"Como anhelo el otoño,

El sol continúa ardiendo profundamente,

Y cada piedra de esta ciudad me lo recuerda.

¿Puedes protegerme de lo que quiero?

El amor que dejé entrar me dejó tan perdido.

Madre, hazme,

Un árbol grande y alto,

Para que pueda derramar mis hojas y dejar que vuele.

Madre, hazme

Una gran nube gris,

Para que pueda llover sobre ti, cosas que no puedo decir." (1)

• ── ◦ ◦ ── •

Desde que Harry se instaló en casa de los Weasley, parecía que las actividades estaban siendo organizadas para mantenerlos a los cuatro tan separados como fuera posible.

La señora Weasley le asignaba tareas extrañísimas a Ron, Hermione y Harry, bajo el pretexto de preparar cosas para la boda: Se pasaban la tarde cocinando canapés de sabores que no sabía que existían, organizando cada miserable libro que estaba en los estantes, como si los invitados a la celebración vinieran a ver que tal culta era la colección de libros de la familia; asegurarse que la innumerable cantidad de cachivaches que guardaba el señor Weasley en el garaje estuvieran relucientes.

—¡Mamá! ¡Pero si todos los invitados van a estar en la carpa! —reclamó Ron en cuanto su madre lo mandó a limpiar las alfombras del tercer piso.

—¡Solo haz lo que te digo! Pronto llegará la familia de Fleur y no quiero que piense que vivimos en desorden.

Draco, por su parte, seguía sintiéndose ajeno en aquella residencia familiar. La señora Weasley le asignaba tareas bastante sencillas y rápidas de hacer, un poco intimidada por la imperturbable presencia de Narcisa en los alrededores, como si a su madre le fuera a molestar que su hijo moviera el trasero e hiciera algo útil para la casa.

Lo único que hacía era agitar la varita para que las cortinas fueran planchadas, o encantaba una esponja para que lavara los platos sin necesidad de supervisión. Todas las veces que recibía una tarea, la completaba en menos de cinco minutos y, aunque quisiera ir a hablar con cualquiera de los otros tres chicos, la señora Weasley, igual que un halcón pendiente de una presa, le aseguraba que las tareas de ellos necesitaban hacerse con completa precaución; por lo que terminaba junto a su madre dando un paseo entre los maizales antes de la hora del té, o muerto del asco releyendo por quinta vez los libros que se había traído de casa de sus tíos.

Al final, por fin logró escarcease de las garras de la señora Weasley una tarde que se hallaba ocupada, ordenando la carpa para la celebración. Draco subió las escaleras con el propósito de dar con Harry que desempolvaba las estanterías del segundo piso, solo para darse cuenta de que el chico no estaba por ningún lado.

Acabó por dar con Ginny, que miraba con aire estoico por la ventana, como si esperara a que llegara algo volando. Draco se apoyó contra el marco de la puerta y la vigiló mientras definía con claridad las pecas de la espalda de la chica, las cuales relucían en contraste con la luz que se vertía en la habitación.

Si buscas al resto, están en el desván —le comentó con un suspiro atrapado entre los labios, mientras se volteaba hacia él. Draco se perdió un instante en los ojos verdes de Ginny, lo que lo hizo comprender la belleza de la chica; el motivo por el cual escuchaba de vez en cuando en los dormitorios de Slytherin, murmullos enamoradizos en torno a ella.

Se relamió un poco los labios, desvió la mirada y sintiendo las mejillas enrojecer, preguntó:

—¿Te encuentras bien?

La chica entrecerró la mirada y soltó una risa nerviosa en respuesta.

—Nunca esperé escuchar algo semejante a preocupación de tu parte, Malfoy —le comentó la chica burlesca, antes de abrir la ventana y dejar que el cuarto se ventilara—. Estoy bien, solo un poco… pensativa. Han pasado muchas cosas estos últimos meses.

Draco asintió y se quedó observándola un rato más. Aquel cuarto bastante pequeño demostraba ser el suyo, con carteles de equipos de quidditch femeninos pegados en las paredes, sobre todo de las Harpias Hollihead, equipo del cual Ginny parecía ser fanática. También había un pequeño escritorio a los pies de la cama y un armario delgado pegado a este, que por la puerta entreabierta del mueble, fue capaz de identificar la tela de unos vestidos que recordaba haberle visto en alguna ocasión.

La chica le hizo un gesto para que entrara a la habitación con confianza y este un poco receloso al inicio, aceptó. Ginny se hizo un espacio en su cama llena de cosas del colegio, Draco atrajo la silla del escritorio y se sentó.

—¿Es verdad eso de que se van a ir de viaje?

