Capítulo 6. Humores
Al menos, con el alboroto, no creía que su cajón de la ropa interior fuera a llamar la atención de momento, ni sus otros "tesoros escondidos".
Tenía qué volver ya que hubieran salido, tenía qué entrar a ese cuarto a como diera lugar... A menos que Arnold no fuera capaz de convencer a Miriam de que se había imaginado al "hombre en la ventana". Si eso llegaba a oídos del gran Bob, su casa se convertiría, ahora sí, en una fortaleza infranqueable. Y no quería ni imaginarse lo que Bob le haría al pobre cuerpo de Arnold si la encontraba dentro de este intentando entrar a la casa.
...A su propia casa, maldita sea...
Se llevó las manos a la cabeza. Tenía qué hacer algo. No podía andar vagando por ahí en caso de que Miriam llamara a la policía, o peor aún; al gran Bob. Miriam conocía a Arnold. ¿Lo habría reconocido al momento en que lo vio (o al menos, a su cuerpo) en la ventana?
Debía regresar a la casa de huéspedes. Pensó en entrar por la escalera de incendios y así evitar preguntas incómodas, pero no quería levantar ningún tipo de sospechas de los vecinos. No quería a alguien señalándolo si la policía llegaba a preguntarles sobre "algo inusual" que hubieran visto últimamente.
Maldita sea, maldita sea maldita sea malditasea...
Abrió la puerta y casi pegó un grito cuando una avalancha de animales salió de esta. Casi corrió a su habitación (La de Arnold, pues). Solo asintió cuando alguien le preguntó si no se le estaba haciendo tarde para irse a la escuela, entró al cuarto y se dirigió al ya conocido closet de Arnold. Al menos esa persona, que ni había notado quién era, le había dado una idea de qué hacer: Irse a la escuela como un chico normal. No sabía qué hora era, de nuevo, pero tenía qué darse prisa. Seguro que las clases ya habían comenzado.
Sacó una camisa del closet, se la cambió por la que traía, se pasó los dedos por el cabello, tomó la mochila y salió de nuevo a la calle.
El estómago le rugía mientras iba a toda la velocidad que podía por las calles sin llamar demasiado la atención. No sabía a qué clase tenía qué ir y no tenía ni idea de qué debía hacer. Solo sabía que debía meterse en esa escuela y olvidarse de su cuarto y sus secretos por un par de horas; con un demonio...
Necesitaba descifrar qué estaba pasando; Necesitaba ayuda, y Arnold no iba a poder ayudarla de momento, si es que alguna vez lo hacía...
Iban a necesitar ayuda externa, pero, ¿de quién? ¿Quién podría creerle toda esta locura, si ni siquiera ella podía creérselo?
"Voy a terminar en un psiquiátrico si se lo digo a alguien." Pensó "... Pero igual voy a terminar ahí si esto sigue así..."
Al fin había llegado a la escuela.
"Un momento... Yo... Es decir; Arnold también estuvo en la enfermería ayer... A nadie le hubiera extrañado si hoy no venía a la escuela..."
Se llevó una mano a la frente, se dio media vuelta y salió de ahí. Luego se detuvo y pensó en regresar. Es decir; ya estaba ahí, ¿no sería raro que no entrara? ¿No sería aún más raro que volviera luego de haberse salido?
Se sentó en una banqueta y tomó aire. Toda esa obsesión por "actuar normal" la estaba haciendo actuar más maniática que de costumbre, y en el cuerpo ni más ni menos que del chico más calmado del universo, con un demonio.
"A ver, Helga; Piensa. Puedes regresar a la escuela. Está ahí, a una cuadra. Puedes achacar tu indecisión al hecho de que no sabes cómo actuar después de haber casi matado accidentalmente y por segunda ocasión a tu compañera de equipo, si es que alguien llegara a preguntarte; Sobre las clases, llevas las mismas que llevabas en tu cuerpo, solo en diferentes horarios. Pan comido. El horario seguro está en el casillero de Arnold, y sabes dónde está el casillero de Arnold. Incluso te sabes la combinación, maldita sea. Menos mal que aún eres una acosadora, más o menos. Puedes con la escuela. Finge que estás ronca o algo para no tener qué hablar demasiado. Come el almuerzo con Gerald, como de costumbre, con el resto de los chicos. Él de seguro te buscará. Tú solo síguelo y ríete de sus estúpidas bromas; Puedes con esto."
