Capítulo 8. Tentaciones.
—¡Helga!
Volvió a Gritar Bob, ahora más fuerte.
—¿Qué haces ahí parado? —Le preguntó Helga, con su voz, desde el armario; en el mismo tonito mandón y pedante de su padre... El de ella, pues. —¡Vete!
—¡HELGA! ¡Nos vamos, YA! —Le ordenó Big Bob.
—¡Con un demonio, Arnold! —Le gruñó Helga.
—¡HELGA! ¡AHORA! —Gritó Bob.
—¡QUE YA VOY, MALDITA SEA! —Gritó con una voz que -objetivamente y figurativamente- no reconoció como propia, y todos se callaron de golpe. El mismo Arnold se quedó impactado. ¿De dónde le había salido ese grito? ¿La maldición? Nunca recordaba haber hecho algo así en su propio cuerpo, pero ya no había tiempo de pensarlo, así que simplemente salió del cuarto. Tal vez, si llegaba lo suficientemente rápido, el castigo de su padre (el de Helga) no sería tan fuerte por ser tan grosero (¿O grosera?).
—¡Ya estoy aquí! —Exclamó enérgicamente, pero sin hostilidad, al tiempo que levantaba las manos y agachaba la cabeza para demostrar que venía en son de paz, a pesar de su arrebato anterior. Big Bob lo miró con el seño fruncido, pero no le dijo nada, y él, aprovechando el aparente fallo en la realidad, se limitó a pasarle por un lado, salir por la puerta y dirigirse al auto... Y justo cuando recordó que se suponía que iba a llevarse también a Miriam, escuchó la puerta cerrarse tras él.
—Vámonos ya, es tardísimo —. Se limitó a decirle su padre, a la vez que se dirigía hacia la puerta del piloto del auto.
—Oye, papá... estaba pensando... —Soltó, a la desesperada —¿Y si vamos al cine? Después del doctor, digo.
El robusto hombre lo (¿la?) miró con una ceja levantada, con la mano en la puerta, a punto de entrar al auto.
—¿Eh?
—Sí... Hace mucho que no hacemos nada como familia... Vamos a ver una película... llevemos a mamá también —. Intentó sonreír, intentando a su vez, sonar casual.
Por la cara de su padre (el de Helga), no le había salido nada bien.
Sin darse cuenta, había comenzado a rascarse el brazo; No tenía ni idea de si tenían mucho en verdad sin hacer algo como familia, o si hacían algo así en lo absoluto... Lo cual parecía el caso, porque ahora lo (¿la?) miraba con una expresión bastante confundida, pero sacudió la cabeza e inmediatamente volvió a su actitud hostil tan malditamente familiar.
—No hay tiempo para esas cosas, Helga. El doctor ya nos está esperando. Se me hizo tarde y luego tú tardaste una eternidad en salir, y no sé qué demonios estabas haciendo, porque obviamente no era arreglarte. Anda, sube al auto ya.
Arnold se mordió el labio al recordar que estaba usando el short cargo color verde militar y la blusa de encaje color rosa que Helga le había arrojado descuidadamente desde dentro del armario... Ah, y esas estúpidas sandalias amarillas que apenas había alcanzado a ponerse de camino a la salida de la habitación, y que era lo primero que había visto...
Pero no había tiempo ni para avergonzarse. Tenía qué llevarse a Miriam; era peligrosísimo dejarla ahí.
—Pero papá...
—¡Sin peros! — Lo interrumpió el hombre ya desde dentro del carro.
—Pero...
—¡Dije que sin peros! —Lo interrumpió al tiempo que cerraba la puerta —¡Y ahora métete antes de que salga por ti!