Draco apoyó el codo contra la mesa y examinó los objetos repartidos en la colcha; era material para sexto año usado, probablemente de alguno de sus hermanos.

—De cualquier modo no es como si vaya a durar mucho el secreto —reconoció Draco, que hojeó el texto de pociones avanzadas—, mientras no le digas al resto estará bien.

—¿Confías en mí?

De un movimiento, Draco cerró el libro, lo devolvió a la cama y juntó la puerta de la habitación.

—No puedo no estar agradecido de que no le hayas dicho a nadie acerca de mí… enfermedad.

Ginny se miró las manos por un segundo y se inclinó sobre la mesa de noche, de donde sacó una pequeña radio mágica. Tan pronto la encendió, Draco se dio cuenta de que tenía sintonizada la misma frecuencia que Pansy y Daphne colocaban en la sala común cada vez que tenían oportunidad. Evocó de inmediato ese recuerdo de ellas pintándose las uñas, mientras compartían galletas de chocolate y frutillas en completa confidencialidad.

A esa hora estaban trasmitiendo música pop mágica, pero Draco sabía que durante el lapso de las tres a las cinco, comenzaban a dar un recuento de los chismes más jugosos de la comunidad mágica. Recordaba que incluso había un pequeño momento en el cual la locutora atendía llamadas de oyentes y comentaban acerca de sus historia. Un día, Daphne llamó y le comentó a la mujer un problema que había tenido con el novio anterior a Nott, al final de la conversación que tuvieron, Daphne terminó con ese niño, porque la mujer afirmó que: "Ni un litro de amortentia sería capaz de salvar esa relación".

Sintió una punzada de nostalgia acuchillarle el pecho. ¿Cuándo volvería a ver a sus amigos? ¿Irían al colegio ese año?

La habitación era tan pequeña, que las piernas de Draco debían estar en diagonal para que no chocaran con el colchón. Ginny, en cambio, volvió a acomodarse en la cama y atrajo las rodillas a su pecho.

—Digamos que no lo hice del todo por ti, y lo sabes —respondió Ginny, a lo que Draco se mordió el labio—. Pansy… ¿Sabes cómo está?

—No he tenido novedades de ella, lo siento —murmuró Draco, para pronto cerrar los ojos y tocar el lazo que entrelazaba a Pansy con él. Firme y latiente—. Pero creo que está bien o, al menos, sana y a salvo.

Ginny apoyó el mentón sobre sus rodillas y por el brillo que adoptó sus ojos, pareció estar a punto de llorar.

—¿Va a volver el próximo semestre?

—La verdad es que no tengo idea. Quizás sí, a lo mejor no. Tiene familia en Escocia, puede que se quede allá hasta que se tranquilicen las cosas.

—Con su abuela ¿no?

Draco se encogió de hombros. Ginny cerró los ojos y se quedó ahí, solo existiendo. Draco sabía que se sentía el añorar una despedida que nunca existió. Unas palabras de confort, un abrazo. Un algo que nunca sucedió. Se relamió los labios y dejó a Ginny respirar, mientras asumía su dolor, tragaba todo el miedo. Era una chica fuerte, ese tipo de chica criada entre hombres que la hicieron forjar un carácter impenetrable.

Sin embargo, ella continuaba siendo humana.

Al abrir los ojos, no encontró atisbo de lágrima alguna, solo un silencio comprometedor.

—Desearía poder contactarme con ella.

—¿Quieres su dirección de correo?

—Ya le mandé cartas, pero no me ha contestado ninguna… ya se debió haber ido a Escocia.

—¿Tienes una hoja de papel?

Ella le señaló el segundo cajón del escritorio y Draco sacó el primer papel que vio. En este escribió la dirección que Pansy tenía en Escocia y se lo dejó encima de la mesa.

—Mándale una carta ahí y quizás obtengas respuesta —le dijo Draco, a lo que Ginny se levantó para leer con una sonrisa esa dirección—, y… dame un segundo…

Draco salió de la habitación y sacó de la mesa de noche su micropuff que había traído antes de irse de la casa de sus tíos. Regresó al cuarto de Ginny con la criatura dormitando entre sus manos.

—Voy a pedirte que me lo cuides mientras no estoy, por favor.

A la chica se le aguaron los ojos, tomó al micropuff y lo dejó junto a su propio animalito rosado que tenía en una caja tipo invernadero. Las criaturas se miraron, antes de comenzar a rodar juntas y apoltronarse contra la esquina de la caja.

—Mira… parece que se llevan…—comentó Draco con una media sonrisa— bien…

El chico no pudo seguir hablando, porque sintió el contacto del cuerpo de la chica en contra al suyo. Lo abrazaba con mucha fuerza, a lo que Draco cerró la boca y bajó la mirada a Ginny.