...
"O puedes ir al salón de belleza de Miram y ver si al menos siguieron con su rutina normal o en verdad se pusieron a buscar al intruso." Se le erizó la piel "O dejar que te vean y comprobarle a Miriam que no estaba alucinando y no solo sí había un intruso mirando a su hija semi desnuda, sino que ahora está siguiéndolas..."
Genial, ahora también necesitaba alejarse de Miriam para evitar que lo reconociera, si es que no lo había hecho ya.
Maldita sea. Al parecer no podía hacer nada para evitar que Arnold descubriera su secreto. ¿No sería mejor confesárselo ella misma e intentar hacer las cosas lo menos raras posibles, antes de que lo descubriera él por su cuenta y le diera un ataque?
Necesitaba dejar de pensar. Por ahora, lo mejor que podía hacer, era ir a clases.
Se levantó, se dio media vuelta y entró justo al tiempo que sonaba la campana anunciando el fin del periodo y el inicio del siguiente. ¿Sería el segundo o el tercero ya? Maldita sea, era el colmo que no supiera ni la hora.
Corrió al casillero antes de que los chicos comenzaran a salir del salón y lo abrió. Por supuesto, la clave era su cumpleaños. Arnold era extraordinario sin lugar a dudas, pero demasiado básico en ocasiones.
Abrió el casillero y en cuanto lo hizo algo cayó al piso, se agachó a recogerlo. Era una foto polaroid de Lila.
Sí. Lila. Después de todos esos siglos... Maldita sea.
—¡Hey, Arnold! ¿Cómo estás, viejo? ¡Creí que no habías venido a la escuela!
Era Gerald. No supo si alegrarse o molestarse de encontrárselo tan rápido. Le extendió la mano y afortunadamente aún observaba lo suficiente a Arnold y por consiguiente al moreno, para saber que quería hacer ese ridículo saludo que habían hecho desde la infancia.
Intentó estirar la mano para hacerlo, pero traía la maldita foto en la mano. Intentó esconderla, pero ya era demasiado tarde.
—¿Y eso?
—No es nada —Respondió nerviosamente Helga mientras intentaba regresarla al casillero, pero ya era demasiado tarde; el moreno metiche ya la había visto.
—¿Es una foto de Lila?
—¡No! —respondió Helga mientras se la metía nada delicadamente en la bolsa de los jeans.
—¿Es en serio, Arnold? ¡Creí que habías superado a Lila desde el cuarto grado!
—¿Quieres bajar la voz, con un demonio? —Espetó Helga de un humor de perros. Ella también había creído eso, maldita sea.
—¡Hey! Está bien, viejo —Soltó entre risas, en un tono cada vez más bajo —. Es solo que... en fin, te prometo que no voy a meterme. ¿Vamos a álgebra o vas a querer golpearme también por eso? —Más risitas idiotas.
Helga intentó calmarse. Arnold nunca le hablaría así a su amigo... o al menos eso creía.
—Lo siento, Gerald — soltó, intentando emular el tono calmado del chico —. Solo estoy tenso por...
—¿Por enviar al hospital a Helga?
—No está en el hospital — Soltó mientras rodaba los ojos.
—Pero bien fuera de combate que la dejaste. Con eso al menos nos dejará en paz en los partidos de beisbol — Dijo, aún risueño, mientras le echaba un brazo sobre los hombros. Helga lo miró intentando mantener su cara tranquila, aunque por dentro, deseaba darle un puñetazo.
La sonrisa del chico se cortó en cuanto le miró la cara. Al parecer no era tan buena ocultando sus emociones como pensaba, o tal vez aún no aprendía del todo a controlar las expresiones de la cara de Arnold.
—Oye, lo lamento. Sé que eso estuvo de más, pero ya Phoebe me dijo que estaba bien. Habló con su mamá el mismo día del accidente, después de clases. Me dijo que iba a ir a verla hoy. Podemos ir si quieres. No sé qué tanto gusto le de verte pero...