Exasperado hasta niveles astronómicos, Arnold bufó, pero se metió al auto, asegurándose de dar un buen portazo. Maldita sea. Toda esa familia era insufrible, y Bob especialmente; Era una versión enorme, tosca, corregida y aumentada de Helga. Tenía la cabeza echándole humo. Que la Helga original se las arreglara sola. Si él tenía la culpa de haber dicho lo del perro por no pensar en una excusa mejor, Helga tenía la culpa por no pensar mejor en cómo iba a reaccionar su padre ante la propuesta. Ahora que se las arreglara con su madre, que él con tener qué soportar al gran Bob iba a tener más que suficiente.
Helga pegó la oreja de Arnold en la puerta del closet, intentando escuchar. Había habido mucho ruido afuera, un portazo y el carro andando, pero no escuchó hablar a Miriam. No era que ella soliera hacer mucho ruido, especialmente en presencia del gran Bob, pero no la había escuchado para nada afuera de la casa... y esa discusión... No hubieran estado discutiendo si Bob hubiera accedido a la petición de Arnold. Seguro que el gran Bob ni lo había dejado hablar... No sabía cómo había podido ser tan ingenua; Como si su padre alguna vez se detuviera a escuchar qué diablos tenía ella qué decir... Aunque, generalmente, cuando no estaba del todo bien, él solía escucharla un poco más que de costumbre, e incluso cumplirle uno o dos caprichos... pero eso era a ella, no a un tonto bonachón buenas noches que se hacía pasar por ella sin tener ni idea de cómo tratarlo...
Suspiró. Realmente no sabía si se había ido Miriam o no, pero hasta que lo averiguara, más le valía esperar que estuviera ahí en la casa, (que era lo más seguro, de todas formas), probablemente alistándose para ir a echar otra revisada al cuarto de su hija, en donde parecía sospechar que estaba escondiendo a alguien... ¿Por qué, de todos los malditos días, meses y años, horas, minutos y segundos que tenia en la tierra, había escogido precisamente ese momento para comenzar a actuar como una persona inteligente, o por lo menos no aletargada? Arnold estaba haciendo un pésimo trabajo si había logrado hacer que Miriam comenzara a sospechar... y ella no estaba precisamente ayudando tampoco.
Se quedó un buen rato escuchando, pero no oía nada. Tampoco podía confiarse. Miriam había estado a punto de descubrirla hacía rato. Menos mal que aún recordaba sus tácticas ninja de las innumerables veces que se había escabullido a la casa del cabeza de balón, y en muchos otros lugares, que había aplicado la vieja confiable de subirse al techo parándose sobre la cajonera del closet y sosteniéndose con brazos y piernas de las paredes. Gracias a los dioses que había estado en un lugar pequeño donde las paredes estaban tan juntas que daba oportunidad de hacerlo. La gente siempre solía buscar solo a la altura de sus ojos cuando buscaban algo, o a la altura de los pies, cuando eran extra cuidadosos. Por fortuna para ella en todas las ocasiones, no había conocido aún a alguien que volteara hacia arriba... aunque había estado a punto de caerse también. El cuerpo de Arnold era mucho más fuerte que el suyo, pero también increíblemente más pesado y mucho más torpe... O tal vez ella solo no sabía usarlo aún, porque, que ella recordara, el chico siempre era bastante rápido y ágil...
Sacudió la cabeza cuando notó que había comenzado a divagar con los recuerdos del chico corriendo a toda velocidad por la cancha de beisbol, con el sedoso cabello deslizándose salvajemente en todas direcciones al rededor de su hermoso rostro, la ropa pegada a sus bien definidos músculos por el sudor, bañado por la dorada luz del atardecer...
"Basta. Concéntrate, Helga. Esto es cuestión de vida o muerte. Porque Big Bob te va a matar si Miriam te ve y va y le cuenta, y porque te vas a morir si dejas algo en este cuarto para que Arnold lo encuentre."