—Pansy tenía razón al decir que no eras tan malo.

El chico frunció el cejo ante ese "tan" pero no pudo evitar la mueca divertida.

Ginny olía a perfume floreal y a verano. Era un olor que contrastaba con el de Pansy, pero que al mismo combinaba a la perfección. Ahora que ella lo abrazaba, se daba cuenta de lo bajita que era, a pesar de que a lo lejos (debido a la actitud que siempre demostraba tener) parecía ser tan alta.

Cuando se separaron, Ginny sonrió y le señaló hacia arriba.

—Créeme que te deben estar esperando.

Draco asintió, se despidió de su micropuff y salió del cuarto, dejando a Ginny escribiendo una carta larguísima en su escritorio.

Subió las empinadas escaleras y por una trampilla ingresó al ático. Los tres chicos se voltearon un poco asustados, como si hubieran anticipado la llegada de un fantasma o, en su defecto, la señora Weasley; y al ver que no era ella, volvieron a relajarse.

Hermione en el suelo, clasificaba en dos pilas un montón de libros mágicos los cuales despertaron la curiosidad de Draco de inmediato. Ron, sentado cerca de la ventana, hizo esa mueca extraña al verlo subir, y chasqueó la lengua. Harry se levantó de un movimiento de la caja en la que estaba sentado y con una sonrisa se acercó a él.

—¡Draco! ¡Por fin llegaste! —le dijo Harry a modo de saludo.

—Si no me llega invitación, es normal que me tardara en descubrir el club de lectura que estaban montando.

Harry se quedó al lado de él y lo miró como si esperara algo. Draco sabía lo que era, pero un poco cohibido por la mirada juzgadora de Ron, lo único que hizo fue apretar su mejilla de manera cariñosa, antes de sentarse cerca de Hermione.

Hueles como a flores —mencionó Harry, que siguió a Draco y se acomodó a su lado—, es un olor muy bueno. Me gusta.

—¿Así que Malfoy fue a ver las flores? —preguntó Ron de manera ácida—. Supongo que algunos pueden darse el lujo de apreciar la naturaleza, mientras otros nos tenemos que matar limpiando.

Draco pretendió hacer caso omiso a la acusación directa y se apoyó contra el ropero anticuado que estaba detrás de él, el cual parecía tener más años que la casa.

—Eso es porque tu madre, Weasley, si confía en que no voy a hacer un desastre cuando uso magia para ordenar —le contestó—, es una mujer sensata.

—¡Fregogoteo! —exclamó Ron con la varita en mano, a lo que todo el desván en diez segundos quedó impoluto—. La taza que iba a usar en la cena de ayer quedó mal lavada, Malfoy. Quizás sería bueno que aprendas un poco de magia limpiadora, en lugar de salir a ver las flores.

Draco se mordió el interior de la mejilla, para intentar tranquilizar su temperamento. Hermione acabó por negar con la cabeza y suspirar agotada al ver que ambos chicos, como era usual, habían comenzado a discutir.

—¿Quieres que te enseñe como se siente un verdadero Fregogoteo, Weasley? No te aseguro cuál será el efecto que tenga en contra de un humano.

—¿No será magia demasiado avanzada para ti, Malfoy?

Harry abrió la boca, un poco interesado por el curso de los acontecimientos y se preguntó curioso como terminaría aquella batalla inminente.

—¿Quieres que te lo demuestre?

¡Vamos! ¡Inténtalo!

Draco estuvo a punto de pronunciar el hechizo de no ser porque Hermione aventó un libro en el espacio vacío entre ambos. Cruzada de brazos y piernas en el suelo, los miró a ambos furiosa.

—¡¿Acaso son tontos?! ¡No deberíamos utilizar este momento para discutir sobre cosas tan poco importantes! —les regañó— ¿Comprenden?

Draco chasqueó la lengua y guardó la varita, al mismo tiempo en que Ron soltaba una risita victoriosa.

—Además, se supone que debemos usar la magia de manera inteligente, —puntualizó Hermione, antes de atraer el libro que lanzó con un simple accio— con el tiempo solo pareciera que se volvieron más inmaduros.

Draco se levantó del asiento y decidió sentarse en el suelo cerca de la pila de libros al lado izquierdo de Hermione. Historia de la magia, Antología de los hechizos del siglo XVIII, Plantas Carnívoras del mundo, entre otros. Eran libros que Draco había leído al menos una vez, por lo que no le despertaban demasiado la atención.

—¿Tienes pensado montar una librería o algo?

—No, estoy clasificando libros para el viaje.

—No pensaba que necesitaríamos una librería para viajar —mencionó Ron por encima—. Quizás nos falte comida, pero siempre tendremos libros para asar.

