Adaptación del libro "0.5 Peeta Mellark" de la Serie Born in Blood Mafia Chronicles de la escritora Cora Reilly. Adaptada con los personajes de Los Juegos del Hambre, que como saben, son propiedad de la también escritora Suzanne Collins.
Esta adaptación está hecha sin fines de lucro. Gracias.
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NUEVE
No hablamos durante el viaje a Nueva York. En realidad, no me importó. Hablar con las mujeres nunca había sido una prioridad. El único tema que me importaba era la mafia, y las mujeres tenían un conocimiento limitado de las realidades de la vida de la mafia, en todo caso. Salí del auto sin decir una palabra, y agarré nuestro equipaje. Finnick podía recoger más tarde su maleta con la llave de repuesto del auto. Cuando me dirigí al ascensor, me di cuenta de que Katniss todavía estaba junto al auto, con los brazos envueltos alrededor de su cintura, mirando a su alrededor con temor.
—¿Pensando en correr?
Sacudiendo la cabeza, se dirigió hacia mí finalmente.
—Me encontrarías.
—Lo haría. —Ahora que era mía, buscaría en todo el mundo por ella. El ascensor se abrió y entré, seguido poco después por Katniss que miraba alrededor con curiosidad y examinaba el número de pisos.
—El ascensor es privado, solo conduce a los últimos dos pisos. Mi ático está en la parte superior y Finnick tiene su apartamento en el piso de abajo.
Katniss se volvió hacia mí.
—¿Puede venir a nuestro ático cuando quiera? No pude leer el tono de su voz.
—¿Tienes miedo de Finnick?
—Tengo miedo de los dos. Pero Finnick parece más volátil, aunque dudo que tú hagas alguna vez algo que no quieres hacer. Pareces alguien que siempre está bajo control.
Si ya me tenía miedo cuando solo mostraba mi lado civilizado, no quería saber qué sucedería si alguna vez me veía en mi peor momento.
—A veces pierdo el control.
Katniss miró su alianza de boda y la retorció. En serio deseaba que al menos me mirara de modo que pudiera medir sus emociones.
—No tienes nada de qué preocuparte en lo que concierne a Finnick. Está acostumbrado a venir a mi casa cuando quiere. Pero las cosas cambiarán ahora que estoy casado. La mayor parte de nuestros negocios se llevan a cabo en otro lugar, de todos modos.
—Finnick y yo no habíamos discutido el tema hasta ahora, pero considerando que Katniss podría caminar desnuda por el apartamento en algún momento, definitivamente no quería que mi hermano apareciera sin anunciarse.
El ascensor emitió un pitido y se detuvo, luego las puertas se abrieron. Katniss se puso tensa y tomó una respiración profunda cuando le indiqué que entrara en mi apartamento… nuestro apartamento de ahora en adelante.
Era extraño permitir que una mujer entrara en mi dominio. En realidad, no contaba a mi ama de llaves Marianna como "mujer" en este caso. Después de todo, trabajaba para mí. Nunca había tenido aquí a una de mis amantes o aventuras de una noche, e incluso Nina solo había logrado abrirse paso dentro una vez cuando acompañaba a mi padre. Pero esta ahora sería la casa de Katniss, no solo la mía.
Mientras la veía entrar en mi ático, me di cuenta que probablemente esa era la razón por la que se veía tan tensa. No había elegido este lugar como no me había elegido a mí, pero tendría que llamarlo casa a partir de este día.
Me pregunté si a ella le gustaba. No había volantes por ahí o colores suaves, ni almohadas lujosas o alfombras mullidas. Le pedí a los diseñadores de interiores que lo mantuvieran funcional y moderno, con grises, blancos y negros. Los únicos trazos de color eran las pinturas de arte moderno que colgaban de las paredes… y ahora Katniss.
Se acercó a las ventanas francesas. Con su vestido naranja brillante y su largo cabello castaño, llamaba toda la atención en mi apartamento incoloro. No estaba seguro de cuánto tiempo la había estado mirando cuando finalmente salí del estupor.
—Tus cosas están en la habitación de arriba, Marianna no estaba segura si querías acomodarlas por ti misma, así que las dejó en las maletas —le dije. Su familia había enviado la mayoría de sus pertenencias a Nueva York hace un par de días.
—¿Quién es Marianna? —preguntó Katniss sin volverse.
Caminé hacia ella hasta que pude ver su rostro en la ventana. Por una vez su expresión estaba en blanco, imposible de leer.
