Capítulo 5. El intruso.
—Esto me va a volver loca, Arnold.
—A mi también.
Se miraron un momento más. Helga aún no estaba convencida del todo de que aquello no fuera mas que una alucinación o un sueño. Arnold no sabía ni qué pensar. Ambos habían estado en tal estado de shock desde el primer momento, que ahora era la primera oportunidad que tenían para tratar de usar la razón... Pero la razón no estaba sirviendo de nada.
Arnold estiró la mano de Helga y tocó su propia mejilla. Su cara se contrajo un poco ahí donde esos dedos ajenos tocaron su piel.
—¿Qué demonios está pasando, Arnold?
—No lo sé, Helga.
Un par de golpes en la puerta, y de no ser porque Helga conocía demasiado bien a Miriam, la hubiera atrapado justo ahí, con el cuerpo de Arnold, acostada junto a la que creía que era su hija (aunque técnicamente lo era, ¿no?). Se puso de pie a una velocidad casi ultra sónica y se aventó de cabeza en el closet. Ni siquiera alcanzó a cerrarlo cuando su madre entró, así que se conformó con intentar hacerse pequeña (¿pequeño?) en la orilla oscura tras la puerta corrediza doble. Tuvo qué morderse la lengua para no gritarle a su madre que estaba harta de repetirle que esperara hasta que ella le diera permiso de pasar. Aunque daba igual; su madre solo se encogería de hombros, murmuraría alguna vaga disculpa y volvería a hacerlo la siguiente vez. Cada maldita vez, lo mismo. Bob al menos avisaba que iba a pasar y esperaba a que le respondiera.
En cuanto saliera se aseguraría de ponerle seguro a la puerta. No sabía cómo podía haber sido tan idiota para olvidarlo.
Ah, si. Porque ya la habían llevado a conatos de guerra el tener seguro en la puerta...
...
Momento. Le había puesto seguro a la puerta. ¿Acaso se habría descompuesto justo en ese momento? Maldijo por lo bajo y se limitó a escuchar.
—Hola, querida. ¿Cómo te sientes? —Preguntó la voz de su madre.
—Ya un poco mejor —Escuchó responder a su propia voz.
Todo aquello era tan malditamente raro que comenzaba a provocarle nauseas. ¿Y si se quedaban así para siempre? ¿Acaso iba a tener qué seguir con la carrera hacia la canonización de Arnold por el resto de su vida? ¿Arnold iba a tener qué ser grosero y violento por el resto de la suya? ¿Iba a tener qué lidiar con Big Bob y con Olga? Seguro que con Olga se llevaría bien, y encontraría una manera de convivir con Big Bob; a Miriam prácticamente bastaba con dejarla en paz. ¿Y ella? ¿Tendría qué vivir ella en ese manicomio, con toda esa gente que ni conocía, y que todos estaban acostumbrados a tener sus problemas resueltos por el bonachón jovenzuelo que vivía en la habitación con linea directa al firmamento? Las nauseas aumentaron y se llevó la mano a la boca. No se le podía ocurrir peor idea del infierno que esa.
Se quedó en su esquina, sumergida en las penumbras del closet y de su propia mente. Miriam le preguntaba a quien creía que era Helga sobre las pastillas.
—En la tarde tu padre te va a llevar al médico a ver que todo vaya bien. Recomendó estarte viendo a diario durante una semana.
—Lo sé —Escuchó responder a Arnold con su voz.
—Por favor, trata de ya no darle la contra a tu papá; sabes cómo se pone de terco cuando se le mete algo en la cabeza.
—Está bien —Escuchó responder al muy idiota, y ella tuvo qué morderse la lengua de nuevo. ¿Acaso sabía el tarado lo que eso significaba? ¿El darle la razón al gran Bob? ¿Sabía el problema en el que metería a sus abuelos y a él mismo?
—Qué bueno que digas eso, cariño. No sabes el gusto que me da. Por cierto, ¿no es hora ya de que te quites la pijama? Seguro te sentirás mejor si te pones ese lindo vestido que te trajo Olga de tu último viaje.
—Sí, cla... ¡NO!
Menos mal al menos se había dado cuenta de eso. No se palmeó la frente (al fin que ese cuerpo no la tenía magullada), solo porque tenía qué estar sumamente atenta a lo que seguía.