Fue con todo el cuidado del mundo y tomó una bolsa que tenía al fondo del closet con artículos de pintura y los vació en el suelo, y se dirigió a su cajón de la ropa interior. Buscó entre los calzones de florecitas y corazones y los brassieres de encaje rosas, las calcetas con huellitas de gatos (qué vergüenza que Arnold viera todo eso. ¿Por qué no tenía ropa interior normal, como el resto de la gente? Ah, sí. Porque ni en sus más remotos y locos sueños se le hubiera ocurrido que Arnold pudiera verlos), y siguió buscando hasta que los encontró. Los estudios anatómicos demasiado detallados con la cara que ahora le parecía aterradoramente realista de Arnold, el estudio de los ojos, con las reproducciones más fidedignas posibles de esos irises verdes en las que solía perderse, con todo y el lunar castaño en forma de pera junto a la pupila del derecho... En fin. Las tomó todas y las refundió en lo más profundo de la bolsa. Tomó el libro de poemas del fondo del closet, entre los zapatos; las esculturas escondidas en una de las tantas cajas de zapatos. De las pinturas tomó algunas, la mayoría podían quedarse. Eran más que nada paisajes. Nunca sabría que eran, en su mayoría, la representación los lugares en los que había estado con Arnold en sus sueños, los más recientes los habían visitado en su luna de miel en el sueño que había tenido hacía solo un par de semanas.
...A menos que leyera el diario; El muy maldito diario en el que escribía con muy maldito detalle cada cosa que hacía, cada sueño que tenia, y cada vez que quería decirle algo a él, que era todo el maldito tiempo...
Solo le faltaba el diario... El diario y salir de esa jodida casa, y cargando una bolsa llena de cosas super personales de la chica que vivía ahí...
Si no tenía cuidado, iba a terminar no solo en el hospital, sino en el reformatorio.
Pobre Arnold, ensuciar la reputación que con tan riguroso esmero había cultivado a través de sus gloriosos pero escasos años en la tierra...
Se sentó en el suelo del closet, y se puso a pensar. Se estaba arriesgando mucho solo para guardar su secreto, y cuando era ella la que se ponía en peligro, la verdad era que no le importaba demasiado, porque no era como que cuidara mucho su reputación... Pero era la vida de Arnold; su prestigio y su futuro el que estaba poniendo en peligro por su estupidez... Y su reputación definitivamente no valía el futuro de Arnold... Viéndolo así, su secreto era lo que menos debía de preocuparle en ese momento... Su vida podía irse al caño si con eso podía resguardar la de Arnold...
Su reputación, su futuro...
Tomó la bolsa, se escondió en el rincón más oscuro y oculto del closet y se puso a pensar. Tenía qué parar esta carrera loca hacia el loquero y/o el reformatorio y concentrarse en lo verdaderamente importante: Descubrir qué demonios estaba pasando y regresar todo a la normalidad. Así Arnold podría continuar con su carrera hacia la canonización, y ella podría seguir sumergiéndose en su tan cómoda y solitaria crapulencia.
Respiró. Respiró lo más profundamente que pudo, y por el mayor tiempo que pudo. Tomó la bolsa y la amarró lo mejor que pudo, la escondió lo mejor que pudo y se dispuso a largarse de ahí.
Abrió la puerta del armario, solo un poco, y miró el cuarto; Estaba despejado. Caminó con los enormes pies de Arnold tratando de hacer el menor ruido posible, y se dirigió a la ventana, se asomó a la calle, y gracias a quién sabe qué deidad, esta estaba despejada también. Agradeció por lo bajo y se dispuso a salir... y luego miró de reojo la cama, con su gran secreto; la suma de todos sus más grandes secretos ahí, bajo ese colchón, al alcance de la mano de cualquier ocioso con un poco de curiosidad que quisiera leerlo, y cuando el objeto de todos los deseos planteados ahí, destinado a pasar quién sabe cuántos días de ocio y aburrimiento justamente ahí, sobre esa misma cama, sobre el mismo y muy maldito colchón...
Podía sacarlo rápido. Además, a nadie le extrañaría ver a un chico con un cuaderno, ¿verdad? Ella misma se había asegurado de hacerlo ver como el cuaderno más aburrido y ordinario del mundo, precisamente para hacer que pasara desapercibido de las miradas curiosas. Incluso podía escondérselo fácilmente bajo la ropa...