—Es mi ama de llaves, está aquí un par de días por semana.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Katniss. Intentó sonar casual, pero el delicado sonrojo recorriendo su garganta delató el motivo de la pregunta.
—¿Estás celosa? —pregunté. Toqué sus caderas y, como siempre, se congeló por una fracción de segundos antes de recuperarse. Había estado haciendo todo lo posible para tratarla bien, pero seguía actuando como si la hubiera maltratado. Nunca me había sentido más como mi maldito padre que en este momento.
Katniss se apartó de mí y se dirigió hacia las puertas. Cuando me miró, su expresión era perfectamente controlada una vez más, y lo odié.
—¿Puedo ir afuera? —preguntó.
—Esta también es tu casa ahora —gruñí, intentando contener la oscuridad que amenazaba con desgarrar mi pecho para salir.
Katniss salió y se dirigió directamente a la barandilla. La seguí, de repente sospechoso de sus motivos.
—No estás pensando en saltar, ¿verdad? —pregunté a medida que me inclinaba a su lado. La idea de que Katniss pudiera elegir la muerte sobre mí como mi madre había elegido la muerte sobre mi padre, y en última instancia Finnick y yo, se sintió como un puñetazo en el estómago.
Katniss me miró con un pequeño ceño fruncido.
—¿Por qué me mataría?
—Algunas mujeres en nuestro mundo lo ven como la única forma de obtener libertad. Este matrimonio es tu prisión. —Ella lo sabía tan bien como yo. No tenía sentido mentirle.
—No le haría eso a mi familia. Le rompería el corazón a Prim, Tom y Annie.
Por supuesto que sí, y por supuesto que Katniss pensaría en ellos. Aun recordaba su angustia por tener que dejarlos.
—Volvamos adentro —dije, deseando que terminara esta conversación. Conduje a Katniss en el apartamento, mi mano en su espalda baja. A pesar de su tensión constante, no podía dejar de tocarla. Y eso me molestaba muchísimo—. —Tengo una reunión en treinta minutos, pero estaré de vuelta en algunas horas. Quiero llevarte a mi restaurante favorito para la cena.
—Oh —dijo Katniss, con los ojos muy abiertos—. ¿Como una cita?
También me sorprendió mi sugerencia. Era una decisión del momento, queriendo mostrar a Katniss que la vida en Nueva York no sería tan sombría como temía.
—Podrías llamarlo de esa manera. Aún no hemos tenido una cita real —dije, envolviendo mis brazos alrededor de ella. Katniss se tensó como de costumbre—. ¿Cuándo vas a dejar de tenerme miedo? —pregunté en voz baja. La gente siempre me tenía miedo, pero no las personas que importaban: Finnick y Cato.
Katniss se mordió el labio inferior.
—¿No quieres que te tenga miedo?
Una diversión oscura se alzó en mí, pero la empujé hacia abajo.
—Eres mi esposa. Vamos a pasar nuestras vidas juntos, no quiero a una mujer encogida de miedo a mi lado.
Parte de la tensión desapareció del rostro de Katniss y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Hay gente por ahí que no te tenga miedo?
—Algunos —respondí. Con la forma en que ella sonrió, no pude resistirme a besarla.
Se congeló brevemente, pero hice mi mejor esfuerzo para mantener nuestro beso suave, mis labios saboreando los de ella sin exigir que se abra para mí. Era jodidamente duro, pero el cuerpo delicado de Katniss fue mi recompensa. Al final separó sus labios para mí y me zambullí en su interior, jugando con su lengua. Ella tomó mi cuello, sorprendiéndome con el gesto. Fue un toque suave como siempre. Tan suave y cuidadoso. Cuando puso su palma contra mi pecho, justo sobre mi tatuaje de la Famiglia, una oleada de deseo me inundó, pero no fue la única sensación que sentí. Por primera vez, un beso me provocaba un sentido extraño de… pertenencia. Retrocedí, mirando fijamente los ojos grises y pesados de mi esposa.
Sentí que mi teléfono vibró en mi bolsillo y casi gemí.
—Tengo casi decidido cancelar esta puta reunión — murmuré, acariciando los labios hinchados de Katniss—, pero todavía hay más que suficiente tiempo para esto más tarde. — Miré mi reloj. Solo quedaban veinte minutos hasta la reunión con todos los lugartenientes de la Famiglia. Que yo mismo sugerí, considerando que todos estaban en el área debido a la boda, pero ahora realmente lamentaba mi sugerencia—. En verdad necesito irme ahora. Cato estará aquí cuando me haya ido. Tómate tu tiempo y mira alrededor.
