Damián Desmond aceleró el paso, sus zancadas firmes y decisivas resonando en el silencio del pasillo mientras se alejaba a toda prisa de Anya Forger. Su mente era un torbellino de confusión y emociones encontradas, un huracán interno que amenazaba con arrasar con todo a su paso.
Ver a Anya. Escuchar su voz. Esos simples hechos habían perturbado su corazón de una manera que le resultaba sumamente irritante e intolerable.
"¿Quién se cree que es?" se repetía una y otra vez Damián, apretando los puños con una fuerza que hacía que los nudillos se le volvieran blancos. Anya era solo una estudiante común y corriente, sin ninguna habilidad o logro destacable que la distinguiera del resto. Una plebeya insignificante, sin nada que ofrecerle a alguien de su estatus.
Y, sin embargo, de alguna manera, esa muchacha había logrado quebrantar sus cuidadosas defensas, dejándolo vulnerable e indefenso ante su sola presencia. Eso lo enfurecía más allá de lo imaginable, una ira profunda y abrumadora que lo consumía por dentro como un fuego devorador.
Intentaba convencerse a sí mismo de que Anya no era nadie importante, que era solo una chica fea y tonta que no merecía ni un ápice de su atención. Pero en el fondo, una parte de él, una voz traicionera que susurraba en lo más profundo de su ser, sabía que eso no era del todo cierto. Y a medida que el tiempo pasaba todo se volvía peor.
Eso lo aterraba y lo enfurecía a partes iguales. Damián se aferraba con uñas y dientes a la jerarquía social que los separaba, a la diferencia abismal de estatus que lo elevaba por encima de esa plebeya insignificante. Él era un Desmond, un estudiante de élite destinado a la grandeza, mientras que Anya no era más que una simple plebeya, alguien de clase inferior que no tenía nada que ofrecerle.
¿Cómo podía permitir que una persona así tuviera tanto poder sobre él? Era inconcebible, una afrenta a su orgullo y a su sentido de superioridad. Damián se sentía traicionado por sus propias emociones, por la forma en que Anya lograba sacudir los cimientos de su mundo con solo una mirada y unas pocas palabras.
Mientras caminaba a paso acelerado, Damián repasaba una y otra vez esa jerarquía social que los separaba, recordándose a sí mismo que no podía permitir que esa chica siguiera afectándolo de esa manera. Debía mantener su distancia, preservar la barrera que los mantenía alejados y así evitar que Anya siguiera perturbando su mundo ordenado y controlado.
Pero, en el fondo de su corazón, una parte de él, una que se negaba a ser silenciada, anhelaba su cercania. Era una sensación aterradora y a la vez intoxicante, algo que Damián no sabía cómo manejar ni cómo procesar.
Damián se esforzaba por mantener la compostura, pero Anya Forger parecía perseguirlo a cada paso que daba. No importaba a dónde fuera, la imagen de la joven estudiante aparecía una y otra vez en su mente, como un eco que se negaba a desvanecerse.
Mientras caminaba por los pasillos, Damián intentaba concentrarse en sus estudios, pero Anya lo acechaban sin descanso. Era como si la chica se hubiera grabado a fuego en su memoria, negándose a ser olvidada.
"Basta", se decía a sí mismo, apretando los puños con frustración. "Debo mantener mi distancia. Ella no puede significar nada para mí".
Sin embargo, cada vez que creía haber logrado apartar a Anya de sus pensamientos, algo la traía de vuelta. El sonido de su risa en el comedor, su silueta cruzando el patio, incluso el simple hecho de escuchar su nombre pronunciado por otros estudiantes, todo parecía conspirar para mantener viva esa molesta imagen en su mente.
Damián se sentía atrapado en un laberinto de emociones, incapaz de escapar de la influencia que Anya ejercía sobre él. Por más que lo intentaba, no lograba deshacerse de estas emociones.
"¿Por qué?" se preguntaba, desesperado por encontrar una respuesta. "¿Por qué ella? ¿Qué tiene esta plebeya que me perturba de esta manera?"
Hiciera lo que hiciera, Anya Forger parecía estar en todas partes, observándolo, desafiándolo, alterando su mundo ordenado y controlado. Y Damián, a pesar de sus esfuerzos por mantener las distancias, no podía evitar sentirse cada vez más cautivado por esa chica que se negaba a abandonar su mente.
Era una lucha constante, un tira y afloja entre su orgullo y la atracción que Anya ejercía sobre él. Y Damián, aferrado a su posición de superioridad, se negaba a aceptar que esa enana hubiera logrado penetrar tan profundamente en su ser.
El joven caminaba cada vez más rápido, intentando escapar de esos pensamientos que lo atormentaban. Pero por más que lo intentara, Anya Forger era una presencia imborrable que lo perseguía sin descanso.
Mientras caminaba, esforzándose por mantener la calma, Damián no podía evitar preguntarse si, en realidad, estaba huyendo de algo más que de la propia Anya Forger.
Quizás, en el fondo, Damián temía enfrentarse a la verdad de lo que significaba para él, Anya. Porque admitir que ella había logrado atravesar sus cuidadosas defensas, que tenía el poder de remover algo profundo dentro de él, era algo que su orgullo no podía tolerar.
"No, no puedo permitir que esto suceda," se repetía Damián una y otra vez, como un mantra que intentaba convencerlo a sí mismo. "Ella es solo una tonta, no puede significar nada para mí."
Pero esa voz en su interior, esa que se negaba a ser silenciada, le susurraba que eso no era del todo cierto. Que, por más que intentara convencerse de lo contrario, Anya Forger había logrado tocar algo dentro de él que ni siquiera él mismo comprendía.
Damián se detuvo en seco, apoyando una mano en la pared mientras intentaba recuperar el aliento. No supo ni cuando empezo a correr en un intento de escapar de sus sentimientos. Sus pensamientos eran un caos, una maraña de emociones que lo abrumaba por completo.
"¿Qué me está pasando?" se preguntó, su voz apenas un susurro. "¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella?"
Cerró los ojos, intentando bloquear la imagen de Anya que se había grabado en su mente. Pero era inútil, la chica seguía ahí. Damián se apoyó contra la pared, sintiendo cómo las fuerzas lo abandonaban. Era como si la lucha constante por mantener a Anya alejada de sus pensamientos lo hubiera agotado por completo.
En eso de pronto la chica de sus pensamientos se encuentran frente suyo, llamandolo. Abrió los ojos y la vio en carne y hueso.
—¡Alejate de mí! —le gritó de inmediato. Dando pasos atrás.
—Pero...
—¡¿Pero, qué?!
Aún cuando hizo la pregunta. Damián no quería oír, no quería seguir viendola y que su corazón vuelva a latir con la fuerza de un ferrocarril y menos que su cara arda con la intensidad de miles de soles.
—Si tu no te vas, yo me voy a ir —objetó, sin esperar ni medio segundo, volvió a correr, huyendo de ella y de todo lo que representaba.
Anya observaba, con el corazón encogido, cómo la figura de Damián se alejaba a toda prisa, perdiéndose entre los pasillos. Aunque ya casi no podía verlo, aún podía escuchar con claridad los ecos de sus pensamientos reverberando en su mente, llamándola por su nombre, una y otra vez.
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Continuara...