Llegó a la cama en un par de zancadas, tomó el colchón, y escuchó los pasos de Miriam avanzando por el pasillo.
No hubo mucho qué pensar. Había tomado ya la decisión sobre sus prioridades, así que salió inmediatamente de ese cuarto antes de que a la mujer se le ocurriera entrar intempestivamente de nuevo a revisarlo todo, ahora peor sabiéndose sola.
El muy maldito diario podía quedarse ahí hasta que tuviera un mejor plan...
Ojalá que no le entrara el espíritu de la curiosidad a Arnold antes que eso pasara. Demonios.
La lamparita iba y veía de un lado a otro, y él la seguía diligentemente como le había ordenado el doctor.
—Todo luce muy bien. —Le dijo con las cejas levantadas y una sonrisa. Arnold se la respondió, aliviado.
—¿Seguro, doctor? —Inquirió la ronca voz del padre de Helga, a su lado.
Ahora fue su turno de que le sonrieran a él, pero el hombre se limitó a fruncir el ceño.
—Muy seguro —Le dijo —. La resistencia y buena salud de su hija es fenomenal; incluso el moretón está curándose a niveles récord.
Al fin el gran Bob tuvo un atisbo de sonrisa.
—Bueno, eso es normal en la familia Pataki. Somos fuertes como robles.
—De eso estoy seguro señor Pataki. De todas maneras tráigamela mañana, para asegurarnos. Si mañana todo sigue igual de bien, con verla una vez a la semana bastará. Igual, ya saben, cualquier cosa rara me llaman inmediatamente por teléfono, no importa la hora.
Arnold asintió, Aliviado. Bob le dio la mano al médico.
—Bueno, doctor, entonces hasta mañana.
—Hasta mañana a ambos, que pasen una buena tarde.
—Igualmente, doctor —Respondió Arnold, sonriente, mientras era dirigido a la salida por su padre (el de Helga) que lo tomaba del hombro.
Salieron del hospital, se subieron al auto y se pusieron en marcha.
—Ahora sí, niña, ¿Qué me decías? ¿Quieres ir al cine?
Arnold lo miró un poco sobresaltado. ¿O sea que sí lo había escuchado hacía rato?
Un poco confundido aún, Arnold asintió.
—Vamos por tu mamá, entonces. ¿Qué película quieres ver?
¿Incluso iba a dejarlo escoger la película? Arnold le dijo la primera que se le ocurrió. No sabía si Helga seguiría aún en el cuarto, pero la verdad era que no le molestaba la idea de, por primera vez en su vida, ir al cine con mamá y papá, así no fueran realmente los suyos.
Helga se acostó en la cama de Arnold, y se quedó mirando al techo, pero ahí no había techo, sino el cielo teñido de violeta y dorado. Debía ser un gran atardecer, pero ella no tenía ganas de mirarlo. De hecho, no tenía ganas de hacer nada. Es decir: estaba en el cuarto de Arnold, maldita sea, y no tenía ganas de mirar por ahí, en lo más mínimo. Estaba demasiado preocupada por todo eso, al parecer, y con razón. Es decir, ¿Qué rayos podía tener de interesante Arnold rondando por ahí? ¿Algún diario donde confesaba lo mucho que le gustaba Lila, a pesar de todos los años transcurridos -maldita sea-, o lo mucho que le disgustaba Helga, y lo muy irritante y fea que la encontraba?
Arnold era demasiado transparente, para desgracia de ella... Aunque lo de Lila sí que era nuevo...
En los últimos años, Arnold solía ser menos enamoradizo, o por lo menos, menos obvio, pero sí había notado que parecían gustarle un par de chicas; de hecho, había hecho un movimiento con una, aunque esta lo había mandado directito a la friend zone.
Pero hacía un tiempo ya que no parecía mirar a Lila más que como una amiga... Tal vez había aprendido a esconder sus sentimientos. O por lo menos, los que realmente eran importantes..