Me aparté de Katniss rápidamente antes de que su cuerpo suave y su aroma seductor me hicieran llegar tarde. Sin otra mirada a mi esposa, me dirigí hacia el ascensor. Me llevó al garaje y cerré con llave el piso con un código que solo tenía Cato. Revisando mi teléfono, encontré un mensaje de él diciéndome que estaría aquí en cinco minutos. Eso había sido hace un par de minutos. Me acerqué a mi auto y entré en él. De camino afuera, pasé a Cato en el suyo. Le di un rápido asentimiento antes de acelerar.
La reunión se llevaría a cabo en la mansión Mellark. Nunca entendería por qué padre llevaba a cabo los negocios en casa. La moto de Finnick ya estaba estacionada en el frente, justo en el paseo marítimo, y todavía estaba posado encima de ella, alisando su cabello hacia atrás, y luciendo como si estuviera esperando que un fotógrafo viniera.
Estacioné, luego me uní a él.
—¿Todavía no entras?
—Estaba esperando apoyo moral.
—¿Te refieres a alguien que te impida clavar tu cuchillo en uno de nuestros tíos?
—No tengo ningún historial de asesinatos familiares, así que, si alguien termina aplastando las gargantas de nuestros tíos, serás tú —dijo con su sonrisa de tiburón.
Sacándole el dedo medio, me dirigí hacia las escaleras. Finnick se mantuvo cerca de mí. Metí el código en el panel de seguridad y entramos. Voces masculinas provenían de la parte posterior de la casa donde se encontraba la sala de reuniones. Cuando entramos en la habitación, todos ya habían tomado sus respectivos asientos. Solo las dos sillas en el lado derecho de padre aún estaban vacías, nuestros asientos.
Padre frunció el ceño.
—Llegan tarde.
Mis ojos se dirigieron a mi reloj. Un minuto tarde.
—Estoy seguro que el muchacho se distrajo con su impresionante esposa —dijo Mansueto Moretti, lugarteniente de Filadelfia, con una sonrisa torcida. Era varios años mayor que mi padre, razón por la cual se atrevía a hablar en absoluto, y su edad era también la razón por la que iba a sobrevivir a llamarme "muchacho".
—Debería poner en orden sus prioridades. Una puta puede ser reemplazada —dijo padre arrastrando las palabras, girando hacia su estante de licores.
Finnick agarró mi muñeca con fuerza, y mis ojos se volvieron hacia él. Su mirada de advertencia me hizo tomar una respiración profunda. No estaba seguro de lo que había visto en mi cara, pero debe haber sido malo. Me volví a los hombres reunidos, la mayoría de ellos enfocados en mi padre, quien se servía un whisky, pero Mansueto y tío Gottardo tenían sus ojos en mí. El primero no me preocupaba tanto como el segundo.
Me acerqué a mi silla y me hundí. Finnick se sentó a mi lado, todavía vigilándome con cautela. Podía parar. No mataría a nuestro padre en una habitación llena de lugartenientes. Estaba bastante seguro de que los lugartenientes de Filadelfia, Boston, Charleston y Baltimore estarían de mi lado, incluso si la última ciudad estuviera gobernada por el esposo de mi tía Egidia, Felix. Ella odiaba a su hermano y su marido definitivamente compartía ese sentimiento. Pero los hombres restantes no estarían de mi lado. El Consigliere de padre, Bardoni, porque sabía que no lo mantendría en esa posición en el momento en que estuviera en el poder, y los otros hombres porque eran leales a mi padre o querían convertirse ellos mismos en Capo.
Mi padre se sentó a la cabecera de la mesa y tomó un sorbo de su whisky. No ofreció nada para nosotros, pero no esperaba que lo hiciera. Era su manera de mostrarnos a todos que éramos sus súbditos, que también era la razón por la que se sentaba en un amplio sillón de cuero mientras nosotros nos sentábamos en unos putos taburetes de madera.