Hermione puso los ojos en blanco y dejó otro libro en la pila de Draco. Atlas de Anomalías celestiales, el cual Draco hojeó un momento antes de depositar en la pila de la derecha.

—Esa es la pila de libros que me voy a llevar —le gruñó Hermione.

—Oye, nunca sabes qué cosas pueden suceder durante el equinoccio de otoño —le dijo manteniendo el libro en la pila, la chica frunció más el cejo—. Déjalo ahí, ¿sí? Al menos quiero tener algo para que me pueda entretener.

Se miraron por un largo minuto, hasta que la chica se rindió y tomó el siguiente libro para clasificar.

—Draco, ya deberías darme tu equipaje: solo me falta el tuyo y el de Harry para que estemos listos.

—¿Te lo tengo que dar a ti? ¿No puedo llevar una mochila con mis cosas o algo?

—No… en lo absoluto, no podemos llevar tantas cosas encima.

—¿Y en dónde mierda metes todo entonces?

La chica le guiñó un ojo y se encogió de hombros.

—Solo pásamelo ¿sí? Bastará con unas cuantas poleras y pantalones, ropa interior y pijama… —le comentó tranquila—. Y también puedes traer contigo tu peluche con el que duermes abrazado.

—Ja, ja, Grenger. Qué chistosa —dijo Draco de mala manera—. No sé dónde te lleves nuestras cosas, pero para mí es mejor. No sabía cómo meter mis zapatos en la mochila.

En determinado punto, Draco comenzó a ayudar a Hermione a separar los libros. Había algunas discrepancias acerca de la opinión que tenían sobre ciertos títulos, pero luego de discutir los pros y contras, llegaron a una resolución agradable.

—Esto me recuerda… —comenzó Draco, en cuanto tomó la biografía de Merlín en la pila de la izquierda— que voy a tener que pasar a la librería cuando nos vayamos. Tengo que comprar el libro del viejo.

—¿Te refieres al libro de Skeeter? —preguntó Hermione de inmediato, a lo que Draco afirmó—. ¡No te preocupes! Yo ya lo compré en la preventa, así que solo tengo que ir a Flourish y Blotts para retirar mi copia.

—No puedo creer que hayas comprado esa basura en papel —gruñó Harry —no creo que Skeeter sea capaz de escribir nada que sea confiable.

La chica se enderezó y volteó la mirada a Harry, quien tenía un mohín desagradable en los labios y los brazos cruzados.

—Tienes razón, pero creo que puede haber proporcionado algunos datos de Dumbledore que quizás nos hemos pasado por alto —se justificó Hermione—, y seamos sinceros, Harry; solo conocimos una parte de la vida de Dumbledore.

—De cualquier modo es basura, pero puedes gastar tu dinero en lo que quieras.

Hermione alargó un suspiro agotado y miró a Draco, que se puso de pie y se sentó de nuevo junto a Harry.

Cuando Draco abrió la boca para proponer un nuevo tema de conversación, la trampilla se abrió de nuevo. La señora Weasley lucía algo molesta y en menos de un minuto les asignó nuevas tareas por hacer, así que nos les quedó otra alternativa más que dejar la charla para otra ocasión.

• ── ◦ ◦ ── •

—Potter, ¿quieres dar un paseo?

La voz de Narcisa acalló a todos los adolescentes que devoraban pequeños pastelitos para la fiesta. Ginny le dio un codazo a Hermione y Ron tragó en seco. La señora Weasley que los supervisaba también quedó muda, al no esperarse esa intervención tan repentina.

Esa mañana acababan de llegar los últimos invitados que quedaban. La familia cercana de Fleur y Charlie que llegó con un montón de regalos para sus hermanos a los cuales no había visto en años; aunque este último, tan pronto llegó, salió junto a Bill a hacer los últimos trámites antes de la boda.

La madre de Fleur había simpatizado de inmediato con Narcisa. Las dos mujeres ingresaron a la cocina que estaba llena de un olor dulzón y miraron al grupo.

Oh, ¿pog qué todos se quedagon callados? —preguntó Apolline Delacour, que tan pronto apareció detrás de Narcisa, se llevó la mirada de los gemelos y Ron debido a su excesiva belleza de veela—. ¡Que magavilla, Molly! ¡Me mogia pog pgobag la famosa togta de la geina Victogia!

La mujer tomó asiento al lado de Hermione y se sirvió un pedazo de torta con ansia. Molly tratando de conservar un poco la calma, le llenó una taza de té a la mujer para que acompañara el dulce.

