capítulo 2. Shock

Había mucho alboroto a su alrededor, y ella solo quería dormir. ¿Por qué demonios estaba Big Bob gritando tan temprano? Tomó la almohada y se la echó sobre la cabeza, pero no sirvió de nada. ¿Qué era lo demás? ¿Quién más estaba hablando?

Furiosa, se sentó sobre la cama y miró a su alrededor.

Momento. No estaba en su casa.

Fue entonces que recordó que Arnold había vuelto a golpearla con la maldita pelota, aún cuando estaba en el punto más alejado que había podido estar en ese momento.

Su padre, muy cerca de ella, estaba haciendo un alboroto monstruoso. Si no lo hacía callarse ya, iba a terminar en la comisaría.

—Cálmate, Bob —Soltó entonces de mala gana mirándolo —. No te preocupes, estoy bien —. Agregó en tono que intentó que fuera tranquilizador.

Su padre volteó a mirarla. Tenía el rostro desfigurado de rabia. Definitivamente su tono tranquilizador no había funcionado.

—¡Oh! ¡Estás bien!—Soltó su padre de una manera increíblemente sarcástica — ¡Gracias a Dios, no sabes lo preocupado que estaba por saber si estabas bien!

Helga frunció el ceño, ofendida. Sabía que nunca había sido precisamente la prioridad número uno de su padre; pero este nivel de negligencia era completamente nuevo hasta para él.

—¡Oye, no hace falta que seas tan malo! —Soltó ella a su vez, dolida.

La furia de su padre no hizo sino aumentar. Helga no estaba entendiendo nada.

—¡Válgame Dios, lo siento! ¿Acaso he herido los sentimientos de su majestad? ¡No sabes cuánto lo lamento!

Helga estaba a punto de llorar a esas alturas. ¿Qué demonios le pasaba a su padre?

Un par de profesores entraron en ese momento.

—Señor Pataki, vamos a tener qué pedirle que nos acompañe a la salida; No podemos permitir que perturbe la tranquilidad de los alumnos de esta escuela.

Big Bob volteó a mirarlos como un toro en medio de una corrida.

—¡Oh! ¡Perfecto! ¡Yo no tengo permitido levantar la voz, pero este mequetrefe tiene todo el permiso de ustedes para intentar matar a mi hija en dos ocasiones, ¿verdad?! ¡Y ustedes por supuesto que de nuevo no le van a hacer nada! ¿Acaso ustedes van a pagar las cuentas del médico esta vez?

—Bob, ya te dije que estoy bie...

Pero Bob no la escuchaba, ni siquiera la estaba mirando. Tenía la mirada torcida hacia la cama en el otro lado de la habitación, donde la enfermera de la escuela revisaba con una lamparita las pupilas de...

De ella...

¿Pero que dem...?

¿Si ella estaba allá, entonces quién era...?

Estiró la mano derecha frente a ella, y vio unos dedos más gruesos de los que usualmente veía, y también estaba mucho más velluda de lo que recordaba... ni siquiera el color de la piel concordaba. Se llevó las manos al pecho, y estaba mucho más plano allí de lo que recordaba... Sus piernas, aún bajo las sábanas, eran más gruesas y... simplemente diferentes. Volteó a la ventana, y lo que vio en el reflejo la hizo desmayarse de nuevo.


No estaba entendiendo nada. La cabeza le dolía horrores y el alboroto a su alrededor no hacía sino aumentarlo. Tampoco podía ver nada. Solo había una luz enceguecedora frente a él, así que le dio un manotazo para intentar alejarla; lo estaba lastimando.

—Tranquila —Escuchó a una voz afable decir en medio de todo el alboroto —. Sufriste un golpe en la cabeza, pero estás bien. Solo estoy revisando un par de cositas, y no veo nada de qué preocuparse, ya casi...

Escuchó un golpe seco de pronto, y la luz al fin dejó de golpearle los ojos; en cambio, el alboroto se intensificó.

—¿Eh? ¿Pero qué pasa...?

Estaba en la enfermería, y alguien, al parecer, se había caído de la camilla que estaba en el otro lado de la habitación.

—¡¿Pero qué pasó aquí, por Dios?!

La enfermera corrió a auxiliar al tipo en el suelo, y entonces vio al padre de Helga, cerca de él, levantar las manos.

—¡Yo no lo toqué, ustedes vieron que se cayó solo!

Arnold sacudió lentamente la cabeza.