Mi padre hizo un gesto con su vaso hacia su Consigliere, que obviamente era su señal para informar sobre los últimos ataques de la Bratva en nuestro territorio. Ya sabía de la mayoría de ellos. Me aseguraba de obtener actualizaciones de los lugartenientes al menos una vez al mes, cuando mi padre nunca se molestaba en estar involucrado. Él prefería que las cosas fueran manejadas por él, especialmente en los últimos años. Mantenía a algunos de los lugartenientes, principalmente a mis tíos, haciendo lo que quisieran en sus territorios. Eso cambiaría al momento en que llegara al poder, pero conociendo a mi padre, viviría para siempre por despecho.
La reunión se prolongó durante horas, y cuando finalmente salimos de la casa, estaba oscureciendo.
Finnick dejó escapar un suspiro.
—¿Supongo que no estás para pasar una noche en la Esfera? —preguntó con una sonrisa torcida, pero sus ojos lucían cansados.
—Tú mismo lo dijiste, mis días como un hombre libre han terminado. Tengo una cita con Katniss.
Finnick negó con la cabeza.
—Es extraño pensar en ti como un marido. ¿Por qué no la traes? Estoy seguro que puede sacudir su trasero con el ritmo.
— La única persona por la que va a sacudir su trasero es por mí —murmuré. La idea de Katniss en un club lleno de gente, incluso conmigo a su lado, no me pareció buena.
Finnick montó su moto y luego se puso el casco.
—Disfruta de tu esposa, mientras encuentro una chica para una revolcada sin sentido en la cabina del baño. —Se echó a reír, después bajó su visor y salió corriendo.
Disfrutar de mi esposa era algo que estaba jodidamente ansioso por hacer… si ella me lo permitía.
Era extraño volver a casa, sabiendo que alguien me estaba esperando. Alguien que estaría esperándome por el resto de nuestras vidas.
Pero cuando entré en mi ático, no fue a Katniss a quien vi.
Cato se sentaba en el sofá, pero se levantó cuando me vio.
—Está arriba, preparándose —dijo.
—¿Qué tal fue? —pregunté, contemplándolo de cerca. Confiaba en Cato, razón por la cual le permitía estar solo con Katniss, pero seguía siendo un hombre y ella era una mujer demasiado hermosa para las palabras.
—Estuvo arriba la mayor parte del tiempo. —Vaciló.
—¿Qué?
—Creo que lloró, pero no fui a comprobarlo. Di un asentimiento conciso.
—Finnick está de camino a la Esfera. ¿Por qué no te unes a él?
Cato miró su reloj.
—Mi madre y mis hermanas me esperan para cenar. Se ofenderán si lo cancelo.
Cuando Cato se fue, subí las escaleras. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, y decidí entrar. Katniss salió del baño, vestida con una fluida falda blanca y una blusa sin mangas rosa con tacones altos y rosas. Un toque de color. Entonces mis ojos registraron sus ojos rojos y la foto de su familia en la mesita de noche más lejos de la puerta.
—No estaba segura de cuál era tu lado. Puedo moverme a la otra mesita de noche si quieres —dijo ella, señalando la cama.
En realidad, no tenía un lado en el que durmiera, porque siempre dormía solo. Tenía la cama entera.
—No, está bien —dije. El lado más alejado de la puerta era una buena elección ya que eso significaba que estaría entre ella y un posible atacante entrando por la puerta, incluso si era casi imposible conseguir entrar al ático sin mi permiso. Ni siquiera una tortura me obligaría a ceder el código de seguridad.
—¿La reunión fue bien? —preguntó Katniss, revoloteando a unos pasos de mí.
—No hablemos de ello. Estoy hambriento. —Extendí la mano, deseando que la distancia entre nosotros se fuera.
Katniss puso su mano en la mía, y cerré mis dedos alrededor de los suyos, maravillándome de lo pequeña que era en comparación con la mía. La guie hacia el garaje subterráneo en silencio. Mi mente seguía desviándose hacia padre y su falta de interés a la hora de luchar contra la Bratva. Consideraba superior a la Famiglia y a la mafia italiana en sí, y ni siquiera consideraba que la Bratva podía vencernos en nuestro propio juego. Era un ciego, y un día nos costaría partes de nuestro territorio. La tregua con la Organización no cambiaría eso.
Miré hacia Katniss, la mujer que estaba destinada a traer la paz. Parecía extraño que ella pudiera haber sido mi enemiga si nuestros padres no hubieran arreglado nuestro matrimonio.
Katniss notó mi mirada y se volvió hacia mí.
—Luces genial —comenté. Genial ni siquiera comenzaba a cubrirlo. Katniss era increíblemente hermosa.
Me dio una sonrisa pequeña.