Draco, que estuvo todo el rato al lado de Harry ayudando a preparar el glaseado de las tartaletas que se iban a servir durante la boda, se sorprendió tanto que pasó a derramar un poco de crema batida sobre la mesa. Harry, en cambio, se mostró totalmente serio; dejó una frutilla en el plato y asintió.

—¡Yo los acompaño! —dijo Draco, dejando la varilla con crema en la mesa.

—No, Draco, necesito discutir algo con Potter… en privado.

—¡Pero mamá!

—Ya regresamos —agregó Harry, que se lavó las manos pegajosas y antes de salir le apretó el hombro a Draco—. Todo estará bien, confía en mí.

Narcisa no comentó nada y salió con Harry a espaldas. Por suerte, hacía una tarde fresca. Los maizales se agitaban al son del viento y el atardecer se abría paso al frente de ambos. Una vez caminaron los primeros diez metros, Harry se volteó un segundo y notó a Draco apegado contra la ventana, vigilándolos a ambos con expresión de visible preocupación.

Caminaron hasta llegar a un pequeño sitio apartado, que contaba con un par de bancas y un tronco en medio como mesa de centro. Harry recordaba un poco ese sitio, que en más de una ocasión, cuando estaban en las vacaciones de verano de segundo año, venía junto a Ron a jugar con los gobstones explosivos, porque su mamá no quería que ensuciaran las alfombras de la casa con el líquido apestoso de las pelotitas.

Era un lugar en el que reinaba la completa tranquilidad, aunque no tenía una vista demasiado rescatable.

—¿Qué sucede, señora Malfoy?

—¿Es cierto lo que Draco me comentó? ¿Qué pretenden irse de viaje?

Harry asintió y se sentó al lado de Narcisa con la mirada puesta en ella, la cual lucía solemne a pesar de vestir de manera sencilla; con una falda a la altura de las pantorrillas y una blusa verde manga corta que dejaba ver sus largos y pálidos brazos. Harry se dio cuenta de que la tonalidad de Narcisa era un poco más rosada que la de Draco, asemejándose a una muñeca de porcelana, más que al blanco glacial del chico. Se notaba que la delgadez de Narcisa era saludable, para nada forzada a través de peligrosas dietas que rozaban la inanición.

A Harry le resultaba tan extraña verla de esa manera. Todavía no se acostumbraba a la completa ausencia de joyas carísimas o los recogidos ordenados que en el pasado, cuando la conoció por primera vez, le daba un aspecto severo. Ahora el pelo lo llevaba suelo, dejando ver que las visitas al peluquero habían cesado, porque las raíces naturales negras le habían crecido hasta la altura de los ojos, además de destacar algunas canas que ya comenzaban a apoderarse de a poco de la melena de la mujer.

—¿Y dónde se supone que van a ir?

—No se lo puedo decir, Señora Malfoy, lo lamento.

Una ráfaga de viento le golpeó la espalda, pero se mantuvo firme. Podía lidiar con esos ojos azulados tan fríos y aquella expresión que no le dejaba leer entre líneas sus pensamientos.

—Como madre de Draco, creo tener el derecho de saber dónde estará mi hijo, Potter —puntualizó la mujer.

—Lo sé, pero no puedo decírselo; es confidencial para todo el mundo, incluido el Ministerio o la Orden…

La mujer se cruzó de piernas y respiró el aire limpio.

—No eres padre, Potter, por lo que no eres capaz de comprender mi angustia al saber que Draco… podría… —la mujer se relamió los labio y lo observó—morir, y yo ni siquiera me enteraría.

—No pasará, se lo aseguró.

—¿Cómo me aseguras aquello, Potter? ¿Cómo? Draco es mi único hijo, y es lo que más quiero en el mundo… y el saber que podría…

Narcisa permanecía fuerte, aunque le temblaran los labios y las manos. Los ojos bien abiertos, aunque Harry sabía que quería ponerse a llorar, ante la mera idea de la muerte de Draco; Harry le agradeció en silencio que se aguantara las lágrimas con tanta fuerza, porque no se encontraba para nada seguro de lo que debía hacer si ella comenzaba a llorar.

—Quizás no sepa cómo se sienta tener un hijo, pero no permitiré que Draco muera en la misión. Ni él, ni Hermione, ni Ron. Ninguno.

Narcisa volvió a enderezarse, tomó su varita (la cual era bastante larga y con un mango elegante plateado) e hizo cambiar de forma una hoja seca del suelo para transformarlo en un abanico con la cual se refrescó.

—¿Por qué mi Draco? ¿Por qué él?

Harry se acalló al escuchar esas preguntas que parecían ser retóricas. Era Narcisa en busca de una contestación simbólica dentro de ella misma.

—Potter, no lo comprendo, pero dime ¿Qué amistad es capaz de volverse tan fuerte en tan poco tiempo?