—¿Alguien podría explicarme qué está sucediendo? —Preguntó, y miró al padre de Helga acercarse hacia él violentamente. Arnold instintivamente levantó los brazos intentando protegerse la cara, pero el tipo solo lo tomó de los hombros y lo sacudió.

—¡Hey! ¿Cómo te sientes? —Le preguntó.

Completamente confundido, Arnold se limitó a mirarlo. La expresión de angustia en el rostro del hombre no hizo más que aumentar —¿Te duele mucho? ¿Quieres que te traiga un analgésico? No te preocupes, papá está aquí; Todo estará bien.

—¿P...papá? —Repitió el chico, anonadado. ¿Qué demonios le pasaba a este hombre? ¿Acaso estaba drogado?

—¡Sí, cariño, soy papá! —Dijo mientras lo tomaba por los brazos —Sí me reconoces, ¿verdad?

Totalmente perdido, Arnold volteó a ver a los lados, intentando ver si alguien podía quitarle a ese lunático de encima, y entonces miró al chico en el suelo, que al parecer comenzaba a recobrar la conciencia.

Santa madre de Dios...

—¿Pero qué...?

De un empujón se quitó al hombre de encima, y se bajó de la camilla a como pudo. La cabeza aún le daba un poco de vueltas.

Caminó hacia el chico aún en el suelo. No podía creer lo mucho que se parecía a...

—¡Arnold! ¡¿Dónde está mi nieto?!

Aliviado, el chico volteó hacia la voz de su abuelo y lo vio pasar justo por enfrente de él, ignorándolo olímpicamente.

—¿Eh?

—¿Estás bien, hijo? Me dijeron que te desmayaste en medio del partido de beisbol. ¿Qué te pasó?

—Nada le pasó —respondió el padre de Helga desde atrás de él —. Su nieto solo intentó matar a mi hija de nuevo.

Arnold vio la molestia en el rostro de su abuelo al voltear a ver al gran Bob, mientras se agachaba a mirar al que, al parecer, por algún motivo que no podía entender, estaba tomando por su nieto.

—¡Arnold jamás haría algo así a propósito! ¿Acaso no estás viendo el nivel de shock que le provocó ver lo que pasó? ¿Crees que alguien que hiciera eso a propósito estaría así?

Arnold no estaba entendiendo nada. Ese tipo de ahí no era él. El parecido era increíble, no lo iba a negar, ¿pero acaso no estaba viendo su abuelo que su verdadero nieto estaba parado frente a él? Se acercó aún más, se agachó para explicarle a su abuelo su error, y entonces vio, ahora sí con completo detalle, al chico que su abuelo sostenía...

Con un demonio...

Se volvió a poner de pié, dio un par de pasos hacia atrás, conmocionado, y sintió que su espalda golpeaba contra alguien.

—Helga, ¿estás bien?

Volteó, y Big Bob definitivamente le estaba hablando a él.

—¿Helga? —inquirió ahora. Debía estar soñando. No había otra opción.

—¡Santo Dios! ¡Ni siquiera recuerda quién es! ¡Tengo qué llevármela pero ya!

Arnold intentó pensar rápido. Regresó su mirada hacia su abuelo y este se había puesto de pié, al igual que el Arnold que no era él, que lo miraba con los ojos como platos.

—¡No se preocupe, señor Pataki, Helga está bien! —exclamó el Arnold que no era Arnold —Solo está un poco aturdida por tanto alboroto, pero está bien. Tú sí sabes quién eres, ¿verdad, Helga?

Había una súplica enorme en los ojos del chico... sus ojos, quería decir.

Torpemente, Arnold asintió mientras miraba a Bob.

—Estoy bien... papá... Es solo que todos están gritando y me están provocando un dolor de cabeza horrible.

El Arnold que no era Arnold le dio una mirada aprobatoria, y el gran Bob le puso una mano en el hombro.

—Te duele la cabeza porque ese tipo de ahí volvió a golpearte con la maldita pelota, Helga.

—¡Sí, pero tú lo estas empeorando con tus gritos...! señor Pataki...

Big Bob volteó a mirarlo, aún enfadado pero ya no tanto, y el Arnold que no era Arnold solo le rehuyó la mirada.

—¿Podría dejarme hablar un momento a solas con su hija, señor Pataki? —inquirió el chico ahora, sin muchas esperanzas en su voz, y obtuvo justo lo que parecía esperar.