—Gracias.
Estacioné mi auto en un área de estacionamiento cerrado que siempre usaba cuando estaba en el área. En nuestro camino al restaurante coreano que había elegido para la cita, capté la mirada de los hombres, capté su admiración y asombro cuando vieron a Katniss. Mi esposa. Mía. La mirada que les di hizo que sus ojos se movieran a otro lado rápidamente.
La sorpresa cruzó el rostro de Katniss cuando la llevé al restaurante. Finnick y yo disfrutábamos de la comida asiática y había descubierto el lugar debido a unos negocios hace un par de años.
Uno de los camareros se acercó a nosotros de inmediato y nos llevó a una mesa vacía en la parte de atrás. El lugar no era lujoso. No había mantel blanco de seda ni servilletas de lujo. En cambio, había mesas estrechas y apenas espacio entre ellas.
Pedí un lychee-martini, una de sus bebidas exclusivas, mientras Katniss escaneaba el menú de las bebidas con las cejas fruncidas.
—Pediré lo mismo —dijo eventualmente, viéndose un poco abrumada y todavía aturdida por mi elección de restaurante.
—Te ves sorprendida —dije cuando el camarero se había ido.
—No pensé que te decantaras por la comida asiática, teniendo en cuenta todo.
—Este restaurante es el mejor restaurante asiático de la ciudad y no pertenece a una cadena asiática. Es independiente.
—La Tríada no había sido tan fuerte en los últimos años. Habían centrado sus fuerzas en la Costa Oeste, cosa que me venía muy bien.
—¿Hay restaurantes independientes en Nueva York? — preguntó Katniss, sorprendida.
—Algunos, pero ahora mismo estamos en negociaciones.
—O nos pagaban a nosotros por protección o lo hacían a los rusos.
Realmente no había otra opción.
Katniss resopló, sus ojos ocupados explorando el menú.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté cuando se hizo evidente que estaba abrumada por las opciones.
Katniss me dio una sonrisa avergonzada.
—Sí, nunca he probado comida coreana.
Lo había sospechado. Everdeen no me parecía un hombre que se aventurara a salir de su zona de confort muy a menudo.
—El tofú suave marinado y el bulgogi de ternera son deliciosos.
Los ojos de Katniss se abrieron por completo.
—¿Comes tofu?
—Si está preparado así, entonces sí.
Katniss me contempló como si me viera bajo una luz diferente. Tal vez finalmente dejaría de estremecerse cada vez que estuviese cerca.
—Solo pide lo que creas que es lo mejor. Como de todo, excepto hígado —dijo Katniss, cerrando su menú.
Me alegré de que no fuera una de esas mujeres cuya lista de cosas que no comían era más larga que la lista de cosas que sí lo hacían.
—Me gustan las mujeres que comen más que ensaladas.
Cuando el camarero se detuvo en nuestra mesa, ordené para los dos mientras Katniss batallaba contra los palillos.
—¿Nunca has utilizado palillos? —pregunté una vez que el camarero se fue. Tuve que sofocar una carcajada ante la mirada de profunda concentración en el rostro de Katniss.
—Mis padres solo nos llevaban a su restaurante italiano favorito y no se me permitía mucho ir sola a ningún sitio.
Por supuesto que no. Rocco Everdeen me había mantenido informado sobre el estado de las cosas.
—Ahora puedes ir a donde quieras. Katniss levantó sus cejas rubias.
—¿De verdad? ¿Sola?
Me incliné hacia delante de modo que la gente en la mesa vecina no me escuchara.
—Con Cato o conmigo, o Cesare cuando Cato no esté disponible.
Me di cuenta de que Katniss no estaba feliz por eso, pero en serio no podía haber esperado que la dejara vagar por ahí sin protección. Decidiendo distraerla, levanté mis propios palillos.
—Ven, deja que te enseñe. —Le mostré a Katniss cómo abrirlos y cerrarlos.
Mordiéndose el labio de una manera muy distractora, intentó imitar los movimientos, otra vez con una mirada de absoluta concentración en su rostro.
—Con razón las neoyorquinas están tan delgadas si comen todo el tiempo así.
—Eres más hermosa que todas ellas —dije sin vacilar.
Katniss levantó la vista de inmediato como si no estuviera segura si estaba hablando en serio. Era la mirada más larga que le hubiera dado a mis ojos, y me pregunté qué estaba intentando encontrar. Estaba pisando la línea, tratando de hacerla sentir cómoda y siendo bueno con ella sin hacerla desear algo tan ridículo como el amor.