Harry metió las manos entre sus muslos algo nervioso y cambió el foco de visión.

—Draco y yo tenemos mucho en común; solo sucedió ¿sabe? Es especial.

Escuchó una risa provenir de Narcisa. Era un sonido agotado. Un ruido que demostraba que lo único que quería era la verdad, por más dolorosa que fuera.

—Es divertido porque él me contestó lo mismo cuando le pregunté —le señaló Narcisa—. No le creo a ninguno de los dos… Potter ¿en qué sentido Draco es especial? Si me lo dices, quizás lo deje ir contigo.

—Señora Malfoy, pero…

Soy su madre, Potter. Por más que sea mayor de edad, soy capaz de retenerlo si creo que estar contigo es un peligro. Podría llevármelo a otro país de ser necesario ¿me entiendes? —gruñó Narcisa, y Harry reconoció en su tono de voz ese deje enfurecido que escuchó provenir de Sirius en algún momento. Era la fuerza de la rabia de la sangre Black que corría por sus venas—. Soy una madre, Potter, eso es lo que hacemos.

Harry comenzó a temblar, intimidado por la fuerza en las palabras de Narcisa. Era atemorizante y admirable al mismo tiempo. Era fuerza en su estado más puro. Comprendió de inmediato, entonces, lo poderoso que era un hechizo de una madre llena de amor. Lo entendió en Narcisa, que de necesitarlo, sería capaz de entregar su vida por la de su hijo.

—Dímelo. Lo quiero oír de tus labios; Draco evadió mi pregunta.

Harry se apretó los brazos y tragó en seco.

—Nosotros estamos juntos… de esa manera.

La voz de Harry sonó tímida, un poco vergonzosa. Narcisa chasqueó la lengua.

—Lo quiero oír de la manera en la que me esperaría de un maldito Gryffindor, Potter. Quiero estar segura de tus palabras.

Harry se levantó y tomó aire, para recoger todos los sentimientos que albergaba su corazón y expresárselos a la mujer.

¡Amo a Draco! —le gritó—. Y estamos saliendo. Es por eso mismo que necesito que confié en mí, porque no permitiré que nadie le haga daño y de ser necesario yo… daría mi vida para protegerlo.

Narcisa se relamió los labios y no dijo nada. Harry lo tomó como señal para que continuara.

—Sé que no ve bien el tipo de relación que tenemos… entiendo todos los comentarios que poseen las familias de sangre pura, pero… ¡No me importa! ¡Porque sé que lo nuestro es real!

La mujer se puso de pie. Era muy alta, aunque un par de centímetros más baja que Harry. Narcisa se puso frente a Harry con expresión introspectiva, como si buscara algo especial en el sonrojo de las mejillas de Harry.

—Harry Potter, ¿Qué intenciones tienes con mi hijo?

Solo… —dijo, buscando más dentro de su interior. Era la pura verdad. La única verdad—. Quiero hacerlo feliz.

Narcisa entonces se suavizó por completo; cambió la expresión y asintió tranquila.

—Todavía no estoy segura acerca de eso del viaje y voy a tener una charla con Draco más rato —concluyó la mujer, sentándose en la banca—, pero la relación que mantiene mi hijo contigo me hace sentir más tranquila.

—¿No le molesta?

Obviamente que sí me molesta, Potter. Porque prefería que se tratara de una bruja bonita, de sangre pura muy poderosa, en lugar que el chico con más posibilidades de morir de manera muy dolorosa del último siglo —respondió Narcisa—. Claro que me molesta. Porque eres un peligro andante, porque vas a llevarte a mi hijo a quien-sabe-dónde, durante quien-sabe-cuánto tiempo.

Harry sintió como un montón de cuchillas se le clavaban en su ego. Se mantuvo de pie a duras penas, con las mejillas sonrojadas de vergüenza y el nerviosismo en cada fibra de su cuerpo.

—Sin embargo, tú no entiendes lo fascinante que es para mí el ser capaz de ver a Draco sonreír todas las mañanas. El saber que es feliz contigo —aseguró Narcisa—. No sabes lo que pasamos cuando Draco fue mordido. Lo que sufrí al verlo sumergirse en el dolor… el cómo veía que todo en él se apagaba. No quiero volver a ver eso, Potter; y si Draco, estando lejos de ti, vuelve a sentirse así de miserable. Así de asqueroso consigo mismo… entonces, por mí está bien que siga a tu lado, por más impertinente y contra mi moral que sea.

Harry le sonrió, Narcisa también.

—Entonces… ¿Eso significa que…?