—¡Sí! —Lo interrumpió efusivamente Helga, al tiempo que, sin pensarlo, se detenía —. Vamos los tres a visitar a Helga, esa es una gran idea.
Gerald lo miró con las cejas levantadas.
—Tranquilo, hombre. Aún no sabemos si Phoebe nos lo vaya a permitir, o si Helga vaya a querer verte.
—Oh, ella querrá —Soltó Arnold mientras volvía a emprender la marcha —. Créeme que lo hará.
Gerald simplemente lo siguió, un tanto extrañado.
Arnold estaba extrañamente cómodo con los pies metidos en una cajita con agua burbujeante, siendo cepillado en la larga cabellera de Helga por una chica y otra pintándole las uñas de rosa. Su cara se sentía extraordinariamente fresca luego de la mascarilla de quién sabe qué que acababan de aplicarle.
Miriam, a su lado, le dirigía una gran sonrisa.
—No me vas a negar que esto fue una gran idea, ¿verdad, Helga?
—No se me ocurriría hacer eso ni en un millón de años, mamá.
Le sonrió también.
Aún no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando, pero se sentía extrañamente tranquilo. No le había costado demasiado hacerle creer a esa mujer que se había imaginado al chico en la ventana (Gracias al cielo Helga era muy rápida y había desaparecido casi instantáneamente, lo que había hecho todo el asunto infinitamente más fácil), aunque igual se había sentido mal por engañar a esa mujer que se preocupaba tanto por él (por Helga más bien, pero en ese momento él era Helga, ¿no? Así que, indirecta-o directa-mente se estaba preocupando por él)... y lo quería... y al parecer, mucho.
Se atragantó al tiempo que sentía las lágrimas agolpándose en los ojos de Helga, sin entender del todo por qué. Intentó pensar en otra cosa para cortar la sensiblería. ¿Desde cuándo era él así de sensible? ¿O acaso era el cuerpo de Helga el que era así de sensible?... Sí. Cómo no. Definitivamente era algo de él.
Como se lo imaginó, álgebra fue fácil, y como hubo examen sorpresa, no tuvo qué hablar con nadie durante toda la clase. Y luego de esta, todos se limitaron a hablar sobre cómo creían que les había ido, y cómo el profesor era un hijo de... al que le encantaba hacerlos sufrir, así que la hora del almuerzo también pasó fácil. Afortunadamente había encontrado algo de dinero en los bolsillos del pantalón que traía puesto del chico, así que al fin pudo comer algo. También pudo beber por fin... y lo lamentó casi inmediatamente después.
Maldita sea.
—Adelántate —Le dijo a Gerald.
—¿Y eso?
—Voy al...
No alcanzó a decir más, con solo apuntar hacia los sanitarios el otro comprendió.
—Yo también estaba pensando en ir. ¡Vamos!
—¡Yo también voy! —Dijo otro tarado, y al final se encontró arrastrada por una parvada de chicos que al parecer habían recordado de repente y al unísono que tenían vejigas llenas.
Llegaron a la puerta del baño y solo pro un segundo, Helga agradeció haber ido con los demás, porque había estado a punto de entrar en automático al baño de chicas cuando vio al resto entrar al del otro lado.
La verdad, siempre había tenido algo de curiosidad por cómo se vería el baño de chicos, pero no agradecía en lo absoluto quitarse esa duda. No en esas condiciones, al menos.
Era más o menos igual que el de mujeres, salvo que había un montón de una especie de pequeños excusaditos empotrados en la pared uno junto al otro y sin ninguna división entre ellos.
Creía, por lo que había visto en televisión, que al menos habría una pequeña lámina de algo entre ellos para resguardar un poco la privacidad, pero aquí no había nada. Los chicos simplemente se paraban uno junto al otro e iban a lo suyo sin prestar demasiada atención a su alrededor. Incluso platicaban entre ellos por sobre el sonido de los chorros de... eso. ¿Era en serio?