Katniss había sido completamente protegida; incluso si conociera las reglas de nuestro mundo y qué tipo de hombre era. Su ingenuidad e inocencia aún la harían esperar algo que nunca sucedería.
Tomé un trozo de la carne bulgogi y se lo tendí a Katniss. La sorpresa brilló en su rostro. Levanté mis cejas en desafío. Ella separó sus labios, y entonces los cerró lentamente alrededor de los palillos, casi gemí. ¿Se daba cuenta de qué clase de imágenes creaba en mi mente?
—Delicioso —dijo ella, sonriendo dulcemente.
Ver su inocente alegría por algo tan simple como comer comida coreana me llenó con una apreciación nueva.
Katniss se puso tensa al momento en que regresamos a nuestro apartamento y desapareció en el baño rápidamente. Me pasé una mano por el cabello mientras mis ojos descansaban en la cama. Esta sería nuestra primera noche en nuestro apartamento, en esta cama.
Ver a Katniss divertirse durante la cena había reavivado mi deseo por ella. Era difícil leerla. ¿Por qué estaba tan tensa?
La puerta del baño se abrió y Katniss salió con un largo camisón azul oscuro que contrastaba hermosamente con su cabello dorado y su piel pálida. Mis ojos quedaron atraídos a la hendidura mostrando una pequeña pizca de su suave muslo.
Desafortunadamente, Katniss tenía el aspecto de un venado frente a los faros. Pasé junto a ella en dirección al baño, necesitando refrescarme. Me salpiqué un poco de agua fría en el rostro. Mi cuerpo palpitaba con las ganas de reclamar a la mujer en mi habitación. Nunca había tenido que contenerme, nunca quise hacerlo, pero Katniss lo necesitaba. Mierda. Mirando hacia la erección en mis calzoncillos, me aparté del lavabo.
Katniss era mi esposa. No debería seguir siendo virgen. Tal vez esta noche estaba lista. Tal vez solo había estado aterrorizada por la presión en nuestra noche de bodas.
¿No tenía curiosidad? Recordaba lo jodidamente ansioso que había estado antes de mi primera vez a pesar de mis nervios.
Cuando salí del baño, encontré a Katniss frente a las ventanas panorámicas, de espaldas a mí, mirando hacia el horizonte.
Avancé hacia ella, notando la forma en que su cuerpo se tensó. Se puso peor cuando la alcancé. Su obvio nerviosismo me hizo apretar mis dientes al límite, porque no sabía cómo tranquilizarla.
Las palabras de consuelo o tranquilidad no eran realmente mi jodida fortaleza. Mi primer instinto era darle una orden para que dejara de tensarse, pero eso no habría ido bien.
Me estiré a ella y se puso aún más rígida, como si pensara que la agarraría y empujaría hacia arriba su camisón y la follaría justo contra esa puta ventana; que era lo que quería hacer, pero nunca haría, a menos que ella quisiera que lo hiciera. Apoyé mis nudillos sobre su suave piel y los corrí ligeramente por su columna vertebral, intentando mostrarle que iba a contenerme por ella, que tendría cuidado con ella.
Aparte de la piel de gallina erizando su piel, no reaccionó de otra forma. Obviamente no actuaría bajo su propia cuenta. No tenía problemas para dirigir; el problema era que mi estilo de liderazgo generalmente no era para mujeres sensibles, y Katniss era frágil.
Extendí mi mano hacia ella, sabiendo que seguiría mi orden silenciosa porque había sido educada para obedecer. Al final se volvió hacia mí, pero su mirada se posó en la cicatriz de mi palma, la cual trazó con sus dedos. Mi piel hormigueó por el toque casi inexistente. Era extraño ser tratado con cuidado.
—¿Eso es por el juramento de sangre? —preguntó y alzó la vista, finalmente, encontrando mi mirada. A menudo desviaba sus ojos, y no estaba seguro si era por mi reputación o si su educación le había enseñado a mantener la mirada baja. Era algo que quería que se fuera lo antes posible.
—No, es esta —dije, mostrándole la cicatriz en mi otra mano. Era mucho más pequeña que la que Katniss seguía tocando
—. Esa ocurrió en una pelea. Tuve que prevenir el ataque de una navaja con mi mano.