—Acabas de sobrevivir a tu primera charla con tu suegra, Potter —bromeó Narcisa—. Más te vale mantener el estándar, porque no dudaré en hacer hasta lo imposible para que Draco rompa esta relación si es que me doy cuenta de que sufre ¿comprendes?

—Sí, señora Malfoy.

—Muy bien, puedes marcharte, pero no quiero que le comentes nada a Draco ¿vale? Más tarde tendré una charla con él, por ahora, voy a quedarme un rato más aquí.

—Sí —rectificó Harry en tono firme—. Entonces…

—Nos vemos en la cena, Potter.

—Nos vemos, señora Malfoy.

La mujer sonrió de manera maternal y Harry se fue con completa calma del lugar. Manos en los bolsillos, espalda recta, mentón alzado, seguro de sí mismo y de lo que sentía. Antes de volver a entrar a la madriguera para ser acribillado por preguntas que no respondería, se volteó a ver a Narcisa de nuevo, y definió su espalda dibujada en contraste con el atardecer. Su majestuosidad era algo de otro universo, Harry se preguntaba en qué momento un ser humano empezaba a parecer un verdadero adulto.

No obstante, tan pronto se encontró con Draco apoyado afuera de la Madriguera, con un cigarro entre los labios, en la misma postura impresionante que su madre, se dio cuenta de que aquello no era una característica inherente del ser humano; era un privilegio que solo unos cuantos podían regodearse de tener.

• ── ◦ ◦ ── •

Draco se encontraba separando su equipaje en el momento en que su madre llegó al cuarto.

Llevaba varios pares de camisa y pantalones, un traje de etiqueta (nadie sabía en qué momento iba a necesitar vestir como una persona educada), tres pijamas, dos chaquetas y muchísimas mudas de ropa interior.

Lo que más le carcomía la cabeza era cuanto tiempo les iba a tomar esa tarea. ¿Un mes? ¿El año completo? ¿Toda la vida? Draco se moría por encontrar una respuesta y la imagen de pasar el resto de su vida como un alma errante no se le hacía, en especial, apetitosa.

Miró la cantidad de ropa y decidió sacar otro pijama. Era mejor estar preparado. No tenía ni idea de la próxima ocasión en que podría darse una ducha en condiciones.

Comenzó a clasificar los libros que tenía bajo la cama, para cuando su madre soltó un suspiro y se sentó en el tocador.

—¿Qué haces, mi niño?

—Estoy clasificando las cosas que me voy a llevar —le comentó tranquilo—. ¿Cuántos libros debería llevarme?

Su madre lo miró por el espejo y comenzó a peinarse el cabello. Draco vio el cabello rubio platinado debido a las canas, con las raíces negras; había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que su madre pudo ir al salón de belleza.

Hace mucho tiempo, de hecho, que su madre había dejado de hacer todas esas rutinas de belleza que le gustaban. La manicurista que era casi como una amiga íntima para ella, las mujeres con las que conversaba acerca de sus esposos en la peluquería o la masajista que una vez a la semana iba a la mansión a atender a su madre.

La observó y se dio cuenta de que, a pesar de no recibir todas las atenciones del pasado, su madre se veía incluso más hermosa que antes. A lo mejor era por el aire fresco y renovado de la madriguera, o la estancia con esa hermana que hace décadas con las que no había compartido, pero el cúmulo de esas emociones vitales le habían otorgado a Narcisa un aspecto más relajado.

En cuanto dio con el libro de la profesora Sinistra lo puso en la pila de "libros para llevar", junto a otros varios textos de astronomía. Se preguntó por un momento si Hermione había metido el texto de pociones Avanzadas al equipaje, pero de no ser así, decidió seleccionar el suyo.

La mayoría de los libros que dejaba eran de mero ocio. No sabía si iba a estar de humor para ponerse a leer esas novelas negras y de misterio que tanto le fascinaban, por lo que decidió no ocupar espacio innecesario.

En cuanto tuvo una gran pila en la cual también incluía un montón de papeles, diagramas y artefactos astronómicos, pudo sentarse un momento para pensar que le faltaba por llevar.

El telescopio en miniatura podía ser útil…

—Hablé con Potter.

El hueso de lobo y los ingredientes para fabricar matalobos.

—Y me contó algo interesante.

Draco pestañeó un par de veces y frunció el cejo confundido. Cigarros y dinero, no se le podía olvidar eso.

—¿A si? ¿De qué trata?

Narcisa dejó el peine a un lado, se levantó y se sentó al lado de su hijo, a quien le tomó las manos con cariño. Las tenía heladas, con las uñas largas, sin pintar, y los dos anillos que brillaban en sus manos. El de bodas, dorado como si fuera nuevo y el de la familia. Las únicas joyas que portaba a diario, y los símbolos con los que la mujer deseaba ser enterrada.