—¡Por supuesto que no!—Le respondió enérgicamente el hombre —Tú eres la última persona a la que le permitiría estar solo con mi hija —. Entonces lo tomó de la mano y jaló hacia afuera de la enfermería. Su cuerpo lo miró con ojos de angustia mientras lo veía alejarse. Arnold bajó la mirada mientras era casi arrastrado por uno de los pasillos de la escuela, y entonces lo entendió todo... a medias, al menos.

Unas largas piernas desnudas eran las que sostenían su cuerpo en ese momento, que salían debajo de una faldita color rosa. Su pecho ahora estaba hinchado y redondo, sus brazos eran increíblemente delgados y sus manos eran largas y delicadas. Llegó frente al auto, se miró en el cristal de este y el rostro anonadado de nada menos que Helga Pataki le devolvió la mirada.

No podía ser.

"Su padre" le abrió la puerta del auto, y él estaba a punto de entrar cuando Helga; -ahora sabía que era Helga-, lo alcanzó. Le puso una mano en el hombro y le acercó la boca al oído.

—Ni se te ocurra hablar de esto con nadie, especialmente con los médicos, o terminarás... terminaré con una lobotomía, ¿entendiste?

Asustado, Arnold le asintió a su propia cara, al tiempo que Bob se interponía entre ambos y lo hacía entrar al carro con una especie de delicadeza de la que nunca hubiera creído posible a ese hombre en apariencia tan tosco.


A punto de llorar, vio cómo su cuerpo se alejaba a toda velocidad en el auto de su padre. De pronto sintió una mano en el hombro, y el abuelo de Arnold le dijo, con voz amable:

—Tranquilo, hijo. Estará bien. Es una chica ruda; seguro que tiene la cabeza más dura de la cuidad.

Helga volteó a mirarlo sin saber si sentirse ofendida o halagada, y el hombre le sonrió.

—No te preocupes por lo que dijo del dinero, tengo unos ahorros con los que pensaba arreglar el techo, pero ese montón de zánganos pueden seguir poniendo cazuelas en las goteras como lo han venido haciendo hasta ahora. Lo que sí es que creo que deberías de dejar de jugar beisbol por un tiempo.

Helga simplemente asintió, sin saber qué decir. Luego dejó que el hombre se la llevara con él a la casa de huéspedes.

Durante todo el camino de regreso "a casa" apenas reprimió por nada el impulso de estrellarse la cara contra la ventana. Nada de esto podía ser cierto. Todo debía ser un sueño; una pesadilla. ¿Acaso se había vuelto loca? ¿Acaso este pelotazo le había terminado de estropear el cerebro, y ahora estaba en medio de un maldito sueño surrealista producto del coma? ¿Acaso iba a morir?

Llegaron a la casa y la abuela de Arnold le sirvió un plato con un pedazo de sandía. Nada más. Helga lo miró aún más confundida, aunque le hubiera dado igual que le hubieran servido huevos de esturión o alguna otra porquería elegante, igual hubiera tenido el mismo apetito: Ninguno.

Se quedó un momento mirando la sandía, sin poder pensar en nada más. Veía las semillas negras en medio de la carne roja; Se preguntaba si así estaría la sangre coagulada en su cerebro, o ya se habría vuelto negra. Se preguntaba cuánto tiempo le quedaba antes de morir, porque nada de eso podía ser real.

—¡El chico ha pasado por un buen susto, galletita, necesita algo más sustancioso que un pedazo de sandía! —dijo la voz del abuelo de Arnold (¿su abuelo?) desde la cocina, un poco más allá.

Helga (¿o Arnold?) se levantó de la mesa mientras escuchaba a la abuela de Arnold decirle a su esposo que no había cocinado nada más.

Necesitaba recostarse y no creía que nadie fuera a reclamarle si usaba la cama del cabeza de balón. Se perdió un poco de camino a la recámara, pero al fin encontró la trampilla y la jaló. Las escaleras se desdoblaron y las subió mecánicamente. Recogió las escaleras una vez que estuvo adentro y se tiró en la cama, se metió debajo del cobertor y se puso a llorar.


Era muy, pero muy extraño usar falda. Una vez que se había sentado, la parte de atrás se había subido tanto que era casi como estar sentado solo con la ropa interior (demasiado diminuta, comparada con los bóxers a los que estaba acostumbrado, por cierto), sobre la fría silla del consultorio médico. Llevaba unos diez minutos ahí; unos tres desde que el padre de Helga había entrado al consultorio del médico y lo habían dejado ahí, esperando. La cabeza aún le dolía muchísimo, pero ya casi lo sentía como una especie de ruido de fondo.