Los ojos de Katniss se ensancharon, sus labios separándose debido a la sorpresa. Necesitaba besar esa boca. Envolviendo mis dedos alrededor de su muñeca, la conduje hacia la cama. Ella me siguió obedientemente, aunque podía sentir su pulso corriendo en sus venas con miedo. Decidí ignorarlo por ahora, porque tenía la sensación de que ella seguiría siendo virgen dentro de un año si esperaba a que se relaje a mi alrededor.
La atraje hacia la cama donde me hundí y la coloqué entre mis piernas. La besé, disfrutando de su sabor, la forma en que se adaptaba a mis exigencias. Me dejé caer y la llevé conmigo, mi beso cada vez más duro, más exigente. La sensación del cuerpo de Katniss sobre el mío despertó mi polla. Tracé su cintura, su caja torácica, y acuné su pecho. Esa ropa tenía que irse. Necesitaba sentir su piel. Su calor, su olor, eran como una droga para mí. Besé su garganta y oreja.
—Nunca he querido follar a una mujer tanto como he querido follarte a ti en este momento —jadeé.
Katniss se puso rígida y volvió su rostro cuando intenté besarla nuevamente. Intentó sentarse. Por un momento, consideré apretar mi agarre, pero luego la solté, confundido por su cambio de humor. Había estado inmersa en nuestro beso. Apuesto a que estaba mojada por mi toque. ¿Por qué se retiraba?
—No quiero esto —dijo, sonando de hecho disgustada, y la expresión de su rostro me hizo sentir como mi maldito padre.
La ira surgió a través de mí. Si pensaba que este era un maldito juego, sería mejor que lo pensara de nuevo. Se deslizó de mi agarre y se metió debajo de las sábanas. No me lo podía creer. Nunca había sido rechazado por una mujer, mucho menos dos veces, y definitivamente no por mi propia esposa.
Apagué las luces, sofocando mi frustración. No me harían el tonto. Si Katniss no tenía intención en convertir esto en un matrimonio real, que así sea. Nunca había querido casarme, y si ella prefería mantener su distancia, podría mantenerme entretenido. No necesitaba que este matrimonio funcione. De todos modos, era solo por las apariencias.
Esperé a que se durmiera antes de salir de la cama. Habría sido una falta de respeto dejarla mientras estaba despierta. Era un código de honor silencioso que los maridos intentaban mantener lejos de sus esposas, incluso si ellas preferían que buscaran a otras mujeres.
Agarré mi celular y algo de ropa antes de bajar las escaleras. La expresión de Katniss, llena de disgusto y ansiedad, siguió apareciendo en mi mente, haciéndome sentir como mi padre. Eso era lo último que quería ser.
Mis días buscando mujeres en los clubes habían terminado, y no podía arriesgarme a que la prensa me atrape. Envíe un mensaje de texto a Clove, incluso si estaba empezando a cansarme de ella.
En mi apartamento. Treinta minutos.
Tendría que darse prisa para llegar allí a tiempo. Salí del ático, cerrándolo para que Katniss estuviera a salvo, y conduje hasta el apartamento donde Clove y yo nos reuníamos para follar. Mi enojo por el rechazo de Katniss se convirtió en ira hacia Clove, porque sabía que ella le había dicho algo a Katniss el día de nuestra boda. ¿Era por eso por lo que no podía soportar mi maldito toque?
Clove llegó casi a tiempo, un poco sin aliento, pero como de costumbre con una gruesa capa de maquillaje. O se acostaba con esa mierda en la cara o se había apresurado a ponérsela para poder encontrarse conmigo.
—Llegas dos minutos tarde —dije fríamente. Ella se sonrojó.
—Lo siento mucho, Peeta. Vine tan rápido como pude. — Se quitó el abrigo, revelando unas ligas, una minifalda y un sujetador donde asomaban sus pezones. Por lo general, esa vista me excitaba, y me estaba poniendo duro, pero por alguna razón se sintió diferente, lo que jodidamente me cabreó. Si no podía disfrutar de mi esposa, al menos quería disfrutar de otras mujeres, pero incluso eso parecía imposible ahora que estaba con Katniss. Mierda.
Me concentré en mi ira, en el monstruo dentro de mí.
—No espero a nadie. —Me alejé de la pared, pero Clove se paró frente a mí rápidamente, tocando mi pecho. Estreché mis ojos hacia ella.
—Voy a compensártelo. Te daré cualquier cosa que necesites. Mi coño está goteando por tu polla, Peeta.