Se dio la media vuelta, con la cara contra el colchón, y se puso la almohada de Arnold sobre la cabeza. Con un demonio, Arnold.
"No, Helga, con un demonio tú." Le dijo su voz (la real, no la que escuchaba ahora cada vez que hablaba y que ahora Arnold debía estar enfermo de escuchar). "Estás literalmente en el cuerpo de otra persona, y esa otra persona está ahora con tus padres, intentando hacerse pasar por ti, y tu principal preocupación es si a Arnold le interesa aún una chica idiota?" Sintió su cara ponerse roja al tener qué admitirse a sí misma que sí, que por muy estúpido que fuera, eso parecía ponerla aún peor.
"Estás obsesionada, Helga, y tal vez esa maldita obsesión con Arnold, de alguna manera, te hizo terminar aquí".
Helga se sentó como un resorte sobre la cama, con los ojos que se le salían. ¿Acaso todo esto era culpa de ella? ¿Acaso alguna de todas las cosas locas que había hecho, especialmente de niña, habían terminado teniendo efecto, y este había sido el resultado?
"¿Quería ser parte de la vida de Arnold tan desesperadamente, que terminé siendo literalmente él?"
Un sudor frío comenzó a recorrer su frente. Podía haber caído en el meollo de todo esto, por fin.
Se puso de pie, buscó un cuaderno y un lápiz, y se dispuso a hacer memoria. Luego dejó el cuaderno en la cama y se puso de pié. Necesitaba comer algo porque necesitaba a ese cerebro funcionando al cien, tenía demasiadas cosas qué recordar.
Bajó a la cocina y se hizo un sándwich. Había un par de personas aquí y allá que le preguntaron un par de cosas, pero no supo ni qué y simplemente les dijo que hablaban después, que tenía un examen muy importante al día siguiente. Solo al abuelo le puso atención, pero tampoco había tenido mucho qué aportar cuando le preguntó por la abuela. Se limitó a encogerse de hombros y negar con la cabeza, pues ya tenía medio sándwich metido en la boca. El abuelo dijo: "Quién sabe dónde se habrá metido ahora esa vieja loca", y cada uno siguió con lo suyo.
Subió de nuevo a su cuarto (el de Arnold), se sentó en la cama y escribió y escribió. El ritual druida para atraer la felicidad (a Arnold, pues, ¿qué más felicidad podría desear a los ocho años?), el ritual chamánico para abrir la mente y así lograr sus objetivos (todos sabemos cuál era su objetivo), con champiñones porque eran los únicos hongos que había podido encontrar a los diez años. La ceremonia budista, druida, sintoísta, budú...
Maldita sea, había hecho tantas cosas, todas con la codicia por el cabezón en mente...
Definitivamente Arnold se merecía algo mejor que ella, pensó, al ver la interminable, ridícula y aterradora lista que se extendía cada vez más y más frente a ella...
Si ella encontrara una lista así que alguien había hecho sobre ella, especialmente si era alguien que le parecía más bien repelente... tal vez incluso terminara hablándole a la policía...
"Maldita sea, necesito ayuda" pensó, mientras sentía todas sus fuerzas escurriéndose de su cuerpo. Es verdad que había dejado de hacer todas esas ridiculeces hacía mucho tiempo, especialmente porque había comprobado que nada de eso funcionaba, más allá del hechizo de madame Blanch, que no había terminado siendo más que sugestión...
¿O tal vez no? Desesperada por sacudirse toda la culpa y la vergüenza que le había provocado su breve recuento de su obsesión infantil (y que, vergonzosamente aún permeaba en su juventud, si bien ya no tan desbocada), comenzó a hacer memoria de a dónde se encontraba el local de aquella extraña mujer; Si iba a comenzar por algo, ¿Por qué no por algo ya conocido? ¿Aún existiría esa tienda? Tomó la nota que había hecho, la arrugó y la metió en la bolsa de sus vaqueros, y justo cuando se disponía a salir a la calle, la extraviada abuela le habló para que la ayudara con el fregadero que se había roto en la cocina y estaba tirando agua por todos lados. Para cuando pudo reparar al fin la muy maldita tubería, empapada(o), supo, muy molesta, que el puesto, de seguir ahí, ya estaría cerrado. Así que decidió dejarlo para el siguiente día, ya que saliera de la escuela, porque si iba antes de esta, seguro aún no abriría...