Ni en un millón de años podría imaginarse a ella junto a otro montón de chicas orinando unas al lado de las otras sin ninguna barrera de por medio y platicando tan quitadas de la pena, con sus genitales expuestos a quien quisiera verlos... Pero para ellos era tan normal...
El mundo de los hombres, al parecer, era más desconcertante de lo que se hubiese imaginado.
Un chico que acababa de subirse el cierre y se dirigía a la salida (sin siquiera haberse lavado las manos, por cierto), le echó una mirada rara a la pasada, y Helga comprendió que no debía ser muy común ver a un chico parado en la entrada con la mirada clavada en los demás chicos mientras orinaban. Se horrorizó al sentir su cara ponerse caliente, porque sabía que eso significaba que sus mejillas se habían encendido, por lo que bajó la cara lo más que pudo. Ahora más que nunca tenía qué actuar normal si quería salvar algo de la reputación del cabeza de balón.
Tenía qué ponerse en marcha.
Se quitó de ahí de inmediato y comprendió que ahora era su turno de usar el urinal (sí, así se llamaban, según recordaba). Pero a medio camino, se dio cuenta de que no estaba lista. Nunca lo había hecho. No había podido hacerlo ni siquiera en el baño de su casa, con el mismo dueño de ese cuerpo dispuesto a darle instrucciones... ¿Cómo iba a poder hacerlo bajo la mirada de todos esos expertos en el tema, aunque acabara de ver de primera mano cómo se hacía?. El pánico comenzó a invadirla mientras daba ese par de pasos que parecían durar una eternidad, pero a la vez solo un parpadeo mientras su cerebro viajaba a toda velocidad sobre lo que tenía qué hacer a continuación.
Tenía qué abrirse el cierre del pantalón; de alguna manera hacer a un lado el bóxer, tomar el miembro de Arnold con sus propias manos -malditaseaquéjodidavergüenza-, rodeada del miembro expuesto de los otros chicos, y luego... ¿Era en serio? Si aún siendo mujer le costaba hacer pipí, aún en un cubículo, si había alguien más en la habitación.
...
Y pues sí. Esa era la respuesta. Siguió de largo una vez que llegó junto a los otros chicos en los urinales y se encerró en un cubículo de los excusados, al fondo del cuarto. Cómo no lo había pensado antes.
Se desabrochó el cinto, abrió el botón, bajó el cierre y los pantalones junto con la ropa interior y se sentó. No sabía por qué se le había complicado algo tan sencillo.
Afuera la bulla había aumentado pero le daba igual. Al fin tenía el estómago lleno y la vejiga vacía. Y cuando se disponía a levantarse, escuchó que la llamaban (A Arnold, pues).
—¿Te cayeron mal los macarrones con queso, Arnold?
La molesta, burlona y estúpida voz de Harold era inconfundible.
—¡Hasta acá puedo oler tus gases, es asqueroso! —Respondió otra voz que, aunque no pudo identificar del todo, no por eso le irritó menos. Varios, muy cerca de donde estaba, al parecer, se rieron.
—¡No te olvides de limpiarte bien el trasero! —La irritante voz de Harold, de nuevo. Pero esta vez vino acompañada de una plasta de papel húmeda que le pegó en la cabeza para luego deslizarse lentamente por su rostro (El de Arnold, pues. El hermoso rostro de Arnold ensuciado por un imbécil).
Suficiente. Se levantó los pantalones lo más rápido que pudo, se subió el cierre y abrió la puerta del baño de una patada.
—¿Quién hizo eso? —Inquirió. Le ardía la cara de nuevo, pero esta vez de rabia. Miró a casi todos dar un paso atrás. Sid, sin decir palabra, se limitó a apuntar al enorme chico rosa a su lado.
Harold lo miraba con los ojos desorbitados.
—Solo fue una broma, Arnold. No hay razón para que te pongas así... solo es un poco de papel inofensivo... —Soltó al tiempo que intentaba alejarse de él, pero se lo impedían el montón de expectantes metiches parados detrás de él. Su voz sonaba mucho más aguda que de costumbre, y Helga se extrañó un poco. No era común ver a Harold asustado ante su rabia. De hecho, parecía siempre estarla esperando con una especie de expectación malsana.