—¿No tienes nada que contarme?

—Bueno, no sé qué habrás hablado con Potter, mamá —suspiró Draco, que separó una mano para rascarse la cien. Le faltaba algo, de eso estaba seguro—. Él a menudo suele decir puras estupideces.

—¿Por ese motivo es que estás saliendo con él?

Draco cerró la boca de manera abrupta, la miró a los ojos fijamente y tragó en seco. La expresión de su madre no era de frialdad y dureza, aunque se notaba algo triste.

Los latidos de su corazón comenzaron a aumentar. Era el momento, para el cual Draco no estaba preparado, aunque, en realidad, no sabía si algún día hubiese estado preparado para revelar tal información.

Con la mano que tenía suelta del agarre de Narcisa, Draco sacó la cajetilla de cigarros del bolsillo de su pantalón y prendió uno en un movimiento inconsciente. Su madre no pronunció nada y solo continuó en silencio.

—Mamá, yo… pretendía contártelo, de verdad… es solo que…

—¿Cuándo Draco? ¿Cuándo me lo ibas a decir? —preguntó su madre afligida. Como si un bombardeo de pensamientos e ideas se le vinieran a la cabeza—. ¿Por una carta cuando te fueras? ¿El día en que me muriera? No, Draco… no es verdad.

—Mamá, es complicado, y sabes bien por qué… solo, quería estar preparado para…

Narcisa suspiró, soltó la mano de Draco y se pasó los dedos en el cabello. Se quedaron en silencio durante los minutos que a Draco le llevó fumarse el cigarro y tranquilizarse. Al mirar bajo el tocador de frente de la cama, se encontró con un calcetín que se le había olvidado guardar. Eso era lo que le faltaba, calcetines.

—No puedes seguir desconfiando de mí, Draco… soy tu madre… no ahora, no cuando las cosas están tan mal allá afuera.

Draco asintió, apagó la colilla y la tiró por la ventana.

—Lo siento, mamá.

—Tengo miedo, Draco. Tengo miedo de que el día que te vayas de aquí, no vuelva a verte —declaró su madre, que al levantar la mirada tenía los ojos llorosos. Draco se sentó a su lado y le limpió las lágrimas con la mano—. He comenzado a soñar todos los días lo mismo: llega Potter de vuelta y lo único que trae consigo es tu anillo.

Narcisa negó con la cabeza y lo miró a los ojos.

—No vayas, por favor, quédate conmigo…

—No puedo, mamá —respondió Draco con tanta firmeza como pudo concebir—. Tengo que hacerlo, si no… no sé cómo podría seguir viviendo.

Su madre no respondió nada, solo dejó que las lágrimas que mojaron el dorso de la mano de Draco hablaran por sí solas.

—Mamá, regresaré con vida, te lo prometo. Porque tanto como quiero vivir mi vida con Potter, también quiero vivirla contigo —sentenció Draco, a lo que Narcisa sollozó—; pero quiero una vida tranquila, sin tener miedo a que nos puedan matar en cualquier momento… y para eso, necesito ayudar a Potter.

Narcisa suspiró con pena.

—Escríbeme de vez en cuando, por favor.

—Lo haré, te mandaré algunas cosas que encuentre.

Narcisa se levantó de la cama y abrió la maleta que había traído a casa de los Weasley. Era de cuero de serpiente real, con detalles de oro. La mujer la depositó sobre la cama y abrió el bolso para entregarle lo que había dentro.

Era una cámara de fotos mágicas y un cajita pequeña con un collar color plata (pero que no era de plata, porque al tocarla no dolió) dentro, la peculiaridad era que de esta colgaba un pequeño frasquito con un líquido violeta. Draco la destapó, solo para sentir un olor conocido emanar de esta.

—¿Poción de soñar sin sueños?

Narcisa asintió, lo atrajo hacia ella y le acarició la cabeza con fuerza.

—Mándame una foto de vez en cuando ¿sí?

Draco asintió y al separarse su madre parecía como si nunca hubiese llorado. Cerró el frasco en la palma de su mano y probó la cámara sacándose una foto con Narcisa, en la que ella apoyaba la cabeza en el hombro de su hijo con los ojos cerrados.

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Notas:

Mother: Florence + the machine.

¡Hola!

La relación de Draco y Narcisa son, literalmente, metas.

Necesitaba que esta mujer ya se enterara de la relación que tiene su retoño con Potter. She is la mejor mamá del mundo.

¿Qué tal va todo? El próximo capítulo: luna llenas y Feliz cumple Harry (Wow… la fecha de publicación es el 31 de julio… ni hecho con intención la verdad sjsjsjsj)

The Machine.