Eso en caso de que aún existiera, por supuesto.
Arnold se la había pasado de lo lindo en el cine: Había comido muchas palomitas de mantequilla y toneladas de demás comida chatarra y gaseosa, había visto una película bastante buena (mucha acción que había provocado que el padre de Helga se mantuviera al filo del asiento y no dijera palabra, más allá de burlarse de cierto personaje sensible al que no le había ido muy bien, y que Miriam se durmiera en su butaca... al parecer ella no la había encontrado tan emocionante), habían ido a cenar a un restaurante de hamburguesas, (y aunque él ya estaba más que lleno de tanta comida basura, se las había arreglado para hacer espacio para su hamburguesa doble con toneladas de queso derretido), habían dado una vuelta por la ciudad de unos quince minutos en los que mayormente Big Bob había hablado sobre el negocio y donde su única contribución había sido responder "Bien" en una pequeña desviación en la que la disertación de Bob se había desviado hacia él (ella) en la que le había preguntado cómo le iba en la escuela, y había sido todo lo que su padre (de Helga) había necesitado oír para continuar con su tema favorito (él mismo).
Habían llegado a la casa y se habían ido a dormir. Arnold estaba exhausto y muy lleno cuando se acostó en la cama, así que simplemente se puso a pensar, mirando al techo. Al día siguiente tenía qué ir a la escuela, y enfrentarlos a todos mientras pretendía ser Helga. En verdad no tenía ni idea de qué se suponía que tenía qué hacer.
Helga se llevaba con todos, pero no parecía tener una relación de verdad con nadie, salvo por Phoebe. Tal vez bastaría con saludarlos a la pasada y seguirles la corriente con las bromas (sobre él, con toda seguridad puesto que había sido la causa de que se ausentara esos días), tal vez molestar un poco a Helga para salvar las apariencias (a ver cómo respondería ella a eso, pensó, sin darse cuenta de que había comenzado a sonreír). El mayor problema sería Phoebe, pero intentaría estar cerca de Helga durante todo el día, así ella lo ayudaría en ese aspecto, además de que hablar con ella era la principal razón para ir a la escuela. Era peligrosísimo seguir viéndose como habían estado haciéndolo, además de que debía hablar con Helga sobre el castigo en el que la tenía big Bob, y ver si había alguna manera de terminar con él para que pudieran verse fuera de esas cuatro paredes, y sobre todo muy lejos de la mirada del padre de ella, que ya le tenía sentenciado muy claramente lo que pensaba hacerle si lo encontraba acercándosele.
Suspiró, mientras se acostaba de lado en la cama, y entonces las sintió; una cayendo encima de la otra. Era curioso de repente tener esas protuberancias al frente que se hacían notar en los momentos menos esperados, y la tentación volvió, haciéndolo olvidarse de sus problemas por un momento, al menos.
Había prometido que no volvería a hacerlo, luego de haber caído en la tentación la primera vez, pero es que eran tan... cómodas... no sabía otra manera de describirlas.
Se había sentido tan bien la primera vez que había sentido sus manos temblorosas sobre ellas, y les había dado un ligero apretoncito. Muchas veces se había preguntado cómo se sentiría estrujar unas... No las de Helga precisamente, ni de ninguna otra chica en específico, solo... en general.
... Bueno, sí había habido algunos casos en específico, especialmente cuando tenían un tamaño extraordinario, pero en fin...
Las de Helga no eran especialmente grandes, pero, maldita sea, se sentían TAN bien entre las manos...
...