Y entonces comprendió que no se estaba amedrentando ante su ira, sino ante la de Arnold.
Apenas pudo disimular una sonrisa. Ahora que lo pensaba, fácilmente contaba con unos quince kilos más de músculo que su anterior cuerpo, así fueran casi de la misma estatura.
Extendió la mano, en la que aún aprisionaba el papel que había rodado desde su cabeza hasta su regazo mientras aún estaba sentada en el excusado (sí, se había sentado en un baño público; Hasta ahora caía en cuenta de lo asqueroso que había sido eso), y se lo extendió a Harold, frente a su cara.
—Trágatelo.
—¿Eh? —Inquirió su anonadado interlocutor.
—Solo es un poco de papel inofensivo, ¿no? Entonces trágatelo.
Todos lo miraban atónitos. Helga estaba como embriagada por una especie recién descubierta de poder que, hasta cierto punto, la embriagaba.
Y entonces alguien la tomó del hombro.
Era Gerald, más grande y más musculoso que él (¿ella?), que lo miraba con una expresión extraña.
—Buena broma, Arnold —Soltó el otro, sonriendo pero sin quitar la misma expresión extraña en los ojos, mirándola-¿lo?- fijamente. —Ahora discúlpate, Harold. Te pasaste de la raya.
El aludido balbuceó algo completamente inentendible y salió del baño como un rayo. Todos los demás comenzaron a reírse y a felicitarlo por haberlo puesto en su lugar. Luego Sid le preguntó si al menos se había limpiado el trasero y entre carcajadas todos salieron de ahí. Apenas alcanzó a escuchar una voz advirtiéndole que se callara o lo haría que le limpiara el trasero con la lengua.
Todos habían salido de ahí, menos Gerald, que lo miraba extrañado.
—¿Qué rayos fue eso, Arnold?
Helga solo se encogió de hombros y fue a lavarse las manos, sin saber qué responder.
Gerald la siguió.
—¿Hay algo que quieras decirme?
—No.
—Vamos, viejo. Sabes que puedes contar conmigo...
—¡Déjame en paz!
Se sacudió la mano que apenas se acababa de posar en su hombro y salió del baño a toda prisa, con Gerald pisándole los talones. Pero afortunadamente dejó de seguirlo apenas un par de pasos después de haber salido de los sanitarios.
Maldita sea.
Se dirigió a la siguiente clase -Geografía-, sin detenerse ni mirar a nadie. Sabía que seguía esa porque la compartía con Arnold. Resopló una vez que se sentó sobre el pupitre. Qué magnífica imitación estaba haciendo del chico. Rayos.
—Hola, Arnold.
Por supuesto.
Con mil demonios.
Era Phoebe; La única persona en el mundo a quien no se le escapaba ni el más mínimo detalle de nada, y se le había ocurrido ir a sentarse justo al lado suyo...
Bueno. Ahora que lo pensaba, se había sentado en el lugar que se sentaba siempre; Era solo que, ella (él) como una idiota, había ido a sentarse en automático en el asiento que ella también se sentaba siempre.
Pero eso era cuando era Helga. Ahora era Arnold, y su asiento estaba dos filas a la izquierda y tres asientos atrás.
Se había sentado junto al asiento de Phoebe, en el asiento de Helga. Era solo que no podía hacerse a la idea de que, de momento, no era Helga.
Qué imbécil.
Se llevó las manos a la cabeza. No sabía cuánto más de eso iba a tolerar antes de que le estallara esa enorme cabeza de balón.
¿Hasta cuándo iba a terminar esa pesadilla?
.
.
.
¡Hola pianola, lectorcirijillos!
Un nuevo capi que acabo de terminar, ahorita que tengo tiempo, energía y ganas.
Muchísimas gracias a The J. A. M. a. k. a. numbuh i, layer321 y Guest por sus reviews.
Muchas gracias a todos por leer, y perdón por seguir con lo de la pipí... tal vez Helga, al final de todo esto, logre dominar la misteriosa y ancestral técnica masculina de ir al baño.
¡Nos leemos!