Todo se sentía tan falso en ese momento; como si estuviera teniendo una experiencia extra corporal... Momento; esto calificaba como una experiencia extra corporal, ¿o no? Técnicamente, al menos. Porque aunque estaba, de hecho, en un cuerpo... bueno; no era su cuerpo.

Tenía la vista trabada en el frente. No podía dejar de mirar la cara de Helga en el reflejo de la ventana frente a él. El golpe en su frente se veía horrible. No podía creer que había vuelto a pegarle exactamente donde mismo que la vez pasada. ¿Acaso eso había provocado toda esta locura? ¿Acaso tenía qué pegarle a su propia cara otros dos pelotazos en el mismo lugar para volver a cambiar? ¿Se necesitarían las mismas distancias para el lanzamiento? Se sentía terrible por haber lastimado de esta manera el cuerpo de Helga, y ahora habérselo robado.

Y para colmo, iba a tener qué pretender ser ella por sabrá Dios cuánto tiempo, porque Helga había tenido razón. ¿Quién le creería si le dijera por lo que estaba pasando, especialmente después de haber recibido no uno, sino dos golpazos en la cabeza? Definitivamente estaba solo en esto.

...Bueno, obviamente tenía a Helga. Si es que en realidad había sido Helga... ¿Pero quién más podría posiblemente haber sido, si no ella? Honestamente, en este escenario, literalmente cualquier cosa podía ser posible.

El médico le pidió que pasara, y le dijo que primero le iba a hacer algunas pruebas. No podrían hacerle la tomografía de nuevo, porque era demasiada radiación en tan poco tiempo, así que iban a hacer otro tipo de pruebas para descartar cualquier cosa, e iba a tener qué estar yendo constantemente a chequeo para revisar que todo fuera bien. Arnold estaba muy preocupado de en cuánto iba a salir todo ese asunto, y si le iba a tocar pagarlo a sus abuelos. Se preguntaba en cuántos años de trabajo podría regresarles ese dinero a sus abuelos; especialmente si eran trabajos de medio tiempo, porque, ¿Cómo iba a conseguir un trabajo decente yendo a la escuela? Y si dejaba la escuela, ¿Quién querría contratar a un chico de dieciséis años que acababa de dejar la escuela?

Y lo más importante: ¿Por qué demonios se estaba preocupando por eso en este momento, cuando el mayor de todos los problemas que se hubiera atrevido jamás a imaginar le estaba sucediendo justo en ese momento? Estaba en le cuerpo de aliguen más; maldita sea. Y de todos los cuerpos de todas las personas en el mundo, había tenido qué ser el cuerpo de Helga Pataki.

Totalmente ajeno a las tribulaciones de su paciente, el médico parecía fascinado, mientras lo revisaba, por lo mismo que él ya había pensado antes de entrar ahí: Cómo era posible que hubieran podido pegarle dos veces en el mismo lugar exacto de la cabeza, en las mismas circunstancias, y unas distancias TAN diferentes.

Arnold se había limitado a encogerse de hombros, nada divertido con la situación. Al padre de Helga, a su lado, le hacía aún menos gracia. Al menos el médico comprendió la situación rápido y ya no volvió a decir nada al respecto, pero seguía luciendo fascinado.

Salieron del hospital y su padre (el de Helga, obviamente), lo llevó a su casa (la de Helga, obviamente), y lo (¿la?) dejó en la entrada. Le dijo que tenía mucho trabajo retrasado gracias a sus ocurrencias, y se fue de ahí.

Arnold no estaba seguro si tocar la puerta y entrar, o ir a su casa (la suya) a buscar a Helga (¿O buscarse a él?) y tratar de encontrar entre ambos algo de sentido a toda esa locura.

Pero no tuvo qué decidir nada a fin de cuentas, porque la madre de Helga abrió en ese momento la puerta y lo urgió a entrar.

—¡Por Dios, cariño! ¿Entonces es verdad? ¿Ese muchacho volvió a golpearte? —Lo dirigió al sillón, lo hizo sentarse y le analizó la cara de tan cerca que lo puso muy incómodo —Esto es horrible, indignante. Ese muchacho es una bestia; deberían expulsarlo de la escuela.