No debía hacerlo, se había prometido que no, pero lo hizo igual. Puso la mano sobre la izquierda, sintiendo su forma redonda y firme. Podía sentir el pequeño montículo sobre esta, y le pasó un dedo, aumentando aún más la sensación...
Era una sensación muy erótica, pero a la vez, tan relajante... Le dio un apretoncito, y se volvió a sorprender de lo blanditas que eran, pero a la vez, tan firmes...
Estaba tocando las bubis de Helga... y ella le daría una paliza si se enteraba.
Retiró la mano, asustado, pero casi inmediatamente la volvió a poner donde mismo. Incluso usó la mano libre para la ocuparse de la otra, desatendida hasta ese momento. "No puede verme, de todas maneras", se dijo, "y dudo mucho que ella nunca lo haya hecho".
"Pero sigues sin tener permiso para hacerlo". Le recriminó su propia cabeza. "Sí", aceptó él, con un suspiro. "Pero situaciones extraordinarias, requieren acciones extraordinarias". Pensó. "Y haré lo que sea que me traiga confort y me evite volverme loco".
Sabía que no era más que una excusa barata, pero hizo lo posible por ignorarlo. Quién sabe qué cosas estaría haciendo Helga con su cuerpo, y en verdad no le importó... De hecho, a una parte dentro de él, hasta le atraía la idea de Helga "explorándolo". Sintió su cara ponerse aún más caliente, casi como estaba ya el resto de su cuerpo, y apretó un poco más esas suaves y pequeñas colinas, y entonces pensó, si sería TAN malo si continuara con la exploración hacia abajo, solo un poco...
Y se dio cuenta de que sí. Sería MUY malo.
Dejó ir las bubis inmediatamente, sobresaltado. ¿En qué demonios estaba pensando, maldita sea?
Se sentó en la cama como un resorte, sudoroso, aunque no estaba haciendo calor. Paseó los ojos por la habitación, buscando algo qué hacer, desesperado. Necesitaba distraerse en algo más, antes de hacer algo de lo que se arrepintiera demasiado. Lo que había pensado le parecía casi ilegal, aunque técnicamente, en ese momento era su cuerpo... Pero no lo era. Obviamente no lo era.
Cómo deseaba ver la tele, era lo más rápido que se le ocurría para distraerse de esos pensamientos impuros, inmorales e ilegales, pero Helga no tenía una en su cuarto, y al parecer su papá le había quitado el celular como parte del castigo por quién sabe qué.
Pensó en salir por la ventana e irse a dar un paseo, después de todo, Helga lo hacía todo el tiempo y lo hacía parecer tan fácil.
Pero él no era Helga.
... Bueno, técnicamente sí lo era, pero no... ¿Y si salía por la puerta? No quería arriesgarse a romperle ahora una pierna al pobre cuerpo ya maltrecho de Helga, nada más que por su culpa, por cierto.
Pero si salía por la puerta, sus padres (de Helga) seguramente se darían cuenta y la (¿lo?) castigarían aún más.
Se talló la cara con las manos, desesperado. Se puso de pie (el estómago demasiado lleno había comenzado a dolerle), y salió del cuarto, al baño. Esta vez fue infinitamente más fácil usarlo. Una vez acostumbrado, era prácticamente igual que ir con el suyo. Aún le incomodaba un poco que fueran las partes de otra persona (de una chica, más precisamente, y aún más precisamente de esa chica)... pero de todas maneras comenzaba a sentir ya una especie de naturalidad, y se preguntó si eso sería bueno o malo. Tampoco quería ponerse demasiado cómodo ahí, debía encontrar una manera de revertir esa locura en la que estaba metido. Debía volver a su cuerpo, a su vida... aunque mentiría si dijera que no le llamaba la atención descubrir un poco más de la de Helga...
