo un nudo en la garganta—. Ayer dijiste que no podía dejar que el miedo paralizase mi vida. Y tienes razón.
Roy sintió una oleada de emoción al escuchar sus palabras. Extendió una mano temblorosa y acarició suavemente la mejilla de Riza, sintiendo la calidez de su piel bajo sus dedos.
—Riza... —murmuró, su voz llena de emoción. Era la primera vez que la llamaba así—. Cuando Grumman regrese seguramente vuelva a enviarme al sur, no me gustaría que...
Riza inclinó la cabeza hacia su mano, cerrando los ojos por un momento mientras disfrutaba del calor y la ternura de su toque. Sentía su corazón latir con fuerza, una mezcla de miedo y esperanza.
—Pues te esperaré, te esperaré todas las veces que tengas que marcharte —continuó Riza, abriendo los ojos para mirarlo directamente—. Si me prometes que volverás.
Roy sintió un nudo en la garganta al escucharla. Sabía que no podía hacer promesas absolutas, pero también sabía que haría todo lo posible para cumplir con sus palabras.
—Te lo prometo, Riza —dijo con firmeza, mirándola a los ojos—. Haré todo lo que esté en mi poder para volver siempre a ti.
Riza sonrió, una sonrisa llena de calidez y amor. Se inclinó hacia adelante, cerrando la distancia entre ellos, y sus labios se encontraron en un beso lleno de promesas y esperanza. Fue un beso lento y profundo, calmado pero cargado de emociones que no necesitaban palabras.
Cuando finalmente se separaron, ambos se quedaron mirándose, respirando el mismo aire, sintiendo la misma conexión. Roy sonrió, sus ojos brillando con determinación y afecto.
—Tendré que hacerle una propuesta formal al Archiduque, señorita Hawkeye —dijo, su voz llena de decisión.
El rostro de Riza se iluminó y le devolvió la sonrisa, notaba que su corazón volvía a acelerarse, le miro con una mezcla de alegría y travesura brillando en sus ojos.
—Hágala, lord Mustang. Será la única que acepte —respondió, su tono lleno de seguridad y afecto.
—La única de muchas, tengo entendido —replicó Roy, arqueando una ceja con una sonrisa divertida.
—Más de veinte, me temo —admitió Riza, encogiéndose de hombros con una sonrisa que mostraba que no le importaba en lo más mínimo.
El paisaje a su alrededor parecía más vibrante, como si la naturaleza misma respondiera a la energía positiva que emanaba de ellos. Los árboles altos proporcionaban sombra y frescura, y las flores silvestres salpicaban el suelo con sus colores vivos. Los caballos, que habían estado pacientemente esperando, parecían sentir la conexión entre Roy y Riza, observándolos con ojos tranquilos y comprensivos.
—Volvamos a la finca —dijo Riza suavemente, sabiendo que aún tenían responsabilidades que atender.
Roy asintió, tomando su mano y ayudándola a montar de nuevo a Capitán. Sus dedos se entrelazaron por un momento, un simple gesto que decía más que mil palabras. Montó a Romero y juntos comenzaron el viaje de regreso.
El camino de vuelta estaba lleno de los sonidos de la naturaleza, el canto de los pájaros y el susurro del viento a través de los árboles. El aire fresco llenaba sus pulmones y la sensación de libertad y posibilidad los envolvía.