—¿Por qué no? Seguro que te verás preciosa, anda. Deja voy por él.
Un "no" de nuevo, y Helga tuvo qué asomarse. Abrió un poco la puerta corrediza del lado donde estaba escondida, en ese momento cerrada, y vio a Arnold de pié frente a su madre. Ella estaba de espaldas en ese momento y vio a Arnold estremecerse al mirarla asomarse por la pequeña rendija.
—Quiero dormir otro rato; creo que será mejor que me deje la pijama.
—Oh, vamos. Ya has dormido demasiado. Creo que te vendría bien tomar un poco de aire. Ven conmigo al salón de belleza, después podemos ir a una linda cafetería y comer algunos pastelillos.
Helga arrugó la nariz. ¿Por qué nunca le había propuesto eso cuando estaba en su propio cuerpo? Lo del salón de belleza sonaba asquerosamente tedioso, pero los pastelillos sonaban a gloria ahora que caía en cuenta que ya llevaba demasiadas horas sin comer.
"Concéntrate, Helga".
Su madre intentó dirigirse de nuevo al closet, y Arnold la tomó de los brazos para impedirle que se moviera.
—¿Qué sucede, Helga?
Arnold abrió la boca, pero no dijo nada. La expresión idiota en su cara lo hizo querer golpearlo más que nunca.
—En serio que no hace falta... mamá.
Helga abrió un poco más la puerta. Arnold aún retenía a su madre.
Helga le hizo una seña para que la hiciera voltear hacia el lado opuesto de donde ella se encontraba.
Arnold entrecerró un poco los ojos.
"Voy a salir" articuló solo moviendo los labios. Se señaló a sí misma (¿mismo?) y luego a la parte izquierda de la habitación. Luego a ellos y el otro lado de la habitación.
Gracias a los dioses, eso sí lo entendió rápido.
—¿Segura que te sientes bien? —Inquirió la mujer con cautela. Afortunadamente, con la vista pegada en la cara de su hija frente a ella.
—Sí, estoy perfectamente, solo que... ¿Puedo elegir yo el vestido? Ese de Olga no me gusta tanto... Hay uno que me emociona muchísimo usar...
Su madre respondió algo, pero ella ya no puso atención. Abrió un poco más la puerta, y Arnold, sin soltar a la mujer, la hizo darle la espalda al punto por donde iba salir ella. Luego la llevó hacia el closet. Aún haciéndola darle la espalda al lugar por donde iba saliendo Helga en ese momento. Cuando al fin llegaron al closet, Helga, haciendo uso de sus habilidades casi de ninja que había desarrollado tras tantos y tantos años de espionaje en su niñez, se dirigió a toda velocidad hacia la ventana sin hacer ruido. Gracias a los dioses había sido demasiado desidiosa para quitar la horrible alfombra de su cuarto que conservaba desde su niñez y que ahora amortiguaban el sonido de las pisadas de esos pies enormes. Salió por la ventana, y estaba a punto de irse cuando recordó por qué había ido en primer lugar.
Precisamente para evitar que Arnold viera donde no debía, especialmente en su closet.
DE MO NIOS.
A todas luces tenía qué salir de ahí, pero aún más tenía qué saber qué sucedería a continuación. Se debatió por un momento, pero se dio cuenta que prefería que su madre la descubriera con un chico en la habitación, a que Arnold se enterara de lo que sentía por él. Decidió no hacer nada de momento, pero al primer "¿Qué es eso?" iba a tener qué crear una distracción, aún si eso significaba delatar su presencia.
Se quedó muy callada, aún sobre el alféizar pero del lado de la calle y fuera del alcance de la vista desde el interior (los dioses quisieran que nadie la mirara desde la calle y llamara a la policía), aguzando el oído todo lo que podía para escuchar lo que sucedía adentro por sobre los ruidos de la calle. Se maldijo a sí misma por no haberse metido bajo la cama en lugar de correr hacia la ventana.
Lo único que escuchaba era el alegre parloteo de su madre y los murmullos incómodos de Arnold.
Las voces se hicieron más fuertes. Gracias a los cielos habían salido del armario.
—Cuando me dijiste que no te gustaba, yo sabía que mentías, pillina. Este color se te ve precioso.