A Arnold se le puso la cara roja, aunque no supo si fue de la vergüenza o de la indignación. No podía culpar a la mujer por decir lo que decía; de hecho, le sorprendía que Big Bob no le hubiera partido la cara a golpes... Y menos mal que no lo había hecho; La verdad, se sentía tan mal por lo sucedido que con gusto aceptaría una paliza si eso lo ayudaba a expiar un poco de su culpa, pero no le parecía muy buena idea que ahora la pobre de Helga hubiera tenido qué soportar también esa paliza... Tal vez por eso ahora estaba en el cuerpo de la chica; Tal vez era alguna especie de castigo divino que lo estaba obligando a padecer las consecuencias de sus acciones. Y si eso era, lo aceptaba con gusto.

—Ya me escuchará ese muchacho mañana. Están locos los de la escuela si piensan que se saldrá con la suya tan fácil.

Arnold no dijo nada. Se merecía cualquier cosa que le pasara... Hasta que recordó que ahora Helga era él, y que cualquier cosa que le pasara a él, en verdad lo iba a tener qué sufrir ella.

—¡No! —Exclamó al caer en cuenta de es último —Yo... es decir; Arnold no lo hizo a propósito... mamá.

La mujer lo miró, molesta.

—¿Ya vas a defenderlo de nuevo, Helga? En serio que no tienes remedio. ¿Recuerdas cómo se puso tu papá el otro día? ¿Cómo vas a justificar ahora el que te haya vuelto a hacer lo mismo?

¿Justificar? ¿Defender? ¿En verdad Helga había estado intercediendo por él desde el primer incidente?

—Es que en verdad fue un accidente —Se limitó a decir —. Sé que es inverosímil que haya vuelto a pasar lo mismo por coincidencia, pero es aún más inverosímil que tenga semejante puntería. ¿Sabes a donde estaba en esta ocasión? En el punto más alejado de las gradas, en medio de un montón de gente... ¿Cómo sería posible que yo... él alcanzara a golpearme al primer intento? Es insano, lo sé, pero juro que eso fue lo que pasó...

Miriam simplemente resopló mientras se ponía de pié.

—Mira, cariño —, soltó mientras lo (¿la?) miraba con expresión derrotada —. No te voy a angustiar aún más con todo esto. Para eso ya tendremos a tu papá cuando vuelva más tarde. Mejor ven a comer algo y luego a descansar. Puedes dormir si tienes sueño, pero voy a tener qué estarte despertando para checar que estés bien, como la vez pasada. Cuando llegue tu papá, si estás despierta, finge que estás dormida, y así al menos te dejará en paz hasta mañana que vuelva del trabajo. Y así me da tiempo de pensar qué hacer con todo esto. Voy a tratar de intervenir por el chico, pero solo lo haré por ti. De todas maneras, voy a pedir una orden de alejamiento en su contra, o algo; Si en verdad todo esto fue un accidente y no era su intención lastimarte, no me quiero ni imaginar lo que te hará el día en que en verdad tenga algo en tu contra.

Arnold se sintió aún peor con eso. Le preguntó a la mujer si podía saltarse la comida e irse a la cama, y puso de excusa el dolor de cabeza. Aunque no era del todo una excusa; en verdad sentía que se le estaba abriendo la cabeza en dos.

Ella le respondió que por supuesto, y Arnold se dirigió al cuarto de Helga. Era casi igual que la vez que había entrado, hacia ay tanto tiempo, solo que el papel tapiz se había ido y ahora tenía un collage de fotos y recortes en una de las paredes. A Arnold no le interesó demasiado nada de eso y se dejó caer bocabajo sobre la cama. Helga tenía un gran colchón y la cama tenía un aroma muy relajante. Se estaba quedando dormido casi de inmediato cuando escuchó un par de toques en la puerta y luego la escuchó abrirse.

—Te traje unos analgésicos, amor —Dijo la mujer mientras le ponía una charolita con un vaso de agua y un par de pastillas en la mesita de noche junto a la cama, y luego le ponía una toalla y unas piezas de ropa enrollada sobre el colchón, a su lado.

Arnold miró las piezas de tela sin querer asimilar lo que eso significaba.

—Te preparé la tina para que te des un baño relajante antes de dormir. Para que descanses bien, que vaya falta que te hace.

—¿Que me... bañe?

La mujer asintió.

—Estuviste tirada en el suelo, en la enfermería, en un hospital. Por supuesto que necesitas bañarte. Ni siquiera debí haberte dejado subir a la cama así. Anda, querida. Quítate la ropa y métete a la tina. Después de eso podrás dormir todo lo que quieras.

Salió del cuarto y lo dejó solo con el cuerpo de Helga.

Con el cuerpo próximamente desnudo de Helga.

Demonios.