La cara de la chica lo saludó en el espejo mientras se lavaba las manos largas y delicadas de Helga (qué bonitos dedos tenía), y le sonrió. Tenía los ojos grandes y expresivos; preciosos. No podía creer que no lo hubiera notado antes... es decir, sí que lo había notado, pero nunca se había sentido cómodo mirándolos demasiado tiempo, especialmente porque solían ser súper huidizos a su mirada, a no ser que lo miraran con coraje o furia... pero tenerlos ahí para verlos todo el tiempo que quisiera, era tan... magnífico... Casi como debía sentirse acariciar a un tigre.
Miró sus labios después, y se pasó los dedos por ellos. Eran muy suaves y sensibles. Bajó la mano a la barbilla, y luego siguió por el cuello igual de suave e increíblemente sensible, luego tocó el hueso de la clavícula.
"Hasta ahí", le ordenó enérgicamente su voz; (La suya, la de Arnold Shortman). "No quieres comenzar otra vez con eso, ¿verdad?".
El problema es que sí quería. No sabía de dónde venía eso; si eran las hormonas del cuerpo de Helga, o la esencia de él, pero de repente Helga; su cuerpo, comenzaba a tentarlo demasiado.
"Esto es tan raro". Se dijo a sí mismo, excitado y frustrado a partes iguales. Pensó que si se daba un baño con agua fría tal vez se calmaría un poco, pero para eso tendría qué desnudarse. Recordó cuando había visto los pechos de Helga, -oh, gloria de las glorias-, al cambiarse de ropa, justo frente a la misma Helga, y no le ayudó precisamente con su dilema moral...
Definitivamente un baño no haría más que empeorarlo todo.
Al salir del baño sintió sed, así que bajó por un vaso de agua. Ya ahí, escuchó ruido en la sala. Alguien veía televisión.
Aún con el vaso en la mano, entró y vio a Bob super concentrado mirando un partido de futbol americano.
—Hola... Papá —soltó, un poco dubitativo.
—Hey —Respondió el otro sin despegar la vista de la televisión.
—¿Puedo sentarme un rato aquí, a ver el partido?
—Sí, sí, claro —murmuró el otro sin voltear a mirarlo. Arnold tomó asiento en el sillón de un lado y se puso a ver a esos hombres enormes chocar unos con otros como borregos cimarrones. Le gustaba bastante el futbol americano a él también, aunque era más de beisbol. Se preguntó si a Helga le gustaría el futbol americano tanto como a su padre, y si lo vería con él de vez en cuando, como ahora.
"Quién sabe". Se respondió a sí mismo mientras se desinflaba y se preguntaba qué estaría haciendo Helga en ese momento, en su casa.
Helga sabía tan poco de él como él de ella. Se preguntó cómo se estaría llevando con todos por allá, y entonces cayó en cuenta que comenzaba a extrañar a su familia.
...Cómo le gustaría pedirle consejo a su abuelo sobre lo que estaba pasando...
Helga, por su parte, estaba roncando en la cama de Arnold, con una lista a su lado casi el doble de larga que la que traía arrugada en la bolsa de su pantalón.
Doscientos treinta mil años después, I'm back.
Agradecimientos especiales a The J.A.M. a.k.a. Numbuh i, layer321, Guest, Guest y ocho veces gracias a Lily Hernandez1 ¡por sus ocho reviews seguidos! :)
También no sé qué pasó en el capi anterior que quise agradecer a viviana. yoselin. 12, pero solo salió ".12" espero que así separado sí salga.
y en caso de que se me esté pasando alguien de mencionar, también muchísimas gracias (tengo mucho cuidado de mencionarlos a todos, pero errar es de humanos, y a veces como que me paso de humana en esa área xD).
Muchísimas gracias a todos por leer, y sobre todo por comentar, y especialmente muchas gracias a mis amigos con quienes tuve una plática hace rato y me inspiraron para terminar el capítulo.
Gracias, gracias, mil gracias a todos, especialmente por su paciencia con el ritmo de escritura que me ando cargando desde hace mucho más de lo que me gustaría admitir. Les prometo que no es a propósito.
Y ya sin más qué decir, ¡nos leemos!
¡Ya saben que los y las amo!