—Sí... —Musitó simplemente Arnold. Helga estaba demasiado concentrada en escuchar y mantenerse en el bordillo al mismo tiempo como para indignarse por la pésima puesta en escena que Arnold estaba haciendo de sí misma.
—¡Vamos! ¡Póntelo! —Exclamó su madre, emocionadísima de que por fin su hija compartiera su interés por la horrible moda que le traía Olga a cada rato. (No necesitaba saber qué vestido habían tomado. Desde el octavo grado todos los vestidos en su armario habían sido traídos por su hermana, especialmente después de que ella había decidido que estaba harta de usarlos).
—¿Ahora? —Inquirió Arnold. Hubo una pausa en la que su madre seguro que había asentido, y él continuó: —¿Podría... podría tener un poco de privacidad?
—¡Oh! ¡Claro, cariño! lo siento.
Y entonces escuchó a su madre salir del cuarto.
Arnold volteó inmediatamente a la ventana para ver si ella seguía ahí, y Helga se lo confirmó, asomándose.
—Helga... tengo qué...
Le mostró el horrendo vestido verde en sus manos, con cara de angustia. Helga suspiró.
—Anda —Susurró mientras le hacía una seña con la mano para que continuara —. Ya me da igual. Desvístete y ponte el estúpido vestido, y ve con MIriam.
Sí. Que se largaran y así podría entrar a su cuarto y sacar todo lo que no era apto para los ojos del ahora no cabeza de balón.
Arnold tragó saliva y se sacó la blusa por sobre la cabeza, y se puso rojo al instante. A Helga se le vinieron los colores también. Sus pechos estaban de fuera, y estaba segura de que Arnold los había mirado, aunque hubiera pretendido no hacerlo. Intentando alejar los ojos de los pechos que se erguían a muy poca distancia bajo sus ojos, el chico intentó alcanzar el vestido.
—¡Hey! —Soltó en un susurro Helga, sentada en la ventana —¡Tienes qué ponerte un brassiere primero!
—¡Ah, sí! —Susurró a su vez Arnold, y comenzó a buscar con la vista.
—Están... —Maldita sea —En la cajonera del closet, bajo los vestidos que acabas de ver —... Y sobre esos estudios anatómicos que había hecho sobre el cuerpo masculino, a los que se le había ocurrido dibujar con la cara de Arnold. Los había escondido justo ahí porque, ¿a quién demonios se le ocurriría husmear en su cajón de la ropa interior?
Los dos toques a la puerta, de nuevo, y su madre entró. Esta vez no pudo ser tan rápida, porque al único lugar al que podía haber saltado era al vacío, así que intentó escabullirse lo más rápido que pudo, pero supo que no fue suficiente cuando escuchó a su mamá gritar.
—¡Un hombre! —Exclamó —¡Había un hombre en la ventana, Helga!
Helga, apenas sostenida entre las paredes de su casa y el edificio vecino, hacía un esfuerzo sobrehumano por escuchar al tiempo que guardaba precariamente el equilibrio.
—Debiste imaginártelo, mamá. No había nadie ahí —Escuchó decir a la ahora femenina voz de Arnold. El tono nerviosísimo de su voz no ayudaba en nada a ese tono que pretendía ser tranquilizador.
—¡Te digo que yo lo vi!
Ya no quiso saber más. Si Miriam no llamaba a la policía, tal vez lo haría algún vecino que hubiera escuchado el alboroto.
Así que emprendió la huida con las manos vacías, el estómago aún más vacío, y sin comprender un carajo qué mierda estaba pasando.
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¡Holis! Es bueno estar de vuelta. Había andado medio distraída y me había olvidado de publicar.
Este capítulo lo había escrito hace un rato ya, pero no lo había subido por distraída y por andar esperando a que me pelara (me hiciera caso) cierto prospecto de editor que prometió asesorarme sobre ciertos temas de este fic... En fin. Supongo que me tocará exprimir mi imaginación al máximo sobre los secretos del sexo masculino.
En fin, espero que lo disfruten y muchísimas gracias por sus amables reviews a Guest, LMild, Ale Mora y The J. A. M. a. k. a. Numbuh i. También por los follows y favoritos. Los amo mucho a todos y todas y ¡nos leemos!