Me agarró a través de mis pantalones y apretó fuerte. Mi polla se sacudió. No me había acostado con una mujer en dos semanas. Ese era el período de sequía más largo que había sufrido desde que tenía trece años. Todo por Katniss.
Maldición.
—Sabía que ese coño virgen no podría mantenerte entretenido.
Agarré el cuello de Clove con fuerza y acerqué nuestros rostros.
—No vuelvas a mencionar a mi esposa, ¿entendido? Y no creas que no sé qué hablaste con ella el día de nuestra boda.
Clove hizo una mueca de dolor, pero mi rudeza la excitó. Sus pezones se fruncieron, y sus labios se separaron. Solo tenía que sacar la jodida ira de mi sistema, el maldito deseo por Katniss.
—Ponte de rodillas. Me voy a follar tu boca.
Clove se estremeció y se arrodilló ante mí. Abrí mi cremallera, agarré su cabello y guie su boca a mi polla. Me follé sus labios con fuerza y rapidez, y hundiéndome profundamente. Ella gimió alrededor de mi polla unas cuantas veces. Me aparté, de repente, incapaz de soportar sus gemidos, el sonido húmedo de sus labios golpeando alrededor de mi polla.
Se puso de pie con una sonrisa.
—Condón —ordené. No tenía ninguno conmigo.
Les había dado todo a Finnick poco antes de mi boda porque asumí que no los volvería a necesitar. Porque asumí que mi esposa querría mi toque y no me miraría como Nina miraba a mi maldito padre.
La mera idea de que yo pudiera ser como él, que Katniss pudiera pensar que era así, me volvía loco.
Clove sacudió la cabeza.
—No lo necesitamos —dijo con una sonrisa seductora—. Estoy tomando la píldora, y nunca fui sin nada con ninguno de los otros hombres con los que estuve.
Mi labio se curvó. ¿En serio pensaba que me la follaría sin condón? Maldición, no confiaba en ella ni un poco. En su mente retorcida, probablemente pensaba que, si quedaba embarazada, realmente me quedaría con ella.
—No voy sin nada, Clove. Ella hizo un puchero.
—Apuesto a que lo haces con tu esposa.
Me puse rígido. Sacudiendo mi cabeza, alcancé mis pantalones.
—Te lo advertí.
—¡Peeta, espera! —gritó, agarrando mi mano—. Ven. No seas así. Fóllame. Te necesito. Tengo un condón en mi bolso.
Quitándomela de encima, la dejé parada desnuda en la habitación. Mierda. ¿Por qué tenía que seguir mencionando a Katniss? ¿Y por qué carajo me importaba? Katniss no quería que esto fuera un matrimonio real. Ella ni siquiera podía aguantar mi jodida cercanía.
Cuando volví a casa, me fui directamente a la ducha, sin mirar siquiera a mi esposa dormida, y me limpié debajo del caliente rocío. Volver a la cama con Katniss después de lo que había hecho, se sintió… mal. Me arrastré a través de la oscuridad, pero incluso en la tenue luz podía distinguir el halo castaño de su cabello en la almohada. Ella se volvió hacia mi lado.
Me deslicé con cuidado en la cama. Katniss no se movió. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguí su rostro y su hombro desnudo. Su dulce aroma floral se deslizó por mi nariz y de repente sentí la necesidad de ducharme otra vez. Mierda. Nunca quise casarme, nunca quise una mujer a mi lado, en mi vida. Pero ahora tenía una esposa, una esposa que no quería mi toque cuando todo lo que podía hacer era pensar en tocarla.
Me di la vuelta, dándole la espalda. No estaba seguro de lo que esperaba Katniss, pero sabía que no lo conseguiría. Y al mismo tiempo, obviamente estaba decidida a no darme lo que quería.
A la mañana siguiente, salí temprano de la cama, sin querer enfrentar a mi esposa. No me preocupaba que ella se diera cuenta en dónde había estado; Katniss no tenía experiencia con los hombres, de modo que no podría relacionar mi comportamiento con mi visita nocturna, pero desconfiaba de estar en su presencia porque, incluso sin tener que mirarla, mi puta conciencia ya me estaba dando problemas. Antes de Katniss, había estado convencido de que no había tenido una para empezar.
Nunca me había sentido así, y ni siquiera tenía sentido. Katniss no quería este matrimonio. Había sido obligada a hacer esto y dejó perfectamente claro lo poco dispuesta que estaba.
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10 / JULIO / 2024
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